viernes, 30 de abril de 2021

Acerca del impacto del Covid-19 en la cultura

 La pandemia que estamos atravesando hace ya más de un año se refleja en todas las áreas del comportamiento humano, más allá de la crisis sanitaria global que ha provocado. Si al llegar las primeras noticias con la palabra coronavirus ésta no había estado en nuestro vocabulario, hoy no existe un hogar en el mundo donde no haya penetrado y desde los niños hasta los más ancianos la distinguen con una variedad de matices que indican preocupación, temor, resguardo, conocimiento, superstición o responsabilidad. En todos los casos, la voz se integra a la conversación en el idioma de cada pueblo, oyéndose Xīnguān bìngdú entre oriundos de China, ­­Mànshēng zhě  para  cuantiosos  árabes, Kōrōnābhā’irasa en quienes viven en Nepal, Koronawirus los polacos o coronavirus, como escribimos los que hablamos español, inglés, francés, alemán y otros idiomas, cada cual desde su escritura y pronunciación.

   Que la pandemia extendida en el vigésimo año del siglo XXI ha afectado la demografía mundial es una triste realidad, al aumentar significativamente los decesos en una franja de la población más longeva y perder con ella un reservorio de conocimiento. Cuando se menciona la cifra de más de tres millones de muertes, conmueve pensar que una gran parte de quienes han perdido la vida por este virus aún estarían al lado de su familia, transmitiendo a sus descendientes verdades ancestrales.

   Lo fácilmente visible del impacto que el coronavirus ha tenido sobre la cultura se relaciona con la pérdida temporal de espacios donde ella se manifiesta. El cierre de teatros, cines, museos, clubes sociales, estadios, festivales, ha afectado su disfrute. La interrupción momentánea de esos espacios no solamente ha privado a millones de personas de una riqueza espiritual que es parte de su modo de vida, sino, también, ha influido negativamente en el proceso de una producción artísticas cuya dinámica se estimula con su consumo. Habría que estudiar hasta dónde el cierre de escenarios donde se realiza el artista, sumado a marcas sicológicas devenidas del enclaustramiento, ha repercutido en el nacimiento de obras destinadas al mercado de la cultura. Ello, sin hablar de quienes han perdido su trabajo por el cierre temporal de las instalaciones donde se desempeñan, o, más dramático aún, de los que han muerto a consecuencia del Covid-19, como los cantantes mexicanos Armando Manzanero y Oscar Chávez, la actriz española Lucía Bosé, el actor canadiense Nick Cordero, por sólo citar algunos ejemplos.

   Asimismo, el cierre de las aulas, aunque sea por un trimestre, ha ejercido una particular conmoción sobre la cultura, no únicamente por el atraso en el aprendizaje que puede suponer esa necesaria medida, sino por los replanteamientos a que obliga, entre ellos las clases a distancia, sustituida la presencia física del maestro por su imagen en una pantalla de televisión. Probablemente el contenido de la lección sea bien transmitido y el estudiante logre aprobar su curso, pero sin la mirada, el gesto, la mano en el hombro, sin esa sensación de complicidad que entraña la trasmisión y aprehensión del conocimiento, el hecho cultural del lazo maestro-alumno queda incompleto.

   También, asistimos a efectos más sutiles que la pandemia provoca en la sociedad y que, a la postre, impactan las costumbres. Entre ellos, creo significativo un elemento atávico relacionado con el tránsito a la muerte y los ritos funerarios con que las diversas culturas lo acompañan. Si bien, hay notables diferencias culturales alrededor de este hecho, es universal el hábito de acompañar al familiar en sus últimos minutos de vida. No creo que ello sufra variación ­porque miles de personas ­hayan ­atravesado por el dolor de no abrazar a un ser amado en el minuto de su despedida final, pero podría influir en el ritual del velorio y el enterramiento, cuando cada vez más personas se inclinan por la cremación, sobrepasando los límites de la cultura heredada.

   Cuando transcurra un tiempo prudente, la Sociología y otras ciencias afines estudiarán la influencia que pudo tener la pandemia actual en determinadas transformaciones de las costumbres y cuyos primeros signos, apurados por la pandemia, comienzan a pugnar en la mentalidad que rodea la convivencia familiar, comunitaria, laboral, educativa, donde se sintetiza la cultura.

