viernes, 29 de mayo de 2020

Desde una playa de Sarasota


Parecía que todos, más que a celebrar la inminencia del vigésimo verano del siglo, se hubieran precipitado a las aguas del mar a regocijarse por la añorada culminación del confinamiento a que una terrible pandemia nos ha obligado durante casi toda la primavera. Si esta vez la estación de las flores no pudo ser aplaudida en grupo, porque el “quédate en casa” se convirtió en el único antídoto seguro contra el contagio, adelantaríamos el saludo al verano atendiendo al instinto más que a la ciencia, protegidos por el resguardo ancestral de todos los dioses de las aguas. Sólo desde esta mística podía entenderse que tan abruptamente nos deshiciéramos, de un día para otro, de las mascarillas, saludos desde seis pies, líquidos antisépticos, para abrazarnos  entre amigos y rosarnos con muchos desconocidos, como si con ello pudiéramos resarcir dos meses de atraso en la milenaria costumbre social de interrelacionarnos.
Mi asistencia a este milagro se produjo en una hermosa playa de Sarasota –en la Florida estadounidense–, durante el fin  de semana que se alargó al lunes, por coincidir  ese día con el homenaje a los que han ofrendado su vida envueltos en la bandera de esta nación. El recuerdo a los caídos, esta vez  llegó junto a la decisión política de comenzar a abrir el país a una gradual normalidad de su vida económica, aun cuando las más prestigiosas voces científicas aconsejan no descuidar un prudente distanciamiento social hasta que una vacuna pueda protegernos del virus que está azotando a la humanidad.
Si bien la ciencia tiene el poder de aconsejar desde la razón, son los políticos quienes han alcanzado la facultad de aprobar las disposiciones que rigen el comportamiento social. Y esta vez, a partir de la máxima jerarquía ejecutiva del país, las medidas de desconfinamiento han dado prioridad a la influencia que puede tener en la aceptación del liderazgo una pronta recuperación de la economía. Una vez indicadas las normas a seguir, la apertura de las playas  –entre otros lugares– marcaron el lugar del reencuentro público, con la esperanza de que las olas salobres y la gracia de los dioses nos vacunen por adelantado.
Siesta es la gracia de la playa a que acudí con parte de mi familia y es también el nombre del cayo, pegado a Sarasota,  donde la ribera se alarga con más de cuarenta hectáreas de aguas cristalinas y una arena blanca que proviene esencialmente de infinitos corales pulverizados. Al estar considerada una de las mejores playas de Estados Unidos –la mejor, ha sido bautizada por muchos– es lógico que los hijos de sus pueblos vecinos, donde está Tampa a sólo una hora, la visiten y aplaudan. A ello contribuyen sus amplias posibilidades de parqueo gratuito, la facilitación de muelles para quienes llevan sus botes, las ofertas de hospedaje y restaurantes y, en especial, la impresionante belleza del lugar.
Pero Siesta, esta vez, fue mucho más que una playa de recreación. Fue el lugar ­elegido por miles de personas que durante más de dos meses alimentaron la esperanza de salir de su casa y adentrarse en un torbellino de gente liberada. Allí, tuve la impresión de que esas personas abandonaban por un instante las noticias que acercaban a cien mil las muertes producidas por el Covid-19 en Estados Unidos y a más de un millón setecientos mil los contagios. Y, más grave aún, olvidábamos por un instante las recomendaciones científicas sobre la gravedad de la pandemia creada por un virus que no se conoce suficientemente y contra el que no tenemos todavía la vacuna protectora.
La playa, de todos modos, fue un canto a la esperanza, un aferramiento a la fe que desde los ancestros acudieron a los poderes sobrenaturales, al mar, el sol o las estrellas, para que nos explicaran antes que la ciencia el destino de nuestras vidas.
En la petición más abrumadora ante esas fuerzas inconmensurables, el sacrificio humano a los dioses fue una de las más terribles. En Cartago inmolaban niños para complacer a esas divinidades. El ritual capacocha de los incas ofrendaba la vida de niños menores de 12 años a sus deidades para que su ira no fuera a desatar una plaga devastadora.
En esa edad estaba una niña que entristeció la tarde del domingo pasado, en la playa de Sarasota, al ahogarse delante de todos, sin que nadie se diera cuenta.  Miramos sobrecogidos hacia la camilla donde, en vano, los paramédicos intentaban volverla a la vida. Pero ahora, ni siquiera tenemos el consuelo de justificar la aparente naturalidad con que se regó por la arena la tragedia, con la ilusión de que ese inmenso sacrificio venga a salvarnos de la pandemia terrenal.
Si así fuera, una esperanza imaginaria, como un conjuro, justificaría el abandono repentino  de la distancia social y de las mascarillas recomendadas con sensatez. Con todo, lo prudente es confiar en que pronto la ciencia encontrará la verdadera solución.

