jueves, 16 de abril de 2020

Darnos la mano


La pandemia del Covid-19 nos ha caído encima tan inesperadamente y con tanta fuerza, que muchos hablan ya de un cambio del mundo a partir de esta época. Realmente, de un día para otro se interrumpieron milenarias costumbres y el ser social que somos, como nunca antes, se ha precipitado a un aislamiento que contradice la natural disposición a reunirnos a conversar, fiestar, ver deportes e, incluso, trabajar.
Alguien me contó que hace unos días, cuando instintivamente estiró la mano para saludar a un amigo en el mercado, éste retrocedió asustado unos  dos metros y sólo atinó a decir: Cuidado, no te acerques,  ¿cómo tú estás? En las redes sociales ha progresado un aviso nombrado ­#StopShakingHands, que en nuestro idioma significa “dejar de darse la mano”, pues sabemos que el peligroso virus puede compartirse con ese gesto de amistad.

También he leído en estos días varios artículos que intentan probar científicamente el peligro en que venimos incurriendo desde la antigüedad por la costumbre de estrecharnos la mano. En uno de ellos, procedente de la Universidad de Colorado, se afirma que en nuestras manos pueden asentarse un promedio de 3200 bacterias de unas 150 especies y quién sabe cuántas nos intercambiamos con ese hermoso saludo.
Nunca antes se habían publicado tantas sugerencias a abandonar este hábito, a tal extremo que algunos ya afirman que en el mundo ­postpandemia esta costumbre irá desapareciendo.
 Lo creo difícil, pues se trata de una reacción natural del ser humano en su relación con sus semejantes desde hace miles de años. En los jeroglíficos egipcios encontramos muestras de este gesto incluso entre los hombres y sus dioses. También hay diversas formas de este saludo entre los griegos y romanos de la época clásica. Se cree que en la Edad Media, de tanto oscurantismo, epidemias, asaltos y recogimiento social, el gesto se relacionó con el instinto de protección, pues al sostener la mano del otro podía evitarse que la utilizara para empuñar un arma. Un antropólogo mexicano me contó que ha encontrado esa misma reacción en comunidades actuales de su país. Pero no fue esa práctica quien le dio el sentido a la  costumbre que heredamos como una expresión de amistad.
 Aunque hay disímiles formas de saludarse en el mundo, según la diferentes culturas que lo habitan, darse la mano es una de las más difundidas. En ello, también se aprecian diferentes formas de practicarlo, con especificidades de género, rango  social,  edad, geografía, cultura. En Rusia las mujeres no acostumbran dar la  mano, pero los hombres son muy efusivos al hacerlo. Mientras en el Oriente Medio los apretones de mano son generalmente suaves, en Occidente –especialmente los latinos– se le imprime fuerza y movimiento a esa acción. Los coreanos, por su parte, sujetan con la mano izquierda el apretón que da la  derecha. En Liberia se concluye ese gesto con un choque de dedos.
El gesto cuenta, como toda expresión humana, con sus propias curiosidades, como el apretón de manos más largo de la historia, ocurrido en 2011 en Nueva Zelanda, que con treinta y tres horas y tres minutos alcanzó un récord Guinness. Detrás de esa misma marca, el inglés St. Albans dio la mano a diecinueve mil quinientas personas, una tras otra. A ese extremo no llegó ni el general Máximo Gómez, quien al entrar victorioso a La Habana, de dar tanto la mano provocó un sarcoma en la suya que, finalmente, lo llevó a la muerte.
En medio de la pandemia del coronavirus que ahora estamos enfrentando, se ha pedido encarecidamente no dar la mano y van apareciendo algunas variantes cercanas a ese saludo. Una de las que se va extendiendo es topar codo con codo (sin definición de derecho o izquierdo); otros chocan los nudillos de los dedos, lo que ya fue practicado en  Canadá frente a un contagio de gripe en 2009. Pero cuando pase esta tormenta viral que la ciencia finalmente derrotará, volveremos a darnos la mano, porque el gesto se ha afirmado en siglos de cultura como un símbolo de solidaridad. Así, “tienes mi mano” equivale a “tienes mi ayuda”, como hacen hoy miles de médicos, enfermeros, asistentes de la salud y tantas personas en el mundo. Cuidémonos hoy, para mañana, volvernos a dar la mano.



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jueves, 9 de abril de 2020

Carlos J. Finlay, un ejemplo de lucha científica contra las epidemias, también vivió en Tampa


Desde que se dio a conocer el tipo de coronavirus que produce el Covid-19, que con tanta celeridad ha expandido por el mundo la pandemia a la que ahora nos enfrentamos, cientos de científicos de varios países están enfrascados en conocer el origen y comportamiento de este virus y con ello orientar la respuesta médica que permita un eficaz tratamiento a los pacientes que han contraído la enfermedad, así como encontrar la vacuna que permita, finalmente, inmunizar a los seres humanos contra ella.
Aunque nunca antes se internacionalizó con tanta rapidez la respuesta de la ciencia frente al peligro de una epidemia bacteriológica, me permito recordar uno de los tantos esfuerzos que le antecedieron en la milenaria lucha del hombre frente a las graves amenazas epidemiológicas, no sólo como homenaje al talento, perseverancia, solidaridad y resultados del Dr. Carlos Juan Finlay, sino también como un modelo de entrega a la ciencia en beneficio del género humano.
 
