viernes, 26 de agosto de 2022

Eduardo Chibás, un amigo de Victoriano Manteiga

 Emiliano Salcines, que siempre está atento a los avisos de Clío, me llamó por teléfono para recordarme que el pasado 16 de agosto se cumplieron 71 años de la muerte de Eduardo Chibás. Conversamos brevemente sobre la presencia del líder cubano en Tampa y de la amistad que sostuvo con Victoriano Manteiga, por lo que recordar a ambos en el centenario de La Gaceta es un homenaje a dos hombres que se insertan en la rica historia de esta hermosa ciudad.

Probablemente, nadie ha realizado una evaluación más alta de Chibás que la sostenida en múltiples ocasiones por Victoriano, quien vio en la limpia figura del cubano al continuador más fiel de José Martí. Tenía 22 años cuando vino a Tampa por primera vez, en 1929, siendo un estudiante universitario enrolado en la lucha contra el gobierno de Gerardo Machado. Entonces conoció a Manteiga, un coterráneo suyo que había fundado siete años atrás el periódico La Gaceta y coincidía con él en la necesidad de enfrentar un gobierno que en Cuba amenazaba las libertades democráticas a que todo pueblo tiene derecho.

El 21 de octubre de 1950, Chibás pronunció un discurso en el parque Cuscaden,
 de Tampa. Vestido de blanco, vemos a Victoriano Manteiga, organizador del acto.

La amistad nacida en aquellos días de 1929 duró para siempre y cuando, en 1950,  volvió a Tampa el fundador del Partido Ortodoxo encontró el abrazo de Victoriano y su apoyo incondicional a una ardua lucha encaminada a que la isla donde ambos nacieron tuviera un gobierno que pudiera cumplir el sueño martiano de una Cuba “con todos y para el bien de todos”.

Las fechas de nacimiento y muerte de Eduardo René Chibás y Ribas se conmemoran juntas, pues el 16 de agosto de 1951, al día siguiente de haber cumplido 44 años, murió a consecuencia de un disparo en la ingle que 11 días antes él mismo se hizo mientras pronunciaba un discurso por la radio, obsesionado con la idea de que ese fuera “el último aldabonazo” contra la corrupción imperante. Se había consagrado a esa epopeya desde la adolescencia, con una capacidad de liderazgo que provocó fuera encarcelado en 1931 y exiliado al año siguiente.

A la caída de Machado regresó a Cuba y formó parte del gobierno de Grau San Martín, el fundador del Partido  que llevó el nombre del creado por José Martí (Partido Revolucionario Cubano), al que se agregó el vocablo Auténtico con el que es más conocido. Chibás creyó en esa fuerza política, de la que se separó al ver que en el poder (1944-1952) no sólo no cumplió sus promesas, sino que intensificó la corrupción político-administrativa que venía padeciendo el país.

Al romper con el Autenticismo, Chibás fundó el Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo), el 15 de mayo de 1947. A partir de esa fecha, comenzó una frenética batalla contra la corrupción imperante en el gobierno, especialmente desde que Carlos Prío asumiera el poder en 1948. A su vez, creció el prestigio de su partido, convertido en la fuerza política que seguramente habría ganado las elecciones presidenciales de 1952, si un golpe de estado no las hubiese interrumpido.

Chibás, a pesar de sus pocos años de vida, tuvo una intensa participación en la política cubana: fue delegado a la Asamblea Constituyente de 1940, representante a la Cámara y senador de la República. Acusó sistemáticamente a figuras que desde el gobierno cometieron actos de corrupción. Pero no pudo probar la denuncia que hizo contra Aureliano Sánchez Arango, entonces ministro de Educación y en medio de un enardecido discurso radial se disparó en el abdomen, en el afán de mostrar su sinceridad.

Fuera de Cuba, no hubo un lugar en que se aclamara a Chibás con el fervor que se hizo en Tampa, donde con tanto amor se aplaudió a José Martí. Si el Apóstol encontró en esta ciudad amigos del calibre del cubano  Néstor Leonelo Carbonell, Chibás lo tuvo en el también cubano Victoriano Manteiga, como si la historia se repitiera en esa nueva generación. Cuando, en octubre 1950, aquel patriota ejemplar volvió a Tampa, recorrió emocionado los sitios martianos de Ybor City, habló frente al busto del Maestro en el Círculo Cubano y pronunció un enardecido discurso en el parque Cuscaden, en el que dijo, según nos contó Victoriano en el primer aniversario de su inmolación: “Si alguna vez no cumplo las promesas hechas a mi pueblo, con este revólver, que perteneciera al Apóstol Martí, me mataré”.

En varias ocasiones el insigne fundador de La Gaceta escribió sobre el héroe cubano, y quien, como Martí,  “estaba siempre dispuesto para la lucha y el sacrificio en bien de Cuba y la humanidad”.

El 5 de septiembre de 1952, Victoriano recordó en su columna Chungas y no chungas: “Cuando Chibás enarboló la bandera de ‘Vergüenza contra dinero’, en defensa del pueblo y contra los ladrones, nos colocamos a su lado con el cariño y desinterés de siempre. Hace dos años vino a visitarnos y aquí dijo: Los ortodoxos vigorizamos en Tampa nuestra fuerza espiritual”.

