viernes, 24 de abril de 2026

A 128 años de la entrada de EE. UU. a la guerra en Cuba

 Cuando abrimos los noticieros, en cualquier medio disponible, encontramos más espacios dedicados a la guerra que novedades científicas o culturales. En estos días, el escenario del Medio Oriente alcanza la primacía con bombardeos en Irán, el Líbano y otros territorios alcanzados por misiles que salen de Israel, de Teherán, de buques de guerra estadounidenses o de otros puntos, como pueden ser los lanzados por los hutíes desde Yemen. Este conflicto desplazó en los medios informativos el espacio destinado previamente a Gaza, como este sustituyó anteriormente a la defensa armada de Ucrania frente a la invasión rusa. El hecho es que las armas siguen aquí, siempre presentes, desde hace más de tres milenios.

Hace 128 años fue anunciada otra guerra, que vendría a entrar en una ya existente. El 25 de abril de 1898, Estados Unidos le declaró la guerra  a España, cuando esta  enfrentaba a las tropas del Ejército Libertador cubano en aras de su legítima independencia. ¿Buscaba Estados Unidos que la Perla de las Antillas fuera libre o movía sus primeros alfiles hacia una posición estratégica en el Caribe con miras a su sed de expansión? 

Antes de una intervención armada en Cuba, Estados Unidos ejerció presiones a España para que pusiera fin a la guerra. Entre ellas, una de las más significativas fue la propuesta de comprarle la Isla. No era la primera vez, pues ya en 1848   el presidente James Polk le había ofrecido 100 millones de dólares.  En 1897 William McKinley elevó la cifra a 300 millones, pero la respuesta española fue la misma: no vendería jamás a la más preciada joya de su corona.

Sin embargo, ante el avance del Ejercito Libertador por un lado, y por otro las presiones internacionales –señaladamente las de EE. UU.–, España cambió la política hacia Cuba  a fines de 1897. Sustituyó a Valeriano Weyler por Ramón Blanco como capitán general, poniendo fin a la intensa represión desatada por aquel y prometiendo dar paso a un gobierno con carácter autónomo, lo que fue rechazado por los combatientes cubanos.

En ese marco llegó el año 1898 y entra en el escenario bélico Estados Unidos. Antes, naturalmente, la prensa estadounidense se ocupó de presentar la intervención con un discurso humanitario. Todavía no está claro si la explosión del Maine en la bahía de La Habana fue accidental o provocado. Lo cierto es que el 15 de febrero estalló en llamas el buque estadounidense.  El capitán Sigsbee y la mayoría de los oficiales sobrevivieron, pero le costó la vida a más de 250 jóvenes marinos e infantes de su armada. Se explicó que su envío a La Habana respondía a la necesidad de proteger los intereses de estadounidenses en la Isla ante la extensión de la guerra. De hecho, antes de demostrarse quién era el culpable, fue suficiente un informe al Congreso del 28 de marzo con la afirmación de que al Maine lo había volado una mina. Entonces,  el presidente William Mc Kinley tuvo en sus manos un motivo indiscutible para declarar la guerra a España. Claro, respetando la Constitución del país, esperó por la aprobación del Congreso, quien el 25 de abril lo convirtió en un acto legal.

Previamente, ya avanzaba el bloqueo naval hacia la Isla, consciente la administración estadounidense de su superioridad militar sobre las fuerzas españolas destacadas en Cuba, severamente dañadas con el empuje de un Ejercito Libertador que ya había ocupado una buena parte del territorio del país.

Ya en guerra con España, la mirada de EE. UU. se extendió a las colonias que la decadente potencia europea conservaba en  Asia. El 1.° de mayo destruye la escuadra ibérica en Filipinas y el 20 de junio se apodera de la isla Guam. Dos días después, sus tropas desembarcan muy cerca de Santiago de Cuba y el primer día de julio los soldados de Theodore Rooselvet, que habían salido de Tampa, combaten en las lomas de San Juan.  Ese mismo día comienza la batalla naval de Santiago de Cuba y en dos días es aniquilada la flota española al mando del almirante Pascual Cervera. El 17 de julio se rinde Santiago de Cuba, lo que era en realidad la rendición de España ante Estados Unidos.

Las conversaciones de paz fueron rápidas y onerosas para el perdedor. Cuba no fue invitada, fue un acuerdo entre potencias, como siguen siendo hoy las negociaciones geopolíticas. Las condiciones las puso el vencedor: Filipinas, Guam y Puerto Rico serían posesiones estadounidenses. Todo se acordó mediante el Tratado de París, firmado el 10 de diciembre de 1898. Con Cuba había un compromiso establecido desde la Resolución Conjunta: la intervención sería por su independencia, con la que ya había simpatizado el pueblo norteamericano. La solución fue un gobierno de ocupación temporal, con una receta que se sigue utilizando:  se crearían las condiciones, Constitución incluida, para que mediante elecciones  se creara un gobierno democrático. Hubo que esperar más de tres años, para que el 20 de mayo de 1902 naciera la República de Cuba.

Algunos de los Rough Riders de Theodore Roosevelt en el
Tampa Bay Hotel de Henry Plant (actualmente Universidad de Tampa.

Ybor City y West Tampa tuvieron páginas protagónicas en el origen y evolución de este hecho histórico. En sus calles, inició José Martí la preparación del proyecto independentista que reinició la guerra independentista en Cuba  en 1895; hasta 1898 el apoyo que brindó Tampa al campo revolucionario cubano fue inestimable y de su puerto salieron las tropas estadounidenses que contribuyeron a poner fin a la guerra.

Se conservan muchas anécdotas, historias, leyendas de esos días. Una de ellas está plasmada en una placa conmemorativa que vemos frente al restaurante Columbia, indicando que en ese lugar había un abrevadero donde tomaban agua los caballos de los famosos Rough Riders, antes de partir bajo las órdenes de Theodore Roosevelt para la guerra en Cuba. En muchos lugares de la ciudad están las huellas del acontecimiento que puso fin a la dominación ibérica en América.

viernes, 17 de abril de 2026

Pinceladas de una conversación con Ric Prado

 Hace unos días tuve la oportunidad de conocer personalmente a Enrique Prado (Ric),  el cubano que ha alcanzado el grado más alto en la Agencia Central de Inteligencia (CIA), de la que se retiró en 2004 con una jerarquía equivalente a la de un General de dos estrellas.

Su historia apasionante, propia de una novela de espionaje, comenzó cuando a los diez años se vio obligado a separarse de su familia en Cuba durante la Operación llamada Peter Pan, para llegar a un orfanato en Estados Unidos. Se hace hombre en las calles violentas de Miami y se inclina a la dureza militar. Es buzo, paracaidista, paramédico, sirve en las Fuerzas Armadas y cuerpos especiales e ingresa en la inteligencia hasta convertirse en jefe del Centro de Operaciones Antiterroristas de la CIA. Nacido en Manicaragua —que en lengua arahuaca significa “lugar de hombres valientes”—, Prado emerge como un héroe oculto hasta que publicó sus memorias en el libro  Black Ops: The Life of a CIA Shadow Warrior, en 2022. De una larga conversación con él, extraemos los fragmentos que damos a conocer en esta columna de La Gaceta.

Durante una larga conversación con Ric Prado,
en la que nos acompañó Alberto Sicilia y Carlos Solís. Foto: A. Sicilia

Ric, es un placer hablar contigo. Cuando publicaste Black Ops hace unos cuatro años, diste a conocer al mundo tu labor como miembro de la CIA, donde llegaste a ser jefe de operaciones de su  Centro Antiterrorista. En una carrera  que duró casi medio siglo (dentro y fuera de la agencia),  ¿cuál recuerdas como el momento más difícil?

En cuanto a ejecución, los primeros tres años que estuve en la agencia. Me encontraba en la frontera con Nicaragua entrenando y liderando a los “contras” frente al gobierno sandinista. Era una etapa dura; dormía de lunes a viernes en una hamaca en la jungla y solo regresaba a casa los fines de semana. Allí realicé algunas de mis misiones más impactantes.

¿Hubo algún momento de riesgo extremo donde sintieras que tu vida llegaba al final?

He enfrentado tres atentados. Uno en Filipinas, que logramos interrumpir, y otro en Nicaragua. Allí me buscaban cuando estaba operando bajo el nombre de Mayor Alex Méndez, supuestamente un oficial del ejército hondureño, esa era mi cobertura.

Una de las misiones más riesgosas fue volar Puerto Cabezas. Era el centro de la ayuda rusa que venía vía Cuba. Entrené a buzos misquitos, que eran langosteros, durante dos meses. A medianoche, nos acercamos en una panga de madera —invisible al radar— hasta un kilómetro de la playa. Colocamos una bomba de 80 libras de C4 bajo el agua para destruir la infraestructura sin causar víctimas civiles. Fue un golpe táctico y psicológico duro para ellos.


¿Qué circunstancias te llevaron a enrolarte en la CIA?

