jueves, 25 de mayo de 2017

Entrevista a José Ramón Cabañas, embajador de Cuba en Estados Unidos

Por Gabriel Cartaya

El pasado 12 de marzo, el embajador de Cuba en Estados Unidos, Sr. José Ramón Cabañas Rodríguez, realizó una visita a la ciudad de Tampa, momento que aprovechó para visitar Ybor City, especialmente los sitios vinculados a la presencia de José Martí en la ciudad. En un momento, le expresé el deseo de que me respondiera algunas preguntas para el periódico La Gaceta,  a lo que no sólo accedió, sino que con gentil prontitud respondió a ellas.
   
Después de más de 50 años del cierre de la Embajada de Cuba en los Estados Unidos, a usted le correspondió el papel histórico de ser nombrado el primer Embajador  en su ­reapertura. ¿A qué antecedentes se debió  la confianza ­depositada en usted para tan alta responsabilidad?

 Somos producto de la Revolución Cubana y de las oportunidades que ella creó para todos nosotros. Fui el primer miembro de mi familia que tuvo acceso gratis a una educación universitaria de alta calidad. Mi Alma Mater es el Instituto Superior de Relaciones Internacionales Raúl Roa García, donde ha estudiado la inmensa mayoría de los diplomáticos cubanos actuales. Los graduados de esa alta casa de estudios participaron en las negociaciones que trajeron la paz a Angola, la Independencia a Namibia y el fin del Apartheid a Sudáfrica. Durante muchos años combatieron los intentos de aislar a Cuba en los organismos internacionales y más recientemente han contribuido al proceso de Paz en Colombia, por sólo mencionar algunos momentos descollantes de la diplomacia cubana. Respecto a las relaciones con Estados Unidos, hemos aprendido del verbo y la experiencia de Fidel y de Roa, de las infinitas negociaciones en que participó Ricardo Alarcón, de la habilidad extraordinaria de Ramón Sánchez Parodi como primer Jefe de la Oficina de Intereses de Cuba en Washington. La reapertura de las embajadas se produjo como resultado de un proceso de negociaciones dirigido por nuestro presidente Raúl Castro, supervisado por el ministro Bruno Rodríguez y bajo el liderazgo de la compañera Josefina Vidal y en el que participaron muchos funcionaros que no han tenido un reconocimiento público. Llegamos a este momento gracias a la lucha de once millones de cubanos educados, orgullosos y saludables. Nosotros somos uno más.

 En los últimos días, representantes del gobierno encabezado por Donald Trump han hecho declaraciones que indican que el actual Presidente de los Estados Unidos ha pedido una revisión de las relaciones con Cuba. ¿Hasta dónde esos pronunciamientos crean incertidumbre sobre el futuro próximo de esas relaciones?

Se nos ha informado oficialmente que tiene lugar un proceso de revisión de la política hacia nuestro país, algo que es normal cuando un nuevo gobierno entra en funciones. Ha habido especulaciones al respecto, pero la actual Presidencia aún no se ha pronunciado sobre eso y, por lo tanto, habrá que esperar. Mejorar las relaciones con Cuba tiene el apoyo del 75% del electorado de Estados Unidos y apoyo similar entre cubanoamericanos. Demócratas y republicanos apoyan ese cambio, es decir, no se trata de un tema que divide al país, sino que lo une.
  En los dos últimos años hemos firmado 22 memorandos de entendimiento en una diversidad de áreas para beneficio mutuo, que van desde la Salud y el restablecimiento de los vuelos directos, hasta la protección del Medio Ambiente y la colaboración entre agencias responsables en la Aplicación de la Ley. El Acuerdo Migratorio del 12 de enero pasado ha llevado a cero la migración ilegal por mar desde Cuba hasta Estados Unidos. A pesar de las restricciones de viaje, crece en un 118% la cantidad de visitantes a Cuba desde Estados Unidos. En los últimos meses he tenido la posibilidad de reunirme con muchos políticos y ciudadanos en Illinois, Michigan, Ohio, Kentucky, Florida; otros funcionarios nuestros han visitado Texas, California, Filadelfia, Arkansas y lo que vemos son más y más personas felices de poder participar en una relación de nuevo tipo con Cuba. Honestamente, no hemos encontrado a nadie que quiera retroceder.

Entrada al Parque "Amigos de José Martí", en Ybor City
 Algunos observadores creen que el número de visitas de estadounidenses a Cuba va a ir creciendo, hasta alcanzar unos dos millones anuales para el 2025. ¿Es usted optimista con relación a este pronóstico?

 Los viajes a Cuba se están incrementando al ritmo que ya mencioné, algunos observadores dicen que la cifra de dos millones podría lograrse mucho antes, aún con las restricciones de viaje hacia Cuba que están vigentes. Llegar a esos totales significaría también que se expanden las relaciones no sólo con las principales líneas aéreas y las líneas de cruceros, sino con aquellas agencias de viaje que dan el servicio a los pasajeros y le brindan información sobre los destinos. Estamos trabajando para ello. Lo lógico sería devolverle la libertad al ciudadano estadounidense de poder viajar a Cuba libremente.

Raúl Castro ha confesado que en el 2018 termina su responsabilidad en la dirección máxima del gobierno cubano. ¿Qué figuras del liderazgo revolucionario cubano están en condiciones de sustituirlo en la presidencia del país?

El próximo ciclo electoral en Cuba comenzará el próximo mes de octubre con la elección de delegados a nivel de circunscripciones. En Cuba, se eligen además delegados del Poder Popular para asambleas en 169 municipalidades y después para asambleas en 15 provincias. A continuación serían las elecciones a la Asamblea Nacional, esta elige al Consejo de Estado y este a su Presidente. Es por tanto muy temprano para hablar de candidatos y de sustitutos. De lo que no deben caber dudas es de que el liderazgo electo estará comprometido con el programa de modernización de nuestro sistema político-económico, basado en un debate popular previo que fue refrendado en ley y con las metas que nos hemos propuesto para el 2030. La Revolución Cubana de 1959 es una continuación del Grito de Independencia de Carlos Manuel de Céspedes de 1868 y de la Guerra Necesaria de 1895, es un proyecto de 150 años que no se detendrá. Los cubanos no hablamos en términos de sucesiones, sino de continuidad.