Recordarlo ahora desde La Gaceta, donde tantas veces se escribió su nombre, es un tributo tampeño a su memoria y a la de su amigo Victoriano Manteiga.

viernes, 22 de julio de 2022

Edward Hopper, un pintor de la vida estadounidense

 Las efemérides nos prestan el permanente servicio de despertarnos la memoria para que cumplamos el deber de rendir homenaje a quienes realizaron una obra que trascendió su época. Generalmente, los medios de comunicación acuden a los sitios donde con sólo escribir el nombre efemérides se abre una lista de acontecimientos ocurridos “un día como hoy”, como tantos han bautizado el espacio en el que destacan un hecho histórico e, invariablemente, la fecha en que nació o murió una figura relevante.

Aunque la voz latina procede del griego ephemeros (que sólo dura un día), de la que se deriva ‘efímero’, el significado con que acudimos a ella es opuesto, en tanto el suceso ocurrido “un día como hoy” pierde su condición de pasajero al hacerse trascendente. En este camino, busco en el complaciente Google la efemérides del 22 de julio y, entre otros hechos, indica que ese día, en el año 1882, nació en Upper Nyack, Nueva York, el pintor Edward Hopper, a quien debemos recordar como al artista que a través del realismo y expresionismo reflejó ejemplarmente la vida estadounidense posterior a la Primera Guerra Mundial.

Aunque su formación se inició en Nueva York al lado de grandes artistas plásticos –el pintor, grabador y profesor Kenneth Hayes Miller, entre ellos–, su estancia en París en la primera década del sigo XX ejerció una gran influencia en él, especialmente en la experimentación de un lenguaje formal próximo a los impresionistas, si bien se va decantando por propuestas expresivas cuya precisión le va forjando su propio estilo. La visita a España también ejerció un poderoso influjo en él, ­sintiéndose atraído más por Goya –un pintor anterior– que por el cubismo y el arte abstracto que le son contemporáneos, aunque le impactan los europeos Manet, Pissarro, Courbet, Toulouse-Lautrec y otros. Desde entonces, sus cuadros reflejan una preferencia por el tema de la soledad y la combinación de interiores y exteriores, como se ve en Niño y Luna, de 1907.

Al regresar a Estados Unidos, se establece en Nueva York para siempre, y es la ciudad donde desarrolla toda su obra, convirtiéndose en patrimonio de la cultura de su país. Entonces confesó: “Extrañaba la luz de Nueva York, sus espacios destartalados, usados, destruidos por la carcoma. La belleza de París puede asombrar, pero en mi caso, no pudo inspirarme”.

Hacia fines de la Primera Guerra Mundial, ya Hopper era uno de los pintores consagrados en la Gran Manzana, convirtiéndose en un agudo exponente de su vida cotidiana, reflejada en imágenes de un poderoso realismo impactado por la soledad, como observamos en Room en Brooklyn (1933) o en Verano en la ciudad (1950).

Para muchos, es el pintor de la vida estadounidense, al llevar a su obra sus emblemáticos sitios públicos –restaurantes, oficinas, estaciones de medios de transporte, edificios, naturaleza–,  pero descubriendo en ellos la paradógica soledad que puede padecer el ser humano entre la multitud. Cuando miramos Nighthawks, tal vez la más famosa de sus obras, sentimos la impresión de soledad que acompaña a cada una de las cuatro personas que aparecen en la pintura. El cuadro es de 1942, cuando ya Estados Unidos había entrado en la Segunda Guerra Mundial, lo que da más misterio a las tantas banquetas vacías, silenciosas. El pintor confesó después que “inconscientemente, probablemente, estaba pintando la soledad de una gran ciudad”.

No era común que Hooper explicara sus creaciones artísticas. Generalmente, cuando se le preguntaba, respondía: “Toda la respuesta está en el lienzo”. Al pintor y crítico Guy Pène du Bois le dijo que “las pinturas son como venas de algo vivo que nace a partir de que puedes descubrir su presencia”. Pero el historiador de arte Lloyd Goodrich, uno de los que más le ha estudiado, pudo desentrañar que sus obras eran descripciones cuidadosas de un espacio interior difícil de definir, por lo que había dicho: “Pinto lo que no puedo decir”.

Hopper murió en su querida ciudad natal, el 15 de mayo de 1967. Su esposa donó más de tres mil obras suyas al Museo Whitney de Arte Estadounidense. Otras pueden verse en el Museo de Arte Moderno de Nueva York, en el Museo de Arte Des Moines, en Iowa, en el Instituto de Arte de Chicago y en otros lugares. Quienes se acercan a ellas, encuentran la grandeza del arte y la vida estadounidense. Por ello, cuando escribimos Efemérides del 22 de julio en Google, podemos leer: “En el estado de Nueva York, EE.UU., nace uno de los más avanzados exponentes del arte del realismo americano, el pintor Edgar Hopper, cuyas obras se caracterizarán por captar verazmente el aislamiento, la soledad y la melancolía del siglo XX en Norteamérica”.