jueves, 7 de mayo de 2020

De la “gripe española” al Covid-19


    Es famosa la frase bíblica del rey  Salomón: “No hay nada nuevo bajo el sol”. El tercer y último monarca del reino unido de Israel construía  una metáfora para significar la repetición de los sucesos en la historia y, a su vez, extraerle provecho a sus enseñanzas.
Ahora, cuando la humanidad es golpeada por el efecto de un virus que ha trastocado de un día para otro las normas sociales con que concebimos la vida, memorizar cómo se enfrentó un hecho semejante del pasado, no es un acto infructuoso.
Varios medios de prensa se han referido en estos días a la llamada “gripe española” que, hace justamente un siglo, contabilizó millones de muertos en el planeta. Aunque las cifras varían en las publicaciones, el número de fallecidos fue superior a los 50 millones y muchas fuentes afirman que desapareció entre un 3 y un 6% de la población mundial. Se cree que sólo en las primeras 25 semanas, aquella pandemia que se expandió entre 1918 y 1920 exterminó a 25 millones de personas.
Las mascarillas de un siglo atrás, para protegerse de la "gripe española".
Aunque aquel virus no nació en España –se conoce como “gripe española” porque fue la prensa de allí quien lo dio a conocer–, ese país fue uno de los más afectados, pues reportó más de 200 mil fallecidos y más de 8 millones de contagiados. En China fue letal y se cree que perecieron alrededor de 30 millones de personas y diezmó a un 35% de sus soldados.
En Estados Unidos, que es donde se conoció el primer caso –un cocinero del ejército, en Kansas– murió más de medio millón de personas. Cuando la epidemia comenzó a extenderse en campamentos militares estadounidenses, muchos advirtieron al presidente ­Woodrow Wilson sobre el peligro epidemiológico que provocaría el traslado de tropas a Europa, pero se concluyó que esa noticia podría beneficiar a la entonces Triple Alianza –Alemania, Austria-Hungría e Italia–, derrotada aquel  mismo año. Hacia mediados de 1918, cientos de miles de soldados estadounidenses desembarcaron en Europa y muchos  de ellos eran portadores del virus. Así, la gripe fue pasando rápidamente hacia Francia,  Inglaterra, Italia y España, que siendo un país neutral no se vio obligado a ocultarla a la prensa.
De manera que la primera enseñanza tiene que ver con la movilidad, sea esta militar o civil. Por mucho trabajo que nos cueste cumplir con la consigna de “quedarse en casa”, sabemos que es la única vía de detener la expansión del contagio, mientras no exista una vacuna que nos inmunice contra el virus.
Aquel desastre se produjo cuando estaba concluyendo la Primera Guerra Mundial y aunque no es considerada un efecto de la misma, está claro que contribuyó a extenderla por el mundo, con los permanentes movimientos intercontinentales de las tropas.
En América Latina, los países que más muertos reportaron fueron Colombia, Venezuela y Argentina, con miles de casos en cada uno de ellos. En la India las víctimas mortales sobrepasaron el millón de personas, al igual que en el continente africano. Aunque las cifras informadas son sobrecogedoras, si tenemos en cuenta la endeblez de los servicios sanitarios de la época, la falta de comunicaciones y de datos fidedignos en extensos territorios, seguramente la mortalidad causada por aquella enfermedad –registrada como influenza A del subtipo H1N1– fue extraordinariamente mayor.
En aquel momento, Tampa fue tremendamente afectada y particularmente Ybor City y West Tampa, pues el virus encontró en las fábricas de tabaco un lugar idóneo a la propagación del virus, por la aglomeración de obreros en las salas de trabajo, la ­endeblez del sistema sanitario y la falta de medidas enérgicas para aislar a las personas. En esos días, miles de tampeños enfermaron y muchos fallecieron. Los hospitales no eran suficientes y hubo que crear nuevos en medio de la pandemia, como uno que se improvisó en el parqueo de Tampa Electric y otro de carpas en en el patio de Hillsborough High School. Asimismo, a través de la Cruz Roja, decenas de mujeres de la ciudad se ofrecieron como enfermeras, un ejemplo de solidaridad que hoy vemos repetirse.
Para enfrentar la pandemia de 1918-1920 no hubo vacuna. Hubo que esperar más de diez años para iniciar los estudios que la hicieron posible, lo que vino a ocurrir en la década de 1940, ya frente a otra Guerra Mundial. Ojalá y esta vez, cuando se perfila una propaganda contra China por atribuírsele responsabilidad en el origen del Covid-19 –de factura más política que científica–, no sea una nueva  guerra el ­desenlace de esta crisis, pues provocaría más muertes y sufrimientos que el virus.
Hoy la humanidad está más capacitada para enfrentar un virus que en 1918, por el avance de la ciencia y la rapidez en estudiar y encontrar soluciones ante esta amenaza, pero es útil mirar lo positivo y negativo que se hizo ante un hecho semejante y de él aprender.
Como en  1918, hoy se han derivado interpretaciones e información falsa sobre la pandemia y las más dañinas proceden de quienes aprovechan la lucha contra el virus para sus aspiraciones políticas. Si la que entonces llamaron “gripe española” también fue bautizada como “enfermedad bolchevique” o “plaga alemana”, hoy oímos llamar “virus chino” al mal que nos azota. De la historia se aprende, pero también se desaprende. Pero son los que aprenden quienes la impulsan adelante.






miércoles, 6 de mayo de 2020

Richard Muga: el fracaso no es una opción (entrevista)


Publicar una entrevista con el abogado Richard Muga en La Gaceta, el año en que arriba a los 80 de edad, es un imprescindible homenaje a quien ha dedicado una larga vida al servicio de nuestra comunidad, especialmente desde su profesión de abogado. Asimismo, nos honra dedicar un espacio a quien ha estado vinculado a esta publicación  durante décadas, desde su temprana amistad con Roland Manteiga hasta la actualidad, en que escribe una columna para sus páginas. 
La historia de un hombre que llegó adolescente a EE.UU. y con su esfuerzo se convirtió en un prestigioso abogado, es un ejemplo para los jóvenes que hoy se enfrentan a sus propias aspiraciones.  Pero será mejor que este cubano-tampeño, inteligente, perseverante y bondadoso, nos hable de él.

