viernes, 26 de enero de 2024

Diálogo con Larissa Ruiz Baía, presidenta de HCC Ybor City

 Larissa Ruiz Baía preside el campus que tiene en Ybor City el Hillsborough Community College, espacio universitario que refleja el crecimiento cultural de este pequeño pueblo fundado por tabaqueros a fines del siglo XIX y en cuya historia apasionante aparecen nombres como el de José Martí.

Antes de conversar con ella,  sabía que al aceptar la responsabilidad de dirigir este campus, ya había sido presidenta de Lakes Region Community College (LRCC) en Laconia, Nuevo Hampshire. Allí, también fue  Vicepresidenta de Servicios Estudiantiles y Gestión de Inscripciones y trabajó en la administración de educación superior en instituciones públicas y privadas.

Con un doctorado en Ciencias Políticas, una maestría en Estudios Latinoamericanos, otros estudios y varias publicaciones,  Larissa eligió a Tampa para vivir y desde llegar a la ciudad se unió a la directiva de la Cámara de Comercio de Ybor City y a la Coalición de Aprendizaje Temprano del condado de Hillsborough.

Apasionada con la comunidad, el ambiente estudiantil y la población inmigrante, encabeza el entorno cultural más avanzado de Ybor City y, desde este, ahora está apoyando la realización de la primera Feria Internacional del Libro que esperamos celebrar entre el próximo 7 y 10 de marzo y, gracias a su entusiasmo,  en espacios de la institución que ella dirige.

En nuestro encuentro, hablamos de la Feria del Libro. Y como el  Día Internacional de la Mujer coincide con la fecha de ese evento, creí oportuno exponer, a través de una entrevista, el ejemplo de una ejemplar mujer.

Dra. Larissa Ruiz Baía en su oficina de trabajo. Foto/Gabriel Cartaya

¿Cree que sus orígenes dominicanos han influido en su actitud de apoyo a los inmigrantes y refugiados? Cuénteme sobre su mirada hacia este creciente grupo poblacional en Tampa.

Estoy segura de que mis orígenes caribeños han tenido influencia en lo ideológico, pero también prácticamente en mi trabajo. Yo nací y me crié en St. Croix, US Virgin Islands. St. Croix es una de tres pequeñas islas que pertenecen a los Estados Unidos al oeste de Puerto Rico. Mis padres son dominicanos, pero emigraron y vivieron en Puerto Rico antes de mudarse a St. Croix. Mi abuela materna era puertorriqueña y mi abuelo paterno era cubano. El Caribe, aun antes de ser colonizado por los europeos, era un lugar donde había movimiento e intercambio entre las tribus indígenas que habitaban la zona.

Mi familia refleja ese movimiento entre islas. Por eso siempre he visto la migración como un patrón normal. Claro, entiendo que hay circunstancias/eventos políticos, económicos, sociológicos que influyen en los movimientos migratorios involuntarios. Pero, independientemente de la razón que nos lleva a dejar nuestro hogar, pienso que debemos tratar a todo ser humano con dignidad y respeto. Las circunstancias que resultan en una migración forzada no deben justificar el maltrato o la denigración de los inmigrantes por el país recibidor. A través de mis experiencias personales y profesionales he tenido la suerte de conocer a un sinnúmero de inmigrantes y dos de las características que los une son el deseo de superación y el agradecimiento que sienten por el país que los recibe. Siempre trato de tener esas experiencias en mente.

Veo que tiene una Maestría en Estudios latinoamericanos, ¿qué le atrae más de ese campo de estudio?

Comencé a tomar clases de política latinoamericana en Brandeis University y eso abrió mi interés por la política e historia latinoamericanas. Por eso decidí hacer la Maestría. Mi curiosidad en parte era por mis vínculos personales a la región, pero también por el deseo de aprender sobre cómo se desarrollan diferentes sistemas políticos en diferentes ambientes.

El programa de la Universidad de la Florida aconsejaba a todos los estudiantes a hacer investigación de campo. Esa oportunidad fue fundamental para mí.


En su vida profesional, la educación aparece en un lugar primordial y antes de dirigir HCC lo hizo en un college de Nuevo Hampshire. ¿Cómo aprecia la participación hispana en este nivel de enseñanza?

A nivel nacional solo un 33% de los presidentes de instituciones de alta enseñanza son mujeres. De ese porcentaje, la mayoría son mujeres blancas. Solo aproximadamente un 8% se identifican como hispanas o latinas. Los números mejoran cuando nos enfocamos solo en “community colleges” (colegios comunitarios que otorgan grados asociados primordialmente). Los datos nos indican que desgraciadamente todavía hay mucho camino por delante para llegar a un nivel de paridad donde el liderazgo de nuestras instituciones de alta enseñanza refleje a nuestros estudiantes.