 ¿Creé usted que el capital privado se irá incrementando en Cuba en los próximos años, aun cuando los principales medios de producción mantengan la propiedad estatal?

 Ya se ha producido un movimiento importante de trabajadores que han ido del aparato estatal o de empresas estatales a formas productivas, o de servicios, privadas y cooperativas. Los acuerdos y documentos a los que me refería en la pregunta anterior recogen claramente los espacios económicos en los que se desarrollará esa actividad, mientras que el Estado se encargará de las ramas estratégicas. Hay un sector de la población que obtiene ingresos que puede reinvertir en esas formas productivas, pero no considero que sea de una magnitud como para hablar de un capital privado doméstico significativo en la economía. Hay un capital privado extranjero que ha tenido y tiene un papel importante en nuestra economía, a la luz de los cambios que se han hecho en nuestra legislación y de proyectos tan significativos con la Zona Económica de Desarrollo en el Mariel, provincia de Artemisa. Hay varias áreas de nuestra economía abiertas a la inversión extranjera y tenemos no sólo nuevas empresas de todos los continentes llegando a Cuba, sino que se registra ya la reinversión de aquellos que están en el país después de 20 o 25 años.

Es evidente el apoyo del pueblo estadounidense a las relaciones de su gobierno con Cuba, como lo es el del pueblo cubano a favor de la amistad entre los dos países. ¿Sería esa voz popular determinante en el fortalecimiento de la relaciones entre los dos países?

 Esa voz ha sido determinante hasta ahora y lo seguirá siendo. Como dije antes, mejorar las relaciones con Cuba tiene el apoyo de al menos el 75% de la población estadounidense. Cada vez que un ciudadano o residente de este país viaja a Cuba regresa diciendo exactamente los mismo: “Cuba no es lo que me habían dicho”. Es innumerable la cantidad de vínculos bilaterales que han establecido los artistas, los científicos, los líderes religiosos, los deportistas, los jóvenes a título personal. Muchas personas han visitado La Habana y otras ciudades cubanas en las que son recibidos con hospitalidad, lo mismo sucede con los ciudadanos cubanos que vienen a Estados Unidos. El bloqueo que Cuba ha sufrido por 55 años no ha logrado impedir que nuestros dos pueblos se identifiquen y se relacionen.

 Finalmente, al periódico La Gaceta, de una estrecha relación con Cuba desde hace casi 100 años, le gustaría ser portavoz de unas palabras suyas al pueblo de Tampa.

 Como dijera el historiador de La Habana, Dr. Eusebio Leal Spengler, en una visita que realizara en el 2015, Tampa y especialmente Ybor City es un lugar de peregrinaje obligado para los cubanos. Los ciudadanos de esta ciudad saben que son los protectores de un patrimonio histórico inmenso para explicar la historia común de nuestros países. Aquí se siente todavía hoy la presencia revolucionaria de José Martí y de muchos otros patriotas cubanos, se respira el sudor de los tabaqueros que apoyaron  la guerra por la independencia de Cuba, se percibe la solidaridad de una población que se siente cercana a nuestro país y que quiere tener una relación más directa con la Isla. En los archivos de La Gaceta se atesora una de las colecciones más impresionantes de documentos cubanos. Les agradecemos a todos su constante acompañamiento y su amistad.
Publicada en La Gaceta, el 26 de mayo, 2017.

viernes, 19 de mayo de 2017

El 19 de mayo de 1895 en Dos Ríos: “en peligro de dar mi vida”

