viernes, 24 de mayo de 2024

Saber de Froilán Escobar, un escritor profundamente martiano

 Cuando a principios de la década de 1990 leí Martí a flor de labios, acabado de publicar en Cuba, encontré al Martí que yo andaba buscando: a quien fue, en medio de su grandeza y genialidad, antes que un héroe, un ser humano.

Cuando muchos de los textos que se publicaban en Cuba presentaban al autor de La Edad de Oro como un héroe nacional insertado en un lenguaje estereotipado de servicio ideológico, o inmerso en el yeso intocable de innumerables bustos, vino el libro de  Escobar  a  traernos una  imagen menos sacralizada sobre aquel hombre inmerso en la complejidad de una guerra de la que fue el mayor organizador, pero también en la naturaleza íntima de su ser. De aquel texto, dijo Cintio Vitier: “Este libro es un suceso prodigioso (...) no conozco otro semejante”.

Después, apenas oí  hablar de Froilán en Cuba, aunque en 1997 apareció  una hermosa edición crítica titulada José Martí, Diarios de campaña, ricamente anotada e ilustrada, en la que su nombre aparece en segundo lugar, precedido por el de Mayra Beatriz Martínez, si bien quienes leen Martí a flor de labios adivinan en las notas la jerarquía del mismo autor.

Es ahora que he venido a saber que desde 1992 Froilán Escobar vive en Costa Rica, donde ha publicado varios libros, ha sido un reconocido profesor universitario, ha recibido premios nacionales de periodismo y literatura, así como una atención de la crítica que hace justicia a su riqueza y originalidad narrativa.

El motivo de la pesquisa sobre el escritor fue encontrarme con la novela La noche bella no deja dormir, publicada en Alemania por Ilíada Ediciones y con prólogo de Amir Valle. Desde identificar en el título una frase martiana del Diario de campaña, entendí que el autor de Martí a flor de labios nos entregaba novelada la travesía del héroe entre Playitas y Dos Ríos. Lo encontré en redes sociales, le escribí y antes de dos horas tuve la sorpresa de su llamada a mi teléfono, desde Costa Rica. Hablamos largamente, una, dos, tres veces, y la afinidad martiana nos convirtió en amigos, desde cuya cualidad le pedí responder a unas breves preguntas para La Gaceta:

Aunque sabía que pintabas exquisitamente con la palabra (lo percibí desde leer tu bello libro Martí a flor de labios), no conocía que también lo hacías con el pincel. Lo supe al ver tu nombre como autor de una obra que se presentará próximamente en una exposición en Creative Pinellas, en la bahía de Tampa. Háblame de esa pintura –Flora y fauna– y de tu creación como artista plástico.

Desde niño, como mi padre, hago ventanas. Él como carpintero las hacía para ponerlas en las casas. Yo las escribo, las pinto, las imagino, para ver el mundo. Es mi manera de asomarme, desde mí mismo. Avizoro así lo que me espera, me acerco a lo que me falta. Es así como hago para estar o para tener lo que está fuera de mí, o para encontrar lo que vive en mí.

Asomémonos a tu mundo literario, felizmente iniciado con el famoso curso délfico de José Lezama Lima. ¿Qué significó para un hijo de San Antonio de los Baños el enorme regalo de la amistad con el padre de Orígenes?

Corría el año 1962 cuando conocí a Lezama. Rondaba yo entonces los 18 años. Recién había llegado a La Habana desde San Antonio de los Baños, mi pueblo. Escribía mis primeros poemas y leía como un ­desaforado. Estaba descubriendo el Yin y el Yang de la literatura cuando, en una librería de segunda mano de la calle Neptuno, encontré dos cuadernos de poemas de Lezama que me sacudieron: Enemigo rumor y Aventuras sigilosas.

Entonces yo trabajaba como mensajero en una revista en la calle Trocadero y alguien de allí, que vio el nombre del autor, me dijo que Lezama vivía al cruzar la esquina, en la casa número 162.

Al salir del trabajo fui corriendo, toqué y quedé expectante, detenido ante la puerta. Cuando él salió, gordo, bamboleante, sin que mediara ningún preámbulo, le dije: Lezama, soy un joven poeta que encontró estos dos libros suyos y quiere conocerlo. Y sucedió lo inolvidable. Sonriente me respondió: “Que pase la poesía”.

Fue el comienzo. No paré de ir a verlo. Fui uno de los ­lectores de los textos de fundación que él prestaba en su Curso Délfico (Popol Vuh, Bhagavad Gita, I Ching, la Biblia, la Torá, el Chilam Balam, El Monte, de Lydia Cabrera, etc., para cerrar el revelador círculo con el Diario de Campaña de José Martí). Fuimos amigos hasta su muerte, en 1976.

