jueves, 25 de junio de 2020

Wenceslao Gálvez del Monte, un cronista de Tampa



     Hace dos semanas publiqué en esta columna una reseña sobre la segunda sede del Liceo Cubano en Ybor City, escrita en 1896 por Wenceslao Gálvez del Monte.  Fue incluida en su libro Tampa, impresiones de un emigrado, publicado en esta ciudad en 1897. Con ese libro de casi 300 páginas, Gálvez legó a la posteridad una obra de gran riqueza testimonial, con pequeñas  semblanzas sobre personas que vivieron aquí a fines del siglo XIX, lugares significativos de la ciudad, costumbres, hechos históricos, estampas culturales y pasión patriótica de los cubanos en suelo tampeño.
     La lectura de esas líneas provocó que algunas personas me preguntaran por la vida del autor de ese texto, cuya mayor divulgación en Cuba no ha devenido de la  obra mencionada, sino por otro libro que es imprescindible a todos los que se interesan por la historia del béisbol de la Isla, un tema verdaderamente  apasionante entre los cubanos.
     Para complacer a los lectores –entre ellos el crítico deportivo Leonardo Venta– hago una pequeña búsqueda que me depara la primera sorpresa.  Wenceslao Gálvez del Monte fue un buen pelotero cubano, elevado al Salón de la Fama de ese deporte en Cuba en  1946, cuando aún vivía aquel antiguo torpedero del equipo Almendares, a quien tal vez no se había reconocido como el primer historiador del béisbol,  probablemente en el mundo.
     Su tiempo como jugador activo fue breve, pero tuvo su momento de gloria. Sólo participó en las series de 1885 a 1887 –insertadas en su primera década, si consideramos su inicio en 1878–, tiempo en el que  fue líder de los bateadores del Almendares, promediando 375 de average.
     Aunque algunos autores lo señalan como habanero (tal vez por jugar con Almendares),  Gálvez nació en Matanzas, el 20 de enero de 1867, aunque muy joven se trasladó a la capital de la Isla. Allí se destacó enseguida como jugador de pelota, cuando se daban los primeros pasos en la creación de equipos provinciales y competencias entre ellos.
     Sin embargo, es en las letras donde más se destaca Gálvez y por las que alcanza mayor trascendencia. En 1989 aparece su libro Historia del Béisbol en la Isla de Cuba que algunos especialistas consideran el primero de este tema no solamente en Cuba, sino universalmente. Damián L. Delgado-Averhoff, en el artículo “La verdad sobre el primer juego de béisbol en Cuba”, escribió que Gálvez no podía imaginar “el valor que tendría el béisbol en la conformación de la identidad nacional, y mucho menos que una referencia suya, publicada en ese texto, sería canonizada e idolatrada por millares de sus compatriotas a lo largo del tiempo”. Hasta hoy, todos los comentaristas deportivos cubanos, cuando hablan de la historia de este deporte en el país, comienzan mencionando la obra fundacional de este autor.
     En La Habana, Gálvez se rodea de los más grandes poetas y escritores de su tiempo, cultivando la amistad con Julián del Casal y otros intelectuales. Estudió la carrera de leyes en la Universidad de La Habana y aunque ejerció ese oficio un corto tiempo, su pasión por la escritura y la crítica literaria le ocuparon permanentemente, publicando en revistas de la relevancia de El Fígaro y en periódicos deportivos como El Pítcher.  En esta época publicó Esto, lo otro y lo de más allá (La Habana, 1892).
 En 1896, un año después de haber reiniciado la Guerra de Independencia, toma el camino del destierro y elige Tampa como destino. Él mismo cuenta en Tampa, impresiones de un emigrado, la llegada a nuestra ciudad en el Olivette:  “Parecía que el mar se sometía blandamente al barco. A lo lejos,  chispeaban las luces eléctricas…era Port Tampa (…) Apresuradamente tomamos el tren, luego los carritos urbanos y fuimos a parar provisionalmente al hotel Victoria, en Ybor City, propiedad de un señor Montejo (…) El hotel estaba repleto de cubanos”. Desde esa nota hasta la dedicada a Fernando Figueredo, hay  casi 50 reseñas que recogen la impresión del escritor sobre la ciudad, sus barrios, habitantes, figuras sobresalientes,  creencias, actividades, luchas, aspiraciones.
     Al terminarse la Guerra de Independencia regresó a La Habana y en la República ejerció el oficio de fiscal en diferentes provincias del país (Matanzas, Santa Clara, Camagüey y Pinar del Río).  Sin embargo, es en las letras donde ocupa su talento, legándonos decenas de páginas costumbristas, un género que se extiende del siglo XIX a las primeras décadas del XX.  Su libro de la década de 1920 Costumbres, sátiras y observaciones es una muestra de ello, como advirtieron en su tiempo Jorge Mañach y Emilio Roig de Leuchsenring. Aunque Mañach recibió el libro como el de un costumbrista rezagado, a Roig le mereció la siguiente  opinión: “La obra recientemente publicada por el Sr. Wenceslao Gálvez y del Monte, con el título de Costumbres, sátiras y observaciones , contiene algunos que sí pueden considerarse verdaderos artículos de costumbres, pues en esos trabajos periodísticos, ahora reunidos con otros, en volumen, el Sr. Gálvez nos pinta tipos y cosas de la vida habanera de hace medio siglo, recogiendo ya en la edad madura los recuerdos e impresiones de su niñez y su juventud”.
     Ese costumbrismo está presente en la obra de Gálvez sobre Tampa. A través de sus descripciones, matizadas con un fino humor, asistimos a una barbería de la época, a la venta de periódicos, a un puesto de frutas, la llegada del cartero, un bautizo, el alquiler de carruajes y múltiples aspectos de la vida en la ciudad a fines del siglo XIX.
     Gálvez murió en La Habana, en 1951, a la edad de 64 años. En su legado literario se hermanan también Cuba y la ciudad de Tampa, que en muchas de las costumbres narradas no se adivina a cuál de los dos espacios corresponde.