¿Cuáles son los recuerdos más vívidos de su niñez en el pueblo de Morón, Cuba?

Morón en mis recuerdos es un pueblo alegre, con rica agricultura y grandes  campos de caña e ingenios azucareros. Tambien tengo recuerdos de mi familia y los viajes anuales a la playa de Las Tinajas, donde teníamos una casa.

¿Qué circunstancias  determinaron que usted, con 15 años,  llegara a Estados Unidos en 1955?

Yo pasé al Instituto de segunda enseñanza con un año de adelanto, a través de un examen de admisión. Después de los primeros cursos comenzaron los paros de clases, debido a los altercados revolucionarias que comenzaban. Los apagones de luces, las amenazas de tiroteos, de lanzar veneno por el aire acondicionado de los cines, crearon un ambiente que me hizo pensar que nunca podría terminar mi educación en Cuba.


¿Cómo fueron los primeros años en Estados Unidos?

Unos amigos de mi familia, Harry y Kitty Hutson, habían comenzado una empresa de cultivo de  arroz en la región. Después de escucharlos hablar sobre este país, decidí que mi futuro estaba aquí. Traté de convencer a mi familia y al principio se negaron a darme el permiso. Pero había un estadounidense –Frank Gil– que tenía negocios con Cuba y era bien conocido por mi tío, el Dr. José (Pepe) Pardo Jiménez, entonces senador y ministro de Obras Públicas. Cuando la esposa de mi tío hizo una visita a Tampa en compañía de Frank y su esposa, me dejaron venir con ellos con la idea de matricularme en un colegio en Tampa por un semestre.
Viajamos en camioneta hasta La Habana, donde tomamos un ferry que nos condujo a Key West. De allí seguimos a Tampa. Aquí pasé mis primeras noches en el Hotel Tahitian Inn, en compañía de mi tía.
Después de la partida de mi tía, el señor Gil me llevó a un edifico de apartamentos en la Calle 16  y la 8.ª Avenida, frente al restaurante “Los Helados de Ybor”. En ese triste cuarto sentí miedo y soledad. Pero después de un tiempo, el seňor Gil me encontró una habitación en una casa de familia en West Tampa. Fui inscrito en Washington Junior High School y comencé mis primeras clases, aprendiendo el inglés rápidamente.
En Washington Jr. High conocí muchachos que me ayudaron a insertarme en la cultura estadounidense. Tres de ellos fueron Manuel Gutiérrez, Arnold Romero y Ralph Rodríguez. En 1956 tuve mi primer empleo, en La Gaceta.
Durante mis primeros meses en EE.UU. recibía un cheque de mi madre de 65 dólares. Eso era suficiente para pagar el alquiler. Por necesidad, hice varios trabajos como limpiar establos de caballos, vender estiércol para abono o repartir periódicos. Con ello conseguía los fondos necesarios para pagar el pasaje en autobús de West Tampa a Washington y Jefferson y no tener que caminar de Abdela y Gómez hasta Columbus Drive y ­Nebraska,  o a Columbus Drive y  Highland Avenue.
Me mudé varias veces durante el año 1957, después de comenzar mis estudios en Jefferson High School. Gracias a mi amigo Dennis Walker (QEPD) obtuve empleo en la Funeraria A. P. Boza en septiembre de 1957. La bondad de Jerry Boza fue extraordinaria. No sólo me ofreció trabajo y alojo en la funeraria localizada en la calle Albany, sino también residencia permanente cuando esta abrió la capilla en la Avenida  Nebraska. Esa fue mi residencia hasta el día de mi boda, el 4 de marzo  de  1962.
Los primeros meses en la funeraria tuve que dormir en una silla de patios. Pero bueno, tenía un colchoncito y se estiraba suficientemente para poderme acomodar. Yo, como otros empleados de Boza, también proveía servicios de emergencia de ambulancias.
Jerry Boza facilitó mi residencia permanente en este país. Viajé a Cuba en 1959, después de la toma de poder por Castro. Durante el proceso de embarcar en el aeropuerto, me registraron varias veces. Las autoridades pararon el avión, me bajaron y de nuevo me registraron, pues tengo el mismo nombre de mi padre, el cual había sido sentenciado a 40 años en prisión política en la Isla de Pinos. Por un rato, pensé que me quedaría en Cuba.
De regreso a Tampa, Walter López, un amigo conocido desde que llegué a esta ciudad, me recomendó a la prestigiosa tienda de ropas Wolf Brothers, donde comencé a trabajar, aunque seguía viviendo en la funeraria. En esa tienda sobresalí como vendedor y me ascendieron a gerente del departamento de peletería en su nueva tienda de Clearwater. Después, cuando la compañía Florsheim me ofreció trabajo en las oficinas de Chicago, Mr. Harold Wolf me propuso una posición en el departamento de trajes, mucho más lucrativa. También, fui escogido por esta firma para servir como modelo de sus nuevos trajes y chaquetas, lo que me aportó más ganancias.
En el año 1970, a insistencia de mi esposa Sylvia, decidí comenzar mis estudios en la Universidad de Tampa. Sería una tarea imponente, pues en esos tiempos, después de la muerte de mi suegro, Al García, yo quedé encargado de la finca de la familia. Era una intensa labor que desempeñaba solo, donde se producían de cuatro a cinco mil pacas de heno y mantenía una manada de ganado en  más de 120 acres. Al mismo tiempo, continúe trabajando en Wolf Brother durante los fines de semana y por las noches en la licorería de la familia García. Gracias a Dios, me gradué de la Universidad de Tampa en dos años.
En enero del 1973, mi esposa, mi madre y nuestras dos hijas cargamos un tráiler con nuestras posesiones y nos marchamos para Houston Texas. Anteriormente, guiados por E. J. Salcines y su esposa Elsa, viajamos a Houston para ser matriculado en S.T. College of Law, obtener trabajo para mi esposa, un apartamento y escuela para las niñas. En esa ciudad permanecimos 28 meses, hasta graduarme en esa Universidad.