 

viernes, 23 de abril de 2021

Un viaje a Nueva York. El puente de Brooklyn (III)

 

   Si antes de caminar por el extenso puente que une a Manhattan con Brooklyn has leído las crónicas que José Martí le dedicara, el disfrute de su impresionante estructura se enriquece con la belleza de una descripción impresionista. Los dos relatos que en los días de su inauguración escribiera el periodista cubano –“El puente de Brooklyn”, La América, Nueva York, junio de 1883 y “Los ingenieros del puente de Brooklyn”, La Nación, Buenos Aires, 18 de agosto de 1883 (incluidas en el tomo 13 de sus Obras Completas)– figuran entre lo más elevado que se ha escrito acerca del proyecto de ingeniería más innovador y audaz de su tiempo. Y cuando rememoras que aquel ­hombre de pequeña estatura,  pobremente vestido para la crudeza del invierno neoyorquino, cruzaba el largo puente dos veces al día –cuando viviendo en Brooklyn trabajaba en Manhattan–, lo andas ahora como junto a él, como si te fuera contando a cada paso los detalles de su armazón, el alma de su engendramiento, el tejido oculto de cada pieza de su engranaje.

   El 24 de mayo de1883, Martí asistió a la inauguración  de aquel puente, junto a una  “muchedumbre premiosa, que lleva el paso de quien va a ver maravilla”. Y el entusiasmo ante la magnitud de aquella cimentación –ahora ante nuestros ojos–, lo expresó con algunas interrogantes: “Y ¿qué raíz ha podido asegurar a tierra esa gigante trabazón, pasmo de los ojos, y burla del aire? ¿qué aguja ha podido coser ordenadamente esos hilos de acero, de 15 1/4 pulgadas de diámetro, y en los extremos anudarlos? ¿quién tendió de torre a torre, sobre 1596 pies de anchura, el primer hilo, 5 mil hilos, 14 mil millas de hilo? ¿quién sacó el agua de sus dominios y cabalgó sobre el aire, y dio al hombre alas?”. Él mismo da las respuestas, detallando el volumen, cimentación, peso y seguridad de cada uno de sus componentes.

   Al adentrarnos en su recorrido, se siente la palabra del cronista decimonónico, advirtiéndonos que “debajo de nuestros pies, todo es tejido, red, blonda de acero: las barras de acero se entrelazan en el pavimento y las paredes que dividen sus cinco anchas vías, con gracia, ligereza y delgadez de hilos; ante nosotros se van levantando, como cortinaje de invisible tela surcada por luengas fajas blancas, las cuatro paredes tirantes que cuelgan de los cuatro cables corvos”.

   Estaba bien entrada la tarde del domingo, 21 de marzo, cuando llegamos a su primer extremo y vimos a decenas de personas, protegiéndose con mascarillas de la pandemia que nos acorrala, dispuestas a caminar por el histórico puente. Por uno de los bordes del carrill destinado a peatones, vemos a muchos jóvenes cruzar raudos en bicicletas, alguno con una goma al aire, desafiando el cielo, mientras otros se detienen en los bordillos a preservar el instante en una fotografía. Entre ellos, adivinamos la ­variedad de culturas que viven y visitan Nueva York, sintiéndose en la capital del mundo. Esa pluralidad humana, junto a la magnificencia de la obra, es muy visible en la descripción que nuestro incorpóreo narrador nos va contando: “(…) en sus cimientos, que muerden la roca en el fondo del río; en sus entrañas, que resguardan y amparan del tiempo y del desgaste moles inmensas, de una margen y otra, este puente colgante de Brooklyn, entre cuyas paredes altísimas de cuerdas de alambre, suspensas –como de diente de un mamut que hubiera podido de una hozada desquiciar un monte–, de cuatro cables luengos, paralelos y ciclópeos, se apiñan hoy como entre tajos vecinos del tope a lo hondo en el corazón de una montaña, hebreos de perfil agudo y ojos ávidos, irlandeses joviales, alemanes carnosos y recios, escoceses sonrosados y fornidos, húngaros bellos, negros lujosos, rusos de ojos que queman, noruegos de pelo rojo, japoneses elegantes, enjutos e indiferentes chinos”.

   Si en el artículo para la revista La América Martí destacó las características del puente, en el destinado al periódico argentino La Nación centró su interés en los ingenieros que lo hicieron posible. Así, al caminar ahora sobre su perdurable superficie, sabemos de John y de ­Washington Roebling, padre e hijo, quienes diseñaron y guiaron cada detalle de esta magna creación. Si bien el escritor exalta la concepción estética del puente  –“Como crece un poema en la mente del bardo genioso, así creció este puente en la mente de Roebling”–, pone énfasis en el valor ético,  moral y servicial que caracterizó a sus edificadores, al informarnos que el padre  “murió de su obra, como mueren todos los espíritus sinceros”, y que el hijo fue también un valiente soldado durante la Guerra Civil: “Blandió el acero doblemente: en sable, sobre los enemigos; sobre los ríos, en puentes”.