Aunque no es tu primer libro, Martí a flor de labios (1991) provocó una fascinación en los lectores cubanos, no solo en especialistas de la estatura de Cintio Vitier, sino  en general en el amplio público martiano. ¿Hasta dónde te propusiste con esa obra una sincera y necesaria desmitificación del héroe más sagrado de los cubanos?

A finales de los años 60 trabajaba como periodista en La revista de Cuba y recorría la Isla queriendo descubrirla. Ya había leído, muchas veces, los diarios de campaña de José Martí y tenía conmigo una edición crítica donde, para mi sorpresa, por problemas de lectura en la transcripción del original, escrito a mano por José Martí, aparecían errores en nombres de lugares y quedaban vacíos en la transcripción (como en la noche del 18 de abril de 1895) que no se habían podido desentrañar, porque la fuente era, únicamente, el documento escrito. Entonces se me ocurrió hacer, como diría Cintio Vitier, “una lectura del Diario contra la vida”. Diario en mano, recorrí los casi 300 kilómetros que van desde Playita hasta Dos Ríos. Para mi sorpresa, descubrí que aún vivían siete de los campesinos a los que se hacía referencia en el Diario. Excepto uno (el hijo del prefecto Rosalío Pacheco), vivían en el mismo lugar donde Martí los había conocido. Hablé con ellos, los entrevisté, me detuve con minuciosidad en lo que decían, en sus casas y en los lugares donde los mambises hicieran campamento. Las entrevistas, después, se convirtieron en un libro: Martí a flor de labios, publicado por Editora Política, 1991, con un hermoso prólogo de Cintio.

Como salí de Cuba en 1992, la edición crítica que dejé armada, con prólogo y anotaciones de mis hallazgos, titulada José Martí, Diarios de campaña, quedó en manos de ­Mayra Beatriz Martínez, para ser publicada por la Editora Abril, la cual finalmente apareció en 1997 con el crédito de Mayra Beatriz y el mío (en las sucesivas ediciones que se han hecho, mi crédito ha sido borrado).

Creo que a partir de ese texto el resto de tu obra literaria la has escrito en Costa Rica, aunque los libros aparecieran en editoriales de Colombia, Argentina, España. En esos libros en que se entrelazan ficciones y realidades, ¿cuánto hay de Cuba?

Del lugar donde uno pasó su infancia y adolescencia no hay escape. No importa hacia dónde caminemos, Cuba está en nuestros pasos sin importar la estrella que nos espera o donde pongamos el pie.

¿Prefieres ser llamado cubano-costarricense, como te identifican algunos medios, o ser nombrado como un cubano que vive en Costa Rica?

El universo pasa por el patio de cualquier casa. Pero, para un cubano excomulgado, que ve críticamente la realidad que vive la Isla, es bueno irse a vivir al mundo, sin detenerse en cómo lo nombren.

¿Qué satisfacciones te ha traído tu labor docente en Costa Rica?

Hago lo mismo que hicieron conmigo Lezama, Cintio, Fina y Onelio. Reconozco. Motivo. Impulso. He sido profesor universitario alrededor de 30 años, especialmente de la crónica, en la carrera de periodismo. Actualmente imparto talleres, vía Zoom, sobre los posibles puntos de partida de la narración en el cuento y en la novela.

En tu último libro –La noche bella no deja dormir– vuelves a Martí, ofreciéndonos nuevamente un “exquisito trabajo de fabulación literaria e imaginación” como dice en el prólogo el escritor y editor Amir Valle. ¿Por qué, otra vez, Martí?

José Martí sigue en uno. Va con uno. Se teje con nosotros su urdimbre. Como dice Lezama: “Es un misterio que nos acompaña”.

¿Podrán los lectores cubanos disfrutar La noche bella..., como disfrutaron tu Martí a flor de labios?

Me gustaría, pero no creo que en Cuba se publique. No creo que se acepte que lo descubro de otra manera, fuera de los estereotipos, en relación con el amor y con la muerte, porque esa manera mía rompe con las estatuas en que lo hemos convertido.

 


viernes, 17 de mayo de 2024

Última página del Diario de campaña de José Martí

 El 17 de mayo de 1895 José Martí se encontraba en el campamento de La Vigía, en Dos Ríos. Como menciona en su Diario de campaña, ese día solo le acompañaban 12 hombres, a pesar de ser el máximo dirigente político de la Guerra de Independencia cubana y cuando todos sabían que las tropas españolas estaban detrás de los insurrectos.

