viernes, 18 de septiembre de 2020

Gabriel Cevallos García, un ecuatoriano ilustre que vivió en Tampa

 Cuando Gabriel Cevallos García murió en Tampa, el 16 de marzo de 2016, probablemente la ciudad no sabía que quien se despedía de la vida en ella era un hombre de tan grandes méritos, pues la mayor parte de su obra la realizó en Ecuador, su país natal. Allí, Cevallos fue profesor, historiador, escritor y filósofo, legando una copiosa obra escrita que hoy está recogida en 13 tomos. Fue hijo emérito de la ciudad de Cuenca, donde fundó la Facultad de Filosofía y Letras de su Universidad, en la que fue Rector entre 1964 y 1968.

   Cevallos fue miembro de la academia Ecuatoriana de la Lengua y de la Academia Nacional de Historia, siendo galardonado en 1988 por el Presidente de  Ecuador con el Premio Nacional de Literatura.

   Desde la cátedra, el periodismo y la ensayística, Cevallos ejerció una gran influencia en su generación, pues su pensamiento humanista y profundamente hispanoamericano fue inspiración y guía de estudiantes universitarios y profesionales del periodismo y las letras ecuatorianas.  Desde una posición teórica que intentaba entender y explicar la realidad del continente, enfrentó los dogmatismos marxistas que influyeron en parte de la intelectualidad y en su aplicación mecánica para intentar modificar la realidad de nuestros pueblos. En ello, sus libros Visión teórica del Ecuador y Reflexiones sobre la historia de Ecuador, publicado en 1960 en dos volúmenes, resultaron de un enorme valor.

   Su extensa bibliografía incluye obras significativas para la historia y el pensamiento ecuatoriano y continental como su notable Historia del Ecuador, que ha tenido varias ediciones y Caminos de España, de1947. Otros libros suyos, como Problemas filosóficos,  Del arte actual y de su existencia (1950), De aquí y de allá (2 volúmenes de escritos varios, 1962-1963), Evocaciones (Creencias y Sentimientos, 1977), Virgilio y sus Milenios (1982), y otros más, muestran, en la diversidad de sus temas, hondura de pensamiento y exquisitez literaria, la profunda cultura y honradez intelectual del eminente ecuatoriano.

   A Cevallos, a quien se le ha considerado “el primer humanista ecuatoriano contemporáneo”  también se le recuerda en la llamada Isla del Encanto, pues en la plenitud de su ejercicio intelectual ejerció como profesor en la Universidad de Puerto Rico –sede en Mayagüez–, donde se estableció en 1969. Allí fue director del Departamento de Estudios Hispánicos (EsHi).

   No sé cuándo vino Gabriel Cevallos a vivir a Tampa, seguramente por decisión familiar al final de su vejez. Lo hizo junto a su esposa la doctora María del Carmen Candau, reconocida lingüista que fue también profesora en la Universidad de Puerto Rico y con la que tuvo cinco hijos.

   Cevallos culminó su vida en nuestra ciudad, a los 91 años. En un breve artículo publicado en su memoria por Prensa Rum (Recinto Universitario de Mayagüez), Azyadeth Vélez Candelario escribió: “Según el doctor Rafael Colón Olivieri, catedrático retirado de EsHi y amigo del fenecido profesor, éste era ‘una persona cultísima, fina y un erudito verdadero. Es lo mejor que ha pasado por el departamento y uno de los seres humanos más excepcionales que he conocido’”.

 

viernes, 11 de septiembre de 2020

Hacia la eternidad Puly Sequeira, habanero y tampeño

 

El domingo pasado, supe por las redes sociales que Gabriel “Puly” Sequeira Romeu había fallecido el día antes. En ese instante, rememoré las veces en que pude conversar con él. La imagen inicial con que emergió al recuerdo fue la de su rostro amistoso, sonriente, jovial, con un perceptible halo de timidez.

La primera vez que vi a Puly fue en su hogar, en la calle Habana. Al vivir en una vía con el nombre de la ciudad donde llegó a la vida en el lejano 1933 y en una casa  llena de música cubana, parecía que aún estaba en el ambiente musical isleño en que creció, rodeado de sus ilustres familiares. De ello hablamos enseguida esa tarde, de su abuelo Armando Romeu –célebre pianista y director de orquesta–, del virtuoso tío abuelo Antonio María Romeu, compositor de más de 500 danzones; de su madre Zenaida Romeu, maestra de piano de figuras como Chucho Valdés; de su hermana Zenaidita, actual directora de la Camerata de Cuba.

La conversación,  acompañada de un exquisito café cubano, entre decenas de viejos discos atesorados por él, derivó hacia su propia historia cuando nuestra insistencia (compartí la visita con Marcel Ferrer, entonces productor del programa televisivo “Buenos días latino”, del entonces CNN en español en Tampa). ­Allí, supe de sus inicios en la música, primero estudiando piano, después  autodidacta y en la década de 1950 como técnico de radio y locutor en la emisora CMQ. Al inaugurarse la televisión en Cuba –primer país de América Latina en hacerlo– él fue uno de los primeros en sumarse, trabajando en Unión Radio  Televisión, el canal que lanzó la primera señal, en 1950. En el año 1954, Puly fue uno de los 9 cubanos contratados para montar una estación de televisión en Bogotá, Colombia, entrenando al personal que echó a andar la televisión de ese país.

