viernes, 24 de abril de 2026

A 128 años de la entrada de EE. UU. a la guerra en Cuba

 Cuando abrimos los noticieros, en cualquier medio disponible, encontramos más espacios dedicados a la guerra que novedades científicas o culturales. En estos días, el escenario del Medio Oriente alcanza la primacía con bombardeos en Irán, el Líbano y otros territorios alcanzados por misiles que salen de Israel, de Teherán, de buques de guerra estadounidenses o de otros puntos, como pueden ser los lanzados por los hutíes desde Yemen. Este conflicto desplazó en los medios informativos el espacio destinado previamente a Gaza, como este sustituyó anteriormente a la defensa armada de Ucrania frente a la invasión rusa. El hecho es que las armas siguen aquí, siempre presentes, desde hace más de tres milenios.

Hace 128 años fue anunciada otra guerra, que vendría a entrar en una ya existente. El 25 de abril de 1898, Estados Unidos le declaró la guerra  a España, cuando esta  enfrentaba a las tropas del Ejército Libertador cubano en aras de su legítima independencia. ¿Buscaba Estados Unidos que la Perla de las Antillas fuera libre o movía sus primeros alfiles hacia una posición estratégica en el Caribe con miras a su sed de expansión? 

Antes de una intervención armada en Cuba, Estados Unidos ejerció presiones a España para que pusiera fin a la guerra. Entre ellas, una de las más significativas fue la propuesta de comprarle la Isla. No era la primera vez, pues ya en 1848   el presidente James Polk le había ofrecido 100 millones de dólares.  En 1897 William McKinley elevó la cifra a 300 millones, pero la respuesta española fue la misma: no vendería jamás a la más preciada joya de su corona.

Sin embargo, ante el avance del Ejercito Libertador por un lado, y por otro las presiones internacionales –señaladamente las de EE. UU.–, España cambió la política hacia Cuba  a fines de 1897. Sustituyó a Valeriano Weyler por Ramón Blanco como capitán general, poniendo fin a la intensa represión desatada por aquel y prometiendo dar paso a un gobierno con carácter autónomo, lo que fue rechazado por los combatientes cubanos.

En ese marco llegó el año 1898 y entra en el escenario bélico Estados Unidos. Antes, naturalmente, la prensa estadounidense se ocupó de presentar la intervención con un discurso humanitario. Todavía no está claro si la explosión del Maine en la bahía de La Habana fue accidental o provocado. Lo cierto es que el 15 de febrero estalló en llamas el buque estadounidense.  El capitán Sigsbee y la mayoría de los oficiales sobrevivieron, pero le costó la vida a más de 250 jóvenes marinos e infantes de su armada. Se explicó que su envío a La Habana respondía a la necesidad de proteger los intereses de estadounidenses en la Isla ante la extensión de la guerra. De hecho, antes de demostrarse quién era el culpable, fue suficiente un informe al Congreso del 28 de marzo con la afirmación de que al Maine lo había volado una mina. Entonces,  el presidente William Mc Kinley tuvo en sus manos un motivo indiscutible para declarar la guerra a España. Claro, respetando la Constitución del país, esperó por la aprobación del Congreso, quien el 25 de abril lo convirtió en un acto legal.

Previamente, ya avanzaba el bloqueo naval hacia la Isla, consciente la administración estadounidense de su superioridad militar sobre las fuerzas españolas destacadas en Cuba, severamente dañadas con el empuje de un Ejercito Libertador que ya había ocupado una buena parte del territorio del país.

Ya en guerra con España, la mirada de EE. UU. se extendió a las colonias que la decadente potencia europea conservaba en  Asia. El 1.° de mayo destruye la escuadra ibérica en Filipinas y el 20 de junio se apodera de la isla Guam. Dos días después, sus tropas desembarcan muy cerca de Santiago de Cuba y el primer día de julio los soldados de Theodore Rooselvet, que habían salido de Tampa, combaten en las lomas de San Juan.  Ese mismo día comienza la batalla naval de Santiago de Cuba y en dos días es aniquilada la flota española al mando del almirante Pascual Cervera. El 17 de julio se rinde Santiago de Cuba, lo que era en realidad la rendición de España ante Estados Unidos.