Cómo se explica que una figura en quien recaía la mayor responsabilidad en el ordenamiento de un gobierno que encausara el país hacia la independencia estuviera  ese 17 de mayo con tan  inconcebible desamparo. Si entonces una avanzada española hubiera llegado a aquel débil campamento, se habría repetido la cacería inexplicable que sufrió Carlos Manuel de Céspedes en San Lorenzo.

La indefensión entre la ­jerarquía mambisa lo alcanzó dos días después, cuando acompañado únicamente por el soldado imberbe Ángel de la Guardia apareció a galope frente a los fusiles españoles que lo fulminaron. Estaba en la guerra y le sobraba el valor para morir combatiendo, pero estaba más atento a los otros que a sí mismo. Así lo apreciamos en la última página del Diario, cuando nos da detalles de quienes le acompañan y por cuyas líneas entraron a la historia.

También es incomprensible la demora inútil en Dos Ríos. La única razón de la acampada era la necesidad de sostener una reunión con el general Bartolomé Masó, como lo hicieron él y Máximo Gómez en La Mejorana con Antonio Maceo. Eran los dos generales con mayor mando en Oriente y si con el Titán de Bronce hubo fricciones en torno a la organización del gobierno, ellos esperaban que el Héroe de Bayate contribuyera a limarlas.

Sin embargo, aunque le convocaron en carta del 12 de mayo al llegar a Dos Ríos y el 15 repitieron el aviso, vino a ser el 18 por la noche que Masó apareció, rodeado de unos trescientos hombres a caballo. A esa hora, Martí estaba escribiendo una hermosa carta a su amigo mexicano Manuel Mercado, quien nada tenía que ver con aquel lugar. Le estaba hablando de “sentimientos de tan delicada honestidad” cuando se oyó el tropel de los cascos. Por eso, no tuvo tiempo de escribir en su Diario el día 18, lo que tampoco pudo hacer el 19, pues lo impidió la muerte.

Al terminar de leer esas páginas del Diario de campaña que tanto impresionaron a María Zambrano, a José Lezama Lima y a tantos grandes escritores, nos quedamos con ese dulzor del higo, como hechizados con las palabras de aquel gran hijo de América.

Pintura de Esteban Valderrama, presentada en el
Salón de Bellas Artes de La Habana, en1918.

Última página del Diario: 17 de mayo de 1895

  Gómez sale, con los 40 caballos a molestar el convoy de Bayamo. Me quedo escribiendo con Garriga y Feria, que copian las Instrucciones Generales a los Jefes y Oficiales conmigo doce hombres, bajo el Teniente Chacón, con tres guardias, a los tres caminos; y junto a mí, Graciano Pérez. Rosalío, en su arrenquín, con el fango a la rodilla, me trae, en su jaba de casa, el almuerzo cariñoso: «por usted doy mi vida».

Vienen, recién salidos de Santiago, dos hermanos Chacón, dueño el uno del arria cogida antier, y su hermano rubio, bachiller y cómico, – y José Cabrera, zapatero de Jiguaní, trabado y franco, – y Duane, negro joven, y como labrado, en camisa, pantalón y gran cinto, y ... Ávalos, tímido, y Rafael Vázquez, y Desiderio Soler, de 16 años, a quien Chacón trae como hijo. – Otro hijo hay aquí, Ezequiel Morales, con 18 años, de padre muerto en la guerra. Y estos que vienen, me cuentan de Rosa Moreno, la campesina viuda que le mandó a Rabí su hijo único Melesio, de 16 años: “allá murió tu padre: ya yo no puedo ir: tú ve”.

Asan plátanos, y majan tasajo de vaca, con una piedra en el pilón, para los recién venidos. Está muy turbia el agua crecida del Contramaestre, – y me trae Valentín un jarro hervido en dulce, con hojas de higo.

 

 

viernes, 10 de mayo de 2024

Desde la última carta de Martí a la madre

 En ocasión de celebrarse el Día de las madres, felicitamos a todas desde La Gaceta, e incluimos en nuestra columna una de las cartas más hermosas enviadas por un hijo a la suya. Es la misiva enviada por José Martí a Leonor Pérez, cuando iba a salir hacia Cuba para incorporarse a la Guerra de Independencia. Cuando ella la tuvo ante sus ojos, él ya estaba en las filas del Ejército Libertador y no volverían a verse.

También, incluyo un fragmento de mi libro Luz al universo, en el que se plasman las relaciones de la madre con el hijo, miradas en retrospectiva a partir del instante en que ella está leyendo la carta.

