lunes, 28 de marzo de 2022

Walt Whitman desde Martí, a 135 años de su muerte

 El 26 de marzo de 1887 murió en Nueva Jersey, Estados Unidos, el poeta y ensayista Walt Whitman, uno de los intelectuales norteamericanos más grandes de todos los tiempos. Para rememorarlo en el 135.° aniversario de su desaparición física, elijo las palabras que sobre él escribiera el cubano José Martí, publicadas entonces en el periódico argentino La Nación.

En  el escrito, titulado  “El poeta Walt Whitman”, el poeta antillano da a conocer en Hispanoamérica la grandeza del autor de Hojas de hierba, quien algunos consideran muy cercano a la propia grandeza literaria del autor del Ismaelillo. Así lo aprecia la ensayista, filóloga y poeta cubana Diana María Ivizate González cuando afirma: “Por caminos estéticos y geográficos diferentes,  la creación martiana y whitmaniana convergen en un sentido trascendental del poema como una forma de reconstrucción humanista, donde individuo y sociedad son el centro de inspiración de sus grandes temas literarios” (Letralia, 17 de agosto, 2020). Pero, disfrutemos unos fragmentos de este escrito que dedicara Martí a Whitman:

Nueva York, abril 23 de 1887.

Señor Director de La Nación:

“Parecía un dios anoche, sentado en su sillón de terciopelo rojo, todo el cabello blanco, la barba sobre el pecho, la mano en un cayado”. Esto dice un diario de hoy del poeta Walt Whitman, anciano de setenta años, a quien los críticos profundos, que siempre son los menos, asignan puesto extraordinario en la literatura de su país y de su época. Sólo los libros sagrados de la antigüedad ofrecen una doctrina comparable por su profético lenguaje y robusta poesía, a la que en grandiosos y sacerdotales apotegmas emite, a manera de bocanadas de luz, este poeta viejo, cuyo libro pasmoso está prohibido.

¿Cómo no, si es un libro natural? Las universidades y latines han puesto a los hombres de manera que ya no se conocen; en vez de echarse unos en brazos de otros, atraídos por lo esencial y eterno, se apartan, piropeándose como placeras, por diferencias de meros accidentes como el pudín sobre la budinera, el hombre queda amoldado sobre el libro o maestro enérgico con que le puso en contacto el azar o la moda de su tiempo: las escuelas filosóficas, religiosas o literarias, encogullan a los hombres, como al lacayo la librea: los hombres se dejan marcar, como los caballos y los toros, y van por el mundo ostentando su hierro: de modo que cuando se ven delante del hombre desnudo, virginal, amoroso, sincero, potente; del hombre que camina, que ama, que pelea, que rema; del hombre que, sin dejarse cegar por la desdicha, lee la promesa de final ventura en el equilibrio y la gracia del mundo; cuando se ven frente al hombre padre, nervudo y angélico de Walt Whitman, huyen como de su propia conciencia, y se resisten a reconocer a esa humanidad fragante y superior el tipo verdadero de su especie, descolorida, encasacada, amuñecada.

Dice el diario que ayer, cuando ese otro viejo adorable, Gladstone, acababa de aleccionar a sus adversarios en el Parlamento sobre la justicia de conceder un gobierno propio a Irlanda, parecía él como mastín pujante, erguido sin rival entre la turba, y ellos a sus pies como un tropel de dogos. Así parece Whitman con su “persona natural”, con su “naturaleza sin freno en original energía”, con sus “miríadas de mancebos hermosos y gigantes”, con su creencia en que “el más breve retoño demuestra que en realidad no hay muerte”, con el recuento formidable de pueblos y razas en su “saludo al mundo”, con su determinación de “callar mientras los demás discuten, e ir a bañarse y a admirarse a sí mismo, conociendo la perfecta propiedad y armonía de las cosas”; así parece Whitman, “el que no dice estas poesías por un peso”, el que “está satisfecho, y ve, baila, canta y ríe”, el que “no tiene cátedra, ni filosofía, ni escuela”, cuando se le compara a esos poetas y filósofos canijos, filósofos de un detalle o de un solo aspecto, poetas de aguamiel, de patrón, de libro, figurines filosóficos o literarios.

Hay que estudiarlo, porque si no es el poeta de mejor gusto, es el más intrépido, abarcador y desembarazado de su tiempo. En su casita de madera, que casi está al borde de la miseria, luce en una ventana, orlado de luto, el retrato de Víctor Hugo; Emerson, cuya lectura purifica y exalta, le echaba el brazo por el hombro y le llamó su amigo; Tennyson, que es de los que ven las raíces de las cosas, envía desde su silla de roble en Inglaterra, tiernísimos mensajes al “gran viejo”.