Por Gabriel Cartaya

El domingo, 19 de mayo de 1895, José Martí madrugó con el contento de saber que aquel largo campamento se estaba terminando y al fin podría seguir hacia las tierras de Camagüey.  Amaneció más protegido que nunca, pues al otro lado del río, en Vuelta Grande, está  Bartolomé Masó con unos trescientos hombres armados. Llegaron a Dos Ríos al oscurecer del sábado y después de saludar a Martí y a los 10 o 12 hombres que le acompañaban, siguieron hasta La Vuelta Grande, al otro lado del Contramaestre, donde acamparían y sostendrían, al día siguiente, la necesaria conversación.
   Casi una semana llevaba Martí en la finca La Bija, en la casa campamento  de Rafael Pacheco. La razón de  la  demora se explica  por la necesidad  de reunirse con Bartolomé Masó. Este se había desplazado hasta  Sabana Hato del Medio, cumpliendo una citación de Antonio Maceo para una concentración de  fuerzas que al final fue suspendida; pero cuando Martí y Gómez pasaron por aquel lugar, suponían al General manzanillero en sus propios predios. El día 12, al saber su destino, le escriben citándolo a Dos Ríos. Tres días después, a falta de noticias suyas, vuelven sendas cartas del General y el Delegado para reiterarle la urgencia del encuentro: “Para seis días va ya que andamos buscándolo (...) en estas tierras de donde creímos que andaría cerca”.
 Mientras esperaba por Masó, Martí escribe la extensa “Circular A los Jefes y Oficiales del Ejército Libertador”, donde se ajustan medidas, comportamientos, principios, que seguramente no se habían elaborado antes porque se preveía  la creación pronta del gobierno que se ocuparía de ello. Pero ante la demora de la proyección  constitutiva, se tornaba imprescindible establecer la política de la guerra. El resto de la semana, a más de las ocupaciones  propias de campamento –con el placer del baño en  el río Contramaestre–, el Maestro y sus ayudantes estuvieron reproduciendo la Circular para que llegara a todos los jefes y oficiales de la manigua.
 El 18 de mayo fue un buen día, aunque sin tiempo para reflejarlo en el Diario de Campaña. Probablemente iba a escribir en  él  cuando  terminara  la carta a su amigo Manuel Mercado, pero ni ésta pudo concluir. De todos modos, en su última epístola escribió pronunciamientos ideológicos tan concluyentes, que muchos la  consideran un testamento antimperialista: “Cuánto hice hasta hoy, y haré, es para eso: impedir a tiempo que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América”. Pero también, la carta al amigo da luz sobre sus próximos pasos, demeritando opiniones a veces delirantes sobre una posible salida suya del escenario de la guerra, o  una motivación suicida en la coronación de un viacrucis predestinado.
Obra de Alberto Nuevo,
  Manzanillo, Cuba, 2001
 Cómo creer en una evasión del héroe, cuando afirma, el 18 de mayo, que al terminar la entrevista con Masó “seguimos camino al centro de la isla”.
 Todo lo que habla de ese  viaje a Camagüey –anunciado a Salvador Cisneros Betancourt desde Dos Ríos–,  tiene que ver con la formación del gobierno, porque valora la posibilidad de que a fines de julio ya estén creadas las condiciones para la reunión de la Asamblea Constituyente. Por ello dice al hermano mexicano: “Puede  aún tardar dos meses, si ha de ser real y estable, la constitución de nuestro gobierno”.   Después de su muerte este proceso se dilató y vino a materilizarse en septiembre de aquel año, en Jimaguayú. Iba a extenderse en la carta a Mercado, a quien no le escribía hacía mucho tiempo. Ya iniciaba confesiones más íntimas, “puesto delante lo de interés público”,  cuando la pluma se levanta de la palabra “honestidad”, ante el sonido de una caballería que no le dejó terminar la frase: ¡Al fin, Bartolomé Masó!
 También fue buena la noche. Tanto sabía el Maestro del Héroe de Bayate que, al abrazarlo, siente como si lo conociera de toda la vida. Conversaron, de taburete a  taburete, en  el  bohío  campesino de  La  Bija, alumbrándose con velas la primera parte de la noche. Después de un diálogo de comprensión, el ilustre manzanillero volvió a su montura para llegar a la Vuelta Grande,  al otro lado del río. Sin embargo, José Martí no tuvo  calma ni tiempo para volver a la escritura. Se acostó un poco. Todavía dormían los gallos en Dos Ríos cuando él, a orillas del caballo ensillado, garabateó una hoja de papel extraída de las alforjas, para que alguien  corriera a Gómez con la noticia:  “Como a las 4 salimos, para llegar a tiempo a La Vuelta a donde pasó desde las 10 la fuerza de Masó. [...]  No estaré tranquilo hasta  no verlo  llegar  a Ud”.  
 Al filo del mediodía Martí estaba tranquilo y eufórico.   Gómez lo anotó en su  Diario:  “Pasamos  un  rato de verdadero entusiasmo (...) Martí habló con verdadero ardor y espíritu guerrero”.  A un lado se veía la inmensa plaza de  hierba verde, al otro la floresta copiosa, atajada por la corriente desbordada del Contramaestre, silenciada ante  la voz que se fue desgranando en la tribuna telúrica de sus márgenes; en el cielo unas nubes oscuras dieron sombra un instante a la sabana, para que los trescientos hombres que aplaudían pudieran ver bien la luz que acompañaba al tribuno, con una voz nunca oída: el  Apóstol diciendo que él iría hasta la cruz para ver libres a los hombres y a la patria.  A Manuel Piedra Martel, que estaba oyendo, le pareció ver  “a Moisés en el desierto, guiando a los judíos hacia el país de Canaán y trasmitiéndoles los Diez Mandamientos escuchados  en las teofonías del  Sinaí”.    
 El fuego del sol, pasado el cenit, estaba  en el pecho de los hombres –mientras cambiaban las miradas de Martí a Gómez, de éste a Masó, a Borrero y otra vez a Martí–, cuando de repente una voz gritó que se acercaba una tropa española. El temperamento  del  Viejo  –a casi veinte años de sus últimos combates– fue más rápido que su cerebro de jefe militar. Al trueno de su voz, los hombres saltaron a unos caballos que fueron puestos a todo galope, pero a los pocos kilómetros supieron que la tropa española no estaba en ese lado del  río, donde habrían dado una magnífica carga de caballería.
 En aquel momento, los españoles habían acabado de llegar, bajo el mando del Coronel Ximénez de Sandoval, por el camino de Remanganaguas.  No era este su destino, pero los atrajo la información de que en este lugar acampaban, con poca gente, los más grandes jefes insurrectos. Preparó a su tropa en escalones oblicuos, para cubrir todos los senderos por donde podía avanzar la caballería cubana, incluyendo el paso del Salvial, por donde los lugareños cruzaban el río.
 Máximo Gómez no sabía la ubicación enemiga, ni cuántos eran, aunque él nunca miró si las fuerzas contrarias triplicaban las suyas a la hora de arremeter. Cuando llegó al paso de Dos Ríos, vio que su vanguardia eludía la creciente, buscando un paso mejor. Lanzó su alazán al peligro de la creciente, con el Estado Mayor detrás y un grupo de valientes que le secundan. ¡Allí iba José Martí!, dijeron después varios testigos: Gómez –aun cuando sus versiones son varias y contradictorias–, Dominador de la Guardia, Marcos del Rosario,  Manuel Piedra Martel, Enrique Céspedes Romagoza, Masó Parra y el mismo Angel de la Guardia –su único compañero en el trance final.
 A poco más de un kilómetro de vadear el río, chocan  con la avanzada enemiga, la que fue aniquilada. Algunosos españoles caen, otros huyen. Es el momento en que el Generalísimo, en el ardor de la primera arremetida victoriosa, ordena la táctica del combate:  A Paquito Borrero, que con unos hombres avance por el flanco derecho, pegándose al río. Él se abrirá por el flanco izquierdo, para entrar por la retaguardia enemiga.  Masó y los suyos atacarán por el centro. En aquel instante, al mirar a Martí transfigurado, tal vez le gritó que se quedara  atrás, como él dijo después haberle ordenado. Pero todavía, soltando las bridas, le pidió a un soldado desconocido –Ángel de la Guardia– que acompañara al Delegado.
 Por un instante, Martí tuvo a su caballo enfrenado. ¿Cómo podría obedecer a Gómez? Había llegado la hora de entrar a la caballería. Mira al soldado de veinte años,  sin saber  su nombre: Vamos a la carga, joven. Tal vez pensó que cortando espacio, en la línea recta, podría alcanzar al grupo de Borrero. Mira hacia la casa de Rosalío Pacheco, con las puertas cerradas.  Atraviesa la talanquera, seguido de Angel. Volvió a espolear, aflojando las bridas. A un lado ve temblar la piel cuarteada de un dagame, al otro mecerse a una jatía y más allá unos maniguazos ocultando el trillo del Salvial. Lo alumbra un rayo de sol que atraviesa las nubes, cuando un plomo le rompe el pecho, otro le corta un verso en la garganta, y cae a la tierra enrojecida.  
 (Tomado de mi libro inédito Domingos de tanta luz y publicado en La Gaceta, el 19 de mayo, 2017)


