Cuando se habla de novelas sobre dictadores en América Latina, se cita, en el orden de aparición: Tirano Banderas (1926), en la que Ramón del Valle-Inclán expone a un dictador excéntrico en Hispanoamérica, el general Santos Banderas, ubicado en una república ficticia de América del Sur; El Señor presidente (1946) de Miguel Ángel Asturias, donde se alude al régimen dictatorial de Manuel Estrada Cabrera en Guatemala; El recurso del método (1974) de Alejo Carpentier, inspirada esencialmente en el gobierno cubano de Gerardo Machado; en Yo, el Supremo (1974) Augusto Roa Bastos narra la etapa en que el gobierno de Paraguay estuvo bajo el poder del Supremo y Perpetuo José Gaspar Rodríguez de Francia; El otoño del patriarca (1975), de Gabriel García Márquez, satiriza el poder absoluto de autócratas caribeños y, en La fiesta del Chivo (2000) Mario Vargas Llosa refleja el comportamiento tiránico de Trujillo en República Dominicana.
Si bien, obras como La novela de Perón (1985), de Tomás Eloy
Martínez; Tiempos recios (2019), de Vargas Llosa y La sombra del caudillo
(1929), de Martín Luis Guzmán, también reflejan el aire dictatorial
hispanoamericano –esta vez en Argentina, Guatemala y México–, también develan
los engranajes, públicos y ocultos, de las dictaduras en el continente. De los
autores, tres obtuvieron el Premio Nobel de Literatura y uno (Carpentier), el
Premio Miguel de Cervantes, lo que indica el peso que ha tenido este tema en
nuestros grandes escritores.
Estas novelas abordaron el tema de las dictaduras desde
protagonistas reales o imaginarios, de lugares concretos o ficticios, pero
siempre desde referentes históricos hispanoamericanos. Por eso llama la
atención la novela Dominó de dictadores, del escritor de origen cubano Alfredo
Antonio Fernández. La obra, de más de 400 páginas, fue publicada por Ilíada
Ediciones, Berlín, en 2019, con una advertencia en contraportada que afirma ser
“una novela histórica que incorpora la técnica del thriller cinematográfico de
forma singular en la narrativa”, lo que
se explica al saber que el autor es también guionista y ha publicado
importantes libros sobre el llamado séptimo arte, como A través del espejo: EL cine hispanoamericano
contemporáneo (2013).
El historiador Alfredo Fernández, conocedor de cientos de
libros, ensayos y artículos sobre las dictaduras en América Latina, procesa las
diversas interpretaciones teóricas y conceptuales alrededor de este tema y
aprehende, como escritor, que solo las herramientas de la literatura le permitirán develar la
profundidad de los rasgos antropológicos, psicológicos, el telos, la
subjetividad, la historia profunda; en fin,
el complejo mundo que se oculta detrás de su brutal dominación.
Y aunque Alfredo es también profesor, no pretende educar a
través de Dominó… Él lo ha dicho en una entrevista: “Como autor no quiero
demostrar nada (preceptiva), solo quiero mostrar (descriptiva)”. A pesar de esa
declaración, es mucho lo que enseña en
esta novela, no solo por la exposición de acontecimientos reales y ficticios
que se amalgaman al exponerse en una trama donde se juntan la mentalidad del
tirano y todo el ambiente de falsedad, corrupción, ambición y egocentrismo
desenfrenado que les hace pariguales aunque se autoproclamen Führer, Egregio, Benefactor de la Patria,
Hombre Fuerte o El Comandante, identificados con el fascismo alemán, machadato,
trujillismo y finalmente, revolución
cubana, develados desde una propuesta donde la narración y el lenguaje alcanzan tan altos quilates como la
apasionante historia que se entrecruza entre los personajes, imaginarios o
históricos.
