viernes, 31 de julio de 2026

Alberto Sicilia presenta el libro Ric Prado, la pasión del guerrero

 El poeta y escritor Alberto Sicilia no necesita presentación en La Gaceta, pues en varias ocasiones su nombre ha aparecido en estas páginas. Alguna vez, por un libro suyo; otra, porque un autor ha publicado en ediciones Classic Subversive, que él fundó y dirige y, también, en relación con la Primera Feria Internacional del Libro de Tampa –este año será la segunda–, cuyo liderazgo también asumió.

Esta vez, la conversación con Sicilia que damos a conocer es motivada por un libro que acaba de publicar y cuya presentación se realizó el pasado viernes en el Museo de la Diáspora Cubana, en Miami.

La obra, titulada Ric Prado, la pasión del guerrero, es un emotivo recorrido  biográfico acerca de un agente de la CIA que llegó a convertirse en  jefe de operaciones antiterroristas de esa agencia y cuyo origen cubano fue el primer entusiasmo del escritor para abordar un tema hasta ahora ajeno a su ejercicio literario. Que sea, entonces, el autor, quien nos hable sobre esta experiencia.

Recientemente publicaste en CS Editions el libro Ric Prado: La Pasión del Guerrero, cuyo contenido biográfico se aparta de todo lo que habías publicado hasta hoy, eminentemente dentro del género de la poesía. ¿Qué te motivó a escribir esta obra?

Poeta al fin, estoy atento a los clamores del espíritu y a las exigencias de mi tiempo. La poesía es traducción de esencias y, en el fondo, la biografía de un hombre no es más que un poema encarnado en la acción. Lo que me motivó a adentrarme en la vida de Enrique “Ric” Prado fue el descubrimiento de una arquitectura moral extraordinaria. Sentí la necesidad imperiosa de desentrañar cómo un niño, arrojado a las aguas del exilio sin más patrimonio que la bendición paterna, logra erigirse en un escudo viviente de las libertades de Occidente. No me movió la fascinación por la peripecia bélica en sí, sino el misterio del carácter: indagar en esa luz interior, en esa fe sin quiebra que transfigura al soldado en un custodio de la condición humana.

¿Ante qué desafíos te enfrentó acometer una obra de esta naturaleza?

El primer gran desafío fue el método y la distancia: cómo pasar del lenguaje sutil y contemplativo del lirismo a la sobriedad, la precisión y la exigencia documental que requiere el género biográfico. Debía evitar dos escollos tentadores: la fría relación historiográfica de sucesos y la hagiografía apasionada. Otro reto mayúsculo fue el contraste con Black Ops, la monumental obra del propio Ric. Mientras aquel es un libro de operaciones escrito desde la primera línea por el puño de un guerrero, el mío debía ser un tratado sobre la formación espiritual del héroe, visto desde la orilla de un hombre de paz. El mayor reto consistió en traducir el silencio del deber y la discreción del mundo de las sombras a una geografía de símbolos comprensible, densa y luminosa para el lector en idioma español.

¿Qué enseñanzas te deja la investigación, escritura y publicación de este libro?

La lección fundamental es que la libertad es una conquista diaria del espíritu que exige la disciplina del carácter. Investigar la vida de Ric me confirmó que la familia es la columna vertebral de la sociedad; es en el hogar donde se forjan los principios que ningún totalitarismo puede cambiar ni doblegar. Aprendí también que las almas grandes no buscan el aplauso transitorio del mundo ni se nutren de la aprobación de las masas, sino de la satisfacción serena del deber cumplido. Escribir este libro reafirmó mi fe en que, cuando un hombre es fiel a sí mismo y obedece a las leyes del espíritu, se convierte en una fuerza capaz de restaurar el orden allí donde la mentira ha sembrado el caos.

Aunque solo lleva unas semanas de publicado, el libro ha tenido una amplia recepción. ¿A qué atribuyes ese resultado?