Graduarse en South Texas College of Law Houston debió ser el cumplimento de uno de sus grandes sueños. Descontando el talento, ¿cuánto esfuerzo y perseverancia hubo detrás de ese título?

El esfuerzo necesario para obtener mi Doctorado en Leyes fue enorme. A mi lado necesité el diccionario de términos legales. Muchos de los conceptos eran totalmente ajenos. Las horas necesarias para asimilar el material eran interminables. Durante mis últimos meses en Houston, trabajé como maestro substituto de grados menores. Fue una necesaria faena que causaba más tensión. Con el apoyo de mi esposa y de E. J. Salcines al fin pudimos obtener el título. Siempre nos recordamos de la frase que mi esposa y yo habíamos adoptado: “El fracaso no es una opción.” Nos mantuvimos con el salario de ella y lo poco que yo ganaba de maestro. Nunca pedimos préstamos escolares.
En su profesión de abogado, ¿cuáles han sido los momentos más difíciles para usted?

Los momentos más difíciles durante mis años de abogado fueron preparando juicios en el Departamento de Felonías de la Oficina del Fiscal en Tampa. Todavía más difícil fue empezar la práctica privada. De nuevo, gracias a varios jueces que me nombraron abogado de oficio para defender a indigentes, me mantuve a flote desde el principio. Gracias a Dios que mi negocio creció en Tampa, dirigiéndose en varias direcciones. Las áreas de lesiones personales, divorcios, al igual que cambios de clasificación de zonas para propiedades, resultaron ser lucrativas.  Después de varios años, decidí adquirir un edificio modesto en Plant City. Pensé que la población hispana en esa ciudad necesitaba un abogado que se comunicara en su propia lengua. Más tarde, junto con mi esposa, adquirimos dos edificios más, uno de ellos todavía lo ocupo con actividades de mi pequeño bufete.

¿Y los de mayor satisfacción?

La mayor satisfacción de mi profesión siempre ha sido ayudar a las personas que han sido maltratadas por injusticias a mano de otros individuos, o por el sistema legal. Representar a individuos condenados a muerte cuando sufrían enfermedades mentales o fueron acusados de crímenes que no cometieron, a víctimas de discriminación y aquellos que han sido afectados durante accidentes, me ha producido grandes satisfacciones. Con la ayuda de las oficinas del Sheriff, proveímos consultas legales gratis en varias iglesias en Wimauma, Plant City y otros sitios. Combatimos los incidentes de abuso doméstico, alertando a muchos acerca de que ese acto es considerado un crimen en las leyes de este país. Participé con algunos padres de la Iglesia Católica en las clases prematrimoniales, explicándoles a los futuros esposos sobre el comportamiento respetuoso que entre ambos exige la ley. También delineé las violaciones de las leyes Estatales envueltas en esas acciones.

¿Qué personalidades hispanas en la bahía de Tampa han sido más cercanas a usted?

Primero, E. J. Salcines. Sin su ayuda hoy no estuviera escribiendo estas palabras. Le agradezco a García S. por sus enseñanzas en la ganadería y el trabajo de agricultura. Roland Manteiga, mi amigo desde 1955, me facilitó el primer trabajo en este país y recomendó mi nombre al Gobernador para que yo fuera nombrado miembro de la Comisión de Regulación del Medio Ambiente del Estado de Florida. Reconozco también a Manuel López Sr. (QEPD), Robert (Bobby) Diez (QEPD), los cuales me ofrecieron guías y ayuda en el mantenimiento y crianza del ganado. Son muchos más los que cuento como amigos.

¿Cómo ve hoy la ciudad de Tampa, si la compara con la de unas décadas atrás?

Veo la ciudad de Tampa muy diferente. Las amistades se han distanciado, la juventud no parece tener el entusiasmo de mantener la cercanía con la familia. El carácter de la sociedad, con el crecimiento, ha generado más crimen. El uso de drogas está destruyendo una generación completa.

He oído anécdotas –especialmente a la abogada Yahima Hernández– sobre la atención que usted brinda a inmigrantes hispanos en Plan City, incluidos servicios gratuitos a los más necesitados.

En el presente, proveo servicios gratis que incluyen notaría, matrimonios, traducción de documentos y más. Si un cliente necesita ayuda en áreas especiales, les refiero a abogados especializados en la materia con los que mantengo relaciones por muchos años. De esa manera, estoy seguro de que serán tratados honesta y bondadosamente. Muchos de los trabajadores de la agricultura no saben leer ni escribir. Cuando reciben correspondencia oficial o que parece oficial les interpreto el documento y, en ciertos casos, he descubierto que se trata de un fraude para estafar a un pobre infeliz.

Sé que otra de sus pasiones es escribir y que ha dedicado un libro a las memorias de Palmetto ­Beach. ¿Qué le inspiró a escribir y publicar ese libro?

Mi esposa, Sylvia García Muga, nació en esa península. Su familia, padres, tía, abuelos, al igual que las de muchos conocidos se ubicaron allí. Mientras que mucho se ha escrito de Ybor City, nada encontré sobre  el vecindario de Palmetto Beach. Por esa razón, decidí escribir todo lo que descubrimos: las fotos viejas al igual que las anécdotas de los que todavía están vivos.