En su labor como presidenta de HCC, ¿qué es lo más difícil y lo más agradable para usted?

Primero, aclaro que soy la presidenta del recinto de Ybor City de HCC. El presidente de HCC es el Dr. Ken Atwater. Lo más agradable es ser testigo del desarrollo (personal y profesional) de nuestros estudiantes y el impacto positivo que ese desarrollo tiene no solamente para ellos individualmente sino también para sus familias. Una de las cosas difíciles es conocer los obstáculos que algunos de nuestros estudiantes traen con ellos: el hambre, el no tener hogar, el ser víctima de abuso o sufrir de una enfermedad mental, entre otras cosas. Nosotros intentamos proveer apoyo para facilitarles el camino académico, pero muchas veces no tenemos los recursos necesarios.

¿Qué significa para usted dirigir un centro educacional en un lugar como Ybor City, de tan hermosa historia?

Yo estoy muy agradecida de las oportunidades que tuve en el estado de New Hampshire. Lakes Region Community College me permitió servir como presidenta por primera vez y trabajar con un gran equipo de trabajo, al cual extraño. Sin embargo, yo sabía que quería servir a una población más diversa y específicamente trabajar más de cerca con poblaciones minoritarias. Yo escogí a HCC Ybor City Campus porque llenaba esos criterios, incluyendo su designación federal como Hispanic Serving Institution (HSI). ¡La historia de Ybor City fue como se diría en inglés “the icing on the cake” o la cereza del postre! Yo había visitado Ybor City anteriormente, pero no tenía mucho conocimiento sobre el comienzo de este lugar y la importancia que tuvo en el desarrollo de la ciudad de Tampa y el estado de Florida. Ha sido gratificante el conocer esa historia tan de cerca y aún más a las personas e instituciones (incluyendo, por supuesto, al periódico La Gaceta) que la mantienen viva.

Sé que está prestando un valioso apoyo a la organización de la Primera Feria Internacional del Libro en Tampa, que situará a HCC en el centro de ella. En su opinión, ¿qué representa esta fiesta del libro para la ciudad?

Espero que la feria llegue a ser un espécimen central de los muchos eventos culturales que hoy son reconocidos como parte de la cuidad de Tampa. Como institución académica para mí es lógico que HCC Ybor City Campus sea sede de este evento. Aún más, como HSI, nos toca apoyar a los estudiantes hispanos o latinos que son casi el 40% de nuestra población estudiantil.

Para mí, no hay mejor lugar para la feria que el recinto de HCC en Ybor City, donde primero llegaron los inmigrantes cubanos, españoles, italianos, etc, quienes establecieron y levantaron las fábricas de tabacos que dieron a conocer a Tampa internacionalmente. ¡Estoy orgullosa de ser parte de esta feria inaugural y confío en que será todo un éxito!

 

viernes, 19 de enero de 2024

Luis Mosquera, un ejemplo de inmigración positiva

 En el crecimiento económico y cultural de Estados Unidos, la inmigración ha jugado un papel relevante desde antes de crearse la nación. La primera gran oleada de europeos hacia territorio norteamericano se produjo en el marco de la colonización española, inglesa y francesa, desarrollada a fines del siglo XVI y principios del XVII. Tres siglos después, al empezar el XX, se considera que más de 30 millones de europeos se establecieron en este lugar.

A la inmigración de aquellos siglos,  hay que agregar el traslado brutal de casi 400 mil africanos a servir como esclavos en lo que hoy es EE.UU. A fines del siglo XIX, durante todo el XX y en lo que va del XXI, la inmigración  en Estados Unidos está vinculada al desarrollo económico, social y cultural de la nación. Sin embargo, nunca antes hubo una mirada tan polarizada hacia este fenómeno como en nuestro tiempo, incrementada con el uso político de su comportamiento en los discursos electorales, más que con la aprehensión de la naturaleza intrínseca del comportamiento de los patrones migratorios. 

Naturalmente, en las complejidades del mundo contemporáneo, frente a la abrumadora desigualdad entre los países desarrollados y los pobres, así como el incremento de los flujos migratorios hacia los primeros, deben existir políticas regulatorias hacia el movimiento de personas y defenderse la inmigración legal y segura.

Sin embargo, el debate actual en torno a este fenómeno está permeado por dos opiniones excluyentes: los que  se pronuncian por un muro que impida la entrada de inmigrantes, relacionándolos con el incremento de drogas y violencia, y los que se fijan en el aporte de ellos a este país junto a los ingredientes humanos que se le suman (reunificación familiar, huida de la represión y la miseria, ansia de superación).

