viernes, 24 de febrero de 2017

Tampa en el 24 de febrero cubano

  Por Gabriel Cartaya

Al amanecer el 24 de febrero de 1895, estalló en Cuba por tercera vez la Guerra de Independencia, como un esfuerzo supremo de liberar a la Isla de la dominación de España, después de casi cuatro siglos de coloniaje. Fue el tercer gran intento de obtener por medio de las armas la liberación del país, el primero de los cuales –el 10 de octubre de 1868–  desató una cruenta guerra que duró diez largos años. El segundo levantamiento, conocido como La Guerra Chiquita, que se extendió de 1879 a 1880, fue un intento inmediato de reiniciar la lucha interrumpida con la Paz del Zanjón, pero no pudo imponerse por estar latentes en ella las mismas causas que determinaron la firma de un pacto sin independencia.
      Los principales dirigentes de aquel proceso –devenidos héroes en el campo de batalla, como Máximo Gómez, Antonio Maceo, Calixto García y otros- encabezaron desde  el exterior diversos proyectos para el reinicio de la guerra en la década de 1880, pero ninguno logró vertebrar un movimiento que contara con la diversidad de factores que expresaban la incipiente nacionalidad cubana, a saber: vieja y nueva generación, civiles y militares, diversidad de componentes raciales, intereses de clases, ideologías y otros. Cuando en 1884 el joven Martí, viviendo en Nueva York, renuncia al plan de alzamiento que están dirigiendo Gómez y Maceo, le confiesa a los grandes guías, en una frase, la razón más honda de su fracaso: “Un pueblo no se funda, General, como se manda un  campamento”.
  Sólo cuando, ante tantos empeños frustrados por hacer  a Cuba un país libre, José Martí asume la dirección del movimiento revolucionario de su país, se encontró el camino en el que confluyeron los diversos y dispersos sectores del independentismo cubano. Ello condujo al estallido armado del 24 de febrero de 1895 y, con ello, a la guerra que puso término a la larga dominación de España sobre la Isla.
Soldados voluntarios entrenándose en Tampa para
ir a la guerra de independencia de Cuba
   La historia es larga y cargada de acontecimientos heroicos, pero esta vez sólo voy a detenerme en los momentos cruciales que permiten afirmar que fue Tampa el primer eslabón en hacer posible cumplir el sueño  de la independencia cubana.
  Durante la primera década de 1880, Nueva York fue el principal centro donde se concentraron miles de emigrados cubanos  –tanto trabajadores manuales como intelectuales– y donde la prédica revolucionaria encontró un foco de permanente actividad. José Martí, desde llegar en 1880, estuvo muy activo dentro de este movimiento, en el que llegó a ocupar altas responsabilidades. Sus discursos, como el de otros líderes, mantenía vivo el latido patriótico de sus coterráneos.
  Cayo Hueso fue también un temprano enclave de la emigración revolucionaria cubana, pero ni en estas dos plazas, ni en otras de Centroamérica y el Caribe donde se desplazaron cientos de cubanos, se había conseguido su unificación al iniciar la década de 1890.
  En los últimos años de aquella década nació Ybor City, extendida a West Tampa, lugares al que llegaron cientos de familias cubanas. La producción fabril del tabaco fue la atracción laboral, pero junto a las fábricas surgieron escuelas, teatros y una vida cultural donde confluyó, en las mismas calles y salas, una masa poblacional emigrada que siendo de distintas posiciones sociales, raciales, religiosas o culturales, les ­reunía el sentimiento común hacia la patria lejana. En ese marco afloró con fuerza su independentismo, cuya voz se reunió en los clubes, liceos y teatros.
  Cuando uno de esos clubes, el Ignacio Agramonte, invitó a José Martí a venir a Tampa y éste llegó, el 26 de noviembre de 1891, sintió, y dijo: “Aquí todo está hecho”. Después del discurso que conocemos con el nombre “Con todos y para el bien de todos”, también todo estaba dicho. En él identificaron los hombres, las mujeres, los miembros de todas las razas y clases, los de mayor y menor cultura, el pueblo todo, la patria que anhelaban y no habían logrado explicarse. Por esa patria, por esa libertad y república definidas, estaban dispuestos a morir.
  Al ver a aquel conglomerado de cubanos que le siguieron al Liceo, que le oyeron en la fábricas de tabaco y que le saludaron en las calles de Ybor City y West Tampa, Martí escribió enseguida las “Resoluciones de Tampa”, para que fuera este el primer pueblo en aprobar la  página inicial del Partido Revolucionario Cubano (PRC), a través del cual todos iban a preparar el estallido de la guerra rápida  –hasta humana podría decirse, si pudiera serlo alguna–  para llegar a la patria que comenzó a ser el mejor símbolo del imaginario cubano.
  Fue titánica la obra iniciada en Tampa y extendida enseguida a Cayo Hueso (donde a los pocos días se firman las Bases y Estatutos del PRC), a Nueva York, a varias ciudades de Estados Unidos,  países del continente, a Cuba en estricta clandestinidad, y se construyen todos los amarres para que tres expediciones simultáneas, cargadas de hombres, armas, municiones y otros recursos y con los grandes líderes del mambisado al frente, desembarcaran en distintos puntos de la Isla y desataran la guerra necesaria y relampagueante que iluminara la libertad.
Pero todo se perdió en un instante casual, cuando fueron detenidas las embarcaciones que debían salir hacia el 12 de enero de 1895 del puerto de ­Fernandina, en Florida. Martí, que debía salir en uno de esos barcos, pudo burlar el  asedio a que estaba sometido. Se escondió en Nueva York dos semanas, en casa del Dr. Ramón Miranda. Allí se reunió, el 29 de enero, con los oficiales mambises Enrique Collazo y Mayía Rodríguez y decidieron que el alzamiento en Cuba debía producirse como estaba planificado, aunque ya no  coincidiría con la llegada de las tres expediciones y de los grandes jefes.
  La orden de alzamiento es enviada de inmediato a Tampa con Gonzalo de Quesada. Este se reúne con Fernando Figueredo y deciden esconder el documento clandestino en un tabaco que tuercen en la fábrica de O’ Halloran. Al día siguiente está en un bolsillo de Miguel Angel Duque de Estrada, quien lo entrega en La Habana a Juan Gualberto Gómez.  Con la orden en la mano, Juan Gualberto corre la voz a los líderes de las distintas regiones de Cuba.
  El 24 de febrero se cumple la orden y comienza la guerra, pero  la mayoría de los levantamientos fueron sofocados enseguida. El de Bayate, cerca de Manzanillo, guiado por el General Bartolomé Masó fue el más victorioso y encendió la guerra en Oriente, dando tiempo a que llegaran Maceo, Máximo Gómez  y el mismo Martí.
  En el momento de más ­ansiedad, cuando se perdió el proyecto de las expediciones en Fernandina, por el que las emigraciones habían reunido tanto dinero durante más de tres años, José Martí volvió a pensar en Tampa. Antes de salir para Santo Domingo a reunirse con Gómez y junto a él desembarcar en Cuba, le entregó a Gonzalo varias cartas para sus amigos de esta ciudad: a Ramón Rivero, Paulina y Ruperto Pedroso, Fernando Figueredo, escritas cuando se va a echar a la mar. A Rivero le dice: “Yo no puedo esperar, Cuba no puede”. A Figueredo: “Tallo en la roca y en la mar mi caballo nuevo”. Y a Paulina y Ruperto, las palabras desesperadas que tal vez más le conmovieron:  “Si es preciso, háganlo todo, den la casa”, porque él está “levantando la patria a manos puras”.  Cuánta grandeza en Tampa, en todos los que hicieron posible el 24 de febrero cubano y donde Paulina y Ruperto le habían confesado a su organizador que, si era necesario, empeñarían la casa de vivir para que Cuba fuera libre.  

