viernes, 26 de junio de 2026

Conversación con Leonardo Padura, el escritor cubano más leído en la actualidad

 Leonardo Padura no necesita presentación, pues su obra es universal. Pero el introito a la entrevista nos permite agradecerle, primero, la generosidad con que respondió a nuestras preguntas, una vez le dijimos que La Gaceta, de Tampa, guarda una larga historia cubana.

Si bien Padura logró un gran prestigio internacional con una tetralogía de novelas policiacas –llevadas al cine español con el título Cuatro estaciones en La Habana (2016)–  su obra es representativa de lo mejor de la literatura cubana y se inscribe no solo entre las preferencias de los lectores hispanoamericanos y de otras latitudes, sino, también, en la apreciación de la crítica especializada. Su prestigio literario le ha hecho merecedor del Premio Nacional de Literatura de Cuba (2012), Premio Princesa de Asturias de las Letras (2015), Honoris causa de varias universidades y la traducción de sus obras al inglés, francés, alemán y otros idiomas.

Aunque el creador de Mario Conde ha publicado importantes novelas de contenido histórico,  como la dedicada al poeta cubano José María Heredia (Historia de mi vida (2001), o El hombre que amaba a los perros (2009), sus últimas narraciones contienen una profundidad  antropológica que indaga en la esencia de la sociedad cubana de las últimas décadas. Morir en la arena (2025),  La neblina del ayer (2025),  Ir a La Habana (2024), Personas decentes (2022), Como polvo en el viento (2020), son solo algunos de los títulos donde la nostalgia, ironía, sueños y frustraciones expresan con honestidad el entorno habanero donde se realizan. 

Leonardo Padura. Fotografía de Daniel Mordzinski

Entre  Fiebre de caballos (1988) y Morir en la arena (2025) hay más de 15 novelas y cada aparición es recibida con entusiasmo por un numeroso público y una crítica progresivamente atenta. ¿Cómo percibes estos dos espacios, no siempre coincidentes para todo escritor?

La distancia sideral que existe entre lo que ocurrió en 1988 y lo que sucede en 2026 es para mí motivo de asombro, pero también de mucho orgullo, pues lo conseguido con el público y la crítica ha sido el resultado de un trabajo muy constante, muy duro además, y muy peculiar, para colmo. Como todo el mundo sabe, y como he dicho muchas veces, más que un país lo que he tenido detrás de mí, desde 1996 específicamente, ha sido una editorial.

Mi país, lamentablemente, no solo no me promueve, sino que cada vez  me invisibiliza más. Mientras, la editorial Tusquets hace el máximo y mejor esfuerzo en la promoción de mis libros y en la gestión como agencia para las ediciones en otras lenguas, que ya son 31.

En los últimos tiempos, cada vez que en algún lugar del mundo (que no es ancho ni ajeno, al menos para mí) me presento en una sala llena y luego firmo libros por largo rato, recuerdo lo que me ocurrió en Barcelona en 1997, cuando fui a presentar Máscaras, la primera de mis novelas publicadas por Tusquets. El acto ocurría en una librería y tuve el mejor de los presentadores posibles, nada más y nada menos que Manuel Vázquez Montalbán. Y al acto fueron 15 personas… 12 para ver a Vázquez Montalbán y 3 amigos a verme a mí. Hoy en un teatro lleno, con 200, 300 personas, puedo sentir la satisfacción de que mi trabajo ha logrado esa atracción entre los lectores de muchas partes del mundo.

Mientras, lo que ocurre con la crítica y, sobre todo, con las instituciones, es parte del ­reflejo de ese proceso. Los premios que tengo, por ejemplo, hablan muy claramente de esa situación y hoy mismo, mientras te escribo estas respuestas, estoy ya premiado por tres instituciones que me otorgan sus galardones en los próximos meses. Nada mal, ¿verdad? Y todo con el trabajo, sin rendir pleitesías a nadie, y eso es mi orgullo mayor.

