viernes, 20 de agosto de 2021

Duele, cuando la pandemia arrebata a los amigos

 Desde hace poco más de un año y medio, venimos sufriendo la pandemia del coronavirus, la más brutal que la humanidad ha padecido en los últimos cien años. Primero llegaron las noticias desde China y muy pronto de Europa. Nos consternamos ante las tristes novedades de cientos y, enseguida, miles de fallecidos en un mismo día en Italia, España y otros países al otro lado del Atlántico, así como con las conmovedoras imágenes de hospitales colapsados y morgues insuficientes. En los primeros meses del año pasado entró a Estados Unidos y fue alcanzando a cada uno de los países de Latinoamérica, como ocurrió en Asia, África y en cada rincón del planeta.

Por muy dolorosas que son las cifras de fallecidos que comenzaron a inundar los noticieros no alcanzan a igualar el instante en que la revelación acompaña al nombre de alguien conocido, aunque fuera el de una persona a la que viste sólo alguna vez. Entonces, la palabra muerte se fija a un rostro definido y se hace más doloroso cuando comprendes que nunca le volverás a ver.

Asimismo, el pesar se acrecienta cuando sabes que el Covid provocó la muerte de un amigo. En ese instante, sientes ese dolor sin fondo del que nos habló el poeta peruano César Vallejo, porque el duro golpe entra envuelto en el rostro de alguien con quien sostuviste charlas, copas, proyectos, sueños y cuyos recuerdos comunes ya no volverán a ser compartidos.

José Ramón Redero
Mi primera experiencia en este sentido ocurrió hace algunos meses, cuando supe que mi amigo Ramón Redero no había podido superar este virus brutal. Coterráneo y contemporáneo, compartí con Ramón la profesión de maestro desde la década de 1970 en la región del Guacanayabo. Lo rememoro entusiasta, capaz, inteligente, cariñoso, al frente de grupos de estudiantes que guiaba como director de escuelas y lo recuerdo como buen hermano. Dejé de verlo unos años y lo reencontré en Miami, como tantos cubanos que reorientaron su vida cuando se perdió el rumbo de la utopía. La última vez que nos reunimos a conversar, paladear cervezas y disfrutar de una cena fue en su casa, celebrando su cumpleaños, fiesta a la que invitó un mariachi para que cantáramos tonadas mexicanas que seguramente oyó por primera vez en los campos de Veguitas, cerca de Bayamo, donde nació y creció. El Covid interrumpió los tantos cumpleaños que le faltaban y todas las historias que guardaba para contar a los nietos, entre las cuales, seguramente, apareceríamos sus amigos.

Con Chucho Reytor, Miami, 1999

Hace menos de un mes una llamada telefónica me despertó con la infausta nueva de que había muerto Jesús Reytor, Chucho, como todos le decíamos. Hace unos meses estaba viviendo en Dallas, con su última esposa y allí lo atacó el coronavirus. Nos conocimos en Niquero, a principios de la década de 1970, cuando él apenas había culminado la secundaria básica. Después se hizo profesor y en la década del 90, ya en La Habana y en medio de la sobrevivencia con que los cubanos enfrentamos la miseria del llamado eufemísticamente período especial, trabajó en restaurantes y en lo que pudo, hasta que se montó en una lancha inventada de noche y desembarcó en Miami de milagro. Nos volvimos a ver en 1999, cuando yo vine a Estados Unidos por primera vez. Lo llamé por la noche, acabado de llegar a la emblemática ciudad floridana y al día siguiente, a las ocho de la mañana, estaba tocando en la puerta de la casa en que me hospedé. Nos abrazamos una y otra vez y me llevó a conocer la ciudad. En un momento le pregunté sobre la mejor vía para viajar a Tampa y su respuesta fue con otra pregunta: ¿A qué hora nos vamos? Al día siguiente salimos juntos para esta ciudad, en un Ford Explorer recién comprado por él. Ahora que ya no está, Chucho sigue en mí en aquel primer viaje que hice a Tampa, en todo lo que conversamos ese día sobre Niquero, sobre los amigos comunes, en mi primera mirada a esta bahía y en el abrazo de despedida al atardecer, porque al día siguiente él debía estar en su trabajo.

Después nos volvimos a ver, pero aquel viaje juntos queda en mis recuerdos como el momento tampeño de la larga amistad que sostuvimos. Ahora, me toca recordarlo como fue: valiente, directo, emprendedor, desinteresado, decidido y, especialmente, buen amigo.

Ramón Cisnero
El pasado lunes me llamó Edgar Jerez, uno de mis queridos amigos. Nunca lo hace tan temprano, a las ocho y media de la mañana. Pero a esa hora supo que en Manzanillo acababa de morir Ramón Cisnero, El Negro, un excelente escultor incluido en nuestros amigos comunes. Era un hombre fuerte, saludable, siempre sonriente, sencillo, noble,  que apenas sobrepasó los cincuenta años, con una obra pictórica y escultórica reconocida, jovial y con muchos amigos en la ciudad. Muchas veces nos saludamos al encontrarnos en la calle y en otras conversamos sobre arte, historia, sobre la ciudad, sobre la vida. Un amigo suyo, el periodista Roberto Mesa-Matos, escribió conmovido: “Cisnero continuará esculpiendo la bondad y la nobleza a la diestra de Dios para desde el paraíso iluminar su pueblo, sonreír y abrazar a los que le conocimos”.