Robert Buchanan, el inglés de palabra briosa, “¿qué habéis de saber de letras –grita a los norteamericanos–, si estáis dejando correr, sin los honores eminentes que le corresponden, la vejez de vuestro colosal Walt Whitman?”. La verdad es que su poesía, aunque al principio causa asombro, deja en el alma, atormentada por el empequeñecimiento universal, una sensación deleitosa de convalescencia. Él se crea su gramática y su lógica: él lee en el ojo del buey y en la savia de la hoja: “Ese que limpia suciedades de vuestra casa, ese es mi hermano”. Su irregularidad aparente, que en el primer momento desconcierta, resulta luego ser, salvo breves instantes de portentoso extravío, aquel orden y composición sublimes con que se dibujan las cumbres sobre el horizonte.

En José Martí, Obras Completas, La Habana, 1975. Tomo 13, pp. 131-143.

viernes, 18 de marzo de 2022

Kiev se defiende con el heroísmo de Stalingrado

 Hace unas décadas, leímos mucha literatura acerca de la heroica resistencia del pueblo ruso a la invasión de la Alemania nazi, cuando enfrentó a las enormes tropas con las que Hitler se propuso expandir su dominación por toda Europa. Como sabemos, la esperanza del dictador alemán chocó con la decidida entereza de un pueblo que se unió en la defensa de su tierra.

En las páginas de Ellos se batieron por la patria, de Mijaíl Shólojov, en las novelas de Alexander Bek La carretera de Volokolamsk y Los hombres de Panfilov, como en tantas obras, encontramos admirables escenas de valor, abnegación, grandeza e inmenso sacrificio en aras de expulsar al invasor. En su libro Somos hombres soviéticos el corresponsal de guerra y escritor Boris Polevoi exaltó aquella epopeya y, con ello, la admiración a su país creció mucho en todo el mundo.

Particularmente emotiva resultó la lectura de la novela Días y noches, en la que Konstantín Símonov describe el drama real que vivieron los rusos durante la batalla de Stalingrado, ciudad que defendieron durante casi seis meses calle por calle, casa por casa, hasta aniquilar la poderosa maquinaria de guerra de los alemanes, lanzada con toda su ferocidad sobre la heroica ciudad. Es tal vez la batalla más sangrienta en la historia de la humanidad, donde alrededor de dos millones de personas de ambos bandos perecieron, entre ellos miles de civiles, por culpa de un hombre que, en su locura, se creía capaz de “asaltar los cielos”.

Este "Monumento a la Patria" en Kiev rinde homenaje a la
victoria de la Unión Soviética frente al fascismo, donde  rusos y
ucranianos combatieron juntos.

En Stalingrado, el arma insuperable con que contaron los soviéticos frente a los tanques, aviación y poderoso ejército alemán fue la profunda convicción de su pueblo de que era preferible morir que ser dominado por una potencia extranjera. Hace casi 80 años de aquellos hechos tan fielmente descritos por Símonov en Días y noches y aún se conservan vivos los sentimientos de admiración y gratitud hacia los defensores de una ciudad agredida. Asimismo, el conocimiento de aquellos terribles acontecimientos, provocará siempre el desprecio hacia el agresor, identificado esencialmente en el rostro malévolo de un demente que arrastró a un ejército con el fin de cumplir su obsesión de poder.

Hoy, cuando Kiev está asediada, nos cuesta creer que los agresores provengan del mismo lugar en que vivieron los “hombres soviéticos” que describió Boris Polevoi. Y, más triste todavía, que estén agrediendo a los hijos de quienes en la batalla de Stalingrado compartieron la trinchera.

No es relevante saber si realmente fueron 28 los hombres comandados por Panfilov o si todos murieron para detener a la poderosa maquinaria de guerra alemana cuando avanzaba hacia Moscú. He leído que una película sobre este hecho fue muy admirada por el actual presidente ruso. Sin embargo, si la defensa de Kiev produjera alguna analogía con Stalingrado, los hombres de Volodímir Oleksándrovich Zelenski serían los de Panfilov, los defensores de la ciudad serían el arquetipo de los héroes que salvaron a Stalingrado y, más allá de la idealización novelística, el eterno derecho de los hombres a ser libres volvería a explicar el comportamiento heroico de los ucranianos en esta guerra que de todos modos ganarán.