En tus novelas conviven protagonistas históricos  y ficticios (Heredia-Fernando Terry en La novela de mi vida, Trotsky-Iván Cárdenas en El hombre que amaba a los perros, Yarini- Conde en Personas decentes, son algunos ejemplos). ¿El amor a la historia prevalece en ellos sobre el literario o se equilibran en el ejercicio inspiracional y razonado de la creación?

No puedo separar lo histórico de lo ficcional, pues forman parte de una misma sustancia: lo novelesco. Asumo la historia desde esa perspectiva, no desde la del historiador, y todo se integra en el texto. Siempre he dicho que voy a los procesos históricos con la intención de iluminar el presente, o sea, utilizo la Historia, no la escribo, aunque pueda parecerlo.

Lo que sí te puedo garantizar es que respeto la esencia de los procesos históricos, investigo con mucho cuidado y soy exhaustivo, pero luego le aplico el procedimiento literario de dramatizar esos hechos, y ya se sabe que lo real y lo dramático funcionan con esencias diferentes. En fin, hago novela con la historia.

Hablar de Mario Conde se hace imprescindible, no solo por la tetralogía que le dio fama, sino porque nunca le abandonas. Sé que algunos lo identifican como un alter ego del autor, lo que has negado a medias, pero hasta la fecha de nacimiento lo delata. ¿En qué facetas de su personalidad lo acercas más a tu propia vida?

Uf, en muchas… la primera es su origen: cubano, habanero, de un barrio y de mi generación, que son cuatro condiciones esenciales. Luego sus gustos literarios, deportivos, afectivos, gastronómicos. Además, su visión de la realidad cubana, para nada complaciente y mucho menos edulcorada. Su culto por la amistad y su pasión por la belleza femenina como el más perfecto acto de la creación. Su manera de interpretar las realidades más lacerantes con una cierta ironía que funciona como un escudo, no como una lanza. Nada, que nos parecemos bastante, aunque él bebe más ron que yo, fue policía, vendedor de libros viejos… y ahora por fin escribe, igual que yo.

Como polvo en el viento es la novela más relacionada con la emigración cubana, un tema también presente en el jubilado Conde (la examante Tamara es abuela de un italiano, sus amigos Andrés y el Conejo han emigrado). Aprovecho el tema para preguntarte: ¿cómo aprecias la actualidad de la literatura cubana en lo que han llamado las dos orillas?

Creo que la ubicación geográfica de un escritor no invalida su pertenencia cultural. Estés donde estés, si eres realmente un escritor cubano, lo sigues siendo, aunque estés lejos o aunque estés en el mismo meollo nacional. Por eso no pienso que se pueda valorar, esencialmente, como dos producciones distintas, aunque sus resultados en ocasiones lo sean.

En Cuba las cosas ­funcionan con códigos que la mayoría debe respetar si quiere ser publicado. Fuera los escritores se liberan de esa condición extraliteraria y en ocasiones se van al extremo de politizar sus textos, como si respondieran a otras exigencias sociales o de mercado, en fin, otra forma de política cultural. Pero en cualquier caso creo que cada cual debe escribir lo que quiere y, sobre todo, como puede, y eso no está relacionado con lo político, sino con la capacidad artística. Si a algunos dentro de la loza de esa política cultural los aplasta fuera, el desarraigo puede lastrarlos. Es un drama nacional que tiene muchas facetas y en la creación literaria se transparenta una de las más complejas.

Detrás de Quevedo, en Máscaras, los intelectuales cubanos pueden descubrir a Luis Pavón, como a Antón Arrufat detrás de Alberto Marqués, ¿qué significó para la literatura cubana ese período al que Ambrosio Fornet denominó quinquenio gris?