viernes, 10 de febrero de 2017

Unas preguntas al Gobernador de Florida

Por Gabriel Cartaya

Me gustaría preguntarle al gobernador de Florida, Rick  Scott, si alguna vez ha hecho una declaración sobre el comportamiento de los derechos humanos en México, en Centroamérica o en otro país que no sea Cuba. Sería bueno saber cuál fue su ­reacción cuando supo que en Iguala habían  desaparecido 43 estudiantes, posiblemente asesinados; o cuando, casi diariamente, aparecen noticias relacionadas con brutales crímenes en el vecino país, conectados con los carteles de la droga y en los que con alguna frecuencia aparecen agentes gubernamentales implicados.
  Sería interesante investigar la reacción de Rick Scott ante los miles de niños hambrientos en Centroamérica y de jóvenes que se acercan a la frontera de Estados Unidos huyendo de la violencia, el crimen, la falta de oportunidades y la impotencia (o indiferencia) de sus gobiernos ante su desesperación. Me gustaría saber si alguna vez propuso el recorte de fondos estatales para algún tipo de negocio que implicara a alguno de los gobiernos de esos países, con el argumento incontestable de que a la vista de todos están las múltiples cifras diarias de las víctimas del derecho a la salud, a la educación, a la vida.
       Desconozco si el gobernador Scott  alguna vez ha  expresado que no pondrá sus pies al sur del Río Bravo mientras aparezcan mujeres maltratadas, golpedas hasta la saciedad, incluso asesinadas en las calles –como el caso de Ciudad Juárez, que hirió hace pocos años la sensibilidad universal–  y donde estructuras de gobierno, a veces, han estado más atentas al  enriquecimiento personal que a extirpar el maltrato de género que cuesta la tranquilidad y hasta la vida de tantas personas inocentes.
   Ahora, el gobernador de Florida ha dicho que no habrá fondos del presupuesto estatal para algún tipo de negocios que involucre a la isla de Cuba, preocupado por la  violación de los derechos humanos en ese país. Estaba una delegación cubana en territorio floridano, para suscribir acuerdos relacionados con la colaboración portuaria, cuando Scott, refiriéndose a los fondos que este año facilitará el Estado a ese destino económico,  hizo público que “el dinero no puede ser asignado a proyectos de infraestructura que resulten en la expansión del comercio con la dictadura cubana, a causa de sus continuas violaciones de los derechos humanos”. Casi con las plumas listas para firmar acuerdos con los visitantes cubanos, autoridades de los puertos de Palm Beach y Everglades, se apresuraron a guardar en sus gavetas los papeles de entendimiento.
   Además de confesar que no transitará calles cubanas mientras no se cumplan todos los derechos humanos, parece que Scott tampoco pisará una tierra donde esté ausente una verdadera  democracia, por lo que imagino viajará poco. Así se desprende de las palabras que a Martí Noticias dijo Jeri Bustamante, secretaria de prensa de la gobernación, al preguntársele si Scott atendería una invitación informal que sugirió una visitante cubana. “Hasta que haya libertad y democracia en Cuba el gobernador Scott no prevé trabajar con la dictadura castrista”, dijo Bustamante.
   ¿Se ha preguntado Scott a quién afecta más la interrupción de una posible apertura de negocios y relaciones ­amplias entre Florida y Cuba? ¿Ha preguntado el Gobernador a los cientos de miles de cubanos que viven en su Estado –miles de ellos electores– si prefieren acercarse o alejarse a su familiares que viven en la Isla? ¿Ha pensado el Sr. Scott en el pueblo de Cuba, el pueblo de a pie que ha sufrido carencias económicas que no es capaz de calibrar quien vive lejos de ellas, en uno y otro lugar? Ese pueblo que, a pesar de sus limitaciones democráticas y necesidad de mayores libertades expresivas e inclusivas, no ve en sus noticieros nacionales –por muy parcializados que sean– las cifras de asesinatos que recoge diariamente la television mexicana. Los datos oficiales del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP)  arrojan que, de enero a noviembre de 2016, se produjeron 18 mil 915 casos de homicidio dolosos, once de los cuales correspondieron a asesinatos de periodistas. ¿Ha pedido el gobernador ­Scott que se retire algún tipo de colaboración con el Gobierno de algún estado mexicano? ¿O no pertenece a la categoría de los derechos humanos asegurar a todos los niños que los padres retornen vivos al hogar?
   Se sabe que el  Gobernador de la Florida aspira en 2018 a obtener un asiento de Senador en el Capitolio de Washington y que toda campaña electoral requiere de grandes sumas de dinero. Los cubanos que en Florida más pueden aportar, en téminos monetarios, se desgajaron del país de origen hace más de medio siglo y allí apenas tienen familiares y amigos. Pero la mayoría de la población cubana emigrada en esta maravillosa península –la de más peso en el verdadero sentido democrático–  quiere olvidar las tensiones que sólo han beneficiado a políticos cuyo lenguaje de amenazas, odios y venganzas, ha contribuido a mantener el poder adquirido y, de paso,  lanzar las culpas a la otra orilla, mientras el pueblo ha asistido a la fractura creciente de la familia y los sueños.
   Ojalá y Rick Scott –seguramente un hombre bueno, familiar y jovial– pueda  un día pasearse  por las calles de La Habana, mirar a su gente en su día a día, a las mujeres sonrientes, a los hombres extendiendo la mano, y por encima de los presupuestos a que obliga el compromiso político, responder a sí mismo estas complicadas interrogantes a las que no  creo sea insensible.