Ahora nos falta Cisnero en Manzanillo, donde quiso y fue querido; su vida la arrebató temprano el cruel Covid-19, como la de otros amigos, míos y de otros, de tantos que, otra vez con Vallejo, sienten que esta pandemia hace suyos los versos: Hay golpes en la vida, tan fuertes, yo no sé.

 

 

viernes, 13 de agosto de 2021

Richard Lee, un nonagenario con muchas respuestas

 

Cuando el pasado sábado Richard Lee me tendió la mano en la sala de su casa, mi primera sensación fue la de estar frente a un hombre bueno. El artista Carlos Arturo Camargo Vilardy me invitó a conocerlo, advirtiéndome previamente sobre toda la riqueza que guarda, a los 91 años, este hombre menudo, limpio, sonriente, afectuoso y con lucidez para hablar del tiempo que le ha tocado vivir desde el lejano 1930 en que vino al mundo, en Kentucky, cuando estaba en su cúspide la gran depresión que azotó a Estados Unidos.

Pero toda su vida de adulto, sus polifacéticas creaciones, la formación de su familia y sus mayores alegrías las ha sentido en Tampa, donde vino a vivir para siempre hace 75 años. En un momento de la extensa conversación, me sorprendió con un breve comentario que brotó de lo más profundo de su ser, sin sospechar que en él sintetizaba no sólo la más antigua sabiduría, sino que explica desde el misterio de la palabra la propia razón que me motivó a conocerlo. Mirándome a los ojos, con los suyos ligeramente aguados y sinceros, exclamó: Yo tengo muchas respuestas, pero no me hacen las preguntas.

El instrumento musical es un precioso
banjo  creado por Richard

De golpe, sentí aflorar el persistente deseo de conversar con los más viejos, buscando las respuestas a tantas preguntas acerca del mundo que ellos nos han legado. Desde la antigüedad, la reverencia a los ancianos alcanzó un sitio preponderante en la civilización humana; a ellos se les preguntaba el ciclo de las cosechas, el tiempo de las lluvias, los ritos amparadores, la sabiduría del gobierno, la voluntad de los dioses, el manejo de las herramientas, la ventura del parto y lo inevitable de la muerte. A ellos se les hacían las preguntas y sus respuestas seguían en los herederos como un libro abierto vencedor de la muerte.

Ahora no es común llamar al anciano de la familia a presidir la conversación, ni se presta la atención que merece una frase de sus labios temblorosos, como si sus sentencias hubieran pasado de moda en un tiempo donde es posible preguntar casi todo a una fría pantalla abierta al Internet. Es una pena, porque son insustituibles los mensajes que emergen del cerebro de un anciano, e irreemplazable la enseñanza proveniente de su largo camino.

Richard Lee tiene toda esa luz que desbordó a nuestro alrededor bondadosamente. Al hablar, a veces en un susurro, parece que salen de sus manos instrumentos musicales como las preciosas guitarras y banjos que construía con maderas preciosas talladas en el taller de su casa; mirando un amplio telescopio elaborado por él se acercan a nosotros las constelaciones que más llamaron su atención; volvemos al tiempo en que él perteneció a las Fuerzas Navales de Estados Unidos cuando la Guerra de Corea o a su gusto por las avionetas que aprendió a pilotear y después poseyó no sólo como diversión, sino también como vehículo de trabajo. Cuando le pregunto por su viaje más largo por encima del mar, menciona con emoción a Costa Rica. Pero el hombre piloteando una pequeña nave aérea, un barco de vela en alta mar, elaborando vinos o diversos objetos de madera, piel u otro material, es el mismo que también ha dado expansión a su espíritu con múltiples lecturas y ha dejado testimonio de la interioridad del alma en preciosos poemas, cuentos y múltiples escritos creados para su intimidad sin proponerse publicarlos. Seguramente son esas realizaciones las que explican su visible felicidad.

Todo este primer diálogo con Richard se concentró en oírle recordar acerca de estas múltiples experiencias, aunque también nos habló de su tiempo de estudiante en la Universidad de Tampa y su trabajo en la Compaña Richard Lee Reporting, fundada por él en 1964, la que aún presta servicios sobre informes judiciales en Florida Central al seguir activa bajo la dirección de Warren Lee, uno de sus vástagos, porque en Tampa se casó y tuvo 4 hijos que ya le han traído nietos, conformando una familia de la que muestra orgullo.

Richard, que aprendió el idioma español por su admiración a la cultura expresada en esta lengua, me dejó leer algunos de sus cuentos y poemas y le animé a publicarlos. Asimismo, le prometí volver con nuevas preguntas, para que sus muchas respuestas no se pierdan en el abismo del silencio.  Al despedirnos, siento que en él, como en tantos hombres y mujeres de su edad, se confirma que las ciudades son más ricas y seguras donde se le presta mayor atención a sus habitantes longevos.

 

 

viernes, 6 de agosto de 2021

La vacuna contra el coronavirus puede salvar tu vida

 Aunque el interés de esta columna se dirige esencialmente a hechos del pasado –sin los que  es imposible entender el  presente–, esta vez la dedicamos a uno de los acontecimientos actuales que más preocupa a la humanidad: la pandemia del coronavirus,  que hasta la actualidad ha causado  la muerte a más de cuatro millones de seres humanos y que ahora, con una de sus variantes más peligrosas, nos amenaza con una contraofensiva que podría volver a enmascararnos, a medir distancias con los congéneres y obviar el apretón de manos recién recuperado.