Desde esta segunda perspectiva, llamo la atención con un ejemplo recientemente conocido. El cubano Luís Mosquera llegó a este país hace solo siete años. Hoy es codueño de la compañía  LMWI, junto a William Ibern. La empresa, dedicada a la construcción de gabinetes (www.Designer-Cabinetry.com), da empleo a más de diez trabajadores y cuenta con una carpintería cuyas modernas herramientas de trabajo facilitan y hacen muy productiva la jornada laboral, además de contar con varias camionetas cerradas para el traslado e instalación de los muebles a solicitud de una clientela en crecimiento.

Luis Mosquera (primero a la izq.), junto a algunos de sus trabajadores

Cuando visito los talleres de trabajo de LMWI –ubicados en 5555 W Linebaaugh Ave., Tampa, Fl 33624– me llama la atención, en medio de la entrega de los trabajadores a su labor, el rostro de satisfacción que muestran. Son todos hispanos y la mayoría cubanos que no llevan mucho tiempo en este país. Pero han encontrado en los talleres de Luís un ambiente que tal vez contradice la imagen que se habían creado sobre el trabajo en las factorías capitalistas estadounidenses. Se exige respeto a la puntualidad y calidad en el trabajo, como debe ser, pero se atiende el componente humano en su rica diversidad.

De la puntualidad, el contenido de trabajo, de los servicios que presta la compañía (gabinetes, puertas, mesetas, construidas e instaladas) me habla Luís, pero del trato que reciben me hablan los trabajadores, sin que los oiga él: que siendo una compañía pequeña y reciente, les paga vacaciones, así como días feriados; que cuando alguien ha tenido un problema familiar no ha disminuido su ingreso semanal por faltar unas horas; que cuando   alguno ha concluido más temprano su desempeño se incorpora a otra labor, con lo que diversifica la capacitación y completa la jornada laboral.

Pero, de todos los ejemplos, uno me conmovió. Un trabajador que apenas lleva dos meses en la compañía, sirviendo como carpintero, tiene la madre muy grave en Cuba. Debía ir a acompañarla en el final inminente de su vida. Hacía solo unos días le habían entregado el uniforme al operario, con la sigla en el pecho: LMWI. Cuando entró a la oficina de Luís, ya este sabía la pena que le aquejaba, pero no que se iría por tiempo indefinido.

El empleado, incapaz de pedir que le reservaran su puesto,  puso el uniforme encima de la mesa, cuando exclamó: Me tengo que ir. Luís se puso de pie, lo abrazó como a un hermano, le devolvió el uniforme y le dijo: Cuando regreses, al día siguiente vienes para acá, este es tu trabajo.

Luís es un inmigrante afirmativo, que coadyuva al crecimiento de este país, como habría contribuido al suyo de haber tenido las condiciones que en este le han hecho progresar. Y como en el mundo donde habitamos señalar el bien es un modo de alimentarlo,  exaltar el caso de él es situarse al lado de quienes, al entender el provecho de la inmigración positiva, encomian lo mejor de la conducta humana. 

 

 


viernes, 12 de enero de 2024

Dulce María Borrero, en el 79 aniversario de su muerte

 El 15 de enero de 1945 murió en La Habana Dulce María Borrero, a los 61 años de edad. Aunque es una figura imprescindible en la historia de la literatura y  pedagogía cubanas, apenas aparece su nombre –y mucho menos sus propuestas pedagógicas– en el ámbito escolar de las últimas décadas, cuando su utilidad formativa debería no solo aprovecharse en su país, sino desbordar sus fronteras.

Probablemente, hacia las décadas de 1970-80 los maestros cubanos escucharon más el nombre de Nadezhda Krúpskaya –ajena a la tradición pedagógica de la Isla– que el de Dulce María Borrero,  cuando ella ocupó un lugar muy visible en el ámbito pedagógico de la primera mitad del siglo XX de su país. La también poetisa y bibliógrafa nació en La Habana el 10 de septiembre de 1883, en una familia de reconocidos intelectuales, como lo fue su padre Esteban Borrero (médico, pedagogo, poeta, narrador) y su hermana Juana Borrero (poetisa modernista y pintora).

Dulce María, al nacer en un ambiente en que sus padres simpatizaban con la independencia de la Isla, tuvo que salir al exilio muy temprano y a los 12 años   está viviendo en Cayo Hueso, donde se integra a la efervescencia patriótica  que caracterizó a sus compatriotas emigrados. Allí, en revistas cubanas  dio a conocer sus primeros versos. Más tarde se trasladó con la familia a Costa Rica, donde vivió hasta el regreso a La Habana en 1899, recién concluida la  Guerra de Independencia.