viernes, 27 de enero de 2017

Pete Seeger y la Guantanamera

  Por Gabriel Cartaya

Esta edición de La Gaceta ve la luz en el marco de significativos aniversarios: el nacimiento de Wolfang Amadeus Mozart, el 27 de enero de  1756; la muerte del escritor estadounidense Jerome David Salinger, el 27 de enero de 2010 y del cantante neoyorkino Pete Seeger, en ese día de 2014. A su vez, el 28 de enero conmemoramos el nacimiento de José Martí y se cumple un año más de la muerte, en 1928, del escritor español Vicente Blasco Ibáñez.
Joseíto Fernández y Pete Seeger, en La Habana
  Aunque los cinco nombres mencionados son extremadamente ­relevantes, quiero detenerme en el empalme de dos de ­ellos, que se juntan en la universalización de unos versos convertidos en canción. Se trata de los Versos ­Sencillos escritos por José Martí, internacionalizados por Pete Seeger en el ritmo de “La Guantanamera”.
   No es interés de estas líneas desentrañar el origen de esta melodía, ni su ­camino hasta llegar a los oídos de Seeger.
  El propio Joseíto Fernández, a quien más se identifica con su creación, ofreció diferentes versiones sobre su autoría, señalada en la década de 1930.
     Pero algunos historiadores guantanameros la ubican en la década anterior, atribuyéndola a Herminio García Wilson, quien la ­habría dado a conocer como una guajira en festejos populares de esa región.
  Por su parte, Alejo Carpentier, en su libro La música en Cuba, expresa: “Hace poco una estación de radio de La Habana obtuvo un gran éxito de popularidad con una canción de buen corte campesino, titulada ‘La guantanamera’, que había sido traída a la capital por auténticos cantadores orientales”. Otros, sin embargo, la remontan al siglo XIX, entre los ritmos montunos ­orientales y consideran que Joseíto Fernández, el compositor español Julián Orbón y el propio Segger son sólo sus grandes promotores.
  Joseíto Fernández comenzó a darle popularidad nacional a través de la radio, en un programa de la CMQ, enriquecién-dola con sus improvisaciones durante muchos años, hasta convertirse en el  rostro de la canción. En la década de 1950 Orbón, quien residía entonces en La Habana, le incorporó algunos versos de José Martí a la pegajosa canción, por la significación de los mismos en el marco del centenario del natalicio del Apóstol de Cuba.
 También hay diversas versiones acerca del momento en que Seeger hace suya “La Guantanamera”. Algunos dicen que el autor de “Where Have all the Flowers Gone” oyó la versión de Orbón al músico cubano Héctor Angulo, quien hacia 1962 se encontraba de visita en Nueva York. Otros opinan que habría escuchado su melodía en un campamento de verano en Cuba y se le pegó el estribillo “guantanamera, guajira guantanamera”, considerándola un componente del folklor de la isla y junto a Angulo la montó con los versos de Martí, como una autoría conjunta.
  Lo cierto es que en un concierto ofrecido por Pete Seeger en el teatro Carnegie Hall,  el 8 de junio de 1963, el cantante hizo delirar al público al cerrar la noche con el ritmo de “La Guantanamera”, intercalando, entre otras,  la cuarteta martiana “Yo soy un hombre sincero, de donde crece la palma/ y antes de morirme quiero/ echar mis versos del alma”.
  La canción comenzó a volar por el mundo, mientras en Cuba Joseíto Fernández comenzó a reclamar su autoría.  Grandes todos, se pusieron de acuerdo y Seeger fue a La Habana, en 1971, a darle la mano a Fernández y ­reconocerle paternidad en una obra musical que tenía registrada como propia. Entre brindis, ­concluyeron que a Joseíto se debía el parto de la canción, a Orbón la incorporación de  los versos martianos y a Seeger  su mundialización.  
  Muy cerca del escenario donde Seeger estrenó la “Guantanamera” con los versos de Martí, estaban los ­teatros donde el cubano pronunció varios discursos inflamados de patriotismo, pero, más significativo aún, fue en ese entorno ­neoyorquino donde nacieron los octosílabos, durante “aquel invierno de angustia, en que por ignorancia, o por fe fanática, o por miedo, o por cortesía, se reunieron en Washington, bajo el águila temible, los pueblos hispanoamericanos”.  Fueron esos versos,  escritos  cuando lo “echó  el médico al monte”, donde “corrían arroyos”,  los que Seeger cantó con voz ronca y erres enredadas, para darle la vuelta al mundo acompañados de la imagen del poeta que nació en La Habana el 28 de enero de 1853.
  Proponiéndoselo o no, Seeger contribuyó, más que muchos libros y charlas,  a divulgar no sólo una emblemática pieza musical cubana, sino también la figura luminosa del poeta hispanoamericano. El cantor comprometido con los sueños de su pueblo –de todos los pueblos–, quien había nacido el 3 de mayo de 1919 –el mes en que muere Martí– cerró los labios de cantar el 27 de enero de 2014, mes natal del autor de los Versos Sencillos.
  Cuando, en 1994, el presidente Clinton le concedió a Seeger la Medalla Nacional de las Artes por su contribución a la cultura norteamericana, el cantante fue presentado como “un archivo vivo de la música americana y de su conciencia, un testamento del poder de la canción y la cultura”.
  Recordarlo en Líneas de la memoria junto a Mozart, Salinger, Blasco Ibáñez y Martí, con quienes comparte esta efemérides del 27 y 28 de ­enero, es traerle con ellos  a que nos sigan iluminando con su ejemplo,  cuando, otra vez, “por la ignorancia, o por fe fanática, o por miedo, o por cortesía” pudieran reunirse en la Casa Blanca políticos hispanoamericanos incapaces de percibir que el “águila temible”, como en 1889,  pudiera querer apretar “los pabellones todos de la América”, como alertó el cubano universal en el prólogo a los versos que cantó Seeger con tanta emoción.