   Cuando llegamos al final del pontón, comparto una frase del artículo martiano: “regocija lo inmenso”. Con ese alborozo, culminante de la jornada neoyorquina, nos sentamos a descansar en un pequeño parque donde comienza ­Brooklyn. Entonces, asocio involuntariamente la inmensidad del puente con una metáfora que extiende su significado; un puente donde se junten orillas no separadas por el agua, sino por la intransigencia de la política y la ideología; un puente humano de concordia y pluralidad, incluyente y respetuoso con el credo y expresión de todos, que es el primero de los derechos humanos.

viernes, 16 de abril de 2021

Un viaje a Nueva York (II)

   Cuando salimos del Museo de Arte Moderno, ya al anochecer, supimos que José y Ailicec nos escondían una sorpresa: habían reservado tickets para el mirador “Top of the Rock”, sin decirnos que nos esperaba un elevador en el que ascenderíamos 67 pisos en 42 segundos. Previamente, caminamos hasta el Rockefeller Center, un conjunto de 19 imponentes edificios que van de la calle 48 a la 51, entre la Quinta y la Sexta Avenida de Manhattan. Es un espacio arquitectónico atractivo, donde se enciende cada año el gigantesco Árbol de Navidad de La Gran Manzana, tiene una hermosa pista de patinaje sobre hielo, lujosas tiendas, decoraciones fulgurantes e infinitos encantos. Su edificación, de estilo deco, fue concebida por John D.  Rockefeller en 1930 y culminada por su hijo John Davison en 1939.  Ha sido considerado el proyecto de edificación privado más grande realizado en los tiempos modernos.

   Nuestra visita fue exclusivamente al “Top of the Rock”, en lo alto del rascacielos Comcast, entre las plantas 67 y 70. Antes de entrar al elevador, nos detuvimos ante la célebre fotografía conocida como “Almuerzo en lo alto de un rascacielos” (1932), en la que once obreros están sentados en una viga a más de 250 pies de altura, comiendo sándwiches y sonriendo plácidamente.  Al subir, una panorámica de 360 grados pone ante nuestros ojos la imagen mirífica de Nueva York. Desde la alucinante altura, parece posible tocar los rascacielos con los dedos, alcanzar el Empire State –considerado por muchos una de las Siete Maravillas del Mundo Moderno–, admirar el  nuevo World Trade Center –donde estuvieron las Torres Gemelas abatidas por el terrorismo–, llegar a ­Brooklyn o adivinar, más al suroeste,  el  monumento que exhibe La Liberté éclairant le monde.

Vista de Nueva York desde el Top of the Rock

   El domingo, 21 de marzo,  iniciamos el paseo en Wall Street, una calle del bajo Manhattan, entre Broadway y el East River. Aunque el nombre remite al pulmón financiero del mundo –la Bolsa de Valores de Nueva York– mi atracción al lugar se relaciona con José Martí, pues allí cerca –en Front Street 120– tuvo su oficina de trabajo durante muchos años y fue, seguramente, el lugar desde el que
 más escribió durante su vida.

   El día antes, mi amigo Orlando Sánchez Soto –uno de los grandes músicos del género jazz y virtuoso del saxofón, quien vive en Nueva York– me había dicho por teléfono que nos veríamos temprano al lado de la escultura de bronce llamada Toro de Wall Street, situada en el parque Bowling Green. Llegó vestido de negro, con una larga barba y un pequeño kipá sobre la cabeza. Sabía que en los últimos años se había convertido al judaísmo, por lo que advertí a mis acompañantes, con cierto orgullo, que estaríamos guiados por un rabino. Pero la gran sorpresa fue su esposa, finalmente la verdadera cicerone de esa espléndida mañana, pues conoce cada rincón histórico de aquel sitio inaugural de Manhattan. Ella, la periodista Carmen María Rodríguez, nos fue mostrando las calles por las que Martí caminó tantas veces para llegar a su oficina. Ya no existe el edificio con la numeración que conocemos, pero en la calle adoquinada se siente como el murmullo de su paso apremiante.

Con Orlando Sánchez y Carmen María
   A continuación, nos encaminamos hacia la esquina de Beaver St. y William St., donde está el restaurante Delmonicos desde hace casi doscientos años. En él, Martí almorzó, tomó más de una vez una copa de vino y nos dejó una crónica –escrita en 1881 al morir John Delmonico, su fundador– donde nos cuenta sobre célebres figuras que habían disfrutado de su distinción:

  “En Delmónico han comido Jenny Lind, la sueca maravillosa; Grant, que después de un banquete recibió a sus visitantes bajo un dosel; Dickens, a quien un vaso de brandy era preparación necesaria para una lectura pública (...) Luís Napoleón, antes de acicalarse con el manto de las abejas, comía allí; (…) y el hijo del zar, y célebres actores, y nobles ingleses, y cuanto en las tres décadas últimas ha llegado a Nueva York de notable y poderoso”.