Carlos Juan Finlay
Hoy se reconoce en el mundo el aporte de Finlay al descubrimiento de la vacuna contra la fiebre amarilla, infección viral transmitida por un género de mosquitos pertenecientes a los aedes  y haemogogus. Aunque la enfermedad era endémica de África, el trasplante de grandes cantidades de sus pobladores a América como esclavos hizo que en los siglos XVI y XVII esa epidemia se fuera generalizando en varios países de nuestro continente. Durante las guerras de independencia americanas, muchas tropas europeas fueron azoladas por este virus, causándoles a veces más bajas que los propios soldados libertadores. Así ocurrió también en Cuba a fines del siglo XIX, pues los europeos no tenían los niveles de inmunidad que las poblaciones afroamerindias habían adquirido.
A estudiar ese fenómeno se consagró el médico y biólogo cubano Carlos J. Finlay, siendo el primero en definir que el origen del contagio procedía de la picadura de un mosquito.  Quien llegó a ser un científico de renombre universal nació en Camagüey, en 1833. Estudió en Estados Unidos, graduándose de médico en 1855 en una universidad de Filadelfia.
Al regresar a su país, alcanzó notoriedad por sus propuestas profilácticas y sanitarias frente a una epidemia de cólera que se extendió hacia 1868. Sin embargo, apenas fue escuchado por las autoridades políticas de la Isla, quienes vieron en sus recomendaciones un ataque a su desempeño. (Esto nos recuerda la actitud inicial de autoridades chinas hacia el Dr. Li Wenliang, cuando al relacionar los síntomas de sus pacientes con un nuevo coronavirus  fue acusado de difundir rumores). 
Posteriormente, el esfuerzo investigativo de Finlay se concentró en el estudio del mosquito aeddes aegypti, al descubrir tras continuas pruebas experimentales  que este era el transmisor de la fiebre amarilla. Aunque desde la década de 1880 estuvo exponiendo su descubrimiento, no fue escuchado por la comunidad científica inmediatamente. Su hipótesis vino a ser aceptada en 1900, cuando una comisión estadounidense encabezada por el bacteriólogo Walter Reed confirmó rotundamente su veracidad. Aunque  entonces se disminuyó el peso del aporte del médico cubano a favor de enaltecer el trabajo de la comisión estadounidense, hoy se le reconoce mundialmente como el descubridor del agente transmisor de ese contagio. Ello permitió, en lo inmediato, que en 1901 se erradicara en Cuba y el Caribe la fiebre amarilla, aunque hubo que esperar hasta 1937 para desarrollar una vacuna contra ese virus. El mérito, entonces, correspondió al científico estadounidense Max Theiler, que pudo desarrollarla con el esfuerzo de la Fundación Rockefeller. Gracias a ello, aunque según la Organización Mundial de la Salud se producen anualmente unos 200 mil casos de fiebre amarilla en el mundo, sólo un 15% de los infectados se agravan y ponen en peligro su vida.
Pero me impulsó a escribir estas líneas para los lectores tampeños, saber que el extraordinario científico cubano y universal que fue Carlos J. Finlay también vivió un breve tiempo en nuestra ciudad. Su llegada a Tampa la dio a conocer Patria, el 16 de abril de 1898. En una carta enviada a aquel periódico por quien firmaba como ‘El Corresponsal’, informa que  “en el vapor que condujo a Tampa al General Lee, vinieron de la Habana gran número de cubanos conocidos”. Y entre los nombres menciona al Dr. Carlos Finlay, así como a Jorge Finlay (presumo que se trata de uno de sus tres hijos, llamado Jorge Enrique).
En un artículo que debemos a Jonathan Leonard, titulado “La vida de Carlos Finlay y la derrota de la bandera amarilla”, el autor afirma que Finlay “estaba ayudando a los rebeldes cubanos en Tampa” y que de aquí viajó a Washington con el propósito de ofrecerse como voluntario para la fuerza expedicionaria estadounidense que saldría para Cuba. Nos dice Leonard que el Inspector de Sanidad del ejército, su amigo George Stemberg, intentó disuadirlo, pero al no lograrlo lo nombró Subinspector General de Sanidad y con ese cargo desembarcó en Cuba el 22 de junio de 1898, contribuyendo desde ese puesto a la independencia de su país.
Al crearse la República de Cuba en 1902, Carlos J. Finlay fue designado Jefe Nacional de Sanidad, desempeñando ese puesto hasta retirarse, en 1909.  Murió a los 81 años, el 20 de agosto de 1915, legando a la humanidad una obra imperecedera en su lucha contra las epidemias. En honor al destacado científico, en 1946 la Confederación Médica Panamericana eligió la fecha de su nacimiento, 3 de diciembre, como  Día Internacional del Médico. Su ejemplo, en este momento que enfrentamos una peligrosa epidemia, es sumamente alentador.