Creo que Dios tiene un plan para nosotros. Mi preparación comenzó cuando llegó el comunismo a Cuba. Pasé de tener una vida ideal con caballos y bicicletas a salir solo hacia un orfanato en Pueblo, Colorado. Eso me hizo madurar con rapidez. Al graduarme de secundaria, mi padre, muy patriótico, me inculcó que nuestra vida estaba en este país. Me uní a una fuerza especial de la Fuerza Aérea (Pararescue) para ir a Vietnam, aunque no logré hacerlo. La agencia me reclutó a finales de 1980. Sentía una deuda de honor con este país, la libertad no es gratis.

Entonces, ¿la motivación patriótica estuvo por encima de la pasión por la aventura?

Siempre fui aventurero, me gustaban las armas y las artes marciales, pero lo que me enorgullece es haber enfocado esa vocación en servir a este país. Muchos orientan esa pasión hacia lo negativo; yo busqué el bien.

Saliste de Cuba muy pequeño, a través de la llamada Operación Peter Pan. ¿Cómo fue ese proceso?

Vivíamos en Manicaragua, donde nací, cerca de Santa Clara. Mi padre perdió su negocio tras la invasión de Bahía de Cochinos. Un tío político, que era del gobierno, avisó a mi madre que mi nombre estaba en una lista para enviarme a estudiar a Rusia. Eso lo precipitó todo. Nos fuimos a La Habana, vivimos un año en el hotel Bristol y, finalmente, el 14 de abril de 1962, salí solo hacia un campamento en Florida y luego al orfanato. Estuve separado de mis padres ocho meses. El sacrificio real fue el de ellos: poner a su único hijo en un avión hacia un lugar desconocido sin saber si volverían a verlo.

¿Cómo fue crecer en el Miami de los años 60?

Había mucha fricción social y violencia, principalmente peleas callejeras entre grupos. Eso me dio lo que llamamos street smarts: el instinto para leer situaciones peligrosas y el coraje para actuar. Fue como martillar el metal para crear una espada japonesa; esa época forjó mi carácter.

¿Es verdad que la CIA busca a personas con infancias traumáticas, más proclives a fingir?

Eso es más de las películas de James Bond. En la realidad, la mayoría de mis colegas eran profesionales de clase media-alta, muchos de ellos abogados que hubieran podido ganar mucho más dinero en el sector privado. Sobre “mentir”, nosotros lo vemos como una herramienta: puedo ocultar mi nombre o a quién represento, pero lo que buscamos son personas con convicciones reales, como el anticomunismo.

Tu ascenso fue meteórico, de teniente a general de dos estrellas. ¿Cómo llegaste a dirigir el Centro Antiterrorista de la CIA?

Trabajé mucho durante la Guerra Fría en Centroamérica y Sudamérica contra guerrillas marxistas. En 1995, me dieron un puesto en el centro de contraterrorismo y en 1996 creamos una estación especial para buscar a Osama Bin Laden. Lo más amargo de mi carrera fue que en 1997 y 1998 tuvimos oportunidades de neutralizarlo, pero la política del gobierno de Clinton no lo permitió. Si lo hubiéramos hecho, quizás el 11 de septiembre nunca habría ocurrido.

¿Dónde estabas el 11 de septiembre de 2001?

 En las oficinas de Washington. Yo era el jefe de operaciones del Centro Antiterrorista. Cuando vimos el segundo avión, supimos que era algo mayor. Envié un cable a todas nuestras estaciones: “Cuídense y averigüen quién hizo esto”. No fui a mi casa por tres días. Sentí una culpabilidad moral al ver morir a mis colegas y compatriotas.

Tu agencia fue la primera en llegar a Afganistán, ¿cierto?

Así es. Las primeras botas americanas en Afganistán no fueron los militares, fue mi gente. Ellos reclutaron a los comandantes de la Alianza del Norte y prepararon el terreno para las fuerzas especiales. El primer americano que murió allí, Mike Spann, era de la agencia.

¿Cómo afectó este trabajo a tu familia?

Es un sacrificio enorme. Mis hijos no supieron lo que hacía hasta que fueron mayores. Mi hija tenía 14 años cuando se lo dije; me agradeció la confianza. Tuve la suerte de tener a mi esposa, Carmen, que es el pilar de mi familia. Ella sabía que trabajaba para la CIA y que estaba contra el terrorismo, pero no conocía los detalles. Leyó el 80 % de mi historia recién cuando se publicó el libro; el otro 20 % no lo sabe nadie.

¿Sientes nostalgia por esa etapa de tanta adrenalina?

Daría cualquier cosa por una máquina del tiempo para vivirlo todo de nuevo, desde el principio, sin cambiar nada. No me vanaglorio de mis éxitos, ni me culpo por los fallos. Siempre actué bajo mis convicciones y nunca traicioné a nadie. Publiqué el libro Blak Ops para que los hijos de los héroes de la agencia, esos que tienen estrellas en nuestra pared, sepan lo que sus padres hicieron por este país.

Muchas gracias.

viernes, 10 de abril de 2026

Una carta inédita de Ramón Rivero Rivero

 Eduardo Yero fue un destacado periodista y patriota cubano nacido en Bayamo en 1852. Fundó en Santiago de Cuba el semanario El Triunfo, en apoyo al independentismo. Contribuyó a la preparación de la guerra de 1895. Perseguido, emigró a Nueva York en 1896 y colaboró con el periódico Patria y las labores del Partido Revolucionario Cubano (PRC), convirtiéndose en secretario de Tomás Estrada Palma.

La carta de Ramón Rivero ofrece valiosa información  no solo sobre la vida de quien fue Presidente del Cuerpo de Consejo del PRC en Tampa, sino sobre las publicaciones que desde aquí dirigió y del trabajo revolucionario desarrollado en la ciudad a favor de la independencia de Cuba.

Esta carta, inédita,  es parte de la correspondencia de Ramón Rivero que encontramos en el Archivo Nacional de Cuba y que estamos preparando para su publicación.


Tampa, 4 de enero de 1897.

Sr. Eduardo Yero, Nueva York.

Mi estimado amigo y compañero:

Su grata del 31 del pasado diciembre ha llegado a mi poder.

Héchome cargo de su contenido, paso a contestarla.

Agradezco en cuanto vale la buena opinión que disfruto en esa respetable Delegación y el acuerdo tomado en vista de mi solicitud respecto al apoyo material para dar cima, cuanto antes,  a mi propósito  de publicar tres veces a la semana mi periódico, reconocido por la voluntad de los correligionarios de Tampa como órgano oficial de nuestro Partido en esta circunscripción. Pero así como es mi deber agradecer el acuerdo de la Delegación en favor de este propósito patriótico, útil, si no necesario,  en una localidad tan  heterogénea y especial como esta;  también tengo la obligación, como patriota y como hombre honrado,  de hacer a Ud., para que a su vez tenga la bondad de transmitir a quien corresponda, algunas observaciones que estimo pertinentes al objeto de mi solicitud.

Es ello indicar que no se trata en  mi reclamo  de remuneración alguna por mi trabajo periodístico, que vale bien poco y al cual he estado consagrado desde hace más de diecisiete años; mi vocación por la faenas del periodismo en defensa de los ideales patrios y de la clase humilde de los desheredados de la fortuna, constituyen en mi algo así como una segunda naturaleza. Quiero decir que tanto en Key West a donde me llevó mi madre de edad de dieciséis años, arrancándome de la escuela; como en Tampa, cuya población vine a formar con Don Vicente Martínez Ybor he procurado sostener periódicos devotos de esos principios a los cuales he sido fiel ya que, por faltarme una pierna y tener catorce personas cuya subsistencia depende de mí trabajo en el taller donde funjo como lector, me han privado de la honra que a otros ha cabido, de derramar la sangre por mi Patria.

De acuerdo con esto debo decirle que este periódico “Cuba” que antes tuvo distintos nombres, fue fundado por mí el año 1886, cuando la fe estaba entibiada, el patriotismo adormecido y no se vislumbraba asomo alguno de revolución.

Cuando en la emigración no había otro órgano revolucionario que “El Yara”  de Key West, era solo este periódico  mío el que, con el nombre de “Revista de Florida”, que usted recibía en Santiago de Cuba y que muchas veces supo elevar su nombre a la altura que merece, la única voz de los hijos del trabajo que se levantaba para reanimar los espíritus llamando a la Patria a reivindicar sus derechos.

La labor no fue infecunda: constituimos clubs, liceos, sociedades revolucionarias, hasta  llamar a esta a Martí, donde se echaron los cimientos de nuestro Partido que supo organizar, unir,  encender la hoguera purificadora de nuestras libertades y consumar la revolución.

Lea Ud., querido Sr.  Yero, el libro de Trujillo últimamente publicado, libro al que yo no califico, pero el cual tiene páginas honrosas para mí,  cual es la de haber propuesto contra la voluntad de muchos que temían a los autonomistas la fundación del Partido que más tarde fue formado por el talento de José Marti, y cuyas resoluciones propuestas por mí y por mí defendidas ha consignado Trujillo en su libro.

Esto quiere decir que yo soy emigrado desde el año 69, que siempre he procurado, como Ud., y otros cubanos de Cuba y de le emigración, cumplir con mi conciencia, sin esperanza de recompensa alguna.