   Después, llegamos a la Iglesia de la Trasfiguración, en Mott Street, número 25. Carmen, sorpresivamente, se detuvo en aquel sitio para mostrarnos la parroquia donde predicó el Padre Félix Varela. En torno al monumento que eterniza su memoria, hablamos sobre el tiempo neoyorquino del “hombre que nos enseñó a pensar”, como le calificara José de la Luz y Caballero.

 Memorial a Félix Varela en la Iglesia
de la Transfiguración, Manhattan, NY.

   También, nos acercamos al sitio en que George ­Washington fue declarado  primer presidente de la nación –el Federal Hall de Nueva York– y, contemplando la estatua que guarda esa memoria, recordamos unas palabras suyas de aquel 30 de abril de 1789: “(…) juro solemnemente que apoyaré y defenderé la Constitución de los Estados Unidos contra todos los enemigos, extranjeros y domésticos”.

Asimismo, nuestra afable guía nos muestra el edificio del Ayuntamiento, en City Hall Park, el más antiguo del país. Allí, nos confesó la razón para detenernos: “Aquí los cubanos velaron el cadáver de Francisco Vicente Aguilera”. Entonces dedicamos unas palabras al gran bayamés, el hombre más rico del oriente cubano cuando empezó la Guerra de los Diez Años. Fue vicepresidente de la República en Armas y Céspedes lo nombró su Lugarteniente en la región oriental. Murió pobre y con frío en Nueva York, a los 55 años de edad, pidiendo limosnas en las calles para hacer libre a su país. 

  De allí fuimos a un restaurante del célebre barrio chino, donde saboreamos algunas exquisiteces de su cocina, conversamos largamente y nos despedimos agradecidos, preparados para caminar, de un lado al otro, el puente que unió a Brooklyn con Nueva York.

viernes, 9 de abril de 2021

Un viaje a Nueva York (I)

 Cuando iba para el aeropuerto de Tampa a tomar el vuelo que me llevaría a Nueva York, junto a mi esposa, un hijo y una sobrina, mi último vástago comentó que no veríamos en el avión a nadie con 4 sombreros en la cabeza, aludiendo a los viajes que hacemos a Cuba, los únicos que me he permitido desde que radico en Estados Unidos. Mi respuesta fue silenciosa: Tampoco me esperan 4 cabezas en Nueva York. Sin embargo, desde la llegada a la Gran Manzana a plena luz de las diez de la mañana, abrigados del aire y de una temperatura a 40 grados, sentí que empezaba a cumplir un sueño de la  juventud derivado de la lectura de “Escenas norteamericanas”, aquellas extraordinarias crónicas en las que José Martí describió sus impresiones sobre la ciudad en que vivió casi 15 años.

  Al detenerme en el Parque Central ante la escultura ecuestre de Martí, recordé las palabras suyas al acercarse en Caracas a la estatua de Bolívar en 1880. También sentí “que se movía, como un padre cuando se le acerca un hijo”. Mirar la efigie de ambos próceres de la independencia americana, muy cerca el uno del otro en el Parque Central de Nueva York, desborda el capital simbólico que guarda el culto a su grandeza histórica, extendiendo el alcance de su significado hispanoamericano a la grandeza continental.

   Cumplido el ritual sagrado, empezamos el recorrido neoyorquino por los grandes tesoros del arte universal que muestra la ciudad, visitando el Museo Metropolitano y el Museo de Arte Moderno, ambos impresionantes por el valor de las obras que exponen. Detenerse, en el primero, en la sala consagrada a la cultura helenística, egipcia, medieval o moderna, es admirar en un instante la síntesis de dos milenios de riqueza estética. Frente a un autoretrato de Rembrand, el de Vincent van Gogh con sombrero de paja, una pintura del Greco, el “Jardín  de Sainte-Adresse” de Monet, la imagen de Gertrude Stein pintada por Picasso, se conmueve el espíritu. 