Lo atribuyo a que nuestra comunidad padece una sed profunda de referentes éticos auténticos. En una época marcada por la levedad y la confusión de valores, el público reconoce instintivamente la verdad cuando se le presenta sin artificios. La pasión del guerrero conecta con una fibra muy íntima de nuestro exilio: el dolor de la herida original, pero también la dignidad del renacimiento. Los lectores han encontrado en estas páginas un espejo de sus propias luchas, un canto al decoro y una reafirmación de que la fe y el sacrificio no han sido en vano.

Asimismo, este impacto no habría sido posible sin la alianza estratégica entre CS Editions y el extraordinario equipo de Bravo Zulu ­Publisher, liderado por el Dr. Rafael Marrero. La gran recepción de esta obra es la prueba inequívoca de que, cuando se unen voluntades nobles y trabajo de excelencia, la memoria siempre se impone sobre el olvido.

¿Cómo se inserta un libro de esta esencia –expresada en un subtítulo que destaca la lucha desde Estados Unidos contra el comunismo y el terrorismo– en las preocupaciones actuales en torno a Cuba?

Se inserta como una llamada rotunda a la conciencia y a la unidad. La tragedia de nuestra patria no se resolverá por el azar ni por fórmulas banales. Tendremos que entregarnos a la restauración de la virtud cívica y la cohesión de todos los cubanos. El testimonio de Ric Prado demuestra que la causa de Cuba es parte de un frente universal más amplio en defensa de la civilización democrática frente a las tiranías. Este libro recuerda que el agradecimiento histórico a esta gran nación americana –que nos acogió y nos dio espacio para prosperar– no debe traducirse en acomodo, sino en un compromiso renovado con la libertad. La historia de Ric nos señala que el verdadero guerrero nunca olvida su origen y que la patria es un altar de principios que se lleva con decoro en el centro del pecho.



Fijándonos en la editorial Classic Subversive y en el contenido de las obras publicadas hasta hoy, ¿supone este libro algún cambio en su perfil editorial en términos temáticos?

No supone un giro ni una ruptura, sino una maduración y una expansión natural de nuestro catálogo. CS Editions nació con la vocación de explorar el pensamiento libre, la alta literatura y las expresiones que desafían los dogmas. La poesía, el ensayo histórico y la biografía filosófica son ramas de un mismo tronco: la defensa de la trascendencia humana. Publicar la vida de Ric Prado reafirma el compromiso de la editorial con la memoria, la verdad histórica y las obras que aportan densidad ética a nuestro tiempo. Lejos de alejarnos de nuestro perfil, lo fortalece, mostrando que la acción noble y la creación literaria responden al mismo pulso de libertad.

Para ti, en lo personal, ¿qué significa la publicación de este libro sobre Ric Prado?

En lo personal, significa una experiencia de profunda transformación y un honor ­inolvidable. Asumir el papel de cronista de esta gesta fue un desafío supremo, pero el regalo más valioso que me deja este proceso trasciende lo literario: es el privilegio sagrado de haberme ganado la confianza y la amistad sincera de Ric Prado. No hay mayor satisfacción para un hombre de letras que recibir el alma de un hombre justo, custodiarla con la lealtad que se deben los hermanos de ideas y entregarla limpia, como un faro, a las presentes y futuras generaciones.

Muchas gracias.

viernes, 17 de julio de 2026

Escrito de Alfredo ­Antonio Fernández sobre El secreto de la andaluza

 En el año de 1929, durante su segunda estancia en París, coincidiendo con la crisis mundial del capitalismo, el pintor cubano Víctor Manuel García, colgó en las paredes de una galería –presumiblemente en la barriada bohemia de Montparnasse, frecuentada por poetas y pintores que rendían culto al ajenjo en los cafés al aire libre– una pintura al óleo sobre madera de 46.5 x 38 con el enigmático título Gitana Tropical.