viernes, 28 de abril de 2017

Dos libros del profesor Matt A. Casado

Por Gabriel Cartaya

  La semana pasada, el historiador Matt A. Casado me hizo llegar sus dos últimos libros publicados: California hispana: descubrimiento, colonización y anexión por los Estados Unidos y La guerra hispano-estadounidense de 1898: versión norteamericana de la contienda. En ambos casos, son textos de algo más de doscientas páginas, con una exquisita presentación, cuyos títulos llaman la atención sobre dos temas que se insertan en las relaciones e impacto de Estados Unidos con la hispanidad. El interés en ese vínculo histórico y cultural, descrito con agudeza, tal vez subsista en la propia condición del autor, español de origen y radicado en Estados Unidos durante cuatro décadas, donde se desempeña como  Profesor  Emérito en la  Universidad del Norte de Arizona.

  California hispana es un estudio que parte desde el propio descubrimiento de esa región por los españoles, cuando en 1542 Juan Rodríguez Cabrillo entra en la bahía de San Diego y Monterrey. De esa fecha hasta que  el vasto territorio pasa a ser un estado más de la Unión Americana, en 1850, hay  tres siglos de historia que son  atendidos por la mirada inquisitiva del profesor Casado, que permite captar la propuesta que el autor nos indica en el pórtico de su libro:  “la epopeya del pueblo hispano en Alta California”.
  El libro de Casado sobre la era española de California ofrece múltiples beneficios al lector, tanto al historiador que requiere de una confiable base documental y bibliográfica, bien manejada por el autor;  al geógrafo en la ubicación de un extenso territorio que se fue demarcando entre México y Estados Unidos;  a los estudiosos de las misiones religiosas en América, especialmente la  presencia de jesuitas y franciscanos; a los etnógrafos, antropólogos, señaladamente en el impacto de la cultura europea en las comunidades autóctonas y aportando a la antroponimia los nombres anteriores a los que hoy designan a diversos pueblos de ese estado. Pero el libro no sólo beneficia al estudioso de estas disciplinas, pues se abre, con un lenguaje claro y accesible a todos los que se interesan en la historia de la formación de  los Estados Unidos, en la riqueza aportada por la cultura hispana  a esta nación, en el conocimiento de la compleja hibridez con que, violenta o pacíficamente,  se han entremezclado en esta región las culturas creadoras de la California actual.
  El segundo libro que el generoso autor me hizo llegar en el mismo sobre –con una portada donde el título me ayuda a identificar al acorazado Infanta María Teresa–, es La Guerra hispano-estadounidense de 1898: versión norteamericana de la contienda, también es significativo. En algo más de 230 páginas, Casado profundiza en los antecedentes que determinaron la intervención de Estados Unidos en la Guerra de Independencia de Cuba, dando lugar al conflicto que algunos llaman Guerra hispano-cubano-americana, otros Guerra hispano-americana y a la que el autor nombra con el título señalado.
  Casado ofrece una cronología inicial en su libro que permite ubicarse en  cada momento determinante de los acontecimientos previos y hasta el desenlace del conflicto, que él sitúa entre el 24 de febrero de 1895, con el inicio de la guerra de independencia en Cuba, hasta el 10 de diciembre de 1898, cuando culmina el conflicto sin presencia cubana a la hora de los acuerdos entre potencias imperiales, aunque agrega dos fechas que se salen de la promesa del título: el inicio de la guerra estadounidense contra los rebeldes filipinos, el 4 de febrero de 1899 y la muerte del presidente McKinley, asesinado el 14 de septiembre de 1901.
 