Durante las primeras décadas de la República nacida en  1902, Dulce María tuvo un ascendente papel en la cultura de su país. En 1908, recibió el primer premio de los Juegos Florales del Ateneo de La Habana y en 1910, al crearse la Academia Nacional de Artes y Letras de Cuba, la hicieron miembro de número. Después fue codirectora, junto a Miguel Ángel Carbonell, de los Anales de esa institución. En 1935 ocupó la dirección de Cultura del Ministerio de Educación y en 1937 fundó la Asociación Bibliográfica de Cuba. En medio de estas responsabilidades, escribió una extensa obra poética y en prosa, destacándose sus escritos relacionados con la educación, aunque también de gran valor y muy adelantadas  para su época sus consideraciones cívicas, sociales y, llamativamente, su defensa de los derechos femeninos, lo que se aprecia en artículos suyos como  “La fiesta intelectual de la mujer: su actual significado; su misión ulterior” (1935) y “La mujer como factor de paz” (1938).

Asimismo, fue reconocida como una genial  bibliógrafa, tanto por sus aportes a la ciencia del estudio general del libro,  como en sus recomendaciones para el ordenamiento y dirección de una biblioteca.

Aunque sobre cada una de las vertientes en que se destacó Dulce María Borrero pudiera escribirse un extenso ensayo,  nos detenemos en el ámbito pedagógico por la trascendencia de su ideario. En el proceso de creación  de un sistema de enseñanza en Cuba a inicios de la República, el nombre de Dulce María fue sobresaliente.  Cuando, en 1916, los miembros de la Sociedad Cubana de Estudios Pedagógicos estudiaron cómo adaptar las corrientes educativas internacionales a la realidad cubana, ella tuvo un papel destacado. Entre  ellos, se tomó el ejemplo de la llamada Escuela Nueva, con el concepto del pedagogo estadounidense John  Dewey sobre la autonomía del escolar, enfatizando que solo se podría alcanzar una plena democracia  a través de la educación y la sociedad civil. Bajo esta influencia, Borrero propuso que el niño fuera tratado como sujeto del aprendizaje y de la educación al servicio de la vida. En una conferencia dictada en 1938, titulada “Nuevo sentido de la misión del maestro en la escuela renovada”, consideró a la Escuela Nueva como una reacción positiva contra el atraso de la metodología pedagógica tradicional, y se pronunció por la reforma de las Escuelas Normales cubanas, nacidas en 1916.

Como expresó Dimas Castellanos en su escrito “La pedagogía de Dulce María Borrero: el único remedio a nuestros males”, ella “manifestó la admiración por las ideas de Pestalozzi acerca de que los niños deben aprender a través de la actividad, ser libres de perseguir sus propios intereses y deducir sus propias conclusiones. En la Revista de Instrucción Pública, de la cual fue redactora entre 1926 y 1928, publicó textos como: ‘Misión suprema y supremo deber del maestro’, ‘Las Escuelas Normales de verano’, ‘La vida del niño campesino de Cuba’, ‘Viajes de instrucción a los maestros’, ‘La ornamentación de la escuela’, ‘Instrucción complementaria del maestro’, ‘La cooperación de los maestros y los padres de familia’ y ‘La vocación y la escuela’. Todos conforman un compendio de observaciones, criterios y propuestas para elevar el nivel de la pedagogía cubana”.

La labor de ella en defensa de la escuela pública, del papel del maestro en la sociedad y sobre el carácter formador de la escuela, resultan una fiel continuidad y adaptación a su tiempo de los grandes pedagogos cubanos del siglo XIX como fueron el padre Félix Varela y José de la Luz y Caballero. Deberían, por tanto, ser un antecedente legítimo a la pedagogía de nuestro tiempo.

Mucho hay que agradecerle a aquella exquisita poetisa, a quien debemos también la iniciativa de celebrar en Cuba el Día de los Padres, hecho realidad el 19 de junio de 1938. Con ello los padres, como los educandos, bibliófilos, mujeres, amantes de la poesía y de la cultura en general, podemos agradecer a aquella inteligente y sensible mujer, en este 79 aniversario de su ausencia física, toda la luz que trajo al mundo.

viernes, 5 de enero de 2024

Los Reyes Magos del 6 de enero

 En estos días se recuerda a los Reyes Magos, de los que siempre se hablará porque están afincados en lo más profundo de la cultura cristiana. Sin embargo, la percepción que hoy los niños pueden tener sobre ellos es diferente a la que correspondió a generaciones anteriores. Décadas atrás, aún persistía el encanto infantil de que el buen comportamiento sería premiado en el amanecer de cada 6 de enero, cuando aparecerían los reyes Melchor, Gaspar y Baltazar a introducir subrepticiamente, en alguna esquina de la casa (preferentemente debajo de la almohada) el ansiado juguete que deseábamos.  No siempre coincidía el regalo recibido con el anhelado, muchas veces indicado en una cartica cariñosa a los mejores reyes de los niños, cuando los menores del hogar no relacionábamos la humildad del premio con la pobreza de nuestros padres.

Adoración de los Magos. Leonardo da Vinci, 1491.