Significó un trauma del cual no ha podido desprenderse. Significó la entronización del miedo, la necesidad de aplicar la castración de la autocensura para no sufrir la agresión de la censura, y en esos años setenta el ascenso vertiginoso de la mediocridad, el oportunismo, aquello que se le llamó el “sinflictivismo”… y la condena histórica y literaria de muchos autores. ¿Quién recuerda hoy al best-seller de aquellos años, el realista socialista Manuel Cofiño, editado y reeditado por miles de ejemplares? Y, ¿hasta qué punto autores que no voy a mencionar lograron recuperarse de aquellas condenas al silencio y la marginación? Esos años persiguen aún a la literatura cubana y tendrán que cambiar muchas cosas para que su efecto sea superado.

Yo he tenido la fortuna de que he podido hacer casi todo mi trabajo como escritor al margen de las instituciones oficiales que sostienen esa política (con los años han cambiado sus métodos, mas no su esencia) y por eso me he podido liberar de muchos de sus efectos, y cada vez más. Por eso siempre digo que mi vinculación desde 1996 hasta hoy con Tusquets Editores ha sido para mí una ventana de libertad, pues mis novelas salen de mi computadora a la de mis editores en Barcelona, sin pasar por ningún filtro oficial cubano.

Creo que eres también el escritor cubano más entrevistado en el mundo. En esos encuentros, se te ha preguntado varias veces por qué sigues viviendo en Cuba, con la intención velada o descubierta de identificar una filiación política. De hecho, he leído tus respuestas y en ellas tu amor a la casa natal, la madre que gracias a Dios sigue viva, el barrio, hasta el cementerio de tus perros en el patio de siempre. Con todo, me gustaría que nuestros lectores lo oyeran de tu propia voz con nuevos ingredientes que desees agregar.

Poco tengo que agregar. Mi decisión de seguir viviendo y escribiendo en Cuba no es política, sino cultural, existencial, familiar, y porque quiero hacerlo, sin más. Tengo no solo una relación de pertenencia a Cuba, su identidad, su visión de la vida, su uso de la lengua, sino que practico esa pertenencia desde la permanencia libremente elegida. Yo he estado viajando por el mundo desde 1988. En 1992, en pleno período especial fui por primera vez a Estados Unidos, en 1994 salí a México y mi mujer fue conmigo desde esa vez y casi para siempre… y regreso porque quiero.

Leonardo Padura. Fotografía de Héctor Garrido

Hoy pudiera vivir en cualquier sitio, tengo incluso un pasaporte español desde 2010, una ciudadanía que me fue concedida por mi trabajo como escritor, no por ser nieto de españoles, mi trabajo se realiza fundamentalmente fuera de la isla, donde ya ni siquiera soy publicado (mis últimos seis títulos no tienen edición cubana), pero como digo al final de Ir a La Habana, seguiré ahí, en mi país y en mi casa hasta que me expulsen o hasta que no pueda más. Y ojalá que ninguna de esas dos condiciones se cumplan. Porque yo necesito a Cuba para escribir, y no por geografía o clima… si no, porque todavía en Cuba vive la mayoría (cada vez más menguada, la verdad) de los cubanos, y de ellos es de quienes quiero escribir, de sus frustraciones y alegrías, de sus vidas y sus muertes.

A Tampa, una ciudad que guarda tanto de Martí, nos trajiste a vivir  en  tu novela  Morir en la arena a Violeta,  un personaje ficticio. ¿Cuándo y con qué ilusiones llegará el autor a visitarnos?

Pues cuando pueda… porque ahora mismo ni visa estadounidense tengo… Hace año y medio me tienen en “proceso administrativo”, ellos sabrán por qué.

Muchas gracias.




viernes, 19 de junio de 2026

Diálogo con el escritor ­dominicano Juan Colón

 Juan Colón  es un poeta, historiador, narrador y ensayista dominicano de mucha relevancia en su país y en otras regiones del mundo. Por ello,  el Círculo de Embajadores Universales de la Paz, con sede en Ginebra, Suiza, lo declaró embajador de la paz en el mundo en representación de su patria y la Academia Norteamericana de Literatura Moderna Internacional lo nombró, en 2020, presidente del capítulo dedicado a República Dominicana.            