Cuando nos estamos acercando al 120 aniversario de los acontecimientos que se narran en este libro, el profesor Casado ha hecho un aporte parcial a su entendimiento, al exponer  el movimiento de las tropas estadounidenses y españolas, –centradamente navales– en los hechos que llevaron a la rendición de España y la toma de sus últimas posesiones en América por Estados Unidos.
  Casi no existen referencias en el libro a la presencia del Ejército Libertador de Cuba en el marco de estos acontecimientos, la fuerza independentista que estaba ganando la guerra cuando se produce la intervención de Estados Unidos. En la cronología sólo se apunta la batalla de las Guásimas, sin reflejarse todo el impacto de la expedición de los mambises hacia occidente. Si no otros momentos de la actuación de los libertadores cubanos en el acto de la rendición de España,  debió destacarse por lo menos la actitud del Mayor General Máximo Gómez ante el desenlace de la guerra, o el apoyo del Mayor General Calixto García a las fuerzas interventoras en su empuje por tierra para la toma de Santiago, incluída la humillante postura de la dirección estadounidense al escamotearle su participación a la hora de recibir la ciudad liberada. En el epígrafe “Avance del ejercito Americano sobre Santiago” se menciona que “El general rebelde Castillo participó con sus tropas” (pag. 150) sin escribirse su nombre completo (Demetrio Castillo Duany) y de Calixto García que “se ordenó a García avanzar por el camino del Caney” (pag. 156).
  Probablemente, la bibliografía con que contó el autor influyó en la escasa presencia cubana en los acontecimientos narrados. En las 26 fuentes señaladas, no sólo está ausente la autoría cubana, sino también la española.
  Con las carencias que toda obra de esta naturaleza alberga, esta vez más en lo factual que en lo analítico, el libro de Casado se suma a la extensa bibliografía con que se ha expuesto, desde diversas posiciones teóricas e ideológicas, el acontecimiento que inauguró la expansión de Estados Unidos por las Antillas. De todos modos, el autor nos promete en el prefacio entregarnos una descripción donde  se “narra la epopeya” , lo que consigue con una escritura muy digna de nuestro idioma.



jueves, 6 de abril de 2017

Il Volo en Tampa por segunda vez

 Por Gabriel Cartaya

El pasado jueves, la Sala Morzani del Straz Center, en Tampa, llenó sus 2610 butacas con un público que con gran entusiasmo recibió por segunda vez a tres jóvenes cantantes que se han convertido en ídolos de la ciudad, como lo son a nivel internacional.
 Con aplausos prolongados fueron recibidos el barítono Gianluca Ginoble y los tenores Ignazio Boschetto y  Piero Barone, a quienes todo el mundo conoce como Il Volo, lo que en nuestro idioma se traduce como El vuelo.
    El público estadounidense conoce a este trío casi desde su aparición, en 2009, pues su primer album “Il Volo” fue grabado entre Los Ángeles, Roma y Londres. Sus temas “O sole mio”, “Il Mondo”, “Un amore cosi grande” y otros de factura latinoamericana como “El reloj”, de Roberto Cantoral, han sido repetidamente aplaudidos en decenas de escenarios del mundo y al llegar a Tampa, por segunda vez, encontraron un apasionado auditorio que coreó y ovacionó sus interpretaciones.

 Por eso, cuando iniciaron el espectáculo con la canción “Nessum dorma”, que por su impacto es casi siempre un número de finalizar, ellos pudieron sentirse, a su vez,  amados por la concurrencia de esta ciudad.
 Una razón especial para la identificación de Tampa con Il Volo, más allá de la excelencia de sus interpretaciones, procede del triángulo idiomático de sus letras, frente a un público en cuyas raíces el inglés, el español y el italiano se mezclaron desde el siglo XIX, como pudo constatarse en la presencia de asistentes de estas tres procedencias en el Straz Center, aplaudiendo canciones en cada uno de estos idiomas.
El concierto ofrecido por Il Volo en Tampa, el pasado 30 de marzo, es parte de la gira mundial que realizan en homenaje a los tres grandes tenores –Luciano Pavarotti, José Carrera y Plácido Domingo–  y que incluye a 15 ciudades estadounidenses, entre las que Tampa ha tenido la dicha de ser elegida. En estos conciertos incluyen canciones del disco que dedicaron a esos míticos antecesores suyos y que nombraron “Notte magica: a tribute to the  three tenors”, que recientemente ocupó el primer lugar en la lista de música clásica de Billboard.
 Los jóvenes tenores de Il Volo, que han expresado desde nacer honda admiración por Pavarotti, Carreras y Domingo, han logrado un nivel de interpretación digna de esas figuras que le sirvieron de inspiración, como pudo apreciarlo el público tampeño una vez más. En ello, es justo decirlo, jugó un papel significativo el acompañamiento musical, a cargo de una orquesta que ejecutó a la perfección cada ritmo requerido por las voces de los jóvenes cantantes.
 Para acrecentar la alegría entre una y otra interpretación musical, los jóvenes artistas mantuvieron un diálogo animado con el público, con anécdotas, chistes y frases que, entre risas y aplausos, consiguieron una noche delirante vestida de buena música, maravillosas canciones y mensajes positivos.
 Al final, los organizadores del espectáculo propiciaron un diálogo más íntimo entre los cantantes virtuosos y parte de la audiencia, para entre fotos y palabras dejar grabado en el recuerdo de los asistentes una noche de verdadero arte. A su vez, para que Gianluca, Ignazio y  Piero, reunidos en Il Volo, escucharan decir, en italiano, español e inglés, que en Tampa siempre les esperamos.



lunes, 20 de marzo de 2017

El último jarrete (cuento)