Y cuando los ojos no se han recuperado del constante asombro frente a la belleza de las obras de arte acabadas de contemplar, entramos al MOMA (Museo de Arte Moderno) y buscamos, ansiosos, “La noche estrellada” de Van Gogh. Pero antes de llegar a ella, en el quinto piso, nos detuvimos con emoción a admirar obras de los mexicanos David Alfaro Siqueiros y Frida Khalo, de los franceses Paul Cezanne,  Marcel Duchamp, Marc Chagal, Paul Gauguin. Asimismo, nos demoramos contemplando “Las señoritas de Avignon”, de 1907, donde Pablo Picasso llevó al lienzo el tema controversial de un prostíbulo y con esa pintura abríó el camino del cubismo.

Pablo Picasso. Las señoritas de Avignon, 1907.

 Finalmente, llegamos a una de las obras más bellas de Van Gogh, “La Noche estrellada”, tal vez la más depurada del posimpresionismo. Me detengo en el círculo amarillo que aparece en su esquina superior derecha, al recordar a algunos críticos que siguen preguntándose si alude al sol o al planeta Venus, lo que será siempre un misterio. Acerco la cámara más allá de lo permitido para una fotografía de un fragmento de la obra, me regañan y me aparto a seguirla mirando, hasta que me llaman mis acompañantes, que ya están en la sala siguiente, deslumbrados con el colorido de una composición del ruso Vasily Kandisky, uno de los precursores del arte abstracto y respetado, también, como crítico de arte. 

   La primera noche en Nueva York la dedicamos a caminar por la famosa calle Broadway, en Manhattan, deteniéndonos en el lugar que se entrecruza con la 7.ª Ave. y que algunos han llamado “centro del universo”, otros “encrucijada del mundo” y los más admirados han llegado a creerle “el corazón del mundo”. Realmente,  es impresionante esa intersección comercial, con los famosos teatros de Broadway cercanos, sus altos edificios pletóricos de luz y con gigantescas pantallas sujetas en sus paredes exteriores, desde donde desfilan incesantemente hermosas imágenes con anuncios, canciones, instrumentos musicales y rostros sonrientes que convocan a disfrutar el paseo por uno de los sitios más espectaculares del mundo.

   Cenamos en un restaurante alrededor de Times Square, del que salimos en una media noche iluminada, a caminar otra vez por Broadway, entre los elevados edificios que, imponentes, simbolizan la dimensión de tanta riqueza. Y en medio de la gran opulencia, vemos a una anciana escuálida salir de unos cartones que ha acomodado, a manera de choza, en medio de la calle concurrida. Nos acercamos y mi esposa le tiende un bocadito que conservó del restaurante. Ella alarga la mano, lo toma y vuelve a desaparecer debajo de su triste techo de cartón. Entre tanta luz, seguramente no logró vernos. A ella tampoco la ven, no saben su nombre, ni desde cuándo tiene hambre, los que caminan fascinados por el exuberante Times Square.


viernes, 5 de marzo de 2021

Hablando de oficios desaparecidos

    El sábado pasado, estuve unos minutos en la pequeña cafetería La Oriental (3117 W Columbus Dr.) conversando con Emiliano Salcines y un pequeño grupo de amigos suyos jubilados que todas las semanas se reúnen allí a tomar un café y charlar del tema que se les ocurra. Por lo general, se encuentran allí los sábados y domingos, aproximadamete a partir de las 11 de la mañana y cuando hay dos sentados en la primera mesa vacía que encuentran, la charla echa a andar. Entonces van entrando otros, que desde asomar en la puerta son recibidos con una frase afectuosa, al preguntársele por la salud y la familia. Si alguno de ellos se ha ausentado en las últimas semanas, se  le recibe  con  un aplauso,  mucho más vivo si  ha estado enfermo en la casa o ingresado en el hospital.

Emiliano Salcines (segundo de der. a izq.) en uno de sus
 sábados en La Oriental
      El alma de esas reuniones es Emiliano Salcines, no por los merecidos títulos académicos y honoríficos que ostenta, sino por la gracia de la palabra, el conocimiento de la historia de su pueblo y, en primer lugar, el cariño que siente por sus contertulios, al extremo de renunciar muchas veces a importantes invitaciones con la única excusa de que le están esperando sus ‘compinches’ sabatinos, como él dice.

   Yo he tenido el gusto de estar entre ellos en varias ocasiones, oyendo su plática y aprendiendo de sus historias. Pero ahora voy a referirme a la conversación espontánea del sábado pasado, pues fue un registro inesperado sobre diversos oficios ya desaparecidos y que antaño enriquecieron las costumbres de la ciudad.

   El tema se fue afirmando cuando uno de ellos preguntó si habían oido decir que iban a recoger los gallos que andan sueltos por Ybor City. Otro dijo que sí, aclarando que en ciertas instituciones se han quejado de clientes que, desde sus zapatos, han ido regando por los pasillos restos de excrementos que esos bellos gallitos depositan en sus parqueos.