Las conversaciones de paz fueron rápidas y onerosas para el perdedor. Cuba no fue invitada, fue un acuerdo entre potencias, como siguen siendo hoy las negociaciones geopolíticas. Las condiciones las puso el vencedor: Filipinas, Guam y Puerto Rico serían posesiones estadounidenses. Todo se acordó mediante el Tratado de París, firmado el 10 de diciembre de 1898. Con Cuba había un compromiso establecido desde la Resolución Conjunta: la intervención sería por su independencia, con la que ya había simpatizado el pueblo norteamericano. La solución fue un gobierno de ocupación temporal, con una receta que se sigue utilizando:  se crearían las condiciones, Constitución incluida, para que mediante elecciones  se creara un gobierno democrático. Hubo que esperar más de tres años, para que el 20 de mayo de 1902 naciera la República de Cuba.

Algunos de los Rough Riders de Theodore Roosevelt en el
Tampa Bay Hotel de Henry Plant (actualmente Universidad de Tampa.

Ybor City y West Tampa tuvieron páginas protagónicas en el origen y evolución de este hecho histórico. En sus calles, inició José Martí la preparación del proyecto independentista que reinició la guerra independentista en Cuba  en 1895; hasta 1898 el apoyo que brindó Tampa al campo revolucionario cubano fue inestimable y de su puerto salieron las tropas estadounidenses que contribuyeron a poner fin a la guerra.

Se conservan muchas anécdotas, historias, leyendas de esos días. Una de ellas está plasmada en una placa conmemorativa que vemos frente al restaurante Columbia, indicando que en ese lugar había un abrevadero donde tomaban agua los caballos de los famosos Rough Riders, antes de partir bajo las órdenes de Theodore Roosevelt para la guerra en Cuba. En muchos lugares de la ciudad están las huellas del acontecimiento que puso fin a la dominación ibérica en América.

viernes, 17 de abril de 2026

Pinceladas de una conversación con Ric Prado

 Hace unos días tuve la oportunidad de conocer personalmente a Enrique Prado (Ric),  el cubano que ha alcanzado el grado más alto en la Agencia Central de Inteligencia (CIA), de la que se retiró en 2004 con una jerarquía equivalente a la de un General de dos estrellas.

Su historia apasionante, propia de una novela de espionaje, comenzó cuando a los diez años se vio obligado a separarse de su familia en Cuba durante la Operación llamada Peter Pan, para llegar a un orfanato en Estados Unidos. Se hace hombre en las calles violentas de Miami y se inclina a la dureza militar. Es buzo, paracaidista, paramédico, sirve en las Fuerzas Armadas y cuerpos especiales e ingresa en la inteligencia hasta convertirse en jefe del Centro de Operaciones Antiterroristas de la CIA. Nacido en Manicaragua —que en lengua arahuaca significa “lugar de hombres valientes”—, Prado emerge como un héroe oculto hasta que publicó sus memorias en el libro  Black Ops: The Life of a CIA Shadow Warrior, en 2022. De una larga conversación con él, extraemos los fragmentos que damos a conocer en esta columna de La Gaceta.

Durante una larga conversación con Ric Prado,
en la que nos acompañó Alberto Sicilia y Carlos Solís. Foto: A. Sicilia

Ric, es un placer hablar contigo. Cuando publicaste Black Ops hace unos cuatro años, diste a conocer al mundo tu labor como miembro de la CIA, donde llegaste a ser jefe de operaciones de su  Centro Antiterrorista. En una carrera  que duró casi medio siglo (dentro y fuera de la agencia),  ¿cuál recuerdas como el momento más difícil?

En cuanto a ejecución, los primeros tres años que estuve en la agencia. Me encontraba en la frontera con Nicaragua entrenando y liderando a los “contras” frente al gobierno sandinista. Era una etapa dura; dormía de lunes a viernes en una hamaca en la jungla y solo regresaba a casa los fines de semana. Allí realicé algunas de mis misiones más impactantes.

¿Hubo algún momento de riesgo extremo donde sintieras que tu vida llegaba al final?

He enfrentado tres atentados. Uno en Filipinas, que logramos interrumpir, y otro en Nicaragua. Allí me buscaban cuando estaba operando bajo el nombre de Mayor Alex Méndez, supuestamente un oficial del ejército hondureño, esa era mi cobertura.

Una de las misiones más riesgosas fue volar Puerto Cabezas. Era el centro de la ayuda rusa que venía vía Cuba. Entrené a buzos misquitos, que eran langosteros, durante dos meses. A medianoche, nos acercamos en una panga de madera —invisible al radar— hasta un kilómetro de la playa. Colocamos una bomba de 80 libras de C4 bajo el agua para destruir la infraestructura sin causar víctimas civiles. Fue un golpe táctico y psicológico duro para ellos.