Pero al haber aquí una colectividad a la que es preciso alentar constantemente; al tener que  contrarrestar cierta corriente anarquista que puede perjudicar los intereses de la revolución; al  ver en este pueblo la lucha que existe entre el capital y el trabajo, de lo cual se derivan grandes males para nuestra causa; teniendo que el “Cuba” se sostiene con los sacrificios pecuniarios míos, pues fuera de Tampa el periódico es enviado gratis a Cuba, Puerto Rico,  Santo Domingo y a todos los centros de emigración cubana; por todo esto,  y de acuerdo con el parecer de ilustrados compatriotas es que intenté publicar mi periódico  trisemanal, creyendo llenar así una importante misión. No tenía recursos y he apelado a esa Delegación, no solicitando un sueldo para mí, sino un apoyo material para el órgano más antiguo después del Yara de la causa de Cuba en el extranjero que, me figuro yo, ha de dar a los fondos de la revolución, con sus trabajos, más cantidad de dinero que aquella ínfima cantidad por mi solicitada para ayudar a cubrir más de sesenta pesos semanales que importa el presupuesto de gastos,  en el caso de que hubiera sido negada en concepto de hacer economía.

De lo dicho debe deducirse que es mi intención aceptar con agradecimiento lo acordado por esa Delegación; pero como premio a mis pobres servicios que no creo que valgan cosa alguna, sino como un gasto útil en servicio de la patria, cuyo periódico en Tampa, pobre como su fundador,  y redactor, necesita para hacer  menos embarazosa su situación, de ese pequeño apoyo que solo por llenar mejor un deber político se ha atrevido a solicitar.

Ahora bien, yo no sé si mi propósito se podrá realizar con ventaja y si llegaré a la meta de mis aspiraciones, pero lo que sí me figuro es que no se perderá el tiempo. Solo deseo de Ud., y demás personas de esa respetable Delegación que pesen mis razones, estudien mi plan y hagan las debidas deducciones, para dejar sentado que el auxilio que he pedido no ha de perderse para la causa, sino que ha de ser en extremo beneficioso.

Usted me indica que esos quince pesos semanales serán con carácter temporal, hasta que se encauce la marcha de la publicación.

Debo decirle respecto a este asunto la verdad y ella es que, lejos de vislumbrar en esta ciudad un mejoramiento económico inmediato, se siente cada día el malestar por la falta de trabajo constante en las fábricas, merced a la escasez de ramas con motivo de la orden de Weyler y lejos de mejores tiempos, todo indica la aproximación de tiempos calamitosos.

De esto mi petición, de aquí mi súplica pidiendo apoyo; que si yo tuviera la esperanza de salir airoso con mis propios esfuerzos no habría molestado a esa Delegación, ni distraería a la Patria una cantidad que, aunque pequeña, hiciese falta para pólvora y balas.

Así, pues,  yo le ruego, Sr. Yero, a Ud.  que es antiguo periodista, que sea intérprete con el Sr. Estrada Palma de estas razones, para que quede sentado de un modo claro que si pido es para sostener o ayudar a sostener este órgano de Cuba libre, y no para que se me remuneren mis servicios y que si la subvención es temporal, desearían saber qué máximo de tiempo se fijaría para ello, para entonces, de acuerdo con su respuesta inmediata, dar comienzo a la publicación del trisemanal y cuando no pudiera continuar volver al semanario, el cual, mientras yo trabaje en el taller, no dejará de publicarse tan humilde como hasta aquí, pero sin ceder en patriotismo al que sea más patriota y más ilustrado.

Le ruego una respuesta inmediata.

Sin más le desea prosperidad su adicto S.S.

Ramon Rivero y Rivero.

jueves, 2 de abril de 2026

Alcanzar la gallina (cuento)


A Pedro

Cuando nuestra madre apuntó a la gallina elegida para la comida, mi hermano y yo salimos como gavilanes detrás de ella, más arisca que nunca, como si una brisa agorera le estuviera avisando del inmenso peligro que en ese instante había caído sobre ella. En el primer intento de acorralarla detrás de la algarroba del patio, me sorprendió que pasara con tanta confianza entre las piernas de mi hermano, mientras saltaba despavorida, cacareando y batiendo las alas, cuando era yo quien me le aproximaba.

Cuando él la tenía a dos pasos, el ave se permitía dar descanso a sus alas, sacudir la tierra de las uñas, acomodar las plumas del pescuezo y afinar los ojos hacia donde yo aparecía. Ante la tardanza, se mezclaba en el aire la voz tan dulce de mamá:

–Muchachos, la gallina es para hoy.

Para mí era suficiente. Intensificaba la carrera, casi volaba por encima de los matojos alrededor de la cañada, por donde ahora se deslizaba la infortunada entre aletazos despavoridos. A mi lado, mi hermano se esforzaba en sobrepasarme para llegar primero a la presa, lo que conseguía en cada una de las embestidas. Y cuando yo creía que estábamos a un palmo de la victoria, veía hasta la última pluma escurrirse entre las manos inútiles del rastreador adelantado, quien aparentaba un tropezón para caer derrotado sobre la yerba seca de la tarde.

–Se me fue –dijo, como si necesitara explicar que su resbalón no había sido intencional.

–Apúrate, Pedro, –exclamé, al ver como la sentenciada se escabullía entre las breñas del palmar. Corrimos duro y cuando la perdimos de vista, vi una inexplicable alegría escaparse por el rabo del ojo de mi hermano. Iba a increparle cuando sentí un ruido arrastrarse entre el bosque de helechos.

–Es un majá –dijo, con mirada de susto.

–Que majá, ni majá. ¡Es la gallina!

Salté despavorido, haciendo crujir con los pies las hebras de cada helecho y con las manos cuanto bejuco impertinente me separaba de la fugitiva. Al fin, la vimos agazapada entre las raíces de una ayúa caída y un montículo de tierra abandonado por un ejército de bibijaguas. Aunque mi hermano intentó detener el salto felino con que caí sobre la infeliz, ya no había fuerza capaz de sacarle las patas del garfio de mi mano derecha, mientras con la otra le atenazaba el tronco de un ala.

–La llevo yo –pidió Pedro, con más lástima que autoridad de primogénito.

Era el mayor y le obedecí. Ya estábamos llegando a la casa cuando se le escapó de las manos. Entonces entendí por qué era tan difícil agarrar una gallina entre los dos.  Cuando parecía que iba a acorralarla con el sombrero, eran sombrerazos al aire para que huyera; cuando ya la tenía entre los pies, la empujaba con la puntera de un zapato para que el salto cayera más lejos y si ya le tenía en el hueco de las manos, una palmada oculta la hacía volar a más distancia de lo común. Todo para que no la mataran.

Pero aquella vez el ave no tuvo suerte. Con el azoro confundió el camino y lo emprendió al revés, metiéndose sin querer por la puerta de la cocina. Dos horas después, ya caída la noche, los seis de la casa nos chupamos los dedos con el último residuo del fricasé que hizo mamá, la mejor cocinera del mundo. Yo, que tanto corrí, obtuve un ala y medio pescuezo, dividido siempre con mi papá. La pechuga, a pesar de su negligencia en la captura, era de Pedro; de los muslos, uno iba al plato floreado de mi hermana Sara Elena y otro al buen Marcos, el benjamín de la casa. A mi papá siempre le gustó el encuentro, que nunca he sabido por qué le dicen así. A mamá, claro, le encantaba la segunda alita y aunque las dos fueran del mismo tamaño, parece que la de ella se achicaba en la olla. Siempre mamá la comía muy despacio, mirándonos entre bocado y bocado, atenta a si alguno de nosotros quería “un poquito más”. Al final, cuando yo miraba a mi hermano acariciar el tejido exánime de la carne con inexplicable seriedad, pensaba en que él hubiera renunciado a su exquisitez por tal de ver a la gallina corriendo feliz por el patio de la casa.

 

sábado, 28 de marzo de 2026

Un 27 de marzo, Ponce de León divisa una tierra a la que llamó Pascua Florida

 El 27 de marzo es una buena fecha para recordar que, en un día como este, fue avistada por primera vez la Florida por los conquistadores españoles, desde una expedición comandada por Juan Ponce de León.

El hecho histórico corresponde a 1513, con lo que la conmemoración de hoy contiene una curiosidad irrepetible: estar a 513 años del 1513, lo que se presta para que los numerólogos se animen a interpretaciones más cercanas a la leyenda de la eterna juventud que supuestamente buscaba el “descubridor” que a la verdadera historia de los acontecimientos determinantes de que fuera España la poseedora de este territorio durante los primeros siglos de la conquista de America por los europeos. 

La conquista y colonización de este territorio se enmarca en la época de los grandes viajes de los conquistadores europeos a América, desde la llegada de Cristóbal Colón en 1492. Dos años después, en su segundo viaje, uno de sus acompañantes fue Ponce de León, un intrépido marino procedente de la región de Valladolid, quien se había destacado como militar en la expulsión de los árabes de Granada.