Colón es autor de textos pedagógicos oficiales como Geografía Mundial, Historia de las Civilizaciones, Geografía e Historia de América y de los pueblos del Caribe. Entre sus textos literarios  se destacan los poemarios No puedo callarme y Raíces de mi alma, así como el libro de cuentos Giocondo mío.

Ha merecido el “Premio Dominicano de Oro, Gral. Gregorio Luperón” por su trabajo literario y educativo, así como distinciones nacionales e internacionales. En una reciente visita a Tampa, el poeta nos visitó en La Gaceta y después de una agradable conversación le formulamos unas preguntas a modo de entrevista que nos respondió con agrado.

Durante una agradable conversación con el poeta Juan Colón

Prefiero empezar por la poesía, la expresión más antigua y universal del lenguaje humano. ¿Desde cuándo y cómo descubriste al poeta que hoy ha sido reconocido en diferentes lugares del mundo?

Quizás siempre lo supe, o apenas lo intuía: el poeta no apareció un día, como una revelación súbita, sino que ya habitaba dentro de mí, adherido a la sangre, como una memoria anterior a la conciencia. Desde niño buscaba cada tarde un promontorio frente al mar, un lugar donde el horizonte y el agua parecían sostener un diálogo silencioso conmigo. Allí comprendí –sin nombrarlo todavía– que la poesía no nace únicamente de las palabras, sino de una necesidad de comunión con aquello que nos excede: el mar, la soledad, el misterio, el tiempo.

A los trece años escribí una obra teatral y dirigí un grupo de teatro; ya entonces la poesía reclamaba su espacio en mi vida, no solo escrita, sino dicha en voz alta, respirada, compartida como un acto casi ritual. Hoy la poesía suele leerse en silencio, pero para mí siempre tuvo también la dimensión de la voz, del temblor humano que atraviesa el cuerpo y busca otro cuerpo donde resonar.

Con los años entendí que el poeta no se descubre del todo: se escucha. Cada vez que me enfrento al papel en blanco –o a la pantalla– y nace el primer verso, siento que algo esencial vuelve a encontrar refugio. La poesía ha sido eso: una morada para el alma, una manera de reconciliarme con mis preguntas más profundas y con la fragilidad de existir. Tal vez por eso escribir nunca ha sido para mí un oficio ni una aspiración de reconocimiento, sino una forma de permanecer despierto ante el misterio de la vida.

¿Podrías describirme algunas obras y momentos que consideres culminantes en tu creación poética?

Más que señalar obras específicas, prefiero hablar de aquellos autores que, de una u otra forma, fueron encendiendo la llama de mi escritura y acompañaron silenciosamente mi formación espiritual y literaria. Pablo Neruda, con su vastedad humana y telúrica; Juan Bosch, extraordinario cuentista dominicano cuya mirada ética y narrativa dejó una huella profunda; Pedro Mir y Manuel del Cabral, que supieron darle al Caribe una dimensión universal; Franklin Mieses Burgos, con su intensidad metafísica. Y, por supuesto, Octavio Paz, Julio Cortázar, Jorge Luis Borges y los poetas españoles  de la Generación del 27, entre muchos otros que ampliaron mi manera de entender el lenguaje como una forma de revelación.

Si pienso en momentos culminantes de mi trayectoria, podría mencionar tres que marcaron distintos territorios de mi vida creadora. El primero ocurrió en 1993, cuando participé como autor de libros de texto para el sistema educativo dominicano. Con el inicio del Primer Plan Decenal de Educación, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) consideró que dos de mis libros respondían plenamente a las exigencias del nuevo currículo educativo. Aquello representó para mí no solo un reconocimiento intelectual, sino también la certeza de que la escritura podía convertirse en un instrumento de transformación colectiva.