¿Qué circunstancias te llevaron a enrolarte en la CIA?

Creo que Dios tiene un plan para nosotros. Mi preparación comenzó cuando llegó el comunismo a Cuba. Pasé de tener una vida ideal con caballos y bicicletas a salir solo hacia un orfanato en Pueblo, Colorado. Eso me hizo madurar con rapidez. Al graduarme de secundaria, mi padre, muy patriótico, me inculcó que nuestra vida estaba en este país. Me uní a una fuerza especial de la Fuerza Aérea (Pararescue) para ir a Vietnam, aunque no logré hacerlo. La agencia me reclutó a finales de 1980. Sentía una deuda de honor con este país, la libertad no es gratis.

Entonces, ¿la motivación patriótica estuvo por encima de la pasión por la aventura?

Siempre fui aventurero, me gustaban las armas y las artes marciales, pero lo que me enorgullece es haber enfocado esa vocación en servir a este país. Muchos orientan esa pasión hacia lo negativo; yo busqué el bien.

Saliste de Cuba muy pequeño, a través de la llamada Operación Peter Pan. ¿Cómo fue ese proceso?

Vivíamos en Manicaragua, donde nací, cerca de Santa Clara. Mi padre perdió su negocio tras la invasión de Bahía de Cochinos. Un tío político, que era del gobierno, avisó a mi madre que mi nombre estaba en una lista para enviarme a estudiar a Rusia. Eso lo precipitó todo. Nos fuimos a La Habana, vivimos un año en el hotel Bristol y, finalmente, el 14 de abril de 1962, salí solo hacia un campamento en Florida y luego al orfanato. Estuve separado de mis padres ocho meses. El sacrificio real fue el de ellos: poner a su único hijo en un avión hacia un lugar desconocido sin saber si volverían a verlo.

¿Cómo fue crecer en el Miami de los años 60?

Había mucha fricción social y violencia, principalmente peleas callejeras entre grupos. Eso me dio lo que llamamos street smarts: el instinto para leer situaciones peligrosas y el coraje para actuar. Fue como martillar el metal para crear una espada japonesa; esa época forjó mi carácter.

¿Es verdad que la CIA busca a personas con infancias traumáticas, más proclives a fingir?

Eso es más de las películas de James Bond. En la realidad, la mayoría de mis colegas eran profesionales de clase media-alta, muchos de ellos abogados que hubieran podido ganar mucho más dinero en el sector privado. Sobre “mentir”, nosotros lo vemos como una herramienta: puedo ocultar mi nombre o a quién represento, pero lo que buscamos son personas con convicciones reales, como el anticomunismo.

Tu ascenso fue meteórico, de teniente a general de dos estrellas. ¿Cómo llegaste a dirigir el Centro Antiterrorista de la CIA?

Trabajé mucho durante la Guerra Fría en Centroamérica y Sudamérica contra guerrillas marxistas. En 1995, me dieron un puesto en el centro de contraterrorismo y en 1996 creamos una estación especial para buscar a Osama Bin Laden. Lo más amargo de mi carrera fue que en 1997 y 1998 tuvimos oportunidades de neutralizarlo, pero la política del gobierno de Clinton no lo permitió. Si lo hubiéramos hecho, quizás el 11 de septiembre nunca habría ocurrido.

¿Dónde estabas el 11 de septiembre de 2001?

 En las oficinas de Washington. Yo era el jefe de operaciones del Centro Antiterrorista. Cuando vimos el segundo avión, supimos que era algo mayor. Envié un cable a todas nuestras estaciones: “Cuídense y averigüen quién hizo esto”. No fui a mi casa por tres días. Sentí una culpabilidad moral al ver morir a mis colegas y compatriotas.

Tu agencia fue la primera en llegar a Afganistán, ¿cierto?

Así es. Las primeras botas americanas en Afganistán no fueron los militares, fue mi gente. Ellos reclutaron a los comandantes de la Alianza del Norte y prepararon el terreno para las fuerzas especiales. El primer americano que murió allí, Mike Spann, era de la agencia.

¿Cómo afectó este trabajo a tu familia?