Los restos de Juan Ponce de León reposan en la
catedral  de San Juan Bautista, Puerto Rico.

Asimismo, sobresalió en las campañas de la conquista de América, tanto en Cuba, en Santo Domingo como en Puerto Rico, isla que coloniza en 1508 y de la que es su primer gobernador. Entre los conflictos entre conquistadores, ambiciones de riquezas, sed de mando y beneficios otorgados o retirados desde la autoridad lejana del reinado español, el nombre de Ponce de León aparece en las crónicas de la conquista.

En 1513, mientras Diego de Velázquez se ocupa de la colonización de Cuba, Ponce de León preparó una pequeña flota con tres carabelas y sale de Puerto Rico hacia el norte, bordea Bahamas y aparece ante su vista un enorme territorio que entonces desconocían. Era 27 de marzo, pero mientras estudian el lugar y avanzan hacia él llega el 2 de abril, cuando se adentran en una tierra hermosa, plana y rodeada de árboles y flores, como corresponde a los días de las Pascuas Floridas. Ante la impresión y la coincidencia, no le fue difícil al conquistador nombrar La Florida al nuevo territorio que sumó a las posesiones de la Corona Española en el que para ellos era el Nuevo Mundo.

No podría afirmarse con seguridad el lugar exacto de Norteamérica al que llegaron los europeos por primera vez, pero todos coinciden en su cercanía con la actual Ponte Vedra Beach, al norte de San Agustín. Pudo ser por allí o algo más al sur, pero lo cierto es que recorrió esa zona de la costa oriental de Florida durante su primer viaje exploratorio. Y para fortalecer el símbolo con que se le relaciona, muy cerca de allí se extiende el Parque Arqueológico de la Fuente de la Juventud, donde los visitantes, al tomar agua fresca de un manantial, viven un instante el sueño de nunca envejecer.

El segundo viaje de Ponce de León a La Florida, ya así llamada por él, fue en 1521, esta vez con ánimos de conquista. Lo acompañaron unos doscientos hombres, entre ellos sacerdotes, agricultores y artesanos que se proponían someter a los pobladores originales y establecerse en sus tierras. Pero la empresa fue fatal. El conquistador entró por la costa occidental y quiso penetrar a su interior desde distintos puntos, incluida la bahía de Tampa. Los verdaderos habitantes del lugar no tenían por qué entender que el advenedizo hubiera regalado sus tierras a un poder que ellos no conocían, ni el de un monarca español ni el de un dios que no era el suyo. Ellos eran nativos del lugar, vivían esencialmente de la pesca y dominaban muy bien el arte de las flechas. Una de ellas, seguramente envenenada, fue a dar a un muslo de Ponce de León.

Los conquistadores huyeron, poniendo proa hacia La Habana, apurados hacia un puesto médico que atendiera al jefe herido. No pudo ser, el hombre que había soñado con la gloria y la riqueza de las conquistas y quién sabe si con una eterna juventud, no sobrevivió a la flecha calusa. Murió en La Habana, de donde llevaron su cuerpo inerte a Puerto Rico.

Con todo, su nombre alcanzó la posteridad. En la actualidad, diversos lugares geográficos llevan su nombre, asumido por calles, parques, edificaciones e incluso un pueblo, en el condado de Holmes.  Y el Día de la Pascua Florida, que se celebra el 2 de abril, nos remite al nombre con que Juan Ponce de León bautizó al estado en que vivimos.

 

 

viernes, 13 de marzo de 2026

En el Día Internacional de la Mujer: Edna Hibel

 Aunque en Estados Unidos no se festeja el 8 de marzo como Día Internacional de la Mujer, en una buena parte del mundo se ha tomado esa fecha para rendir homenaje al sexo femenino, desde que en 1975 las Naciones Unidas lo adopó con el siguiente mensaje: “Cuando las mujeres de todos los continentes, a menudo separadas por fronteras nacionales y diferencias étnicas, lingüísticas, culturales, económicas y políticas, se unen en este día, pueden contemplar una tradición de no menos de 90 años de lucha en pro de la igualdad, la justicia, la paz y el desarrollo”.

La lista de mujeres cuyo relevante papel les ha hecho merecer un lugar cimero en la historia de la humanidad es inabarcable. Entre ellas están Hipatia de Alejandría, Juana de Arco, Marie Curie, Micaela Bastidas, la Madre Teresa de Calcuta e Indira Ghandi, por mencionar algunas de diferentes épocas y latitudes. Sin embargo, hoy quiero mencionar a una menos conocida, aunque más cercana en tiempo y espacio.  Me refiero a la artista contemporánea Edna Hibel Plotkin, nacida en Brookline, Massachussetts,  el 13 de enero de 1917 y dedicó una larga vida a las artes plásticas, hasta su muerte en Palm Beach Gardens, el 5 de diciembre de 2014.

Edna Hibel (1917-2014)

Una gran parte de su obra se  conserva en Beloit College, Wisconsin. Estuvo expuesta mucho tiempo en el Museo de arte de Hibel (condado de Palm Beach, Florida), hasta ser disuelto en 2018. Si bien no goza de la merecida divulgación, los valores de su obra y su propia historia le otorgan una relevancia que constituye un ejemplo de servicio al arte y la sociedad.

Hibel, hija de emigrantes judíos que llegaron a Estados Unidos desde Polonia a principios del siglo XX, desde niña sintió el llamado del pincel. Se graduó en la  Escuela de Bellas Artes del Museo  Boston el mismo año en que se inició en Europa la Segunda Guerra Mundial, de tan terribles consecuencias para su grupo étnico.

Durante su larga vida dedicada al arte, Hibel recreó mediante retratos el físico y la emoción existencial de hombres y mujeres que, en el lienzo, en cerámicas o en piedras calizas alcanzaron no solo un alto nivel estético, sino también una interpretación muy honda de las relaciones humanas. Enumero algunos ejemplos que dan fe de ello:

-Edna Hibel fue elegida por el Programa Mundial de Alimentos de las Naciones Unidas para crear la pintura Madre Tierra, de la que se hizo una edición limitada en 1983 y se ha utilizado en sellos de la ONU.

-Fue homenajeada en 2007 por la Liga de Mujeres Escritoras Estadounidenses en Washington, D.C., con una exhibición y una proclamación del alcalde de Washington, D.C.

Eddna Hibel, de la serie Madre e hija.

-Tuvo el honor de recibir el Premio Mundial de Artes Leonardo da Vinci del Rector Gispen de la Universidad de ­Utrecht el 21 de noviembre de 2001, otorgado por el Consejo Cultural Mundial, en consideración  a “sus innovaciones en métodos artísticos (especialmente en litografía original en piedra y porcelana) y su contribución a la educación artística”.

-En 2001, recibió un Premio a la Trayectoria de “Mujeres en las Artes Visuales”, por parte de una organización de artistas ubicada en el sur de Florida.

-Recibió medallas de honor de Su Eminencia el papa Juan Pablo II y del difunto rey Balduino de Bélgica, y mereció seis doctorados honoris causa, incluyendo uno del Eureka College, alma máter del presidente Ronald Reagan, y de la Universidad Northwood de Florida, Michigan y Texas. Obtuvo su sexto título honorífico del Simmons College de Boston en mayo de 2005.

- En el año 2000, creó la obra El corazón y la conciencia de América, pintura que  conmemora el 200.º aniversario de la Casa Blanca. La obra se inauguró en el Dirksen Senate Office Building, en Washington, D. C.

-Su obra se ha exhibido en museos y galerías de más de 20 países de cuatro continentes, incluyendo museos nacionales de Brasil, China, Costa Rica, Rusia y Estados Unidos, y bajo el patrocinio real del conde y la condesa Bernado­tte de Alemania, el conde Thor Bonde de Suecia, el príncipe y la difunta princesa Rainiero de Mónaco y Su Majestad la Reina Isabel II de Inglaterra.

Con más de 600 litografías originales en piedra, se le valora como la artista que ha creado más dibujos únicos para ediciones de litografías multipiedra.

Además de su notable producción artística, merece destacarse su prolongada labor recaudando donaciones para organizaciones benéficas infantiles y médicas. A su vez, fue promotora de la paz en el mundo. Sus exposiciones “Puente Dorado” y “Paz a través de la Sabiduría” expresaron su deseo de promover la paz y el entendimiento cultural entre China y Estados Unidos.

Investigando sobre Hibel en los espacios abiertos de Internet, me llama la atención un elemento que apunto como curiosidad: fue la primera artista femenina en pintar en 10 décadas diferentes, pues llegó a vivir 97 años y empezó a dibujar antes de cumplir los siete.

 Con todo, la inspiración para esta nota proviene de dos elementos que se juntaron el mismo día, este 8 de marzo. Primero, leer que, en 1995, la Fundación de Archivos Nacionales encargó a Hibel que pintara una pieza que conmemorara el derecho de las mujeres al voto, lo que se había alcanzado en Estados Unidos cuando ya ella había nacido. El segundo motivo es personal: la adquisición de una preciosa litografía suya que corresponde a la serie Madre  e hija.