Por Gabriel Cartaya

La desazón con que ­Esperanza respondió al Doctor Loumié cuando éste le preguntó si podía guisarle “aunque sea una caldosa” estaba muy acreditada. ¿Acaso él no recordaba que dos días atrás había re-ga-la-do las provisiones que ella guardó en el congelador? El plural fue una ilusión exagerada de una suegra que debía arreglárselas cada día para que su hija y él, por muy buen médico que sea, más los tres hijos que trajeron al mundo en tiempos de tanta escasés, no se fueran a la cama con depresión estomacal, concepto creado por ella para completar un diagnóstico a medio camino de Su Eminencia, como dijo entonces al facultativo del hogar.
Su primer impulso fue acompañado con un adagio de reproche: el que da lo que tiene, a pedir se atiene. Pero cuando él insistió, agregando que dos colegas estaban al llegar con una botella de ron,  ella sonrió, al darse cuenta de que su yerno se estaba despidiendo de los amigos, tal vez para siempre, porque en los próximos días iría de visita a Estados Unidos y aunque no lo había dicho a nadie, ella estaba segura que el ida y vuelta del pasaje se cumpliría a la mitad.
   Ante el gesto inicial de Esperanza, el Dr. Loumé recordó por primera vez el refrán ”Dichoso Adán que no tuvo suegra”–, oído a su padre, pero no le dio tiempo a expresarlo, contenido el injusto pensamiento con la  aparición de una sonrisa maternal en la que se dibujaron los primeros asomos del manjar.  Sólo entonces se permitió responderle y lo hizo desgranando, como ella, las sílabas esenciales: Yo no he re-ga-la-do nada, mi vieja, sólo he pres-ta-do el hueso protegido por usted.
  Era el último fragmento del puerco criado en el apartamento de tercer piso, sacrificado 15 días atrás para celebrar la noticia feliz: la Oficina de Intereses de Estados Unidos en Cuba le aprobó la visa. Le habían invitado a un congreso de ortopedia en una Universidad de California, donde ofrecería una charla sobre traumatismos de la columna, a partir de los resultados de su mejor investigación. Por suerte la petición, aunque con demasiada lentitud por parte del Ministerio de Salud, le fue concedida tras un largo proceso de investigación alrededor de su comportamiento ideológico. Después vino la gestión de la dichosa visa y cuando finalmente salió, casi a empellones, de la oficina estadounidense en El Vedado, de un golpe comprendió que no habría más cargadera de sancochos,  pues al cerdo de su granja, ya que no a la granja misma, le había llegado la hora.
  No viene al caso evocar la mesa atestada de carne, los chicharrones, los suculentos bistecs a plato lleno, el ­fricasé con toda una paleta, sino el último jarrete, que es el que está en cuestión.  Lo vio entrar al caldero para un ajiaco, acompañando plátanos, boniatos, yuca y la mitad de una malanga reservada para un puré de la bebita, asaltado del pensamiento egoísta de que nadie le disputaría chuparse el hueso postrero de un puerco que le causó tanto desvelo. Por un instante y para reafirmar su derecho, pensó en el atardecer que se vio arrodillado en una cuneta, a la vista de gente pendenciera, disputándole a un perro callejero residuos de comida.
  ¿Cómo, entonces, no iba a poder disfrutar hasta el último hueso de un cochino cuyo comportamiento doméstico desbordó la imaginación orwelliana? Entonces ocurrió lo inesperado, que lo cuento a ver si entienden de una vez lo que fue en mi país el período especial. Cuando cada quien empujó hacia adelante su plato, ya sin la más mínima partícula del exquisito ajiaco, el Dr Loumé comenzó a deslizar con toda calma su mano derecha hacia el hueso que reposaba en el fondo de la fuente, adelantando con la imaginación el sabor  de los zumos escondidos en sus caprichosas oquedades. A su índice y pulgar, hechos tenaza, le faltaban dos pulgadas para llegar a la presa cuando, inesperadamente, su querida y siempre bien ponderada suegra levantó la fuente, con seis palabras, incluido un barbarismo, que le hicieron trizas su ilusión: Ese güeso todavía da una sopa.
  Dicho y hecho. La fuente desapareció en un santiamén. El pobre Loumé sólo atinó a la interjección desolada ¡qué Esperanza!, cuando la vio envolver el último fragmento de su chancho en un nailon gris que fue a dar al fondo del congelador. Quién sabe si fue por vengarse de la madre política, o porque el corazón se le encogió, pero cuando  oyó decir al vecino octogenario que con una cucharada de caldo sería feliz, no lo pensó dos veces para decirle: Te prestaré un hueso, eso sí, me lo tienes que devolver y que eso quede entre nosotros. Total, se tranquilizó, si con una hervidita más no se va a gastar.

  Ahora,  al mirar a su suegra devanándose los sesos para complacerle, el Dr. ­Loumé salió, casi a escondidas,  hacia la casa del vecino con un ruego jovial: Por favor, devuélvame el sustancioso, es que tengo una visita, ¿sabe?, le dijo, como si necesitara aclaración.
                                 Gabriel Cartaya
                          Tampa, 3 de marzo, 2017
 Publicado en La Gaceta, 17 de marzo, 2017.

viernes, 10 de marzo de 2017

Palabras sobre Juan Arnao, en el 116 aniversario de su muerte

Por Gabriel Cartaya

  El cubano Juan Arnao Alfonso tenía más de 80 años cuando estalló la Guerra de Independencia de 1895 en su país. Entonces vivía en Tampa, donde se incorporó con toda la energía que le quedaba a la obra del Partido Revolucionario Cubano (PRC) y a cuantas actividades se realizaron en esta ciudad para desatar y hacer triunfar el último estallido  libertador en Hispanoamérica. Según nos cuenta Wenceslao Gálvez y del Monte, escritor que fue amigo suyo en esta ciudad, Arnao propuso más de una vez que lo incluyeran entre quienes salían para el campo armado. “Y cuando algún íntimo le hace alusión a que estaría en el Gobierno al lado del Marqués de Santa Lucía, se irrita y contesta con inusitada vivacidad: –¿Acaso se me ha olvidado  disparar  un  fusil?”.  Con ello quería enfatizar que su disposición era marchar al combate, no acompañar al Presidente del Gobierno Civil, Salvador Cisneros Betancourt, rodeado de secretarios alejados de la pólvora y el machete.
  Esa capacidad para la acción, combinada con el intelectual inteligente que escribió páginas significativas, se manifestó desde la primera juventud en el hombre que llegó a Tampa con una amplia barba de patriarca, en la década de 1890. Nació en el tiempo de las primeras guerras por la independencia americana, en el lejano 1812, en Limonar, provincia de Matanzas, Cuba, en un hogar  español.  Su padre catalán era ingeniero y le adivinó  al hijo su inclinación por la letras, la ilustración, los libros, tal vez sin sospechar  que encontraría en ellos el derecho a la rebeldía contra la opresión.
  El matancero se hizo hombre en un ambiente donde la oposición al coloniaje se expresaba a través de conspiraciones contra el gobierno español en la Isla. Una de ellas fue la  llamada “Conspiración de la Escalera”, en 1844, que costó la vida al poeta Plácido, siendo inocente. A fines de esa década, Arnao se incorporó a la conspiración que llamaron “Mina de la Rosa Cubana”, dentro del proyecto dirigido por el venezolano Narciso López, quien se proponía la anexión de Cuba a Estados Unidos.  Fracasó la expedición del militar venezolano, quien llegó a la Isla haciendo flotar por primera vez la bandera cubana. En un enfrentamiento con fuerzas españolas, Juan Arnao fue herido y hecho prisionero. En febrero de 1851 obtuvo el indulto, dado por el capitán general José de la Concha.