Es un sacrificio enorme. Mis hijos no supieron lo que hacía hasta que fueron mayores. Mi hija tenía 14 años cuando se lo dije; me agradeció la confianza. Tuve la suerte de tener a mi esposa, Carmen, que es el pilar de mi familia. Ella sabía que trabajaba para la CIA y que estaba contra el terrorismo, pero no conocía los detalles. Leyó el 80 % de mi historia recién cuando se publicó el libro; el otro 20 % no lo sabe nadie.

¿Sientes nostalgia por esa etapa de tanta adrenalina?

Daría cualquier cosa por una máquina del tiempo para vivirlo todo de nuevo, desde el principio, sin cambiar nada. No me vanaglorio de mis éxitos, ni me culpo por los fallos. Siempre actué bajo mis convicciones y nunca traicioné a nadie. Publiqué el libro Blak Ops para que los hijos de los héroes de la agencia, esos que tienen estrellas en nuestra pared, sepan lo que sus padres hicieron por este país.

Muchas gracias.

viernes, 10 de abril de 2026

Una carta inédita de Ramón Rivero Rivero

 Eduardo Yero fue un destacado periodista y patriota cubano nacido en Bayamo en 1852. Fundó en Santiago de Cuba el semanario El Triunfo, en apoyo al independentismo. Contribuyó a la preparación de la guerra de 1895. Perseguido, emigró a Nueva York en 1896 y colaboró con el periódico Patria y las labores del Partido Revolucionario Cubano (PRC), convirtiéndose en secretario de Tomás Estrada Palma.

La carta de Ramón Rivero ofrece valiosa información  no solo sobre la vida de quien fue Presidente del Cuerpo de Consejo del PRC en Tampa, sino sobre las publicaciones que desde aquí dirigió y del trabajo revolucionario desarrollado en la ciudad a favor de la independencia de Cuba.

Esta carta, inédita,  es parte de la correspondencia de Ramón Rivero que encontramos en el Archivo Nacional de Cuba y que estamos preparando para su publicación.


Tampa, 4 de enero de 1897.

Sr. Eduardo Yero, Nueva York.

Mi estimado amigo y compañero:

Su grata del 31 del pasado diciembre ha llegado a mi poder.

Héchome cargo de su contenido, paso a contestarla.

Agradezco en cuanto vale la buena opinión que disfruto en esa respetable Delegación y el acuerdo tomado en vista de mi solicitud respecto al apoyo material para dar cima, cuanto antes,  a mi propósito  de publicar tres veces a la semana mi periódico, reconocido por la voluntad de los correligionarios de Tampa como órgano oficial de nuestro Partido en esta circunscripción. Pero así como es mi deber agradecer el acuerdo de la Delegación en favor de este propósito patriótico, útil, si no necesario,  en una localidad tan  heterogénea y especial como esta;  también tengo la obligación, como patriota y como hombre honrado,  de hacer a Ud., para que a su vez tenga la bondad de transmitir a quien corresponda, algunas observaciones que estimo pertinentes al objeto de mi solicitud.

Es ello indicar que no se trata en  mi reclamo  de remuneración alguna por mi trabajo periodístico, que vale bien poco y al cual he estado consagrado desde hace más de diecisiete años; mi vocación por la faenas del periodismo en defensa de los ideales patrios y de la clase humilde de los desheredados de la fortuna, constituyen en mi algo así como una segunda naturaleza. Quiero decir que tanto en Key West a donde me llevó mi madre de edad de dieciséis años, arrancándome de la escuela; como en Tampa, cuya población vine a formar con Don Vicente Martínez Ybor he procurado sostener periódicos devotos de esos principios a los cuales he sido fiel ya que, por faltarme una pierna y tener catorce personas cuya subsistencia depende de mí trabajo en el taller donde funjo como lector, me han privado de la honra que a otros ha cabido, de derramar la sangre por mi Patria.

De acuerdo con esto debo decirle que este periódico “Cuba” que antes tuvo distintos nombres, fue fundado por mí el año 1886, cuando la fe estaba entibiada, el patriotismo adormecido y no se vislumbraba asomo alguno de revolución.

Cuando en la emigración no había otro órgano revolucionario que “El Yara”  de Key West, era solo este periódico  mío el que, con el nombre de “Revista de Florida”, que usted recibía en Santiago de Cuba y que muchas veces supo elevar su nombre a la altura que merece, la única voz de los hijos del trabajo que se levantaba para reanimar los espíritus llamando a la Patria a reivindicar sus derechos.

