lunes, 27 de febrero de 2023

Conversación con el poeta Javier Campos

 No siempre las ciudades se benefician con el aumento de sus políticos, pero siempre se enriquecen cuando se les suman poetas. Por ello, los aires de la bahía de Tampa se han favorecido con la mudanza a Spring Hill del poeta Javier Campos, nacido en Chile, único país de América que cuenta con dos premios Nobel de Literatura, gracias a la grandeza de su poesía. Si Gabriela Mistral y Pablo Neruda prestigiaron su país a partir de sus versos, ahora Campos reafirma con la excelsitud de los suyos el hondo legado lírico de sus orígenes.

Antes de conversar con él, ya sabía que el escritor es profesor universitario jubilado, ha publicado varios libros en los géneros de poesía, novela, cuentos y ensayo y ha merecido diversos premios por sus letras. Asimismo, ha sido un excelente traductor al español de la obra del prestigioso poeta ruso Yevgueni Yevtushenko, de quien fue un buen amigo. Pero este introito necesario se limita a solo algunos elementos de presentación, para que sea Javier quien, al responder brevemente a nuestras interrogantes, nos hable un poco de su obra. 

¿Qué motivos impulsaron al escritor, profesor y ensayista chileno Javier Campos a mudarse a un pequeño poblado floridano llamado Spring Hill?

Fue el jubilarme de la universidad en Connecticut donde enseñaba. Podría haber seguido enseñando más tiempo, pero la pandemia motivó querer cambiar de vida. Enseñar vía online fue también motivo del cambio. Además, quería un clima cálido y más sol cada día.

Confieso que aprendí sobre la historia del tango gracias a tu libro El tango en el Río de La Plata, publicado en Buenos Aires en 2019. ¿Cómo llegó el chileno a una historia profundamente argentina?

Es una historia que, en cierta manera, y ficticiamente, está narrada en mi novela El bailador de tango (Casasola, Washington, 2018). Hace mucho tiempo deseaba aprender a bailar tango (yo ya bailaba música caribeña antes) pero el tango es otra cosa. Debes tomar clases para poder bailarlo porque el tango es un cuerpo con cuatro piernas. Es un baile caminado de dos personas abrazadas al compás de una música generalmente nostálgica. Por allí empecé a entrar en su historia, en el mundo de baile de bailarines, cantores y orquestas de tango. Además, ser académico me estimuló el deseo de saber más y querer investigar esa manifestación cultural popular que solo nace en El Río de la Plata, especialmente en Buenos Aires, Rosario y Montevideo. Los orígenes están bien explicados en ese libro que mencionas El tango en el Río de la Plata. Conversaciones con Osvaldo Natucci.  Estando en Buenos Aires, tomando clases de tango, conocí a un erudito autodidacta que tenía una información impresionante sobre el tango. Fue Osvaldo Natucci. Le propuse que todo eso que él sabía lo hiciéramos un libro. Él estuvo de acuerdo porque antes le había ofrecido una periodista hacer aquello, pero no se pudo. Entonces tuvimos una conversación que grabamos por 12 horas durante varios días en su casa de Buenos Aires. Todo eso lo transcribí, pero tuve que pasar dos veranos investigando para justificar todo eso que decía Osvaldo. Fue un trabajo doble: transcribir y a su vez hacer una investigación académica en bibliotecas, también en librerías de libros usados en Buenos Aires. Finalmente, tuve la suerte que el manuscrito fuera aceptado por una de las conocidas editoriales de BA, Corregidor, que también se ha especializado en publicaciones sobre el tango. Esto es en forma muy sintética mi respuesta a tu pregunta. Y es cierto, soy el primer chileno que escribió una historia del tango y publicado el libro en el mismísimo Buenos Aires.

Recibo en mi casa, con una copa de vino, al poeta Javier Campos

¿Cómo viviste en tu país, siendo ya un joven con inquietudes literarias, el tránsito entre el gobierno izquierdista de Salvador Allende y la dictadura militar de Augusto Pinochet?

Es una respuesta que llevaría horas conversarla, como te pasaría a ti mismo si tuvieras que explicar tu viaje desde tu Cuba a vivir en este país. Pero aquí va en forma muy sintética mi experiencia.

Para empezar, a mí, como a miles de jóvenes en América Latina, me tocó vivir la década de los 60, 70, 80, que fueron décadas muy conflictivas en el plano histórico, político, social. Los que creímos que la Revolución cubana sería la respuesta a las desigualdades en el continente. Vivimos gobiernos de derecha, supimos la presencia norteamericana en las economías latinoamericanas, las propuestas populistas, la llegada de dictaduras militares en el Cono Sur, las guerrillas centroamericanas, la caída de casi todo el socialismo real, la llegada de la globalización y con ella el mundo digital. Todo eso lo viví como miles de jóvenes desde los 15 años más o menos. Todos esos cambios fueron en cierta medida experiencias que están de alguna manera en el escritor/a de nuestro continente. O sea, yo sigo pensando que fui un pasajero que cruzó todas esas experiencias. Y lo mío no es único, yo represento a miles de artistas que vivieron lo mismo. Pasar de un gobierno de tres años que quería hacer una revolución a la “chilena”, decía Allende, a una dictadura militar represiva que quería aplastar el comunismo. Era “una guerra fría” que estaba vigente, asunto que muchos de nosotros, jóvenes idealistas en ese entonces, no entendíamos muy bien. Existió mucho el voluntarismo juvenil, y yo me incluyo, de que los países de América Latina en ese entonces debían seguir el ejemplo de una sociedad ideal o utópica que se estaba construyendo en Cuba. Pero la historia dijo otra cosa.

¿Te sientes parte de la diáspora intelectual chilena que no regresó al país después de restablecerse la democracia?

Creo que sí, porque fui parte de escritores y escritoras que vivíamos fuera y estábamos en contra de la dictadura militar. Pero no me considero un exiliado sino uno que como miles salió de su país porque no había posibilidades de crecer profesionalmente, especialmente los que nos dedicamos a las humanidades. No fui un perseguido político en mi país ni estuve preso ni fui torturado como miles que sí pasaron por situaciones horribles sólo por ser dirigentes políticos o acusados de querer llevar el país “al comunismo”, como decía Pinochet. No regresé a Chile luego de la restauración de la democracia porque ya me había doctorado aquí en EE.UU. y había conseguido trabajo de profesor en universidades de este país y porque no había lugar inmediato en universidades chilenas para los que enseñábamos literatura.

¿Qué ha significado Estados Unidos para tu vida profesional?

Debo decir y lo he dicho públicamente que este país me dio la oportunidad de estudiar en una universidad (la Universidad de Minnesota) y lograr un título de doctor que habría sido imposible en mi país bajo la dictadura. Este país fue generoso conmigo. Me ofreció becas, me dio la oportunidad a través de sus universidades de poder investigar, viajar a conferencias en distintos países. Me ofreció computadoras para escribir mis poemas y trabajos académicos, papel para imprimir esos trabajos, ayuda para publicar algún libro. Llegué   a este  país  con 40  dólares  en el bolsillo y una maleta de plástico barata con pocas cosas y algunos libros. La Universidad de Minnesota me envió los boletos de avión a Chile porque no tenía dinero y luego yo pagué esos pasajes de a poco, mes a mes. Se puede decir mucho de EE. UU., pero que las oportunidades te las da este país sí son reales. Además, la libertad de opinión y escribir lo que quieras, y puedes criticar a este gobierno también. Eso lo experimenté en mis trabajos en la universidad, en los cursos que ofrecí. Jamás ninguna universidad me censuró ni lo que publicaba ni menos los contenidos y libros y ensayos que debían leer mis estudiantes en mis cursos. Hay académicos y escritores/as, artistas latinoamericanos a los que jamás han reconocido cuánto este país les ayudó a ser lo que son académica o artísticamente.