Recordar a Enna Hibel en el Día Internacional de la Mujer es rendir homenaje, con ella, a todas las mujeres que embellecen el planeta en que vivimos.

viernes, 27 de febrero de 2026

Y la noche doblaba por tercera, una novela de Fernández Pequeño

 Cuando Pequeño dobló por tercera, supo que no le faltaría una sola palabra para llegar quieto al home. Desde mirar las letras bien alineadas en el campo de su tablero, entendió que todos sus párrafos volarían la cerca editorial hasta caer en el guante abierto de sus lectores.

De alguna manera, en el campo de béisbol también se cumple la metáfora de esa circularidad que se corona al pisar el plato donde se originó el batazo, el libro, la historia, la vida. Contar ese tránsito en que  se mezclan la realidad y la ficción, con la emoción verbal que lo hizo el narrador deportivo Felo Ramírez, lo ha conseguido el escritor José Manuel Fernández Pequeño en la novela Y la noche doblaba por tercera, publicada en Miami por Ediciones Furtivas en 2025.

La evaluación más legítima de la calidad narrativa se aprecia en la recepción, lo que se cumple ejemplarmente en este doble juego. En Felo, el aplauso hasta el último out; sobre Pequeño, ya lo han confesado varios lectores de esta novela: que no pudieron separarse del libro hasta la última palabra. En ambos casos, disfrute y aprendizaje se equilibran en una historia donde sus autores han puesto a prueba una profesión tan apasionadamente elegida.


  Disfrute porque es la primera ilusión con que se asiste a un lance deportivo o se busca una obra literaria que es también desafío. Aprendizaje, pues deviene cátedra la sagacidad con que en medio del inning el narrador incorpora historias, anécdotas, noticias, enriquecidas con la imaginación y  el tono de voz con que lo hizo el narrador bayamés durante más de setenta años. Y, suerte de elegidos, si al final de su vida aparece un escritor, bayamés como él, a contar en una novela el tránsito biográfico, humano y profesional que lo llevó al Salón de la Fama, la narración literaria alcanza la exquisitez de la deportiva, para ambas reunirse en la cúspide de una realización estética y didáctica que las convierte en trascendentes.

Y la noche doblaba por tercera nos permite recorrer la vida de Felo Ramírez  –Mello Domínguez en la novela– desde su niñez en Bayamo hasta su muerte en Miami a los 94 años. Pero, a la vez que el destino de un hombre, cuya voluntad y talento lo elevaron a paradigma, la novela transita por la historia del béisbol aficionado y profesional durante el siglo XX y primeras dos décadas del XXI y, muy especialmente, el mundo de la narración en la radio y televisión desde sus mismos orígenes. La obra literaria es eso y mucho más: es el latido que aflora en los atrevimientos, miedos, pasiones, entregas, glorias y soledades del ser humano, en el amor ocasional y en el amor eterno, en el valor de la amistad, en las dudas profundas ante la certidumbre de la inevitable finitud.

Felo Ramírez 


El hecho de que un vecino suyo estuviera en la cima de la narración del béisbol en Cuba, Venezuela, Puerto Rico y Estados Unidos, conocer a su familia y poder conversar largo tiempo con él en Miami en sus últimos años, debió pintar la novela en la mente atenta del escritor y lo resolvió de una corazonada:  a Felo, que lo narró todo en la pelota, se le había olvidado narrarse.

Pequeño contó con todas las herramientas para ello: oficio de escritor de una larga trayectoria avalada por la crítica –y mejor, aplaudida por los lectores–, conocimiento amplio sobre el protagonista y proverbial imaginación para vertebrar una trama donde lo real y lo ficticio se empalme en un relato creíble sobre lo que fue y lo que pudo ser; o mejor, sobre lo que fue porque pudo ser, en fin, una recreación de la vida destinada a embellecerla.  Lo ha hecho muy bien Fernández Pequeño en este juego en el que, desde doblar por tercera, avizora el emotivo final.

El estilo narrativo, donde los que han conversado con el autor identifican frases, giros, acentos, inmerso en una prosa a cuya calidad hemos asistido en sus libros precedentes, suma esta nueva novela a su ya amplia biobibliografía, a la que ingresa retazos de su propia vida y, en culto a la amistad, hasta de amigos que ha querido le acompañen en su perenne fiesta literaria.

Próximamente, tendremos la ocasión de tener en nuestra ciudad a Fernández Pequeño, donde su novela volverá a doblar por tercera, esta vez rumbo a la gloriosa goma donde lectores tampeños le esperan, tan entusiastas del deporte como de la buena literatura, ambas tan bien servidas en esta ocasión.


domingo, 22 de febrero de 2026

Desde una charla con el músico Carlos Solís Bravo

 El jueves de la semana pasada nos visitó en La Gaceta el músico Carlos Solís Bravo, acompañado del poeta Alberto Sicilia. Desde las palabras de presentación, francamente amigables, la conversación derivó hacia las diversas actividades culturales que en la actualidad se desarrollan en Tampa y el rol que desempeña Tampa Lector en su fortalecimiento.

 Comentamos acerca de la reciente exposición de arte del pintor Vicente Castro y sobre la Feria del Libro cuya segunda edición será el próximo noviembre. Pero más que contarle quisimos saber de él, no solo de su origen cubano, sino de su temprana inserción en la cultura estadounidense, lo que le llevó a fundar su propia banda de música –nombrada Solís Bravo– y con ella recorrer todo el país, componiendo y cantando, contribuyendo no solo a la alegría, sino también a la sanación, la fe y la esperanza.

Carlos Solís Bravo

 Por eso le comento: quienes han escuchado la música que haces, incluidas letra y melodía, coinciden en encontrar en ella emoción y esperanza, de modo que trasciende el disfrute del instante. Lo afirmo y le pregunto, ¿cómo valoras esa percepción hacia tu labor artística? La respuesta es segura y concisa, como si las verdades necesitaran pocas palabras:

-Uno de mis objetivos ha sido conmover a la gente y hacer que sintieran algo positivo al escuchar mi música. Si eso sucedía, cumplía con mi deber como músico.

–Saliste de Cuba, tu país de origen, siendo apenas un niño y te asentaste en Miami por muchos años. Sin embargo, a pesar de que allí la música cubana y el idioma español tienen tanta difusión, te inclinaste hacia el soft rock, la bossa nova y el jazz latino, componiendo esencialmente en inglés –le digo, porque quiero saber: ¿Cómo lo explicas?

–Siempre me ha gustado la música suave; escucho a James Taylor, Kenny Rankin y muchos otros. A principios de los 70, conocí a Carlos Oliva y los Sobrinos del Juez, donde recuperé mis raíces latinas. Mi plan era una mezcla de sonidos con un toque latino.

–Con todo, ¿sientes alguna influencia de la música cubana en tu repertorio?

–Sí, siento y amo la música cubana, especialmente la salsa, pero no sé componer en español. Sin embargo, son mis raíces y trato de incorporarlas a la percusión, dándole un toque cubano.

–También hay en ti mucha alma de viajero, lo que se siente en el lema de la banda Solís Bravo que fundaste: Música y viaje a través de América. ¿Cómo has vivido esa experiencia con esa compañía musical?

–Quería viajar por Estados Unidos principalmente por mis padres, que no pudieron hacerlo. Pienso en ellos cada vez que viajamos. Viajar me inspira a componer y luego voy a Miami con la banda a grabar.

–Me dices que en medio de la epidemia del Covid-19 suspendiste la actuación de la banda que dirigiste varios años. Aunque sigues haciendo música, ¿que significó para ti interrumpir el grupo y los continuos viajes?

 –Tocar es muy difícil, especialmente con una banda de diez integrantes; requiere mucho tiempo y coordinación. A medida que envejezco, se vuelve más difícil. Prefiero componer, viajar y grabar.

¿Qué recibes de la música que haces?

 –Creo que el simple hecho de que la gente aprecie la buena música y, con suerte, pueda conmoverlos me llena de gratitud.

–También es conocido el aporte que haces a la comunidad, más allá del reflejo de ese servicio en tus propias ­canciones.

–Creo que siempre debemos retribuir a este maravilloso país, ya que nos dio la oportunidad de ser libres y empezar una nueva vida; por lo tanto, debemos retribuirlo a nuestra comunidad. Prefiero dar que recibir.

–En breves palabras, ¿qué es para ti la música, la familia, la amistad?

–Dios, la música, la familia y los amigos son la clave de la salud y la felicidad. Me resultaría difícil no tener estas cosas conmigo a diario.

En La Gaceta, durante la visita de Solís el pasado 12 de febrero.

En la charla, en la que Sicilia también pregunta y comenta, sabemos que ahora Carlos Solís Bravo vive en Clermont, donde ofrece conciertos gratuitos a la comunidad. Mientras se dirige a Alberto pongo su nombre en Google para saber algo que no ha dicho: Ha recibido muchos reconocimientos, entre ellos del Hospital South Lake, donde sirvió con distinción durante trece años. Hombre de familia, ha sido honrado como Ciudadano del Año en Clermont y con la Gema de las Colinas, distinciones que también ha recibido su esposa, ambos considerados ejemplos de su comunidad. La información señala: “Estos galardones son un testimonio de su generosidad, liderazgo y el profundo impacto que han tenido en la vida de quienes los rodean”.