La labor no fue infecunda: constituimos clubs, liceos, sociedades revolucionarias, hasta  llamar a esta a Martí, donde se echaron los cimientos de nuestro Partido que supo organizar, unir,  encender la hoguera purificadora de nuestras libertades y consumar la revolución.

Lea Ud., querido Sr.  Yero, el libro de Trujillo últimamente publicado, libro al que yo no califico, pero el cual tiene páginas honrosas para mí,  cual es la de haber propuesto contra la voluntad de muchos que temían a los autonomistas la fundación del Partido que más tarde fue formado por el talento de José Marti, y cuyas resoluciones propuestas por mí y por mí defendidas ha consignado Trujillo en su libro.

Esto quiere decir que yo soy emigrado desde el año 69, que siempre he procurado, como Ud., y otros cubanos de Cuba y de le emigración, cumplir con mi conciencia, sin esperanza de recompensa alguna.

Pero al haber aquí una colectividad a la que es preciso alentar constantemente; al tener que  contrarrestar cierta corriente anarquista que puede perjudicar los intereses de la revolución; al  ver en este pueblo la lucha que existe entre el capital y el trabajo, de lo cual se derivan grandes males para nuestra causa; teniendo que el “Cuba” se sostiene con los sacrificios pecuniarios míos, pues fuera de Tampa el periódico es enviado gratis a Cuba, Puerto Rico,  Santo Domingo y a todos los centros de emigración cubana; por todo esto,  y de acuerdo con el parecer de ilustrados compatriotas es que intenté publicar mi periódico  trisemanal, creyendo llenar así una importante misión. No tenía recursos y he apelado a esa Delegación, no solicitando un sueldo para mí, sino un apoyo material para el órgano más antiguo después del Yara de la causa de Cuba en el extranjero que, me figuro yo, ha de dar a los fondos de la revolución, con sus trabajos, más cantidad de dinero que aquella ínfima cantidad por mi solicitada para ayudar a cubrir más de sesenta pesos semanales que importa el presupuesto de gastos,  en el caso de que hubiera sido negada en concepto de hacer economía.

De lo dicho debe deducirse que es mi intención aceptar con agradecimiento lo acordado por esa Delegación; pero como premio a mis pobres servicios que no creo que valgan cosa alguna, sino como un gasto útil en servicio de la patria, cuyo periódico en Tampa, pobre como su fundador,  y redactor, necesita para hacer  menos embarazosa su situación, de ese pequeño apoyo que solo por llenar mejor un deber político se ha atrevido a solicitar.

Ahora bien, yo no sé si mi propósito se podrá realizar con ventaja y si llegaré a la meta de mis aspiraciones, pero lo que sí me figuro es que no se perderá el tiempo. Solo deseo de Ud., y demás personas de esa respetable Delegación que pesen mis razones, estudien mi plan y hagan las debidas deducciones, para dejar sentado que el auxilio que he pedido no ha de perderse para la causa, sino que ha de ser en extremo beneficioso.

Usted me indica que esos quince pesos semanales serán con carácter temporal, hasta que se encauce la marcha de la publicación.

Debo decirle respecto a este asunto la verdad y ella es que, lejos de vislumbrar en esta ciudad un mejoramiento económico inmediato, se siente cada día el malestar por la falta de trabajo constante en las fábricas, merced a la escasez de ramas con motivo de la orden de Weyler y lejos de mejores tiempos, todo indica la aproximación de tiempos calamitosos.

De esto mi petición, de aquí mi súplica pidiendo apoyo; que si yo tuviera la esperanza de salir airoso con mis propios esfuerzos no habría molestado a esa Delegación, ni distraería a la Patria una cantidad que, aunque pequeña, hiciese falta para pólvora y balas.

Así, pues,  yo le ruego, Sr. Yero, a Ud.  que es antiguo periodista, que sea intérprete con el Sr. Estrada Palma de estas razones, para que quede sentado de un modo claro que si pido es para sostener o ayudar a sostener este órgano de Cuba libre, y no para que se me remuneren mis servicios y que si la subvención es temporal, desearían saber qué máximo de tiempo se fijaría para ello, para entonces, de acuerdo con su respuesta inmediata, dar comienzo a la publicación del trisemanal y cuando no pudiera continuar volver al semanario, el cual, mientras yo trabaje en el taller, no dejará de publicarse tan humilde como hasta aquí, pero sin ceder en patriotismo al que sea más patriota y más ilustrado.

Le ruego una respuesta inmediata.