Aunque has publicado novelas como Los saltimbanquis, El bailador de tango y La isla del fin del mundo, libros de cuentos y varios ensayos, la mayor parte de tus volúmenes atesoran poemas, género en que has merecido diversos lauros, como Premio Internacional “Juan Rulfo” de Radio Francia Internacional. ¿Cómo te salva la poesía?

Eso pensaba hace unos días. Y concluía que ­escribir poesía me ayuda a vivir sin estrés ni hacerme la vida ­complicada. Creo que la poesía me mantiene en un estado por lo general de paz interna. Pero debo aclarar qué entiendo por poesía. Para mí es ver la “otra realidad” qué hay detrás de las cosas y situaciones humanas. Es estar siempre en ese estado contemplativo porque lo que observo me lleva a otras cosas a través de conexiones que hace mi imaginación. Una vez dijo Picasso que el pasaría buen tiempo mirando volar a unas moscas. Yo hago mía esa frase del pintor. Para alguien que vea a una persona pasarse el tiempo mirando a unos gatos dormir panza arriba puede ser una pérdida de tiempo realmente o que uno puede ser medio tonto. Ese estado de contemplación es la materia prima de lo que he escrito en poesía. Y también en narrativa, yo creo. Una vez dijo Neruda que a él le gustaba “pajarear”. Otra manera de expresar lo mismo que dijo Picasso. El artista en general es contemplativo y de allí se desarrolla su imaginario y saldrá algo que se llama poesía, novela, cuento, cuadro, escultura, por ejemplo. Aunque, como dijo Octavio Paz, no todo producto artístico es necesariamente una obra de arte.

Tu traducción de la obra de Yevgueni Yevtushenko, fue una gran contribución al conocimiento de la creación  del poeta, cineasta y profesor ruso en diversos países. Además de la amistad, que es el mayor beneficio, ¿qué te aportó trabajar con sus textos?

Yo a los 16 años leí a ­Yevtushenko en un diario del partido comunista chileno, El siglo. Publicaron varios poemas. Justo una vez llegó Neruda con un joven poeta ruso a mi pueblo en el sur de Chile. Y ese poeta era el gran ­Yevgeny Yevtushenko. Y desde entonces lo leía donde pudiera encontrarlo. 40 años después en un encuentro internacional de poesía en Guatemala me dicen que está invitado el poeta Yevtushenko. No podía creerlo. Y allí nos hicimos amigos en cosa de unas horas. Era porque yo era chileno y él había sido gran amigo de Neruda y Salvador Allende. Ese mismo día me dijo: Javier, ¿te atreves a traducir al español un poema que tengo en inglés que se publicó en un libro y que quiero leer aquí en este festival en Guatemala? Yo dije inmediatamente, puedo intentarlo. Y él dijo, vamos inmediatamente a trabajar la traducción en mi hotel. Allí partimos y luego de 2 horas quedó traducido el poema que se llama en español “Libros robados”. Un poema para mí muy hermoso que forma parte de las 6 ediciones en diferentes países que luego hicimos juntos de cerca de 48 poemas traducidos por mí desde el inglés al español. Traducción que hicimos juntos pues él leía muy bien español. Fuimos amigos por 10 años hasta su muerte en 2017. Creo que fue una de las grandes amistades que tuve, y nada menos que con ese inmenso poeta querido por toda Rusia. Conversamos mucho en 10 años, aprendí mucho de lo que fue la URSS, estuve en su casa en Rusia, me atendió allí como a un hermano. Viajamos juntos a Chile, España, Cuba, Colombia, Rusia, Nicaragua.  Es algo único traducir la obra de un gran poeta trabajando con él. Creo se puede captar más el imaginario del poeta. Porque cuando estábamos trabajando de repente me comenzaba a relatar una historia conectada al poema, de allí pasaba a hablarme de su madre que tocaba el piano. O a contar unos chistes que le contaba su tío sobre Stalin. Debo decir que conservaba una memoria impresionante para su edad. Sentí mucho su muerte como si fuera un padre que nunca tuve.

En tu último libro Las sombras del amor (2022) los poemas Vieja fotografía, Nosotros los de entonces, En medio del viaje de nuestra vida y otros, ¿la nostalgia oprime al poeta, o el poeta doma la nostalgia?

Yo creo y eso está en muchos artistas, escritores/as, pintores, etc. que, a cierta edad, cuando ya sabemos que nos queda poca llama de vida, el tema del paso del tiempo viene a ser un tema en muchas obras. Así que en eso sigo esa nostalgia milenaria porque es parte de nuestra condición humana. Quizás esa situación se dé más en el artista hombre que en la artista mujer. En el poema “Nosotros los de entonces” quizá el tema no sea original, pero creo el tratamiento puede ser diferente. Es el sueño de una generación que quiso la vida utópica pero no fue posible. Y que nuevas generaciones seguirán quizás insistiendo en buscar esa vida utópica. Es una condición humana que arranca desde los comienzos de la humanidad yo creo. Los versos finales dejan abierta la posibilidad que sigamos buscando la vida sin problemas. Me acuerdo y releo ese gran poema de “Coplas por la muerte de su padre” de Jorge Manrique. Y también la bella película “El artista y la modelo” del director español Fernando Trueba. El paso implacable del tiempo.

¿Con qué mundo sueña el poeta y profesor en los atardeceres de Spring Hill?

Solo te digo que después de vivir con tanta nieve en los inviernos de Minnesota, Ohio, West Virginia, Connecticut, Nueva York, los cielos azules por casi 12 meses del año, y mucha luz y sol, estar en el noroeste de la Florida es un paraíso que nunca pensé iba a vivir. Y al lado del inmenso Golfo de México, que tanta historia tiene del Nuevo Mundo y del mundo precolombino, no puedo pedir más. Es un lugar hermoso para leer y seguir imaginando. Es cierto que al final de nuestras vidas, muchos buscan algún lugar de la naturaleza para contemplar ese misterio que es el mar, los ríos, los bosques, las montañas. 


viernes, 3 de febrero de 2023

Recordar al padre de José Martí en el 136 aniversario de su muerte

 Este 2 de febrero se cumplen 136 años de la muerte de un hombre inscrito  con agradecimiento en la historia, por haber sido el padre de uno de los seres “más puros de la raza humana”, según palabras de la poeta chilena Gabriela Mistral. Sin embargo, aunque siempre se recuerda cada 28 de enero el natalicio del hijo –José Julián Martí Pérez– no se menciona la efemérides del progenitor. Se ha escrito más de la madre, Leonor Pérez Cabrera, que de aquel buen español nacido en Valencia el 31 de octubre de 1815.

Como curiosidad para los tampeños, puede observarse que el padre de Martí nació en el lugar donde casi tres años después llegó al mundo Vicente Martínez Ybor. De aquellos dos valencianos, a uno le correspondió ser fundador de Ybor City y al otro engendrar a quien, en esta ciudad,  inició la unificación de los cubanos en aras de un proyecto que hiciera libre a su patria.

Cuando Martí abrazó a Martínez Ybor en su fábrica de tabacos, mirando sus cabellos blancos, seguramente recordó  a su padre, fallecido lejos de él casi un lustro atrás y cuyo dolor expresara a su amigo Fermín Valdéz Domínguez con palabras conmovedoras: “Mi padre acaba de morir, y gran parte de mí con él. Tú no sabes cómo llegué a quererlo luego que conocí, bajo su humilde exterior, toda la entereza y hermosura de su alma”.