En cambio, más allá del valor consustancial al objeto físico en que se representa el quehacer de los adultos y con el que los niños comienzan a ejercer en juego sus oficios, la alegría infantil se desbordaba cada 6 de enero porque, en general, era el único día del año en que se recibían los juguetes. Hoy, cuando las tiendas están repletas de ellos los 365 días del año –excesivamente mostrados en los países más desarrollados desde una motivación comercial– y cuando es frecuente que se complazca al hijo cada vez que levanta la mano hacia uno de los anaqueles donde se exhiben, es difícil sostener el atractivo misterio de que tres hombres barbados atraviesan en camellos llanuras, desiertos, nieve, montañas,  para  hacer realidad el sueño de pilotear aviones de juguetes o abrazar a una princesa en la hermosa muñeca recibida.

Tanto se ha perdido aquella fascinación del 6 de enero, que ahora nos resulta difícil seleccionar el juguete adecuado para regalar. A la hora de elegir, ya no nos preguntamos qué juguete le gustará, sino, qué juguete no tendrá. Tanto se ha abusado de atiborrar a muchos niños con ellos, que la habitación en que viven semeja más una juguetería que un dormitorio. Por momentos, parece que existe una especie de competencia no anunciada entre parientes y amistades, para ver cómo se sobrepasa al hijo del prójimo en el alcance de ese tesoro infantil que, por su exceso, pierde esa condición.

Es verdad que la vida cambia y siglos de civilización han impuesto continuas transformaciones que modifican las costumbres. No podía ser diferente en la asunción de la festividad bíblica del 6 de enero, originada en el mito que cuenta de aquellos tres magos que, guiándose por una estrella milagrosa, arribaron a Belén a bendecir al niño Jesús ­cuando fueron avisados de que en él se cumplía la profecía de la llegada del hijo de Dios. Entonces, los Magos le regalaron oro, incienso y mirra –según el Evangelio de San Mateo–, pero con el tiempo y ya nombrados Melchor, Gaspar y Baltasar, ese día se convirtió en la fecha ideal de regalar juguetes a los niños de la cristiandad.

Que se haya perdido la magia de la existencia de los Reyes Magos no entraña un peligro cognoscitivo, porque, simplemente, se trata de una aprehensión del mito.   En realidad, en la Biblia no aparecen como reyes, ni sus nombres, ni que eran tres, pues solo se les menciona como magos (magós, que en griego significa hombre sabio). Fue posteriormente cuando se fue construyendo el mito y vino a ser hacia el siglo III de nuestra era que se les llama reyes.  El nombre de cada uno se cuenta después, identificándolos como Bithisarea, Melichior y Gathaspa, como se les presenta en una crónica del siglo VIII conocida como Excerpta latina barbari. Ellos serían nuestros Baltasar, Melchor y Gaspar, supuestamente reyes de Arabia o Etiopía, Persia y la India, en ese orden, por lo que siempre se dijo que venían del Oriente.

Seguramente el número de reyes –afirmado por el papa León I en el siglo V– fue determinado por el número de regalos, pues uno llegaría con el oro, otro con el incienso y el tercero con la mirra. Hay una leyenda que alude a un cuarto Rey Mago, un tal Artabán, pero éste llegó tarde a Judea y quedó excluido de la leyenda, lo que da fuerza al refrán que acuñó William Shakespeare: “Mejor tres horas demasiado pronto que un minuto demasiado tarde”.

Lo triste del presente 6 de enero es saber que este año los niños de Belén no están esperando a los Reyes Magos, porque el miedo a los bombardeos cercanos apenas les impulsa a invocar un solo regalo: que termine la guerra para poder jugar en paz.

 

viernes, 15 de diciembre de 2023

Diálogo con el autor de Bienaventurados los perseguidos

 Luis Enrique Alfonso Hernández es el autor de la novela Bienaventurados los perseguidos, publicada recientemente por Classic Subversive. Al leer esta extensa obra, me llamó la atención que el escritor iniciara el camino de las letras con un empeño de esa magnitud (casi 600 páginas), logrando mantener la estructura, coherencia, manejo de los protagonistas, los diálogos, nivel dramático, clímax y desenlace de una obra capaz de complacer las exigencias del lector.

Después, conociendo algunos datos de la biografía de Alfonso Hernández –cubano que actualmente vive en España–, tuve la impresión de que, en el personaje central (Leal) hay una especie de alter ego del autor, por lo que la entrevista que le propuse comienza interesándose en esta correspondencia.


¿Cuánto hay de testimonial en Bienaventurados los perseguidos?

Mucho, recreado literariamente, por supuesto.

¿Hay un motivo extraliterario que te compulsó a escribir Bienaventurados…?

Básicamente un motivo cubano. No sé si el dolor cubano está fuera o dentro de la Literatura, pero sé que está dentro de la nación adolorida.