Sin más le desea prosperidad su adicto S.S.

Ramon Rivero y Rivero.

jueves, 2 de abril de 2026

Alcanzar la gallina (cuento)


A Pedro

Cuando nuestra madre apuntó a la gallina elegida para la comida, mi hermano y yo salimos como gavilanes detrás de ella, más arisca que nunca, como si una brisa agorera le estuviera avisando del inmenso peligro que en ese instante había caído sobre ella. En el primer intento de acorralarla detrás de la algarroba del patio, me sorprendió que pasara con tanta confianza entre las piernas de mi hermano, mientras saltaba despavorida, cacareando y batiendo las alas, cuando era yo quien me le aproximaba.

Cuando él la tenía a dos pasos, el ave se permitía dar descanso a sus alas, sacudir la tierra de las uñas, acomodar las plumas del pescuezo y afinar los ojos hacia donde yo aparecía. Ante la tardanza, se mezclaba en el aire la voz tan dulce de mamá:

–Muchachos, la gallina es para hoy.

Para mí era suficiente. Intensificaba la carrera, casi volaba por encima de los matojos alrededor de la cañada, por donde ahora se deslizaba la infortunada entre aletazos despavoridos. A mi lado, mi hermano se esforzaba en sobrepasarme para llegar primero a la presa, lo que conseguía en cada una de las embestidas. Y cuando yo creía que estábamos a un palmo de la victoria, veía hasta la última pluma escurrirse entre las manos inútiles del rastreador adelantado, quien aparentaba un tropezón para caer derrotado sobre la yerba seca de la tarde.

–Se me fue –dijo, como si necesitara explicar que su resbalón no había sido intencional.

–Apúrate, Pedro, –exclamé, al ver como la sentenciada se escabullía entre las breñas del palmar. Corrimos duro y cuando la perdimos de vista, vi una inexplicable alegría escaparse por el rabo del ojo de mi hermano. Iba a increparle cuando sentí un ruido arrastrarse entre el bosque de helechos.

–Es un majá –dijo, con mirada de susto.

–Que majá, ni majá. ¡Es la gallina!

Salté despavorido, haciendo crujir con los pies las hebras de cada helecho y con las manos cuanto bejuco impertinente me separaba de la fugitiva. Al fin, la vimos agazapada entre las raíces de una ayúa caída y un montículo de tierra abandonado por un ejército de bibijaguas. Aunque mi hermano intentó detener el salto felino con que caí sobre la infeliz, ya no había fuerza capaz de sacarle las patas del garfio de mi mano derecha, mientras con la otra le atenazaba el tronco de un ala.

–La llevo yo –pidió Pedro, con más lástima que autoridad de primogénito.

Era el mayor y le obedecí. Ya estábamos llegando a la casa cuando se le escapó de las manos. Entonces entendí por qué era tan difícil agarrar una gallina entre los dos.  Cuando parecía que iba a acorralarla con el sombrero, eran sombrerazos al aire para que huyera; cuando ya la tenía entre los pies, la empujaba con la puntera de un zapato para que el salto cayera más lejos y si ya le tenía en el hueco de las manos, una palmada oculta la hacía volar a más distancia de lo común. Todo para que no la mataran.

Pero aquella vez el ave no tuvo suerte. Con el azoro confundió el camino y lo emprendió al revés, metiéndose sin querer por la puerta de la cocina. Dos horas después, ya caída la noche, los seis de la casa nos chupamos los dedos con el último residuo del fricasé que hizo mamá, la mejor cocinera del mundo. Yo, que tanto corrí, obtuve un ala y medio pescuezo, dividido siempre con mi papá. La pechuga, a pesar de su negligencia en la captura, era de Pedro; de los muslos, uno iba al plato floreado de mi hermana Sara Elena y otro al buen Marcos, el benjamín de la casa. A mi papá siempre le gustó el encuentro, que nunca he sabido por qué le dicen así. A mamá, claro, le encantaba la segunda alita y aunque las dos fueran del mismo tamaño, parece que la de ella se achicaba en la olla. Siempre mamá la comía muy despacio, mirándonos entre bocado y bocado, atenta a si alguno de nosotros quería “un poquito más”. Al final, cuando yo miraba a mi hermano acariciar el tejido exánime de la carne con inexplicable seriedad, pensaba en que él hubiera renunciado a su exquisitez por tal de ver a la gallina corriendo feliz por el patio de la casa.