Ahora que ha llegado a los 80 años, ¿no cree que sería bueno escribir sus memorias?

Mis hijas y mi esposa me han insistido en que las escriba. Pero, francamente, no me considero tan importante.
-Muchas gracias.

jueves, 16 de abril de 2020

Darnos la mano


La pandemia del Covid-19 nos ha caído encima tan inesperadamente y con tanta fuerza, que muchos hablan ya de un cambio del mundo a partir de esta época. Realmente, de un día para otro se interrumpieron milenarias costumbres y el ser social que somos, como nunca antes, se ha precipitado a un aislamiento que contradice la natural disposición a reunirnos a conversar, fiestar, ver deportes e, incluso, trabajar.
Alguien me contó que hace unos días, cuando instintivamente estiró la mano para saludar a un amigo en el mercado, éste retrocedió asustado unos  dos metros y sólo atinó a decir: Cuidado, no te acerques,  ¿cómo tú estás? En las redes sociales ha progresado un aviso nombrado ­#StopShakingHands, que en nuestro idioma significa “dejar de darse la mano”, pues sabemos que el peligroso virus puede compartirse con ese gesto de amistad.

También he leído en estos días varios artículos que intentan probar científicamente el peligro en que venimos incurriendo desde la antigüedad por la costumbre de estrecharnos la mano. En uno de ellos, procedente de la Universidad de Colorado, se afirma que en nuestras manos pueden asentarse un promedio de 3200 bacterias de unas 150 especies y quién sabe cuántas nos intercambiamos con ese hermoso saludo.
Nunca antes se habían publicado tantas sugerencias a abandonar este hábito, a tal extremo que algunos ya afirman que en el mundo ­postpandemia esta costumbre irá desapareciendo.
 Lo creo difícil, pues se trata de una reacción natural del ser humano en su relación con sus semejantes desde hace miles de años. En los jeroglíficos egipcios encontramos muestras de este gesto incluso entre los hombres y sus dioses. También hay diversas formas de este saludo entre los griegos y romanos de la época clásica. Se cree que en la Edad Media, de tanto oscurantismo, epidemias, asaltos y recogimiento social, el gesto se relacionó con el instinto de protección, pues al sostener la mano del otro podía evitarse que la utilizara para empuñar un arma. Un antropólogo mexicano me contó que ha encontrado esa misma reacción en comunidades actuales de su país. Pero no fue esa práctica quien le dio el sentido a la  costumbre que heredamos como una expresión de amistad.
 Aunque hay disímiles formas de saludarse en el mundo, según la diferentes culturas que lo habitan, darse la mano es una de las más difundidas. En ello, también se aprecian diferentes formas de practicarlo, con especificidades de género, rango  social,  edad, geografía, cultura. En Rusia las mujeres no acostumbran dar la  mano, pero los hombres son muy efusivos al hacerlo. Mientras en el Oriente Medio los apretones de mano son generalmente suaves, en Occidente –especialmente los latinos– se le imprime fuerza y movimiento a esa acción. Los coreanos, por su parte, sujetan con la mano izquierda el apretón que da la  derecha. En Liberia se concluye ese gesto con un choque de dedos.
El gesto cuenta, como toda expresión humana, con sus propias curiosidades, como el apretón de manos más largo de la historia, ocurrido en 2011 en Nueva Zelanda, que con treinta y tres horas y tres minutos alcanzó un récord Guinness. Detrás de esa misma marca, el inglés St. Albans dio la mano a diecinueve mil quinientas personas, una tras otra. A ese extremo no llegó ni el general Máximo Gómez, quien al entrar victorioso a La Habana, de dar tanto la mano provocó un sarcoma en la suya que, finalmente, lo llevó a la muerte.
En medio de la pandemia del coronavirus que ahora estamos enfrentando, se ha pedido encarecidamente no dar la mano y van apareciendo algunas variantes cercanas a ese saludo. Una de las que se va extendiendo es topar codo con codo (sin definición de derecho o izquierdo); otros chocan los nudillos de los dedos, lo que ya fue practicado en  Canadá frente a un contagio de gripe en 2009. Pero cuando pase esta tormenta viral que la ciencia finalmente derrotará, volveremos a darnos la mano, porque el gesto se ha afirmado en siglos de cultura como un símbolo de solidaridad. Así, “tienes mi mano” equivale a “tienes mi ayuda”, como hacen hoy miles de médicos, enfermeros, asistentes de la salud y tantas personas en el mundo. Cuidémonos hoy, para mañana, volvernos a dar la mano.



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jueves, 9 de abril de 2020

Carlos J. Finlay, un ejemplo de lucha científica contra las epidemias, también vivió en Tampa


Desde que se dio a conocer el tipo de coronavirus que produce el Covid-19, que con tanta celeridad ha expandido por el mundo la pandemia a la que ahora nos enfrentamos, cientos de científicos de varios países están enfrascados en conocer el origen y comportamiento de este virus y con ello orientar la respuesta médica que permita un eficaz tratamiento a los pacientes que han contraído la enfermedad, así como encontrar la vacuna que permita, finalmente, inmunizar a los seres humanos contra ella.
Aunque nunca antes se internacionalizó con tanta rapidez la respuesta de la ciencia frente al peligro de una epidemia bacteriológica, me permito recordar uno de los tantos esfuerzos que le antecedieron en la milenaria lucha del hombre frente a las graves amenazas epidemiológicas, no sólo como homenaje al talento, perseverancia, solidaridad y resultados del Dr. Carlos Juan Finlay, sino también como un modelo de entrega a la ciencia en beneficio del género humano.
 