jueves, 19 de enero de 2017

Serafín Sánchez, de España y Serafín Sánchez, de Cuba, en la historia de Tampa

Por Gabriel Cartaya

 Cuando oí por primera vez que el compañero que acompañaba a Ignacio Haya en la propiedad de la fábrica de tabacos “La Flor de Sánchez y Haya” respondía al nombre de Serafín Sánchez, pensé, involuntaria- mente, en el Mayor General de las guerras de independencia de Cuba, el espirituano Serafín Sánchez Valdivia. Pero, aunque no se trata de un nombre común, al copropietario de la ­primera factoría de producción de puros en Tampa también le bautizaron con el nombre de uno de los ángeles que, en la angeología cristiana, está más próximo a Dios.
 Quién sabe si el cubano se encontró en una de las calles de Ybor City con el español que llevaba su nombre y apellido, en días en que ambos las transitaban y atraían la atención por el papel protagónico que desempeñaban en sus respetivas tareas: el europeo en la conducción de su empresa y el antillano, acompañando a José Martí en su esfuerzo por reiniciar la campaña libertaria de su país. Una prueba de la cercanía en tiempo y espacio entre estas dos figuras, se siente al mirar la imagen de Serafín Sánchez, a la derecha del Apóstol cubano, en la única fotografía que se conserva de su paso por esta ciudad, tomada a sólo unas cuadras de la fábrica del otro Serafín.
 ¿Quiénes fueron estos dos hombres que en algún momento de la década de 1890 coincidieron en Tampa? El español nació en Villaviciosa, Asturias, en 1839, mientras el cubano abrió los ojos al mundo en Sancti Spíritus, seis años después. No se sabe mucho de la infancia del asturiano, ni de su familia original. Llegó a Nueva York en 1860, con 21 años de edad. Hacia 1866 conoció a Ignacio Haya, en el Club Español de esa ciudad, iniciando una amistad que dio paso a la asociación entre ­ellos, fundando en Brooklyn su primera fábrica de tabacos con el nombre “La Flor de Sánchez y Haya”, que habría de mantener al trasladarla a otro barrio de Nueva York en 1870 y en 1866 cuando la establecen en Tampa.

 Sánchez jugó un papel de primera importancia en las ­reuniones con la Cámara de Comercio de Tampa para lograr la aprobación de la compra de terrenos y ­construcción de las primeras fábricas de tabacos en la ciudad, así como en el triunfo de la empresa que fundó con su amigo. Pero, junto a sus logros económicos, fue un hombre atento a las necesidades de la comunidad y participó activamente en las organizaciones sociales de su tiempo floridano. Fue presidente de la Sociedad Mutua de Beneficios Española y de la  Cámara de Comercio de España, donde ganó el aprecio y respeto de sus conciudadanos.
 Serafín Sánchez, el español, murió en Brooklyn con sólo 55 años, el 20 de abril de 1894. Una pulmonía fulminante le derribó en el frío de aquella ciudad.   Ese día, el Serafín cubano estaba en Cayo Hueso, recibiendo cartas de Martí y del General Máximo Gómez, quien regresaba al día siguiente a Santo Domingo. Entonces, el espirituano era uno de los principales líderes del ­movimiento revolucionario cubano y gozaba de toda la confianza y cariño del Apóstol.
 Cuando la Guerra de Independencia, iniciada el 10 de octubre de 1868, se acercó a su región se incorporó a ella, antes de cumplir los 23 años.  Participó en múltiples ­combates, ascendiendo hasta el grado de Coronel por su arrojo y capacidad de mando. Estuvo en la Asamblea de Guáimaro, junto a los principales líderes independentistas, así como en los más relevantes acontecimientos de aquella gesta heroica.
 Después del Pacto del Zanjón, con el que terminó la Guerra de los Diez Años, participó en los intentos por reiniciarla, pero finalmente tuvo que salir al destierro, en 1880, estableciéndose en República Dominicana, cerca de su amigo y compadre, el General Máximo Gómez. Hombre de estudios y múltiples lecturas, escribió para diversos periódicos, defendiendo la idea de la independencia de Cuba.
 Hacia 1892 se radicó en Cayo Hueso, donde conoce a José Martí y se incorpora a su proyecto encabezado por el Partido Revolucionario Cubano. Junto a Carlos Roloff viene a Tampa en más de una ocasión  acompañando a José Martí, a quien le sigue a Jacksonville, Ocala y otros lugares de Florida.
 La correspondencia de José Martí y Serafín Sánchez es una de las más abundantes en el epistolario martiano y probablemente fue al cubano a quien más escribió.  El general Sánchez estaba previsto como uno de los jefes principales que debían desembarcar en Cuba a partir del plan de Fernandina, al frente de la expedición que él y el general Carlos Roloff debían llevar hasta la parte central de la isla.