   Entonces Salcines explicó que no se puede apelar a razones históricas para defender que esos animalitos anden sueltos, pues la costumbre era tenerlos en el patio. Fue suficiente para que otro recordara a los vendedores de huevos, que pasaban con una canasta casa por casa, ofreciéndolos por docenas.

  Y para que el desayuno estuviera completo, detrás venía el otro pregonero: “el panadero con el pan, el pan calentico”, con lo que se trajo a colación otro oficio  ya desaparecido. A éste siguió “el lechero”, pues prácticamente dentro del pueblo se ordeñaban las vacas para empezar el reparto. Y no sólo de vacas, dijo otro, pues también se criaban chivas y ovejas, pues su leche es muy alimenticia y medicinal, aunque no tanto como el caldo de paloma que, como allí se dijo, era capaz de revivir a un muerto. “Caldo de pichón”, aclaró Emiliano, recordando que lo recomendaban a cualquier enfermo, sin necesidad de diagnósticos y recetarios científicos.

   Eran muchos oficios aquí, dijo otro y recordó a los carretilleros, quienes iban calle por calle pregonando aguacates, mangos, frutas diversas, viandas o legumbres que se le compraban en la puerta de la casa, sin necesidad de ir a un mercado. Asimismo, con frecuencia pasaba el afilador, alguien que, girando una rueda de bicicleta, daba vueltas a una piedra de amolar ovalada, sacando el filo a cuchillos, machetes o tijeras, mientras volaban al aire diminutas chispas de fuego inofensivas, por lo que en algunos lugares le llamaban “Chispa” al amolador.

   Por asociación de palabras, la frase ‘piedra de amolar’ llevó la memoria de otro contertulio a la piedra de hielo,  recordando aquellos pequeños bloques de agua congelada que iba anunciando otro hijo del pueblo y que una vez adquirido se depositaba en un cajón convertido en nevera, cuando en la mayoría de las casas no había refrigerador.

   Hubo otros oficios cuyos operarios no deambulaban por las calles, pues se ubicaban en una esquina fija del pueblo, a la vista de todos, a ofrecer su servicio. Es el caso de los relojeros, costureros, talabarteros y un sinfín de reparadores de cuanto objeto pudiera dañarse en el hogar, cuando las averías eran reparadas decenas de veces y no se pensaba, como ahora, en su renovación. Hoy no resulta extraño que alguien haya corrido a cambiar el televisor, porque un falso contacto en el tomacorriente cortó la novela en un momento apasionante.

   Hablar de los antiguos lecheros, panaderos, afiladores, costureros, me hizo recordar esas mismas estampas en mi pueblo cubano. Es tanto el parecido, incluso en la procedencia étnica de quienes ejercían determinados oficios –los chinos en las tintorerías, por ejemplo– que es fácil entender todo lo que culturalmente nos identifica.

   De estas cosas estuvieron hablando el pasado sábado los acompañantes de Emilano Salcines en La Oriental; pero no todo el tiempo, pues saltan de tema en tema, como para que la vida les de tiempo a repasar tantos años de historia acumulada. Saben que ya no es como antes, cuando eran largos los días y los años. Por eso hablan de las familias tampeñas del siglo pasado, de las comidas preferidas, de ciudades visitadas y de lo que les venga a la mente. Hablan de ellos y de quienes conocen, del mundo de hoy y del mundo de ayer, de lo que oyeron en la televisión y de las cosas que dice la gente; tienen opiniones propias y respetan las ajenas. Por eso con ellos se aprende, sin programas ni diplomas, más que en tantas lecciones secas de factura académica.

 

 

 

 

 

viernes, 26 de febrero de 2021

Tampa en el 24 de febrero cubano de 1895

 

Decir que empezó en Tampa la organización de la Guerra de Independencia de Cuba, desatada el 24 de febrero de 1895,  no es una exageración apasionada  de alguien que vive y ama a esta ciudad floridana. Es una realidad histórica avalada por diversos elementos.

   El primer paso que hizo posible el estallido armado de esa fecha en Cuba fue la creación de una organización que cohesionara a los independentistas de la Isla y a los de la emigración y desde su dirección se organizara el alzamiento. Es lo que hizo el Partido Revolucionario Cubanao (PRC), cuyo incubamiento se produjo con la primera visita de José Martí a la ciudad, entre el 26 y el 28 de noviembre de 1891.