   Desde que se identificó el Covid-19 en China, los científicos más prominentes del mundo se concentraron en la búsqueda de una vacuna que derrotara esta amenaza. Aunque en anteriores pandemias hubo que esperar años para la creación de un antídoto que nos inmunizara del virus que la generaba, esta vez los adelantos científicos, la rapidez de los intercambios entre investigadores de todo el mundo y la consagración de talentosos especialistas han permitido que poco más de un año de la aparición del virus comenzara la vacunación contra el mismo. Hoy existen diversas vacunas contra el Covid-19 y millones de personas en el mundo la han recibido.

   Es verdad que los países más ricos han iniciado la producción de las vacunas y están más adelantados en el porcentaje de población vacunada. También apreciamos que estas naciones han comenzado a donar millones de vacunas a los países más pobres y organismos internacionales, como la ONU, intentando estimular políticas que contribuyan a que todo el mundo tenga acceso a ellas.

   Sin embargo, millones de personas se han negado a vacunarse teniendo la posibilidad de hacerlo, con cuya actitud han contribuido a que sea más fácil la penetración de nuevas variantes del coronavirus y que las comunidades se alejen de la proporción de población vacunada que se requiere para un alto nivel de inmunidad.

   Aunque parece inexplicable una actitud que contradice las evaluaciones científicas en torno a la vacunación, algunas teorías han penetrado en segmentos de la población y, por muy discutibles que parezcan sus argumentos, ha llevado a muchos a lamentables decisiones que han puesto en peligro su vida y la de otras personas. Ya hay muchos ejemplos de seres humanos que, frente a la muerte inevitable, se han arrepentido en el último instante de no haberse vacunado. Testimonios suyos o de sus familiares, por dolorosos que resulten, pueden alertar a otros sobre la necesidad de atender a la ciencia antes que a políticos oportunistas o mensajeros religiosos fanatizados.

   Entre las teorías esgrimidas para no vacunarse contra el coronavirus, una hace alusión a un supuesto interés en alterar el ADN de las personas. En las redes sociales –que sirven al bien y al mal– algunos las han creído, aunque decenas han tratado de desmentirlas. Uno de ellos, Jeffrey Almond, de la Universidad de Oxford, ha exlicado que “inyectar ARN a una persona no cambia nada del ADN de una célula humana”,  pero, como dice el dicho, “no hay peor oído que el que no quiere oír”.

    Otros han llegado a afirmar –sin una sola prueba– que Bill Gates está detrás de la inyección con el propósito de inocular microchips a los incautos vacunados, mediante los cuales van a penetrar en su mente. Algunos se han resistido a vacunarse porque oyeron decir que este líquido fue preparado con tejido fetal y que no estaban dispuestos a incorporar  a su organismo células de criaturas abortadas. Los científicos, igualmente, han explicado el origen de esta confusión, pero quien la hizo suya al oírla aun vecino  no está interesado en la voz de la ciencia.

   Todavía, hay quienes sostienen que no es necesario someterse a una inyección, si en definitiva todos nos vamos a contagiar y cuando esto ocurra ya estaremos inmunizados con el propio virus. No dudo que, entre ellos, están los que dicen que de todos modos nos vamos a morir el día que nos toque.

   Muchos de los que han decidido no vacunarse también se manifestaron contra el uso de las mascarillas, a veces gritando “no le pongan tapaboca a mi libertad”, también defendieron que el enclaustramiento era una ordenanza tiránica, o que el virus del miedo era el único peligro. Probablemente, habría menos muertos y estaríamos más cerca de derrotar a esta pandemia si escucháramos a la ciencia con un poco más de disciplina y menos prepotencia.

   Es verdad que algunos funcionarios han contribuido a políticas erradas, tal vez apartándose de la ciencia por imperativos electorales o populistas. Pero ahora, cuando nuevas variantes de esta pandemia nos siguen amenazando, es necesario que razonemos en cómo protegernos y cómo salvaguardar a los demás. Y que, dentro de ese razonamiento, nos acompañemos de las voces que buscan en la ciencia el origen, comportamiento y enfrentamiento a este terrible azote que tantas vidas ha costado.

   Ahora mismo, cuando nuevamente se están elevando considerablemente en Florida los casos de Covid-19 en su nueva variante Delta, el Gobernador del estado acaba de decretar que no es obligatorio en las escuelas públicas usar las mascarillas. Además, amenaza con reducir los fondos a los distritos escolares que no cumplan con ese decreto. ¿Seguirán los políticos ignorando los dictámenes científicos frente a la pandemia?, ¿se atenderá a las indicaciones emitidas por los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) de EE.UU.?, ¿o vamos a esperar que el número de muertos reorienten la política con que enfrentamos un terrible virus que no hemos podido superar?

   Finalmente, comento un testimonio desgarrador publicado por CNN.  Payten McCall, de Jacsonville, acaba de perder a su padre y a su hermano mayor, que no sobrevivieron al coronavirus. Confiesa que en su familia tuvieron miedo de vacunarse. Ella, conmovida, afirma que el sueño más grande que tenía para su boda –planificada para los próximos meses– era que su padre la llevara hasta el altar. En medio de su dolor, saca fuerzas para aconsejar: “Todas las personas que tienen miedo de vacunarse, ¡háganlo!, háganlo por las personas que les importan, porque no creo que quieran verlas sufrir como estamos sufriendo nosotros ahora”.