viernes, 3 de abril de 2020

La solidaridad en tiempos del coronavirus


     Durante los últimos días, la humanidad ha estado pendiente de la extensión del coronavirus, el cual provoca el Covid-19 y ya está presente en casi todos los países del mundo. Nunca una pandemia fue más global ni tan rápida en cubrir cada uno de los continentes que habitamos. Cuando las primeras noticias sobre este virus alertaron que en una región apartada de China habían comenzado a morir decenas  de personas a consecuencia de este azote, no imaginamos que  tres meses después millones de ellas estarían aisladas en sus hogares, en Asia, Europa, América, Australia, África, modificando de un día para otro las costumbres más ancestrales de convivencia social.
 Quién nos iba a decir, en medio de las  fiestas con que nos deseamos un Feliz Año Nuevo, que miles de seres humanos –hasta hoy más de trece mil italianos, más de diez mil españoles, más de tres mil chinos, más de cinco mil en EE.UU.– no rebasarían el primer tercio del 2020, mientras decenas de miles están hoy ingresados en un hospital con la esperanza de sobrevivir.
Cada día, miles de personas salen a los balcones a aplaudir
a los trabajadores de la salud que luchan por salvar vidas
 En este tiempo, hemos asistido a diversas reacciones por parte de gobiernos y organismos mundiales, que intentan entender la magnitud del problema sanitario que atravesamos y emitir políticas para controlar esta  pandemia.
 En medio de la tristeza que genera la pérdida de un ser querido, el sobrecogimiento que desata la posibilidad de morir, el hastío que pueda derivarse del aislamiento social, o la ansiedad de un abrazo, hemos asistido en estas últimas semanas a actitudes de profundo humanismo, que encarnan lo mejor de nuestra especie en cualquier esquina del planeta. Entre ellas, merecen ser resaltadas, en primer lugar, las continuas muestras de devoción y entrega de miles y miles de médicos, enfermeros, técnicos de la salud y trabajadores en general de hospitales, ambulancias, servicios, que atienden a los enfermos aun a costa de contraer la enfermedad. Una de las noticias más dramáticas que he leído sobre una víctima del coronavirus, es la de una enfermera italiana –Daniela Trezzi, 34 años– que se suicidó al ser contagiada y temió infectar a otros. En El Clarín, se sintetizó el hecho: “Daniela, elevada a símbolo del sacrificio y la solidaridad porque vivía obsesivamente para salvar a los pacientes, eleva al martirio la muerte o el contagio de casi 5700 médicos y personal sanitario en los hospitales donde se combate en primera línea el coronavirus”. A ella y a todos los trabajadores de la salud, es el homenaje que se ha ido extendiendo por el mundo, a través de un aplauso que sale de los balcones y las puertas  de miles de hogares, diciendo gracias a esas generosas personas que luchan por preservar la vida de sus semejantes.
 Asimismo, cada día, como para aliviar el impacto que nos causa conocer el incremento del número de contagios y fallecidos, escuchamos  de conmovedores actos de solidaridad a través de los medios de prensa y las redes sociales. Una señora de más de 80 años, en San José de las Lajas, Cuba, oyó decir que las máscaras servían para evitar el contagio  e inmediatamente  se sentó frente a una vieja máquina de coser. A las pocas horas salió por el barrio, para que no quedara un vecino sin esa protección. Eso mismo estuvieron haciendo, tal vez a la misma hora, un grupo de voluntarios en el Chaco argentino, según dijo a la BBC  Carlos Leonelli, un ciudadano de allí: “Desde que se decretó la emergencia, se comenzaron a armar grupos de voluntarios en toda la provincia y hoy se están confeccionando barbijos en las casas”.
 En el barrio llamado Catuche, en Caracas, hay un grupo de “Madres promotoras de la Paz” que ayudan a los de la tercera edad para que no salgan de la casa. Ellas se ocupan de buscarle los alimentos y medicinas que necesitan, muchas veces compartiendo sus mismas reservas.
 En la India, ante el brote de coronavirus,  a través de Facebook se creó un grupo de voluntarios que brinda apoyo a los miembros más vulnerables de su comunidad. En una semana alcanzó el número de 5800 miembros.
 En España, José Ramón Andrés Puerta ha convertido sus restaurantes en cocinas comunitarias para ofrecer almuerzo a familias de bajos ingresos, a personas sin hogar y de la tercera edad. Es la misma conducta que en China tuvo Li Bo, quien acababa de comprar un restaurante en Wujam cuando se desató el coronavirus y no lo cerró cuando la gente dejó de salir a la calle, porque prefirió  llevar comida a los médicos y enfermeras que luchaban en los hospitales contra el temible virus.
 El Festival de Cine de Cannes, previsto para mayo, fue postergado por el coronavirus. Pero sus organizadores abrieron las puertas del Palais des Festivals, para que las personas sin hogar de la ciudad tuvieran donde refugiarse en los días que no debían estar en las calles.
De estos ejemplos pueden citarse miles y contienen más fuerza de contagio que el propio coronavirus. Esto nos salva. Cuando estamos más aislados unos de otros, en estos días en que nos vemos obligados a estar casi todo el tiempo en nuestras casas, nos damos cuenta con mayor claridad de cuanto nos necesitamos unos a los otros.  Si hemos descuidado por momentos la comunicación con el vecino, esta pandemia viene a recordarnos la magnitud de su presencia, cuando un saludo suyo desde la ventana o un balcón se convierte en el mensaje entrañable de la humanidad.

