viernes, 5 de octubre de 2018

Hablar de Puerto Rico con Charlie Rodríguez Colón


El pasado viernes, en la mesa histórica que identifica a La Gaceta en el Restaurante Tropicana, de Ybor City, tuve una larga y grata conversación con el Honorable Señor Charles Anthony Rodríguez Colón –Charlie, como todos le llaman–.
Rodríguez Colón es miembro de la Cámara de Representantes y Presidente del Partido Demócrata de Puerto Rico. Está afiliado al Partido Nuevo Progresista y fue el undécimo Presidente del Senado en su país. Sus dos períodos en la Cámara de Representantes lo señalan como un legislador firme, enfocado en la búsqueda de vías de desarrollo económico y social para su Isla del Encanto.
Tan  extensa  y  clara  fue la respuesta  de  Rodríguez Colón a mi primera pregunta –relacionada con las opciones políticas que hoy ve para Puerto Rico–, que opto por la síntesis de su argumentación.
–Dos opciones políticas hay para Puerto Rico –me dijo–: la independencia o la estatidad.
El político antillano repasa los cambios que se han producido en la Isla siendo un Estado Libre Asociado, mediante el que ha quedado en una especie de limbo, envuelta en un estatus de dependencia de Estados Unidos, pero sin los beneficios que alcanzan los 50 estados que componen esta nación.
Rodríguez Colón se refirió a las enormes desventajas que tienen los puertorriqueños por no haberse convertido en el estado número 51 de Estados Unidos. “Los isleños nacen con ciudadanía estadounidense, tienen pasaporte de este país, viajan libremente por el territorio estadounidense. Sin embargo, no tienen derecho a votar por las instituciones del gobierno y la presidencia de Estados Unidos. De hecho, no constituyen una fuerza electoral a los ojos de los políticos de aquí”.
“La igualdad como ciudadanos americanos no se va a lograr hasta que no se obtenga la representación en el Congreso federal y el derecho a votar por el Presidente de la Nación y recibiendo las asignaciones de fondos federales como un estado más de Estados Unidos”.
“Se está ejerciendo una discriminación geográfica contra los ciudadanos americanos en Puerto Rico”, afirma, insistiendo en que la solicitud de reconocer la estatidad que su gobierno actual está reclamando a Washington, no es pidiendo un ‘bailout’, no es aspirando “a un rescate financiero para que el gobierno de Estados Unidos asuma la deuda”, sino con el propósito de “tener todos los derechos que tienen los otros 50 estados”.