   Si te vacunas, también proteges a los otros.

Publicado en La Gaceta, 6 de agosto, 2021.

 

viernes, 23 de julio de 2021

Dictadura y democracia en la historia de Cuba

 Si tomamos el año 1510 como el inicio de la historia de Cuba –considerando prehistoria lo acontecido antes de su conquista y colonización–, y miramos a partir de entonces la formación, evolución y comportamiento de su gobernación política hasta nuestro tiempo, observamos que ha prevalecido un modelo dictatorial en casi toda su existencia. La dominación de España sobre la Isla se mantuvo durante 388 años y en el transcurso de ese tiempo se ejerció el gobierno destinado por la Metrópoli, sin participación de los cubanos en la elección de las figuras que asumieron el más alto poder político.

Si a ello sumamos el período de gobernación estadounidense sobre la Isla (1898 a 1902 y 1906  a  1908),  extendemos  394 la existencia de un gobierno impuesto por el extranjero sobre Cuba. 

A ello hay que agregar algunos que, en medio de la República existente entre 1902 y 1958, se interrumpió dos veces el proceso electoral concebido por la Constitución, bien por la extensión del tiempo asignado a la presidencia o por un golpe de estado. En el primer caso, la Prórroga de Poderes de Gerardo Machado en 1927, incluso cuando el levantamiento popular impidió que éste extendiera su gobierno e influyera en que desde agosto de 1933 a 1935 el gobierno del país no respondiera al curso electoral democrático legalmente establecido. En segundo lugar, el golpe de estado de 1952 dirigido por Fulgencio Batista, quien se mantuvo en el poder hasta 1958. En este período se produjeron dos elecciones (1954 y 1958), pero no merecen el calificativo de democráticas, pues el fantasma de la figura del presidente militar era demasiado visible detrás de ellas. Con ello, sumamos 8 años más de dictadura a la cifra indicada anteriormente, elevándola a 402. 

En 1959 se interrumpe el ciclo electoral democrático establecido por la Constitución de 1940 –suplantó a la de 1901–, pero no alteró la cifra de cuatro años para la presidencia de la República, con derecho a una reelección. Aunque el llamado Pacto de Caracas, firmado en  julio de 1958 por Fidel Castro y dirigentes de otras fuerzas políticas, prometía un gobierno provisional a la caída del régimen de Fulgencio Batista y convocar a elecciones libres en cuanto se crearan las condiciones adecuadas para ello, los acontecimientos que se desencadenaron en la Isla, fuertemente influidos desde el exterior, enrumbaron el destino del país a la orientación socialista, donde ha prevalecido un tipo de gobierno que se ubica en la clasificación de dictadura por la existencia de un partido único en la máxima dirección de la nación.

Hay que estudiar a profundidad las razones determinantes en que la revolución triunfante el 1.° de enero de 1959 se convirtiera en socialista tan abruptamente, cuando el programa con el que triunfó, defendido por su incuestionable líder, no contenía una propuesta cercana al comunismo y representaba a las fuerza vivas de la nación, especialmente a la burguesía media, limitando el poder del latifundio, de la burguesía importadora y de la oligarquía azucarera que impedía la expansión industrial y la diversificación que requería la nación. El hecho de que esas fuerzas (burguesía antinacional le han llamado algunos historiadores cubanos) enfrentara a las revolucionarias desde el primer día y encontrara apoyo en el gobierno de Estados ­Unidos, jugó un papel negativo al provocar que la dirección revolucionaria buscara apoyo en la Unión Soviética, lo que provocó o precipitó la ubicación socialista del gobierno encabezado por Fidel Castro.

A la palabra dictadura no se le temió con la instauración de este tipo de gobierno en la década de 1960. Al contrario, la proclamación socialista, a tono con los manuales del marxismo soviético, indicaba que a la primera etapa de la construcción del socialismo le correspondía la dictadura del proletariado. De manera que, fieles a la prédica leninista, se asumió el nominativo, siempre que el apellido del proletariado le acompañara.

Pero el rechazo a las dictaduras militares en América Latina empañó esa nominación.  Aunque se explicaba desde el marxismo que la dictadura del proletariado era sólo para la primera etapa de la construcción socialista y que superada ésta a partir del desarrollo económico, la conciencia y el bienestar equitativo de los ciudadanos se entraría a una fase superior de esa sociedad, en Cuba se convocó en 1975 a un congreso del Partido Comunista que llamó a una nueva Constitución de la que emergerían elecciones al gobierno del poder popular, con lo que quedaría atrás la dictadura del proletariado cuando no se habían alcanzado las metas prometidas.

Sin embargo, prevaleció el Partido Comunista como la única fuerza política legal del país y lo es hasta hoy. Así lo estableció la Constitución de 1975, la misma que asignó a la Unión Soviética –considerada entonces indestructible– un papel especial en las relaciones internacionales de la isla. Ya en la Constitución de 1901 se había hecho una consideración especial a Estados Unidos con la famosa Enmienda Platt y ahora se repetía con la URSS en nombre del socialismo. En consecuencia, puede afirmarse que, a pesar de sus matices, alcances y de los altos niveles de popularidad que despertó la revolución, hemos sumado 62 años más de gobernación de una sola fuerza política.