Fernández ha
confesado el origen de esta novela: “En la investigación, se me hizo evidente
que el marco de tiempo de la novela (1930-1961), hacía necesario vincular a las
dictaduras imperfectas del Caribe con las dictaduras ejemplares del fascismo
europeo: Hitler (Alemania) y Franco (España). Por medio de una veintena de
personajes (reales y ficticios) y una férrea estructura narrativa dividida en
dos libros (1930-1945-1961), deseché el proyecto investigativo inicial (Dios y
Trujillo) y se impuso, primero como impulso inconsciente y luego con
conocimiento de causa, la escritura de una novela no sobre una sino sobre
cuatro revoluciones y dictaduras en América y Europa (Dominó de dictadores)”.
La agudeza narrativa con que el novelista intercala las
historias de amor en el marco de acontecimientos históricos relevantes examina
la naturaleza de los personajes principales, bien en la legitimidad del
sentimiento, la hipocresía del comportamiento, los imperativos sexuales, las
ambiciones políticas o, en muchos casos, en la contradicción entre exposición
pública y la intimidad. Que en los entresijos de las pasiones discurran planes
macabros de espionaje, componendas en que se deciden acciones de repercusión
mundial, planes de vida y muerte sobre oponentes políticos y hasta el clímax
del sexo entre el estruendo de ametralladoras,
hacen de la novela una película donde la tensión del acto acompaña a la
de los protagonistas que desfilan en las
páginas.
La novela está estructurada en dos partes y aunque el libro
Primero, como el Segundo, indican el mismo tiempo (1930-1945-1961) y ambos
empiezan y terminan en El Caribe (Cuba, Santo Domingo), hay una diferencia
temática entre ellos, pues el primero, aunque parte de Bahia de Cochinos en
medio de la bárbara balacera tras la invasión de Playa Girón, inscribe desde el
tercer capítulo a la figura de Hitler y los hombres que le rodeaban en camino
al poder. En retrospectivas continuas, desfilan acontecimientos trascendentales
de la historia de Cuba, de Europa y de Santo Domingo en una variedad de
protagonistas, masculinos y femeninos, que se engarzan en la historia que
explica el arribo dictatorial en cada uno de esos escenarios.
En este comentario, que no aspira a ser de naturaleza
crítica sino la impresión de un lector,
no daré señales de los hilos dramáticos que la hacen apasionante, a partir de
figuras históricas o ficticias que calzan la historia, pero me permito algunas
opiniones. La primera es en torno a la clasificación (todas son inexactas):
considerar novela histórica o historia novelada la que tengo delante. Si, como
sugieren muchos, en las primeras prevalece la ficción y en la segunda la
historia, entonces Dominó… pertenece a esta última. Sin embargo, no es
historia, aunque ella esté viva en la novela. Si Fernández hubiera querido
escribir historia sobre estas figuras y acontecimientos, lo hubiera hecho, pues
tiene todas las herramientas del historiador. Prefirió la ficción para escribir
la historia. Y lo hizo bien. Creo yo, que también soy historiador, que se
aprende más con esta novela que con muchos textos de historia sobre estos
temas. Y no solo porque estas páginas ayudan a conocer –y condenar– desde la
exposición de los hechos, sino porque también contribuyen a juzgar desde la
movilización de los sentimientos. Ya sé que no fue el propósito del autor,
pero, quiéralo o no, la calidad de los diálogos, la elección y descripción de
los escenarios, el tono y el ritmo que mantiene a través de toda la narración,
la dramatización de cada uno de los diversos conflictos –o del conflicto
general con el poder que acompaña al dictador consigo mismo–, el ambiente de
verosimilitud que alcanza la novela en cada uno de sus capítulos, hacen de
Dominó de dictadores una novela ejemplar. Milán Kundera sugería que la novela
debía examinar la existencia, no la realidad, pero Alfredo Fernández nos ha
ofrecido en esta obra una prueba de que el examen de la realidad nos permite
entender la existencia en toda su maravillosa complejidad.