Sabemos que hay contradicciones entre dos países que hasta hace tres décadas estuvieron bajo la misma bandera soviética y ahora son independientes. Puede entenderse que Rusia tenga resquemores porque la nación vecina se sienta más atraída por la política de Europa occidental que por la suya. Y cuando digo Rusia, aludo a quien detenta el poder desde hace 20 años y ha modificado la constitución para mantenerlo mucho más tiempo, porque no se ha hecho un plebiscito para saber realmente qué piensa el pueblo ruso sobre la guerra en que están volviendo a morir hijos suyos.

Entonces, ¿no era preferible antes de lanzar los aviones y tanques sobre el país fronterizo encontrar una solución que asegure el derecho que cada quien tiene a decidir su destino? De haberse lanzado una agresión ucraniana sobre Rusia, se justificaría la respuesta con las armas. Pero no fue Ucrania quien arrebató a Rusia un pedazo de su país. Tampoco hay señales alarmantes de que la pretensión de Ucrania de ser parte de la Unión Europea –OTAN incluida– sea un primer paso para agredir a Rusia.

¿Quién es el atacante?, ¿quién es el agredido?, debemos preguntarnos a la hora de culpar a alguien por los miles de seres humanos que han muerto en Ucrania en apenas tres semanas de guerra. No basta con justificar el asalto como alternativa a la posibilidad de ser asaltado, como si se tratara de una bronca callejera en que el más guapo vocifera que el que da primero da dos veces. Es mucho más lo que está en juego y de la serenidad, responsabilidad y sabiduría de los estadistas depende el destino de la humanidad.

Publicado en La Gaceta, el 18 de marzo de 2022.

 

viernes, 11 de marzo de 2022

La guerra en Ucrania entre la verdad y la posverdad

 Mientas descubrimos si las noticias sobre la guerra de Ucrania pertenecen a la verdad o la posverdad, muchos seres humanos siguen muriendo bajo los fusiles, bombas y misiles en ese país. Entre los soldados que mueren hay invasores e invadidos, únicas categorías posibles para enmarcar cualquier guerra que se desarrolle entre dos países, según quien haya atravesado la frontera para combatir. Los soldados lo saben y, en el momento de disparar, unos lo hacen defendiendo su tierra, familia, herencia, cultura; y en el lado opuesto, algunos no entienden por qué combaten, o no se lo preguntan y, en el peor de los casos, no les importa.

La verdad es la guerra, pero ahora ha nacido el concepto de la posverdad, defendiendo que la realidad de un hecho se mide por la opinión y emoción que se suscita alrededor de él. Para la Real Academia Española, que ya ha evaluado el término, la posverdad o mentira emotiva es un neologismo que implica la distorsión deliberada de una realidad en la que priman las emociones y las creencias personales frente a los hechos objetivos, con el fin de crear y modelar la opinión pública e influir en las actitudes sociales. Desde esta perspectiva, la información que ofrecen las jerarquías contendientes en el campo de batalla se enfoca en lo que quieren hacer creer, más que en lo que ocurre. Si, de un lado, uno reclama el derecho a agredir sobre la base de estar defendiendo la soberanía nacional, justifica la barbarie de la guerra con la narrativa patriótica de salvaguardar el futuro de su nación. No dudo de que ese discurso que cada día están oyendo millones rusos, les compulse a defender la política emitida por su dirigente político y militar.

Donde el emisor de esa posverdad tiene el control de los medios de comunicación y, a su vez, puede encarcelar a quien le enfrente con un discurso diferente, es natural que haga repetir una y otra vez su versión de los hechos hasta convertirlos en verdad para la inmensa mayoría de los receptores.

Hospital de maternidad en Mariúpol, la verdad de un ataque. 
Mirando los hechos de la guerra en Ucrania, es verdad que las intenciones declaradas del gobierno ucranio de incorporar su país a la OTAN hicieron temer a Rusia por el peligro que supondría tener en una extensa frontera el poderío militar de la organización militar enemiga. Por otro lado, se les prometió que la alianza europea no se iba a extender a sus zonas limítrofes y, sin embargo, se fueron acercando con el ingreso a ella de países de Europa del este que antes pertenecieron a la URSS. Desde estos hechos reales, puede entenderse que Rusia tenga razones para oponerse al incumplimiento de la promesa occidental, lo que no justifica que haya desatado una guerra criminal (todas lo son) contra el país vecino.

Esa falta de justificación se cubre con la posverdad que acompaña la presentación de los hechos, ocultando la verdad que vemos en tantas imágenes de edificios civiles destruidos, de miles de personas huyendo bajo el fuego, de muertos civiles entre los que hay niños, mujeres, ancianos, así como hospitales y escuelas bombardeadas. Mientras, se divulga que el Presidente ucranio es nazi, se le acusa de genocidio en las regiones separatistas que ahora el Presidente ruso reconoce independientes, se niega que la población respalde su gobierno y esté haciendo una abnegada resistencia al invasor, se sobredimensiona el peligro enemigo sobre el país y en ningún caso se relaciona la campaña militar con la posible sed de reconquista del antiguo poder del imperio ruso.