“Somos el territorio que más tiempo ha estado en la condición que hoy tenemos, con 119 años, a pesar de que se ha votado por ser un estado más de Estados Unidos. En el caso de Alaska, después que en ese territorio se votara por la estatidad, sólo demoraron 13 años en obtenerla.
Puerto Rico, con el actual estatus político, mantiene un freno significativo a su desarrollo, entre otras cosas por “la falta de confianza de los inversionistas en llevar sus capitales donde el clima político no les asegure el progreso de su inversión. Los capitalistas podrían invertir mucho en Puerto Rico, una vez que se logre la estatidad”.
¿Qué piensa el pueblo de Puerto Rico sobre esta opción?
En varios referéndum, el pueblo de Puerto Rico ha votado mayoritariamente por la estatidad. Así fue en 1993, 1998 y 2012. Y en 2017, un 97% de los votantes, alrededor de medio millón de ciudadanos,  eligieron esa opción. Sin embargo, en el Senado de Estados Unidos no ha avanzado la idea, y menos ahora con la oposición de Trump a esa petición.
La conversación derivó al huracán María y sus terribles efectos para la Isla, con una conclusión inesperada para mí: la inequívoca influencia que ha tenido ese desastre natural en la mentalidad política de la ciudadanía, al relacionar la falta de mayor apoyo de Estados Unidos con no ser un estado más.
Rodríguez Colón compara la atención recibida por Nueva Orleans, al ser azotada por Katrina, con la actitud del presidente Trump y del gobierno estadounidense frente al huracán María. La conclusión es clara: “si fuéramos un estado más, el apoyo habría sido diferente”.
“FEMA tiene un programa de apoyo a la reconstrucción de instalaciones públicas en casos de emergencias. Ese programa formalmente pide un pareo de parte del gobierno estatal, para establecer el por ciento de ayuda. Puede pedir al afectado que ponga un 20% y se le ayuda con el otro 80%.  Los estragos que hizo Katrina en Nueva Orleans fueron de tal magnitud que hicieron una exacción total al estado y recibieron un 100% de fondos federales para su reconstrucción.
A Puerto Rico, donde el huracán María hizo daños más graves aún que los de Nueva Orleans, todavía FEMA no le ha dado la exacción del 100% y siguen en el debate de si lo aprueban o no.  
Yo no tengo la menor duda de que si Puerto Rico fuera un estado más de EE.UU., no estaría pasando por las dificultades que tiene hoy, no estaría esperando a que  se desembolsen los fondos federales. Aunque el Congreso ha apoyado asignaciones millonarias para Puerto Rico, el desembolso ha sido lento, pues le han  exigido a la Isla condiciones diferentes a las que se exigen a los estados.
¿La condición humanitaria no debería ser el enfoque de los gobiernos, independientemente del grado de prioridad que requiere la propia nación?
Yo no quiero cuestionar las posiciones humanitarias que hayan tenido las autoridades federales. Quiero partir de que esas existían y están presentes. Pero el resultado es que en Puerto Rico se han demorado mucho más, en un lento proceso burocrático que no tienen que padecer los estados. La única diferencia es que nosotros no somos un estado. 
¿Cual fue la acción del gobierno puertorriqueño frente al desastre del huracán María y en la recuperación del país?
Obviamente, el gobierno de Puerto Rico ha cumplido con todos los requisitos de información y  propuestas y ha presentado las evidencias que las autoridades federales nos han solicitado. También hemos reconocido los errores que se cometieron, porque realmente no estábamos preparados para un desastre de esa magnitud. 
 Ha pasado un año del huracán María y hemos avanzado en la recuperación. Se restablecieron las líneas eléctricas, el agua potable, las comunicaciones celulares, todas las gasolineras están abiertas.
¿Hasta qué punto la corrupción ha influido en la grave crisis económica que padece PR?
Es fácil mencionar la corrupción cuando no hay una explicación clara o cuando se está disgustado. Mira, han existido incidentes de corrupción, como ocurre en cualquier lugar. Lo importante, cuando eso ocurre, es que se investigue, procese y castigue a los culpables.
La criris tiene otras causas. No recibimos el 100% de fondos para el Medicare. Entonces el gobierno tiene que compensar con su presupuesto lo que no recibe de los fondos federales, para darle salud a la gente pobre. Así, el presupuesto está sujeto cada día a mayor presión. Es como estirar el chicle cuando ya no da más. Entonces se recurre al mecanismo de la deuda.
En realidad, hasta el año 2000, el gobierno se mantuvo dentro de los márgenes adecuados y utilizando los préstamos en obras públicas permanentes. Pero a partir del 2001 y 2002,  cuando los recursos no eran suficientes para sus gastos ordinarios, en vez de reducir los gastos comenzó a pedir prestado para correr el gobierno.
Encima de eso, el país tiene problemas, y no sólo porque no tenemos equidad con los fondos federales que reciben los estados. Te pongo un ejemplo: Según el Tax Police Center, el 44% de los americanos que viven en los 50 estados no pagan contribución federal. Sin embargo, tienen derecho al 100% de los beneficios federales. Es más, tienen derecho al Income Tax Federal donde, lejos del gobierno quitarle, más bien les da dinero.
En Puerto Rico no tenemos ese beneficio. La mayor parte de los puertorriqueños no paga contribuciones federales, porque los ingresos que se generan en la Isla están exentos de esos pagos. Pero sí pagamos los  impuestos sobre nómina, el Medicare, el seguro social, y, sin embargo,  no recibimos la igualdad de beneficios por nuestra condición territorial.
No queremos que el Gobierno Federal  pague la deuda acumulada que tiene Puerto Rico, que es sobre 70 billones de dólares. Lo que queremos es que se nos den los instrumentos que nos aseguren la estabilidad, para nosotros mover la economía. La base de los ingresos que vamos a recibir, cuando la economía comience a crecer, permitirá destinar una cantidad para el pago de nuestras obligaciones.

viernes, 21 de septiembre de 2018

Entrevista a Linda Friedman Ramírez (organizadora del primer Festival de Cine Latino en la bahía de Tampa)


Alrededor de la bahía de Tampa  se desarrollan dos festivales de cine cada año, los que ya han alcanzado reconocimiento en el mundo del llamado séptimo arte. Uno de ellos, el Gasparilla Film Festival tiene su sede en Tampa, mientras el Sunscreen Film Festival se celebra en Saint Petersburg. Ahora tendremos una tercera propuesta, con el “Festival de Cine Latino de la bahía de Tampa” (TBLFF), que tendrá su primera edición el próximo mes de octubre.
Para conocer algunos detalles sobre  esta nueva fiesta cinematográfica que disfrutaremos en la bahía de Tampa, la que, sin dudas, tiene una gran significación para  la cultura hispana y para la ilustración y entretenimiento en general, conversamos con su principal organizadora, la reconocida promotora cultural Linda  Friedman Ramírez.