Aunque las cifras puedan ocultar otros enfoques y no indiquen mecánicamente el mayor o menor nivel de bienestar o aceptación popular hacia ese modelo de gobierno, detenerse a pensar que de los 511 años de historia cubana sólo 47 han correspondido a gobiernos elegidos por el pueblo, puede contribuir a entender cómo ha influido ese fenómeno político en la mentalidad del cubano, sin incluir en el análisis el ingrediente caudillista que traemos en las venas.

 

viernes, 16 de julio de 2021

Diálogo con el escritor José Manuel Fernández Pequeño (I)

 José Manuel Fernández Pequeño es un reconocido escritor, profesor, editor, crítico literario e investigador cubano que actualmente radica en Miami. Es autor de una depurada obra que ha dado a conocer en decenas de libros, artículos y ensayos.

Entre sus libros publicados se encuentran Periplo Santiaguero de Max Henríquez Ureña (1989), Las cosas de cierto mundo (1992), Crítica sin retroceso (1994), Un tigre perfumado sobre mi huella (1999 y 2004), En el espíritu de las islas: los tiempos posibles de Max Henríquez Ureña (2003), Cuentos para Angélica (2003); La mirada en el camino (2006); Tres, eran tres (2007), Memorias del equilibrio (2016), Sutiles (2017).

Fernández Pequeño, quien ha recibido importantes lauros por su obra –Premio Memoria, de la UNESCO (1997), Premio Nacional de Narradores en República Dominicana (2013) y Medalla de Oro en Florida Book Awards (2014), entre otros– fue uno de los creadores de la Casa del Caribe, en Santiago de Cuba, donde fundó y dirigió la revista Del Caribe. En estos días ve la luz su novela Tantas razones para odiar a Emilia y esperamos sea presentada en Tampa por el autor. Pero antes de su primera visita a nuestra ciudad, creímos oportuno publicar este diálogo con él.

En varias entrevistas te has referido a la literatura –que es tu pasión y ejercicio–, tanto desde la perspectiva del narrador como de la del crítico, y me llama la atención tu alejamiento de dogmas y tiranías con que concibes el arte de escribir, especialmente los cuentos. ¿Hasta dónde los decálogos sirven al escritor?

Fernández Pequeño ha publicado más de quince libros en géneros que incluyen
la crítica literaria, narrativa, ensayo y literatura infantil. Foto: Ulises Regueiro.

Para quien escribe literatura como un dejarse ir hacia sí mismo (que es, en mi opinión, la manera más auténtica de implicar a los demás), los decálogos no sirven en absoluto. Ahora, si alguien escribe para entretener o educar al lector, si lo hace para ganar concursos o con cualquier otro propósito diferente de la literatura misma, pues las recetas posiblemente le sean muy útiles.

Te conocí a mediados de los noventa en Manzanillo, al lado de Joel James, a quien acompañaste en el proceso de fundación de la Casa del Caribe. ¿Cómo recuerdas la aparición y primeros años de aquella institución que ofreció un excepcional espacio cultural no impuesto por la pirámide gubernamental?

La creación del Festival de la Cultura Caribeña, en 1981, fue muy ardua porque quienes empujábamos el proyecto éramos tres o cuatro personas que nos reuníamos al salir de nuestros respectivos trabajos; eso sí, con el apoyo irrestricto del Cabildo Teatral Santiago y el Director de Cultura en el municipio Santiago. Hubo que luchar a brazo partido para romper las suspicacias de un sistema tan centralizado como el de la Cultura en Cuba, donde lo que no viene orientado desde “arriba” despierta recelo inmediatamente. La batalla más difícil de ganar, sin embargo, fue convencer de nuestras intenciones a muchos grupos portadores de la cultura popular tradicional encaramados en las serranías o dislocados por los pueblos y zonas agrícolas del país, los cuales estaban hartos de proyectos e investigadores que les prometían villas y castillas para luego desaparecer.

Si la fundación de la Casa del Caribe, en 1982, contó ya con un núcleo intelectual bastante bien estructurado alrededor de Joel y se vio arropada por el éxito del Festival, también tropezó en sus inicios con el recelo de instituciones poderosas que, como la Casa de las Américas, veían a la nueva e intrusa institución como una amenaza para ciertas zonas de su trabajo. A la revista Del Caribe, aparecida en 1983, le fue peor. Diez años después de creada, todavía estábamos luchando por un espacio poligráfico estable y seguro donde imprimir, razón por la cual nunca pudimos sostener su ansiada periodicidad trimestral.

El éxito del proyecto se debió a muchos factores, pero en principio a la astucia y solidez intelectual con que Joel James impuso a las autoridades un acto de hecho consumado cuyo resultado era incontestable, al hacer muy visible una zona de la cultura popular cubana, aquella de origen caribeño, cuya fuerza e importancia había permanecido hasta ese momento muy poco valorada.

Ccerveza en mano, converso con Pequeño en Manzanillo, 1996

¿Cómo lograste armonizar la creación literaria, el trabajo de investigación sociológica –pienso en tu mirada a cuentos populares o figuras provenientes del bandolerismo en Cuba–, tu labor como profesor y la responsabilidad editorial al frente de la revista Del Caribe?