Madre mía:

Hoy, 25 de marzo, en vísperas de un largo viaje, estoy pensando en Ud. Yo sin cesar pienso en Ud. Ud. se duele, en la cólera de su amor, del sacrificio de mi vida; y ¿por qué nací de Ud. con una vida que ama el sacrificio? Palabras, no puedo. El deber de un hombre está allí donde es más útil. Pero conmigo va siempre, en mi creciente y necesaria agonía, el recuerdo de mi madre. Abrace a mis hermanas, y a sus compañeros. ¡Ojalá pueda algún día verlos a todos a mi alrededor, contentos de mí! Y entonces sí que cuidaré yo de Ud., con mimo y con orgullo. Ahora, bendígame, y crea que jamás saldrá de mi corazón obra sin piedad y sin limpieza. La bendición.

Su, J. Martí

Tengo razón para ir más contento y seguro de lo que Ud. pudiera imaginarse. No son inútiles la verdad y la ternura. No padezca.

Leonor Pérez, la madre de José Martí, vivió en Tampa entre
el 11 de abril y el 28 de agosto de 1898.

Leyendo la carta del 25 de marzo, casi a la ida del sol, apretaba los ojos para sentirlo de nuevo, como en el alba de aquel 28 de enero, a los once meses de casada, cuando oyó el llanto de la criatura que nació de sus entrañas y levantó en vilo, ante los ojos felices de Mariano, para comprobar su condición de varón y, ya satisfecha, reconocerle la piel blanca, los ojos glaucos, las manos finas y la frente ancha, como de inteligencia y porvenir. Con ningún otro parto experimentó aquel desgarramiento, ese rompimiento de volcán.

De la tutela de Mendive lo vieron saltar a hombre sin apenas darse cuenta. Pero es que él se revolvió junto con el país, como si juntos hubieran cumplido la mayoría de edad. España empezó a perder a Cuba cuando la familia comenzó a perderlo a él. No se sabía bien cómo fueron engranándose los fermentos, pero después del 10 de octubre de 1868 no hubo hogar en Cuba que no conociera el nombre de Carlos Manuel de Céspedes, un infidente, un abogado bayamés que tuvo el atrevimiento de alzarse en armas contra el poder de Su Majestad de España, darles la libertad a sus esclavos para sembrar el ejemplo, y comenzar aquella guerra de tantos años, casi a machete, contra el Ejército Real.

Un día el hijo regresó de la escuela como iluminado, con un poema que evidenciaba su total adhesión al sentir de la patria: No es un sueño, es verdad: grito de guerra, / Lanza el pueblo cubano, enfurecido; / El pueblo que tres siglos ha sufrido / Cuanto de negro la opresión encierra.

 El niño había visto un esclavo ahorcado cuando estuvo con el padre en Hanábana, y se había jurado, en secreto que vertió en versos más tarde, lavar con su sangre el crimen. Solo tenía nueve años, y eso ya nadie lo pudo borrar de su mente. Después se supo que a partir del 10 de octubre el señor Mendive se acuarteló en su domicilio, entre un grupo de hombres donde permitían entrar a su hijo adolescente, a desplegar un mapa de la Isla para seguir el avance de los insurrectos.

Ya nunca más hubo calma. La Habana fue también un campo de batalla: tiros, gritos, panfletos, escándalos día y noche, y el colegio de Mendive hecho un hervidero.

Un día se apareció el hijo con un periodiquito estudiantil y más nunca, ni a ella ni al padre, entonces celador en Batabanó, se les quitó la preocupación. La verdad es que siempre llevó juntos los dos sentimientos, la adoración por la madre y el amor a la patria; aunque los deberes hacia lo que él llamó madre mayor –por el compromiso, no por quererla más–, le ocuparan la vida.

 Leyendo “Yo sin cesar pienso en Ud.” recordó el poema que le hizo el hijo cuando apenas tenía 15 años y ella cumplía sus cuarenta:

Madre del alma, madre querida, /Son tus natales, quiero cantar; /Porque mi alma, de amor henchida, /Aunque muy joven, nunca se olvida /De la que vida me hubo de dar.

Todavía lloraba recordándolos, pasando los ojos, casi sin poder leer, por ese “conmigo va siempre, en mi creciente y necesaria agonía, el recuerdo de mi madre”.

 

 



viernes, 3 de mayo de 2024

Ali Sánchez, una actriz llena de sueños viene a Tampa

 Aliani Sánchez es una actriz, modelo y humorista cubana que próximamente el público de Tampa podrá ver actuar en el espectáculo De Banao para el mundo, que se presenta como “la historia de una guajira, contada desde un auditorio”. Desde el título, apreciamos que con la obra la artista honra sus raíces, al presentar con gracia y sensibilidad el pueblito del campo cubano donde nació.

Ali, como es conocida la actriz, estudió en el Instituto Superior de Arte en La Habana y se dio a conocer en la televisión de su país en programas humorísticos de mucha aceptación como Sabadazo y Pateando la lata.