¿En qué se inspira la fundación del Festival de Cine Latino de la bahía de Tampa?
En 2013 sugerí a Tony Armer, fundador del Suncreen Film Festival, la idea de tener también películas latinoamericanas. Ese año, mi galería patrocinó un premio en el festival. Continué trabajando con Sun-screen, que ha realizado un trabajo increíble por exhibir una variedad de películas. Luego tuve la idea de que un festival dedicado a películas latinoamericanas podría ser bienvenido en Saint Petersburg y ahora tenemos la suerte de darle apertura.
Háblame sobre los pasos que han dado –tú como directora y quienes te acompañan en el proyecto– para hacer posible la inauguración de este festival.
El proyecto comenzó identificando algunas películas claves que pudiéramos mostrar en el festival, invitando a algunos directores reconocidos de Latinoamérica y solicitando presentaciones a los productores.
 Lo más importante fue la colaboración con personas de la comunidad que tenían la misma visión sobre lo oportuno de este nuevo festival y que se entusiasmaron mucho en que trabajáramos juntos en la preparación del evento, la selección y solicitud de películas, los afiches y en toda la planificación del espectáculo.
El carácter latino de este festival de cine, ¿se dirige a la presentación de filmes que proceden de los países que conforman la latinidad, o se refiere al tratamiento de temas de esta cultura abordados desde la cinematografía?
  El festival ha estado abierto a cineastas tanto de América Latina como de los Estados Unidos, con la idea de que las cintas tengan una conexión con Latinoamérica, ya sea por el tema que tratan o por la ­ubicación de los cineastas
¿Qué cineastas hispanoamericanos estarán presentes en  el festival y qué relevancia ha tenido su obra?
Bueno, han confirmado su presentación muchos directores, actores, productores. Entre ellos se destacan la argentina Cecilia Atán, quien ha trabajado con los principales directores de su país y en el extranjero. Ha dirigido programas educativos y en 2016, su serie documental sobre  las Madres de la Plaza de Mayo. Su primer largometraje, “The Desert Bride”, se estrenó en el Festival de Cannes y ha tenido gran repercusión.
Viene al festival el mexicano Everardo González,  director, productor y director de fotografía, reconocido como una de las voces más fuertes en el género documental en América Latina. Su filmografía incluye  “Sequía” (2011) y “El Paso” (2015). Muchas de sus películas han sido premiadas en varios festivales. Su filme “La libertad del Diablo” fue galardonada con el Ariel al Mejor Documental el pasado junio por la Academia Mexicana de Arte y Ciencias Cinematográficas.
También tendremos a David Miranda Hardy, un reconocido cineasta chileno, quien ha enseñado en Chile, Cuba y Estados Unidos, donde es profesor asistente en el Departamento de Cine y Cultura de Medios en Middlebury College.  Su reciente miniserie para televisión “Bala Loca”,  fue nominada para un Premio Peabody 2018.
Anuncian a “Los sobrevivientes” (1979), un filme de Tomás Gutiérrez Alea, entre los que serán presentados en el Festival. ¿Habrá algún conversatorio alrededor de la obra del más reconocido de los cineastas cubanos?
 Desafortunadamente, como un festival de primer año, ahora habrá una cantidad limitada de tiempo para cubrir tantos temas como nos gustaría. Sin embargo, el camarógrafo principal de esa película, Mario García Joya, estará presente en la sala y podrá responder a  preguntas del público.
¿Habrá presencia de obras producidas en la bahía de Tampa?
Lamentablemente, no se presentan películas producidas en la localidad, pero seguramente las tendremos en venideros festivales.
TBLFF coincidirá con el Cuarto Festival Anual de las Artes de Saint Petersburg. ¿Qué apoyo han tenido para lograr impulsar esa gran fiesta del arte?
St Pete Arts Alliance amablemente incluye el Festival TBLFF, y en general, esto nos ayuda a promover el evento a un público más amplio.
Háblame sobre tu labor como gran impulsora del arte y la cultura en la bahía de Tampa      
He sentido admiración por el arte y el cine latinoamericano durante muchos años, tal vez desde los años setenta. Trabajé un tiempo para la Fundación Panamericana de Desarrollo en Washington D.C. y estuve muy relacionada allí con la cultura latinoamericana. Luego viajé un poco, antes de asistir a la facultad de derecho. Como abogada, trabajé con clientes de México y América Central durante unos 30 años y desarrollé un gran respeto por todos los pueblos de América. También, durante aproximadamente 4 años, fui propietaria y ejecutiva de la “Galería de la Serpiente Emplumada”, donde exhibieron una gran cantidad de artistas latinoamericanos, tanto de esta comunidad como de otras partes de Latinoamérica.