lunes, 22 de junio de 2020

El Tropicana de Ybor City nos dice adiós



     Cuando escuchamos las primeras noticias sobre la pandemia que desde China se extendió velozmente al mundo, no presentimos la intensidad de los daños que se nos avecinaban. La ascendente cifra de muertos con que Italia, España y otros países de Europa fueron informando de la catástrofe nos sobrecogió antes de experimentar su llegada a Estados Unidos y su rápida expansión por el país. El confinamiento necesario, el cierre de miles de restaurantes, industrias, escuelas, los millones de desempleados  y,   lo  más  triste, la muerte de tantas personas, con todo su dramatismo,  descolocó la vida que hemos construido alrededor de la familia y el entorno social.
     El golpe cobra una definición palpable y más honda cuando la desaparición  –de persona o lugar–  se produce alrededor nuestro, interrumpiendo una relación a la que hemos estado acostumbrados. En Ybor City ha ocurrido con el cierre del restaurante Tropicana, que a los 57 años de vida anuncia su imposibilidad de sobrevivir al coronavirus.
Ariel Quintela (a la izq., de pie) juntoa trabajadores de Tropicana
     El pasado miércoles sirvió su último almuerzo, como un sentido homenaje a sus trabajadores. La delicia del congrí, pechugas de pollo, picadillo y platanitos maduros fritos indica al olfato y el paladar de los presentes la salud con que perece un emblemático restaurante de la 7.ª Avenida de Ybor City. Alrededor de las mesas la mayor parte de sus trabajadores de los últimos años conversan, sonríen y buscan en el salón una palabra de optimismo con que aliviar la adversa realidad. Algunos, como Boby Caballero, acumulan más de treinta años en ese lugar y cuando a él se le invita a decir unas palabras, expresa con visible emoción que este restaurante ha significado para él familia, bienestar, seguridad, orgullo.
     El nombre Tropicana se incorporó al vocabulario de Ybor City desde 1963, cuando Frank Hipólito lo fundó. Dos años después lo compró Ángel Menéndez “BeBe” y lo trasladó a la acera del frente, que sería su destino. El nuevo dueño lo hizo famoso a base de exquisitos frijoles negros, papas rellenas, picadillo, ropa vieja, croquetas de jaiba y unos desayunos donde el café con leche y las tostadas con mantequilla se hicieron imprescindibles. Al extenderse el olor y la voz agradecida, quienes llegaban a Ybor City comenzaron a visitarle, quedando satisfechos de su servicio los más exigentes tampeños y huéspedes de la ciudad, como el alcalde Dick Greco o el presidente George Busch.
El emblemático restaurante Tropicana, en la 7.ª Ave. de Ybor City
     En la década de 1970, se hizo común la presencia de Roland Manteiga en Tropicana, cuando ya ostentaba la dirección del periódico La Gaceta. Periodista de fino tacto político, encontró en una mesa de Tropicana el lugar ideal para conversar un almuerzo con importantes figuras de la política estadounidense y mundial. La costumbre se impuso y hasta la actualidad existe allí la simbólica mesa, rodeada de fotografías que constituyen trozos de la historia de la ciudad. Ojalá y esa fuerza patrimonial se salve en el nuevo destino que tome ese edificio.
     La familia Menéndez fue dueña del restaurante Tropicana hasta 2016, cuando los inversionistas Jacob Buchman, Joe Capitano, Darryl Schaw y Ariel Quintela lo adquirieron como parte del proyecto de desarrollo de Ybor City. Pero no es el propósito de estas líneas adentrarse en la historia de este sitio, sino destacar el daño inesperado causado por el Covid-19 a la ciudad de Tampa, al interrumpir con sus efectos el funcionamiento de uno de sus restaurantes de valor patrimonial. Y, especialmente, agradecer a sus trabajadores por tantos años de excelente servicio a la ciudad y sus visitantes.
Su último gerente, Gio Peña, nos ha dicho que todo iba bien hasta la llegada de la pandemia. Esa verdad la siento en el rostro de los trabajadores que le rodean: Bobby Caballero, Debby Lozurdo (también con 35 años allí), Mónica Caballero, Susam Skurja, Margie  Smith, James Phylips, Lisa Reverón, Greisy  Arbona.
     El dolor por la pérdida del restaurante es visible en el almuerzo de despedida. Así lo expresó Patrick Manteiga, que en breves palabras recordó el significado de ese lugar para La Gaceta, Ybor City y Tampa. Así lo reconoció Ariel Quintela y finalmente Bobby Caballero, en cuyas palabras se pudo percibir un pesar semejante al que se experimenta cuando muere un ser querido. Porque eso se nos va con el cierre de Tropicana, un lugar querido.