Leal, protagonista central de tu novela, es un oficial de la Seguridad del Estado cubana que, estimado hasta por el Primer Secretario, pudo alcanzar y disfrutar de altos cargos en la nomenclatura de la Isla. Sin embargo, termina rompiendo con ese cuerpo y, finalmente, yéndose al exilio. ¿Qué factores de su experiencia y personalidad lo compulsan a esa actuación?

Leal no ocupa altos cargos, es simplemente un operativo de fila de la unidad más selecta en el ámbito más elitista del apparachik, que se codea con los altos cargos de la nomenclatura. Llega a ello por su espíritu aventurero y romanticismo juvenil. En la medida que conoce el intríngulis político de la cúpula de poder sufre un proceso que transita de la decepción, pasando por la repugnancia y repudio, hasta el desprecio y la indiferencia. Deja de creer en la retórica del colectivismo social para centrarse en su familia. No se va a un determinado sitio, se va de Cuba.

En un entorno donde la corrupción se agiganta con la crisis económica, la figura de Isabela representa una naturaleza moral, ética, bondadosa y jovial, profundamente humana, que no concuerda con el medio en que se desenvuelve. ¿Qué significado te propusiste dar a su figura?

Isabel representa la posibilidad de preservar el alma pura bajo cualquier circunstancia. Su historia es muy recurrente, la belleza, el amor y el bien hacer se tornan insoportables para los chapuceros que odian y, por tanto, en blanco de su acecho destructivo.

En un espacio donde se insiste en que la revolución es lo primero y que coadyuvó, incluso, a una fragmentación de las relaciones familiares, ¿hasta dónde tu acento en la familia se propuso contradecir los postulados indicados?

No sólo los postulados indicados por la supuesta revolución cubana, sino las tendencias woke globalitarias, que es sabido ambas tienen en común, en última instancia, una base filo marxista con diferentes grados de sutileza. El debilitamiento de la familia facilita el manejo de la sociedad como una masa desamparada por el grupo de poder, independientemente de la élite que lo ejerce o pretenda ejercer.

Vuelves más de una vez en la novela a 1989. ¿Qué significó para el narrador el fusilamiento del General Ochoa?

En consecuencia, con su generación, esos acontecimientos no significaron un momento culminante sino un punto de partida. Como el detonante que hizo prestar atención. La pérdida de la virginidad.

Creo que tú mismo correspondes a ese grupo de perseguidos bienaventurados en que se inscribe el protagonista de tu novela. ¿Tendrías algo que transmitir en ese sentido?

No creo que en Cuba exista una persona que no haya sido perseguida por un vecino o colega de trabajo envidioso, el chivato que deposita su certidumbre en la creencia de que pertenece a algo superior, un burócrata que ejerce su pequeña cuota de poder o el apparachik llamado a garantizar la sumisión. Es cierto, y triste, que parte de la buenaventura a la que aspiran, me atrevo a decir que la mayoría de los cubanos, radica en la emigración o el exilio; sin embargo, creo que no basta. La gran buenaventura es resultado de la paz interior, durante mucho tiempo lo consideras un cliché, pero lo entiendes cuando lo consigues. Creo recordar que fue el genial Cabrera Infante quien avisó que los cubanos nacemos culpables.

 Me parece muy bien logrado el final que das a tu novela, donde también aciertas en el manejo de los personajes, el argumento y la trama.  ¿Te propusiste dejar al lector imaginar el fin del conflicto en el que se desarrolla la obra?

Gracias. Algo de eso hay, pero no fue un proceso tan imaginativo porque los bienaventurados, incluso los lectores extranjeros, asisten al único final posible, pese a que la novela solo cuenta una parte de la desgracia colectiva.

Te dedicas actualmente a la actividad comercial (como Leal), distante de la literatura. Sin embargo, te das a conocer como escritor con una extensa novela que considero muy bien lograda. ¿Cómo te enfrentaste al oficio de escribir?

Muchas gracias. Llego al exilio a construir otra vez desde cero, con más de cincuenta años, la fortaleza de una familia invencible y una historia que contar. Creía que haber escrito informes de trabajo, tesis o cartas y ser un lector empedernido sería suficiente, más el empeño; sin embargo, nada más comenzar te das cuenta de que por respeto a quien vaya a leerte, te merece un esfuerzo y estudio serio. Me inscribí en la Escuela Tinta Púrpura de la escritora y editora madrileña Covadonga Gonzales Pola. Además, el privilegio del arropamiento de Carmen Capdevila, Tony Gómez y Alberto Sicilia, genial equipo de ClassicSubversive Editions. Gracias a todos ellos tuve la oportunidad de descubrir semejante deleite.

Al terminar esta novela, ¿qué nuevos proyectos literarios tienes?