  Me reencuentro con la figura de Arnao en el marco de la Guerra de los Diez Años, cuando ya ha realizado estudios en Europa y regresado a Cuba. Se incorpora al levantamiento armado, pero muy pronto es detenido y expulsado del país.
  De Nueva York sale hacia Cuba en la segunda expedición naval de Domingo Goicuría, en octubre de 1869. Junto a él viajan Juan Clemente Zenea y Ramón Roa, figuras célebres en la historia de Cuba. No es objeto de estas líneas recordar las múltiples peripecias por las que fracasó esta expedición compuesta por alrededor de 500 hombres y un enorme cargamento de armas y municiones. Después  de varios contratiempos es descubierta por autoridades inglesas de Nassau y  los expedicionarios quedaron a la deriva en Cedar Key, al sur de Bahamas.
  En los años siguientes y en el período conocido como “Tregua Fecunda”, Juan Arnao continuó apoyando el proceso independentista cubano, a la vez que ejercía como abogado de profesión y alimentaba su vocación por la escritura y la historia. En la década de 1880 reside en Nueva York, donde comparte la labor patriótica con Cirilo Villaverde, Salvador Cisneros Betancourt, Manuel de la Cruz y el joven José Martí. En agosto de 1883 es elegido Presidente del Comité Revolucionario Cubano en esa ciudad, cargo que ocupa hasta 1885.
  En esta década Arnao ­escribió una obra valiosa que, lamentablemente, apenas se menciona. Me refiero al libro Páginas para la historia política de la isla de Cuba, de casi 300 páginas, de sumo valor informativo y testimonial. Hay una breve carta de Martí a Arnao, escrita en Nueva York en enero de 1895, donde le dice que va a referirle a un amigo que desea adquirir esta obra: “Mi Sr. Don Juan, un buen cubano, el Sr. Magín ­Coroneau, viene a preguntarme dónde puede comprar un ejemplar de sus Páginas para la historia. Lo ha leído prestado, y quiere conservarlo. Yo pongo a Usted estas líneas para complacer a este buen amigo, cuyas señas son:  159 W. 61 St. Cuídeseme, y mande a su  J. Martí.
  Parece ser que para esta fecha ya Juan Arnao está viviendo en Tampa, probablemente en West Tampa, donde lo encuentra Wenceslao Gálvez cuando llega a la ciudad en 1897, contando que oye sus discursos revolucionarios en el Céspedes Hall. “En el Céspedes Hall hay fiestas todos los domingos y en ellas toma parte principal, indistintamente, desde D. Juan Arnao hasta las niñas más pequeñas”.
  Hay otros libros de Arnao, probablemente escritos en Tampa, como Cuba, su presente y porvenir. Fue abogado, poeta, escritor, pero por encima de todo se sintió un patriota cubano. Regresó a su tierra al terminarse la guerra, en 1898. Murió en la ciudad de Guanabacoa, el 6 de marzo de 1901, con 89 años de edad. Murió pobre, sin pedir nada a cambio de más de 50 años de sacrificios y riesgos porque la patria en que nació fuera libre, cuando faltaba un año para la fundación de una república que ni siquiera fue la de sus sueños.
  Pero el hombre es su obra, si obra bien. Arnao obró bien y desde Tampa, a 116 años de su muerte, se le consagran  estas líneas de homenaje.