Muy pronto,  la  pintura  se convirtió en referente obligado de la pintura modernista cubana, no solo por la influencia bien asimilada de pintores de la vanguardia europea (Gauguin y Modigliani) sino por la forma en que el pintor supo condensarlos en una figura femenina con rasgos eclécticos de india peruana y mulata cubana en pose que recordaba a la Mona Lisa renacentista de Da Vinci.   

De haber sido el editor de la novela El secreto de la andaluza (Classic Subversive Editions, 2025), del autor cubano Gabriel Cartaya, radicado en la ciudad suroccidental norteamericana de Tampa, no hubiera vacilado en elegir como portada el retrato de Gitana Tropical, o algún otro tipo de diseño o ilustración que, sin reproducir exactamente sus rasgos fisonómicos, aludiera a la expresión enigmática de la protagonista, tanto la que aparece coloreada en azul, blanco y gris en la pintura de Víctor Manuel como la que se adivina en blanco y negro en la descripción literaria de Cartaya.

De la Gitana Tropical se ha dicho que su rostro es, sin lugar a duda, el centro de atracción del cuadro, con sus grandes ojos sesgados y la carnosidad de sus llamativos labios, quien nos obliga a mirarla de frente y a fijarnos detenidamente en ella. Con la Andaluza de Cartaya –a quien me place imaginarla con rasgos similares a la Gitana de Víctor Manuel– sucede algo parecido, pero en sentido inverso.

El personaje de la Andaluza –Emilia Sánchez  en la realidad y en la ficción de la novela– más que verlo, de forma elusiva debemos imaginarlo porque así lo quiere el autor, quien la ha rescatado de la breve mención escrita que de ella hace en su Diario José Martí, la figura más representativa de la historia de Cuba,

Martí, el 12 de mayo de 1895, una semana antes de morir en el primer combate de su vida, describe a la Andaluza con un rápido y seguro trazo en el que abunda la descripción de los colores como escapados del pincel de Víctor Manuel mientras pintaba a la Gitana:  ¨Y allí está en su túnico morado, el pie sin medias en la pantufla de flores, la linda andaluza, subida a un poyo, pilando café…¨.

En ese par de líneas se resume todo lo que sabemos del personaje evocado por Martí, mientras cabalga por la llanura que colinda con la ribera de los ríos Cauto y Contramaestre del Departamento Oriental de Cuba.

A la distancia de un siglo –1929 exhibición de Gitana y 2025 edición de la Andaluza–, ambas presencias femeninas aparecen y desaparecen como en los filmes de misterio de Hitchcock (Vértigo) para cautivarnos con su presencia tanto como en la ausencia. No importa que a la primera la veamos de pie, parados delante de ella en una de las salas del Museo Nacional de Cuba donde actualmente se ubica, y que, a la Andaluza, más que verla la imaginemos, agazapada, de forma oblicua, semioculta como se encuentra en la fronda de más de trescientas páginas de la novela de Cartaya. El resultado es el mismo: fantasía, magia, misterio femenino.

La andaluza de Dos Ríos.
 Obra de Alexis Pantoja
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El misterio abre y cierra como en un laberinto excavado en el tiempo, la conexión de más de un siglo entre ambas mujeres, una en la pintura y la otra en la literatura. Unidas por la magia del arte, sin que importe que una haya sido concebida por el empleo del pincel y la otra de la pluma y no resulta fortuito resaltar el detalle de que hayan sido los gitanos –grupo étnico abundante en Andalucia– los que poblaron los arrabales de Cádiz de donde es oriunda la enigmática Andaluza.   

En la novela de Cartaya, la Andaluza es testigo en tres tiempos diferentes de la presencia de José Marti: (1) de joven, siendo soltera en Cádiz, lo vio con alegría, radiante, colérico, pleno de entusiasmo con la posibilidad de organizar desde el exilio español la lucha por la independencia de Cuba. (2) de mujer, casada, al pie de las estribaciones de la Sierra Maestra, lo ve con tristeza cuando pasa a caballo, asomada a una ventana, apresurado por unirse a la tropa insurrecta cubana que desafía en combate a una columna del ejército español en Dos Rios, en el oriente de Cuba. (3) de anciana, viuda y con nietos, lo evoca con los ojos cerrados en el recuerdo, delante de su familia, tras varias decenas de años transcurridos después de su muerte, en medio de una República de Cuba plagada de violencia, corrupción y politiquería que nada tiene que ver con la república ¨con todos y para el bien de todos¨ por la que luchó y murió Martí.     