Al saberlo, le estrecho la mano con simpatía y le agradezco la visita de la que nos despedimos con amistad. Más tarde, oyendo una de sus canciones –Back to You–, percibo que en Carlos Solís la pasión por la música es tan grande como el amor por la vida y los seres humanos.

viernes, 13 de febrero de 2026

Conversar con el escritor Fernández Pequeño sobre su última novela

 Próximamente, se presentará en Tampa la novela Y la noche doblaba por tercera, del reconocido escritor José Manuel Fernández Pequeño. Mucho se abusa de este calificativo, pero esta vez tiene un peso tangible: más de 20 libros que gozan del favor de la crítica y, mejor aún, del aplauso de sus lectores. Si bien el prestigio de un escritor no depende de premios, haber merecido el Florida Book Awards (2014) y el International Latino Book Awards (2022), entre otros, distingue al autor de Tantas razones para odiar a Emilia entre los narradores que publican sus libros en nuestro tiempo.

Y la noche doblaba por tercera es una novela apasionante que tiene como protagonista al narrador de béisbol Felo Ramírez,  pero advierte que “en la pelota, como en la vida, hay tiempo para casi todo”. Por ello, hay casi de todo en estas páginas donde se entrelazan la realidad y la ficción. Pero es el mismo Fernández Pequeño quien nos regala unos comentarios acerca de una obra que también tiene mucho de él.

"Lo único que me interesa al hacer literatura es expresar la vida humana
 y sus infinitas contradicciones", confiesa Fernández Pequeño.

¿Qué convocó a un escritor que ha publicado más de 20 libros entre ensayos, cuentos, literatura infantil y novelas, a escribir una obra cuyo protagonista no proviene de la ficción, sino de la vida real y, para más sorpresa, del mundo del béisbol?

Cualquier buen partido de béisbol despliega un discurso narrativo muy obvio. A los viejos narradores de pelota, aquellos campeones de la palabra anteriores al predominio de la imagen televisiva, les resultaba muy regocijante narrar juegos que ocurrían lejos de su mirada y que ellos reinventaban a partir de la narración de un colega o, más tarde, de la información que les llegaba inning por inning a través del cable. Aquellos cronistas deportivos sabían que lo importante al contar un partido no era ser “fiel” a las acciones que ocurrían sobre el terreno, sino todo lo contrario: recrear las jugadas de modo que sonaran creíbles para el universo emocional de los ansiosos radioyentes. Salvando las distancias de medio y propósitos, nada muy lejano a lo que muchas veces hace un narrador literario con eso que llamas “la vida real”. Si lo miras desde esa perspectiva, no hay por qué extrañar que un escritor narre a un cronista deportivo. Hablamos, cuando menos, de un encuentro entre parientes.

Más aún. Considerando la manera en que el béisbol nos expresa en tanto caribeños y latinoamericanos, lo que debería causar extrañeza es por qué nuestros narradores literarios no asaltan con más frecuencia los predios del béisbol. Y la noche doblaba por tercera lo hace con absoluta premeditación: se nutre del contexto semiótico y emocional que propicia la pelota para amplificar lo único que me interesa al hacer literatura: la vida humana y sus infinitas contradicciones. Por ejemplo, el capítulo cuarto de la novela, donde me divierto con aquellas transmisiones “inventadas” que Felo Ramírez amaba tanto, está atravesado por tópicos como la amistad, el amor, la lealtad y la paternidad. ¿Te das cuenta?

¿Cómo se entrelazan en La noche doblaba por tercera historia e invención literaria?

De muchas maneras. Si vamos a los extremos, hay en el texto hechos, personas, aun diálogos tomados de la realidad histórica y que, reubicados en ese nuevo contexto representacional, pasan con facilidad por invenciones del escritor; y al revés, aparecen ficcionalizaciones puras y duras que la mayor parte de los lectores acepta sin una sombra de duda sobre su ­veracidad histórica. ­No ­obstante, lo más frecuente en la novela es que el discurso histórico y la ficción se interpenetren: el hecho ocurrió, es históricamente verificable, pero está narrado desde una perspectiva interior y sensible, algo que solo la invención artística puede hacer; o al revés, el hecho nunca ocurrió, pero se conecta de forma tan coherente con la realidad histórica que bien pudo haber ocurrido…

En ese sentido, acometer este proyecto fue un disfrute, tanto a lo largo de la investigación, como después, durante los meses de escritura. Nunca hice un diagrama ni planifiqué el argumento o los recursos que empleé, solo dejé salir la novela como si ya estuviera escrita en mi interior, como si yo fuera el médium de esa voz que hablaba en mi cabeza. Observa: Primero escribí el capítulo uno; luego, el cuatro; luego, el dos; luego, el cinco; luego, el tres; y, por último, el seis. Avanzar a ciegas y que todo encajara por sí mismo fue un gozoso disparate, incluso después de que el texto estuvo completo, cuando comprendí que lo había escrito exactamente igual a como Felo Ramírez narraba los juegos de béisbol y las peleas de boxeo: entregándose por entero a la intuición.

¿Hasta dónde la novela agranda el mito y la leyenda de Felo Ramírez?

La verdad, mi intención al comenzar el proyecto apuntaba en sentido contrario: salí en busca del ser humano que nos ocultaba un periodismo solo interesado en exaltar éxitos y genialidades, como si estos fueran atributos divinos y no parte de un complejísimo entramado humano que se desplegó durante más de noventa años y en un contexto social que parte de un pueblo de campo cubano y termina incluyendo a varios países de América. Mello Domínguez, el protagonista de la novela, es alguien intuitivo, dueño de una gran voz y de una inquebrantable fe en el humor, un ser humano que transita hacia la fama intentando mantenerse fiel a sí mismo, es decir, evitando las confrontaciones y viviendo la amistad como lo que es, una inmensa patria. En ese camino, logra grandes triunfos y vive grandes alegrías, pero también sufre grandes dolores: la muerte de aquellos a quienes ama, el exilio, la imposibilidad de tener hijos dentro de un matrimonio casi perfecto, la traición… Como, de diversas maneras, nos pasa a todos, ¿o no?

En fin, no sé si el mito y la leyenda de Felo “se agrandan” en la novela; sí espero que se humanicen hasta ese punto en que cualquier lector pueda sentirlos tan cercanos como lo fue el ciudadano Felo Ramírez en la vida real.

Felo Ramírez (1923-2017), durante un homenaje 
que se le hizo en Miami en 2016.

Entonces, ¿podemos entender tu novela como la narración final de Felo Ramírez y, desde ahí, la que cada quien puede hacer de su propia vida? ¿Lo consideras, en ese sentido, un texto realista?

Tras setenta y tantos años narrando a los demás, Mello Domínguez de pronto siente la urgente pulsión de contarse a sí mismo y reevaluar su larga vida, una tentación más que comprensible en alguien a punto de morir (bien lo podemos entender tú y yo, habitantes de eso que, piadosamente, llaman tercera edad), pero nada fácil de cumplir en su caso, pues un accidente lo ha dejado sin voz. ¿Te imaginas lo doloroso que es algo así para quien hizo de la narración un espacio de vida? Sumido en una inconsciencia alerta, la antesala de la muerte, Mello Domínguez comprende que la fama ya no le sirve de nada y sale a buscarse usando la voz de su sobrino Hiram, con lo cual pone en acción un precepto básico en el espiritismo de cordón: los muertos hablan con la lengua de los vivos. De ese modo, la perspectiva de la narración se mueve todo el tiempo y sin avisos entre una primera persona muy cercana a los hechos contados y una tercera persona que aporta no solo distancia crítica, sino también un importante volumen de información libresca sobre lo que se cuenta. Esta focalización híbrida me permitió saltarme la barda del realismo en una novela en la que, sin embargo, lo que el lector entiende como “real” resulta un telón de fondo tan decisivo.

¿Cómo se siente el Fernández Pequeño bayamés tras haber escrito esta novela sobre su ilustre coterráneo Felo Ramírez?

Nací y crecí a cuadra y media del lugar donde vivió Felo en Bayamo, una casa que visitaba con frecuencia, primero para jugar y luego para estudiar con Hiram Casalí, sobrino del narrador y mi amigo hasta hoy. Al mismo tiempo, fui discípulo de Víctor Montero, inolvidable maestro de Literatura, y de Joe Santoya, sabio profesor de Física, quienes sostuvieron de jóvenes una estrecha amistad con el cronista deportivo, razón por la cual ocupan espacios relevantes en las páginas de la novela. Así que, cuando entrevisté durante más de veinticinco horas a un nonagenario Felo Ramírez en el Miami de 2014, llevaba una vida escuchando hablar sobre él, a pesar de que su voz y sus triunfos habían sido desterrados de Cuba luego de 1961. Y cuando comencé a escribir la novela, lo hice segurísimo de que, entre otras muchas misiones, Fernández Pequeño había venido al mundo para novelar a Felo Ramírez. Digamos que ese mandato estuvo siempre en mis genes existenciales.