viernes, 20 de marzo de 2020

El Dr. José Molé nos habla del coronavirus


El Dr. José Molé nació para ser médico. Se graduó en Cuba, donde ejerció la profesión algunos años, además de ser prestigioso profesor de estudiantes de Medicina. Al llegar a Estados Unidos, se planteó y logró revalidar su título, cuya legitimidad se expresa cada día en el desempeño de su noble profesión y en el estudio permanente. En la actualidad tiene su clínica privada en 2931 W Hillsborough Ave, Tampa, FL 33614, donde recibe de lunes a viernes a decenas de pacientes –mayoritariamente hispanos– quienes  de la consulta salen agradecidos por su atención profesional, sensibilidad y jovialidad en el trato. Asimismo, a muchos he oído expresar el significado que ha tenido para ellos ver llegar al Dr. Molé a la sala del hospital donde han sido atendidos.
Ahora, cuando crece la preocupación por la rápida expansión del Covid-19, las respuestas del Dr. Molé a las preguntas que le hice sobre lo que ya es considerado una pandemia, son de notable interés para toda la comunidad.
Dr. José Molé
Hace sólo unos meses, nadie pronunciaba la palabra Coronavirus y hoy está en los labios de todo el mundo. ¿Cómo surgió esta enfermedad y se extendió tan rápidamente por todos los continentes?
Se cree que el Coronavirus (COVID 19) originalmente fue un virus presente en el reino animal, es decir, tiene un origen zoonótico, particularmente en los murciélagos. En febrero del 2020, los investigadores chinos  encontraron una mutación en este virus aislado en los pangolins (es un animal parecido al armadillo) que parece ser el hospedero intermediario entre los murciélagos y los seres humanos. Los pangolins son altamente apreciados en China pos su carne y también por las escamas que se utilizan en la medicina tradicional. Todo parece indicar que la epidemia se origina en un mercado de productos frescos (vegetales, carnes, pescados y animales no domésticos) en Wuhan, China.
El virus es altamente contagioso y se trasmite por medio  de las vías respiratorias, particularmente a través de las microgotas de saliva que son expelidas con el estornudo o con la tos. Como era totalmente desconocido se trasmitió de manera exponencial de persona a persona, quienes no sabían que estaban enfermos o que eran portadores de este virus. La gotas permanecen suspendidas en el aire sólo por un corto tiempo pero permanecen contagiosas en las superficies metálicas, el vidrio o el plástico.
 ¿Cuáles son los síntomas del Covid-19 y cómo diferenciarlos de una gripe o una alergia común?
Los síntomas del Covid-19 no son específicos y las personas infectadas pueden estar incluso asintomáticas o desarrollar los mismos síntomas de un resfriado común: fiebre, tos, malestar general, fatiga, falta de aire y dolores musculares.
¿Por qué el coronavirus es más peligroso –aunque no exclusivo- en las personas de la tercera edad?
Las personas jóvenes tienen un sistema inmune más ­potente, las personas mayores son más vulnerables porque tienen menos defensas. Además, si tienen otros padecimientos crónicos los riesgos son aún mayores.
¿Qué medidas podemos tomar para evitar el contagio?
Las medidas de prevención están basadas en buenas prácticas de higiene, lavarse bien las manos con jabón, evitar tocarse los ojos, la nariz y la boca sin haberse lavado antes las manos. Al toser o estornudar hay que ­cubrirse la boca con papel higiénico e inmediatamente desecharlo. Si la persona está infectada con cualquier virus respiratorio deberá usar una máscara en los  lugares públicos. Se aconseja el distanciamiento social y evitar las aglomeraciones.
El auto aislamiento en casa se ha recomendado para aquellos que son diagnosticados con el COVID 19 y para quienes están bajo ­sospecha de contagio.
¿Qué respuestas está dando la ciencia a la amenaza de esta nueva pandemia?
No existe actualmente un medicamento antiviral específico pero se está trabajando en el desarrollo de posibles medicinas. Todo lo que podemos hacer por ahora es prevenir las trasmisión.
Hay varias compañías privadas e institutos de investigación que están desarrollando vacunas. Hay también un programa internacional de cooperación y 3 posibles vacunas ya en desarrollo. Lamentablemente, los ensayos clínicos no estarán disponibles antes del 2021.
Ustedes, los médicos, enfermeras y otros trabajadores de la salud, están siendo los héroes principales en la batalla contra este enemigo común de la humanidad y ya se reportan varios casos de fallecidos enfrentando este peligro. ¿Cómo valora este servicio?
En realidad, los trabajadores de la salud son los verdaderos héroes frente a esta epidemia, enfrentando los riesgos de contaminación y hasta la posibilidad de morir. Los que escogemos esta profesión lo hacemos sabedores de que nuestro compromiso es curar al prójimo en cualquier circunstancia; el compromiso del médico es actuar siempre en beneficio del ser humano, y no perjudicarlo.
Dr. Molé, ¿qué significó para usted poder revalidad su título de Dr. en Medicina en Estados Unidos y ejercer la profesión a la que ha dedicado su vida?
Para mí fue un gran reto, un enorme desafío. La grandeza de este país es que te da la oportunidad de revalidar tu título. Todo depende del empeño y la perseverancia, de horas y más horas de estudio y dedicación para enfrentar los exámenes y después entrar al sistema de especialización. Pero después tienes la enorme satisfacción de integrarte al sistema y poder atender a nuestra comunidad, porque no hay dudas de que la comunidad hispana prefiere atenderse con un médico que hable el castellano para que la barrera idiomática no sea un impedimento a la hora de comunicarse con el médico.
¿Qué significa Tampa para usted?
Establecerme en Tampa me ha resultado muy gratificante, esta es una ciudad que está históricamente ligada a mi país, Cuba. Llegar a Tampa y ver en Ybor City los murales con los próceres de la independencia y poder visitar los lugares donde estuvo José Martí me ha resultado emocionante.
Yo vivo enamorado de esta ciudad que crece y se desarrolla vertiginosamente. Estoy infinitamente agradecido a nuestra comunidad por la confianza que depositan todos los que ponen en mis manos el cuidado de su salud.
Nota: El Dr. José Molé acepta casi todos los seguros médicos. Si usted está interesado en ser paciente suyo, puede llamar al teléfono 813-930 0930.






