La doctora Madeline Cámara, profesora en la Universidad del Sur de la Florida por varios años, reconocida como crítica literaria y autora de varios libros, me acaba de enviar unas líneas suyas inspiradas en El secreto de la andaluza. Las comparto con los atentos lectores de “Líneas de la memoria”, muchos de los cuales han leído esta novela, concebida en el mismo tiempo en que escribimos las breves líneas semanales de La Gaceta.
Guardiana del
secreto
Por Madeline Cámara
Quizás sea porque la obra gira en torno a esa figura enorme
del imaginario y la Historia de Cuba, José Martí; quizás sea porque el autor ha
sabido retomar el misterio que rodea al libro Diario de Campaña y sus páginas
arrancadas y todavía perdidas; o quizás, aun, porque la novela incorpora el
debate sobre la “forma” posible que pudiera adoptar la democracia en Cuba. Lo
cierto es que la obra atrapa al lector, al que se complace en encontrar entre
la Historia, la fabulación y la filosofía política un estímulo para seguir
pensando los destinos de la Isla.
Para continuar, me permito incluir una digresión que un conocedor de la filósofa española María Zambrano, lectora de Martí, pudiera agradecer. Siento una curiosidad por el uso del sustantivo forma en Diario de Campaña y en el documento más relevante del pensamiento de Martí sobre la guerra: el Manifiesto de Montecristi. Noto que la palabra forma, generosa en su sinonimia de la que el autor toma “molde” y “estructura”, se repite tres veces en lugares claves de las bien pensadas y escasas cuartillas del Manifiesto citado, siempre asociándose, al perseguir esa “forma”, con el nacimiento de la nueva república cubana. Convencido estaba Martí, y lo establece en “Nuestras ideas”, texto de 1892, “que por la guerra se obtendrá un estado de felicidad superior a los esfuerzos que se han de hacer por ella”. El rastreo textual me compele a la pregunta: cuando reflexiona sobre esa forma futura, “viable, propia, natural”, adjetivos con que la califica junto a sinónimos como “molde” y verbos como “ordenar”, ¿estaría tratando de buscar con su política mística “la forma” en que el “Dios consciencia”, como él le llamaba, pudiera participar y ordenar la vida material de la sociedad, ¿en particular esa guerra que él se ha visto en la necesidad moral de organizar? Esa “forma” que anhela y a la vez no puede definir en palabras concretas, ¿sería acaso una fórmula para dar paso a la encarnación del ideal de Patria en la humanidad, o más íntimamente, más entrañablemente, incluso en la Persona? Sé que Cartaya no es ajeno a ese lado místico-filosófico del pensamiento martiano que, oblicuamente, atraviesa las primeras páginas de su novela que rebosan de aliento panteísta. Véanse unas últimas citas martianas y cerramos la digresión: “Las leyes de la política son idénticas a las leyes de la Naturaleza. Igual es el Universo moral al Universo material… El orden general de la Creación está repetido, como en todos los órdenes parciales, en el orden humano”, ideas que podrá encontrar el lector que revise un libro esencial –Martí y su concepción del mundo–, de Roberto Agramonte.
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| Alexis Pantoja. La andaluza de Dos Ríos. |
Volvamos ahora al secreto que guarda la andaluza, que es el pretexto literario de la fabulación de Gabriel Cartaya. Lo afirmo sin espacio para tratar de probarlo, pero es sabido que, a los ojos del crítico, una novela resulta fascinante como un mecanismo donde todo lo que el lector acepta ha sido calculado por el escritor, palabra a palabra, para despertar una emoción estética. Por eso, la pregunta que nos provoca esta lectura es sencilla. ¿Por qué es ella, Emilia Sánchez Collé, una mujer que existió en la vida real de José Martí, la depositaria de las páginas arrancadas al Diario por Martí mismo, según la novela?
Ofrezco respuestas tentativas. Lo más obvio: el personaje de
Emilia crea la trama amorosa que garantiza interés romántico a esta narración,
lo más importante: el personaje articula la narrativa para dividir la obra en
varios planos espacio-temporales. Estos tienen una secuencia cronológica
apoyada en la larga vida de esta mujer que abarca su lozana juventud en el
Cádiz natal –donde tiene un bello y breve romance con el joven Martí–, se
extiende hasta su vida en Cuba –casada para entonces con un mambí cubano, lo
cual la hace próxima al contexto de la Guerra del 95 y al regreso de Martí a Cuba–, mientras que
en las páginas finales la encontramos, en su lúcida vejez, como punto de vista
que aglutina (permite y comenta) las discusiones en la sala de su casa, donde
familia y amigos jóvenes debaten sobre el presente: los infortunados
desarrollos de los primeros gobiernos republicanos. Estos diálogos van
transmitiendo al lector los reparos que provoca en la juventud el doloroso
parto de aquella fórmula martiana: “Con todos y para el bien de todos”, que no
se hizo –no se ha hecho– realidad.
Así, disfrutamos primero de una mirada al amor juvenil de
Martí con una prosa ligera, vigorosa y esperanzada, aunque insertada en los
contextos de su exilio español. Luego sigue un tono más teñido de
preocupaciones en la narración de su regreso a Cuba y su labor al frente de la
Guerra de Independencia, aunque con pinceladas de ese “amor franciscano a la
tierra” que Martí desborda al tocar el suelo patrio. Allí se reencuentra con
Emilia en la nueva situación de ambos, y lo que domina el tono, a mi juicio, es
la premonición de la muerte de Martí que dejaría incumplido su sueño: alcanzar
esa “forma” de democracia para Cuba por la que brindó su preciosa vida.
La novela, escrita en un estilo que alterna lo romántico con
el rigor histórico, reserva un momento de tensión final para describir a un
Martí atormentado ante el destino que parece dibujársele a su regreso a la
Patria. La percibe en peligro por los males del egoísmo humano, raíz profunda
de la ambición política que se manifiesta entonces en el autoritarismo de
quienes dirigían la contienda militar. En la ficción, Martí arranca las páginas
de su Diario, donde se supone expresa sus dudas sobre el desarrollo de la
guerra y el triunfo de una república, pero antes de tirarlas al torrente del
río decide entregarlas a Emilia, quien, por virtudes de metaficción
historiográfica, está presente en ese momento crucial.
Desde entonces, la andaluza guardó el secreto de su breve
romance con Martí, quien siendo un veedor profundo de la naturaleza humana, vio
en ella a alguien digno de confianza para convertirla en depositaria de su
secreto: el momento en que esperanza y angustia se mezclan en el alma del
patriota que escribe sus páginas más tristes y realistas, donde acepta y
comparte los retos que presenta el sueño de la libertad.
Ella es entonces la Guardiana del futuro, y hasta hoy día se
mantiene en el misterio de la desaparición de esas páginas del Diario, porque
la realidad de la vida política cubana no se ha atrevido a transformarlas. La
andaluza lo hizo por amor, y por amor los hijos de Cuba, todos, han de
encontrar una “definición mejor” para la Nación cubana.



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