Hay otras efemérides en este día, como el nacimiento de un rey de Castilla, en 1478.  Se llamó Felipe I, pero, aunque le llamaron El Hermoso, preferimos en las líneas de hoy rendir homenaje al gran pintor neoyorquino que se hizo universal.

viernes, 15 de julio de 2022

Luis Muñoz Rivera, en el 163 aniversario de su natalicio

 Cuando se menciona al puertorriqueño Luis Muñoz, es común que el nombre se complete con el segundo apellido, por el impacto que tuvo en la historia de ese país la figura de Luis Muñoz Marín,  quien fuera gobernador del Estado Libre Asociado de Puerto Rico entre el 2 de enero de 1949 y el 2 de enero de 1965. Su legado se relaciona con profundos cambios económicos sociales, políticos y culturales en la Isla del Encanto, si bien la relación de dependencia de Estados Unidos adoptara la ambivalencia del “libremente asociado” con que sigue hasta la actualidad.

Pero no es de Muñoz Marín, sino de su padre Luis Muñoz Rivera, de quien tratamos en estas líneas, para rendir homenaje a través de ellas al poeta antillano en el 163 aniversario de su nacimiento, felizmente acaecido en Barranquitas, el 17 de julio de 1859. Como el cubano José Martí, fue hijo de españoles y como su contemporáneo se dio a conocer como poeta, orador, periodista y político. En este campo, se destacó en las luchas autonomistas, especialmente con sus publicaciones en el periódico La Democracia, fundado por él en 1890.

En 1893, Muñoz Rivera se casó con Amalia Marín y fue a vivir temporalmente a España, donde siguió vinculado a la labor periodística y poética, pero también atento al destino de su país. Al regresar a su tierra, se enfocó en lograr la obtención de un estado autonómico para la Isla, influyendo en que en 1897 España incluyera a Puerto Rico junto Cuba –tardíamente, claro y como respuesta a la guerra en la mayor de las Antillas– en la concesión de este tipo de gobierno. En el nuevo ordenamiento político, Muñoz Rivera fue designado ministro de Justicia y Gobernación, cargo que desempeñó hasta que en 1898 se produjo la ocupación de la Isla por los Estados Unidos.

Bajo el dominio colonial estadounidense, Muñoz fundó, en 1899, el Partido Federal de Puerto Rico. En ese tiempo, creó el Diario de Puerto Rico, publicación desde la que denunció los errores del gobierno impuesto, especialmente la Ley Foraker, norma judicial aprobada por el Congreso de Estados Unidos para organizar el gobierno civil de la Isla.

En 1901, se mudó a Nueva York, donde comenzó a publicar el periódico bilingüe The Puerto Rico Herald, desde el que defendió un cambio de régimen de gobierno en su patria. En 1904, de regreso a San Juan, fundó con otros líderes autonomistas el Partido Unión de Puerto Rico, por el que fue elegido delegado a la Cámara en 1906 y reelecto dos años después. En 1911, lo nombraron Comisionado Residente en Washington, cargo que ocupó hasta 1916. En ese tiempo se esforzó en pedir a los políticos estadounidenses que eliminaran la llamada Ley Foraker, lo que se consiguió pocos meses después de su muerte, ocurrida en 1916.

Pero más que al político y periodista constante, cuyo legado mayor se realizó a través de su hijo, nos llamó la atención su poesía y específicamente algunos poemas donde él expresa sus sentimientos hacia la isla hermana de Cuba. En general, su obra poética está entretejida en sus preocupaciones sociales y políticas y se ubica en los límites de un realismo de mayor fuerza descriptiva que lírica, más a tono con el Romanticismo heredado que con el Modernismo que entonces afloraba en Hispanoamérica.

Así como se piensa en Muñoz Marín cuando se dice su nombre, también se recuerda más a Lola Rodríguez Tió cuando se acude a la poesía para afirmar la cercanía cubano-puertorriqueña, por los emblemáticos versos  “Cuba y Puerto Rico son/ de un pájaro las dos alas”. Sin embargo, en varias composiciones poéticas de Muñoz Rivera, cuya obra está publicada en varios volúmenes, emerge la patria de Martí, como muestra este poema, correspondiente al 22 de junio de 1907. 

Cuba rebelde

Cuba, el país de las cañas,    
de las selvas seculares,        
de las profundas marismas       
y de las vegas feraces,        
supo arrojar en sus campos      
ardientes lluvias de sangre,    
para afirmar sus derechos      
y salvar sus libertades.        
                                
Cuba, la sílfide indiana        
envuelta en níveos celajes,    
triste como el sol que muere,  
bella como el sol que nace,    
se yergue fiera y altiva        
al sentir en el semblante,      
más que la traza del golpe,    
la ignominia del ultraje.      
                                
Cuba, la tierra bendita        
de los poetas brillantes,      
de las mujeres heroicas        
y de los dulces cantares,      
                                
graba con buril de fuego        
en páginas de diamante          
las fechas de sus victorias    
y los nombres de sus mártires.  
                                
Cuba, la esclava orgullosa,    
alzándose formidable            
con empuje soberano,            
romperá un día su cárcel;      
porque hay plomo en sus
montañas;
porque hay acero en sus
valles,
porque en sus campos hay
pueblo,
porque en sus venas hay
sangre.
 