Otro momento profundamente significativo llegó en 2021, cuando la organización Uniendo Raíces, en Valle de Aosta, Italia, me invitó a leer mi poesía en un castillo medieval. Aquella experiencia tuvo algo de símbolo y de destino: sentir mi voz resonando entre piedras antiguas, en otra lengua y otra cultura, me hizo comprender que la poesía pertenece menos al escritor que al misterio que la atraviesa. De esa vivencia nació el libro Il Miracolo della Luce (El Milagro de la Luz).

Un año después, con Le Mani del Silenzio, obtuve el Primer Lugar de Poesía Ciudad de Milán; y en 2023, el Primer Lugar de Poesía Ciudad de Bríndisi, ambos en Italia. Son reconocimientos que agradezco profundamente, porque confirman que la poesía puede cruzar fronteras y encontrar eco en sensibilidades distantes.

Sin embargo, quizás lo más esencial para mí ocurrió recientemente con mi libro de relatos Eviterno. Allí sentí, por primera vez, que había encontrado plenamente la voz –o el estilo– que llevaba toda la vida buscando. Como si después de muchos años de escritura, lecturas, silencios y preguntas, finalmente hubiera llegado a ese lugar interior donde el lenguaje deja de parecerse a los otros y comienza, verdaderamente, a pertenecernos.

¿Cómo se equilibran el historiador y el pedagogo en estas obras?

Creo que conviven de manera natural. Lo científico no reduce la creatividad; por el contrario, muchas veces le ofrece profundidad, estructura y una conciencia más amplia de la realidad humana. En el caso de las ciencias sociales, ese vínculo resulta todavía más evidente, porque mi poesía posee una marcada dimensión humanista y una sensibilidad de conciencia social que nace precisamente de la observación histórica y de la experiencia pedagógica.

El historiador me ayuda a comprender los procesos humanos, las heridas colectivas, las raíces culturales y las contradicciones del tiempo que habitamos; mientras que el pedagogo me recuerda constantemente que toda palabra también implica una responsabilidad ética frente al otro. Ambos dialogan dentro de mi escritura sin imponerse uno sobre el otro.

Para la creación literaria, mientras más holística sea la visión del mundo, más posibilidades tiene la obra de alcanzar profundidad y autenticidad. La literatura no puede vivir aislada del conocimiento, de la memoria ni de la experiencia humana. En mi caso, historia, educación y poesía forman parte de una misma búsqueda: comprender al ser humano en toda su complejidad y tratar de devolver, a través de la palabra, una mirada más sensible y más consciente sobre la existencia.

Mirando hacia los acelerados cambios –y no solo tecnológicos– del mundo de hoy, ¿crees que la enseñanza en República Dominicana prepara a los niños y jóvenes para enfrentarlo?

Creo que necesitamos una verdadera revolución educativa, no solamente en términos tecnológicos, sino también humanos, culturales y éticos. El mundo está cambiando a una velocidad vertiginosa: cambian las formas de producir, de comunicarnos, de aprender e incluso de entender la realidad. Frente a eso, la educación no puede seguir anclada en modelos del pasado.

Es imprescindible una mejor preparación y dignificación del magisterio, porque ningún sistema educativo puede superar la calidad humana e intelectual de sus maestros. El docente debe convertirse nuevamente en un orientador del pensamiento crítico, de la sensibilidad y de la conciencia social, y no únicamente en un transmisor de contenidos.

También se necesita un currículo más dinámico y coherente con las nuevas demandas productivas, científicas y culturales del presente. La escuela debe preparar para el trabajo y la tecnología, sí, pero también para la convivencia, la creatividad, la reflexión ética y la comprensión profunda del ser humano. De nada sirve formar técnicos altamente capacitados si carecen de sensibilidad social o de conciencia histórica.