Como tantos artistas cubanos, emigró a Miami (2007) y en ese lugar ha enriquecido su profesión, actuando en  programas televisivos como  Sábado gigante y en la novela Alma indomable, de Venevisión. Asimismo, trabajó en obras teatrales como Oficialmente gay, Probation, Las Habaneras de hoyo colorao, Chamacos, Weekend en Bahía y otras.

Al saber que el  espectáculo Banao para el mundo, que ha sido muy aplaudido en  Miami, se presentará el próximo 26 de mayo en Tampa, solicitamos a la actriz una breve entrevista para La Gaceta, a la que accedió con prontitud y amabilidad.

¿Como una hija de Banao, en las montañas del Escambray, se convirtió en la talentosa actriz que conocemos hoy?

Con trabajo y sacrificio. Con enfoque, no importa de donde seas, la voluntad y constancia pueden llevarte a donde quieras llegar.

Para muchos actores cubanos ha resultado difícil reencontrase con su profesión en Estados Unidos. De hecho, algunos nunca lo han logrado a pesar de haber triunfado en su país en la televisión, el teatro, el cine. ¿Cómo explicas esta realidad y cómo te impusiste a ella?

Creo que me ha ayudado mucho mis ganas de crear, mi inquietud, el no quedarme tranquila, no conformarme, salirme de mi zona de confort y arriesgarme. He emprendido muchos proyectos que no me han funcionado, pero nunca he dejado que un fracaso me detenga, aprendo de ello, busco otros caminos y sigo sin jamás hacerle daño a nadie.

¿Por qué el tránsito hacia el humor?

El humor comenzó a ser mi camino principal en un momento donde todos estábamos muy necesitados de una risa, en la pandemia. Comencé a crear reels y vídeos para las redes durante la cuarentena y me sorprendió la cantidad de mensajes bellos que recibí de personas que me agradecían por haberles sacado una risa cuando estaban pasando por momentos difíciles.

Si el tiempo fuera manejable, ¿dónde lo habrías detenido un poco más, en Sabadazo o en Las Cazafortunas?

No detendría el tiempo en ninguna parte. Estoy muy agradecida por mi trayectoria y cada uno de mis capítulos, de todo he aprendido mucho y todo ha durado lo que ha tenido que durar.

Háblame de ti como actriz de teatro y de tu relación directa con los espectadores.

 El escenario siempre es la verdadera escuela. La actuación en general es un gran desafío. En el escenario no hay “corten, salió mal, repetimos”, en el escenario no hay segundas oportunidades, es tu verdadera conexión con el público, es tu capacidad de improvisar en caso de que sea necesario, es donde aprendes a controlar tus nervios. Mi prioridad es que los espectadores me vean justo como soy, sin filtros, sin ediciones, me gusta llegar a ellos con verdad y transparencia.

Creo que a fines de mayo estarás en la presentación de una obra en Tampa. Cuéntanos del grupo teatral, de tu actuación y de las expectativas con la presentación en una ciudad donde ya se te conoce. 

 El show  Banao para el mundo es para mí como desnudar mi alma en el escenario, es mi esencia. Estoy muy agradecida con todo el equipo, porque es realmente un “equipazo”.

Es un show donde se ríe mucho y también se llora, es un show que refleja no solo mi verdad, sino también la de muchos cubanos e inmigrantes que hemos llegado a este país llenos de sueños y ganas. Hacer esta presentación en Tampa me enorgullece mucho. Tampa siempre ha sido un lugar donde me he sentido como en casa y actuar allí me hace muy feliz.

Nota del editor: Agradecemos a Tampa Lector Consortium la conexión con la actriz Ali Sánchez. De Banao para el mundo se presentará en el Centro de Eventos Hard Rock, de Trampa, el 26 de mayo, a las 8 p.m. 

viernes, 26 de abril de 2024

La Vía Apia, una eterna calzada italiana

 El pasado 21 de abril la ciudad de Roma celebró el 2777 aniversario de su fundación, una fecha cuya anotación en la historia debemos  a Marco Terencio Varrón, un político e historiador de fines de la era antigua y principios de la nuestra, quien basado en leyendas y tradiciones (incluida la de los gemelos Rómulo y Remo amamantados por una loba) propuso una fecha exacta para el nacimiento de la ciudad de las siete colinas al este del río Tíber.