 Entre las cartas imprescindi bles que hace Martí al salir definitivamente de Nueva York para que Gonzalo de Quesada las lleve a Tampa y Cayo Hueso, está una para Serafín: “Con Gonzalo va mi alma, que es mi trabajo. El le dirá las cosas que quemarían el papel”.    
 La guerra tuvo que comenzar el 24 de febrero de 1895 sin sus grandes líderes dentro de ella. Martí, Gómez y Maceo llegaron en abril. Serafín y ­Roloff no pudieron incorporarse hasta julio de ese año, cuando ya su principal organizador llevaba muerto mes y medio. Sánchez entró librando combates en la región central de la Isla y en septiembre el Consejo de Gobierno le ratificó el grado de Mayor General. Se unió a Gómez en la expedición hacia Occidente. En enero de 1896 fue nombrado Inspector ­General del Ejercito Libertador. El 18 de noviembre de ese año, enfrentando una columna española, una bala le atravesó los pulmones. En el momento en que cae del caballo exclamó: “Me han matado, no es nada, prosiga la marcha”.
     Esos fueron los grandes hombres que, con el nombre de Serafín Sánchez, debieron cruzarse alguna mañana en las calles de Ybor City, uno hacia “La Flor de Sánchez y Haya” y el otro hacia el Liceo Cubano; atentos, uno hacia el trabajo que constituye la fuente del progreso y el otro a cimentar la redención de un pueblo, ambos contribuyendo a hacer mejor el mundo que legarían a sus continuadores.

lunes, 2 de enero de 2017

Felicidades en el Año Nuevo

Por Gabriel Cartaya

La palabra felicidades es la que más se repite durante los días navideños y de Año Nuevo. Llega en la voz de familiares, amigos, compañeros de trabajo, vecinos y, a veces, se abre en labios de personas que nos encontramos en lugares públicos y con quienes apenas hemos cruzado un saludo. En ­general, es una expresión sincera, porque tal vez es el momento en que mejor vislumbramos que la ventura de los otros contiene mensajes que  iluminan la ventura propia.
Con razón la raíz latina de la palabra felicidad se deriva de las voces felix, felicis, relacionadas con  la fertilidad y lo fecundo.
En las tarjetas, llamadas telefónicas, mensajes y saludos de estos días, abunda la palabra felicidad, felicidades, felicitaciones u otros derivados de su raíz, acompañadas de otras en las que éstas viven: salud, paz, amor, familia, amistad, esperanza, en las que se desea crecimiento biológico, profesional, económico, espiritual, en el marco de las relaciones interpersonales que constituyen el pilar supremo de la felicidad humana.
En el cambio de año, la voz felicidades alcanza un esplendor y pureza que desborda las connotaciones que en miles de tratados le buscan los sicólogos, antropólogos, filósofos y cuántos intentan codificar su presencia.
Si para Aristóteles la felicidad emergía del equilibrio y la armonía que conducen a la autorrealización de la persona, y para Epicuro era sólo la satisfacción de los placeres, los estoicos defendían que sólo controlando las pasiones el hombre podía ser feliz. Mucho más tarde, el racionalista Leibniz encontró este anhelado estado en la adecuación de la voluntad humana a la realidad.
Los asiáticos, más asomados a la naturaleza, han creído durante milenios que en ella están las fuentes de la felicidad y que de su seno proviene la armonía entre las personas. Por algo se dice que Bután, en el sudeste de ese continente, es el país más feliz del mundo. Los prefiero a Sigmund Freud, para quien la felicidad era una utopía y sobreestimaba la frustración en el paso del hombre por la vida.
Desde siempre, las religiones se han hecho eco de estos preceptos, aunque poniendo el acento en la relación del hombre con Dios. Para los teístas no hay felicidad sin la comunión con Dios, mientras los budistas la encuentran en la liberación del sufrimiento y  superación del deseo ­mediante el ejercicio mental.



Pero, más allá del nivel de lecturas y frases escuchadas alrededor del vocablo felicidad, está la predisposición natural del ser humano a  alcanzarla. Es en la ilusión expresa de los padres desde recibir a la criatura que han dado a la vida, en el beso intenso de la mujer enamorada, en el abrazo del hermano, en la caricia del hijo, en la palabra cariñosa del amigo, donde se aviva con más intensidad el deseo de felicidades, en esa expresión profunda que en estos días se repite con especial abundancia.
La felicidad podrá ser una condición subjetiva, pero depende mucho de nosotros alcanzar que disminuya su relatividad, para que, sin más requisitos que los que dependen de nosotros mismos, llegar al nivel de satisfacción que nos permita sentir que no es inalcanzable.
Sintiendo que existe, les deseo a todos mucha FELICIDAD en el nuevo año, regalándoles el poema “Oda al día feliz”, de Pablo Neruda.
Esta vez dejadme
ser feliz,
nada ha pasado a nadie,
no estoy en parte alguna,
sucede solamente
que soy feliz
por los cuatro costados
del corazón, andando,
durmiendo o escribiendo.
Qué voy a hacerle, soy
feliz.
Soy más innumerable
que el pasto
en las praderas,
siento la piel como un árbol 
rugoso
y el agua abajo,
los pájaros arriba,
el mar como un anillo
en mi cintura,
hecha de pan y piedra la
tierra
el aire canta como una
guitarra.
Tú a mi lado en la arena
eres arena,
tú cantas y eres canto,
el mundo
es hoy mi alma,
canto y arena,
el mundo
es hoy tu boca,
dejadme
en tu boca y en la arena
ser feliz,
ser feliz porque sí, porque 
respiro
y porque tú respiras,
ser feliz porque toco
tu rodilla
y es como si tocara
la piel azul del cielo
y su frescura.
Hoy dejadme
a mí solo
ser feliz,
con todos o sin todos,
ser feliz
con el pasto
y la arena,
ser feliz
con el aire y la tierra,
ser feliz,
contigo, con tu boca,
ser feliz.


martes, 20 de diciembre de 2016

Simón Bolívar y la República de Florida

Por Gabriel Cartaya
                                                                                                   Para Manuela Ball