En 1960, con 27 años, emigró de Cuba y se instaló en Miami. Allí, como músico, compartió escenarios con relevantes figuras que entonces iniciaban su carrera artística, entre ellos Wyly Chirino. En 1963 se mudó a Tampa, donde encontró su hogar para el resto de su larga vida, pues de los 87 años que llegó a vivir, 57 fueron en esta bella ciudad, tal vez la de más profunda historia cubana en Estados Unidos.

En Tampa, el nombre de Puly Sequeira estará eternamente vinculado a la historia de la radio,  pues hizo grandes aportes a los inicios de la programación hispana en la ciudad. Se le recuerda en La Latinísima,  en Radio Progreso, en La Tremenda Musicalísima, en el programa “Puntos de vista”, presentado por el músico cubano Roberto Ferrer y otros espacios radiales.

Después de la primera conversación, muchas veces me encontré con Puly Sequeira, las primeras en aquel canal de televisión y después en ­diversos lugares donde él acudía a tocar el piano, especialmente en Ybor City y West Tampa. En todas las ocasiones me saludó con la misma sonrisa y siempre le oí palabras pletóricas de optimismo y fe. En una ocasión compartimos un programa de radio y en otra comentamos, in situ,  un concierto ofrecido por Roberto Ferrer, su amigo de muchas décadas y con quien compartió la producción de más de cuarenta discos.

De Puly, también me queda un recuerdo personal, debido a su infinita bondad. Le pedí el favor de mirar un piano que requería afinamiento y al día siguiente tuve el placer de verlo llegar a mi casa y presentarlo, con honda satisfacción, a mi familia.

Con todo, el tiempo que más compartí con Puly fue alrededor de una extensa entrevista que le hice para La Gaceta en febrero de 2016. Estuvo varias horas en mi sala de trabajo, me contó con mucho orgullo sobre su familia, me mostró dos extensos catálogos con la obra de su abuelo Armando Romeu y me ofreció muchos detalles acerca de su larga vida en esta ciudad.

La entrevista, titulada “Puly Sequeira y la más grande dinastía musical cubana”, la concluí entonces con las siguientes palabras: “Gracias a Puly Sequeira Romeu, a sus ancestros y descendientes, por la riqueza musical con que su familia ha enriquecido el alma de la nación cubana y, desde ella, contribuido a la cultura universal”.

He leído en las últimas horas diversas expresiones de tristeza y conmoción por la muerte de Puly. “Es uno de esos seres que quisiéramos  fuera eterno. Un hombre cabal, íntegro, amable, simpático, cariñoso, hijo y nieto ejemplar, esposo, padre, el familiar preferido que todos tenemos (…) Te vamos a extrañar enormemente”, escribió en Facebook Armando Romeu, un primo suyo. “Vivo orgullosa de mi padre”, confesó su hija Gladys, recordando con emoción que en la celebración de los 15 años de sus hijas, el abuelo bailó con ellas un danzón criollo.

Ahora nos falta en Tampa su voz noble y cariñosa, unas notas musicales de rica cubanía, un ademán de  ayuda a los más necesitados, una sonrisa franca y solidaria; pero nos acompaña el recuerdo de un hombre bueno, eternamente inmortalizado en su familia, en los amigos y en la memoria de una ciudad que hizo suya  y a la que sirvió como ciudadano ejemplar.

 Publicado en La Gaceta, 11 de septiembre, 2020.

 

 

jueves, 3 de septiembre de 2020

Extremos de opinión en la campaña electoral estadounidense

 

Antes de las elecciones de 2020, ya había asistido a cuatro en Estados Unidos, dos de ellas como residente en el país y las últimas con la condición de ciudadano y, por ello, con derecho al voto. En ellas,  dos veces ganaron los republicanos (George Busch en 2004 y Donald Trump en 2016), mientras el demócrata Barack Obama triunfó en 2008 y 2012. Como en todas las campañas electorales del país, en ellas hubo una reñida pugna desde las bases de ese proceso, primero buscando la nominación por el partido y después entre los candidatos presidenciales. En múltiples discursos de campaña, en convenciones y continuos actos en los diferentes estados que componen la nación,  y  en medio de una propaganda continua en los medios de comunicación, vallas públicas, letreros lumínicos y toda una parafernalia propagandística que cuesta miles de millones de dólares,  los contendientes insisten en ocultar los méritos y agrandar los defectos de su oponente, prometiendo crecimiento económico, mayor justicia, soluciones a los problemas de salud y educación, así como, según la amenaza del momento –terrorismo, en primer lugar, desde el 11 de septiembre de 2001–, derrotar a cualquier enemigo de la nación.

Sin embargo, hasta las elecciones de 2020 nunca vi un lenguaje donde se haya extremado tanto la ofensa al contendiente –persona o partido–, el irrespeto a la dignidad del otro, aunque haya dedicado su vida a servir al país en los cargos más altos de su administración política. Cuando se trata de una nación sin gobernación caudillista en toda su historia y que ha cumplido  por más de doscientos años con los ciclos de poder que ampara su constitución, al ofender a la persona del contrincante electoral se ofende a la nación, se ofende a la constitución.

 Había leído las críticas de José Martí a las campañas electorales en Estados Unidos de las que él fue testigo, particularmente las de 1884 y 1888. Aunque el pensador cubano simpatizó con muchos aspectos de la democracia estadounidense, observó con mucha preocupación espurios intereses que se movían detrás de ella para favorecer a grupos de poder que ponían en tela de juicio su naturaleza democrática. Sin embargo, creía rebasados los elementos más nocivos que el talentoso hispanoamericano informó a su público a través de importantes periódicos (La Nación, de Argentina y el mexicano El Partido Liberal, entre otros), como han sido superados otros males de la nación que fueron denunciados en su tiempo por el citado comentarista.