lunes, 24 de febrero de 2020

Entrevista a Nelson Gudín, comediante, poeta y escritor cubano


El poeta, escritor y comediante cubano Nelson Gudín nos visita en Tampa esta semana.  Tuvo el gesto de llegar hasta La Gaceta, donde hemos podido conversar con amplitud. Prácticamente todos los cubanos lo conocen por sus programas humorísticos en la television isleña, extendidos al mundo a través de Youtube y las modernas redes sociales. Muchos lo consideran uno de los mejores comediantes del  país, por la naturalidad, agudeza  y gracia con que ex- presa, casi con la inocencia campestre que proviene de sus orígenes, los problemas más complejos de la sociedad en que vive. Comienzo preguntándole por el seudónimo artístico con que hoy todos le conocen.
     Hoy la gente conoce más al Bacán de la vida que a Nelson Gudín.  ¿Qué te inspiró a elegir el nombre que más te identifica como  comediante?
En La Gaceta, Tampa. Foto de David Morales 
     No elegí el nombre, fue impuesto por el público. En mi pueblo existe la costumbre de apodar a ciertos personajes pintorescos: locos, borrachos consuetudinarios, mentirosos, cornudos, políticos, etc. Así se va insertando uno en el imaginario popular. Lo bueno de que un apelativo lo cree un grupo de personas, así, de forma espontánea, es porque han advertido en ti, instintivamente, un sello de autenticidad. Si eres igual a los demás, pasas inadvertido.
     Antes del  Bacán de la vida, ¿quién era Nelson Gudín?
     Un niño de campo lleno fantasías; había pocos niños en Durán: una aldea retirada de la Sierra Maestra, sin electricidad en aquel entonces. Después un adolescente común en Sevilla arriba: otra comunidad campesina hacia donde se fueron a vivir mis padres, con una vida social un poco más activa. Nada importante que contar. Y por último Bayamo. Allí fui con 14 años a estudiar, y tuve mi primer vínculo con la ciudad. Sin embargo, no podía desprenderme de ese aire retraído que todavía me acompaña. Por las características del trabajo que ejerzo, siempre me ha tocado enfrentarme a la soledad. Ando de pueblo en pueblo, en ciudades ajenas. Desde joven vivo como un extranjero, incluso en mi propio país. Bayamo, Camagüey, Sancti Spíritus, La Habana, Miami, etc.
     Durante los tiempos duros del llamado período especial en Cuba, tú andabas con tus proyectos literarios y teatreros itinerantes de la región oriental del país. ¿Qué fue lo más difícil para quienes intentaban hacer arte en aquellas condiciones?
     Lo más difícil fue salvarse. Y no hablo de la salvación física. Hablo de salvarse de los instintos más primarios que son los que afloran y, a veces, vencen. ¿Quién salva a Nelson Gudín Benítez? El poeta, el narrador, el hombre lleno de preocupaciones, de cuestionamientos éticos, filosóficos, políticos, morales... Me salvaron los libros, los míos y los de otros.
     El humor ha jugado un papel crítico con el poder político establecido en todos los regímenes, desde la antigüedad hasta hoy. Desde el entretenimiento, ha contribuido al pensamiento y mejoramiento de la sociedad en que actúa. ¿Cómo ves tu trabajo desde esta perspectiva?
     Siempre he tenido muy claro, como escritor y como humorista, que somos seres históricos y que la historia la mueven los políticos. Entonces, somos entes políticos. Yo cumplo con reflejar mi tiempo: sus contradicciones, sus ilusiones, frustraciones, aciertos. Y el futuro me va a juzgar por eso. Las culpas de nuestro mundo, de nuestra época, no la tendrán los cómicos, ni los pintores, ni los cantores. No me preocupa lo que puedan pensar los contemporáneos sobre mi papel o roll como artista. No me preocupan los críticos ni los poderes.
     En las últimas dos décadas, tu trabajo en la televisión cubana te ha convertido en una figura pública. ¿Qué espacios televisivos te han producido mayores satisfacciones?
     Todos,  los de Cuba y los de Miami. Asumo el trabajo con la mayor disciplina, respetando las políticas editoriales de los espacios para los que he tenido la oportunidad trabajar.
     ¿Qué papel has jugado en el Festival Nacional de Humor Aquelarre?
     He sido jurado en múltiples ediciones y también he participado como concursante.
También eres poeta y escritor. Háblame de tu obra literaria, tal vez menos conocida que tu labor de comediante.
     Mi literatura es mi vida. Yo soy lo que está en mis libros. Mis personajes humorísticos responden a una intención más inmediata de trasmitir una idea, o mover (con gracia) el pensamiento hacia ciertas zonas que la política deja al margen; pero mi literatura es una dimensión más elaborada de mis preocupaciones humanas. Hago poesía, narrativa, literatura para niños. Y he tenido la suerte de publicar algunas de mis obras.
     Sigues viviendo en Cuba, pero en Estados Unidos  te has creado también un público, esencialmente de origen cubano. ¿Qué significan para ti los viajes a Miami, Tampa y otras ciudades estadounidenses?.
     Tal vez deba responder con palabras del Maestro: “ Yo vengo de todas partes y hacia todas partes voy”. En Miami, y en los Estados Unidos en general, está la comunidad cubana más numerosa en el extranjero. Hay amigos, familiares, colegas. Yo disfruto mucho siempre que vengo, porque la gente me trata con mucho cariño y respeto. Y hablamos de literatura, de política, de los vivos y los muertos, de chismes de acá y allá. Siempre es una gran fiesta mi estancia en Houston, en Tampa, en Miami. Y también una guerra, porque no voy a todos los lugares que quisiera.
     ¿Qué otra experiencia internacional tienes?
     Aunque hay cubanos hasta en Singapur o Chipre, no he viajado mucho. Creo que los productores deberían explotar más esa ventaja que tenemos los cubanos de estar regados por medio mundo y crear una plataforma que nos permita llegar a la mayor cantidad de comunidades. He viajado poco, sólo a EE.UU., Dominicana y Venezuela. En los próximos meses tengo presentaciones en España e Italia y de seguro alguien se envalentona y me pide llegar a otras partes de Europa.
    ¿Qué piensas de las llamadas dos orillas de la cubanidad actual?
    ¿Dos orillas? Eso es un invento, una guerrita entre dos poderes, una conveniencia política, un negocio. Cubano es uno solo y no lo define nadie por ideología, raza, preferencia sexual o religiosa. La cubanidad está en los gestos, los hábitos, hay mucha historia desde que un español se revolcó con una aborigen, o una esclava, y hasta con su propia esposa y le nació el chama con carita de jodedor, para que venga alguien a hablar de orillas. Los más ilustres cubanos de la colonia vivieron y se formaron en Europa; después, en los Estados Unidos y más tarde, hasta en Rusia. ¿Y quién los cuestiona? Cuba lo que tiene es costas, no orillas.



jueves, 13 de febrero de 2020

El recuerdo de una habitación (cuento)