jueves, 13 de septiembre de 2018

Gabino Gutiérrez, el primer constructor de Ybor City


En el marco de celebración del segundo centenario de Vicente Martínez Ybor (1818-2018) –entre cuyos actos se destacó el celebrado en el Museo de Ybor City el pasado 7 de septiembre–,  es oportuno recordar a los grandes paladines que le acompañaron en la obra de crear una ciudad nueva, en la que no sólo se destaca el vigor económico que le imprimió la industria tabacalera, sino la fundación de escuelas, mercados, hospitales, iglesias, teatros y  toda la superestructura que  requiere un núcleo urbano moderno.
En ese empeño, un reconocimiento hay que hacer a quien tuvo el privilegio de medir, diseñar, encuadrar y decidir el rumbo de sus calles y edificaciones. En lo que iba a ser Ybor City, ese mérito corresponde a Gabino Gutiérrez, un español,  hijo de Cantabria, que es el primero en indicar a su amigo Vicente que existía un espléndido lugar en Florida donde trasladar su fábrica de tabacos.
Un día de 1885 llega Gabino a Cayo Hueso, frustrado por no haber encontrado alrededor de la bahía de Tampa las bendiciones que para el cultivo de la guayaba esperaba, según le había dicho su amigo Bernardino Gargol, quien dirigía en Nueva York una empresa dedicada a la producción de jalea y dulces de esa exquisita fruta. Antes de regresar a Nueva York, lugar en que vivía, decidió visitar al cercano Cayo Hueso, donde, entre otros amigos, residía Martínez Ybor.
En ese tiempo  el ingeniero civil Gabino Gutiérrez tenía 36 años. Nació en 1849  en San Vicente de Barquera, en las cercanías del Mar Cantábrico,  pero al hacerse joven, como tantos de su generación española, atravesó el Atlántico y desembarcó en la más grande de las Antillas, todavía fiel a la corona española.
 En Cuba vivió poco tiempo, pues al estallar la Guerra de los Diez Años, él entonces con 20, se embarca hacia Nueva York. Es allí donde completa sus estudios y se convierte en ingeniero civil, además de corredor e importador de productos españoles, lo que lo conecta a la amistad con Gargol.
Cuando llega Gabino a saludar a su amigo Vicente en Cayo Hueso, quiso el azar que allí estuviera también Ignacio Haya, otro español que tenía su fábrica de tabacos en Nueva York. Ambos industriales ­estaban buscando opciones para relocalizar sus fábricas, azotadas entonces por movimientos huelguísticos y, en el caso del dueño del Príncipe de Gales, también a riesgo de incendios en sus edificios de madera.
Por eso los dos industriales oyeron con tanta atención lo que les contó el joven santanderino: que alrededor de la ­bahía de Tampa había visto áreas  de tierras hermosas, que hasta allí estaba llegando el ferrocarril gracias a la obra de Henry Plant, quien estaba, a su vez, creando la infraestructura del puerto donde sería muy cómodo y rápido viajar desde Cuba y el Cayo, pero que, además, había una temperatura muy agradable –un clima como el de Cuba, dijo–, sin los crudos inviernos del norte y que, seguramente, era el lugar ideal para la fabricación de tabacos.
El entusiasmo que Gabino prendió en Martínez Ybor y en Haya fue tanto, que enseguida se embarcaron hacia la ­imponente bahía, donde llegaron acompañados del entusiasta ingeniero.
Una vez compradas las primeras tierras en Tampa, en octubre de 1885, comenzó la fiebre de la edificación. Naturalmente, al ingeniero civil le correspondió el trazado de las primeras calles, decidiéndose  porque éstas fueran de norte a sur y las avenidas de este a oeste.
Así comenzó Ibor City, donde Gabino Gutiérrez también construyó su casa y trajo a vivir a su familia, participando del fulgor inicial de la ciudad que él comenzó a construir. Aquí tuvo a su hijo Gavino y a sus hijas Aurora y Petronila.
Hacia la década de 1890, la población de Tampa creció considerablemente, gracias a la atracción de mano de obra para la industria tabacalera. Entre sus nuevos pobladores, cientos procedían de España, lo que determinó la necesidad de un cónsul de ese país en la ciudad. A Gabino Gutiérrez le correspondió, también, ser el primer representante diplomático de su país de origen en la ciudad floridana más resplandeciente de su tiempo.
Gabino Gutiérrez es una de las grandes personalidades que vivió en Ybor City a fines del siglo XIX. Su residencia estuvo en 1603 Este y 7.ª Avenida y en  parte de su propiedad se fundó el Centro Español. En este lugar vivió sus mejores años, sus triunfos y alegrías.
Con 69 años, al sentir amenazada su salud, la nostalgia lo hizo regresar a la tierra de la niñez. Un año después, en 1919, cerró los ojos en el San Vicente de la Barquera que lo vio nacer, pero casi cien años después Tampa lo recuerda, porque de ella aquel padre fundador es también un Hijo.


lunes, 27 de agosto de 2018

La Casa Oliva: un edificio histórico convertido en hogar


En los próximos días,  el hermoso edificio de Ybor City que  se identifica con el nombre de Oliva, comenzará a vivir una nueva etapa de su larga y hermosa historia, al inaugurarse como un complejo de confortables apartamentos donde podrán vivir 38 familias.
Situado en la esquina noreste de la Calle 19, al lado de la ancha Avenida Palm,  se yergue de norte a sur  con amplios ventanales rectangulares que enriquecen la entrada de la luz y el aire, como si la razón, que en otra época sirvió al reguardo de las hojas de tabaco, se propusiera hoy favorecer la vista y los pulmones de quienes comiencen a habitarlos.
Cuando, hace 130 años, los hermanos Evaristo y Robert Monné decidieron construir este edificio para fundar una fábrica de tabacos, sabían que con su obra contribuían al crecimiento de una ciudad que apenas estaba naciendo y cuyo levantamiento enriquecía el paisaje arquitectónico, laboral y humano con que Ybor City se hizo visible en el mundo. 