Al menos, no había advertido en las elecciones pasadas un comportamiento que se correspondiera al peden leter con esta visión que nos dejó Martí sobre las elecciones de 1884:

 “Una vez nombrados en las Convenciones los candidatos, el cieno sube hasta los arzones de las sillas. Las barbas blancas de los diarios olvidan el pudor de la vejez. Se vuelcan cubas de lodo sobre las cabezas. Se miente y exagera a sabiendas. Se dan tajos en el vientre y por la espalda. Se creen legítimas todas las infamias. Todo golpe es bueno, con tal que aturda al enemigo. El que inventa una villanía eficaz se pavonea orgulloso. Se juzgan dispensados, aún los hombres eminentes, de los deberes más triviales del honor (...) En vano se leen con ansia en esos meses los periódicos de opiniones más opuestas. Un observador de buena fe no sabe cómo analizar una batalla en que todos creen lícito campear de mala fe. De plano niega un diario lo que de plano afirma el otro. De propósito cercena cada uno cuanto honre al candidato adverso. Desconocen en esos días el placer de honrar”.*

Confiando en la sinceridad y agudeza del escritor cubano, nunca dudé de que hubiera pintado con fidelidad lo que entonces apreció. Pero ha pasado casi siglo y medio y el sistema capitalista que entonces pugnaba por nacer violentamente en Estados Unidos ya no es el mismo. Ya los obreros no viven como aquellos que Martí pintó en “Un drama terrible” donde se refiere a las luchas obreras que desembocaron en el crimen de Chicago en mayo de 1886. Sin embargo, las elecciones de 2020 han traído aquellos mismos componentes denunciados por un extranjero en  1884. “Se miente y se exagera a sabiendas”, parece haber ocurrido entonces entre quienes apoyaban al republicano James Blaine y quienes preferían al demócrata  Grover Cleveland, quien resultó triunfador. “Se miente y exagera a sabiendas”, está ocurriendo 136 años después.

Ni Donald Trump es fascista, ni Joe Biden es socialista. Todos lo saben, pero en la campaña hacia la presidencia uno y otro título pueden ser decisivos en la definición del votante. En términos ideológicos, ninguno de los dos es antisistema y  defienden las bases del modelo socioeconómico  al que corresponden. Si uno fuera fascista (doctrina totalitaria y nacionalista) y el otro socialista (doctrina contraria a la propiedad privada), no habrían ocupado los cargos de presidente y vicepresidente de Estados Unidos. Pero,  “Se creen legítimas todas las infamias” y no importan los méritos que un hombre haya acumulado en toda su vida para ofenderle en la prensa, en los canales de televisión, e inventar cuanta imagen pueda denigrarle, sin importar el “pudor de la vejez”. Quiero creer, al menos, que a los niños no se les deje ver las imágenes con las que los adultos se mienten unos a otros, para que crezcan sin perder la confianza en el legado de sus padres.

Es legítimo que unos sean republicanos y otros demócratas, pero cómo respetar la democracia cuando se desconoce el derecho del que piensa diferente. Cómo respetar al que “se pavonea orgulloso” cuando “inventa una villanía”. Porque es una villanía consciente llamar socialista o comunista a Joe Biden y levantar el fantasma de que este país, con Constitución y todo, sería devorado por él, que es,  entre los dos hombres que en el 2020 contienden por la presidencia de Estados Unidos, el que menos semblante de dictador tiene.

*José Martí. Obras Completas, tomo 10, pp. 184.

Publicado en La Gaceta, 9.4.20

jueves, 20 de agosto de 2020

Despedida a Mercedes Barcha, musa y esposa de García Márquez

 

Si Gabriel García Márquez es el padre de Cien años de soledad,  Mercedes Barcha fue la madre de aquel alumbramiento feliz que está repartido por el mundo desde hace más de medio siglo, para la dicha de millones de lectores de todas las lenguas. Ahora el espíritu de Mercedes se elevó al cielo donde la esperaba su esposo de toda la vida desde hace  seis años, tres meses y 28 días, para seguir avivando desde su nombre propio y literario el realismo mágico de una rica existencia.

  Mercedes murió en la ciudad de México el pasado 15 de agosto, a la edad de 87 años.  Nació en noviembre de 1932  en Magangué, en el norte de Colombia y desde la niñez conoció  al  aracataqueño con quien se casó en marzo de 1956. Pero nadie podría contar mejor que el Premio Nobel de Literatura el nacimiento del amor entre ellos. Muchas veces escribió y habló sobre Mercedes. En su autobiografía, Vivir para contarla, lo describe con la brillantez que le era peculiar:

“A Mercedes la conocí en Sucre, un pueblo del interior de la costa Caribe, donde vivieron nuestras familias durante varios años, y donde ella y yo pasábamos nuestras vacaciones. Su padre y el mío eran amigos desde la juventud. Un día, en un baile de estudiantes, y cuando ella tenía sólo trece años, le pedí sin más vueltas que se casara conmigo. Pienso ahora que la proposición era una metáfora para saltar por encima de todas las vueltas y revueltas que había que hacer en aquella época para conseguir novia. Ella debió entenderlo así, porque seguimos viéndonos de un modo esporádico y siempre casual, y creo que ambos sabíamos sin ninguna duda que tarde o temprano la metáfora se iba a volver verdad. Como se volvió, en efecto, unos diez años después de inventada, y sin que nunca hubiéramos sido novios de verdad, sino una pareja que esperaba sin prisa y sin angustias algo que se sabía inevitable. Ahora estamos a punto de cumplir veinticinco años de casados, y en ningún momento hemos tenido una controversia grave. Creo que el secreto está en que hemos seguido entendiendo las cosas como las entendíamos antes de casarnos. Es decir, que el matrimonio, como la vida entera, es algo terriblemente difícil que hay que volver a empezar desde el principio todos los días, y todos los días de nuestra vida. El esfuerzo es constante, e inclusive agotador muchas veces, pero vale la pena. Un personaje de alguna novela mía lo dice de un modo más crudo: También el amor se aprende”.