 

viernes, 1 de julio de 2022

Adiós a la poeta cubana Fina García Marruz

 En el calor del verano caribeño de este 27 de junio, se apagó el corazón casi centenario de una de las poetas más sobresalientes del siglo XX, inscrita con su nombre esplendente –Fina García Marruz– en la hermosa historia de la literatura hispanoamericana, en cuyo sitial femenino la cubana estará siempre acompañada por la mexicana Sor Juana Inés de la Cruz, la chilena Gabriela Mistral y la uruguaya Juana de Ibarbourou, por sólo mencionar algunas.

Fina nació en La Habana el 28 de abril de 1923, por lo que sólo le faltaron diez meses para llegar al siglo de vida. Como estuvo publicando poesía 80 años –su primer libro, titulado Poemas, es de 1942– es probablemente una de las escritoras que durante más tiempo pudo asistir a la impresión de  su obra.   Desde aquel ¿De qué, silencio, eres tú silencio? –una antología publicada en 2011  en España–, van casi siete décadas de plena creación poética y ensayística. Entre estas dos fechas y textos, aparecieron  Transfiguración de Jesús en el Monte, Orígenes, La Habana, 1947; Las miradas perdidas 1944-1950, Ucar García, La Habana, 1951; Visitaciones, Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba, La Habana, 1970; Poesías escogidas, Letras Cubanas, La Habana, 1984; Viaje a Nicaragua, con Cintio Vitier, Letras Cubanas, La Habana, 1987; Créditos de Charlot, Ediciones Vigía de la Casa del Escritor, Matanzas, 1990; Los ­Rembrandt de l’Hermitage, La Habana, 1992; Viejas melodías, Caracas, 1993; Nociones elementales y algunas elegías, Caracas, 1994; Habana del centro, La Habana, 1997; Antología poética, La Habana, 1997; Poesía escogida, con Cintio Vitier, Bogotá, 1999 y El instante raro, Pre-Textos, Valencia, 2010.


Tuve la ocasión de conversar con Fina más de una vez, la primera de ellas en Bayamo, en la Casa de la Nacionalidad Cubana, a principios de la década de 1990. Otras veces coincidimos en el Centro de Estudios Martianos, donde fue una permanente colaboradora hasta el final de su vida y, también, pude verla en su hogar un día que llegué a saludar a su esposo, Cintio Vitier. En esas oportunidades, sentí una honda satisfacción al intercambiar unas breves palabras con una de las grandes poetas de nuestro tiempo. Uso la voz poeta y no poetisa, en contra de su confesión de incluirse en la segunda acepción, al reservar la primera para quien “crea un idioma”, como indica la palabra poiesis. De eso habló Fina en una entrevista con la periodista cubana Rosa María Elizalde, incluyendo en la segunda significación a Gabriela Mistral por sus aportes a la lengua española.

Fina ya no está en su casa del Vedado, la que compartió con su Cintio Vitier, al igual que ella miembro de la luminosa cofradía origenista junto a Lezama Lima, Eliseo Diego y otros eminentes arquetipos de la cultura cubana. Fina les sobrevivió a todos y ahora se les reúne en la eternidad.

Leyendo la triste noticia de la desaparición física de Fina, galardonada en 2011 con los premios “Sofia” y el “Federico García Lorca”,  percibo el impacto causado por este acontecimiento en la prensa iberoamericana, consciente de que es un adiós a una de las grandes exponentes de sus letras. Pero, entre todas las palabras dedicadas a ella, me conmueven las de su hijo José María Vitier, que vuelan en el popular Facebook: “Si mi madre hubiera sabido (¿y quién sabrá si lo supo....?) como iba a ser este adiós de la patria a su persona física, de  este cúmulo de emociones y gestos multiplicadas en su honor, la puedo imaginar perfectamente:  estaría abrumada por tantos gestos de amor. Ella estaría, (cualquiera que la conociera bien, lo sabe) incluso “apenada” de recibir tanta atención y mimo, de ser el centro de todas las miradas. Ella que sólo reclamaba para sí la gloria del ‘instante raro’, la majestad del silencio y el color lila de un recuerdo, la plenitud de su pudor, su ligereza ingrávida de un verso que salta como el ‘ave que sin causa está volando’ y canta sin prisa su eternidad para marcharse y volver, ya para siempre,  ‘bramando con las albas”.

Dos poemas de Fina García Marruz

 Ama la superficie casta y triste...

     Sé el que eres.  Píndaro                                                                                                                            

Ama la superficie casta y triste.
Lo profundo es lo que se manifiesta.
La playa lila, el traje aquel, la fiesta
pobre y dichosa de lo que ahora existe

Sé el que eres, que es ser el que tú eras,
al ayer, no al mañana, el tiempo insiste,
sé sabiendo que cuando nada seas
de ti se ha de quedar lo que quisiste.

No mira Dios al que tú sabes que eres
–la luz es ilusión, también locura–
sino la imagen tuya que prefieres,

que lo que amas torna valedera,
y puesto que es así, sólo procura
que tu máscara sea verdadera.

Si mis poemas todos se perdieran


Si mis poemas todos se perdiesen
la pequeña verdad que en ellos brilla
permanecería igual en alguna piedra gris
junto al agua o en una verde yerba.
Si los poemas todos se perdiesen
el fuego seguiría nombrándolos sin fin
limpios de toda escoria y la eterna poesía
volvería bramando, otra vez, con las albas.
 