Ahora, que por primera vez el inmueble adquiere su condición de vivienda, a partir de la obra de urbanización, remozamiento y conservación que su principal inversionista, Ariel Quintela, le ha dado,  vale la pena asomarse a su historia, cuya pertenencia pueden asumir con orgullo no sólo sus nuevos residentes, sino todos los visitantes que se detengan ante su pabellón.
La edificación fue diseñada y construida, en 1888,  por C.E. Purcell, cuyo nombre vemos en otras obras de la época, como la fábrica de ladrillos de Vicente Martínez Ybor, concluida ese mismo año. De manera que es una de las fundacionales de una ciudad que en una década iba a contar con cientos de fábricas de tabaco, para hacerse famosa en la elaboración de puros con hojas traídas desde Cuba.
La fábrica  de los hermanos Monnet –que elaboraba el sello de tabacos “El Recurso”–, fue una de las más grandes en la década de 1890 en Tampa. Contaba con unos 45 mil pies cuadrados al inaugurarse y le fueron instaladas 1200 mesas de trabajo, por lo que cientos de operarios, en su mayoría cubanos, encontraron trabajo allí. Por esta razón, desde que a finales de 1891 José Martí comenzó a visitar la ciudad, en su arduo trabajo por la independencia de su país, entre los lugares que visitaba se encontraba este edificio. Aunque debió asistir varias veces a sus salas, a conversar con los operarios y alentar su cohesión en aras de una Cuba libre, hay por lo menos tres referencias escritas sobre estas visitas.  Una es el 13 de diciembre de 1892, cuando después de llegar a las fábricas de Martínez Ybor y a la de Emilio Pons (en 1702 y 5ª. Ave.) , llegó a la de Monné, donde pronunció un discurso en español y en inglés, lo que indica la presencia de ambas culturas en el lugar.
 En la Cronología sobre José Martí publicada por el investigador cubano Ibrahín Hidalgo, también se apunta la presencia de Martí en la fábrica de Monné el 22 de febrero de 1893, día en que también asiste a la de Pons, a la de Ellinger y a la de McFarland, así como a la de Martínez Ybor, la que mayor cantidad de cubanos concentraba.
El 25 de mayo de 1894, acompañado por Francisco Gómez Toro –el hijo del General Máximo Gómez–, volvió el Apóstol cubano a visitar este lugar lleno de historia.
Hacia 1899 el edificio pasa a otra propiedad, cuando lo adquiere la Compañía Manufacturera Cubana, que lo posee hasta 1902. A partir de esa fecha y hasta 1921, corresponde a José Lovera y Compañía, quien dio fama a la lujosa vitola “La flor de Lovera”. En la década de 1920 este edificio pasa por dos propietarios más, Cigar Company of Nordace (1924 a 1925) y Marcelino Pérez y Cia, que lo va a tener hasta 1941. Después estuvo en manos de López, Álvarez y Cia, parece ser que hasta iniciada la década de 1960, época en que también se les contrataba para la fabricación de la marca Swann.
A pesar de las diferentes firmas que operaron en este edificio en la fabricación  de tabacos, es el nombre de Oliva quien le distingue, seguramente por el tiempo que estuvo bajo la firma de su apellido, una de las más prestigiosas y permanentes en esta industria.  Entre 1980 y 1999 estuvo aquí la sede de Oliva Tobacco Co., hasta mudarse  a la calle Armenia.
Claro que llamar “Casa ­Oliva” al edificio que ahora comienza  a ser de apartamentos, no es sólo porque durante muchos años perteneciera a esta firma, sino también como homenaje a una estirpe de industriales del tabaco que ha contribuido durante más de ocho décadas al desarrollo de la ciudad de Tampa.
Ángel Oliva, de origen ­cubano, fue el fundador, en 1934, de esa compañía que conserva su apellido. En un momento en que decaía la industria que le dio tanta riqueza a Tampa, el nuevo industrial vino a imprimirle el aliento que  hacia la terecera década del siglo XX requería.    
Ángel Oliva, procedente de Cuba,  fundó en 1934 la firma  Oliva Tobacco Co., la que empezó a operar en la calle Franklin y en las últimas décadas radica en West Tampa, pero fue en este edificio donde radicó las últimas dos décadas del siglo XX.
El inmueble ha quedado registrado con su apellido, que ahora se mantiene en su nueva condición de vivienda, seguramente porque la historia que ha tenido y que sigue incrementando, es un símbolo de las relaciones entre Tampa y Cuba, no sólo porque albergó a  miles de trabajadores procedentes de la Isla, recibió a hombres ejemplares como José Martí y enriqueció su memoria con la firma del Sr. Ángel Oliva, cuyo nombre recibió una calle cercana al edificio, para honrarle como uno de los benefactores de la ciudad.