Mariano de los Santos Martí Navarro

Mariano de los Santos fue hijo de Vicente Martí  Guillot y  Manuela Navarro Beltrán, un matrimonio de españoles pobres, trabajadores y honrados. No se sabe mucho sobre sus primeros años, aunque algunos historiadores sostienen que aprendió el oficio de sastre y cordelero, como su padre. De joven ingresó en el Cuerpo de Artillería de Valencia y en 1850 lo destinaron a La Habana como sargento primero en La Cabaña.

En la capital cubana conoció a la joven canaria Leonor Pérez y, el 7 de febrero de 1852, contrajeron matrimonio. El 28 de enero de 1853 recibe a su primer hijo, nombrado José Julián y en los años siguientes nacen siete hembras. Mientras crece la prole, Mariano se desempeña como artillero, después policía celador de barrio, luego capitán de partido, aunque entre uno y otro empleo padeció de temporadas dsempleado y penurias en el hogar. En uno de esos momentos viajó a España (1857) con la esposa embarazada y tres hijos –en Valencia nace María del Carmen–, pero no encuentra acomodo y regresa a La Habana.

Hay al menos dos momentos en que viajan solos el padre y el hijo: los días que, en 1862, se acompañan en Hanábana (Matanzas) y cuando viajan a Belice en 1863.

Cuando Pepe venció los primeros grados escolares, Mariano lo inclinó a un trabajo de dependiente que permitiera un ingreso más a la familia pobre. Fue una suerte que Rafael María de Mendive, admirando las cualidades de su alumno, convenciera al padre para que le permitiera seguir a la segunda enseñanza, cuyos costos él cubriría. En ese colegio, el San Pablo, estaba Martí cuando estalló en el oriente cubano la Guerra de los Diez Años. El adolescente  saludó en un poema inflamado su simpatía con la rebeldía de la Isla, mientras su padre intentaba en vano frenar el entusiasmo evidente en el hijo.  Al año siguiente, se lo encarcelan por infidencia y lo ve partir, con 16 años, con entereza de hombre hacia su destino.

Hasta entonces, el hombre de carácter firme, hosco a veces, recio ante el hijo que quiso educar sin asomo de debilidades, había sido él. Temeroso a que la más mínima delicadeza dañara el temple de hombre en que quiso educarlo, se privó de las ternezas con que pudo mimarlo. Ahora, sin embargo, el hombre fuerte era el hijo, como probó en la cárcel donde fue a verlo. La escena, descrita por Martí en El Presidio político en Cuba, no puede ser más estremecedora: “Y ¡qué día tan amargo aquel en que logró verme, y yo procuraba ocultarle las grietas de mi cuerpo, y él colocarme unas almohadillas de mi madre para evitar el roce de los grillos, y vio, al fin, un día después de haberme visto paseando en los salones de la cárcel, aquellas aberturas purulentas, aquellos miembros estrujados, aquella mezcla de sangre y polvo, de materia y fango, sobre que me hacían apoyar el cuerpo, y correr, y correr! ¡Día amarguísimo aquel! Prendido a aquella masa informe me miraba con espanto, envolvía a hurtadillas el vendaje, me volvía a mirar, y al fin, estrechando febrilmente la pierna triturada, ¡rompió a llorar! Sus lágrimas caían sobre mis llagas; yo luchaba por secar su llanto; sollozos desgarradores anudaban su voz, y en esto sonó la hora del trabajo, y un brazo rudo me arrancó de allí, y él quedó de rodillas en la tierra mojada con mi sangre, y a mí me empujaba el palo hacia el montón de cajones que nos esperaba ya para seis horas. ¡Día amarguísimo aquel!”.

Hasta esa fecha, José no había descubierto la enorme ternura del padre y no la olvidaría nunca más. Por gestiones de él y de su madre, la condena de seis años fue rebajada a seis meses, aunque condicionada al destierro. Se va a España y cuando regresa a América en 1875, en México lo estaban esperando Mariano, Leonor y sus hermanas. Había tristeza en el hogar, porque acababa de fallecer su hermana Ana. Otras dos habían fallecido pequeñas (Dolores y María del Pilar). Es él quien presenta a Manuel Mercado al hijo que llega con dos títulos universitarios de España.

 El joven Martí se abre camino en el país azteca y los padres regresan a La Habana. Mariano vuelve a verlo en 1879, cuando el hijo regresa a la Isla, ya casado y con la mujer embarazada. Esto le hace creer que se dedicará a la familia. Se equivoca. Se mezcla enseguida en una conspiración que intenta reiniciar la guerra en Cuba, es detenido y deportado otra vez a España. En 1880, llega a EE.UU. y, exceptuando unos seis meses en Venezuela ese mismo año, vive en este país hasta enero de 1895.

Si el padre  llevaba al hijo de viaje cuando éste era un niño, de hombre es el hijo quien lleva al padre a que le acompañe. Así, vemos a Mariano llegar a Nueva York con 68 años, en junio de 1883. Estuvo al lado de su ­primogénito durante un año y debió ­admirar el valor con que ­seguía entregado a la causa de la ­independencia de su país, ocupando altas responsabilidades en ese empeño. También pudo estar en el cuarto cumpleaños de su nieto Pepito y apreciar el prestigio de su hijo como escritor.

No volvió a ver al hijo amado. Al regresar a Cuba, el 18 de junio de 1884, fue a vivir con su hija Amelia, porque las relaciones con Leonor no andaban bien. Hay una hermosa carta de Martí a su hermana, donde le dice: “Ese anciano es una magnífica figura. Endúlcenle la vida. Sonrían de sus vejeces. Él nunca ha sido viejo para amar”. Cuando José García, el esposo de Amelia, dio al hijo ausente la noticia de la muerte del padre, éste le respondió desde Nueva York, como a un hermano:  

“¡No he podido pagar a mi padre mi deuda en la vida! Ya ¿dónde se la podré pagar? No es que haya muerto lo que me entristece, sino que haya muerto antes de que yo pudiera pregonar la hermosura silenciosa de su carácter, y darle pruebas públicas y grandes de mi veneración y de mi cariño. Pero ¿qué falta le hice, si lo tenía a Vd.? Juntos, José, Vd. y yo, iremos a visitarlo algún día”.

Pero el hijo no pudo cumplir la promesa que hiciera al cuñado de ir juntos un día a su tumba, pues la muerte lo alcanzó en Dos Ríos, sin poder volver a su Habana.

 

 

viernes, 27 de enero de 2023

Fragmentos de mi libro Luz al universo

 En el año 2006, la editorial Gente Nueva, de La Habana, publicó un pequeño libro que dediqué a las relaciones de José Martí con su madre, la canaria Leonor Pérez Cabrera. En el texto, intitulado Luz al universo, a través de cartas y otros testimonios asistimos al drama de amor intenso entre la madre y el hijo, marcado por desencuentros, ausencias, reclamaciones, promesas, cuando el único vástago varón de un hogar pobre se enfrenta a un destino que lo abraza a la patria y a una muerte temprana.

Ahora, en ocasión de cumplirse el 170 aniversario del nacimiento del Apóstol cubano, extraigo unos fragmentos aislados de ese  texto, como homenaje a ambos: la madre que dio a luz aquel 28 de enero y el ser universal que ella trajo al mundo.

Fragmentos del libro Luz al universo

La Habana, claro, la del amor con su papá. Le contaba [al hijo] del nerviosismo al conocerlo, cuando lo sorprendió mirándola fijamente en un salón de baile, creía que en el Escauriza, y por su culpa de no apartar los ojos a tiempo, él se animó a acercarse y  dirigirle la palabra, escueta, pero nítida y segura, que la electrizó.