Y la noche doblaba por tercera no es un homenaje (¡Dios me libre!), es un intento de entender por la vía sensible un montón de cosas acerca de cierta época y del arte de vivir en cualquier tiempo y lugar. Por si esto fuera poco, también representó mi regreso a Bayamo, aunque solo fuera literariamente. Tras más de veinte libros publicados, este es mi primer texto narrativo en el que la ciudad donde nací resulta fundamental. No vayas a preguntarme por qué demoró tanto en ocurrir; no lo sé, y solo podría justificarme diciendo alguna tontería, como que los grandes amores suelen ser muy contradictorios. Ahora bien, sí puedo informarte que mi siguiente novela, ya terminada, se desarrolla casi por completo en Bayamo, con lo cual comienzo a preguntarme si no estoy volviendo definitivamente al sitio de donde salí o, para decirlo mejor, si no he empezado a ejecutar la tarea de contarme antes de morir, igual que Mello Domínguez en la novela... ¿o eso le pasó a Felo Ramírez?

¿Qué significa para ti la posibilidad de presentar en Tampa Y la noche doblaba por tercera?

Cualquier acción que acerque un libro a sus posibles lectores llena de sentido los años de investigación, escritura y revisión que empeñó el autor en el proyecto, mucho más si, como ocurre en este, el texto y su personaje protagónico poseen ciertas peculiaridades que hacen del habla y la comunicación interpersonal un hábitat idóneo. La presentación en Miami transcurrió en medio de una fuerte corriente emocional que disfruté mucho.

Tampa será como ir un paso más lejos: la muy antigua presencia de una migración cubana, así como los múltiples signos, tanto materiales como espirituales, que en la ciudad testimonian la raigambre cultural de esa presencia pueden arropar a la novela con un sentido especial, sobre todo en este momento, cuando la figura del migrante latino sufre las distorsiones, los prejuicios y las persecuciones que todos sabemos. Felo Ramírez fue un migrante en el sentido más profundo del término,  cuyo talento y voluntad le permitieron labrarse un espacio en la narración del béisbol de América, incluidos en primerísimo lugar los Estados Unidos.

En su concepción y en su escritura, Y la noche doblaba por tercera está atravesada por la filosofía y el pensamiento cultural propio del espiritismo de cordón cubano que, como  sabes, surgió en el llano Bayamo-Manzanillo durante el período de las guerras independentistas cubanas del siglo XIX, aquellas guerras fundacionales cuya huella es tan poderosa en Tampa. En el primer capítulo de la novela, un Mello Domínguez de veintiún años observa la estatua de José Martí en el habanero Parque Central y, mientras más mira la mano del héroe que señala hacia el horizonte, más se convence de que sí, de que hay en el futuro un espacio real para cumplir su sueño de convertirse en narrador deportivo profesional. Será digno de ver cómo el destino novelado de aquel guajirito oriental dialoga con las voces de la memoria que nos hablan al oído en Ybor City.

Muchas gracias, Pequeño. 

Publicado en La Gaceta, Tampa, el 13 de febrero de 2026.

 

 

 

viernes, 6 de febrero de 2026

Charla con la galerista Susan Steinhause

 Susan Steinhausen, graduada de la Escuela Superior de Bellas Artes de Cartagena de Indias,  es una de las colombianas que enriquece con su quehacer la cultura hispana en la bahía de Tampa. En las artes plásticas, donde sobresalen  muchos paisanos suyos –Carlos Camargo, Leo Saldán, Raquel Núñez, son solo algunos–, Susan es conocida por el ferviente apoyo a su florecimiento. Como fundadora de Steinhausen Gallery, da vida a presentaciones, clases, exposiciones, talleres y participa en múltiples actividades culturales.

Susan Steihause

Como gestora cultural y curadora de arte, ahora ha asumido la selección, organización y montaje de la exposición El volumen y el lienzo: diálogos de la forma, del pintor Vicente Castro Morales, la que se ­inaugura  este 6 de febrero en 2234 E y  7.ª Ave. Ybor City. Con ese motivo, le hemos pedido una breve entrevista para La Gaceta, la que ahora damos a conocer.

Susan, sé que eres la curadora de la exposición Volumen y color: diálogos de la forma, del pintor Vicente Castro, pero antes de abordar este importante evento cultural en Ybor City, háblame brevemente acerca de tu formación artística.

Claro. Mi formación artística se inicia con mis estudios en Bellas Artes en Cartagena, Colombia, complementados con estudios en Administración de Empresas. Desde entonces, he dedicado más de 20 años al mundo del arte, trabajando en el ámbito galerístico, la representación de artistas, la gestión cultural y, en los últimos años, la curaduría. A lo largo de mi trayectoria he tenido la oportunidad de trabajar con artistas locales e internacionales, desarrollar exposiciones dentro y fuera de Estados Unidos y mantener siempre una visión abierta hacia nuevas formas de expresión artística. Para mí, el arte es una herramienta de conexión, evolución cultural y transformación social.

¿Qué te motivó a sumarte a The Art Haven y fundar Steinhausen Gallery en un lugar como Riverview, relativamente alejado del tránsito de visitantes en la ciudad de Tampa?

Me motiva la convicción de que el arte no debe limitarse únicamente a los grandes centros culturales o a las zonas de alto tránsito. Siempre he creído que el arte debe acercarse a las comunidades, generar nuevos públicos y crear espacios donde las personas puedan conectarse con la cultura de manera cercana y accesible. The Art Haven es un proyecto del artista León Saldán, quien me invitó a ser parte de ese espacio junto con mi entidad –Steinhausen Gallery–, que cuenta con una trayectoria de más de 20 años. Este proyecto, ubicado en Seffner, representa una oportunidad para seguir impulsando el arte desde espacios auténticos, enfocados en la experiencia artística y en el encuentro directo con la comunidad. Desde su creación, Steinhausen Gallery también ha desarrollado formación artística, dictando clases en diferentes técnicas. Esta es una línea que también proyectamos fortalecer dentro de The Art Haven, junto con la realización de exposiciones de distintos artistas en ese espacio. De igual manera, trabajo con otros espacios en diferentes ciudades de Estados Unidos, donde continúo desarrollando exposiciones con los artistas que represento, ampliando así las oportunidades de visibilidad y circulación del arte. Para mí, más que la ubicación, lo importante es crear espacios con propósito: lugares donde el arte sea encuentro, diálogo e inspiración, y donde tanto artistas locales como internacionales puedan compartir su trabajo con el público.

¿Cómo se vincula The Art Haven y Steinhausen Gallery con otras instituciones culturales de la ciudad?

 The Art Haven y Steinhausen Gallery se vinculan con otras instituciones culturales de la ciudad a través de colaboraciones, exposiciones conjuntas y programas educativos. Buscamos crear redes de trabajo que conecten artistas, organizaciones y públicos, fortaleciendo el ecosistema cultural de Tampa y sus alrededores. Además, promovemos alianzas con museos, galerías, centros culturales y organizaciones sin ánimo de lucro, para que el arte trascienda espacios individuales y llegue a diferentes comunidades. La idea es que estos vínculos permitan tanto la circulación de obras como la participación activa de los artistas y del público, generando un intercambio enriquecedor y sostenible dentro del ámbito cultural

Cuéntame sobre la exposición prevista para el 6 de febrero.

Susan y el  pintor Vicente Castro 

La exposición prevista para el 6 de febrero celebra la obra del maestro Vicente Castro bajo el título Volumen y Color: diálogos de la forma. Es un proyecto que busca mostrar la fuerza del arte figurativo contemporáneo, lleno de color y de expresividad, donde cada obra genera un diálogo entre la forma, la figura humana y la emoción. Como curadora, ­agradezco la oportunidad de participar en este evento, seleccionando y organizando las piezas para que el público pueda apreciar tanto la técnica como la visión poética y contemporánea del artista. La exposición también es un espacio para acercar el arte a la comunidad, fomentando la interacción y el diálogo entre espectadores, artistas y creadores, para mostrar la riqueza de la creación artística contemporánea.
Obra de Vicente Castro

Qué impacto crees puede tener una propuesta como la de una expo-venta de arte que, a su vez, ofrece una subasta con obras del pintor que expone?

La obra del pintor Vicente Castro Morales es para mí una expresión de vitalidad y sensibilidad contemporánea. Su arte figurativo combina color, forma y emoción de manera única, creando composiciones que llaman la atención y generan un diálogo profundo con quien las observa. Lo que más valoro de su trabajo es la manera en que logra transmitir crudeza, poesía y fuerza en cada figura humana, al mismo tiempo que explora la geometría, el ritmo visual y la atmósfera de sus composiciones. Su obra no solo es visualmente impactante, sino que también invita a reflexionar sobre la experiencia humana y la sensibilidad contemporánea, manteniendo siempre un lenguaje propio y muy reconocible dentro del arte figurativo contemporáneo.