viernes, 10 de agosto de 2018

Ceremonia de graduación en la Universidad del Sur de la Florida


En la mañana del sábado pasado, 4 de agosto de 2018, tuve la enorme satisfacción de asistir a la ceremonia de graduación realizada en la Universidad del Sur de la Florida (USF), donde 850 estudiantes de diversas especialidades se reunieron en la espacioso instalación que ha sido hogar de sus equipos de baloncesto y voleibol, para recibir el ansiado diploma que acredita a cada uno de ellos con un título universitario.
No asistí al emotivo encuentro en nombre de la prensa, ni esgrimí credenciales de periodista para acercarme a la tarima a indagar por los detalles del evento, sino como padre de uno de los graduados. Con ello, disfruté desde mi asiento la panorámica total del acto, liberando la mente de cualquier compromiso que desviara el cauce natural de la emoción.
  La primera impresión que me sorprendió justificó el contratiempo para llegar, calibrando la masividad del encuentro: filas extensas de conductores pugnando por alcanzar la flecha en verde hacia la izquierda –en la intersección de las calles Fowler y Leroy Collins–, para llegar a tiempo a la convocatoria. Alcanzado un  sitio de parqueo casi de milagro, caminamos hacia la dirección indicada entre filas de personas que sonreían continuamente al privilegio de estar allí.

  Finalmente, llegué a uno de los diez mil quinientos asientos de la instalación, en el  tercer piso, junto a mi esposa, un hijo, una nieta, una nuera y una sobrina sentimental, es decir, mi familia. Si uso el posesivo –mi familia– es porque el núcleo duro de este reportaje lo quiero dirigir al significado que para la célula básica de la sociedad humana reviste un acto de esta naturaleza.
  Para llegar a la cita no anoté el edificio con su reciente nombre –Yuenling Center– sino Sun Dome, como todos le dicen aún. Ello me remitió involuntariamente al domus de los romanos, como si la asociación de palabras pudiera explicarme el peso de la familia en la celebración, recordando que para aquella civilización antigua este nombre no sólo identificaba un modelo de casa, pues incluía el patrimonio familiar y su implicación hereditaria. Ahora,  el amplio coliseo donde más de 800 estudiantes se alinearon en  tres bloques, luciendo el uniforme de graduados,  estaba escoltado por un ruedo de tres pisos donde miles de familiares contenían las  ansias esperando el pronunciamiento de su apellido. En el instante en que ese anhelo se convierte en realidad, mientras el joven recibe el certificado, el estallido del aplauso identifica la esquina donde está su familia, en cuyas voces y gestualidad se adivina la multiculturalidad que nos distingue y engrandece.
  Al pasear la vista por el enorme redondel, donde la alegría es uniforme, llama la atención la diversidad étnica y cultural congregada, como prueba de que alcanzaban un título universitario no sólo estadounidenses de diversa composición étnica, sino muchos procedentes de África, Hispanoamérica, Asia, Europa, en quienes, más allá del estatus social y económico, determinó la titulación el esfuerzo y talento con que se propusieron alcanzar esa meta.
  Sin negar las ventajas de quienes tienen un respaldo económico familiar más alto a la hora de matricularse en la universidad, quiero expresar la vivencia personal que me permite afirmar que las universidades en este país están abiertas a quienes se propongan llegar a ellas. El hijo, a quien fui  a acompañar en su graduación, pertenece a una familia inmigrante cuyos ingresos son limitados. Sin embargo, solicitó financiamiento  que le facilitó ir matriculando las asignaturas requeridas para la especialidad de Sicología, favorecidos semestre tras semestre con las buenas notas presentadas, lo que le ha permitido graduarse sin deudas. De hecho, durante los años en que ha asistido a la universidad, ha combinado el estudio y el trabajo para satisfacer sus necesidades. Sin una exigencia doctrinal detrás que le proclamara las ventajas de esta compaginación, el valor formativo de su experiencia es el mejor aval al mundo profesional que ha  de recorrer.
  Está bien que de la casa de familia, donde comienza la educación, vengan  los padres a la Casa de Altos Estudios, donde culminaron sus hijos el aprendizaje académico, a celebrar juntos la hermosa conquista que beneficia a  la sociedad.
  Con experiencias diferentes, tan ricas como sus procedencias, gustos, propósitos, en todo ese abanico cultural que tiene de común  el latido humano, esos centenares de estudiantes que ahora se graduaron en la Universidad del Sur de la Florida –como los miles que egresaron en otras– enriquecen a la persona, a la familia y hacen mejor el mundo en que vivimos.
  ¡Felicidades, magníficos jóvenes, por su graduación!