En esta tercera y penúltima crónica sobre mi reciente visita a Roma, quiero detenerme en uno de sus sitios históricos que más me impresionó: la Vía Apia.  Al llegar a espacios conservados de lo que fue aquella famosa calzada, ya había estado en El Coliseo, en espacios conservados de los acueductos, en algunas catacumbas y otros lugares privilegiados por el tiempo, pero al caminar por la piedras vivas sobre las que  hace dos mil años transitaron emperadores, militares famosos, patricios, plebeyos y esclavos –con tantos sueños, glorias, felicidad y dolor–, se produce una sensación de desolada infinitud.

 En la Vía Apia, converso con Maurizio Tripodi sobre
la grandeza de la ingeniería romana que concibió
esta obra hace más de dos mil años.

Caminé unos cuantos metros de la Vía Apia original al lado de Maurizio, Yenitza, Arianna y José Gabriel. Por momentos, nos fuimos agachando a tocar las piedras, a mirar construcciones a su alrededor que fueron testigos de salidas a batallas, regresos triunfales, sitios de descanso, intercambio de caballos, referencia de llegada y salida, atisbo de adversarios o, simplemente, remansos de amor y reanimación.

La vía, a la que el poeta Estacio llamó Longarum Teritur Regina Viarum (la reina de las carreteras largas), debe su nombre al político y militar  romano  ­Appio Claudio Ciego, quien en el siglo IV a.n.e. comenzó su construcción hacia el sur de Roma para trasladar los ejércitos durante las Guerras Samnitas. Su primera expansión se extendió hasta Capua, cerca de Nápoles, con más de 500 kilómetros de largo y unos 8 metros de ancho. En los siglos siguientes, incluidos los del Imperio Romano, fue expandiéndose hasta llegar a a Brindisi, importante puerto del Mediterráneo oriental que facilita el transporte hacia el Oriente.

Esta admirable obra de ingeniería romana fue edificada con capas de piedra y cemento de cal sobre una cubierta de gravilla, con una pequeña inclinación a ambos lados que servía de drenaje. Es impresionante caminar sobre fragmentos de esta calzada y aunque la erosión ha provocado que hayan desaparecido muchas junturas entre las piedras, sabemos por testimonios de la época en que fue construida que en sus orígenes  tuvo una superficie tan plana como las carreteras modernas.

En sus siglos de existencia, el Imperio Romano extendió las carreteras hacia todos los puntos cardinales, llegando hasta España, Britania, parte de África y el Oriente. Así como la construcción de acueductos, puentes, murallas  y otras obras de ingeniería marcaron el florecimiento de Roma en la antigüedad y su significado para la civilización universal, ninguna ruta adquirió la plenitud de la Via Apia, convertida en el paradigma de todos los caminos por los que los romanos se extendieron al mundo.

Los caminos, a fin de cuentas, son la historia de todos, aunque el acento histórico lo haya asumido la narrativa del vencedor. En la literatura y en tantos filmes se acentúa el papel de los caudillos transitando esta vía y se pierde el rostro de los subordinados. Es más fácil reconstruir la imagen de Vespasiano o de Trajano,  que relacionar la famosa calzada con el sufrimiento  de los miles de esclavos trasladados a Roma.

De todos  modos y a favor  del provecho económico que aun puede prestar desde un enfoque turístico, ahora esta calzada está propuesta para que sea considerada Patrimonio de la Humanidad. Para ello, se insiste en que la Apia no fue solo un medio de conquista, sino también una vía de extender la civilización. Con lo válido de esa óptica, al apoyar la aspiración de que en 2024 esta obra alcance esa categoría dada por la UNESCO, sumamos el culto al camino abierto, que es siempre más esperanzador que la construcción de muros. Porque  el camino, como sabía el poeta español Antonio Machado, se hace al andar.

El eterno andar, el del ser vivo y  el tiempo, sentí en el embrujo de un atardecer  en que, bien acompañado, anduve un tramo de la milenaria y paradigmática Vía Apia de los romanos.

 

viernes, 19 de abril de 2024

Roma: el lugar donde asesinaron a Julio César

 Al caminar por las calles de Roma, en un momento vino a mi memoria que Ybor City tiene mucho de Italia, pues cientos de sus hijos participaron de sus orígenes a fines del siglo XIX. Por ello, hay tantos apellidos de esta procedencia en Tampa y apreciamos su sello en voces,  restaurantes, fiestas, en un espacio de La Gaceta  y, especialmente, en el  hermoso edificio de la Séptima Avenida donde radica el Centro Italiano. En homenaje a esta herencia, traigo a mi columna algunos comentarios sobre la impresión que se recibe al recorrer los lugares históricos de una de las civilizaciones más grandes de la antigüedad, donde se conservan tesoros de la ingeniería y arquitectura de hace dos mil años que despiertan el asombro entre los miles de personas que diariamente les visitan.

Las torres,  cerca del Foro Romano, en la avenida Largo di Torre Argentina,
señalan el lugar exacto donde murió Julio César. Foto: José Gabriel Cartaya.