Muchas veces El Gabo contó lo que significó Mercedes en el nacimiento de Cien años de soledad, cuando él empeñó el automóvil ella sus joyas familiares, quedando a cargo de la mujer los ingentes esfuerzos para que no faltara en la mesa un plato de comida y en su mesa de trabajo un puñado de hojas para escribir. En El olor de la guayaba (1982), el escritor confiesa: “Sin Mercedes no habría llegado a escribir el libro”. Y en esa misma publicación aclara lo que muchos le preguntaban: si se había inspirado en su esposa para algunos personajes femeninos de sus novelas. Su respuesta a quienes buscaban encontrarla en las protagonistas estuvo enriquecida por su propio estilo: “Ningún personaje de mis novelas se parece a Mercedes. Las dos veces que aparece en Cien años de soledad es ella misma, con su nombre propio y su identidad de boticaria, y lo mismo ocurre las dos veces en que interviene en la Crónica de una muerte anunciada. Nunca he podido ir más lejos en su aprovechamiento literario, por una verdad que podría parecer una boutade, pero que no lo es: he llegado a conocerla tanto que ya no tengo la menor idea de cómo es en realidad”.

Cuando, en una entrevista para la revista Crisis, en 1973, le preguntaron al ya famoso escritor sobre lo más significativo  que le había ocurrido, respondió: “Mi signo es Piscis y mi mujer, mi esposa, es Mercedes. Estas son las dos cosas más importantes que han sucedido en mi vida, porque gracias a ellas, por lo menos hasta el momento, he conseguido sobrevivir escribiendo”.

Mercedes no fue sólo la esposa durante 56 años del escritor famoso y mucho menos una bella mujer para lucir vestidos en cada salón abierto al Premio Nobel. Fue la mujer trabajadora que se ocupó de la economía familiar, de educar a los dos hijos, representar los intereses del escritor ante las editoriales y propiciar el clima favorable para el ejercicio de creación literaria de su esposo.  Al conocer su muerte,  la secretaria de Cultura de México, Alejandra Fausto, expresó: “Con mucha tristeza me entero de la muerte de Mercedes Barcha, mujer tenaz y generosa. Cómplice indiscutible de Gabo, madre de Rodrigo y Gonzalo. Nuestro más sentido pésame, vuelan mariposas amarillas”.  Las mariposas amarillas, junto a las  flores que la eterna Musa acercaba a la mesa del escritor, les acompañarán en la eternidad.

 

 

jueves, 13 de agosto de 2020

Recordando a Ivan A. Schulman

 


Con el fallecimiento de Ivan A. Schulman el pasado 3 de agosto, perdimos físicamente al intelectual estadounidense que más aportes ha realizado al estudio de la obra de José Martí. De sus 89 años, dedicó más de sesenta a leer, estudiar, interpretar y explicar –a través de la palabra oral y escrita– los valores imperecederos de la literatura que nos legó uno de los más profundos y legítimos escritores americanos del siglo XIX.

   La vida intelectual de Schulman –quien nació en Nueva York en 1931–, discurrió entre la investigación y la enseñanza universitaria. Siendo estudiante, el profesor Manuel Pedro González lo puso en contacto con los textos martianos y más nunca se separó de ellos. La tesis de doctorado, tutoreada por el señalado preceptor, indicó el talento del joven y derivó en la publicación de un libro que hasta hoy no ha sido superado para entender los símbolos de la escritura martiana y encontrar en ella indicios fundadores del modernismo literario. Aquel libro, Símbolo y color en la obra de José Martí, cuya primera edición correspondió a Gredos, Madrid, en1960, ha sido una fuente imprescindible para los estudiosos sobre el Apóstol cubano.

Conversando con Ivan Sculman en la Universidad
de Tampa, en abril de 2016. Foto: Manuel Portales.

En un escrito que publiqué en esta columna hace más de tres años, comenté mi encuentro con esta obra, la oportunidad de conocer a su autor, merecer un ejemplar dedicado y su amistad. Nos conocimos en 2001, en un curso sobre José Martí organizado por él en la Universidad del Sur de la Florida (USF) y después nos encontramos en otras conferencias en torno al cubano universal. Me permito recordar, también, un viaje suyo a Baracoa, Cuba, donde pudimos conversar durante varias horas. Entonces él vivía en San Agustín y viajó a la Ciudad Primada de la Isla de Cuba a prestar un servicio humanitario relacionado con el apoyo de una iglesia cristiana a un proyecto cultural con jóvenes de aquella intrincada localidad. Yo fui a verlo desde Manzanillo –donde entonces vivía–, pues tuvo la gentileza de avisarme de su llegada allí.