Ella tenía entonces veintitrés años y estaba linda, con su vestido blanco apretado en el talle, y él era un hombre que le llevaba en edad; trece años le adelantaba, lo supo enseguida, y le pareció imponente con ese color trigueño, alto, fuerte y fibroso, con un bigote negro y espeso, y de una pulcritud que hacía creer al instante en su palabra. Por la compostura intuyó que era militar, y cuando él se lo confirmó, con la noticia de ser Sargento Primero del Real Cuerpo de Artillería en La Cabaña, ella tuvo la sospecha de que podía conocerlo su papá, recientemente jubilado de aquella misma plaza, con la ventaja de que estimaría, a la primera mirada, los merecimientos del pretendiente valenciano.

Y no se equivocó. Claro que al hablarse de boda ella sabía más cosas de él que las contadas de sí misma. Es que era más preguntona, y del continuo inquirir conocía no solo que era soltero y sin descendencia, sino también que había nacido el 31 de octubre de 1815, en Valencia, de la unión de Vicente y Manuela Navarro, quienes tuvieron diez hijos además de él, y esto la hizo temer por el riesgo de que Mariano resultara tan fértil como su padre. Dijo que el llamado a quinta para ingresar en el Ejército de Su Majestad en servicio obligatorio, lo condujo al uniforme militar, y que se alegraba mil veces de haber extendido el tiempo de cumplimiento, porque fue quien le abrió el camino a La Habana, donde había tenido la suerte de conocer a la más bella de todas las canarias.

Con los escalofríos inconfesados de aquellos halagos, ¿cómo iba a esperar por la mayoría de veinticinco años para casarse? Los padres de la novia otorgaron la licencia para el matrimonio, y entonces empezó la carrera de los trámites y los preparativos. A Mariano lo representaron sus superiores, una vez apuntada la formalidad de que la prometida era tan limpia de sangre, vida y costumbres, como cumplidora de los deberes cristianos. Entonces le pidieron depositar la suma de quinientos pesos para la dote, y cumplidas todas las diligencias, decidieron que el día 7 de febrero de 1852, conforme a las leyes de los hombres y a las de Dios, tendrían a bien bendecir su primera noche de amor completo. Que fue pleno, cuando al fin, después de rezar, comulgar y consentir, dejaron atrás la iglesia de Monserrate, a los presbíteros don Francisco de Paula Gispert y don Tomás de Sala que oficiaron la ceremonia; a los padrinos don José María Vázquez y doña Marcelina Gutiérrez; a los testigos don Esteban Aguado y don Pedro Nolasco; a los amigos y a la familia, para encerrarse, por fin, en la casa número 41 de la calle de Paula, en La Habana intramuros, donde empezaron a vivir.

Con ningún otro parto experimentó aquel desgarramiento, ese rompimiento de volcán; no sabía  si porque los otros siete alumbramientos fueron de hembra, o porque el destino la marcó para parir un hombre que desde su irrupción tenía fuerza de mundo, por quien la iban a conocer. Porque desde pequeño la asombró. ¿Qué más pedían ella y Mariano, humildes y honrados, a la vida, que el hijo les saliera bueno? Esto es, cariñoso, obediente, trabajador. Pero tenía unas ensoñaciones frente al horizonte, sobre todo cuando contemplaba el sol cayendo en la bahía, y una mirada tan fija ante cada detalle de la cotidianidad más exigua, que la asustaba más lo inquirido por el hijo con la vista perdida en la distancia, que las preguntas atrevidas para las que ella no tenía respuestas.

También eso le pasaba a su papá, y un domingo regresó de un paseo por el puerto con un comentario que la alteró: el niño se había contraído al mirar que golpeaban a un negro, como en otras ocasiones había mostrado turbación por el atropello a cualquier infeliz. El padre, aunque era poco comunicativo, se ­desahogó con ella: que no se extrañaría de verlo alguna vez defendiendo la libertad de esta Isla. La alarma no era infundada, pues este pedazo de tierra había empezado a inflamarse con Apontes, Plácidos, Agüeros, y vaya a saber cuánto nombre de negro y blanco, muertes, cárceles y destierros, como para quitarle la tranquilidad a cualquier madre…

 




viernes, 20 de enero de 2023

Presentación del libro Chungas y no chungas

 

El próximo 26 de enero –a las 5.30 de la tarde, en el Círculo Cubano de Tampa, ubicado en Ybor City– será presentado el libro Chungas y no chungas, una selección de artículos escritos por Victoriano Manteiga en su columna homónima durante las décadas de 1930, 1950 e inicios de la siguiente.

En los apuntes que escribía diariamente en el periódico que fundara en 1922, hay una diversidad de temas en los que expone el acontecer local, nacional e internacional. A través de ellos, con fino humor, seriedad analítica y visión periodística aguda, informa acerca de los acontecimientos económicos, sociales, políticos y culturales que eran requeridos por sus lectores y, a su vez, da a conocer su pensamiento democrático con claridad y coherencia.

A  partir  de  ese  amplio abanico de contenidos tratados en “Chungas y no chungas”, en este libro privilegiamos un tema, dirigido a identificar la posición de Manteiga en torno a las luchas políticas de su tiempo. Para ello, elegimos tres momentos en que él se entregó con mayor pasión a defender la causa de la democracia frente al peligro de gobiernos dictatoriales.

Con ese propósito,  después de una amplia introducción que constituye un primer estudio acerca de su pensamiento, dividimos el libro en tres capítulos, cada uno de los cuales reúne varios textos del periodista acerca de un hecho histórico en el que no es un simple informador, sino un aliado incondicional y valiente del lado donde se defiende la democracia y la libertad: con el pueblo de Cuba –que es el suyo de origen– en su lucha frente al gobierno de Gerardo Machado (1925-1933); con la República Española cuando se debatía en una cruenta guerra contra los militares apoyados por el fascismo entre 1936 y 1939; y, otra vez, con las fuerzas democráticas cubanas cuando se levantan contra el gobierno militar impuesto por Fulgencio Batista con el golpe de estado del 10 de marzo de 1952.

Leer los artículos de Victoriano alrededor de estos acontecimientos –lo que puede hacerse en el libro que ahora proponemos, tanto en español como en la primera traducción de estos textos al inglés– tiene varios beneficios: desde una perspectiva histórica  nos lleva a hechos ocurridos hace  más de medio siglo y en sus páginas emergen figuras, lugares, fechas, que nos revelan a nuestros antepasados cercanos; contribuye  a entender los factores que determinaron los posicionamientos  en campos beligerantes; nos acerca a giros y expresiones lingüísticas del autor y la época en que se escribieron y –probablemente el servicio mayor– ofrece ejemplos que contribuyen a la comprensión de la actualidad.

Ese fue el credo de Victoriano Manteiga, como puede apreciarse en el libro que ahora presentamos y en cuyo epílogo apuntamos:

 Si estas páginas motivan a estudiantes, profesores, investigadores, a buscar en La Gaceta la obra escrita por el cubano-tampeño –la que reserva un amplio caudal de contenidos propicios para tesis de investigación, artículos o novedosos ensayos–, sería un buen camino el de este sencillo libro. Pero, si al término de la lectura solamente se aprecia que Victoriano Manteiga de los Ríos fue un hombre inteligente, valiente y de buen corazón, no habrá sido inútil el tiempo dedicado a presentarlo a través de algunas de sus singulares “Chungas y no chungas’”.