       La lista de libertadores americanos es extensa, repleta de fulgurantes rostros continentales que se alzaron contra la dominación colonial en cada esquina donde los europeos implantaron la bandera conquistadora. Pero cuando se dice El Libertador, la imagen que viene a los ojos es la de Simón Bolívar, como si el extraordinario caraqueño condensara el símbolo de todos los que consagraron sus vidas “para que América fuera del hombre americano”, como nos dijo José Martí en “Tres Héroes”, el bello artículo para La Edad de Oro dedicado al venezolano, al Padre Hidalgo, de México, y al argentino José de San Martín.
       Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar Ponte y Palacios Blanco murió el 17 de diciembre de 1830, hace ahora 186 años.  Aunque solo vivió 47 años, la extensa biografía del héroe ha ­reclamado millares de páginas, desde sus campañas militares admirables por la independencia de ­Venezuela, Colombia, Ecuador, Bolivia y Perú, hasta la hondura de pensamiento político con que acompañó el corpus ideológico que ­trasciende a nuestro tiempo hispanoamericano.
       Pero esta vez quiero detenerme en una página ­biográfica de Bolívar que ha sido menos recurrida,  cuyo escenario floridano la acerca al  lector habitual de La Gaceta. Cuando se repasa la historia del estado número 27 de esta nación, se atiende a las poblaciones aborígenes que le habitaron, a la larga presencia española en la península, al traspaso de su propiedad a Estados Unidos, a su participación en la evolución histórica del país y a la cultura multiracial que ha cimentado durante siglos, pero pocas veces se le inserta dentro del proyecto independentista continental de Simón Bolívar.
      En medio de las campañas de El Libertador para conseguir y mantener la independencia de los pueblos hispanoamericanos donde actuaba, concibió el proyecto que devino en la fundación de la efímera República de Florida, cuya duración se limitó a casi cinco meses, desde el 29 de junio hasta el 23 de diciembre del año 1817.
En ese tiempo Bolívar se encontraba en la Provincia de Guayana, esforzándose por recuperar la libertad de ­Venezuela, territorio que había sido reconquistado por las fuerzas españolas con la caída de su Segunda República. Entonces el venezolano consideró la posibilidad de  tomar la  isla española de Cuba, como estrategia para impedir el paso de barcos que, desde los puertos de Boston y La Habana, trasladaban armamentos y municiones a los ­realistas que él enfrentaba en el sur del continente, y de paso, liberar a Cuba –y después a Puerto Rico–  de la dominación española.
  Para este propósito, lo ­primero debía ser la ocupación de la Florida. En esa dirección y desde Angostura, destinó a su oficial Gregor MacGregor para que dirigiera una expedición a este lugar. MacGregor cumple las orientaciones y recluta en Charleston y Savannah alrededor de 150 hombres, casi todos veteranos de la guerra de independencia de Estados Unidos. Entre ­ellos se destacaron Pedro Gual, Constante Ferrari y Lino de Clemente, quien fue propuesto por Bolívar para atender  las posibles relaciones entre la República a crearse y el ­gobierno estadounidense.

Gregor McGregor
   El 25 de junio de 1817, McGregor toma por sorpresa la isla de Amelia,  donde izó la bandera venezolana y la Cruz Verde de la Florida. La guarnición española –que radicaba en el  Fuerte San Carlos de Fernandina, bajo el mando del  brigadier Francisco Morales–, fue sometida y se consideró a este sitio como sede para la ­fundación de una nueva  República.
    Inmediatamente, se  crearon las instituciones que debían regir al nuevo gobierno y se fijaron plazos para que los inconformes abandonaran la isla. El 1.º de julio de 1817 se ­proclamó oficialmente la República de Florida, desde un poblado llamado ­Vacapilatca –ubicado en el actual Jacksonville– y se nombró a  Pedro Gual para que redactara su Constitución. 
  Bolívar se sintió tan ­complacido con la noticia del nacimiento de la República de Florida, que se animó a violar un acuerdo que establecía no apresar barcos de bandera estadounidense, aun cuando ­sospechara que podían ­contener material bélico que sirviera a fuerzas españolas. Enseguida detuvo en el Orinoco a las goletas “Tiger” y “Liberty”, lo que provocó una airada ­respuesta de Estados Unidos.
  MacGregor se mantuvo en la isla de Amelia hasta septiembre de 1817, cuando se trasladó con sus naves a las Bahamas. Al abandonarla, encargó al corsario francés Louis Aury, que actuaba con patente mexicana, para que se ocupara de la recién fundada República, aunque éste la declarara una extensión del país que lo cobijaba. El filibustero, de gran pericia militar, fue muy efectivo en cortar los sumistros de armas que salían de La Habana para las campañas españolas que combatían a Bolívar.


  
Por supuesto que la denominada República de Florida chocó con los intereses de Estados Unidos, que miraba cercano el día de desplazar a España de ese territorio. Entonces, el presidente James Monroe  consideró una afrenta a su país el ­atrevimiento de llamar República de Florida a la ocupación de la isla de Amelia. Lo evaluó como un acto de piratería, peligroso para los intereses nacionales, pues favorecía a los indios seminolas que entonces “perturbaban” a los colonos de la vecina Georgia.
 El Presidente solicitó al Congreso la autorización para ­aniquilar aquel proyecto bolivariano, avivando su determinación con la explicación de que el buque venezolano  “Tentativa” había invadido sus aguas. El 22 de diciembre de 1817, el comodoro J. D. Henley y el mayor J. Bankhead le informaron a Aury la determinación estadounidense de tomar la isla de Amelia. Un día después, tropas provenientes de Texas, bajo el mando de Andrew Jackson, ocuparon la isla y expulsaron a las fuerzas concentradas en el  Fuerte San Carlos de Fernandina, poniendo fin a la brevísima República de marras. 
    Para reforzar la victoria estadounidense y evitar acusaciones de  ­ilegitimidad, se designó al propio Jackson como Gobernador de la Florida, mientras se ­adelantaba la adquisición del territorio que jurídicamente pertenecía a la Corona de España. Poco tiempo después, el gobierno de Estados Unidos negoció con España el Tratado  Adams-Onís, firmado el 22 de febrero de 1819, con el que incorporaron definitivamente este territorio a la primera nación libre del continente americano.