Aunque desde entonces sostuvimos algún intercambio epistolar, no volvimos a encontrarnos hasta 2016, cuando, a pesar de su avanzada edad, asistió a un evento sobre José Martí organizado por la Universidad de Tampa y USF, donde pronunció una aplaudida conferencia e intervino con alto rigor académico en las ofrecidas por otros participantes. De aquellos días quedaron dos entrevistas que le hice, una para La Gaceta y otra, grabada, a la que se puede acceder a través de Youtube (https://www.youtube.com/watch?v=v0a4VMizRxE). 

De ellas quiero rememorar  momentos de su vida y obra: “Mis proyectos más importantes fueron, y han sido la rectificación de la iniciación del modernismo, y la definición del concepto literario y cultural del modernismo en América y la importancia de Martí en la evolución de ese proyecto (…)Pero he escrito y publicado sobre muchos temas hispanoamericanos, desde la Colonia hasta lo contemporáneo, sobre figuras y temas de Cuba, México, Nicaragua, Argentina, Puerto Rico, Chile”, respondió, al ser interpelado sobre su quehacer investigativo y escritural.

Hablamos de sus libros: Símbolo y color… para él uno de los preferidos “porque representa el comienzo de mi carrera como investigador y porque la figura de Manuel Pedro Gónzalez está presente siempre cuando pienso en el libro”, pero también destacó a El Proyecto inconcluso, libro que “representa mis ideas maduras sobre el tema del modernismo y lo que significó para la historia literaria y cultural de Hispanoamérica”. Otros textos, como El modernismo hispanoamericano (1969), Martí, Darío y el modernismo (1974), Martí, Casals y el modernismo (1969) Nuevos asedios al modernismo (1987), así como la gran cantidad de artículos suyos dispersos en publicaciones españolas, hispanoamericanas y estadounidenses, fueron tocados en la conversación tangencialmente, dentro de los temas centrales que estuvieron siempre focalizados por el notable investigador.

Por él supimos de su vida: “Nací en Brooklyn, Nueva York, donde viví y estudié hasta cumplir tres años de estudios universitarios.  Después, en México, California, Missouri, Florida y Puerto Rico (…) De joven deseaba hacer estudios de medicina.  Pero, como mis padres eran de clase media baja, sin mucho dinero, y como me gustó el estudio de las lenguas extranjeras y la literatura, me decidí por una carrera de profesor universitario. La decisión de estudiar la cultura y la literatura hispana se debió al hecho de que gané una beca para terminar mis estudios subgraduados en la Universidad Nacional Autónoma de México”.

Habló de sus constantes viajes y de sus lugares preferidos: México, Cuba, Buenos Aires, Italia y Tailandia, aunque para vivir, el que más le gustó fue Nueva York; y aunque lo atribuyó a  “la actividad cultural de la ciudad”, seguramente el orgullo de ser hijo suyo pesó en la valoración.

Con relación a la predilección por expresiones artísticas, Schulman confesó ser bastante ecléctico y disfrutarlas todas, sin una “preferencia por una manifestación particular”. En cambio, la prioridad de la literatura y la historia era tan evidente en su obra que no requerían interrogación. A su vez, la distinción por sus alumnos, especialmente aquellos a quienes les sirvió de tutor en sus doctorados, ocuparon un espacio muy especial en su  atención. “Tengo discípulos regados por todo el mundo, incluyendo a Tampa”, dijo con una noble sonrisa, llena de sencillez y satisfacción.

Finalmente, Ivan se mostró preocupado por “lo que está pasando ahora en el mundo, sobre todo, el terrorismo y la violencia racial”. A pesar de ello, se mostró optimista: “Tengo fe en la humanidad.  Mi fe está relacionada con la visión martiana de un mundo de paz y alegría”, declaró, con la suave serenidad de su palabra, visiblemente amorosa.

Ahora nos falta la palabra lúcida y la sonrisa amigable de Ivan, pero nos queda para siempre en la amplia familia martiana y en cada una de las miles de líneas que escribió. En lo personal,  también guardo  su nombre en mi librito Domingos de tanta luz, con las palabras de introito que él le dedicó con tanta generosidad. Como en muchas de sus expresiones encontramos a Martí, al abrir sus libros los reencontramos juntos, alineados con los que aman y construyen, imperecederos guardianes de la dignidad humana.

Gabriel Cartaya, Tampa, 10 de agosto, 2020.