Una propuesta como la de una expo-venta con subasta incluida tiene un impacto muy positivo en varios niveles. Por un lado, permite acercar el arte al público de manera más interactiva, haciendo que los visitantes no solo lo contemplen, sino que puedan participar activamente en la experiencia de adquisición y apreciación de la obra.

Por otro lado, la subasta genera un interés adicional, ­incentiva la participación y contribuye a visibilizar el valor artístico y cultural del trabajo del pintor. Este tipo de iniciativas también fortalece el ecosistema artístico local, apoyando tanto al artista como a los coleccionistas y a la comunidad en general y demuestra que el arte puede ser accesible, atractivo y, al mismo tiempo, una inversión cultural significativa.

 

viernes, 30 de enero de 2026

Dominó de dictadores, una novela histórica de Alfredo Antonio Fernández

 Cuando se habla de novelas sobre dictadores en América Latina, se cita, en el orden de aparición: Tirano Banderas (1926), en la que Ramón del Valle-Inclán expone a un dictador excéntrico en Hispanoamérica, el general Santos Banderas, ubicado en una república ficticia de América del Sur;  El Señor presidente (1946) de Miguel Ángel Asturias, donde se alude al régimen dictatorial  de Manuel Estrada Cabrera en Guatemala; El recurso del método (1974) de Alejo Carpentier, inspirada esencialmente en el gobierno cubano de Gerardo Machado; en Yo, el Supremo (1974) Augusto Roa Bastos narra la etapa en que el gobierno de Paraguay estuvo bajo el poder del Supremo y Perpetuo José Gaspar Rodríguez de Francia; El otoño del patriarca (1975), de Gabriel García Márquez, satiriza el poder absoluto de autócratas caribeños  y, en  La fiesta del Chivo (2000) Mario Vargas Llosa refleja el comportamiento tiránico de Trujillo en República Dominicana.

Si bien, obras como La novela de Perón (1985), de Tomás Eloy Martínez; Tiempos recios (2019), de Vargas Llosa y La sombra del caudillo (1929), de Martín Luis Guzmán, también reflejan el aire dictatorial hispanoamericano –esta vez en Argentina, Guatemala y México–, también develan los engranajes, públicos y ocultos, de las dictaduras en el continente. De los autores, tres obtuvieron el Premio Nobel de Literatura y uno (Carpentier), el Premio Miguel de Cervantes, lo que indica el peso que ha tenido este tema en nuestros grandes escritores.

Estas novelas abordaron el tema de las dictaduras desde protagonistas reales o imaginarios, de lugares concretos o ficticios, pero siempre desde referentes históricos hispanoamericanos. Por eso llama la atención la novela Dominó de dictadores, del escritor de origen cubano Alfredo Antonio Fernández. La obra, de más de 400 páginas, fue publicada por Ilíada Ediciones, Berlín, en 2019, con una advertencia en contraportada que afirma ser “una novela histórica que incorpora la técnica del thriller cinematográfico de forma singular en la narrativa”, lo que  se explica al saber que el autor es también guionista y ha publicado importantes libros sobre el llamado séptimo arte, como  A través del espejo: EL cine hispanoamericano contemporáneo (2013).

Sin embargo, el hecho de ser historiador (graduado en la Universidad de La Habana), le da a Alfredo las herramientas para la acuciosa labor de investigación que debió realizar para cumplir fielmente con el segundo aviso de la contracubierta: “La trama sigue de forma paralela cuatro hechos históricos que conmovieron al mundo entre 1930 y 1961: el ascenso de Hitler en Alemania, las dictaduras de Batista y Trujillo en el Caribe y el desarrollo episódico de la revolución cubana”. En el  caso cubano,  la figura del dictador puede verse en la continuidad Machado-Batista-Castro.  Cómo unir en una trama común, con vínculos trasatlánticos que se urden a  la vista pública o en la sombra,  las ambiciones, actitudes, traumas y enfermizas egolatrías que se mueven en el ejercicio político ostentado por los líderes que dominaron dictatorialmente su país y, en el caso de Hitler, aspiraron a dominar el mundo.

El historiador Alfredo Fernández, conocedor de cientos de libros, ensayos y artículos sobre las dictaduras en América Latina, procesa las diversas interpretaciones teóricas y conceptuales alrededor de este tema y aprehende, como escritor, que solo las herramientas de la  literatura le permitirán develar la profundidad de los rasgos antropológicos, psicológicos, el telos, la subjetividad, la historia profunda; en fin,  el complejo mundo que se oculta detrás de su brutal dominación.

Y aunque Alfredo es también profesor, no pretende educar a través de Dominó… Él lo ha dicho en una entrevista: “Como autor no quiero demostrar nada (preceptiva), solo quiero mostrar (descriptiva)”. A pesar de esa declaración,  es mucho lo que enseña en esta novela, no solo por la exposición de acontecimientos reales y ficticios que se amalgaman al exponerse en una trama donde se juntan la mentalidad del tirano y todo el ambiente de falsedad, corrupción, ambición y egocentrismo desenfrenado que les hace pariguales aunque se autoproclamen  Führer, Egregio, Benefactor de la Patria, Hombre Fuerte o El Comandante, identificados con el fascismo alemán, machadato, trujillismo y finalmente,  revolución cubana, develados desde una propuesta donde la narración y el lenguaje  alcanzan tan altos quilates como la apasionante historia que se entrecruza entre los personajes, imaginarios o históricos.

Fernández  ha confesado el origen de esta novela: “En la investigación, se me hizo evidente que el marco de tiempo de la novela (1930-1961), hacía necesario vincular a las dictaduras imperfectas del Caribe con las dictaduras ejemplares del fascismo europeo: Hitler (Alemania) y Franco (España). Por medio de una veintena de personajes (reales y ficticios) y una férrea estructura narrativa dividida en dos libros (1930-1945-1961), deseché el proyecto investigativo inicial (Dios y Trujillo) y se impuso, primero como impulso inconsciente y luego con conocimiento de causa, la escritura de una novela no sobre una sino sobre cuatro revoluciones y dictaduras en América y Europa (Dominó de dictadores)”.

La agudeza narrativa con que el novelista intercala las historias de amor en el marco de acontecimientos históricos relevantes examina la naturaleza de los personajes principales, bien en la legitimidad del sentimiento, la hipocresía del comportamiento, los imperativos sexuales, las ambiciones políticas o, en muchos casos, en la contradicción entre exposición pública y la intimidad. Que en los entresijos de las pasiones discurran planes macabros de espionaje, componendas en que se deciden acciones de repercusión mundial, planes de vida y muerte sobre oponentes políticos y hasta el clímax del sexo entre el estruendo de ametralladoras,  hacen de la novela una película donde la tensión del acto acompaña a la de los protagonistas que desfilan en  las páginas.

La novela está estructurada en dos partes y aunque el libro Primero, como el Segundo, indican el mismo tiempo (1930-1945-1961) y ambos empiezan y terminan en El Caribe (Cuba, Santo Domingo), hay una diferencia temática entre ellos, pues el primero, aunque parte de Bahia de Cochinos en medio de la bárbara balacera tras la invasión de Playa Girón, inscribe desde el tercer capítulo a la figura de Hitler y los hombres que le rodeaban en camino al poder. En retrospectivas continuas, desfilan acontecimientos trascendentales de la historia de Cuba, de Europa y de Santo Domingo en una variedad de protagonistas, masculinos y femeninos, que se engarzan en la historia que explica el arribo dictatorial en cada uno de esos escenarios.

En este comentario, que no aspira a ser de naturaleza crítica sino la impresión de un  lector, no daré señales de los hilos dramáticos que la hacen apasionante, a partir de figuras históricas o ficticias que calzan la historia, pero me permito algunas opiniones. La primera es en torno a la clasificación (todas son inexactas): considerar novela histórica o historia novelada la que tengo delante. Si, como sugieren muchos, en las primeras prevalece la ficción y en la segunda la historia, entonces Dominó… pertenece a esta última. Sin embargo, no es historia, aunque ella esté viva en la novela. Si Fernández hubiera querido escribir historia sobre estas figuras y acontecimientos, lo hubiera hecho, pues tiene todas las herramientas del historiador. Prefirió la ficción para escribir la historia. Y lo hizo bien. Creo yo, que también soy historiador, que se aprende más con esta novela que con muchos textos de historia sobre estos temas. Y no solo porque estas páginas ayudan a conocer –y condenar– desde la exposición de los hechos, sino porque también contribuyen a juzgar desde la movilización de los sentimientos. Ya sé que no fue el propósito del autor, pero, quiéralo o no, la calidad de los diálogos, la elección y descripción de los escenarios, el tono y el ritmo que mantiene a través de toda la narración, la dramatización de cada uno de los diversos conflictos –o del conflicto general con el poder que acompaña al dictador consigo mismo–, el ambiente de verosimilitud que alcanza la novela en cada uno de sus capítulos, hacen de Dominó de dictadores una novela ejemplar. Milán Kundera sugería que la novela debía examinar la existencia, no la realidad, pero Alfredo Fernández nos ha ofrecido en esta obra una prueba de que el examen de la realidad nos permite entender la existencia en toda su maravillosa complejidad.