viernes, 9 de diciembre de 2016

Martí City: el primer sitio con el nombre del Apóstol cubano

Por Gabriel Cartaya

Parece ser que el primer municipio hispano –esencialmente cubano- incorporado a la estructura político-administrativa de Estados Unidos, fue un pequeño pueblo fundado alrededor de unas fábricas de tabaco en Ocala, en la década de 1890. Esa primacía, que por sí misma cobra un enorme sentido histórico, alcanza una trascendencia muy significativa cuando constatamos que fue también el primer sitio del mundo en recibir un nombre que en el siglo siguiente se esparciría a centenares de calles, parques, plazas, escuelas, bibliotecas y también a otros pueblos: el nombre venerado de José Martí. 
  La nominación ocurrió en el marco de la efervescencia independentista cubana desatada a partir del primer viaje de José Martí a la Florida, en noviembre de 1891. Para esa fecha comenzaban a fundarse algunas fábricas de tabaco en el oeste del condado de Marion, en Ocala, donde un grupo de cubanos extendió la experiencia  adquirida en Cayo Hueso y Tampa en la fabricación de puros. La existencia de una línea de ferrocarriles, desde 1881, estimuló el crecimiento económico del lugar e hizo posible su inclusión en la expansión fabril tabacalera que se estaba operando en la cercana Tampa.
  Con la inauguración de aquellas  fábricas, como La Crio-lla (en N.W. 27th St. y Warren Ave. ) y  la J. Vidal Cruz y Co. (en Félix Varela Street y Broadway)  llegaron varios cientos de cubanos, entre los que se destacan algunas figuras que jugarían un rol destacado en la historia de Cuba, como es el caso de Carlos Baliño y Gerardo Castellanos Leonard.
Vista de Martí City, en la década de 1890
   Es natural que José Martí fuera invitado a visitar aquel sitio cubano al que nombraban “Havana City”, seguramente por la cantidad de hijos de  esa ciudad cubana que se establecieron allí y que estaba creciendo a la par del Partido Revolucionario Cubano (PRC), fundado a raíz de la primera Lo hizo por primera vez el 21 de julio de 1892, acompañado por tres figuras relevantes del independentismo cubano: Serafín Sánchez, Carlos Roloff y José Dolores Poyo. Hacía tres meses que se había declarado la fundación oficial del PRC y la tercera vez que su fundador se desplazaba de Nueva York a la Florida. Al ser informado de la existencia de un grupo de cubanos en Ocala, quiso inmediatamente visitarles. Cuando se desmontó con sus entusiastas acompañantes en la estación de ferrocarril de Ocala, el sol le pareció cubano, tanto como el ambiente que encontró en la fábrica ese jueves, en medio de la jornada laboral. Lo recibieron con aplausos, pues ya les había llegado la voz de los discursos tampeños y muchos se sabían de memoria sus mejores frases. 
  Desde esa vez, Martí quedó impresionado con esa bella localidad, especialmente con la confraternidad que encontró entre estadounidenses y cubanos, entre negros y blancos, así como entre personas de diferente estatus social. En la tribuna improvisada tuvo que hablar en español y en inglés, para que todos le entendieran directamente, sin el peligro de que se perdiera un matiz con la traducción. Al día siguiente, desde allí, escribió a Gonzalo de Quesada: “Ayer llegamos a Ocala, que es tierra de delicias, donde los cubanos viven dichosos (…)  El pueblo construye cien casas para los cubanos, y esta noche,  en el banquete que nos dan el comercio y las autoridades, pido una más para casa de estudio y de lectura”.
  En esa carta, nos presenta a algunos de sus compatriotas: “Los cubanos todos, conmovidos y lealísimos.  Cabrera, un corazonazo. Y Barreto, y Vidal, y Camino, y Cañizares”.  En esa carta, donde confiesa que este nuevo lugar “sereno y frondoso, recuerda a Cuba”, después de contarle a Gonzalo los frutos valiosos de su visita a Tampa y Cayo Hueso, le agrega: “Y ahora Ocala,  con la demostración de los americanos en nuestro hogar”.
La segunda vez que Martí llega a Ocala es el 14 de diciembre de 1892, otra vez acompañado por Carlos Roloff  y José Dolores Poyo, pero en esta oportunidad se incorpora también la patriota Carolina Rodríguez, que entonces vivía en Tampa. Según el investigador cubano Ibrahim Hidalgo,  quien ha publicado la más completa cronología del Apóstol cubano,  en esta ocasión los ilustres visitantes “participan en la inauguración del nuevo poblado que los emigrados denominan Martí City”.  Es probable que desde entonces los cubanos hayan querido identificar a su nuevo pueblo con el nombre de quien les estaba dibujando el ideal de  patria a conquistar, pero su nominación oficial se produce más tarde, cuando queda incorporado como municipio al condado de Orange.  Según un artículo aparecido en Patria, el 22 de septiembre de 1894,  Martín Rodríguez, residente en ese lugar, da a conocer: “…la constitución de nuestra comunidad independiente, levantada y regida por los propios cubanos. El primer municipio cubano que se establece en este continente es el de Martí City (…) El 10 de los corrientes se celebró en esta ciudad la elección y constitución del Ayuntamiento. Se comenzó por la votación del nombre de la ciudad y nos cabe la honrosa satisfacción de que por unanimidad fuese escogido el nombre de Martí City, este era el colmo de nuestras aspiraciones, y no hubo ni una sola voz en contra de este añorado deseo”.
  En el acto de constitución de ese primer municipio cubano-hispano en Estados Unidos –antecedió en algo más de un año al Municipio de West Tampa-, que es a la vez el primer lugar en recibir el nombre de Martí, quedaron electos José E. de la Cuesta, como Alcalde, y Carlos Baliño, Guillermo Sorondo y Segundo González, como consejales, todos llegados desde Cuba.