Luego de fundada la Casa del Caribe, hubo fuertes tensiones entre Joel y yo. Él quería reencauzarme hacia la investigación antropológica y yo no quería ser otra cosa que escritor. Tuve que armonizar ambas cosas, más el trabajo editorial en la revista, pero terminé encontrando un atajo que resultó decisivo para mi formación de escritor e hizo que Joel me viera como lo que soy: un tipo obstinado y rosca izquierda, un verdadero caso perdido. El estudio de la narración oral contemporánea en Cuba, que de paso me valió un premio de la UNESCO y el dinero con que me fui a la República Dominicana, puso ante mi vista recursos narrativos invaluables, del mismo modo que la proximidad a la cosmovisión de los sistemas mágico-religioso cubanos (santería, palo monte, vodú, espiritismo de cordón) o del carnaval, acabó siendo decisiva para entender qué tipo de narrativa quería yo escribir. No tendría cómo agradecer a Joel James el haberme acercado a esos temas, aunque no lo hiciera con ojos de antropólogo, como él quería.

A fines de los años 1990, República Dominicana se convirtió en una prolongación de tu patria chica, a saber, Bayamo. Como escritor, ¿qué satisfacciones te produjo tu largo tiempo quisqueyano?

Podría decirte tantas cosas… Como el individuo que un día se sorprende capaz de pensar en un idioma que consideró ajeno hasta ayer mismo, en algún momento sentí mientras escribía que los códigos culturales de la realidad dominicana reverberaban dentro de mí con la naturalidad y el placer de lo que siempre había estado allí. Aun así, me tomó unos años comprender que la lengua coloquial dominicana y la sabichosa cultura popular en que ésta se asienta, ese tigueraje que chispea ágil a cada paso (en el tráfico callejero, las oficinas públicas, los colmados, el discurso político…) ofrecen a flor de piel lo que, al menos para mí, resulta materia indispensable a la hora de contar las visualizaciones del absurdo. Escribí mi primer libro de cuentos en Cuba durante los años noventa y lo publiqué apenas llegar a República Dominicana. Los restantes (todos, los cuatro, más mis dos libros para niños) no existirían de no ser por la patria dominicana. Tampoco mi novela Tantas razones para odiar a Emilia, todavía inédita.

Háblame de la novela, he escuchado que se presentará en septiembre...

Voy a intentarlo, aunque sepa que ninguna mirada sobre un texto es tan corta como la de su autor. Tantas razones para odiar a Emilia es una novela caribeña, y no sólo porque su argumento transcurre en esa región, sino porque está atravesada por una diversidad de voces y perspectivas narrativas que carnavalizan el mundo ficcional, mientras los personajes (algunos vivos, otros sobrevivos) buscan un sentido para su existencia, se cuestionan el pasado e intentan comprender qué significa exactamente el futuro. La novela está siendo procesada por Ediciones Furtivas, de Miami, y en verdad me siento muy entusiasmado por el trabajo que viene adelantando un equipo pequeño y muy profesional, cada quien enamorado de lo que hace. Faltan palabras para explicar lo que siente un autor cuando una editorial se apropia de su libro, lo mima, intenta magnificar las que cree son sus virtudes, y todo eso con cariño, respeto, inteligencia y sentido crítico. Es cierto lo que has escuchado, se prevé presentarlo a partir de septiembre en varios países y ciudades, pero prefiero que sea la editorial quien lo anuncie en el momento adecuado del cronograma.

Haciendo camino al andar, como quería Machado, aterrizaste un día en Miami y decidiste vivir en esa ciudad. ¿Qué sientes al volver la vista atrás?

Soy inmune a la nostalgia y estoy curado de patrioterismo, así que sólo miro atrás algunas poquísimas veces para comprobar hasta qué punto he avanzado en el camino que me tracé cuando era un muchacho y me fugaba para bañarme en el río Bayamo.

Vine a Miami, entre otras cosas, a escribir. Y eso he hecho, he escrito seis libros en siete años, todos de narrativa… ah, y sin dejar de trabajar ocho horas (a veces más) para ganarme la vida, ni menos que menos renunciar a mi cervecita on time. Si a esto agregamos que en 2017 me nació un hijo, habremos de concordar en que ha sido un tiempo productivo, ¿o no? Miami es una extensa llanura de edificaciones y vegetación donde los más importantes códigos culturales que hablan español conviven, se cruzan, a veces se embisten, en no pocas ocasiones se aparean o se divorcian con el rencor turbio de los amores que importan. ¿Quién querría un lugar mejor para escribir?

Con tus experiencias como escritor en Cuba, República Dominicana y Miami, y la asunción de temas que corresponden a estas distintas realidades, ¿te sientes un escritor transnacional?

Soy un escritor transnacional, a mucha honra. Y, ¿sabes algo?, cada nueva fibra cultural supuestamente ajena que se me ha ido integrando en este andar, también me ha permitido entender con más claridad y sentir de forma más auténtica la cultura del país donde nací y me eduqué. Y se entiende porque eso que llamamos cultura del Caribe, sin la apropiación pirática de cuando llega desde afuera, es nada más una formulación vacía, buena si acaso para las malas consignas nacionalistas. Lo que hicimos desde la Casa del Caribe en los ochenta, ¿no fue resaltar la existencia en la Isla de una extensa zona en la cultura popular tradicional atravesada por los aportes de diferentes países caribeños? ¿No es eso cultura transnacional?

Pues ahora resulta lo mismo, sólo que al revés y con una intensidad incomparable. El rumbo tomado por la revolución que triunfó en 1959 invirtió los procesos migratorios en la Isla; Cuba dejó de ser un país receptor de migraciones para convertirse en uno que envía grandes (y desesperadas) oleadas migratorias hacia casi todo el mundo. ¿Cómo es posible negar a estas alturas la existencia de una cultura transnacional cubana?