lunes, 8 de junio de 2020

El destino inesperado de George Floyd


Cuando en la tarde del 25 de mayo, George Floyd conversaba con dos amigos en el interior de un auto estacionado en las cercanías de la tienda Cup Foods, en Minneapolis, no podía presentir que estaba viviendo los últimos minutos de su vida, interrumpida por un policía a los 46 años. El guardián, Derek Chauvin, tampoco habría sido capaz de imaginar que su llegada al lugar, ante la llamada a cumplir una misión rutinaria, desencadenaría el final de su profesión y libertad. Uno y otro, sin actos excepcionales que los hubieran dado a conocer más allá de su entorno familiar y laboral cotidiano, se precipitaron sin premeditación hacia un acto que provocó la conmoción social más profunda vivida en la nación estadounidense en las últimas décadas.
     La concurrencia de la casualidad hizo que esa tarde Mike Abumayyaleh no asistiera  a la tienda de su propiedad y quien atendiera a Floyd al llegar a comprar unos cigarrillos fuera un joven desconocido. Al dudar de la legitimidad del billete, quiso que el cliente le devolviera el producto y al no ser complacido llamó a la policía.  En los minutos siguientes se produjo la detención rutinaria,  hasta la inutilización del presunto actor de un hecho delictivo. Ya esposado, boca abajo en el cemento, sin ningún peligro para los defensores del orden, qué pasaría por la mente del oficial Chauvin durante los más de 8 minutos que le mantuvo una rodilla sobre el cuello, aun cuando escuchaba a la víctima desesperada clamando por su necesidad de respirar.
     Todo se hace más inexplicable cuando sabemos que los dos hombres debían conocerse, pues habían coincidido en el mismo lugar de trabajo durante algunos años; el ahora expolicía cuidando del orden en el exterior de un restaurante, mientras el ya difunto cumplía una función similar en su interior. Debieron verse muchas veces, aunque sólo Chauvin puede saber ahora si alguna vez intercambiaron una palabra, un saludo, una sonrisa. Si hubo un mínimo roce, una mala mirada, un gesto antipático que el agente policial guardara en la memoria a la hora de mantener el zapato en su cuello, tal vez no lo sabremos nunca. Pero el hecho de que fuera un hombre blanco quien cometiera un injustificable crimen contra un descendiente de africanos –cuando se han acumulado tantos actos de abuso sobre los seres humanos de piel negra– desató el torbellino de protestas que se extendieron inmediatamente por decenas de ciudades estadounidenses y que, lamentablemente, exceden en muchos casos el propósito reivindicador que las legitima.
     Protestar ante una injusticia es no sólo un derecho de los seres humanos, sino una obligación. “En la mejilla ha de sentir todo hombre verdadero el golpe que reciba cualquier mejilla de hombre”, expresó José Martí en Tampa el 27 de noviembre de 1891 y esas palabras siguen siendo útiles mientras alguien se crea con derecho a interrumpir la respiración de uno de sus semejantes, mucho más grave si el más mínimo móvil racial se aloja en su mentalidad.
Martin Luther King, la figura más emblemática en la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos, optó por la lucha pacífica y sin odios como única vía de conquistar un mundo donde la justicia incluyera a todos los seres humanos, más allá de sus credos o el color de su piel. “Lo que se obtiene con violencia, solamente se puede mantener con violencia”, dijo una vez.  No pedía renunciar a las acciones de protestas, que él encabezó al frente de multitudes. Apelaba a la fuerza moral que imprime a este método de lucha realizarlo sin agredir a otros en sus personas o propiedad.
     Lamentablemente, en las protestas desarrolladas esta vez –justas en tanto enfrentan una conducta policial excesiva y de probable motivación racial– se han realizado actos injustificables de vandalismo, atropellos y ofensas, de tan grave magnitud como el hecho policial que se está condenando. El golpe que haya recibido un agente profesional en el resguardo del orden –sea de origen estadounidense, hispano, afroamericano a asiático– es tan injusto como el trato recibido por Floyd, especialmente si fue dirigido a uno de los policías que no alberga prejuicios raciales.
     Pudo ser casual que fuera Chauvin quien llegó al lugar cuando la policía fue convocada, como pudo concurrir el azar en las decisiones que tomó ­Floyd la tarde del 25 de mayo; pero no es el acaso quien ­determinó el amplio movimiento de protesta  extendido a todos los estados de la nación. Aunque la población afroamericana ha alcanzado enormes logros en el país y su estatus no es comparable con el que enfrentó hasta la década de 1960, hay profundas grietas en el sistema marcadas de racismo, marginación y desconfianza. Muchos ejemplos de maltrato policial hacia personas de piel negra se han venido acumulando en los últimos años y, penosamente, en la actual administración del país se han exacerbado, junto a un mayor rechazo a otras minorías, como la hispana.  El lenguaje de la violencia provoca siempre su incremento y es lo que hemos estado viendo en los últimos días, cuando el discurso del Mandatario ha acudido a ella en sus mensajes, en vez de proclamar una conciliación comprometida con la justicia.
     Ahora, cuando no hemos salido de una pandemia que ha provocado más de cien mil muertes en Estados Unidos, tropezamos con este clima de violencia racial y social ­reactivado con el crimen cometido en Minneapolis. A la enrarecida atmósfera social se suma la política, que en un año de elecciones presidenciales cada partido culpa a su oponente de las fisuras sistémicas en que ambos participan. Para los republicanos no sólo es culpa de los demócratas que en las protestas ocurran actos vandálicos, sino también que un coronavirus haya matado tanta gente. Y claro, para estos es culpa de aquellos. Es triste que en un país civilizado, vanguardia del mundo liberal, institucional y moderno, quepan líderes cuya actitud no coincida con los verdaderos intereses de todos los componentes de la nación.