 

viernes, 10 de junio de 2022

 Amor y memoria en la descendencia de Vicente Martínez Ybor

Rafael Martínez Ybor tiene más de 90 años y, aunque nació en Cuba en 1929, ha vivido en la ciudad de Tampa la mayor parte de su larga y fecunda vida. Entre sus muchas satisfacciones cuenta la de estar acompañado por Cecilia, la mujer a la que hizo su esposa hace más de sesenta años y cuida en la vejez como si fuera una niña. Pero hay un regocijo legítimo que se le adivina en el rostro cuando camina por Ybor City y es el de saberse biznieto del fundador que dio nombre a este histórico pueblo.

Cuando Rafael habla sobre Vicente Martínez Ybor, lo hace con el orgullo y sencillez de quien atesora la grandeza de su antepasado, se ocupa de esclarecer detalles de su biografía, cuida de su tumba en el cementerio Oaklawn, venera su repetida imagen en sitios de la ciudad y asiste a eventos donde, al llegar, se le saluda con el respeto y cariño que ha ganado por sí mismo y como fiel continuador del legado glorioso de su bisabuelo.

Las veces que he conversado con Rafael, de cuya amistad me enorgullezco, he apreciado que la veneración que siente por su antecesor no es sólo porque fuera un fundador del pueblo que lleva su apellido, sino también porque quien diera fama mundial a la firma de tabacos El Príncipe de Gales fue generoso con sus miles de trabajadores, a quienes regaló su primera edificación en la ciudad (7.ª Ave. y Calle 13), para que tuvieran un lugar de recreación. Que allí naciera el Liceo Cubano, donde José Martí pronunciara dos de sus más grandes discursos, son sólo hermosas ramificaciones de un gesto que relaciona a los dos grandes hombres.  

Así como al bisabuelo Vicente, a Rafael también le gusta recordar a su bisabuela Mercedes de las Revillas, una ejemplar mujer que contribuyó a la independencia de Cuba. De ella vino al mundo su abuelo, cuyo nombre llevó su padre y él también heredó. 

Justamente, el impulso para estas líneas está vinculado a Rafael Martínez Ybor de las Revillas, porque su nieto, al escribirme la semana pasada, tuvo el hermoso gesto de compartir conmigo una poesía, con una preciosa caligrafía, que su abuelo escribió en 1895.  Entonces, aún vivía Vicente Martínez Ybor y, seguramente, debió emocionarse con aquellos versos de su último hijo, que apenas tenía 16 años.

Rafael, el abuelo, es también un rostro sobresaliente en la memoria de Ybor City. Llegó con sus padres y hermanos en 1886, cuando apenas tenía seis o siete años. Jugó en las calles del pueblo recién fundado cuando aún eran de tierra, aprendió a leer y escribir, oyó hablar a los expedicionarios –muchas veces cenando en su casa–, en vísperas de partir para la guerra en Cuba. Y, quién sabe si es uno de esos niños que aparecen en la fotografía en cuyo centro está el Apóstol cubano, en la escalera de la fábrica de tabacos de su padre, cuando aquel sábado,18 de julio de 1891, Rafael tenía 12 años. 

Rafael Martínez Ybor de las Revillas, en 1941, cuando
era profesor en la Universidad de Tampa.


La poesía de Rafael, pletórica de amor hacia un abuelo que debió acariciar con especial ternura al último de sus hijos, fue escrita cuando Vicente había cumplido 77 años, edad en que la propensión a sentirse amado cobra una fuerza singular. Es perceptible en el poema el sentimiento de Rafael, escrito en cuartetas de versos octosílabos, a tono con el romance popular propio de fines del siglo XIX. Pero, esencialmente, fue oportuno expresarlo en esos versos, porque al año siguiente se apagó el querido rostro del anciano, cuando había cumplido su 78 aniversario.

     

                                           A mi padre

Escucha padre querido

Este mi pobre cantar

Que ante ti yo me he atrevido

Con cariño a presentar.

 

Recíbelo padre amado

Con dulce satisfacción

Pues aunque pobre ha brotado

De mi triste corazón.

 

En tu vasta y blanca frente

Se ve el sello del honor

Y en tu corazón ferviente

Reina tan solo el amor.

 

En tus ojos cual destellos

De luz yo veo relucir

Tu virtud y en tus cabellos

Canos, va el mal a morir.

 

Yo, tu hijo que orgulloso

De tu nombre siempre soy

Con semblante cariñoso

Cantándote amor estoy.

 

A mi lira que hoy se atreve

A cantarte, yo diré

Que mi cariño te lleve

Y pruebas de amor te de.

 

Y en el mundo cuando hondos

Desengaños yo hallaré

Por siempre, Padre, tu nombre

Con orgullo llevaré.

 

Y cuando un dolor profundo

Con crueldad mi alma taladre

Iré, despreciando el mundo,

A postrarme ante ti, Padre.

                             Marzo, 1895.


 Publicado en La Gaceta en 6.10.22




viernes, 3 de junio de 2022

Ya están llenas las playas de Clearwater

 Este fin de semana, alargado un día más por el feriado del Día de los Caídos, pude ver como miles de personas cubrían las arenas y aguas tranquilas de las playas de Clearwater, donde la transparencia del mar legitima el hermoso nombre del lugar. En el momento de llegar, se hizo difícil encontrar un espacio donde colocar la amplia sombrilla que debía cubrirnos del intenso sol con que el Caribe expande su luminosidad hacia el golfo de México.