No sé si lo veremos nosotros, pero un día la obcecación política cederá por fin y la cultura producida dentro de la Isla no sólo acogerá sin suspicacias, sino que también agradecerá sus aportes a las formulaciones culturales elaboradas por cubanos en los cuatro rincones del planeta. Como me ocurre cada vez que viajo para fin de año a Santo Domingo, ese día el cubano emigrado encontrará un cartel en las terminales aéreas cubanas con la leyenda: Bienvenidos a la patria, hermanos. Y nadie les preguntará por qué decidieron vivir fuera de la Isla ni cuál es su orientación política.

Muchas gracias.

jueves, 8 de julio de 2021

La visita de Panchito Gómez Toro a Tampa

 Cuando leemos sobre la vida de Francisco Gómez Toro, admiramos a aquel joven que durante la batalla de Punta Brava se lanzó sobre las tropas enemigas cuando vio caer al General Antonio Maceo, que era su padrino. Ese día, 7 de diciembre de 1896, tenía sólo 20 años y hacía algo más de dos meses se había incorporado a la Guerra de Independencia de Cuba.

   Nació en medio de la Guerra de los Diez Años en el centro de la isla de Cuba, hijo del general Máximo Gómez con la jiguanicera Bernarda Toro, la “Manana” del valiente dominicano. Pero no es el propósito de estas líneas describir la meteórica vida de aquel muchacho cuya muerte temprana destrozó el corazón de ­­­el corazón de su padre, quien escribió en líneas conmovidas el mejor perfil de su existencia bajo el título Francisco Gómez Toro. Asimismo, ante la noticia de su muerte, al conocer la brutalidad con que su cadáver había sido profanado junto al de Maceo, anotó en su Diario las ­f­rases más terribles contra los victimarios.

Fermín Valdés Domínguez, Panchito  Gómez 
Toro y José Martí, Nueva York, 1894.
   Lo que quiero destacar es la presencia de aquel joven en la ciudad de Tampa, ciudad que pudo visitar acompañando a José Martí en uno de sus viajes a este lugar. Hace unos días, al comentar la fotografía que acompaña a esta nota, la historiadora Maura Barrios me preguntó por la identidad del jovencito que aparece en el centro. Al responderle, le dije que había estado en Tampa, hecho que ahora quiero compartir con los lectores de esta columna, porque enriquece la fuerte conexión que existe entre la historia tampeña y cubana.

   José Martí lo conoció en septiembre de 1892, cuando viajó a República Dominicana a entrevistarse con Máximo Gómez y proponerle la dirección militar del Partido Revolucionario Cubano. A su arribo a Montecristi, antes de llegar a la casa del General, detuvo su caballo en la tienda comercial de Jiménez Grullón, donde Panchito era dependiente. El joven reconoció al visitante y le llevó a su casa, contándole que su padre no estaba en el pueblo, pues la finca de trabajo estaba en La Reforma, ya que la bautizó con el mismo nombre del lugar en que él nació en 1876.

A Martí le impresionó la madurez de aquel jovencito a quien el padre ya le confiaba secretos sobre los planes independentistas. Cuando en abril del 1894 Gómez viajó a Nueva York, a revisar con el Delegado del Partido Revolucionario Cubano el plan independentista, llegó acompañado de su hijo. Al regresar a Santo Domingo, Martí le pidió que dejara a Panchito unos días a su lado, sabiendo que su palabra en los próximos mítines tendría la capacidad de representar la voz del líder más respetado entre los viejos militares cubanos.

   El entusiasmo del joven con esa idea complació a Martí y el 14 de mayo de 1894 llegaron a Tampa. Es de imaginar cuánto conversarían en el largo viaje en tren. Cuántas veces el poeta del Ismaelillo, mirándolo, pensaría en su hijo ausente, solamente dos años menor que el adolescente que le acompañaba. Apenas se detuvieron en nuestra ciudad, pues continuaron en barco hasta Cayo Hueso, donde permanecieron el resto de la semana. El domingo, 20 de mayo, están de regreso y esta vez disfrutaron las calles de Ybor City y West Tampa por una semana.

   Aquí, Panchito, que el 11 de marzo anterior había cumplido 18 años, sintió el aplauso de los tabaqueros en diversas fábricas que visitó, la simpatía de cientos de cubanos y cubanas, jóvenes y viejos que extendían a él la admiración que sentían por su glorioso padre. Regresan a Nueva York y enseguida vuelven a salir juntos hacia Centroamérica y el Caribe, deteniéndose varios días en Costa Rica, al lado de Antonio Maceo. Después siguen a Panamá y Jamaica, a donde llegan el 24 de junio para desde allí volver a Nueva York. Durante algo más de dos meses estuvo Panchito al lado de Martí, tiempo suficiente para que éste llegara a sentirlo como un hijo. Así se lo escribió al padre desde Nueva Orleans cuando iba para México, en carta del 15 de julio de 1894, cuando ha tenido que dejar a Panchito en Nueva York preparándose para retornar a Santo Domingo. “Una sola pena llevo, y es la de haber tenido que decir adiós a ese hombrecito que con tanta ternura y sensatez me ha acompañado (…) Ha estado como cosido a mí estos dos meses, siempre viril y alto (…) Ha hecho usted bien en darme ese hijo…”.