viernes, 29 de mayo de 2020

Desde una playa de Sarasota


Parecía que todos, más que a celebrar la inminencia del vigésimo verano del siglo, se hubieran precipitado a las aguas del mar a regocijarse por la añorada culminación del confinamiento a que una terrible pandemia nos ha obligado durante casi toda la primavera. Si esta vez la estación de las flores no pudo ser aplaudida en grupo, porque el “quédate en casa” se convirtió en el único antídoto seguro contra el contagio, adelantaríamos el saludo al verano atendiendo al instinto más que a la ciencia, protegidos por el resguardo ancestral de todos los dioses de las aguas. Sólo desde esta mística podía entenderse que tan abruptamente nos deshiciéramos, de un día para otro, de las mascarillas, saludos desde seis pies, líquidos antisépticos, para abrazarnos  entre amigos y rosarnos con muchos desconocidos, como si con ello pudiéramos resarcir dos meses de atraso en la milenaria costumbre social de interrelacionarnos.
Mi asistencia a este milagro se produjo en una hermosa playa de Sarasota –en la Florida estadounidense–, durante el fin  de semana que se alargó al lunes, por coincidir  ese día con el homenaje a los que han ofrendado su vida envueltos en la bandera de esta nación. El recuerdo a los caídos, esta vez  llegó junto a la decisión política de comenzar a abrir el país a una gradual normalidad de su vida económica, aun cuando las más prestigiosas voces científicas aconsejan no descuidar un prudente distanciamiento social hasta que una vacuna pueda protegernos del virus que está azotando a la humanidad.
Si bien la ciencia tiene el poder de aconsejar desde la razón, son los políticos quienes han alcanzado la facultad de aprobar las disposiciones que rigen el comportamiento social. Y esta vez, a partir de la máxima jerarquía ejecutiva del país, las medidas de desconfinamiento han dado prioridad a la influencia que puede tener en la aceptación del liderazgo una pronta recuperación de la economía. Una vez indicadas las normas a seguir, la apertura de las playas  –entre otros lugares– marcaron el lugar del reencuentro público, con la esperanza de que las olas salobres y la gracia de los dioses nos vacunen por adelantado.
Siesta es la gracia de la playa a que acudí con parte de mi familia y es también el nombre del cayo, pegado a Sarasota,  donde la ribera se alarga con más de cuarenta hectáreas de aguas cristalinas y una arena blanca que proviene esencialmente de infinitos corales pulverizados. Al estar considerada una de las mejores playas de Estados Unidos –la mejor, ha sido bautizada por muchos– es lógico que los hijos de sus pueblos vecinos, donde está Tampa a sólo una hora, la visiten y aplaudan. A ello contribuyen sus amplias posibilidades de parqueo gratuito, la facilitación de muelles para quienes llevan sus botes, las ofertas de hospedaje y restaurantes y, en especial, la impresionante belleza del lugar.
Pero Siesta, esta vez, fue mucho más que una playa de recreación. Fue el lugar ­elegido por miles de personas que durante más de dos meses alimentaron la esperanza de salir de su casa y adentrarse en un torbellino de gente liberada. Allí, tuve la impresión de que esas personas abandonaban por un instante las noticias que acercaban a cien mil las muertes producidas por el Covid-19 en Estados Unidos y a más de un millón setecientos mil los contagios. Y, más grave aún, olvidábamos por un instante las recomendaciones científicas sobre la gravedad de la pandemia creada por un virus que no se conoce suficientemente y contra el que no tenemos todavía la vacuna protectora.
La playa, de todos modos, fue un canto a la esperanza, un aferramiento a la fe que desde los ancestros acudieron a los poderes sobrenaturales, al mar, el sol o las estrellas, para que nos explicaran antes que la ciencia el destino de nuestras vidas.
En la petición más abrumadora ante esas fuerzas inconmensurables, el sacrificio humano a los dioses fue una de las más terribles. En Cartago inmolaban niños para complacer a esas divinidades. El ritual capacocha de los incas ofrendaba la vida de niños menores de 12 años a sus deidades para que su ira no fuera a desatar una plaga devastadora.
En esa edad estaba una niña que entristeció la tarde del domingo pasado, en la playa de Sarasota, al ahogarse delante de todos, sin que nadie se diera cuenta.  Miramos sobrecogidos hacia la camilla donde, en vano, los paramédicos intentaban volverla a la vida. Pero ahora, ni siquiera tenemos el consuelo de justificar la aparente naturalidad con que se regó por la arena la tragedia, con la ilusión de que ese inmenso sacrificio venga a salvarnos de la pandemia terrenal.
Si así fuera, una esperanza imaginaria, como un conjuro, justificaría el abandono repentino  de la distancia social y de las mascarillas recomendadas con sensatez. Con todo, lo prudente es confiar en que pronto la ciencia encontrará la verdadera solución.