Carlos Juan Finlay
Hoy se reconoce en el mundo el aporte de Finlay al descubrimiento de la vacuna contra la fiebre amarilla, infección viral transmitida por un género de mosquitos pertenecientes a los aedes  y haemogogus. Aunque la enfermedad era endémica de África, el trasplante de grandes cantidades de sus pobladores a América como esclavos hizo que en los siglos XVI y XVII esa epidemia se fuera generalizando en varios países de nuestro continente. Durante las guerras de independencia americanas, muchas tropas europeas fueron azoladas por este virus, causándoles a veces más bajas que los propios soldados libertadores. Así ocurrió también en Cuba a fines del siglo XIX, pues los europeos no tenían los niveles de inmunidad que las poblaciones afroamerindias habían adquirido.
A estudiar ese fenómeno se consagró el médico y biólogo cubano Carlos J. Finlay, siendo el primero en definir que el origen del contagio procedía de la picadura de un mosquito.  Quien llegó a ser un científico de renombre universal nació en Camagüey, en 1833. Estudió en Estados Unidos, graduándose de médico en 1855 en una universidad de Filadelfia.
Al regresar a su país, alcanzó notoriedad por sus propuestas profilácticas y sanitarias frente a una epidemia de cólera que se extendió hacia 1868. Sin embargo, apenas fue escuchado por las autoridades políticas de la Isla, quienes vieron en sus recomendaciones un ataque a su desempeño. (Esto nos recuerda la actitud inicial de autoridades chinas hacia el Dr. Li Wenliang, cuando al relacionar los síntomas de sus pacientes con un nuevo coronavirus  fue acusado de difundir rumores). 
Posteriormente, el esfuerzo investigativo de Finlay se concentró en el estudio del mosquito aeddes aegypti, al descubrir tras continuas pruebas experimentales  que este era el transmisor de la fiebre amarilla. Aunque desde la década de 1880 estuvo exponiendo su descubrimiento, no fue escuchado por la comunidad científica inmediatamente. Su hipótesis vino a ser aceptada en 1900, cuando una comisión estadounidense encabezada por el bacteriólogo Walter Reed confirmó rotundamente su veracidad. Aunque  entonces se disminuyó el peso del aporte del médico cubano a favor de enaltecer el trabajo de la comisión estadounidense, hoy se le reconoce mundialmente como el descubridor del agente transmisor de ese contagio. Ello permitió, en lo inmediato, que en 1901 se erradicara en Cuba y el Caribe la fiebre amarilla, aunque hubo que esperar hasta 1937 para desarrollar una vacuna contra ese virus. El mérito, entonces, correspondió al científico estadounidense Max Theiler, que pudo desarrollarla con el esfuerzo de la Fundación Rockefeller. Gracias a ello, aunque según la Organización Mundial de la Salud se producen anualmente unos 200 mil casos de fiebre amarilla en el mundo, sólo un 15% de los infectados se agravan y ponen en peligro su vida.
Pero me impulsó a escribir estas líneas para los lectores tampeños, saber que el extraordinario científico cubano y universal que fue Carlos J. Finlay también vivió un breve tiempo en nuestra ciudad. Su llegada a Tampa la dio a conocer Patria, el 16 de abril de 1898. En una carta enviada a aquel periódico por quien firmaba como ‘El Corresponsal’, informa que  “en el vapor que condujo a Tampa al General Lee, vinieron de la Habana gran número de cubanos conocidos”. Y entre los nombres menciona al Dr. Carlos Finlay, así como a Jorge Finlay (presumo que se trata de uno de sus tres hijos, llamado Jorge Enrique).
En un artículo que debemos a Jonathan Leonard, titulado “La vida de Carlos Finlay y la derrota de la bandera amarilla”, el autor afirma que Finlay “estaba ayudando a los rebeldes cubanos en Tampa” y que de aquí viajó a Washington con el propósito de ofrecerse como voluntario para la fuerza expedicionaria estadounidense que saldría para Cuba. Nos dice Leonard que el Inspector de Sanidad del ejército, su amigo George Stemberg, intentó disuadirlo, pero al no lograrlo lo nombró Subinspector General de Sanidad y con ese cargo desembarcó en Cuba el 22 de junio de 1898, contribuyendo desde ese puesto a la independencia de su país.
Al crearse la República de Cuba en 1902, Carlos J. Finlay fue designado Jefe Nacional de Sanidad, desempeñando ese puesto hasta retirarse, en 1909.  Murió a los 81 años, el 20 de agosto de 1915, legando a la humanidad una obra imperecedera en su lucha contra las epidemias. En honor al destacado científico, en 1946 la Confederación Médica Panamericana eligió la fecha de su nacimiento, 3 de diciembre, como  Día Internacional del Médico. Su ejemplo, en este momento que enfrentamos una peligrosa epidemia, es sumamente alentador.