En lo que dilucidamos cuanto hay de posverdad en los argumentos con que el país agresor justifica su acción bélica, o las declaraciones con que las potencias mundiales se posicionan ante el drama ucranio desde sus propios intereses geopolíticos y económicos, la inobjetable  verdad de la guerra está en el sufrimiento de  seres humanos que no son una amenaza para nadie y, en unos minutos pierden el hogar, la escuela, el centro de trabajo, el hospital, la vida.

Y si esa verdad que vemos con horror en un país como Ucrania, hoy con ciudades injustamente arrasadas, y el tono de amenaza nuclear que se ha permitido el líder ruso dejara de ser una “distorsión deliberada de la realidad”, entonces la humanidad, con todo el encanto material y espiritual que ha logrado en miles de años podría, al desaparecer, ser la última verdad.

viernes, 4 de marzo de 2022

En defensa de Ucrania

       Parecía increíble que en la tercera década del siglo XXI se desatara en Europa una guerra sanguinaria que remeda al estallido de la primera y segunda guerras mundiales, sufridas por la humanidad en el siglo XX. Todavía viven personas que padecieron el horror de las hordas fascistas extendidas por el viejo continente y, seguramente, al contar sus dramáticos recuerdos incluyen la frase tranquilizante: son cosas del pasado.

Aunque se venía advirtiendo que era real la amenaza rusa de invadir a Ucrania para derribar su legítimo gobierno e imponer el que satisfaga a sus intereses, muchos políticos en el mundo la subvaloraron y otros, por intereses propios, la atribuyeron a alarmismos ­occidentales mal intencionados. Sin embargo, con todo su poder, la maquinaria militar, ciega a las órdenes de Vladimir Putin, se lanzó sobre el país vecino el pasado 24 de febrero. Por mucho que el líder ruso afirmara que su interés se limitaba a las regiones ucranianas de Donetsk y Lugansk, donde un movimiento separatista llevaba años enfrentado al gobierno central ucraniano, no sólo se limitó a reconocerles la independencia, sino que movió a su ejército hasta esos lugares y desde ellos avanzó hacia Kiev, la capital, donde creyó triunfaría en pocas horas dada su superioridad militar.

Pero los ucranianos han reaccionado con el mismo valor que lo hicieron frente a las hordas fascistas, a las que se enfrentaron hermanados a los rusos cuando convivían bajo la bandera soviética. Los rusos, que fueron los hermanos de ayer, los agreden hoy como enemigos cumpliendo órdenes que no proceden de sus sentimientos y que, como militares, se sienten compulsados a cumplir. Los sentimientos del pueblo de Tolstoi, el alma rusa a que aludía Dostoievski, no acompaña a quienes empuñan un arma contra sus vecinos, a los que lanzan un misil contra una edificación civil, a los culpables de que hayan muerto numerosos inocentes, entre ellos niños, mujeres, ancianos, incluso enfermos cercanos a curarse en un hospital.

Mas de dos mil civiles muertos y  destrucción  de edificaciones 
en Ucrania por la guerra desatada por Rusia.

La historia política de Ucrania es larga y compleja. Su primera organización política, conocida como la Rus de Kiev, compuesta por diversas tribus de eslavos orientales, llegó a ser el estado más fuerte de Europa entre los siglos IX y XIII y Kiev la ciudad más poblada. En el último siglo citado fue invadida por los mogoles y casi destruida.   Centurias más tarde fue dominada por el imperio ruso, causando grandes daños a su cultura al prohibirse la lengua ucraniana y su literatura.  

En medio de la Primera Guerra Mundial y la Revolución de febrero de 1917 en Rusia, se produjeron grandes cambios territoriales en Ucrania, que desde ocupar parte de lo que hoy es Bielorrusia y la Federación Rusa, quedó reducida a la que en 1921 se nombra República Socialista Soviética de Ucrania. En la época soviética sufrió limpiezas étnicas, al igual que otras repúblicas de la URSS. Se considera que  en la década de 1930 murieron más de 4 millones de ucranianos. Ello provocó un fuerte movimiento nacionalista, especialmente entre 1942 y 1956, cuando el Ejército Insurgente Ucraniano (UPA), intentó, sin éxito, independizarse de la URSS. 