jueves, 7 de mayo de 2020

De la “gripe española” al Covid-19


    Es famosa la frase bíblica del rey  Salomón: “No hay nada nuevo bajo el sol”. El tercer y último monarca del reino unido de Israel construía  una metáfora para significar la repetición de los sucesos en la historia y, a su vez, extraerle provecho a sus enseñanzas.
Ahora, cuando la humanidad es golpeada por el efecto de un virus que ha trastocado de un día para otro las normas sociales con que concebimos la vida, memorizar cómo se enfrentó un hecho semejante del pasado, no es un acto infructuoso.
Varios medios de prensa se han referido en estos días a la llamada “gripe española” que, hace justamente un siglo, contabilizó millones de muertos en el planeta. Aunque las cifras varían en las publicaciones, el número de fallecidos fue superior a los 50 millones y muchas fuentes afirman que desapareció entre un 3 y un 6% de la población mundial. Se cree que sólo en las primeras 25 semanas, aquella pandemia que se expandió entre 1918 y 1920 exterminó a 25 millones de personas.
Las mascarillas de un siglo atrás, para protegerse de la "gripe española".
Aunque aquel virus no nació en España –se conoce como “gripe española” porque fue la prensa de allí quien lo dio a conocer–, ese país fue uno de los más afectados, pues reportó más de 200 mil fallecidos y más de 8 millones de contagiados. En China fue letal y se cree que perecieron alrededor de 30 millones de personas y diezmó a un 35% de sus soldados.
En Estados Unidos, que es donde se conoció el primer caso –un cocinero del ejército, en Kansas– murió más de medio millón de personas. Cuando la epidemia comenzó a extenderse en campamentos militares estadounidenses, muchos advirtieron al presidente ­Woodrow Wilson sobre el peligro epidemiológico que provocaría el traslado de tropas a Europa, pero se concluyó que esa noticia podría beneficiar a la entonces Triple Alianza –Alemania, Austria-Hungría e Italia–, derrotada aquel  mismo año. Hacia mediados de 1918, cientos de miles de soldados estadounidenses desembarcaron en Europa y muchos  de ellos eran portadores del virus. Así, la gripe fue pasando rápidamente hacia Francia,  Inglaterra, Italia y España, que siendo un país neutral no se vio obligado a ocultarla a la prensa.
De manera que la primera enseñanza tiene que ver con la movilidad, sea esta militar o civil. Por mucho trabajo que nos cueste cumplir con la consigna de “quedarse en casa”, sabemos que es la única vía de detener la expansión del contagio, mientras no exista una vacuna que nos inmunice contra el virus.
Aquel desastre se produjo cuando estaba concluyendo la Primera Guerra Mundial y aunque no es considerada un efecto de la misma, está claro que contribuyó a extenderla por el mundo, con los permanentes movimientos intercontinentales de las tropas.
En América Latina, los países que más muertos reportaron fueron Colombia, Venezuela y Argentina, con miles de casos en cada uno de ellos. En la India las víctimas mortales sobrepasaron el millón de personas, al igual que en el continente africano. Aunque las cifras informadas son sobrecogedoras, si tenemos en cuenta la endeblez de los servicios sanitarios de la época, la falta de comunicaciones y de datos fidedignos en extensos territorios, seguramente la mortalidad causada por aquella enfermedad –registrada como influenza A del subtipo H1N1– fue extraordinariamente mayor.
En aquel momento, Tampa fue tremendamente afectada y particularmente Ybor City y West Tampa, pues el virus encontró en las fábricas de tabaco un lugar idóneo a la propagación del virus, por la aglomeración de obreros en las salas de trabajo, la ­endeblez del sistema sanitario y la falta de medidas enérgicas para aislar a las personas. En esos días, miles de tampeños enfermaron y muchos fallecieron. Los hospitales no eran suficientes y hubo que crear nuevos en medio de la pandemia, como uno que se improvisó en el parqueo de Tampa Electric y otro de carpas en en el patio de Hillsborough High School. Asimismo, a través de la Cruz Roja, decenas de mujeres de la ciudad se ofrecieron como enfermeras, un ejemplo de solidaridad que hoy vemos repetirse.
Para enfrentar la pandemia de 1918-1920 no hubo vacuna. Hubo que esperar más de diez años para iniciar los estudios que la hicieron posible, lo que vino a ocurrir en la década de 1940, ya frente a otra Guerra Mundial. Ojalá y esta vez, cuando se perfila una propaganda contra China por atribuírsele responsabilidad en el origen del Covid-19 –de factura más política que científica–, no sea una nueva  guerra el ­desenlace de esta crisis, pues provocaría más muertes y sufrimientos que el virus.
Hoy la humanidad está más capacitada para enfrentar un virus que en 1918, por el avance de la ciencia y la rapidez en estudiar y encontrar soluciones ante esta amenaza, pero es útil mirar lo positivo y negativo que se hizo ante un hecho semejante y de él aprender.
Como en  1918, hoy se han derivado interpretaciones e información falsa sobre la pandemia y las más dañinas proceden de quienes aprovechan la lucha contra el virus para sus aspiraciones políticas. Si la que entonces llamaron “gripe española” también fue bautizada como “enfermedad bolchevique” o “plaga alemana”, hoy oímos llamar “virus chino” al mal que nos azota. De la historia se aprende, pero también se desaprende. Pero son los que aprenden quienes la impulsan adelante.






miércoles, 6 de mayo de 2020

Richard Muga: el fracaso no es una opción (entrevista)


Publicar una entrevista con el abogado Richard Muga en La Gaceta, el año en que arriba a los 80 de edad, es un imprescindible homenaje a quien ha dedicado una larga vida al servicio de nuestra comunidad, especialmente desde su profesión de abogado. Asimismo, nos honra dedicar un espacio a quien ha estado vinculado a esta publicación  durante décadas, desde su temprana amistad con Roland Manteiga hasta la actualidad, en que escribe una columna para sus páginas. 
La historia de un hombre que llegó adolescente a EE.UU. y con su esfuerzo se convirtió en un prestigioso abogado, es un ejemplo para los jóvenes que hoy se enfrentan a sus propias aspiraciones.  Pero será mejor que este cubano-tampeño, inteligente, perseverante y bondadoso, nos hable de él.