Una vez establecido el nexo entre ambas figuras femeninas, enigmáticas en la plástica y en la literatura, corresponde develar el misterio que oculta la Andaluza, de cuya existencia se nos advierte en el mismo título de la novela. Un misterio que el autor, sabiamente, va ofreciendo a pedacitos, para mantener la intriga que rodea a la muerte en combate de Martí, el 19 de mayo de 1895.

Un misterio que se anuncia casi al principio de la narración (página 18) cuando Martí, en monólogo discursivo, empieza a constatar las reacciones ambiguas –una parte entusiasmo y otra parte celos y rivalidades– que su presencia como delegado del Partido Revolucionario Cubano despierta entre los soldados y oficiales cubanos de la insurrección contra España: ¿de quién tengo que defenderme, del desbordamiento del rio Contramaestre, de una bala ibérica o de estas aldeanas jerarquías?¨.

En la novela de Cartaya, el personaje de Emilia Sánchez, la Andaluza, cuando lo vuelve a ver en Dos Rios, se percata rápidamente del dilema en el cual se encuentra envuelto Martí, y resume su propia angustia por la encrucijada política a la que se asoma en un comentario magistral (página 50) sobre el conflicto que se avecina entre el político y los guerreros en torno al orden de prioridades:

La duda sobre qué prevalecerá en Cuba una vez que se inicie la contienda bélica del lado insurrecto cubano, si el campamento militar con toque de diana matutino o la discusión del aparato legislativo en una república utópica, reaparece en otro comentario que la Andaluza dirige a Martí –esta vez alarmada– ante la posibilidad de que ocurra un desenlace negativo.  

En la novela, Cartaya elige el misterio que la ronda como una suerte de aura y nos ofrece como sucedáneo una bella metáfora insertada en la narración, en la cual se describe a la futura república que Marti deseaba fundar como un caballo de trote veloz guiado por dos bridas, la de las armas y la de las leyes, que no se deben desbocar de un solo lado. 

La Andaluza es la única persona a la cual Martí confía su secreto la víspera de su encuentro definitivo con la muerte, para que no se pierda la idea de una república fundada en leyes.  

Hace bien Cartaya en su novela en mantener como final abierto la pesquisa de la verdad anecdótica y teórica que encierran los documentos de Marti. Aún hoy, ciento treinta años después, sigue siendo un reto poner en claro sus últimas acciones en vida y las variaciones en su pensamiento una vez que abandonó el exilio y se introdujo clandestino en Cuba como soldado de la independencia.

Muchas preguntas sin respuestas definitorias flotan tras un siglo de su muerte. ¿Cuál fue el destino final de las páginas que faltan del Diario interrumpido el 19 de mayo de 1895 en Dos Rios? ¿Adónde fueron a dar? ¿Quién las arrancó? ¿Por qué?

Me atrevería a decir que la motivación mayor de Cartaya al escribir El secreto de la andaluza no fue encontrar la verdad –tarea encomiable, pero harto difícil por la ausencia de piezas claves del rompecabezas que fue la vida de Marti en sus últimos momentos– , si no seguir alimentando la fábula que se ha tejido a lo largo del tiempo sobre las horas finales de Marti y el destino de su Diario en el que, al parecer, daba a conocer la intimidad de su pensamiento sobre las personalidades de mayor relieve en el campo insurrecto cubano y las contradicciones que sobre la guerra y la futura república mantenía con ellos.  

Alfredo Antonio Fernández, escritor, historiador y guionista. Es profesor de  Literatura en la Universidad de Prairie View A&M, en Texas.