Publicado en La Gaceta, 8.14.20

martes, 4 de agosto de 2020

Saint-Exupéry vive en El principito, a 76 años de su muerte

El 31 de julio de 1944 murió el escritor francés Antoine de Saint-Exupéry, autor francés de El Principito. Ese día, a menos de un año de concluir la Segunda Guerra Mundial, cuando cumplía una misión como piloto de guerra, fue derribado su avión en aguas de Marsella. Entonces el piloto-escritor tenía 44 años y volaba en un P-38 Lightning alineado con las fuerzas antifascistas. Aunque esa acción lo inscribe como un héroe de guerra y un mártir de la lucha contra el fascismo, su nombre es recordado en todo el mundo como escritor, especialmente como creador de uno de los libros más hermosos de todos los tiempos, al que su autor llamó El Principito. 
     Saint-Exupéry no pudo conocer la fama alcanzada por esta obra literaria, pues apenas había sido publicada unos meses antes de su muerte. Fue dada a conocer en Estados Unidos –donde estaba exiliado el escritor– por la Editorial  ­Reynal & Hitchcock. En Francia se publicó por primera vez en 1946, por Éditions Gallimard y a partir de entonces comenzó a extenderse por el mundo la historia maravillosa de El principito, hasta convertirse en uno de los libros más leídos en todo el mundo. 
Aunque Saint-Exupéry había publicado otras obras –Vuelo nocturno (1931)– no era un escritor reconocido. Se formó como piloto en Francia, oficio en el que vivió experiencias sobrecogedoras como el aterrizaje forzoso que tuvo que hacer en el desierto de Sahara, en Libia, cuando realizaba un vuelo hacia Saigón, en 1935. Entonces, junto a un compañero, intentaba romper el récord de tiempo entre París y aquella ciudad, que se premiaba con 150 mil francos. La aventura terminó en el desierto, sin agua y apenas unas uvas y naranjas como alimento. Al cuarto día, casi deshidratados y hambrientos, fueron encontrados por un beduino que los sacó de allí en el lomo de un camello.
     Aquella experiencia, entre otras, son revividas en la historia del piloto que tiene que aterrizar en el desierto a reparar su avión averiado, donde  se le aparece el niño a pedirle que le dibuje una oveja. La tierna amistad con el pequeño que le cuenta sus viajes, desde el diminuto asteroide donde habita hasta los planetas visitados antes de llegar a la Tierra, es pletórica de enseñanzas, belleza y sensibilidad. El amor al ser humano, la libertad, el pensamiento propio, la sencillez y la grandeza humana, emergen de El principito con la naturalidad que sólo alcanzan las cosas verdaderas. 
     El escritor francés también estuvo muy vinculado a Latinoamérica, pues vivió en Argentina un tiempo, siendo en ese país director de la empresa “Aeropostata argentina”. Allí conoció a la salvadoreña Consuelo Suncín, que sería el amor de su vida y con quien contrae matrimonio, a pesar de las tormentosas relaciones que por momentos les alejaron. 
     Pero no es a su vida como piloto, viajero, cronista, cuyas exaltadas vivencias dejó escritas en Tierra de hombres (1939), Piloto de guerra (1942) y Correo del Sur (1928), donde nos remitimos cuando oímos su nombre, sino al imperecedero Principito, un pequeño libro ha encontrado más lectores en el mundo que los clásicos que debemos a Víctor Hugo, Honoré de Balzac, Emile Zola y otros grandes escritores franceses; un libro que ha sido traducido a más de 250 idiomas y dialectos, entre ellos el toba y el totonaco, lenguas indígenas argentina y mexicana respectivamente.
     Hoy se le rinde homenaje a Saint-Exupéry en todo el planeta. Un asteroide descubierto en 1975 lleva su nombre; otro, dado a conocer en 1993, se nombró 46610 Bésidouze (en español B-seis-doce) en recuerdo del imaginario planeta donde habitaba el principito; más tarde se le llamó Petit-Prince a la luna de otro asteroide. En fin, cada nuevo lector de este precioso libro suma su voz a la inmortalidad de su autor. 
     Cuando leí por primera vez esa obra, en una conversación de amigos tuve una expresión exageradamente categórica: No se puede ser buena persona sin haber leído El Principito. Entonces era casi un muchacho y de hombre rectifiqué la afirmación: Se es mejor persona después de haber disfrutado la lectura de El Principito.  
Gracias, Antoine Saint Exupéry, por haber escrito ese pequeño y maravilloso libro antes de que el avión en que volabas se perdiera en tu último asteroide.