viernes, 24 de febrero de 2017

Tampa en el 24 de febrero cubano

  Por Gabriel Cartaya

Al amanecer el 24 de febrero de 1895, estalló en Cuba por tercera vez la Guerra de Independencia, como un esfuerzo supremo de liberar a la Isla de la dominación de España, después de casi cuatro siglos de coloniaje. Fue el tercer gran intento de obtener por medio de las armas la liberación del país, el primero de los cuales –el 10 de octubre de 1868–  desató una cruenta guerra que duró diez largos años. El segundo levantamiento, conocido como La Guerra Chiquita, que se extendió de 1879 a 1880, fue un intento inmediato de reiniciar la lucha interrumpida con la Paz del Zanjón, pero no pudo imponerse por estar latentes en ella las mismas causas que determinaron la firma de un pacto sin independencia.
      Los principales dirigentes de aquel proceso –devenidos héroes en el campo de batalla, como Máximo Gómez, Antonio Maceo, Calixto García y otros- encabezaron desde  el exterior diversos proyectos para el reinicio de la guerra en la década de 1880, pero ninguno logró vertebrar un movimiento que contara con la diversidad de factores que expresaban la incipiente nacionalidad cubana, a saber: vieja y nueva generación, civiles y militares, diversidad de componentes raciales, intereses de clases, ideologías y otros. Cuando en 1884 el joven Martí, viviendo en Nueva York, renuncia al plan de alzamiento que están dirigiendo Gómez y Maceo, le confiesa a los grandes guías, en una frase, la razón más honda de su fracaso: “Un pueblo no se funda, General, como se manda un  campamento”.
  Sólo cuando, ante tantos empeños frustrados por hacer  a Cuba un país libre, José Martí asume la dirección del movimiento revolucionario de su país, se encontró el camino en el que confluyeron los diversos y dispersos sectores del independentismo cubano. Ello condujo al estallido armado del 24 de febrero de 1895 y, con ello, a la guerra que puso término a la larga dominación de España sobre la Isla.
Soldados voluntarios entrenándose en Tampa para
ir a la guerra de independencia de Cuba
   La historia es larga y cargada de acontecimientos heroicos, pero esta vez sólo voy a detenerme en los momentos cruciales que permiten afirmar que fue Tampa el primer eslabón en hacer posible cumplir el sueño  de la independencia cubana.
  Durante la primera década de 1880, Nueva York fue el principal centro donde se concentraron miles de emigrados cubanos  –tanto trabajadores manuales como intelectuales– y donde la prédica revolucionaria encontró un foco de permanente actividad. José Martí, desde llegar en 1880, estuvo muy activo dentro de este movimiento, en el que llegó a ocupar altas responsabilidades. Sus discursos, como el de otros líderes, mantenía vivo el latido patriótico de sus coterráneos.
  Cayo Hueso fue también un temprano enclave de la emigración revolucionaria cubana, pero ni en estas dos plazas, ni en otras de Centroamérica y el Caribe donde se desplazaron cientos de cubanos, se había conseguido su unificación al iniciar la década de 1890.
  En los últimos años de aquella década nació Ybor City, extendida a West Tampa, lugares al que llegaron cientos de familias cubanas. La producción fabril del tabaco fue la atracción laboral, pero junto a las fábricas surgieron escuelas, teatros y una vida cultural donde confluyó, en las mismas calles y salas, una masa poblacional emigrada que siendo de distintas posiciones sociales, raciales, religiosas o culturales, les ­reunía el sentimiento común hacia la patria lejana. En ese marco afloró con fuerza su independentismo, cuya voz se reunió en los clubes, liceos y teatros.
  Cuando uno de esos clubes, el Ignacio Agramonte, invitó a José Martí a venir a Tampa y éste llegó, el 26 de noviembre de 1891, sintió, y dijo: “Aquí todo está hecho”. Después del discurso que conocemos con el nombre “Con todos y para el bien de todos”, también todo estaba dicho. En él identificaron los hombres, las mujeres, los miembros de todas las razas y clases, los de mayor y menor cultura, el pueblo todo, la patria que anhelaban y no habían logrado explicarse. Por esa patria, por esa libertad y república definidas, estaban dispuestos a morir.
  Al ver a aquel conglomerado de cubanos que le siguieron al Liceo, que le oyeron en la fábricas de tabaco y que le saludaron en las calles de Ybor City y West Tampa, Martí escribió enseguida las “Resoluciones de Tampa”, para que fuera este el primer pueblo en aprobar la  página inicial del Partido Revolucionario Cubano (PRC), a través del cual todos iban a preparar el estallido de la guerra rápida  –hasta humana podría decirse, si pudiera serlo alguna–  para llegar a la patria que comenzó a ser el mejor símbolo del imaginario cubano.
  Fue titánica la obra iniciada en Tampa y extendida enseguida a Cayo Hueso (donde a los pocos días se firman las Bases y Estatutos del PRC), a Nueva York, a varias ciudades de Estados Unidos,  países del continente, a Cuba en estricta clandestinidad, y se construyen todos los amarres para que tres expediciones simultáneas, cargadas de hombres, armas, municiones y otros recursos y con los grandes líderes del mambisado al frente, desembarcaran en distintos puntos de la Isla y desataran la guerra necesaria y relampagueante que iluminara la libertad.
Pero todo se perdió en un instante casual, cuando fueron detenidas las embarcaciones que debían salir hacia el 12 de enero de 1895 del puerto de ­Fernandina, en Florida. Martí, que debía salir en uno de esos barcos, pudo burlar el  asedio a que estaba sometido. Se escondió en Nueva York dos semanas, en casa del Dr. Ramón Miranda. Allí se reunió, el 29 de enero, con los oficiales mambises Enrique Collazo y Mayía Rodríguez y decidieron que el alzamiento en Cuba debía producirse como estaba planificado, aunque ya no  coincidiría con la llegada de las tres expediciones y de los grandes jefes.
  La orden de alzamiento es enviada de inmediato a Tampa con Gonzalo de Quesada. Este se reúne con Fernando Figueredo y deciden esconder el documento clandestino en un tabaco que tuercen en la fábrica de O’ Halloran. Al día siguiente está en un bolsillo de Miguel Angel Duque de Estrada, quien lo entrega en La Habana a Juan Gualberto Gómez.  Con la orden en la mano, Juan Gualberto corre la voz a los líderes de las distintas regiones de Cuba.
  El 24 de febrero se cumple la orden y comienza la guerra, pero  la mayoría de los levantamientos fueron sofocados enseguida. El de Bayate, cerca de Manzanillo, guiado por el General Bartolomé Masó fue el más victorioso y encendió la guerra en Oriente, dando tiempo a que llegaran Maceo, Máximo Gómez  y el mismo Martí.
  En el momento de más ­ansiedad, cuando se perdió el proyecto de las expediciones en Fernandina, por el que las emigraciones habían reunido tanto dinero durante más de tres años, José Martí volvió a pensar en Tampa. Antes de salir para Santo Domingo a reunirse con Gómez y junto a él desembarcar en Cuba, le entregó a Gonzalo varias cartas para sus amigos de esta ciudad: a Ramón Rivero, Paulina y Ruperto Pedroso, Fernando Figueredo, escritas cuando se va a echar a la mar. A Rivero le dice: “Yo no puedo esperar, Cuba no puede”. A Figueredo: “Tallo en la roca y en la mar mi caballo nuevo”. Y a Paulina y Ruperto, las palabras desesperadas que tal vez más le conmovieron:  “Si es preciso, háganlo todo, den la casa”, porque él está “levantando la patria a manos puras”.  Cuánta grandeza en Tampa, en todos los que hicieron posible el 24 de febrero cubano y donde Paulina y Ruperto le habían confesado a su organizador que, si era necesario, empeñarían la casa de vivir para que Cuba fuera libre.