 

viernes, 3 de julio de 2026

Una página hermosa sobre el apoyo de Cuba a la independencia de Estados Unidos

 Cada 4 de julio se celebra en Estados Unidos la declaración de la independencia, fecha que remite a su mejor significado: el nacimiento y ­desarrollo de una democracia como esencia del sistema político donde el preámbulo a su Constitución estableció la soberanía en una frase impregnada en la conciencia popular: “We, the People (Nosotros, el pueblo)”. Si bien cada año la nación festeja el magno acontecimiento, llegar al 250 aniversario refleja su durabilidad e invita a una reflexión sobre su consistencia actual y venidera.

Sin embargo, no es sobre ello que ahora llamo la atención, pues el hecho es propicio para recordar un momento de la contribución de Cuba a la Guerra de Independencia de Estados Unidos. Casi siempre se menciona a Francia y España entre los países que más colaboraron a la liberación de las Trece Colonias de Norteamérica de la dominación británica. Con relación a Cuba, el nombre del español Juan de Miralles, comerciante asentado en La Habana, es uno de los más mencionados, tal vez por su cercanía a Geroge Washington, en cuya casa murió. Sin embargo, la acción de las llamadas Damas de La Habana es menos usual cuando se aborda este tema, a pesar de que algunos historiadores han relacionado la oportuna donación económica que hicieron con la victoria estadounidense en la famosa batalla de Yorktown.

La imagen recrea una escena donde ungrupo de mujeres de La Habana
está donando sus joyas para ayudar a la Guerra de Independencia de EE. UU.

Realmente, aquella batalla de 1781 fue decisiva en la Guerra de Independencia de Estados Unidos. Allí, las fuerzas estadounidenses comandadas por Washington, junto a las francesas que dirigía Jean-Baptiste Donatien de Vimeur (conde de Rochambeau), cercaron y destruyeron a la tropa inglesa, despejando el camino al reconocimiento de la independencia. Eso se sabe, lo que casi nunca se dice es que aquellos ejércitos muy poco antes de esa batalla estaban muy desabastecidos, no solo carentes de armas y avituallamientos necesarios, sino incluso de la paga para el sostenimiento de su familia y la alimentación necesaria. Las carencias en las filas de George Washington eran preocupantes. Parecía que la guerra era insostenible cuando el almirante francés François de Grasse recurrió a La Habana en busca de fondos para continuar la campaña.

La solicitud de apoyo a la guerra estadounidense fue atendida en la capital cubana con prontitud y entusiasmo. Es verdad que las autoridades coloniales participaron en la colecta y muchos comerciantes, artesanos y familias adineradas abrieron sus caudales, pero el significado de las mujeres habaneras entregando sus joyas para reunir el dinero necesario es un símbolo eterno de solidaridad humana y de fortaleza femenina en la lucha por la libertad. Se habla de 500 mil pesos fuertes (entonces unas 12 toneladas de plata) lo que se entregó a Grasse en La Habana, quien navegó hacia la costa norteamericana con aquel tesoro. Con ese apoyo, se armó la logística para las operaciones militares que culminaron con la rendición del general británico Charles Cornwallis en Yorktown.

Jean-Baptiste Donatien de Vimeur (conde de Rochambeau)

Cuando a las puertas de la batalla se abrió la bolsa con el dinero enviado desde Cuba para sostener a la tropa libertadora, se encontró la nota con que las mujeres de La Habana acompañaban su aporte monetario: “Enviamos este dinero para que los hijos de madres norteamericanas no nazcan esclavos”.

Esta columna no es solo para contar esa historia que tiene tantos ingredientes, pero podría motivar a quienes deseen investigarla, a fijarla en la memoria, a levantarla como un puñal cuando la vanidad de alguien, o la incultura, le haga insinuar que los nacidos en la considerada mejor democracia del mundo valen más que los nacidos detrás de sus fronteras. O, mejor, a quienes desconozcan que el mundo es mejor porque a su progresión han contribuido todos los seres humanos del mundo. Y donde la obra es común, la felicidad es posible.