Una vez descubierto el sitio ideal, al lado de dos pequeñas palmeras casi solitarias, colocamos en el centro del oasis a mi nieto Stanley Gabriel –de apenas tres meses y medio– para su bautizo de mar. Entonces, extendí la mirada a todo el rededor para (ad)mirar la diversidad humana que, sonriente y feliz, entraba, salía y volvía a entrar al agua, apartando la ola, la espuma blanca, saludando las vísperas del verano, como si todos quisieran recuperar los largos meses en que la pandemia del Covid-19 obstruyera el disfrute de esta dádiva natural.

Antes de agradecer a cuanto ser material y espiritual coadyuvara a frenar el azote del malévolo virus, se piensa en la razón del día feriado; en aquellos a quienes se le consagra un día especial para traerlos a la memoria, aun cuando no alcancemos a identificar el rostro y el nombre de los cientos de miles de personas que ofrendaron su vida en nombre de un ideal. Recordarlos con alegría, como la que se desborda en la playa, donde el sello familiar es el signo más visible en cada uno de los múltiples grupos que se juntan bajo una sombrilla o se unen para entrar y salir del agua, es la mejor manera de agradecer a quienes se inmolaron a favor de esta ventura.

Allí, oímos reiterarse el comentario que relaciona la explosión masiva a la playa con el fin del encierro sanitario que impidió, durante más de dos años, el disfrute no solamente de un espacio tan atractivo como el mar, sino también de toda manifestación social que reuniera un pequeño grupo de personas.

Y aunque este fin de semana observamos también los restaurantes llenos, las calles aledañas a la costa copiosamente transitadas –parece un carnaval de Manzanillo, dijo mi esposa– ninguna igualaba a la muchedumbre que vimos en la playa, tal vez porque el propio vestuario exclusivo de ese lugar, desprovisto de la indumentaria que oculta la realidad del siempre digno cuerpo humano, nos hace ser más nosotros mismos. A diferencia de las pasarelas, de los honorables estrados, o de los tronos monárquicos, en la playa basta un short, un bikini y hasta un llamado hilo dental para ocultar –a veces mínimamente– el cuerpo natural con que llegamos al mundo. Allí se aprecia, en vivo, lo que permiten las normas impuestas: se enseña lo que a dos cuadras se oculta, se exhibe alegremente lo que el pudor esconde unos minutos después, se admira con la naturalidad que se mira, sin que algún tabú estorbe el desinhibido vestuario. 

Por suerte, vivimos en una sociedad moderna  e inclusiva. Si antes los prejuicios raciales o culturales impusieron espacios separados para el disfrute de un espacio geográfico, hoy, y es lo que experimentamos  en Clearwater, un mosaico de colores humanos adornó el espacio que compartimos y donde, la tez negra, mulata, trigueña, blanca, como la diversidad de voces, cantos, costumbres, risas, saludos y abrazos, embellecen desde la diversidad un universo sin restricciones para el disfrute público.

Allí, como tantos alrededor, picamos frutas, ingerimos un bocadillo, conversamos, nos zambullimos en el agua, caminamos en la arena y, en nuestro caso, tuvimos el gozo de ver los piececillos del principito nuestro mojándose de mar, felices de familia y humanidad. 

 

lunes, 23 de mayo de 2022

El artista cubano Yosvany Martínez nos visita en Tampa

  El artista cubano Yosvany Martínez Pérez está de visita en Tampa. El próximo viernes, 20 de mayo, se presenta una exposición suya en el hotel Haya, Ybor City, a cuya realización ha contribuido destacadamente Ariel Quintela, uno de los inversionistas que con más entusiasmo está trabajando en la renovación de este histórico pueblo.

Yosvany Martinez tiene una obra plástica que ha alcanzado relieve internacional, especialmente por su carácter innovador al utilizar una fibra vegetal –el espatrillo macho– como fuente vital de unas composiciones donde la riqueza de matices, texturas y tonalidades encuentran un inusitado soporte del que emerge la obra de arte. Ello le ha abierto las puertas a exposiciones en diversos países y ha recibido múltiples reconocimientos. Pero, esencialmente, la crítica ha coincidido en evaluar los aciertos experimentales con que el pintor juega en ese mundo de fibras, óleos, acuarelas, dibujos, donde su sello personal lo inscribe con nombre propio.

Yosvany nos visitó en La Gaceta, donde platicamos agradablemente y nos concedió la entrevista que compartimos con nuestros lectores.

Yosvany Martínez, en La Gaceta, conversa con Gabriel Cartaya.

¿Cómo recibiste la invitación de venir a exponer a Tampa, una ciudad de tanta historia cubana?