 

 

 

viernes, 16 de diciembre de 2022

Gabriel Raúl Cisneros da brillo a la escultura cubana

 Al ver el nombre de Gabriel Cisneros en una noticia sobre una exposición de arte en Madrid, recordé a un buen amigo cubano que bautizó al hijo con  su mismo nombre.

Le escribí y, efectivamente, el joven escultor que desde La Habana está llamando la atención de la crítica por la calidad de sus esculturas es el primogénito de mi amigo biólogo y profesor.

El artista, graduado del Instituto Superior de Arte de La Habana, en 2015, ha alcanzado en pocos años un prestigio que ya desborda las fronteras nacionales, como observamos en exposiciones suyas en Madrid, Panamá y otros sitios. Asimismo, la crítica comienza a asomarse con vivo interés a una obra que, en cada nueva pieza, serie o instalación, construye un canon propio desde  ingredientes  clásicos o contemporáneos donde se depura un estilo propio pletórico de significados que convocan a la participación del atento espectador.

Sin razón, sin aliento y sin nada, 2015. Autorretrato en resina de Gabriel
Cisneros a tamaño natural.  El autor utilizó esta obra como texto de graduación,
 invitando  a los participantes a romper la pieza para entender la tesis. Con ese acto,
 se  convirtió en el primer estudiante que logró el título sin defender
la fundamentación teórica de su propuesta. 

Siendo un escultor muy joven –apenas 32 años–, ya has tenido importantes reconocimientos y tu obra comienza a tener visibilidad en varios países como EE.UU., España, México, Panamá, e incluso países del Medio Oriente como el Líbano. ¿Qué ha significado la formación académica en tu comienzo como artista?

En Cuba, la enseñanza de las artes plásticas tiene dos niveles, medio y superior; el nivel medio lo cursé en mi provincia natal, en la Academia Profesional de Artes Plásticas de Las Tunas, y el nivel superior en la capital, en la Universidad de las Artes, más conocida como ISA.

En el nivel medio tuve mi primer acercamiento a la escultura, tuve muy buenos profesores. El claustro de esa escuela estaba muy nutrido de excelentes escultores. La academia me formó principalmente en la técnica. Mis metas de ese momento se concentraban en dominar correctamente el dibujo y el modelado académico. En los últimos dos años, participé en un excelente taller que nos enseñó a explorar zonas de la creación que iban más allá del dominio técnico, sería sin dudas el espacio pedagógico que prepararía el camino que me permitiría ingresar posteriormente al ISA.

Ya en la universidad, el enfoque estaba mucho más dirigido a una profundización teórica, aquí la técnica ya no sería protagonista de la pedagogía sino la crítica, un espacio de debate en el cual en torno a una propuesta de obra los integrantes del grupo intercambiaban criterios y puntos de vista, teniendo como profesores a algunos de los artistas más destacados del medio nacional.

Gabriel Cisneros. Ocio, 2021. Resina. 15x 15x65cm.

El ISA, sin demeritar al nivel medio, fue muy enriquecedor, no sólo por colocarme en un espacio donde compartía experiencias con estudiantes de todas las manifestaciones del arte, sino también por ser la plataforma que me abrió las puertas al mundo de las artes plásticas en Cuba. Desde la universidad, los alumnos podíamos ir poco a poco insertándonos en el medio, facilitándosenos el intercambio con galerías, instituciones y artistas que sin lugar a dudas se convirtieron en parte indispensable de nuestra formación como futuros creadores.

¿A qué concedes mayor fuerza en el proceso de creación, a la percepción o la reflexión?

Si algo me enseñó la universidad es que una está indisolublemente ligada a la otra. Un artista no es un mero productor de imágenes, su producción está íntimamente ligada a su intelectualidad. Hay obras en las que pareciera que la fuerza expresiva se concentra en uno de estos dos extremos, pero no creo que el fin último de una obra de arte se enfoque en ninguno de los dos. Una obra de arte es más ambiciosa, y la reflexión o la percepción son sólo el medio para un fin. En mi caso particular, encontramos objetos muy preocupados por mostrársenos estéticamente agradables, pero están enrarecidos de tal manera que inevitablemente invitan a la reflexión, es precisamente en ese juego formal donde encuentran su razón de ser. Es esa extraña inquietud que nos despiertan lo que los convierte en arte. Por tanto, creo están en un intermedio, ni lo uno ni lo otro, o más bien, sin lo uno no hay el otro. Como artista, propongo una experiencia visual que inevitablemente se trasforma en una experiencia racional, pero mi blanco no es la mente sino el ánimo, considero a las obras efectivas si son capaces de generar en el espectador alguna emoción, ese para mí es el fin último del arte.

En la feria de arte contemporáneo Art Madrid, presentaste las obra El ocio y La embestida. Háblame del contenido de esa serie y lo que representó para ti exponer allí.

En Art Madrid realmente mostré las versiones más pequeñas de dos obras de mayor escala que en ese momento se encontraban en producción. Actualmente, se están mostrando en una expo transitoria organizada por el Museo Nacional, titulada “Elocuencia del Silencio, Escultura Cubana Contemporánea”. La embestida y Ocio son las dos primeras obras de una serie de trabajos que irán viendo la luz en lo adelante. En esta serie, me apropio de la visualidad de los monumentos conmemorativos que colmaron nuestras plazas antes de la aparición de las vanguardias. Mi motivación no es reproductiva, voy creando personajes propios, pero empapados del espíritu y la visualidad de otra época. Una de sus particularidades es que, a diferencia de sus predecesoras, éstas no terminarán sobre un pedestal. Ven la luz siempre primero en esculturas de pequeño formato, las cuales me facilitan explorar todos los perfiles y posiciones posibles en búsqueda de nuevas calidades expresivas de un objeto que antaño sólo pretendía perennizar las hazañas de algún conmemorado. Me fascina la manera en la que un simple giro en la postura o la puesta en escena de un objeto pueden generar en nosotros emociones y significados muy distantes del sentido original de una pieza.

Art Madrid fue una experiencia nueva en muchos sentidos, fue mi primera feria en Europa, y la primera vez que mostraba estas obras, que sin alejarse de mi trabajo anterior develan nuevos matices en mi producción. Las ferias siguen siendo para mí un terreno poco explorado, en el que he de ganar experiencia. Sus dinámicas son muy distintas al trabajo en galería, y me ­confieso inexperto aún en esos terrenos. Art Madrid es una puerta que se abre.

En Cuba, ¿qué atención de la crítica ha recibido tu obra?

Mi obra ha sido divulgada en varios medios de prensa, pero la crítica especializada no se ha mostrado demasiado interesada. Su aparición en los medios ha estado más asociada a la promoción que al análisis profundo de sus luces o sombras. No puedo decir que estos han sido inexistentes, pues han contado con muy buenas reseñas, sobre todo de jóvenes que se inician en el medio.

           Gabriel Cisneros. Yunta, 2021. Resina .48 x 27 x 51 cm

¿Cómo vez la escultura cubana en la actualidad?

Yo diría que si vamos a hablar de escultura en Cuba hoy, no podemos ceñirnos estrictamente al género en sus formas más conocidas. La tridimensionalidad en el arte cubano actual se ha desdoblado en un sin fín de variantes que no se conforman con el concepto más tradicional de escultura, si bien me atrevo a decir que los grandes conjuntos escultóricos de hace algunas décadas hoy son casi un imposible; su ausencia se ha visto muy bien sustituida por un número muy satisfactorio de grandes instalaciones que, si bien no gozan de la perennidad de sus predecesoras, han dejado muy buen sabor en bienales y exposiciones en disímiles lugares de la Isla y que protagonizan un momento muy sui generis para la escultura cubana. Si bien su enfoque es muy diverso y distante de la idea tradicional de escultura, nunca antes en nuestro contexto se había mostrado tanta diversidad a la hora de enfrentar el espacio.