  El hombre es el recuerdo de una habitación, dijo el doctor Carlo Fell y en una tarde de ron palabrero me pareció mejor que lo del bípedo implume del griego, porque la ubicación en el ascenso biológico fue remitida a la compleja combinación cerebro-corazón, donde no puede caber gato por liebre si un sofista te muestra un pájaro encuero, con la ocurrencia de que ese es el hombre de Platón. Yo, atrapando el concepto, intenté despejar la abstracción abriendo rumbos al filosofar y dios sabe cuántas tesis etílicas habríamos armado, si al canto no hubiera estado el profesor Valentín Gutiérrez. Pero estaba allí, decidor, con su alegría contaminante y más que al tratadismo, se inclinó a la confirmación existencial. Dígame, doctor, ¿usted tiene una prueba para tan atrevida sentencia?, ¿no estará sobredimensionando la experiencia de un cuarto?
  La interrogante dio en el clavo. ¿Era su secreto lo que quería contar el doctor Carlo Fell?, ¿o la circunstancia lo atrapó al descubierto, creándole por primera vez la atmósfera de destapar un viejo recuerdo? Porque quedó pensativo, como desembrujando la aparición más sobrecogedora de un sueño que despertaba en la realidad. Y todavía, por la agudeza con que aquietó algún tabú, al decir en voz baja: de todos modos, la santa ya está en el cielo. Entonces cobró fuerzas para contarlo.
  Su nombre era Gregoria. Llegó a Manzanillo con treinta y un años de estreno, en una de las primaveras más milagrosas del milenio. Tal vez, por eso,  en muchas tardes aparece hasta en el agua de tomar. Nada es mejor, para una conquista de mujer, que un aguacero prolongado. Yo me echaba a la lluvia desde que reventaba la primera nube y ese día habría seguido hasta la última gota, si mis ojos no se hubieran encandilado con el relámpago de aquella diosa. Ella apenas se había humedecido, porque el cántaro de agua la encontró en un atrio vacío. Parecía una gacela acorralada, con el cuello estirado y la mirada temerosa, pidiéndole al cielo que escampara.  Salté a su lado, con las palabras ¡qué aguacero!, en el lugar donde albergaba ¡qué mujer!
“La tormenta” (1880). Pierre Auguste Cot
  Tres horas después, cuando la lluvia de palabras había sobrevivido a la del agua y  sabía una parte de su vida, caminamos, salpicándonos en los charcos de la calle, yo ansioso, nerviosa ella, a la habitación 322 del hotel Casa Blanca. Llevo tres días hospedada, dijo, con el argumento de estar cerrando la compra de una casa en la ciudad. Desde el zaguán, yo venía admirándola, deteniéndome en su estatura mediana, delgada, en la piel arisblanca, en los ojos de mar y el pelo largo tendido a pocos centímetros de las nalgas redondas, dibujadas hasta la adivinación detrás de la tela negra del vestido; en la redondez de los muslos, las curvas del pubis, los senos de punta detenidos por el sujetador, la boca grande, toda Gregoria, que fui envolviendo de palabras, miradas, ganas,  mientras ella abría más pedazos de su camino:  que venía de la costa,  por la orilla del mar, donde diez años atrás se había casado con amor; que el flechazo de entonces tuvo la fuerza de desviarle la vocación, renunciando a una escuela normalista donde se  habría hecho maestra. Pero yo, más que en el sentido de las palabras iba fijándome en la horma jugosa de su boca, cuando ella  atajó mi primer impulso en la escalera hacia la habitación.