En mi primera visita a la ciudad de Ybor City, bien recuerdo que fue en la noche y me llevaron a la arteria principal, donde el ajetreo de las personas y el marcado entrar y salir de los transeúntes a los comercios me resultaba actual, pero su arquitectura y atmósfera antigua me hizo sentir emocionado, al visualizar el caminar a José Martí. Al tener un encuentro con Vicente Amor, de Ybor Art Factory, en mi Estudio galería “La Fibra” de Cuba, hablarme de la posibilidad de llevar a cabo visitas a lugares importantes de la cultura en Tampa y realizar una muestra personal de mis obras, así trabajar en conjunto para el seguimiento del intercambio cultural que viene realizando desde hace muchos años, no se habló más. Dicho y hecho, fui atraído por el legado de José Martí en Tampa y todo lo que esta ciudad ha significado en la historia de Cuba. Y como dijo nuestro apóstol: “Rompió de pronto el sol sobre un claro del bosque y allí, el centelleo de una luz súbita, vi sobre la hierba amarillenta erguirse, en torno al tronco negro de los pinos caídos, ¡los racimos gozosos de los pinos nuevos! ¡Eso somos nosotros, pinos nuevos!”.

Probablemente después de la música, sean las artes plásticas la manifestación artística que con mayor fuerza sitúa la cultura cubana en el mundo. ¿Crées que se cumple en la actualidad esta condición de embajada cultural que ejercen las artes plásticas?

La plástica cubana ha tenido un crecimiento en las últimas décadas y se ha dado a conocer a nivel internacional gracias a la excelente preparación profesional y exquisita búsqueda y experimentación de materiales y empleo de técnicas, no podemos dejar de mencionar el intercambio cultural con muchas naciones. Recuerdo que en mi visita a Shanghái estuve por 5 provincias haciendo trabajos comunitarios en vivo y compartiendo experiencias con jóvenes aficionados y pintores consagrados. En una ocasión estaba dibujando la vista de una montaña de Luchan y todo estaba en silencio; cuando me voltee a mirar, todo el equipo de pintores estaba mirando como yo realizaba el dibujo. Les comenté que empezaran a realizar sus obras y todos me dijeron que no… que ellos sólo mirarían como yo lo estaba haciendo. Para mí fue como si diera una clase magistral a pintores en un país de una riqueza tradicional y con una cultura milenaria.

La cultura siempre ha sido un puente importante, todos los seres humanos tenemos la sensibilidad de apreciar las cosas bellas de la vida y el arte es una de ellas, en todas sus expresiones, es muy lindo sentirnos útiles sabiendo que de alguna manera hacemos el bien a otras personas. Por ejemplo, en el 2007 participé con la donación de una obra inspirada en la memoria del joven canadiense Terry Fox, para la gala benéfica celebrada el 9 de marzo con el objetivo de recaudar fondos para la X edición de la Carrera Terry Fox/ Lucha contra el cáncer. en la subasta realizada por la Embajada de Canadá en Cuba cuyos fondos como cada año, fueron entregados al Instituto de Oncología y Radiobiología de La Habana, para contribuir al financiamiento de los proyectos de investigación contra el cáncer que se desarrollan en el mismo.

Alicia Alonso. Técnica mixta. Obra de Yosvany Martínez Pérez.


Otro ejemplo de cómo las artes plásticas obran en calidad de embajadora cultural fue en el 2016, cuando fui invitado  por la Cátedra Martiana de la FIU a una exposición personal y subasta benéfica para recaudar fondos para niños de Florida, acompañado de importantes figuras de las artes en Cuba como Fernando Echevarría e Irene Rodríguez, en la 16.ª edición de José Martí Breakfast/Florida Internacional University.

Tu formación como artista no procede de las instituciones en que se han formado la mayor parte de los pintores cubanos, como es el colegio San Alejandro o el Instituto Superior de Arte. ¿Cómo nace y crece tu formación, cuánto tiene de autodidacta y de la propia vocación?

Al igual que yo, existen muchos pintores que no han tenido estudios en instituciones dedicadas a las Artes. Se puede citar al Maestro de la plástica Raúl Martínez que su formación académica fue Diseño y cuando se habla de la plástica cubana no se puede pasar por alto. Nos reconocen como autodidactas, en mi caso, soy graduado del Instituto de Diseño Informacional, con profesores de altos estándares, recibí clases de Historia del Arte, Ilustración, Dibujo Académico de la figura humana, además de muchas otras asignaturas que me han servido para aumentar mi conocimiento en la rama del diseño. Tampoco soy graduado de estudios en la técnica del grabado y cuando existe el deseo y las ganas de crear, uno investiga , estudia y se interna en ese mundo. En en una ocasión, Niurka, gran amiga y excelente pintora, que fue la primera persona en explicarme cómo eran los principios del grabado; me dijo que el día que me atrapara  nunca más podría salir de ese universo. Tuvo toda la razón, recuerdo que ella con una cajita de madera muy pequeña creaba los grabados, pero daban unos resultados muy grandes, esa es la magia del arte, como sin apenas recursos somos capaces de crear obras que pueden competir a escala mundial sin perder la esencia del arte, que es la creación de lo bello.

De la generación de pintores cubanos anterior a la tuya –Roberto Fabelo, Mendive, José Bedia, Zaida del Rio, Nelson Domínguez, por citar a algunos)– y que se formaron después de 1959, ¿hay influencias en ti?