 ¿Con que sueña el joven escultor Gabriel Cisneros?

Recién estoy regresando de mi segunda expo en el extranjero, con toda seguridad puedo decirte que mi enfoque en lo adelante estará dirigido a promocionar y exponer mi trabajo no sólo dentro sino también fuera de Cuba. Explorar las posibilidades expositivas y la experiencia de producir obras en otros sitios minan mi curiosidad; nuevos materiales, nuevas técnicas, quizás hasta visualidades y enfoques a la hora de enfrentar la producción son posibilidades que imagino para mi futuro como creador. La diversidad de puntos de vista que uno descubre en dependencia de los lugares y los contextos que visita son infinitas, el cómo adecuar o insertar tu obra en esos nuevos sitios sin dudas son experiencias que enriquecen tu formación como artista visual.

 

 

 

viernes, 2 de diciembre de 2022

Realidad y lirismo en el testimonio fotográfico de Zoraida Díaz

 Cuando, la semana pasada, el escultor Carlos Camargo me dijo que Zoraida Díaz acababa de mudarse a Saint Petersburg, inmediatamente sentí que debía entrevistarla para La Gaceta, al tratarse de una reconocida fotorreportera de origen colombiano que ha documentado importantes acontecimientos de Latinoamérica y varias partes del mundo a través de su cámara fotográfica. Entre ellos, sobresalen sus testimonios gráficos de la guerrilla colombiana, su presencia en Panamá al producirse la intervención armada de Estados Unidos en 1989; en Venezuela, cuando el intento de golpe de estado dirigido por Hugo Chávez (1992), o en Cuba durante la visita del papa Juan Pablo II (1998). Frente a esos y otros acontecimientos trascendentes, Zoraida  informó  al planeta a través de Reuters,  The New York Times, The Washington Post, International Herald Tribune, O Globo, el Clarín y otros medios de prensa, sobre el drama de la violencia, los conflictos sociales, la soledad, la muerte, el olvido y la esperanza de miles de seres humanos.

Zoraida Díaz con su cámara fotográfica

La documentalista, formada en periodismo y literatura en la Universidad de Maryland, ha llamado la atención no sólo por el testimonio que denuncia la violencia, exalta las raíces de nuestros pueblos o legitima los sueños de todo ser humano, sino también por el profundo lirismo con que convierte en arte el testimonio que eterniza con su vista y mentalidad creadora.

Cuando la llamé para expresarle la bienvenida a la bahía de Tampa, le pregunté si accedía a una entrevista para La Gaceta, y la gentileza de su respuesta fue inmediata y emocionada.

Para una mujer que muy joven realizó estudios en Estados Unidos (periodismo y literatura latinoamericana en la Universidad de Maryland) y que desde entonces conoció a escritores como Octavio Paz, Jorge Luis Borges y Eduardo Galeano, es sorprendente que haya decidido irse a vivir muchos años a Guanacaste en Costa Rica, ¿cómo lo explicas?

En realidad, no es sorprendente, Gabriel, pues los que me conocen saben que creo en los mágicos enjambres que cocina el destino y que cada sitio sobre este planeta tiene la posibilidad de ofrecer las más maravillosas imágenes; precisamente por haber estado empapada en ese furor que causó el boom latinoamericano y especialmente la obra de García Márquez, siempre me sedujo la magia de nuestra América Latina.

Me fui a vivir a Costa Rica por esas cosas del destino y de querer descansar de los ajetreos de una realidad menos colorida. Ya había dejado de trabajar con Reuters unos años antes y mi vida se había volcado sobre lo personal: me había casado por segunda vez y tenía un bebé gateando cuando llegamos a vivir a un pueblito en la costa del Pacífico llamado Playa Potrero. Lo había descubierto en un viaje de ocio con mis padres siguiendo un mapa de esos que te dan en los alquileres de autos. Así fue que manejamos por carreteras destapadas hasta ver morir el camino en las playas de Potrero y Sugar Beach. Eso fue hace dos décadas, cuando el desarrollo turístico no había aún explotado.

Guanacaste tenía aires macondianos con esa naturaleza exuberante y esas tradiciones carnavaleras de los pueblos de herencia ganadera. Imagínate las historias: dueños de miles de hectáreas heredadas de la época de la conquista vendiendo tierras costeras con vistas espectaculares por cifras irrisorias, simplemente porque no eran aptas para la ganadería. Y hablo de las décadas de los 70-80s… O las ferias de pueblo donde las corridas de toros son benévolas para el animal, ya que además de las tradicionales montas de toros,  no se enfrentan a un matador con espada, sino a hombres envalentonados por el guaro. Y lo mitológico del asunto: en los años que viví en Guanacaste, llegué a fotografiar posiblemente al toro más famoso del país: el Malacrianza, originario de una hacienda en Playa Garza, donde existe una escultura del famoso animal de más de 700 kg, venerado por matar a un par de hombres en el redondel y de herir a unos cuantos más.

¿Qué influencia tuvo tu formación literaria en la comprensión de la realidad latinoamericana?

Como te contaba, los libros fueron mi escuela y al llegar a Colombia, reconocí al país dividido, sitiado y reprimido leído en las obras de Rulfo, de Bryce Echenique, de Asturias, de Vargas Llosa y, claro está, de García Márquez.  Los eventos políticos de ese momento eran profundamente influenciados por la Revolución Cubana y Colombia era un país con grupos guerrilleros profundamente arraigados en visiones disímiles de extrema izquierda.

Pero no sólo cargaba con ese bagaje literario teórico, sino que también había conocido a varios intelectuales latinoamericanos durante esos años universitarios.  El boom latinoamericano estaba en boga y el Departamento de Español y Portugués de la Universidad de Maryland era liderado por Saúl Sosnowski, el director de la revista literaria Hispamérica y especialista en Cortázar.  En esos años, tuve el privilegio de tener como profesor a Tomás Eloy Martínez (con quien ‘colaboré’ en un par de artículos para Página 12) y de conocer a Octavio Paz, a Jorge Luis Borges, a Eduardo Galeano, a Rosario Ferrer, a Jorge Aguilar, a Raúl Prebish, a Ana María Escallón y a Ángel Rama.

Era yo jovencísima y acompañaba a esos ilustres invitados a cenas o simposios o me sentaba a escucharlos en sus casas.  Ellos fueron mi primer contacto adulto con la Latinoamérica que había dejado de niña. A Ana María Escallón, la crítica de arte colombiana, la conocí en una Feria Internacional del Libro que se dio en Washington.  Con Ana María nos hemos encontrado esporádicamente por la vida. Con Prebisch me sentaba en el jardín de su casa en la capital estadounidense, a escuchar los tangos de Julio Sosa, una que otra cátedra sobre el estado incierto de Latinoamérica.  Con Eduardo Galeano salimos a comer un día y se murió de la risa cuando pasamos por el restaurante Chi-Chi’s (me dijo que en México, chichis eran los senos de una mujer –me puso las mejillas de color púrpura–); con Octavio Paz, recuerdo haberle entregado uno de mis dibujos durante algún acto de la universidad; de Ángel Rama, rememoro su gran sonrisa en los pasillos de la universidad, las reuniones en su casa de Washington, donde pasaba yo largos ratos ensimismada en el arte que él y su esposa Marta coleccionaban y su ternura hacia mí. También recuerdo gordas lágrimas lloradas después de aquel fatídico accidente en Barajas.