viernes, 3 de abril de 2020

La solidaridad en tiempos del coronavirus


     Durante los últimos días, la humanidad ha estado pendiente de la extensión del coronavirus, el cual provoca el Covid-19 y ya está presente en casi todos los países del mundo. Nunca una pandemia fue más global ni tan rápida en cubrir cada uno de los continentes que habitamos. Cuando las primeras noticias sobre este virus alertaron que en una región apartada de China habían comenzado a morir decenas  de personas a consecuencia de este azote, no imaginamos que  tres meses después millones de ellas estarían aisladas en sus hogares, en Asia, Europa, América, Australia, África, modificando de un día para otro las costumbres más ancestrales de convivencia social.
 Quién nos iba a decir, en medio de las  fiestas con que nos deseamos un Feliz Año Nuevo, que miles de seres humanos –hasta hoy más de trece mil italianos, más de diez mil españoles, más de tres mil chinos, más de cinco mil en EE.UU.– no rebasarían el primer tercio del 2020, mientras decenas de miles están hoy ingresados en un hospital con la esperanza de sobrevivir.
Cada día, miles de personas salen a los balcones a aplaudir
a los trabajadores de la salud que luchan por salvar vidas
 En este tiempo, hemos asistido a diversas reacciones por parte de gobiernos y organismos mundiales, que intentan entender la magnitud del problema sanitario que atravesamos y emitir políticas para controlar esta  pandemia.
 En medio de la tristeza que genera la pérdida de un ser querido, el sobrecogimiento que desata la posibilidad de morir, el hastío que pueda derivarse del aislamiento social, o la ansiedad de un abrazo, hemos asistido en estas últimas semanas a actitudes de profundo humanismo, que encarnan lo mejor de nuestra especie en cualquier esquina del planeta. Entre ellas, merecen ser resaltadas, en primer lugar, las continuas muestras de devoción y entrega de miles y miles de médicos, enfermeros, técnicos de la salud y trabajadores en general de hospitales, ambulancias, servicios, que atienden a los enfermos aun a costa de contraer la enfermedad. Una de las noticias más dramáticas que he leído sobre una víctima del coronavirus, es la de una enfermera italiana –Daniela Trezzi, 34 años– que se suicidó al ser contagiada y temió infectar a otros. En El Clarín, se sintetizó el hecho: “Daniela, elevada a símbolo del sacrificio y la solidaridad porque vivía obsesivamente para salvar a los pacientes, eleva al martirio la muerte o el contagio de casi 5700 médicos y personal sanitario en los hospitales donde se combate en primera línea el coronavirus”. A ella y a todos los trabajadores de la salud, es el homenaje que se ha ido extendiendo por el mundo, a través de un aplauso que sale de los balcones y las puertas  de miles de hogares, diciendo gracias a esas generosas personas que luchan por preservar la vida de sus semejantes.
 Asimismo, cada día, como para aliviar el impacto que nos causa conocer el incremento del número de contagios y fallecidos, escuchamos  de conmovedores actos de solidaridad a través de los medios de prensa y las redes sociales. Una señora de más de 80 años, en San José de las Lajas, Cuba, oyó decir que las máscaras servían para evitar el contagio  e inmediatamente  se sentó frente a una vieja máquina de coser. A las pocas horas salió por el barrio, para que no quedara un vecino sin esa protección. Eso mismo estuvieron haciendo, tal vez a la misma hora, un grupo de voluntarios en el Chaco argentino, según dijo a la BBC  Carlos Leonelli, un ciudadano de allí: “Desde que se decretó la emergencia, se comenzaron a armar grupos de voluntarios en toda la provincia y hoy se están confeccionando barbijos en las casas”.
 En el barrio llamado Catuche, en Caracas, hay un grupo de “Madres promotoras de la Paz” que ayudan a los de la tercera edad para que no salgan de la casa. Ellas se ocupan de buscarle los alimentos y medicinas que necesitan, muchas veces compartiendo sus mismas reservas.
 En la India, ante el brote de coronavirus,  a través de Facebook se creó un grupo de voluntarios que brinda apoyo a los miembros más vulnerables de su comunidad. En una semana alcanzó el número de 5800 miembros.
 En España, José Ramón Andrés Puerta ha convertido sus restaurantes en cocinas comunitarias para ofrecer almuerzo a familias de bajos ingresos, a personas sin hogar y de la tercera edad. Es la misma conducta que en China tuvo Li Bo, quien acababa de comprar un restaurante en Wujam cuando se desató el coronavirus y no lo cerró cuando la gente dejó de salir a la calle, porque prefirió  llevar comida a los médicos y enfermeras que luchaban en los hospitales contra el temible virus.
 El Festival de Cine de Cannes, previsto para mayo, fue postergado por el coronavirus. Pero sus organizadores abrieron las puertas del Palais des Festivals, para que las personas sin hogar de la ciudad tuvieran donde refugiarse en los días que no debían estar en las calles.
De estos ejemplos pueden citarse miles y contienen más fuerza de contagio que el propio coronavirus. Esto nos salva. Cuando estamos más aislados unos de otros, en estos días en que nos vemos obligados a estar casi todo el tiempo en nuestras casas, nos damos cuenta con mayor claridad de cuanto nos necesitamos unos a los otros.  Si hemos descuidado por momentos la comunicación con el vecino, esta pandemia viene a recordarnos la magnitud de su presencia, cuando un saludo suyo desde la ventana o un balcón se convierte en el mensaje entrañable de la humanidad.