viernes, 20 de julio de 2018

Cuba en el centenario de la ciudad de Tampa


Por Gabriel Cartaya

  En 1955, la ciudad de Tampa celebró su primer centenario, pues fue fundada el 15 de diciembre de 1855, cuando la Asamblea Estatal de Florida aprobó la existencia de su Ayuntamiento, donde a Joseph B. Lancaster le correspondió ser el primer alcalde. Si en el momento fundacional contaba con poco más de mil habitantes, cien años después era una floreciente ciudad, con una rica historia construida, junto a los estadounidenses,  con presencia cubana, española, italiana y de otras procedencias étnico-culturales, representativas de una población cercana a  150 mil personas.
     De aquella población, unas 60 mil tenían raíces cubanas, por lo que las costumbres y tradiciones de ese país se mantuvieron vivas. Ello explica que en la organización de la Feria del Progreso con que Tampa rindió homenaje  a su primer siglo –entre otros actos conmemorativos–, la presencia cubana fuera tan destacada. A aquel evento, que se desarrolló entre el 1.° y el 16 de julio de 1955, destacados artistas cubanos vinieron a enriquecer ese espacio con sus obras.
 Recordar a algunos de ellos, contribuye a dar significado al vínculo histórico entre Cuba y Tampa.  La escultora Lilia Jilma Madera Valiente, considerada entre las expresiones más elegantes del neoclásico cubano, incluyó en su vasto currículo haber expuesto en la Feria del Progreso tampeña. Ella es la autora del famoso Cristo de La Habana –de 24 metros de altura–, del busto a José Martí ubicado en el Pico Turquino y relieves exquisitos sobre Miguel de Cervantes, Willian Shakespeare, Carlos Finlay y otras figuras.
  El destacado escultor Julio Fuentes Pino, mención  de honor en el  XXX Salón de Artes Plásticas del Círculo de Bellas Artes, La Habana, en 1948, fue otro artista cubano que viajó a Tampa  a celebrar su centenario. Asimismo, lo hizo  Raúl Milián Pons, uno de los pintores relacionados con el Grupo Orígenes,  presidido por José Lezama Lima, y quien realizó importantes exposiciones en Venecia, Sao Paulo, el Museo de Arte Moderno de Nueva York y en otros centros culturales.
  Una exposición colectiva que contó con obras de Eberto Escobedo Lazo, Juan Balco López, Julio Fuentes Pino, Juan López Conde, Juan Miguel Rodríguez de la Cruz y otros, se presentó en el salón de Tampa con el nombre “Pintura, escultura y artes aplicadas en Cuba”, durante toda la Feria del Progreso.
  En la revista Bohemia –que se vendía en las calles de Tampa cada viernes, a la misma hora en que llegaba a ciudades cubanas–, un artículo escrito por Herminio Portell Vilá daba a conocer que la presencia cubana en la Feria del Progreso de Tampa, con esta emotivas palabras:
 “Las industrias cubanas van a estar representadas en la Feria del Progreso, de Tampa, gracias a los esfuerzos de la Sociedad Colombista Panamericana y de la Co­misión Cubana Organizadora del Centenario de Tampa. Cuba también enviará colecciones de libros, de cuadros, de esculturas, de mú­sica grabada e impresa, de perió­dicos, de fotografías, de películas descriptivas, de documentos histó­ricos, etc, para llegar al corazón de los tampeños, los más cubanos de todos los norteamericanos, y demostrarles como les quieren y les recuerdan sus hermanos del otro lado del Estrecho de la Flori­da, que hace más de cuatrocientos años, cuando ni siquiera había Jamestown ni Plymouth, ya habían enviado a la bahía de Tampa a Gómez Suárez de Figueroa y a otros cubanos de la primera gene­ración de criollos que hubo en esta Isla”.
 En aquel ambiente preparatorio de las fiestas con que Tampa esperaba la celebración de su centenario, Bohemia también reeditó, el 26 de junio de 1955, un artículo titulado “Tampa”, publicado  en 1897 por Carlos Trelles en la revista Cuba y América, fundada y dirigida por Raymundo Cabrera. Es un testimonio insuperable de la vida cubana en Ybor City y West Tampa a fines del siglo XIX, cuando no había concluido la Guerra de Independencia, acontecimiento que se vivía en estas calles con la misma intensidad que en la Isla de Cuba. 
 Estos artículos de Bohemia y la enorme presencia cubana en la celebración del primer centenario de la constitución oficial de la ciudad de Tampa, especialmente en su Feria del Progreso, muestran la cercanía histórica que nos une y que seguimos cimentando. Seguramente, cuando en 2055 se celebre el 200 aniversario tampeño, el progreso que exhiba la ciudad será también celebración cubana y de todas las culturas que se han juntado en su realización.