En 1991, con la desaparición de la Unión Soviética, Ucrania se convirtió en un Estado independiente y se orientó hacia una economía de mercado y un gobierno democrático. En el siglo XXI su economía ha crecido. En la actualidad es una república gobernada bajo un sistema mixto semipresidencial y semiparlamentario, con separación de poderes en ejecutivo, legislativo y judicial. El presidente es elegido por voto popular para un mandato de cinco años y es el jefe de estado.  

Con la desintegración de la Unión Soviética en 1991, muchas de las repúblicas que antes la componían se fueron acercando a Occidente y algunas de ellas han ingresado a la OTAN, lo que podría también hacer Ucrania. Ello, naturalmente, preocupa al liderazgo ruso, que ve con recelo un poderío militar que pudiera contener la vocación autocrática e imperial de su férreo Mandatario.

A pesar del lenguaje político, diplomático incluso, con que se viene advirtiendo la escalada de los intereses rusos en el este de Europa, no se esperaba que Putin lanzara una maquinaria de guerra tan poderosa sobre un país que militarmente no alcanza ni una décima parte de su fuerza. Tampoco era previsible el lenguaje con que acompaña la agresión, declarando su intención de remover a un presidente electo por su pueblo, llamando a las fuerzas armadas de un país ajeno a levantarse contra su gobierno y, finalmente, ante una resistencia inesperada, llegar a amenazar con su poderío atómico al universo, si se planta frente a él.

Casi todos los líderes mundiales, artistas, intelectuales, deportistas, se han pronunciado contra el agresor. Por primera vez, Europa se ha unido para sancionar al país que salvajemente ha atacado a su vecino. En estos días, he leído muchas noticias y comentarios sobre la guerra que ha desencadenado Putin. Entre ellos, hay un artículo titulado “La guerra de Putin contra mí y contra ti”,  escrito por  Mircea Cărtărescu y publicado por ABC, del que tomo dos breves afirmaciones: “Ante la estúpida y sangrienta agresión a Ucrania por parte de la Rusia de Putin, Europa se parece hoy a la multitud de ciudades griegas del mundo antiguo que sólo la invasión del colosal ejército persa unió y dotó de la conciencia de su unidad en valores e ideales, de la idea de formar un único mundo”.

 Ante la amenaza del autócrata ruso de activar el poderío nuclear, comenta el escritor rumano: “Un solo hombre, perdido en sus alucinaciones, puede destruir hoy definitivamente el amor, la creatividad, la compasión, la solidaridad, la felicidad, la contemplación, la sonrisa, la maternidad, la curiosidad, la inteligencia y muchos otros aspectos de la maravillosa criatura humana. La guerra de Putin no es ahora contra Ucrania, sino contra cada uno de nosotros”.



viernes, 25 de febrero de 2022

En el centenario de La Gaceta: El pensamiento democrático de Victoriano Manteiga (II)

   En el año 1930, cuando aún el gobierno de Gerardo Machado no había asumido el carácter abiertamente dictatorial que provocó su hundimiento en 1933, Victoriano Manteiga, desde La Gaceta en Tampa, advertía del peligro de ese rumbo tiránico del presidente que propuso modificar la Constitución para prolongar más su tiempo en el poder.

En esa época, la Constitución establecía las elecciones cada cuatro años –al igual que en Estados Unidos– y la posibilidad de una reelección que extendiera a ocho la presidencia. Sin embargo, Machado quien subió a ese máximo cargo en 1925, intentó a través de una Prórroga de Poderes prolongar su tiempo en la silla presidencial. Durante toda la lucha antimachadista, sobre todo  entre 1930 y 1933, Victoriano tuvo una destacada participación, hecho que aspiramos a exponer en un libro que compila muchos escritos suyos. En todos, se manifiesta su profundo pensamiento democrático y su actitud permanentemente antidictatorial. Ahora presentamos un escrito que él publicó en La Gaceta el 30 de enero de 1930, en su columna  “Chungas y no chungas”. 

Es el siguiente texto:

Nuestro admirado Gerardo Machado, presidente de Cuba, no quiere modificar la orientación “violenta” de su gobierno, dejando que el pueblo cubano piense con entera libertad y que los diarios y revistas de La Habana y provincias comenten y critiquen con entera sinceridad, sin exponerse los periodistas a la cárcel o la muerte, los actos de su gobierno.

Otros dos periodistas,  Roger de Lauria y Dellundé, encarcelados han sido en la “democrática” Cuba por analizar, sin insultos ni calumnias,  el propósito que se atribuye el General Machado de reformar nuevamente la Constitución.