Esta vez, me acerco a un sitio no incluido entre los sugeridos como obligatorios. Lo hice junto a mi hijo José, acompañados por mi yerno Maurizio Tripodi, un romano que conoce y ama su ciudad. En una conversación me preguntó si quería ir al lugar exacto donde murió Julio Cesar y, al instante, le respondí afirmativamente, dándole prioridad sobre otros lugares que tenía en mi lista. Percibí la admiración de Maurizio hacia la figura histórica del legendario romano desde que, al recibirme en el aeropuerto Da Vinci, dijo que éste debió llamarse Julio César, pues el gran Leonardo “era florentino”.

Unas horas después, en la sobremesa de unas exquisitas pastas elaboradas por él (incluida la carbonara de origen romano), al brindarme la posibilidad de ir al lugar donde apuñalaron al líder del Senado romano durante los idus de marzo del año 44  antes de nuestra era (exactamente el 15 de ese mes), hablamos sobre el héroe más relevante de la antigua Roma y, tal vez, uno de los más famosos de toda la antigüedad. Uno y otro fuimos indicando algún elemento de su grandiosa biografía. El recordó el alea jacta est (la suerte está echada), que exclamó el jefe militar al pasar el Rubicón para derrotar al ejército de Pompeyo en una guerra civil. Entonces, en vez de acudir a Veni, vidi, vici (vine, vi y vencí) con que César declara su victoria sobre el reino del Bósforo en la actual Turquía,  creí oportuno volver al final de su vida, cuando, según tantos repiten, César gritó a Cayo Bruto al verlo entre los asesino:  tu quoqui fili mi (tú también, hijo mío). 

Pero Maurizio me explicó que nunca hubo esa mirada de hijo a padre y que ni Plutarco, ni Suetonio,  ni algún otro historiador de esa época se refirió a esa frase.  Según Plutarco, César se defendió  “como un animal salvaje”, enfrentándose a los cuchillos  que le asaltaban. La crónica de Apiano cuenta que, tras ser apuñalado varias veces, el héroe se defendió con ira y entre gritos. Suetonio describió que César dejó de pelear tras los dos primeros golpes y que y murió sin exclamar una palabra.

La deificación de César fue narrada por Suetonio: “Murió a los cincuenta y seis años de edad,
y fue contado entre los dioses, no solo por un decreto formal, sino también por la convicción
de la gente común. Porque en el primero de los juegos que su heredero Augusto dio en honor
de su apoteosis, brilló un cometa durante siete días seguidos, saliendo como a la hora
 undécima, y se creyó que era el alma de César, que había sido llevado al cielo”.

Para darle fuerza a la idea de que no hubo un sentimiento filial entre ellos, Maurizio me recuerda que Bruto se unió a Pompeyo en la guerra contra César y que el vencedor le perdonó la vida y le dio cargos en el Senado; pero eso no fue suficiente para limar una vieja aversión que venía desde que Julio César fue amante de Servilia, la madre de Bruto. Claro que de esa amante pasamos a otras, incluyendo a Cleopatra, la poderosa y bella egipcia con la que tuvo un hijo (Cesarión), hasta extendernos a diversas costumbres romanas de aquel tiempo.

Al día siguiente, al dirigirme hacia el emplazamiento histórico, situado en la avenida  Largo di Torre Argentina,  admiré la habilidad con que Maurizio indica lugares significativos sin desatender el timón de su auto inmerso en un tráfico agobiante. Antes de llegar, fuimos comentando la labor de investigación que permitió la señalización.  Hace solo doce años, en 2012, el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) de España informó que un equipo hispano-italiano encontró el lugar exacto en que asesinaron a Julio César, en el fondo de lo que fue el teatro de Pompeyo, lugar donde entonces se reunieron los miembros del Senado. Los investigadores se basaron en una declaración de Augusto –hijo adoptivo de César que le sucede en el poder y se encumbra con la fundación del Imperio Romano–, quien mandó a construir unas columnas de hormigón de dos metros de alto y tres de ancho que perpetuaran el sitio exacto en que pereció su glorioso antecesor. Aunque los arqueólogos descubrieron ese emplazamiento en la década de 1920, ese sitio –al que hay que descender por unas escaleras–, fue registrado en su valor histórico hace solo algo más de una década. Mientras, y en gran medida hasta hoy, ese lugar ha sido más visitado por los gatos callejeros de la ciudad que en acto de reverencia hacia la estatura histórica de Julio César.