viernes, 29 de junio de 2018

El poeta Rafael Alcides pasó a la eternidad


El poeta Rafael Alcides abandonó la vida el pasado 19 de junio. Había llegado a ella 85 años atrás, en el barrio de Barrancas –muy cercano al mío- a un paso de las primeras estribaciones de la Sierra Maestra. Aquel pequeño poblado del oriente cubano, partido al medio por una línea de concreto que hace vía a los viajeros entre Manzanillo y Bayamo, fue la antesala del ataque de Carlos Manuel de Céspedes a su ciudad natal, para convertirla, con el himno a su nombre hecho nacional, en la primera ciudad libre de Cuba.
  En el olor a mangos,  ­guayabas y ciruelas, frutas tan abundantes en Barrancas, combinado con la diversidad de la floresta y las aguas de un río, absorbió Alcides los primeros  motivos de su poesía. A su vera cursó los primeros grados, pero el barrio se le hizo pequeño para sus sueños de estudio y creación literaria y se fue a terminar el bachillerato, iniciado en Holguín, a la capital del país.
  La década de 1950, mientras en Cuba se producen los acontecimientos políticos trascendentes que culminaron en el triunfo insurreccional de 1959, Alcides está completando su formación y visión del mundo. Entre 1955 y 1961 transita por México, Estados Unidos, Argentina, Chile, Uruguay y Venezuela. Entre esos viajes, en Cuba es productor y director de programas de radio, a la vez que escribe poesía y prosa. Sin predilección por el terreno político, asiste a los primeros años de la Revolución con el entusiasmo que caracterizó a la mayor parte de su generación. Colabora en las instituciones culturales, especialmente con las más cercanas a su oficio de escritor. En 1965 obtiene mención en el Concurso Casa de las Américas con su novela Contracastro, aunque no es publicada.
  A fines de la década de 1960, aunque no está implicado en el llamado Caso Padilla, ni en otros del denominado Quinquenio Gris, cuando se llevó al extremo la interpretación del mensaje de Fidel Castro “Dentro de la Revolución todo; contra la Revolución, nada” y los comisarios políticos empezaron a buscar enemigos en cualquier verbo que pecara de ambigüedad ideológica,  el poeta prefirió alejarse de un entorno editorial que entonces no coincidía con la libertad de creación que animaba al artista. Él lo explicó con una frase: “La vida me ha enseñado que de repente el oleaje de los días te cambia el programa”.
  Hasta entonces, había publicado los libros de poesía Himnos de montaña (1961), Gitana (1962) y La pata de palo (1967).  A partir de entonces y hasta 1983, escribió copiosamente, pero dejó de publicar en Cuba, viviendo una especie de insilio, como a él le gustó llamar a esa marginación en la que se sintió flotar y que prefirió al discurso ­institucional complaciente.
 El escritor eligió, como apuntó Ernesto Santana en un artículo que le dedicó al saber su muerte, “un arte de vivir como poética”, pero en su credo íntimo frente al proceso político a cuya evolución asiste desde el prisma de su pensamiento crítico, ve con tristeza  “un país donde el porvenir ya pasó”.
 Con todo, cuando a fines de la década de 1980 baten aires renovadores envueltos en las palabras glásnost  o perestroika, regresa a las editoriales cubanas. Letras Cubanas le publicó en 1983 el libro de poemas Agradecido como un perro y lo reeditó en 1990. En 1989, aparecieron Y se mueren, y vuelven, y se mueren y, también de poesía, Noche en el recuerdo. Fue como un despertar y la nueva generación de poetas cubanos encontraron en él a un maestro, increíblemente dentro de ellos y desconocido.
 Pero el maestro, a pesar de publicaciones y premios, no resultó dócil al reclamo oficialista y siguió libre en sus versos. En un recital de poesía leyó:  “Todos los de acá/ somos exiliados. Todos. / Los que se fueron / y los que se quedaron./ Y no hay, no hay palabras en la lengua/  ni películas en el mundo/ para hacer la acusación: /millones de seres mutilados/ intercambiando besos, recuerdos y suspiros/ por encima del mar”.
 En la difícil década de 1990, Rafael Alcides se volvió a aislar, se volvió a insiliar. Rompió el silencio en 2009,  visitando España, donde publicó un libro, después de años sin entregar nada a editoriales. Regresó a Cuba, aunque su lenguaje, según confesó, “no era amable con el gobierno”.
 Después de aquel viaje a España, donde se admiró su obra, le publicaron otros libros  en aquel país: Libreta de viaje, 1962-2000, El anillo de Ciro, Un cuento de hadas que acaba mal y Memorias del porvenir. También vieron la luz los poemarios Conversaciones con Dios y GMT.
 A pesar de su lenguaje crítico frente a determinadas acciones gubernamentales, especialmente en torno a la llamada libertad de expresión, Alcides nunca quiso vivir en otra tierra que no fuera la suya. Allí escribió su hermosa poesía y su prosa, una obra que vivirá dentro y fuera de Cuba y crecerá, pues por encima de los vaivenes de la política, la legitimidad del arte la defiende.
    Las cenizas de su cuerpo, como quiso el poeta, se esparcen en el Barrancas donde nació, flotando entre el olor a mangos, guayabas y ciruelas, junto al rumor de la lluvia que entre los árboles canta el poema auténtico de su vida, mientras su espíritu se eleva en paz a la eternidad.