Temiendo por la vida de estos periodistas, el general Francisco Peraza, guerrero de la epopeya de la independencia, se ha dirigido al embajador americano, Mr. Guggenheim, rogándole proteja a los detenidos y para ellos reclama las garantías que la Constitución cubana les concede.

Trance doloroso habrá sido para el general Peraza tener que dirigirse a un diplomático extranjero para recabar que este impida que el gobierno de Cuba atropelle a dos cubanos que, ejercitando sus derechos, censuraron intenciones o hechos del presidente Machado y su gobierno.

Buena ocasión la que nos brinda el general Peraza para reiterar nuestra creencia de que cualquier gobierno cubano, por malo que sea, siempre sería mejor que una intervención americana como la de Charles Magoon*. Pero si el gobierno del general Machado puede ser devuelto a la realidad con esa llamada del viejo patriota al embajador, bendita sea su carta.

Para todos los cubanos es una afrenta que su presidente encarcele a dos periodistas por opinar estos como ciudadanos y no ser gratas sus opiniones al gobierno.

La constitución y las leyes estrictamente cumplidas protegen al general Machado y su gobierno y protegen también los derechos de todos los cubanos.  Un gobierno honrado puede castigar, sin extralimitaciones, a los periodistas que lo difamen o insulten, lo mismo que a todos los ciudadanos delincuentes.

Se prueba la fortaleza de un gobierno no con actos injustos, no amordazando a los hombres cívicos, sino aplicando las leyes con firmeza y escrupulosidad.

Nosotros no pretendemos que el general Machado soporte groseros insultos, como los que toleraron el general José Miguel Gómez y el Dr. Alfredo Zayas**.

Los periodistas decentes no calumnian ni insultan como gañanes, aunque saben decir la verdad y exponer su vida por defender sus principios y derechos.

Contra la calumnia periodística puede el general Machado “esgrimir” las excelentes leyes cubanas. Así puede hacerlo contra los insultos.

Pero si Cuba es una república democrática, su presidente no puede encarcelar a los ciudadanos como si fueran esclavos suyos, ni puede perseguirlos en la “sombra” haciéndolos desaparecer o “perjudicándolos”.

El presidente Machado sigue el camino equivocado de la Dictadura y ya los liberales de este país comparan su gobierno con el de Leguía*** y otros “pequeños” presidentes de la desventurada América nuestra.

No debe olvidar el primer magistrado cubano que Estados Unidos no puede “cerrar los ojos” hasta el punto de consentir una completa dictadura en la nación que presenta como hermoso modelo de su desinterés hacia la América Latina.

Por su prestigio y por la dignidad del pueblo cubano debe Machado procurar que su gobierno se oriente hacia la verdadera democracia, respetando la constitución y aplicando las leyes  con discernimiento y buena voluntad.

Notas del editor:

*Charles Magoon. Gobernador  en Cuba durante la segunda ocupación estadounidense a la Isla, entre octubre de 1906 y enero de 1909.

**Presidentes de Cuba: José Miguel Gómez (1909-1913) y Alfredo Zayas (1921-1925).

***Augusto Bernardino Leguía fue presidente en Perú de 1908 a 1912 y de 1919 a 1930.

viernes, 18 de febrero de 2022

Los nietos cubanos nacen en el mundo

 Los nietos cubanos están naciendo en cualquier esquina del mundo. Ahora acabo de recibir al cuarto de los míos que llega a la vida lejos de la Perla de las Antillas, donde me tocó nacer. Dos hembras, Amy y Arianna, fueron recibidas en Tampa y Roma; los dos varones, Ernesto y ahora Stanley Gabriel, en diferentes ciudades floridanas.

Hace unas décadas, creía que todos nacerían en Cuba, donde mis padres y abuelos tuvieron a los suyos. Mi padre, quien siempre exclamaba “Cubita la bella” para referirse a la patria como a una novia, todavía alcanzó a que todos sus nietos nacieran dentro de la tierra “más hermosa que ojos humanos hayan visto”, como dijo Cristóbal Colón ante la majestad de su paisaje. Es que los cubanos no emigraban, exceptuando las décadas más tenebrosas de la dominación colonial española, especialmente quienes fueron perseguidos por sus ideas independentistas, como el poeta José María Heredia y José Martí, por mencionar dos figuras afincadas en el alma nacional.