¿Cuáles son los recuerdos más vívidos de su niñez en el pueblo de Morón, Cuba?

Morón en mis recuerdos es un pueblo alegre, con rica agricultura y grandes  campos de caña e ingenios azucareros. Tambien tengo recuerdos de mi familia y los viajes anuales a la playa de Las Tinajas, donde teníamos una casa.

¿Qué circunstancias  determinaron que usted, con 15 años,  llegara a Estados Unidos en 1955?

Yo pasé al Instituto de segunda enseñanza con un año de adelanto, a través de un examen de admisión. Después de los primeros cursos comenzaron los paros de clases, debido a los altercados revolucionarias que comenzaban. Los apagones de luces, las amenazas de tiroteos, de lanzar veneno por el aire acondicionado de los cines, crearon un ambiente que me hizo pensar que nunca podría terminar mi educación en Cuba.


¿Cómo fueron los primeros años en Estados Unidos?

Unos amigos de mi familia, Harry y Kitty Hutson, habían comenzado una empresa de cultivo de  arroz en la región. Después de escucharlos hablar sobre este país, decidí que mi futuro estaba aquí. Traté de convencer a mi familia y al principio se negaron a darme el permiso. Pero había un estadounidense –Frank Gil– que tenía negocios con Cuba y era bien conocido por mi tío, el Dr. José (Pepe) Pardo Jiménez, entonces senador y ministro de Obras Públicas. Cuando la esposa de mi tío hizo una visita a Tampa en compañía de Frank y su esposa, me dejaron venir con ellos con la idea de matricularme en un colegio en Tampa por un semestre.
Viajamos en camioneta hasta La Habana, donde tomamos un ferry que nos condujo a Key West. De allí seguimos a Tampa. Aquí pasé mis primeras noches en el Hotel Tahitian Inn, en compañía de mi tía.
Después de la partida de mi tía, el señor Gil me llevó a un edifico de apartamentos en la Calle 16  y la 8.ª Avenida, frente al restaurante “Los Helados de Ybor”. En ese triste cuarto sentí miedo y soledad. Pero después de un tiempo, el seňor Gil me encontró una habitación en una casa de familia en West Tampa. Fui inscrito en Washington Junior High School y comencé mis primeras clases, aprendiendo el inglés rápidamente.
En Washington Jr. High conocí muchachos que me ayudaron a insertarme en la cultura estadounidense. Tres de ellos fueron Manuel Gutiérrez, Arnold Romero y Ralph Rodríguez. En 1956 tuve mi primer empleo, en La Gaceta.
Durante mis primeros meses en EE.UU. recibía un cheque de mi madre de 65 dólares. Eso era suficiente para pagar el alquiler. Por necesidad, hice varios trabajos como limpiar establos de caballos, vender estiércol para abono o repartir periódicos. Con ello conseguía los fondos necesarios para pagar el pasaje en autobús de West Tampa a Washington y Jefferson y no tener que caminar de Abdela y Gómez hasta Columbus Drive y ­Nebraska,  o a Columbus Drive y  Highland Avenue.
Me mudé varias veces durante el año 1957, después de comenzar mis estudios en Jefferson High School. Gracias a mi amigo Dennis Walker (QEPD) obtuve empleo en la Funeraria A. P. Boza en septiembre de 1957. La bondad de Jerry Boza fue extraordinaria. No sólo me ofreció trabajo y alojo en la funeraria localizada en la calle Albany, sino también residencia permanente cuando esta abrió la capilla en la Avenida  Nebraska. Esa fue mi residencia hasta el día de mi boda, el 4 de marzo  de  1962.
Los primeros meses en la funeraria tuve que dormir en una silla de patios. Pero bueno, tenía un colchoncito y se estiraba suficientemente para poderme acomodar. Yo, como otros empleados de Boza, también proveía servicios de emergencia de ambulancias.
Jerry Boza facilitó mi residencia permanente en este país. Viajé a Cuba en 1959, después de la toma de poder por Castro. Durante el proceso de embarcar en el aeropuerto, me registraron varias veces. Las autoridades pararon el avión, me bajaron y de nuevo me registraron, pues tengo el mismo nombre de mi padre, el cual había sido sentenciado a 40 años en prisión política en la Isla de Pinos. Por un rato, pensé que me quedaría en Cuba.
De regreso a Tampa, Walter López, un amigo conocido desde que llegué a esta ciudad, me recomendó a la prestigiosa tienda de ropas Wolf Brothers, donde comencé a trabajar, aunque seguía viviendo en la funeraria. En esa tienda sobresalí como vendedor y me ascendieron a gerente del departamento de peletería en su nueva tienda de Clearwater. Después, cuando la compañía Florsheim me ofreció trabajo en las oficinas de Chicago, Mr. Harold Wolf me propuso una posición en el departamento de trajes, mucho más lucrativa. También, fui escogido por esta firma para servir como modelo de sus nuevos trajes y chaquetas, lo que me aportó más ganancias.
En el año 1970, a insistencia de mi esposa Sylvia, decidí comenzar mis estudios en la Universidad de Tampa. Sería una tarea imponente, pues en esos tiempos, después de la muerte de mi suegro, Al García, yo quedé encargado de la finca de la familia. Era una intensa labor que desempeñaba solo, donde se producían de cuatro a cinco mil pacas de heno y mantenía una manada de ganado en  más de 120 acres. Al mismo tiempo, continúe trabajando en Wolf Brother durante los fines de semana y por las noches en la licorería de la familia García. Gracias a Dios, me gradué de la Universidad de Tampa en dos años.
En enero del 1973, mi esposa, mi madre y nuestras dos hijas cargamos un tráiler con nuestras posesiones y nos marchamos para Houston Texas. Anteriormente, guiados por E. J. Salcines y su esposa Elsa, viajamos a Houston para ser matriculado en S.T. College of Law, obtener trabajo para mi esposa, un apartamento y escuela para las niñas. En esa ciudad permanecimos 28 meses, hasta graduarme en esa Universidad.