  El desenfado con que cerró la puerta no supe acoplarlo con la confesión aún caliente: en mi alma ha existido un solo hombre y lo traigo conmigo. Contuve la agudeza ¿y en tu cuerpo?, pues la evaluaba con el machismo de la tierra, por alcanzarme un aguacero  –largo, verdad– para rendirla. El final de la confesión resultó más inquietante, pues en lo de traerlo consigo flotaba un peligro inminente, cuando el adulterio se espantaba a machetazos. Desmandé, al vuelo, mi deje natural a lo hipotético: lo había traído a la ciudad y aprovechando una ausencia temporal, me colaba en el lecho.  Alea jacta est, me animé y ya iba a aflojar el pantalón, por la espina del poco tiempo, cuando cerró mi gesto y abrió, sin miedos, la ventana del balcón, respirando un chorro de aire húmedo, con cuya fuerza dijo: Dios sabe cuánto lo quise. Levanté la hipótesis errada y permanecí acechante, mirándola embelesada, con sus ojos no atentos a la tarde en fuga, ni a mis ojos buscándola,  sino a la mesa del cuarto donde tenía un neceser cuadrangular y un búcaro de príncipes negros.
  Bloqueándola con la mirada,  armé la segunda conjetura:  lo traigo conmigo remitía su presencia al espacio del alma, con lo que quedaba  desechado el posible adulterio. Disipado el riesgo de los triángulos, respiré hondo, alabando el campo abierto a la posesión, sin peligros cuando nos perdiéramos en la cama, donde llegamos con la luz del anochecer.
  Ningún ser nacido ha definido las palabras exactas que definen el tempo feliz. Fue aquella habitación,  el summun  del acoplamiento, el espasmo de la penetración, el intercambio de la posesión. No voy a  contar la sensación de verla desnudarse con mis manos, perdiéndonos en la boca del cielo, ovillada a mi cuerpo al tenderla en el reino de la sábana blanca. Todos los nervios, sangre, músculos, células y poros de los cuerpos sumados, hechos órgano penetrante y penetrado, engarzados en el delirio de venirse arriba, de venirse abajo, con las palabras, escalofríos, temblores, suspiros, mordeduras, mugidos, torcedura, ternezas y estiramientos del derramamiento desbravador.
  Cuando la respiración volvió a su lugar, percibí el primer ataque de ese brujo inapresable que se llama amor. Lo adiviné cuando las yemas de mis dedos rebasaron la ruta tibia de su espalda, queriéndola absolutamente para mí. ¿Será únicamente mía?  ¿Alguien más podría dibujarla? Sin cachazas para la duda, desaté el nudo de la garganta: ¿Por que dijiste, amor, que al hombre de tu vida lo traes contigo? Me miró compasiva,  se oprimió los ojos con la punta de los dedos, como exorcizando la visión de un espíritu en la madrugada. Entonces los fijó otra vez en la mesita del cuarto, donde un rayo de luna semejaba el capricho de una forma humana en la tapa del neceser. Entonces dijo, muy despacio: ¿Ves ese cofre sobre la mesa, forrado de tela gris?  Es mi marido. Murió hace tres años y no quise dejarlo en el cementerio de allá. Y, como al fin presiento que no me iré de esta ciudad, en cuanto amanezca lo llevo al Campo Santo, a que descanse en paz.
  *Tomado de mi libro De ceca en meca. Editorial Betania, Madrid, España, 2010. Si desea obtener un ejemplar, puede conectarse con el autor (gcartaya@lagacetanewspaper.com).