  La mayor parte de los emigrados cubanos de fines del siglo XIX regresaron a su país al terminar la Guerra de Independencia, en 1898. Con la creación de la República, en 1902, a pesar de alejarse de la promesa martiana de justicia social, no fue significativa la emigración, si bien hubo breves períodos en que la violencia política generó exilios o destierros de corta duración. Más bien, Cuba fue un país que recibió miles de inmigrantes, especialmente españoles. Nadie, entonces, habría pensado que un día miles de cubanos optarían por la ciudadanía española, haciendo milagros para probar una ascendencia ibérica, con la única intención de irse a vivir fuera de la tierra que les vio nacer. Con ello, los nietos del abuelo que se beneficiaron de la sangre española son ahora abuelos que reciben sus nietos en la tierra de los antepasados redescubiertos.

Stanley Gabriel

Pienso en ello al recibir un nieto que comienza la vida en Crystal River, en el estado de Florida. Nadie me lo hubiera dicho cinco décadas atrás, cuando nos entregamos a un proyecto revolucionario que prometía el desarrollo económico, equidad social y participación en la política y cultura del país acorde a las aptitudes y actitudes de cada uno. Cuando la llamada Revolución, desde el primer día, provocó la salida del país de miles de cubanos, lo atribuimos a la falta de voluntad de las clases más adineradas para compartir un proceso de mayor equilibrio social y a los defensores, políticos o militares, del régimen anterior. Entonces no era posible prever que las salidas masivas del país, imparables hasta hoy, incluirían a tantos hijos de obreros, campesinos, intelectuales, profesionales, procedentes de las escuelas donde se prometió formar a un “hombre nuevo” que supuestamente gozaría de una plena vida material y espiritual.

El pretendido hombre nuevo es el padre de los nietos que recibimos los de mi generación, que entre otros sueños rotos incluimos el espacio geográfico en que visitaríamos o nos visitarían nuestros descendientes. Esa ilusión se me derrumbó cuando las circunstancias económicas, con todo el componente sociopolítico que le acompañan, me impulsaron a salir de Cuba, eligiendo a Tampa para vivir con mi esposa y los dos últimos vástagos.  Al tomar esa decisión, pensé en mis hijos y por ellos no me he arrepentido. Me ahorré –y es razón suficiente– el terrible trauma por el que han pasado tantos padres al sospechar que sus hijos puedan lanzarse al mar en un bote precario. Me ahorré ver a mis hijos haciendo negocios ilegales para comprar una bicicleta, un par de zapatos, un teléfono celular. Me ahorré ver que mis hijos rechazaran ir a la universidad con la explicación de que muchos médicos, ingenieros, profesores, viven con más pobreza que cualquier portero de un hotel para turistas extranjeros. Me ahorré que mis hijos convirtieran la pequeña vivienda en multifamiliar por no poder aspirar a una propia donde recibir a los suyos.

Los dos hijos que vinieron conmigo a Tampa fueron a la universidad. Uno de ellos se casó y es el padre del nieto que ahora acaba de nacer. Le recibimos con una inmensa felicidad, condición psicológica que siempre entraña un poco de egoísmo. Al abrazar a mi hijo, pensé en aquel día en que él vino al mundo en un hospital de Manzanillo, donde estuve rodeado de grandes amigos. De ellos, Ramón tiene ahora un nieto en Perú; Panchy lo tiene en Canadá; Pepe Luis, en Miami, al igual que Chucho Acosta; Tomy, en Texas; el de Luis Alberto tal vez llegue en París… Otros cubanos los tienen en España, Brasil, Rusia, Alaska, Oceanía, África, Australia, Suecia o en las pampas argentinas.

Muchos no podrán llegar a verlos y es triste, muy triste, que un abuelo no pueda levantar en sus brazos a una criatura que es entraña de sus entrañas y ha nacido quién sabe dónde porque él, tal vez, no supo –o no pudo– construir el reino donde recibir a sus descendientes. Al abrazar a mi pequeño nieto, acabado de nacer, pienso en aquellos abuelos cubanos de mi generación, a quienes no llega el grito con que anuncian su entrada al mundo los hijos de sus hijos regados en el mundo.

 

lunes, 14 de febrero de 2022

En el centenario de La Gaceta: Victoriano Manteiga, un defensor de la democracia

 Como anunciamos anteriormente, iremos publicando algunos artículos relacionados con el homenaje que en 2022 realizamos a La Gaceta por su centenario. Entre ellos, daremos  a conocer escritos de su fundador, Victoriano Manteiga, publicados en su columna diaria titulada “Chungas y no chungas”.