La respuesta, a los 2068 años del crimen,  no la intentamos en la conversación, ni Maurizio Tripodi ni yo. Puede estar envuelta en los presagios de la noche del 14 de marzo del año 44 antes de Cristo, cuando Calpurnia, la última esposa de Julio César, soñó con cuchillos y sangre y él mismo se vio ascender en sueños a los cielos, llamado por el dios Júpiter. Camino hacia el Senado desatendió una señal más terrenal, al no leer con cuidado una advertencia escrita que le entregaron. Después de todo, tanta gloria, tantas guerras ganadas, tantas páginas escritas para dejar fe de sus hazañas, tanto aplauso por las riquezas derramadas, sin entender que “toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz”. 

 

viernes, 12 de abril de 2024

Una visita a la Iglesia de San Pedro, en Roma

El pasado 30 de marzo, en mi primera visita a Italia, asistí a la Vigilia Pascual del año en curso en la Basílica de San Pedro, presidida por el papa Francisco, una ceremonia conmovedora en un recinto impresionante.

Sin ser católico, ni pertenecer a ninguna institución religiosa, pude apreciar la riqueza espiritual transmitida en las declaraciones papales, cánticos, lecturas bíblicas, oraciones y acompañamiento musical en las diferentes intervenciones propias de la celebración.

Antes de entrar a la Diócesis, se percibe la emoción entre los cientos de personas que se adentran en la Ciudad del Vaticano, muchos de los cuales han tenido que esperar durante horas en una larga fila para lograrlo, pero desde allí ya están imantados con su alta cúpula y su majestuosa edificación renacentista y barroca. Todos saben que entran a un nuevo estado, pues así está considerado este espacio geográfico de solo 49 hectáreas y aproximadamente 800 habitantes. Y sienten, a su vez, que se encuentran en un sitio sagrado donde, según aseguran siglos de transmisión oral, yace enterrado el cuerpo de Simón Pedro, uno de los 12 apóstoles que acompañaron a Jesús. Vendría a ser en la época de Constantino, más de tres siglos después de la muerte del llamado Primer Pontífice de Roma, cuando sobre su sepultura se construyó la primera iglesia que tomaría su nombre.

El papa Francisco bautiza a Yenitza Cartaya

Pero el edificio actual, el que ahora admiramos, es una obra arquitectónica de inicios del siglo XVI, en el que está la mano de arquitectos y pintores como Donato Bramante, Miguel Ángel y Gian Lorenzo Bernini. Justamente, al entrar al recinto religioso, se destaca la imagen de La Piedad, obra temprana de Miguel Ángel, quien, de una enorme piedra de mármol de Carrara llevada por él mismo, nos dejó esculpida la imagen joven de María con su hijo muerto en los brazos.

La Basílica de San Pedro, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1980, atesora tantas obras de arte hacia donde quiera que se corra la vista, que resulta difícil concentrarse en la ceremonia religiosa a la que se asiste. Mirar desde el interior hacia la alta cúpula,  con pinturas de Miguel Ángel, Sandro Botticelli y otros famosos artistas renacentistas es un regalo al espíritu que se sigue enriqueciendo ante el Altar Papal,  el Baldaquino con bellas columnas adornadas con capiteles corintios y el trono de San Pedro, obras de Bernini.

También llama la atención el Monumento al papa Alejandro VII, la estatua de bronce de San Pedro, creada en el siglo V y que lo muestra con un traje papal sobre una silla de mármol, así como otras obras de arte, pero mi atención se concentró en la razón de mi presencia allí: en el marco de la Misa Pascual correspondiente a 2024, el papa Francisco derramaría agua bendita sobre  ocho personas elegidas para recibir el bautizo, considerado por la Iglesia católica como el sacramento de la salvación. Entre ellas estuvo incluida mi hija mayor, bautizada como Yenitza Cristina, quien me invitó a estar con ella en una fecha de tanta significación en su vida. Allí estuve y en el instante del rito del agua, cuando el Sumo Pontífice colocó con delicadeza su mano sobre su cabeza, no pensé en si con ese acto podía redimirla de algún pecado, sino en el inmenso amor que se derrama cada vez que alguien acaricia con ternura. Asimismo,  al percibir la riqueza de su alma en la bondad de su sonrisa, yo también la bendije.

Con Yenitza, en la iglesia de San Pedro

Las palabras de Francisco fueron hermosas, porque más allá de la devoción religiosa, incluyeron un mensaje de profundo humanismo, como cuando expresó  que “la esperanza no tiene fin”, o al manifestar  que “ninguna tumba podrá encerrar la alegría de vivir”.

Ya al final de la primera Vigilia Pascual a la que he asistido, cuando al término de las bendiciones el Papa, y todos con él, pronunciaron amén, yo transferí involuntariamente a llana esa palabra aguda, para decir amen.