Hay además una contradicción preocupante: vivimos en la era de la información, pero hemos descuidado la formación del hábito de lectura y del pensamiento reflexivo. Desde el año 2019 muchas bibliotecas escolares prácticamente no reciben libros. Eso es grave, porque una sociedad que abandona sus bibliotecas termina debilitando su imaginación, su capacidad crítica y hasta su democracia espiritual.

En La Gaceta, Tampa

Has desarrollado una obra que ha merecido reconocimiento en tu país. Ahora que en plena madurez puedes exponer tu creación y experiencia en diferentes lugares del mundo, ¿qué planes tienes?

En este momento trabajo en la elaboración de textos escolares para la educación dominicana, una labor que asumo no solo desde la pedagogía, sino también desde el compromiso ético y cultural con las nuevas generaciones. Siempre he creído que educar es una de las formas más profundas de sembrar futuro,  y  participar en la construcción de materiales educativos significa también contribuir a la formación de una conciencia más crítica y más humana.

En el ámbito literario, atravieso una etapa particularmente intensa y reveladora. Estoy corrigiendo poemas y relatos que permanecieron guardados durante más de treinta años, textos que, de algún modo, esperaban el tiempo interior adecuado para volver a la luz. Paralelamente continúo escribiendo nuevas obras, porque la creación literaria no admite pausas definitivas. La poesía, suelo decirlo con afecto y verdad, es mi novia; y como toda relación profunda, exige presencia, entrega y trabajo permanente.

También mantengo diversos compromisos internacionales vinculados a recitales y conferencias programadas para este año en distintos escenarios culturales. Cada encuentro con lectores y escritores de otras lenguas y otras geografías reafirma mi convicción de que la literatura es uno de los pocos territorios donde todavía es posible reconocernos esencialmente humanos.

Uno de los proyectos que más ilusión me produce será en el año 2027, cuando presentaré en París un recital de poesía en francés y español. Para mí tendrá un significado especial, no solo por lo que representa culturalmente París en la historia universal de las letras, sino porque simboliza la posibilidad de que la palabra nacida en nuestra isla pueda dialogar, sin fronteras, con otras sensibilidades y otras tradiciones del mundo.

El Círculo de Embajadores Universales de la Paz, con sede en Ginebra, te designó como Embajador de la Paz en representación de la República Dominicana. ¿Cómo ves hoy esa aspiración en el mundo?

Trabajar en favor de la paz es hoy una labor más urgente que nunca. Vivimos en una época marcada por la posmodernidad, donde con frecuencia predominan el individualismo, el egoísmo y una profunda crisis de valores humanos. Paradójicamente, mientras la humanidad alcanza niveles extraordinarios de desarrollo científico y tecnológico, también parece alejarse cada vez más de su dimensión ética y espiritual.

Vivimos tiempos dolorosos en los que, ante los ojos del mundo, se cometen genocidios, desplazamientos masivos y actos de barbarie que muchas veces no solo encuentran indiferencia en los grandes poderes, sino incluso complicidades silenciosas sustentadas por intereses económicos y geopolíticos. Esa realidad revela una fractura moral profunda dentro de la civilización contemporánea.

Resulta igualmente desgarrador pensar que nunca antes la humanidad produjo tantos alimentos, tanta riqueza y tantos avances tecnológicos, y, sin embargo, millones de seres humanos continúan viviendo en la miseria, mientras miles de niños mueren cada día víctimas del hambre y la desnutrición. Esa contradicción demuestra que el problema esencial del mundo no es la escasez, sino la falta de sensibilidad, de justicia y de conciencia humana.

Por eso creo que trabajar por la paz hoy trasciende el discurso diplomático o institucional; se ha convertido en una misión casi sacerdotal. La paz no significa solamente ausencia de guerras: implica dignidad, equidad, educación, respeto por la vida y capacidad de reconocernos en el dolor ajeno. Mientras no aprendamos a mirar al otro como una extensión de nuestra propia humanidad, seguiremos construyendo sociedades tecnológicamente avanzadas, pero espiritualmente vacías.