Si, mucha influencia e inspiración, tuve el honor en el 2006 de ser invitado a participar en una exposición colectiva con pintores de primer nivel en Cuba, algunos Premio Nacional de las Artes Plásticas y pude apreciar de cerca sus originales. Yo nací en Alquízar, un pueblo que entonces pertenecía a la provincia Habana y fue una experiencia única que en muy corto tiempo de haber decidido tomar la pintura como el motor impulsor de mi vida, para sacar de adentro de mi ser todo mi universo y poder compartirlo al mundo. Recuerdo estar frente a la obra de Nelson Domínguez, con todo su universo de texturas visuales y su trazo es único; delante de un original de Fabelo, el mayor regalo visual y derroche de sentimientos que puede percibir un ser. Pudiera seguir mencionando a todos y lo que representan sus grandes trabajos, y comprendí el valor de la dedicación y el esfuerzo por cada día hacer una obra mejor.

¿Consideras que el primer compromiso del artista es con su propuesta estética?

Claro que sí, uno como artista debe tener el compromiso de ser fiel con su propuesta estética, de ahí es cuando uno va madurando y dándole consistencia a su obra. En mi caso desde muy niño pinto, pero al empezar profesionalmente quise hacer un  cambio diferente a todo lo que estaba mirando y empecé a incursionar en la plástica pero mirada desde la óptica de la fibra. Utilizo una hierba conocida como espartillo macho, familia de las gramináceas, la que cortada, secada y entintada –también con elementos naturales–, le da a mi obra un sello personal. Por supuesto, al hacer algo diferente tuve muchos premios y reconocimientos, pero también muchas personas que no compartían mi forma de ver el universo plástico. Yo me decía, si eres capaz con una simple fibra, de pensar como un pintor y darle un tratamiento de degradaciones tonales y sombras, limpieza, profundidad, equilibrio, pues encontraría la esencia de mi obra y su fuerza radicaría en eso. En cierta ocasión una crítica de arte muy respetada en Cuba me comentó que no le gustaba una obra; le confesé que seguramente estaba mirando una foto, que no es igual. Entonces contestó que no le gustaba porque la cara de la figura humana transmite mucha tristeza. Le respondí que ese era el sentido de la obra y me sentí feliz de haber logrado algo único.

En ese momento, empecé a introducir visualmente la huella de la fibra en diferentes técnicas de la plástica, grabado a la técnica de la calografía, linografía, taco perdido y óleos; hay muchas personas que se confunden y tocan las piezas pensando que es la técnica de la fibra.

Creo que tu obra ha sido bien reconocida hasta hoy, tanto en Cuba como en el extranjero. La cantidad de exposiciones y premios así lo manifiestan. ¿Cómo actúan en tu proceso de creación esos reconocimientos?

Soy un artista que me pongo retos y metas que pueda cumplir. Mi padre, cada vez que me veía trabajando, me decía que cada obra que me veía hacer era más difícil que la anterior. Yo le explicaba que esa era la razón de la creación y el gozo del artista, superarse uno mismo en cada nueva obra. Siempre empiezan generaciones nuevas que son los seguidores, mentes y manos frescas, llenos de deseos de comerse al mundo, pero soy del criterio que no debemos cansarnos, ni repetirnos, creo que es una de las formas de sentirnos vivos y creativos; mi mente no cesa de pensar en nuevas formas y texturas, haga lo que haga nunca descansa de generar nuevas formas.

¿Cómo miras las tendencias actuales de las artes plásticas en Cuba y su relación con la realidad sociopolítica de la Isla?

En la historia de la humanidad, desde que el mundo es mundo y empezaron a verse los primeros destellos de las artes en las cavernas, los artistas han sido seres casi siempre incomprendidos, Por ejemplo, Toulouse-Lautrec llegó a vivir en lugares del bajo mundo francés y de ahí extrajo su esencia; otro caso, Vincent van Gogh vivió también en su mundo postimpresionista, sólo vendió una obra y dependía del dinero de su hermano; también han existido pintores en contra o a favor,  en todas las épocas. Soy del criterio que en el camino que se tome, sólo se piense en una sola cosa: en el arte y en hacer un buen arte. A veces las necesidades y la escasez hacen surgir obras geniales, como El sueño de la razón produce monstruos, de Francisco de Goya. Lo importante es el respeto a cualquier forma de credo, sexualidad y pensamiento.

¿Había antecedentes en Cuba del trabajo con el espartillo macho como fuente de creación artística? ¿Cómo logras tan preciosas obras de arte con esa fibra vegetal?

Cuando empiezo a realizar los primeros trabajos en fibra, en realidad estudio, nunca tuve conocimiento de que existiera esa técnica. Cuando terminé mi primera pieza la llevé a la UNEAC, un amigo se la mostró a Fremes, un maestro en diseño información y gran artista plástico. Quedó impresionado y comentó que posiblemente en América Latina nadie hacía ese trabajo de llevar la fibra a la escala de la plástica. Años después, presento una exposición y la visita el gobernador de un estado de México, quien me comenta que en su país existía una tribu que se dedicaba a esta tradición, pero eran muy primitivos.

Desde que concreto la idea, empiezo con un dibujo y luego le doy los contrastes y escalas tonales en la gama del negro al gris; a veces no sé cómo lo logro, sólo fluye, es algo que me supera, empiezo a trabajar y son muchas horas al día durante largos períodos, meses.