A fines de la década de 1980, regresas a tu Colombia natal y con tu cámara fotográfica te adentraste al centro de las guerrillas, documentando por varios años la violencia, el modus operandi de las FARC y el entorno psicológico y social en que actuaban. ¿Cómo influyó esa etapa en tu pensamiento alrededor del largo conflicto armado que ha vivido tu país?

En la fotografía Escuela cerrada, Zoraida expone el drama
de los niños armados en las guerrillas colombianas.

Cuando volví a Colombia, a los 21 años, lo único que sabía sobre Colombia eran las memorias difusas de mi niñez, lo que me habían contado mis padres, las novelas de García Márquez, y una concepción del sentir latinoamericano marcado por los libros y las dictaduras asesinas de Argentina, de Chile, de Colombia, de República Dominicana, de Perú, Paraguay…básicamente de todos nuestros países.

Cuando llegué a Colombia la fascinación con encontrar imágenes que ilustrasen tanta inhumanidad me obsesionaba: soñaba con hacer fotos gráficas que captasen la intensidad de las guerras por las que atravesaba mi país de origen. Tenía la noción algo ingenua de querer cambiar la percepción de la gente con mis fotos, aspirando a hacerlo con toda la rigurosidad del hacedor de imágenes que dispara sin inmiscuirse. No podría saber en esos primeros momentos que es imposible no ser afectado por la barbaridad de los actos que me tocó vivir: los asesinatos de líderes políticos con quien compartí un café o un chiste, o la tristeza de ver campesinos mutilados por minas antipersonales con el tristísimo apodo de “quiebrapatas”.

En ese primer viaje que hice a los campamentos de las FARC en el monte, sentía un leve sosiego pues era una época de tregua en la que había comunicación cordial entre el gobierno y Casa Verde (la sede histórica de las FARC). Es difícil definir lo que se siente estando al frente de aquellos hombres, cuyo líder era ya para ese entonces una leyenda (el gobierno lo persiguió durante más de cuatro décadas para verlo morir de viejo). Difícil saber cómo decirle al guerrillero más buscado del mundo que necesita salir del cambuche para poder hacerle una mejor foto o que se corra tres pasos para adelante… Difícil no tener miedo. Difícil enfrentar al hombre que amablemente me ofreció su agua de panela con queso, cuando me quedé mirando al hombre cuyas acciones causaron la muerte de miles.

Lo que aprendí en ese primer viaje es que mi misión como fotógrafa era retratar la realidad a la que me enfrentaba intentando en toda instancia ir más allá de lo obvio. No era suficiente fotografiar la explosión o el cadáver masacrado; mis imágenes debían indagar, cuestionar, contextualizar. Estuve en Colombia siete años y retraté la gama del accionar humano: está el retrato de Tirofijo en un momento en que baja la guardia ante una chica con una cámara. Pero también está el dolor de los familiares de 13 policías emboscados en el Sumapaz por las FARC.

Mis fotografías son el producto de una comunicación personal con la persona o situación que tengo al frente. Es como cuando un amigo te cuenta un secreto, salvo que a diferencia de los años que se puede necesitar para que llegue ese momento en una relación, la cámara debe descubrir esos secretos instantáneamente y, muchas veces, sin necesidad de que se intercambien palabras.

Mirando hacia aquella etapa, ¿cómo aprecias que un exguerrillero sea hoy el presidente de Colombia?

Es complicado decir que uno es apolítico pues denota una neutralidad que me hace acordar a los condenados a la antesala del infierno en la obra de Dante: aquellos que viven sin intencionalidad ni siquiera merecen entrar al infierno propio. Una de las proezas de la vida fotográfica es la de poder enfrentar situaciones que la mayoría de la gente sólo conoce a distancia. Me gustaría pensar que esa neutralidad requerida por el periodismo tradicional, que fue mi escuela, me ha servido para desasociarme de cualquier grupo, pero así, caminando sobre esa fina línea, he emprendido mi labor con seriedad, respeto y empatía.

Desesperanza, fotografía de Zoraida Díaz

Que un exguerrillero haya llegado a la presidencia significa que ha habido un sismo en la política colombiana. Un sismo que empezó con temblores menores, posiblemente desde que los españoles llegaron a nuestras tierras. La elección de un exguerrillero era inimaginable hace 35 años cuando fui a documentar a las FARC en Casa Verde. Las intenciones de aquellos fuera de la política tradicional como Tirofijo o Pizarro –más allá de lo admirable de sus motivaciones originales– yo interpreté como ideas anómalas en una era en que los movimientos de izquierda en Latinoamérica pretendían aplicar teorías que fueron rotundamente desvirtuadas unos meses después de mi última visita a La Uribe con la caída del Muro de Berlín. Jamás pensé que la izquierda llegaría al poder en un país como el nuestro con sus arraigados poderes políticos-militares.

Aludo a esa máxima que la definición de la locura es optar por lo mismo una y otra vez esperando obtener resultados distintos, al decir que el conflicto colombiano demuestra que después de 60 años de optar por las mismas opciones políticas y después de la muerte de más de 400 mil colombianos y de millones de desplazados, tal vez sea hora de optar por la opción jamás considerada.

Aun así, es un trago amargo ver que la historia de violencia se repite y que ninguna foto ha podido detener ese ciclo, ya que en lo que va del 2022, y según INDEPAZ, 162 líderes sociales y 36 excombatientes de las FARC que se acogieron al último proceso de paz han sido asesinados.

En tu testimonio fotográfico de la realidad colombiana, ¿ocupa algún espacio el drama del narcotráfico y el paramilitarismo?

El narcotráfico y el paramilitarismo están íntimamente ligados a los grupos guerrilleros en Colombia, ya que fue tras el secuestro de la hermana de los Ochoa del Cartel de Medellín por el M-19 que los narcotraficantes crearon el MAS (Muerte a Secuestradores) en 1981 bajo el mando de Pablo Escobar. Cuando llegué a Colombia en el 87, estaba en auge el exterminio de los miembros de la Unión Patriótica, un partido fundado por las FARC y el Partido Comunista Colombiano en 1985, después del proceso de paz entre el gobierno de Betancur y la guerrilla. Fue precisamente unos años después de esos acuerdos que viajé a La Uribe.

El MAS fue el precursor de los llamados grupos de autodefensa –uno de los cuales, las Autodefensas de Puerto Boyacá, fueron apoyados por otro narcotraficante del Cartel de Medellín, Gonzalo Rodríguez Gacha. Yo cubrí el asesinato de dos candidatos a la presidencia de la UP, Bernardo Jaramillo Ossa y Jaime Pardo Leal, y el de Carlos Pizarro del M-19.

El informe del Centro Nacional de Memoria Histórica constata que la violencia contra la Unión Patriótica dejó más de 4,153 personas asesinadas, secuestradas o desaparecidas.

Yo no llegué a cubrir la violencia descrestadora que se vino a mediados de los 90 con el auge de las Autodefensas Unidas de Colombia, pues partí para Buenos Aires en 1994.

¿A qué acontecimientos relevantes de América Latina has llegado con tu cámara, talento y corazón?

¡A muchos, Gabriel! Incluyendo la invasión a Panamá en 1989; el golpe de estado de Hugo Chávez en Venezuela en 1992, el secuestro de cientos de dignatarios por el MRTA en Lima en 1997, y la visita del papa Juan Pablo II a Cuba en 1998. También he fotografiado en otros escenarios: estuve en Chubut, cuando la princesa Diana viajó a ver las ballenas; en el Jardín de Rosas de la Casa Blanca, cuando Bill Clinton fue enjuiciado por el congreso por su relación con Monica Lewinsky; y en el desierto de Tunisia, con Hillary Clinton en una gira mientras era primera dama.