Graduarse en South Texas College of Law Houston debió ser el cumplimento de uno de sus grandes sueños. Descontando el talento, ¿cuánto esfuerzo y perseverancia hubo detrás de ese título?

El esfuerzo necesario para obtener mi Doctorado en Leyes fue enorme. A mi lado necesité el diccionario de términos legales. Muchos de los conceptos eran totalmente ajenos. Las horas necesarias para asimilar el material eran interminables. Durante mis últimos meses en Houston, trabajé como maestro substituto de grados menores. Fue una necesaria faena que causaba más tensión. Con el apoyo de mi esposa y de E. J. Salcines al fin pudimos obtener el título. Siempre nos recordamos de la frase que mi esposa y yo habíamos adoptado: “El fracaso no es una opción.” Nos mantuvimos con el salario de ella y lo poco que yo ganaba de maestro. Nunca pedimos préstamos escolares.
En su profesión de abogado, ¿cuáles han sido los momentos más difíciles para usted?

Los momentos más difíciles durante mis años de abogado fueron preparando juicios en el Departamento de Felonías de la Oficina del Fiscal en Tampa. Todavía más difícil fue empezar la práctica privada. De nuevo, gracias a varios jueces que me nombraron abogado de oficio para defender a indigentes, me mantuve a flote desde el principio. Gracias a Dios que mi negocio creció en Tampa, dirigiéndose en varias direcciones. Las áreas de lesiones personales, divorcios, al igual que cambios de clasificación de zonas para propiedades, resultaron ser lucrativas.  Después de varios años, decidí adquirir un edificio modesto en Plant City. Pensé que la población hispana en esa ciudad necesitaba un abogado que se comunicara en su propia lengua. Más tarde, junto con mi esposa, adquirimos dos edificios más, uno de ellos todavía lo ocupo con actividades de mi pequeño bufete.

¿Y los de mayor satisfacción?

La mayor satisfacción de mi profesión siempre ha sido ayudar a las personas que han sido maltratadas por injusticias a mano de otros individuos, o por el sistema legal. Representar a individuos condenados a muerte cuando sufrían enfermedades mentales o fueron acusados de crímenes que no cometieron, a víctimas de discriminación y aquellos que han sido afectados durante accidentes, me ha producido grandes satisfacciones. Con la ayuda de las oficinas del Sheriff, proveímos consultas legales gratis en varias iglesias en Wimauma, Plant City y otros sitios. Combatimos los incidentes de abuso doméstico, alertando a muchos acerca de que ese acto es considerado un crimen en las leyes de este país. Participé con algunos padres de la Iglesia Católica en las clases prematrimoniales, explicándoles a los futuros esposos sobre el comportamiento respetuoso que entre ambos exige la ley. También delineé las violaciones de las leyes Estatales envueltas en esas acciones.

¿Qué personalidades hispanas en la bahía de Tampa han sido más cercanas a usted?

Primero, E. J. Salcines. Sin su ayuda hoy no estuviera escribiendo estas palabras. Le agradezco a García S. por sus enseñanzas en la ganadería y el trabajo de agricultura. Roland Manteiga, mi amigo desde 1955, me facilitó el primer trabajo en este país y recomendó mi nombre al Gobernador para que yo fuera nombrado miembro de la Comisión de Regulación del Medio Ambiente del Estado de Florida. Reconozco también a Manuel López Sr. (QEPD), Robert (Bobby) Diez (QEPD), los cuales me ofrecieron guías y ayuda en el mantenimiento y crianza del ganado. Son muchos más los que cuento como amigos.

¿Cómo ve hoy la ciudad de Tampa, si la compara con la de unas décadas atrás?

Veo la ciudad de Tampa muy diferente. Las amistades se han distanciado, la juventud no parece tener el entusiasmo de mantener la cercanía con la familia. El carácter de la sociedad, con el crecimiento, ha generado más crimen. El uso de drogas está destruyendo una generación completa.

He oído anécdotas –especialmente a la abogada Yahima Hernández– sobre la atención que usted brinda a inmigrantes hispanos en Plan City, incluidos servicios gratuitos a los más necesitados.