II

  Martí City, cuya breve existencia se enmarca entre la última década del siglo XIX y los primeros años de la centuria siguiente, probablemente se hubiera perdido en algún documento de la época, de no haber sido por la presencia en ella del héroe cuyo nombre recibe, pues no fueron conservadas las ruinas de las edificaciones, especialmente las que dieron cobijo a algunas fábricas de tabaco, cuyo efímero dinamismo justificó el asentamiento de cientos de trabajadores cubanos que llegaron a ese lugar con su familia, inspirados en construir un espacio como ya lo era Cayo Hueso, Ybor City, West Tampa y otras localidades propicias a la emigración cubana de ese tiempo.
  La coincidencia de la ­apertura de las primeras fábricas de tabaco en ese espacio ubicado al oeste de la ciudad de Ocala, con el momento en que José Martí está unificando al movimiento revolucionario independentista cubano en torno al Partido Revolucionario Cubano (PRC), determinó que los entusiastas cubanos llegados a este lugar, identificados con su prédica, decidieran que su pequeño poblado llevara su nombre, lo que legalizaron con su fundación como municipio independiente, en 1894, cuando ya todos le estaban llamando de esa manera, aun cuando su nombramiento inicial era Havanatown, ubicado entre lo que es hoy Southwest 17th Avenue y Martin Luther King Avenue, a lo largo de West Silver Springs Boulevard (antiguo West Broadway). Los mapas más antiguos muestran que Martí City fue dividida por lo que ahora es Southwest 20th Avenue.
El límite sur era Southwest 10th Street (State Road 200) y el límite norte se encontraba cerca de Northwest Fourth Street.
  Aunque las ciudades de la Florida más visitadas por José Martí fueron Tampa y Cayo Hueso, por la densidad de cubanos que radicaban en ellas, cada vez que le era posible también llegaba a Ocala y Jacksonville, donde también fueron apareciendo clubes patrióticos  adscritos al Partido Revolucionario Cubano.
  Como vimos anteriormente, casi siempre iba acompañado por gloriosos representantes de la generación de 1868, como lo eran los generales Carlos Roloff, Serafín Sánchez y otros. Pero también lo hizo con los más jóvenes, como fue el caso de llegar, el 22 de diciembre de 1893, acompañado de Bernardo Figueredo –uno de los hijos de su amigo Fernando–, quien viaja con Martí de Cayo Hueso a Nueva York. Es justamente en la travesía en tren entre Tampa y Ocala, cuando el jovencito eterniza la imagen del Maestro en un dibujo a lápiz, como él mismo contara años después de ésta, una de las escasas pinturas conservadas que se le ­hicieron en vida al Apóstol, quien probablemente iba leyendo o ­escribiendo en el tren, mientras su acompañante lo mira y dibuja.
Dibujo a Martí por Bernardo Figueredo
  Sobre la visita del 14 de septiembre de 1893, un testimonio suyo es la carta que dirige a Manuel Barranco, en que dice escribirle desde “los vientos de Ocala, que es un cesto de luz…”  En esa misma epístola, añade su contento de ver a “Ocala como nunca”, “Ocala de fiesta y de mucha amistad”.
  En 1894 el delegado del Partido Revolucionario Cubano debió pasar por Martí City  en dos ocasiones, aunque no hay constancia de ello en sus textos. Pero seguramente al visitar  Jacksonville (consignado en sus letras), en mayo de ese año, llegó también al pueblo que ostentaba su nombre. Y con más razón al saber que en esa visita estaba acompañado por Francisco Gómez Toro “Panchito”,  el hijo del General Máximo Gómez, al que iba presentando con orgullo de padre en cada localidad donde había un grupo de cubanos.
  José Martí vuelve a  Florida a principios de octubre de 1894, cuando ya está casi concluida la obra de preparación para el estallido de la guerra en Cuba. El 8 de ese mes llega a Jacksonville, pero en los últimos engranajes que va haciendo desde Cayo Hueso hacia el norte, el eslabón de Martí City debió ­constituir una parada necesaria.
  Merece investigarse, paso a paso, todos los detalles del último viaje de Martí a Florida, a partir del momento en que llega  a Fernandina, el 12 de enero de 1895, a tomar el barco que lo ­hubiera llevado a Santo Domingo, donde preveía  recoger a Máximo Gómez y seguir para Cuba a desatar la guerra. El fracaso de la expedición por el apresamiento de los tres barcos (uno de ellos en Fernandina), llevó a sus líderes a ocultarse inmediatamente. Martí sale, con nombre falso, hacia Jacksonville y de allí a Nueva York. Tal vez no pudo llegar a despedirse de aquel pueblo que llevaba su nombre, pero seguramente pensó en sus fieles habitantes y en el aire que tanto le recordó al de Cuba.
  El paso del Apóstol cubano por ese fragmento de Ocala al que llamaron Martí City, es suficiente para considerarle un lugar histórico. Fui hasta allí acompañado de mi amigo Henry Echezabal y no encontramos huellas de las fábricas de tabaco, de los clubes donde se reunían los cubanos a fines del siglo XIX.
  Algunos han escrito que unos fríos y ventiscas nevadas de 1896 azotaron las fábricas de tabaco y los dueños las ­trasladaron a Tampa y Cayo Hueso, que los habitantes de la casitas recién levantadas ­tuvieron que abandonarlas, que se fue apagando el efímero fulgor del primer ­pueblo que honró a Martí con su nombre y que hombres como Carlos Baliño, Gerardo Castellanos y otros afirmados en la historia de las profundas relaciones entre Cuba y Estados Unidos, se mudaron a Cayo Hueso y Tampa, donde siguieron trabajando por una Cuba libre.
  Cuando ya había escrito estas notas, me regalaron en Cuba el Anuario 38 del Centro de Estudios Martianos. Al abrirlo, encontré el artículo “El ­cuaderno de Ocala: Martí, el diálogo y la escucha”, escrito por Carmen Suárez León, investigadora de dicho centro. Para mi sorpresa, la prestigiosa ­ensayista cubana da a  ­conocer que el número 17 de los 22 Cuadernos de Apuntes que corresponden a Martí, fue escrito en una libreta comprada en Ocala y en cuyo grabado  de portada se lee The Ocala Commercial & Bazan Co. En los apuntes que contiene, Martí refleja interesantes detalles sobre sus vivencias en este pueblecito que le fue tan querido.
 Nota: Mi gratitud a Henry ­Echezabal, que buscó los mapas antiguos de Ocala y me acompañó hasta allí. Y a Emliano Salcines, por el préstamo de un libro de Loy Glenn Westfall sobre la manufactura tabacalera en Martí City y los comentarios alrededor de este tema.
Publicado en La Gaceta, los días 25 de noviembre y 9 de diciembre, 2016