   Donde se ponga el nombre de los héroes que pasaron por el Liceo Cubano, por las calles de Ybor City y West Tampa en el siglo XIX, no debe olvidarse mencionar a Francisco Gómez Toro. Y en el lugar más alto, porque a los dos años de haber aclamado por una patria libre en sus breves discursos en este lugar, derramó su sangre defendiendo ese ideal.

   Aquel 7 de diciembre de 1896, cuando cabalgaba hacia el centro de la Isla para encontrarse con su padre, tropezaron con la tropa enemiga. Le pidieron que no avanzara, pues tenía un brazo en cabestrillo por una herida de bala en el combate anterior. Pero se abalanzó hacia Antonio Maceo, al verlo caer de su caballo, y entró a su lado a la gloria.

Publicado en La Gaceta, 2 de julio, 2021.

 

 

martes, 29 de junio de 2021

Cuando los músicos de Cuba venían a Tampa


En los últimos años, sólo algunos músicos cubanos han sido disfrutados por el público de Tampa, pues no muchos han podido venir a tocar y cantar en escenarios  donde han sido invitados. Entre ellos, recuerdo a Albita Rodríguez, Aymée Nuviola, Cándido Fabré, Adalberto Álvarez, Pedro Luis Ferrer y muy pocos más, quienes han ofrecido, a lo sumo, tres o cuatro horas de actuación. Sin embargo, en las primeras cinco décadas del siglo XX Tampa era una de las plazas visitadas por los más grandes músicos cubanos, como ocurría también con las artes escénicas y otras manifestaciones culturales.

Todavía muchas personas de la llamada tercera edad –ya se  está hablando de la cuarta por la prolongación del promedio  de  vida– recuerdan  a Benny Moré, Celia Cruz, la Orquesta Aragón, La Sonora Matancera,  y otros grandes exponentes de la música cubana que disfrutaba con entusiasmo el público tampeño.  Y muchos no venían a dar una o dos funciones, como ocurre hoy con los pocos que llegan, pues a veces eran contratados para largas temporadas que podían extenderse a varios meses. Es el caso del popular Ñico Saquito, como me contó recientemente  Billy Delgado, un notable músico de origen cubano que con 93 años conserva en su memoria aquellos tiempos en que él acompañaba a muchos intérpretes llegados de la Perla de las Antillas.

De izq. a der.: El Galleguito, Ñico Saquito, William González,
Lázaro Salqueiro, Billy Delgado y René Fuentes,
en el Centro Español de West Tampa
En la conversación con Billy, me enseñó fotografías y me habló de aquellos artistas que venían a Tampa,  como Orlando Vallejo, Ñico Membiela, Lino Borges, Roberto Faz, Ñico Saquito, Rosendo Rosell (músico y actor), Félix Escobar (El Galleguito), María Luisa Llorens, Blanca Rosa Gil y otros muhos.

Quiero destacar a uno de ellos en las líneas de hoy, porque algunas de sus canciones se siguen cantando y bailando en nuestro tiempo, interpretadas por distintos cantantes, y la mayoría de quienes las disfrutan no se acuerdan, o no conocen, a su destacado creador. Su nombre original –Benito Antonio Fernández Ortiz– lo conocen muy  pocos, pero el artístico, Ñico Saquito, se hizo muy popular, especialmente con sus guarachas “Cuidadito, compay gallo, cuidadito”, o “María Cristina me quiere gobernar”, interpretaciones con letras picarescas y gracejo popular que han disfrutado varias generaciones.

Es muy curioso el origen de la segunda de estas canciones, popularizada en la década de 1930 en Cuba y hoy interpretada por diferentes grupos, casi nunca sin señalar a su compositor. Atento a los dicharachos populares, Ñico tomó algunas coplas heredadas de los españoles radicados en la Isla, en las que se burlaban de María Cristina de Borbón, la que fue esposa del rey Fernando VII en la primera mitad del siglo XIX.

El  gran guitarrista, compositor y cantante Ñico Saquito nació en Santiago de Cuba el 13 de febrero de 1901, ciudad en la que murió en 1982. De su extensa obra como músico y trovador –insertada en el tiempo y lugar donde sobresalen Joseíto Fernández, Sindo Garay, Miguel Matamoros– se destaca la creación del grupo “Los guaracheros de Oriente”, con quien tuvo sus más grandes éxitos en la década de 1950. Fue justamente con este grupo que estuvo actuando en Tampa en 1948, contratado por varios meses en aquella ocasión.

Había visto fotografías suyas de los últimos años, pero en esta que me enseña Billy Delgado –donde también ­aparece él– muestra a un Ñico Saquito todavía joven, en una tarima tampeña a la que tal vez asistió alguno de los abuelos que aún nos acompañan en esta localidad.

Muchos de aquellos grandes músicos que venían de la Isla y tocaban en el Círculo Cubano –como lo hizo Benny Moré en 1958–, en el Centro Asturiano u otro lugar, fueron acompañados en sus espectáculos por Billy Delgado, un tampeño de origen cubano. Hoy, ya nonagenario, conserva los recuerdos de aquel tiempo luminoso de las relaciones musicales entre Tampa y Cuba. Asimismo, guarda con celo eficaz muchas fotografías y discos de un enorme valor para la preservación de la memoria hispana de la ciudad.