También participé en múltiples eventos deportivos, como la Copa América en Uruguay y Bolivia; ¡un Panamericano en Mar del Plata, mundiales en Estados Unidos y Francia y hasta un Kentucky Derby! 

Como reportera gráfica, has vivido el tránsito entre la fotografía analógica y la digital. ¿Cómo aprecias las virtudes de una y otra modalidad?

Empecé fotografiando en blanco y negro y cargando con un laboratorio y un transmisor de tambor como parte de mi equipaje. Mis cámaras eran Nikons F3 y me gustaba la película Ilford. En el fotoperiodismo de agencia no había tiempo para revelados exactos ni para impresiones perfectas, pues había que llegar corriendo a revelar, secar, editar, hacer una ampliación 8x10 en el laboratorio portátil para luego transmitir por línea telefónica. La transmisión de una foto en blanco y negro duraba 7 minutos. Era una tecnología imprecisa y tenías suerte si las imágenes salían en un primer intento.

De ahí, llegó el color, los transmisores de negativos que escaneaban las imágenes hasta hoy día cuando el editor ve las imágenes del fotógrafo que está cubriendo un evento de fútbol casi que instantáneamente. Imagínate que cuando empecé en 1985, Reuters distribuía 21 fotos diarias a nivel mundial, hoy día cualquier cliente de Reuters tiene la capacidad de recibir miles de fotos diarias.

Como puedes imaginar, para un fotógrafo de agencia la fotografía digital fue caída del cielo. La calidad de una cámara Canon digital de primera generación era menor que la de un iPhone de hoy en día, ¡y costaba cerca de 30 mil dólares!

Pero la tecnología digital avanzó muy rápido: recuerdo que fui una de las primeras fotógrafas en Latinoamérica en hacer cubrimientos digitales, específicamente en eventos como la Copa América en Bolivia y en Abancay, Perú, donde más de 300 personas fueron sepultadas por una avalancha de fango, ambos en 1997.

Nunca he sido una aficionada de la tecnología, ya que las imágenes se hacen con la mente y el corazón. Solamente en esos primeros años en que la tecnología digital era primípara fue que me desesperaba ver las imágenes sin el rango de tonalidades que brindaba el negativo y sus colores empastados.

Paradójicamente, ahora he vuelto a lo análogo, pero en el ámbito del formato medio y utilizando película 120. ¡Estoy experimentando con una Minolta Autocord que tiene casi los mismos años míos!

Acabas de mudarte a Saint Petersburg, alrededor de la bahía de Tampa, ¿a qué debemos el placer de tenerte aquí?

Otra de esas jugadas del destino: después de vivir en Baltimore 8 años y ver graduarse a mi hijo de la secundaria, decidí empezar una nueva vida. ¿Qué te puedo decir, Gabriel? Esencialmente, que no quería pasar otro invierno en el norte y que aquí estoy mucho más cerca de Latinoamérica.

Muchas gracias, Zoraida.

 

viernes, 11 de noviembre de 2022

 Siempre hemos oído decir que la información es el cuarto poder, aludiendo a que después de los tres que representan al estado (Ejecutivo, Legislativo y Judicial) es la prensa quien ocupa el lugar más relevante en la elección y mantenimiento del gobierno. Al establecer la doctrina sobre los balances requeridos por los gobernantes para no abusar de sus atributos, Montesquieu argumentó la necesidad de que “el poder detenga al poder”, con la idea de garantizar la libertad política mediante la vigilancia y control recíproco de los poderes separados.

Tomado de:https://www.tironi.cl/un-mundo-en-mutacion/la-ruta-de-la-posverdad


Más adelante, se entendió la influencia que tendría la prensa (la información) en el triunfo de los políticos encargados de detentar cada uno de esos poderes y en la construcción de una narrativa de apoyo o condena a los mismos. El origen de esta conceptualización se remonta al siglo XVIII, cuando el político británico Edmund Burke, al señalar hacia la tribuna de la prensa, dijo que allí estaba sentado el cuarto poder. Aunque entonces no se le dio mucha importancia, en el siglo siguiente el filósofo Thomas Carlyle recordó aquel postulado y desde sus escritos comenzó a afianzarse como lo conocemos en la actualidad.

En los más de dos siglos de democracia occidental, extendida a diversos países asiáticos y africanos con diversidad de componentes, el concepto de la prensa como cuarto poder ha sido legitimado desde la aceptación de su enorme influencia en los asuntos sociales y políticos que determinan los cambios de gobierno. En ese camino, no siempre la verdad ha sido vigilada como componente moral y cívico que determine el ascenso al poder. En algunos casos, los políticos mismos han expresado que lo importante no es la legitimidad detrás de la expresión, sino la repetición de un mensaje que penetre en la mentalidad ciudadana. Se le atribuye a Joseph Goebbels –jefe de campaña electoral de Adolfo Hitler y después su ministro de Propaganda– la frase cínica de que una mentira repetida muchas veces se transforma en una verdad.

Sin embargo, en la época digital en que vivimos resulta más peligrosa la deformación de la verdad, al modificar la realidad de los hechos y convertirlos en noticias que circulan por la red entre miles de millones de habitantes de todo el planeta. Ello se agrava al mezclarse con un término aparecido en el tiempo de la llamada posmodernidad, cuando entre los tantos pos hay uno que corresponde a la llamada posverdad, considerada por la Real Academia de la Lengua Española (RAE) como “distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales. Los demagogos son maestros de la posverdad”.

Por más que la expresión se intente legitimar en la condición humana de la emotividad, la posverdad puede mover a millones de personas a defender una mentira conscientemente elaborada para influir en la conciencia de las personas. Seguramente, detrás de cada proceso electoral en las llamadas democracias, siempre han penetrado en el discurso político elementos de lo que ahora llamamos posverdad. Pero Estados Unidos, que se enorgullece de tener la democracia más avanzada y duradera del mundo, entre 1878 y 2016 tuvo elecciones cuyos resultados fueron acatados sin que se cuestionara su verdad.

En cambio, a los 228 años de esa experiencia admirada mundialmente, el candidato perdedor –siendo presidente al término de su primer mandato– no sólo negó la legitimidad del proceso electoral condenando todas las instancias implicadas en el mismo, sino que echó a volar su propia posverdad, una mentira edulcorada que fue calando entre sus admiradores y cuyo filo más peligroso no sólo torció la verdad, sino también la voluntad de políticos republicanos que temieron perder su poder, si se enfrentaban al volcán populista que empezó a crecer alrededor de la imagen de una gorra roja que, de haber estado en la cabeza de su oponente, le habrían tildado de filocomunista por su color.

En el marco de las elecciones de medio término del 8 de noviembre de 2022, oigo sin cesar –entre otros, a varios amigos– que la economía anda mal por culpa del actual Presidente, desconociendo u ocultando que el capitalismo es más fuerte mientras menos intervenga el estado en las leyes que rigen el mercado, como en su tiempo estableció Adam Smith, uno de los grandes pensadores que construyó las bases teóricas del sistema. Pero podría aceptarse como válida la aseveración, por la influencia –no determinante– del gobierno en algunas zonas de la economía.

Lo asombroso es cuando hay quienes afirman sin argumentos que el actual Presidente es comunista, tomando como veraz la posverdad acrítica que sus pobres oídos han ido escuchado una y otra vez. Entonces salen a repetirla con tanto afán que, sumando adeptos, podrían llevar otra vez a la presidencia al constructor de una mentira que podría dañar seriamente la legitimidad de la democracia.