En el presente, proveo servicios gratis que incluyen notaría, matrimonios, traducción de documentos y más. Si un cliente necesita ayuda en áreas especiales, les refiero a abogados especializados en la materia con los que mantengo relaciones por muchos años. De esa manera, estoy seguro de que serán tratados honesta y bondadosamente. Muchos de los trabajadores de la agricultura no saben leer ni escribir. Cuando reciben correspondencia oficial o que parece oficial les interpreto el documento y, en ciertos casos, he descubierto que se trata de un fraude para estafar a un pobre infeliz.

Sé que otra de sus pasiones es escribir y que ha dedicado un libro a las memorias de Palmetto ­Beach. ¿Qué le inspiró a escribir y publicar ese libro?

Mi esposa, Sylvia García Muga, nació en esa península. Su familia, padres, tía, abuelos, al igual que las de muchos conocidos se ubicaron allí. Mientras que mucho se ha escrito de Ybor City, nada encontré sobre  el vecindario de Palmetto Beach. Por esa razón, decidí escribir todo lo que descubrimos: las fotos viejas al igual que las anécdotas de los que todavía están vivos.

Ahora que ha llegado a los 80 años, ¿no cree que sería bueno escribir sus memorias?

Mis hijas y mi esposa me han insistido en que las escriba. Pero, francamente, no me considero tan importante.
-Muchas gracias.

jueves, 16 de abril de 2020

Darnos la mano


La pandemia del Covid-19 nos ha caído encima tan inesperadamente y con tanta fuerza, que muchos hablan ya de un cambio del mundo a partir de esta época. Realmente, de un día para otro se interrumpieron milenarias costumbres y el ser social que somos, como nunca antes, se ha precipitado a un aislamiento que contradice la natural disposición a reunirnos a conversar, fiestar, ver deportes e, incluso, trabajar.
Alguien me contó que hace unos días, cuando instintivamente estiró la mano para saludar a un amigo en el mercado, éste retrocedió asustado unos  dos metros y sólo atinó a decir: Cuidado, no te acerques,  ¿cómo tú estás? En las redes sociales ha progresado un aviso nombrado ­#StopShakingHands, que en nuestro idioma significa “dejar de darse la mano”, pues sabemos que el peligroso virus puede compartirse con ese gesto de amistad.

También he leído en estos días varios artículos que intentan probar científicamente el peligro en que venimos incurriendo desde la antigüedad por la costumbre de estrecharnos la mano. En uno de ellos, procedente de la Universidad de Colorado, se afirma que en nuestras manos pueden asentarse un promedio de 3200 bacterias de unas 150 especies y quién sabe cuántas nos intercambiamos con ese hermoso saludo.
Nunca antes se habían publicado tantas sugerencias a abandonar este hábito, a tal extremo que algunos ya afirman que en el mundo ­postpandemia esta costumbre irá desapareciendo.
 Lo creo difícil, pues se trata de una reacción natural del ser humano en su relación con sus semejantes desde hace miles de años. En los jeroglíficos egipcios encontramos muestras de este gesto incluso entre los hombres y sus dioses. También hay diversas formas de este saludo entre los griegos y romanos de la época clásica. Se cree que en la Edad Media, de tanto oscurantismo, epidemias, asaltos y recogimiento social, el gesto se relacionó con el instinto de protección, pues al sostener la mano del otro podía evitarse que la utilizara para empuñar un arma. Un antropólogo mexicano me contó que ha encontrado esa misma reacción en comunidades actuales de su país. Pero no fue esa práctica quien le dio el sentido a la  costumbre que heredamos como una expresión de amistad.
 Aunque hay disímiles formas de saludarse en el mundo, según la diferentes culturas que lo habitan, darse la mano es una de las más difundidas. En ello, también se aprecian diferentes formas de practicarlo, con especificidades de género, rango  social,  edad, geografía, cultura. En Rusia las mujeres no acostumbran dar la  mano, pero los hombres son muy efusivos al hacerlo. Mientras en el Oriente Medio los apretones de mano son generalmente suaves, en Occidente –especialmente los latinos– se le imprime fuerza y movimiento a esa acción. Los coreanos, por su parte, sujetan con la mano izquierda el apretón que da la  derecha. En Liberia se concluye ese gesto con un choque de dedos.
El gesto cuenta, como toda expresión humana, con sus propias curiosidades, como el apretón de manos más largo de la historia, ocurrido en 2011 en Nueva Zelanda, que con treinta y tres horas y tres minutos alcanzó un récord Guinness. Detrás de esa misma marca, el inglés St. Albans dio la mano a diecinueve mil quinientas personas, una tras otra. A ese extremo no llegó ni el general Máximo Gómez, quien al entrar victorioso a La Habana, de dar tanto la mano provocó un sarcoma en la suya que, finalmente, lo llevó a la muerte.
En medio de la pandemia del coronavirus que ahora estamos enfrentando, se ha pedido encarecidamente no dar la mano y van apareciendo algunas variantes cercanas a ese saludo. Una de las que se va extendiendo es topar codo con codo (sin definición de derecho o izquierdo); otros chocan los nudillos de los dedos, lo que ya fue practicado en  Canadá frente a un contagio de gripe en 2009. Pero cuando pase esta tormenta viral que la ciencia finalmente derrotará, volveremos a darnos la mano, porque el gesto se ha afirmado en siglos de cultura como un símbolo de solidaridad. Así, “tienes mi mano” equivale a “tienes mi ayuda”, como hacen hoy miles de médicos, enfermeros, asistentes de la salud y tantas personas en el mundo. Cuidémonos hoy, para mañana, volvernos a dar la mano.



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