Otra novela. Leal e Isabela ya en libertad, testigos y cómplices de la deseada transición hacia la democracia en su amada isla, acechada por un extenso y enmarañado enjambre de corrupción, empresas fantasmas y testaferros al servicio de intereses privados de los principales personeros del viejo establishment en componenda con determinadas élites globalitarias. Donde otra vez, quien se sienta reflejado, seguramente será intencional. Pero el narrador no acusa, solo cuenta la repugnancia y el hastío.

viernes, 8 de diciembre de 2023

Cicerón murió por defender la República romana contra la dictadura

 La historia permanentemente nos enseña y, por muy antiguas que sean sus lecciones, siempre la actualidad encuentra asideros útiles en ellas. La frase “aguas pasadas no muelen molino”, no contradice la posibilidad de auxiliarnos en el pasado para entender el comportamiento político del tiempo en que vivimos.

Hay tal cúmulo de entrelazamientos entre los acontecimientos históricos más lejanos y los actuales que desoírlos es, cuando menos, imprudente. Uno de ellos lo relaciono con Marco Tulio Cicerón, asesinado  en Roma el 8 de diciembre del año 43 a.n.e. por su enérgica defensa al gobierno republicano establecido, frente a los intentos de imposición de una dictadura, la que finalmente se implantó con la creación de lo que fue el Imperio romano.

Busto de Cicerón, en bronce, en la Biblioteca Mazarine, París

El móvil para asesinar a uno de los más grandes pensadores de su tiempo encuentra en la historia, desde esos días hasta hoy, múltiples repeticiones, avisos y ángulos interpretativos. Llama la atención que uno de los pocos libros que José Martí incluyera en su mochila de campaña al salir para la guerra en Cuba fue una biografía de aquel senador romano. El 16 de abril de 1895,  confiesa en carta a María Mantilla que lleva consigo el libro Vida de Cicerón.

Con aquel libro, adquirido en Cabo Haitiano, llega a la Isla el  11 de abril de 1895, junto a Máximo Gómez y otros cuatro compañeros. ¿Por qué, en tan apretado equipaje, junto a la hamaca, algunos proyectiles, medicinas y un mapa de Cuba, Martí lleva a la guerra una biografía de Cicerón y no un libro sobre táctica militar? La elección debió relacionarse, inobjetablemente, con la preocupación más grande que tenía el líder cubano en el marco de una guerra de la que él fue su genial organizador: defender desde el inicio el carácter democrático que debía asegurar el establecimiento de una república libre,  frente a  líderes militares que pudieran ponerla en peligro por ambición de poder, favorecidos desde la gloria de los triunfos militares. 

El marco en que se produce la muerte de Cicerón implicaba esa misma  contradicción. Los líderes militares, triunfadores en las grandes campañas que extendieron el poderío romano, pugnaban por suplantar una República donde los tribunos, senadores y otros representantes eran electos, por el poder unipersonal concentrado en un dictador militar.  La rivalidad entre unos y otros afloró en el asesinato de Julio César (44 a.c., quien subordinó al Senado y toda la autoridad a su mando. Cicerón era senador y su crítica a César y a su sucesor, Marco Antonio, cuando se daban los primeros pasos por sustituir a la república por el imperio, determinó que fuera una de las víctimas de la purga que persiguió a los defensores de la democracia romana, con todas las contradicciones y debilidades que poseía en el marco de una sociedad esclavista.

El historiador Plutarco nos cuenta el último momento del gran orador, filósofo y político romano: 

“Llevándose, como era su costumbre, la mano izquierda a su mentón, miró fijamente a sus verdugos, sucio del polvo, con el cabello desgreñado y el rostro desencajado por la angustia, de modo que la mayoría se cubrió el rostro en el momento en que Herenio lo degollaba (…) Tenía 64 años. Por orden de Antonio le cortaron la cabeza y las manos con las que había escrito las Filípicas. Una cabeza y unas manos que Antonio ordenó exponer como trofeos, para que todo el mundo en Roma pudiera contemplarlos, sobre el Rostra, la misma tribuna de los oradores desde la que pocos meses antes Cicerón había sido aclamado por la multitud”.

Finalmente, elijo unas palabras de Stefan Zweig sobre Cicerón, porque el escritor pacifista austríaco es también un digno ejemplo de la defensa de la democracia frente al poder de los autócratas. El autor de Fouché seleccionó a Cicerón para el inicio de su obra Momentos estelares de la humanidad, donde dice sobre él:

“Ninguna acusación formulada por el grandioso orador desde esa tribuna contra la brutalidad, contra el delirio de poder, contra la ilegalidad, habla de modo tan elocuente en contra de la eterna injusticia de la violencia como esa cabeza muda de un hombre asesinado. Receloso, el pueblo se aglomera en torno a la profanada Rostra. Abatido, avergonzado, vuelve a apartarse. Nadie se atreve –¡Es una dictadura!– a expresar una sola réplica, pero un espasmo les oprime el corazón. Y, consternados, bajan los ojos ante esa trágica alegoría de su República crucificada”.