Asumo esa designación como Embajador de la Paz no como un honor personal, sino como un compromiso ético y humano: el de seguir defendiendo, desde la palabra, la cultura y la educación, la posibilidad de un mundo más sensible, más justo y más consciente.

Acabas de visitar Tampa, donde tuve el placer de conocerte e intercambiar algunas ideas, esencialmente relacionadas con los históricos vínculos entre Santo Domingo y Cuba. Si yo tuviera que vincular los tres espacios geográficos con un solo nombre, mencionaría a Francisco ( Panchito) Gómez Toro, el hijo de Máximo Gómez que vino a Tampa con Martí. ¿Cómo describirías esa imagen, tú que eres poeta, pedagogo e historiador? 

Antes de responder esa hermosa pregunta, quiero agradecerte  profundamente a ti, ­Gabriel Cartaya, a Alberto Sicilia y a Pablo Martínez, por el gentil y fructífero encuentro intelectual que sostuvimos en Tampa. Conversar en su oficina sobre historia, literatura y los vínculos espirituales y culturales entre nuestros pueblos caribeños fue una experiencia enriquecedora y entrañable. Siempre resulta esperanzador encontrar espacios donde la memoria, la cultura y la palabra todavía convocan al diálogo profundo entre seres humanos.

La figura de Francisco “Panchito” Gómez Toro posee para mí una dimensión casi simbólica dentro de la historia del Caribe. En él convergen no solo la herencia heroica de su padre, Máximo Gómez, sino también el ideal martiano de una patria entendida como destino moral y humano. Panchito representa esa juventud capaz de abrazar una causa superior, incluso por encima de su propia vida.

Tampa, Santo Domingo y Cuba dejan entonces de ser únicamente espacios geográficos para convertirse en territorios de una misma memoria histórica y afectiva. Tampa fue fragua de sueños libertarios; Cuba, escenario del sacrificio y de la esperanza; y Santo Domingo, raíz espiritual de uno de los grandes estrategas de la independencia cubana. En esa trilogía histórica, Panchito aparece como una especie de puente humano entre la épica y la ternura.

Panchito Gómez Toro, al centro, junto a Martí y Fermín Valdés Domínguez
 en Cayo Hueso, en mayo de 1894. Durante ese viaje estuvo en Tampa.

Como historiador, veo en él la continuidad de una generación que entendió la libertad como un deber continental y no como un proyecto individual. Como pedagogo, encuentro una figura ejemplar para las nuevas generaciones, porque encarna valores que hoy parecen erosionarse: lealtad, desprendimiento, dignidad y sentido del deber. Y como poeta, quizá lo percibo de un modo todavía más profundo: Panchito me parece uno de esos seres que no pertenecen del todo a la muerte, porque terminan convertidos en símbolos.

Hay imágenes históricas que adquieren una dimensión casi poética. Imagino a aquel joven acompañando a Martí, atravesando los caminos de la guerra y del destino, cargando no solo el peso de un apellido glorioso, sino también el fervor de una generación que soñaba una América más justa y más humana. En él habita la belleza trágica de quienes comprenden que la verdadera grandeza no consiste en vivir mucho, sino en darle sentido moral a la existencia.

Tal vez por eso, cuando pensamos en Panchito Gómez Toro, no evocamos únicamente un personaje histórico: evocamos la persistencia de la dignidad humana frente al olvido y frente al tiempo.

Te comparto este breve poema de mi autoría.

    La mujer campesina
       Me dio su mano.
       Dentro de su mano
       Latía una casita doblada,
       Unas yaguas en hilachas
       Sosteniendo la tarde.
       La historia de un silencio
       Le mordía los labios.
       Al despedirse…
       A mis dedos
       Se le llenaron
       Los ojos de agua.
       Muchas gracias, Juan.