viernes, 20 de marzo de 2020

El Dr. José Molé nos habla del coronavirus


El Dr. José Molé nació para ser médico. Se graduó en Cuba, donde ejerció la profesión algunos años, además de ser prestigioso profesor de estudiantes de Medicina. Al llegar a Estados Unidos, se planteó y logró revalidar su título, cuya legitimidad se expresa cada día en el desempeño de su noble profesión y en el estudio permanente. En la actualidad tiene su clínica privada en 2931 W Hillsborough Ave, Tampa, FL 33614, donde recibe de lunes a viernes a decenas de pacientes –mayoritariamente hispanos– quienes  de la consulta salen agradecidos por su atención profesional, sensibilidad y jovialidad en el trato. Asimismo, a muchos he oído expresar el significado que ha tenido para ellos ver llegar al Dr. Molé a la sala del hospital donde han sido atendidos.
Ahora, cuando crece la preocupación por la rápida expansión del Covid-19, las respuestas del Dr. Molé a las preguntas que le hice sobre lo que ya es considerado una pandemia, son de notable interés para toda la comunidad.
Dr. José Molé
Hace sólo unos meses, nadie pronunciaba la palabra Coronavirus y hoy está en los labios de todo el mundo. ¿Cómo surgió esta enfermedad y se extendió tan rápidamente por todos los continentes?
Se cree que el Coronavirus (COVID 19) originalmente fue un virus presente en el reino animal, es decir, tiene un origen zoonótico, particularmente en los murciélagos. En febrero del 2020, los investigadores chinos  encontraron una mutación en este virus aislado en los pangolins (es un animal parecido al armadillo) que parece ser el hospedero intermediario entre los murciélagos y los seres humanos. Los pangolins son altamente apreciados en China pos su carne y también por las escamas que se utilizan en la medicina tradicional. Todo parece indicar que la epidemia se origina en un mercado de productos frescos (vegetales, carnes, pescados y animales no domésticos) en Wuhan, China.
El virus es altamente contagioso y se trasmite por medio  de las vías respiratorias, particularmente a través de las microgotas de saliva que son expelidas con el estornudo o con la tos. Como era totalmente desconocido se trasmitió de manera exponencial de persona a persona, quienes no sabían que estaban enfermos o que eran portadores de este virus. La gotas permanecen suspendidas en el aire sólo por un corto tiempo pero permanecen contagiosas en las superficies metálicas, el vidrio o el plástico.
 ¿Cuáles son los síntomas del Covid-19 y cómo diferenciarlos de una gripe o una alergia común?
Los síntomas del Covid-19 no son específicos y las personas infectadas pueden estar incluso asintomáticas o desarrollar los mismos síntomas de un resfriado común: fiebre, tos, malestar general, fatiga, falta de aire y dolores musculares.
¿Por qué el coronavirus es más peligroso –aunque no exclusivo- en las personas de la tercera edad?
Las personas jóvenes tienen un sistema inmune más ­potente, las personas mayores son más vulnerables porque tienen menos defensas. Además, si tienen otros padecimientos crónicos los riesgos son aún mayores.
¿Qué medidas podemos tomar para evitar el contagio?
Las medidas de prevención están basadas en buenas prácticas de higiene, lavarse bien las manos con jabón, evitar tocarse los ojos, la nariz y la boca sin haberse lavado antes las manos. Al toser o estornudar hay que ­cubrirse la boca con papel higiénico e inmediatamente desecharlo. Si la persona está infectada con cualquier virus respiratorio deberá usar una máscara en los  lugares públicos. Se aconseja el distanciamiento social y evitar las aglomeraciones.
El auto aislamiento en casa se ha recomendado para aquellos que son diagnosticados con el COVID 19 y para quienes están bajo ­sospecha de contagio.
¿Qué respuestas está dando la ciencia a la amenaza de esta nueva pandemia?
No existe actualmente un medicamento antiviral específico pero se está trabajando en el desarrollo de posibles medicinas. Todo lo que podemos hacer por ahora es prevenir las trasmisión.
Hay varias compañías privadas e institutos de investigación que están desarrollando vacunas. Hay también un programa internacional de cooperación y 3 posibles vacunas ya en desarrollo. Lamentablemente, los ensayos clínicos no estarán disponibles antes del 2021.
Ustedes, los médicos, enfermeras y otros trabajadores de la salud, están siendo los héroes principales en la batalla contra este enemigo común de la humanidad y ya se reportan varios casos de fallecidos enfrentando este peligro. ¿Cómo valora este servicio?
En realidad, los trabajadores de la salud son los verdaderos héroes frente a esta epidemia, enfrentando los riesgos de contaminación y hasta la posibilidad de morir. Los que escogemos esta profesión lo hacemos sabedores de que nuestro compromiso es curar al prójimo en cualquier circunstancia; el compromiso del médico es actuar siempre en beneficio del ser humano, y no perjudicarlo.
Dr. Molé, ¿qué significó para usted poder revalidad su título de Dr. en Medicina en Estados Unidos y ejercer la profesión a la que ha dedicado su vida?
Para mí fue un gran reto, un enorme desafío. La grandeza de este país es que te da la oportunidad de revalidar tu título. Todo depende del empeño y la perseverancia, de horas y más horas de estudio y dedicación para enfrentar los exámenes y después entrar al sistema de especialización. Pero después tienes la enorme satisfacción de integrarte al sistema y poder atender a nuestra comunidad, porque no hay dudas de que la comunidad hispana prefiere atenderse con un médico que hable el castellano para que la barrera idiomática no sea un impedimento a la hora de comunicarse con el médico.
¿Qué significa Tampa para usted?
Establecerme en Tampa me ha resultado muy gratificante, esta es una ciudad que está históricamente ligada a mi país, Cuba. Llegar a Tampa y ver en Ybor City los murales con los próceres de la independencia y poder visitar los lugares donde estuvo José Martí me ha resultado emocionante.
Yo vivo enamorado de esta ciudad que crece y se desarrolla vertiginosamente. Estoy infinitamente agradecido a nuestra comunidad por la confianza que depositan todos los que ponen en mis manos el cuidado de su salud.
Nota: El Dr. José Molé acepta casi todos los seguros médicos. Si usted está interesado en ser paciente suyo, puede llamar al teléfono 813-930 0930.