Una recopilación de esos artículos la presentaremos en un libro en el que, a través de sus confesiones y actuación, apreciaremos el pensamiento democrático del notable periodista cubano radicado en Tampa, como lo muestra su firme enfrentamiento a gobiernos dictatoriales de su época. Estuvo comprometido en la lucha frente a la tiranía de Gerardo Machado en Cuba, defendió a la República Española frente al arribo del franquismo, tuvo una constante actitud antifascista y en la década de 1950, cuando la lucha contra el gobierno impuesto por un golpe de estado de Fulgencio Batista anunciaba el restablecimiento de la Constitución y el curso democrático de Cuba, prestó su apoyo al líder –Fidel Castro– que entonces prometía cumplirlo.

Aunque en el marco de la violencia política cubana, que polariza hacia los extremos la ubicación de sus exponentes, algunos calificaron de comunista a Victoriano Manteiga, no encontramos en sus pronunciamientos y actuación ninguna prueba de ello. Con el filo irónico que imprimía a muchos de sus escritos, llamaba “comunillas” a muchos representantes de esta ideología, la que consideraba extranjeriza, exótica y alejada de las proyecciones democráticas que propugnaba para su país de origen.

Esta vez, sólo quiero mostrar unos fragmentos de un escrito suyo, publicado en su columna de La Gaceta, el 5 de septiembre de 1952, a  sólo unos meses del golpe de estado que el 10 de marzo de ese año dio el general Batista en Cuba, interrumpiendo el curso democrático establecido en la Constitución de 1940, una de las más avanzadas entonces en Latinoamérica. En esa fecha, declaró su postura frente a una imposición dictatorial desde el machadato, subtitulando el escrito “En lucha para abatir a los tiranos”. Es el siguiente texto:

Cuando Gerardo Machado tiranizaba a Cuba, alzamos nuestra voz contra él y  no dejamos de atacarle hasta que Sumner Wells, cumpliendo instrucciones del presidente Roosevelt, le echó de la presidencia.

Apoyamos a Grau, en los cuatro meses que gobernara entre 1933 y 1934, pero cuando el estudiantado cubano le retiró su apoyo en una asamblea a la que asistimos, verificada en el Anfiteatro de la Universidad, dijimos que su caída era inevitable.

Después Fulgencio Batista le pegó por la espalda a Grau, aconsejado por Jefferson Caffery, que sustituyera a Mr. Wells como embajador de los E. Unidos en Cuba.

En el año 1929 vinieron a Tampa tres jóvenes revolucionarios que combatían el machadato, Eduardo Chibás, Enriquito de la Hoza* y el joven Agramonte, hermano del Dr. Roberto Agramonte, candidato de los ortodoxos a la presidencia de la República.

Eduardo Chibás en Tampa. A su izquierda
vemos a Victoriano Manteiga

Con ellos organizamos el primer acto celebrado en este país contra el régimen del “Carnicero”. En el Centro Obrero se verificó. Mantuvimos la amistad con los tres, y particularmente con Chibás, a través de los años.

Al convertirse en dictador el sargento Batista, en 1934, traicionando a la revolución, le combatimos sin descanso y le dimos publicidad a sus delitos de sangre y saqueo del tesoro público.

Grau estableció su domicilio en Miami, en los primeros años de Fulgencio, Pedraza y Marine, y allí le visitamos en varias ocasiones. Chibás y nuestro director creían que Grau, si llegaba a la presidencia, gobernaría honradamente; pero se equivocaron…

Cuando Chibás enarboló la bandera de la “Vergüenza con el Dinero”, en defensa del pueblo y contra los ladrones, nos colocamos a su lado con el cariño y desinterés de siempre.

Hace dos años vino a visitarnos y aquí dijo: “Los ortodoxos vigorizamos en Tampa nuestra fuerza espiritual”. Le dimos, como siempre, sinceras pruebas de amistad. A la colonia cubana le pedimos que apoyase, por medio de cartas, etc., a Chibás y a los candidatos de la ortodoxia.

Al morir Eddie, que se sacrificó por Cuba y los cubanos, hicimos la promesa de apoyar a su partido mientras luche por la decencia política y respete el dinero del pueblo.

Ahora que Fulgencio con cinismo incalificable es de nuevo dictador, por despreocupación e infamia de una parte del ejército, estamos de nuevo en lucha con su perversidad…

Este diario tiene abiertas sus columnas a la Ortodoxia, como las ha tenido abiertas, desde antes de 1936, para los republicanos españoles. Es un modesto periódico al servicio, mientras su dueño pueda mantenerlo, de la libertad y de la justicia.

Combatimos a los tiranos de América y ansiamos el establecimiento de la democracia en todo el mundo y particularmente en Cuba, España y la América Latina.

Como se aprecia en estas palabras, Victoriano Manteiga no sólo fue un defensor teórico de la democracia, sino un luchador permanente por preservarla.

*Se refiere al periodista Enrique de la Osa.