Puerto de Tampa en 1895, como lo conoció José Martí

   Una vez que, en esta ciudad, se discuten y aprueban las ideas centrales que darían cauce a la nueva organización revolucionaria, redactadas por Martí y dadas a conocer como Las Resoluciones de Tampa, estuvo claro para el líder que desde aquel momento arrancaba la preparación segura de la gesta armada. El paso siguiente era repetir en Cayo Hueso la jornada tampeña. Para ello viajó otra vez a Florida, llegando a Tampa por segunda vez el 23 de diciembre de 1891, no sólo por la obligatoriedad de tomar en el puerto tampeño el barco que lo llevaría al Cayo, sino también porque sabía la importancia de llegar a aquel lugar acompañado por los principals líderes que aquí ya habían aprobado las nuevas ideas organizativas de la revolución cubana. De manera que el segundo paso en la creación del Partido Revolucionario Cubano (PRC), encontró en Tampa su primer peldaño, cuando el joven Eligio Carbonell, el veterano Juan Arnao y otros, se sumaron a las primeras reuniones de Martí con los líderes del Cayo.

   En las dos semanas que Martí y sus compañeros de Tampa estuvieron en Cayo Hueso –entre el 25 de diciembre de 1891 y el 8 de enero de 1892– se discutieron los documentos de creación del PRC –las Bases y Estatutos–  y se acordó, en ejemplo de democracia sin precedentes, que debían ser aprobados por los clubes revolucionarios compuestos por los emigrados cubanos en Tampa, Cayo Hueso y Nueva York. Al regreso, desde llegar a Ybor City, se reunieron los miembros de los clubes  Ignacio Agramonte y de la Liga Patriótica Cubana y el día 8 de enero son aprobados por primera vez los documentos que dieron nacimiento a la nueva organización.

   Desde entonces y hasta el estallido de la guerra el 24 de febrero de 1895, todo lo que se hizo en Tampa a favor del triunfo del proyecto martiano estuvo en la primera línea de la consagración al ideal de la independencia de Cuba, en la misma que estuvieron Cayo Hueso, Nueva York, Jacksonville, Ocala, y otras localidades en Estados Unidos, ­Centroamérica, El Caribe. Pero en Tampa, es justo decirlo, es donde menos trabas encontró el plan martiano de organizer la guerra y no hacerla estallar hasta que todas las condiciones fueran favorables. En El Cayo, con toda su grandeza, encontró diversos obstáculos, los más graves procedentes de jefes militares que intentaban alzamientos prematuros por su cuenta. En Nueva Yor enfrentó ataques de independentistas que no coincidían con sus formas organizativas y que encontraron tribuna en periódicos como El Porvenir, de Enrique Trujillo. En Centroamérica, se vio obligado a decidir entre dos grandes líderes militares –Antonio Maceo y Flor Crombet– para organizar la expedición que los llevaría a la guerra; en la propia Cuba, tuvo contradicciones con líderes que le atacaron cuando estaba naciendo el PRC, como la carta ofensiva hecha pública por el coronel  Enrique Collazo.

   En Tampa no tropezó con esos escollos, ni en veteranos de la Guerra Grande como Néstor Carbonell, Juan Arnao o Ramón Cabrera; ni en periodistas como Ramón Rivero, ni en jóvenes intelectuales u otros profesionales. Encontró en ellos y en los tabaqueros tampeños, en primer lugar –fueran de la vieja o la nueva generación, blancos, negros y mulatos, en hombres y mujeres–, una entrega absoluta para que se hiciera posible la gesta armada que se inició el 24 de febrero de 1895 en Cuba, porque ese máximo sacrificio era la única vía para que en aquellas condiciones se pudiera lograr, con la independencia de la Isla, la aspiración de construir una república donde la libertad y la democracia incluyeran a todos sus habitantes.

   En los días previos al alzamiento en Cuba, al que debían incorporarse los principales dirigentes políticos y militares que estaban en el exterior de la Isla,  se desarrolló en Tampa una notable actividad de apoyo a su consecución. Es aquí donde primero llega Gonzalo de Quesada –enviado por Martí que había salido para Santo Domingo a reunirse con Máximo Gómez y juntos embarcar hacia territorio cubano–, a reunir los recursos necesarios para sufragar las expediciones a Cuba, cuando había fracasado el gran plan conocido como La Fernandina. Aquí se torció el tabaco que ocultó el mensaje con la Orden de Alzamiento enviada clandestinamente a la Isla y en breve plazo se entregó a Gonzalo el dinero recaudadado para hacer posible la llegada a Cuba de los Maceo y otros líderes que estaban en Costa Rica. En el periódico Patria se publicó el 11 de marzo de 1895, con el título “Tampa en su puesto” un artículo que expresa el entusiasmo que desató en su población el 24 de febrero: “Tampa, resplandeciente, ha dicho a la luz del mundo que aquí, en este sitio donde se dio comienzo a la obra gigantesca de la formación del PRC (…) los cubanos saben estar en su puesto”.*

*En el libro Tampa en la obra de José Martí, pp. 494-495. Si desa adquirir este libro, puede llamar al 813-849 8113 o escribir al email cartayalopez@gmail.com. También está en Amazón.