Cuánto enseña ese ejemplo, ocurrido hace 2066 años, a estos tiempos en que, en medio de una democracia considerada una de las más avanzadas del mundo, se escuchan discursos populistas que arrastran tras una imagen “salvadora” –arrogantemente cesariana–, la política de una nación civilizada. 

viernes, 1 de diciembre de 2023

Ha llegado diciembre

 Ha llegado diciembre en un abrir y cerrar de ojos, como se dice. ¿Es que las transformaciones impuestas por la revolución tecnológica más acelerada de la historia nos hacen percibir el paso del tiempo a mayor velocidad, o es que con el avance de la edad quisiéramos que los años nos duraran un poco más? A casi todos los adultos nos parece que en los lejanos años de la infancia entre una Navidad y otra discurría un tiempo enorme. Aquellos trescientos sesenta y cinco días que debíamos esperar para la próxima llegada de los Reyes Magos contenían tanta vida que el regreso del regalo navideño se alargaba en  el  tiempo, una magia que   ha desaparecido con los regalos al alcance de la mano, sin adornos seductores, en cada día del año.

Es que ya estamos en el diciembre del Calendario Gregoriano, el duodécimo mes del año y que, aunque está entre los más largos por contar con 31 días, es tan dinámico como las fiestas y luces que le ­engalanan. Su nombre nace del latín decembris, una derivación de la voz decem, que significaba diez. La razón es que en la medición del tiempo de la antigua Roma, que empezaba en marzo,   diciembre era el décimo mes. A aquel calendario de diez meses, Numa Pompilio  (753-674 a. C.), siendo el segundo rey de Roma, le agregó enero y febrero. Siglos después, en el año 46 a.C., el emperador Julio César introdujo el Calendario Juliano, también dividido en 12 períodos, empezando en marzo. Vino a ser el Gregoriano, originado en España y aprobado por el papa Gregorio XIII en 1582, el que convirtió a diciembre en el mes número 12, último del año.

Al establecerse el Calendario Gregoriano se perdieron diez días, pues se decretó que 
el día siguiente al jueves, 4 de octubre (jueves), sería viernes 15 de octubre de 1582. 

Sin embargo, la palabra diciembre, como la conocemos hoy, no viene a aparecer en el Diccionario de la Lengua Española hasta 1732, cuando el llamado Diccionario de Autoridades –antecesor inmediato de la RAE– lo incluye como “duodécimo mes del año, que tiene 31 días”.

Después de esta breve disquisición, retomamos el motivo de elegir diciembre para estas líneas, que es ver la ciudad engalanada desde el Thanksgiving, con todo el resplandor de sus luces multicolores iluminando sus diversas calles, avenidas, portales, parques, lugares públicos y privados. Es como si el último mes del año modificara no solo el entorno en que vivimos, sino también la mentalidad con que admiramos la naturaleza y la creación humana, enriquecida con una espiritualidad que se expande a lo conocido y lo ignoto, con la esperanza de que el engalanamiento del espacio contribuya a nuestro embellecimiento interior.

Como todo es nacimiento y fin, el año también lo es, por lo que diciembre asume la vejez y terminación del tiempo encerrado en doce meses, por lo que su espera, y despedida para el reinicio de un nuevo ciclo, se asume como cumplimiento y compromiso: lo alcanzado en los últimos doce meses y lo que nos proponemos para el año siguiente. En su asunción, se refleja la diversidad humana en los distintos componentes de la personalidad. Si para el poeta peruano César Vallejo, –cuyo pesimismo llega al verso “diciembre con sus 31 pieles rotas”–, hay un desencanto en cada día de un mes que debió serle doloroso y frío, en Francisco de Quevedo hay un hálito de optimismo pletórico de alegorías cuando escribe: “Cuando llega diciembre y las lluvias abundan/ ellas con las acacias tornan a florecer”. Mientras,  en  la poetisa   colombiana Meira Delmar (1922-2009) hay una alegre nostalgia al “ver llegar las golondrinas/ que con diciembre regresaban”.

Diciembre es un nombre que aparece en títulos de poemas, novelas, filmes, pinturas y en múltiples expresiones de la realización humana, no solo por ser el que contiene la fecha de devoción espiritual más extendida en la civilización cristiana –la Navidad–, seguida del Año Nuevo, enlazando los días festivos más intensos, sino también por la enorme implicación simbólica que atesora.  Por ello, en la sabiduría sintetizada en los refranes también nos encontramos con sus letras, desde su doble percepción, como vemos en el refrán italiano: “Dicembre, dà freddo al corpo ma gioia al cuore (Diciembre da frío al cuerpo, pero regocijo al corazón”).