viernes, 24 de julio de 2020

Josefina nos habla de su padre, el poeta Eliseo Diego



En el marco del centenario del poeta cubano Eliseo Diego, La Gaceta ha querido sumarse a los diversos homenajes que se le han ofrecido a uno de los grandes representantes de las letras hispanoamericanas del siglo XX. El autor de En la Calzada de Jesús del Monte nació en La Habana el 2 de julio de 1920 y murió en la ciudad de México el 1.° de marzo de 1994, legando una obra compuesta por  más de 20 libros, entre poemarios, prosa y traducciones. Entre otras distinciones, recibió el Premio Internacional de Literatura Latinoamericana y del Caribe “Juan Rulfo”, que le fue otorgado en 1993.
     Josefina de Diego –Fefé–, hija del poeta y autora del libro El reino del abuelo, quien vive en La Habana, respondió gentilmente a nuestro deseo de entrevistarla para esta publicación.
Ser hija del poeta Eliseo Diego, sobrina de Cintio Vitier y Fina García Marruz, haber crecido en una atmósfera donde la presencia de José Lezama Lima y otros  grandes intelectuales y artistas fue permanente, debe asaltarte constantemente en el recuerdo. Aunque seguramente lo has contado muchas veces, para los lectores de La Gaceta, en Tampa, puede ser la primera vez…
Eliseo Diego junto a sus hijos Constante Alejandro (Rapy),
Josefina de Diego (Fefé) y Eliseo Alberto (Lichy)
 Así es. Como muchos saben, mis padres, mi abuela paterna y nosotros tres (mis dos hermanos y yo) vivimos desde 1953 hasta 1968-69 en una quinta, Villa Berta, en las afueras de La Habana, en Arroyo Naranjo, a unos veinticinco kilómetros de El Vedado, donde vivo ahora, para que se puedan ubicar los lectores de esta entrevista. Era un jardín grande, del tamaño, aproximadamente, de lo que se conoce como “manzana”, cinco mil metros, según consta en la propiedad. Esa quinta era de mis abuelos y ahí vivió mi padre los primeros nueve años de su vida. Durante la crisis de 1929, el negocio de mi abuelo quebró y tuvieron que alquilar la finca y mudarse. Cuando mis padres se casaron, mi madre, Bella García-Marruz, quiso regresar a ese hermoso jardín, porque quería que sus hijos crecieran en el lugar en el que mi padre había sido tan feliz.
Villa Berta era un verdadero parque de diversiones para nosotros, nuestros primos y amigos del barrio. Y también se convirtió en un espacio de reunión de la familia y los amigos de mis padres. Todos los domingos llegaba muy temprano mi abuela materna, Josefina Badía, que era pianista, y nos despertaba tocando el piano que teníamos en la sala, para ella. Venía con nuestros primos, los hijos del hermano médico de mamá, Sergio García-Marruz, ginecólogo y obstetra, que tenía una linda voz de tenor. Más tarde, los tíos Cintio  y Fina, con sus hijos. En ocasiones llegaba el tío Felipe, hermano de mi madre de un primer matrimonio de mi abuelita, con sus hijos y sus músicos (Los Armónicos de Felipe Dulzaides). Y así, domingo tras domingo, el jardín recibía a los amigos: Lezama, el sacerdote navarro Ángel Gaztelu, el músico asturiano Julián Orbón y su esposa Tanguy, los “tíos” Agustín Pi y Octavio Smith, con sus respectivas familias, era una especie de “sub-grupo Orígenes”, como yo le llamo. Y muchos otros visitantes. Mi madre se las agenciaba para que todo el mundo se sintiera bien, a gusto, ella hizo posible que Villa Berta se convirtiera en ese “sitio en que tan bien se estaba”, con su delicadeza, inteligencia y sabiduría. Mi hermano Lichi y yo teníamos dos años cuando nos mudamos para esa quinta, Rapi, cuatro. Y nos fuimos en la adolescencia. Pero para nosotros, todas esas “personas mayores” eran familia, amigos y “tíos”, no los mirábamos como los grandes artistas e intelectuales que eran. Ellos estaban en sus “juegos”, nosotros en los nuestros, ¡mucho más divertidos!, de eso estábamos seguros. Y no todo era literatura y conversaciones “serias”. Recuerdo que ­jugaban al croquet (¡no confundir con criquet!), hacían torneos de ajedrez; abuela Josefina se sentaba al piano y el tío Sergio cantaba; si llegaba Felipe, la fiesta era en grande. Mamá y Fina se sabían  en inglés muchas de aquellas bellísimas canciones de  la década de 1940-1950: “Stars Fell On Alabama”, “The Nearness Of You”, “They Can’t Take That Away From Me”, y Felipe las tocaba  (Fina escribió el libro de poemas Viejas melodías, dedicado a esas canciones y a esos recuerdos). Y papá y Julián cantaban: “Como quieres que una luz / alumbre dos aposentos / como quieres que yo quiera / dos corazones a un tiempo”.
¿Qué determinó que en 1968 la familia se mudara de Villa Berta, ese paraíso de Arroyo Naranjo al que tanto aludió tu padre?
En esta pregunta no me detendré porque siempre me resulta muy doloroso hablar de este tema. En mi libro El reino del abuelo, lo explico muy brevemente. En una larga entrevista que me hizo el escritor cubano Norge Espinosa (“Si hay buen tiempo mañana, iremos a La Habana”, reproducida en el libro La Habana en mí, Ediciones Extramuros, 2019) lo cuento en detalles. Para resumir, tuvimos que abandonar la quinta por razones económicas, no era ese nuestro deseo, pero así tuvo que ser.
¿Qué fue de Villa Berta cuando ustedes la abandonaron, qué es en la actualidad?
Allí hay una empresa del Ministerio de la Agricultura, nada de museo… el jardín no existe, construyeron dos oficinas grandes, quedan la casa y el estudio.
¿Tuvo suficiente  atención en las editoriales cubanas la  obra de Eliseo en las décadas de 1970 y 1980?
Sí. Entre 1958, fecha en que publicó su segundo poemario, –Por los extraños pueblos, y 1966  hubo un silencio, digamos, editorial, porque mi padre nunca dejó de escribir. En ese año salió a la luz El oscuro esplendor. Pero, si te fijas, entre En la Calzada de Jesús del Monte y Por los extraños pueblos transcurrieron nueve años. Él trabajaba mucho sus poemas, no se apuraba por publicar. En esos años que mencionas se publicaron sus libros de cuentos, luego Los días de tu vida (1977). Y así, todos sus libros.
Cuando en 1994 Eliseo Diego murió en México, a los 74 años, ¿estaba viviendo en ese país?