martes, 31 de diciembre de 2019

¡Feliz 2020 a todos!


     Probablemente el vocablo más reiterado durante la Navidad y advenimiento de un nuevo año sea el sustantivo abstracto felicidad, sea en singular, plural u otra de sus variantes gramaticales (feliz, felicitar, felices, felicitación).
     Para la academia de la Lengua Española esa voz indica el “estado de ánimo que se complace en la posesión de un bien”, sin especificar si el mismo es de índole material o espiritual, seguramente porque el nivel de satisfacción adquirido a que remite el “mataburros” corresponde a la naturaleza de cada quien. La Academia agrega otras acepciones como experimentar gusto, contento, satisfacción, suerte, gozo, identificadas con la sensación de felicidad, aunque tampoco define su temporalidad.
     Es evidente que el alcance de una meta deseada produce en el ser humano una especie de regocijo que se identifica con la felicidad, especialmente cuando el objetivo cumplido tiene un relieve personal y mejor si conlleva un alcance colectivo.
Jan Havicksz. La familia feliz
     A pesar de estas digresiones generales, en la conceptualización de una palabra que en su origen latín se pronunciaba felicitās-ātis,  según la asunción de cada quien hay tantas variantes como personas. Para algunos la felicidad no existe, sino solamente momentos felices. Otros tocan el extremo de no reconocer siquiera la posibilidad de esos instantes.
     De la multiplicidad de opiniones, han surgido refranes para avalarlas. “La felicidad es como un eco, contesta pero no viene a nosotros”, dicen algunos, incapaces de aprehenderla. Otros, más cuidadosos, han comparado a la felicidad con los relojes, al creer que “los menos complicados, son los que menos se estropean”.
     Aunque no hay sabios con poder suficiente para determinar si existe o no la felicidad, es oportuno oír la voz de figuras relevantes del pensamiento universal, al pronunciarse sobre esta condición. La sagacidad de Aristóteles fue grande al afirmar, hace más de 23 siglos,  que “sólo hay felicidad donde hay virtud y esfuerzo serio, pues la vida no es un juego”. Benjamin Franklin entró al siglo XIX entendiendo que  “La felicidad humana generalmente no se logra con grandes golpes de suerte, que pueden ocurrir pocas veces, sino con pequeñas cosas que ocurren todos los días”.
     Filósofo al fin, Jean Paul Sartre sintetizó esta cualidad con un inteligente juego de palabras: “Felicidad no es hacer lo que uno quiere sino querer lo que uno hace”. Parece que Voltaire no tenía claro dónde encontrarla, pero sabía que existía, por lo que la comparó con aquellos borrachos que no encuentran su casa, “sabiendo que tienen una”. Albert Camus fue más perspicaz, al hacerla depender de uno mismo: “Puede que lo que hacemos no traiga siempre la felicidad, pero si no hacemos nada, no habrá felicidad”.
     Con todo, me quedo con la profundidad insustituible de los poetas y grandes escritores. “Ayudar al que lo necesita no sólo es parte del deber, sino de la felicidad”, nos advirtió José Martí, quien también identificó el ser feliz con la apropiación cultural y el ejercicio de la libertad del individuo. Gabriel García Márquez, con la belleza poética de su prosa y buceo insondable del ser humano, comprendió que “no hay medicina que cure lo que no cura la felicidad”.
     No existen recomendaciones para ser feliz, pero si  me fuera dable sugerir algún atajo que nos acercara a ella, no dudaría en afirmar que en las relaciones interpersonales positivas descansa su fuente de mejor caudal. Sé que algunos han alcanzado el capital monetario que se propusieron, sin conseguir la armonía dentro del hogar; que otros han subido al carro del poder político sin la sinceridad de un amigo, que aquel llegó al estrellato farandulero sin un verdadero amor y, al final, dinero, poder y fama se desvanecieron, sin legar algo trascendente siquiera a la familia y la amistad.
   Sé, y agregaría a la sugerencia, que en la lectura de un poema, en la arena y el sol, en la noche profunda y el silencio, en la bulla del gentío, en la espuma de una cerveza, en la risa y la meditación, en la mano extendida y el abrazo, abunda la felicidad.
   Felicidades a todos en el veinte veinte que ya está con nosotros y en el que, obrando bien, se hace espacio a la dicha.