 

 

 

 

viernes, 19 de febrero de 2021

Mis recuerdos de Peggie, Madre en La Gaceta

 Conocí a Peggie  Schmechel en junio de 2014, cuando commencé a trabajar en La Gaceta ocupando la posición de editor en espanol. En un pequeño colectivo laboral, compuesto mayoritariamente por miembros de la familia Manteiga y donde  todos hablan  únicamente inglés, mi dificultad para comunicarme en ese idioma parecía ser el inconveniente principal que tendría que enfrentar. Excluyendo esta limitación, las relaciones de trabajo en este lugar han sido positivas.

   En esas circunstancias, la presencia de Peggie me resultó grata y solidaria. Ya tenía más de 80 años cuando la conocí y, con diligencia, llegaba cada mañana a su trabajo, manejando su auto, y entraba saludando a todos con un cariño especial que se le notaba en la mirada. Ser la madre de Patrick –el dueño de esta empresa familiar que pronto llegará a un siglo– no le hacían considerarse con un privilegio especial en su jornada de trabajo; pienso que fue así  cuando era la esposa del anterior propietario –Roland–, y, seguramente, en sus primeras relaciones con esta publicación, como nuera de Victoriano Manteiga, el legendario fundador.

   Pero los largos años, el corto cabello blanco, las nobles arrugas de su rostro bondadoso, el andar pausado por los espacios del edificio que alberga a La Gaceta –apoyándose en un bastón– sí le daban con amplitud la primacía entre el pequeño grupo laboral. Se notaba en la deferencia con que todos le cedían el paso, en la manera de escucharle un mínimo comentario, en el modo de acercarse  a su mesa de trabajo a recibir de sus manos un encargo, el cheque semanal o un caramelo, en abrirle la puerta al advertir su llegada, en la paz que su cercanía callada enriquecía.

   Si para todos era agradable tenerla alrededor y comentar con ella la última noticia pública o familiar, para mí se duplicaba el significado de su atención, pues valoraba el esfuerzo disimulado con que ella intentaba comprender una respuesta al hacerme alguna pregunta. Y lo hacía siempre con una naturalidad que me despertaba confianza, por su manera de entenderme con los ojos o, tal vez, con el corazón. Muchas veces se acercó a mi mesa, a traerme el pago de la semana, un papel, un dulce o, simplemente, a saludar. Pero, a diferencia de otros que cumplen ese gesto sin palabras, ella me preguntaba o comentaba algo, encontrándole significado a mi comentario, por baladí que fuera y quién sabe cuántas veces aparentando que me había comprendido. Otras, cuando ella conversaba con alguien cerca de mí –casi siempre con Leonardo Venta– a cada instante me miraba, incluyéndome en la plática, queriendo lograr con la afabilidad de su rostro que me sintiera parte del diálogo. Pocas veces he visto ese esfuerzo de inclusión conversacional hacia alguien de otro idioma que, de antemano, se sabe no puede alcanzar el nivel discursivo de quienes le rodean. 

   Recuerdo a Peggie, especialmente feliz cuando daba regocijo a otros. Nunca participé en las fiestas que ella organizaba ofrecía año en su casa para los días de Halloween, pero imagino sus ojos radiantes de alegría ante el desfile de niños a quienes prodigaba un aluvión de caramelos. La rememoro, en cambio, en el día de diciembre que La Gaceta destina a celebrar La Navidad entre sus trabajadores, colaboradores y amigos. Peggie recorría mesa por mesa, con un regalito a cada quien, sonriente y cariñosa, como una Diosa que rinde cuentas de un año vivido y desea a todos que el siguiente sea venturoso.

   Así recuerdo a Peggie, voluntariosa y buena. El pasado 10 de febrero le tocó finalilzar su presencia física entre nosotros, a los 88 años de edad. Aunque en los últimos meses no estaba viniendo a su acogedora mesa de trabajo, creía que en algún momento llegaría a vernos. Ahora sé que no vendrá más, pero desde aquí, donde tanto bien hizo, la seguiremos viendo a través de  la obra humana a que amorosamente contribuyó, sentada en la eternidad y bendecida por quienes la seguiremos llevando en el recuerdo del corazón.