Mi padre tenía la intención de pasarse un tiempo en México, ya que el premio le proporcionó una tranquilidad económica, por decirlo de alguna manera. Allá vivían mis dos hermanos y tenía grandes y entrañables amigos. Mi madre y yo estábamos con él. Pero la vida decidió otra cosa.
Aunque tu padre confesó ser esencialmente un poeta, su obra escrita en prosa es de una  extraordinaria calidad. ¿En qué género lo veías esforzarse y disfrutar más?
Él revisaba mucho sus escritos, ya fuera poesía, prosa, prosa poética, traducciones, ensayos, era muy meticuloso y exigente. Conservo borradores de sus textos, con sus tachaduras, cambios de palabras. Él mismo los mecanografiaba y cuidaba mucho siempre, no sólo el contenido sino también la forma. Lo de disfrutar más un género por encima de otro, no sabría decirte. Escribía por necesidad, así lo dijo muchas veces, y le gustaba citar a Rilke en sus Cartas a un joven poeta:
“Investigue la causa que le impele a escribir; examine si ella extiende sus raíces en lo más profundo de su corazón.  Confiese si no le sería preciso morir en el supuesto que escribir le estuviera vedado. Esto ante todo: pregúntese en la hora más serena de su noche: ¿debo escribir? Ahonde en sí mismo hacia una profunda respuesta; y si resulta afirmativa, si puede afrontar tan seria pregunta con un fuerte y sencillo ‘debo’, construya entonces su vida según esta necesidad; su vida tiene que ser hasta en su hora más indiferente e insignificante, un signo y testimonio de este impulso”. 
Esa necesidad podía manifestarse en un poema, en un cuento, en un ensayo. Escribía y traducía, también, por placer. Sus traducciones de poetas ingleses y estadounidenses las fue haciendo poco a poco, durante años, con el simple propósito de compartir esos poemas que tanto le gustaban con sus amigos. Creo que la poesía estaba siempre presente. Quisiera citar ahora unas bellas palabras de Rafael Rojas, publicadas quince días después de su muerte, donde explica muy bien, me parece, lo que me estás preguntando.
“(…) Por eso su poesía es una necesidad del orden natural y su escritura es el acto inevitable que testifica esa misión. Era muy poco lo que podía hacer Eliseo contra su propia virtud porque sus lazos con el verso eran casi providenciales” (Nota necrológica publicada en el periódico Siglo XXI, Guadalajara, 16-III-94).
¿Crees que el año del centenario de Eliseo Diego puede impulsar  un redescubrimiento de su poesía?
Pienso que sí. ¡Y ojalá que así sea! Aquí se le quiere y admira muchísimo, me consta, pero por la escasez de papel y otros recursos, sus libros no se encuentran en las librerías. Y un escritor  seguirá vivo mientras exista alguien que lo lea. El otro país donde es muy querido y conocido es México. Pero, por lo general, no se ha divulgado mucho fuera de Cuba. Todos sus ancestros eran españoles: su padre era asturiano y su madre, habanera, era hija de asturiano y catalana. La literatura española, los poetas del Siglo de Oro, Cervantes, los libros de los grandes escritores españoles pueblan los estantes de sus libreros. Pero en España es casi un extraño, al igual que en el resto de América Latina. Aunque también me consta que en esos países, sus poemas y sus escritos han acompañado a varias generaciones de jóvenes peruanos, colombianos, panameños, dominicanos…
Lezama afirmó en la antología ‘Una fiesta innombrable’ que el libro de Eliseo ‘En la Calzada de Jesús del Monte’ constituyó uno de los esplendores de la poesía cubana y de su autor. García Márquez, por su parte, afirmó que tu padre era uno de los  más grandes poetas que hay en la lengua castellana. Unas opiniones tan autorizadas, ¿pudieron influir en que la obra de Eliseo Diego fuera priorizada  en la crítica y academia cubanas?
Lezama escribió varias veces sobre él, siempre de forma muy elogiosa. También lo hicieron Gastón Baquero, Fina, Cintio. Pero creo que la calidad de su poesía, de sus textos en general, se fue abriendo paso, poco a poco, a través de sus libros. Ya en 1958 era una especie de leyenda entre los jóvenes escritores de la época. En una entrevista que su madre tenía celosamente guardada entre sus papeles, Severo Sarduy dice:
Eliseo Diego, sin lugar a dudas, es el mejor poeta cubano. Orígenes es el grupo más trascendente; y la figura más completa es Virgilio Piñera (…) Jamás he visto a Eliseo Diego. He llegado a pensar que es una ficción (Diario de la Marina, diciembre, 1958).
Conocimos a García Márquez en 1975, ya mi padre era un autor reconocido, y esas palabras de Gabriel las dijo durante una visita que mi padre hizo a México en la década de los ochenta del siglo pasado. Fue una pena que no se llegaran a conocer Octavio Paz y mi padre, estaba ya ­concertada una cita para verse en los primeros días de marzo. Al saber la noticia, Paz dijo:
Sólo lo vi una vez, no fui su amigo, pero la muerte era lo único que faltaba a Eliseo Diego para convertirse en leyenda de la poesía latinoamericana.  Fue uno de los buenos poetas, dejó una obra considerable y profunda” (En: Periódico Excelsior, 3 de marzo, 1994, México DF).
En una familia de escritores tan reconocidos, se suma tu nombre con El reino del abuelo. Cómo fue recibido este libro y qué significó para ti y tu familia?
Sé que el libro ha gustado. Comencé a escribirlo en 1991 y su primera edición fue en México, 1993. Se publicó en España y Colombia y aquí se dio a conocer en 2016. Pero he escrito otros libros, uno que me dio mucho placer, Un gato siberian husky (Premio de la Crítica de 2007, junto a otros títulos), un relato para niños. Están ya en imprenta otros dos: Un rumor apenas, que agrupa cuatro conferencias que impartí sobre mi padre y una sobre un texto inédito de mi tía Fina; el otro ¿Y ya no tocan valses de Strauss?, compilación de textos sobre mi familia.
También me he dedicado a la traducción literaria, del inglés al español.
De Cuba, La Habana y tu familia, dime una frase con que las sientes.
Un nombre, el mejor: Villa Berta.
    Muchas gracias.
                                                       Publicado en La Gaceta, Tampa, el 17 y 24 de julio, 2020.