jueves, 21 de julio de 2016

Entrevista exclusiva al Dr. Ivan A. Shulman

Por Gabriel Cartaya

  Resulta difícil resumir el extenso currículum vitae del Dr. Ivan A. Schulman. Su historial académico se ha enriquecido con seis décadas como profesor de Español y Literatura Comparada, permanentes estudios, investigaciones y ejercicio docente en diversas universidades de Estados Unidos y Latinoamérica, la producción de una vasta obra que alcanza una diversidad de libros de su autoría o coautoría, decenas de ensayos en revistas especializadas, e infinidad de artículos y ponencias en eventos internacionales.
 El profesor Schulman es reconocido internacionalmente por sus grandes aportes a los estudios sobre el modernismo,  así como a la comprensión de la obra de José Martí y de otros escritores hispanoamericanos. Su producción intelectual es de obligada consulta en los estudios académicos y su presencia sigue siendo un privilegio en los foros más exigentes donde estos temas se llevan a discusión.
  Aunque es breve el espacio para presentar al entrevistado, que con gran gentileza accedió a responder algunas  preguntas para La Gaceta, es necesario mencionar algunos libros suyos que han contribuido a renovar y profundizar los estudios sobre el modernismo:  Símbolo y color en la obra de José Martí (1960), Génesis del modernismo:  Martí, Nájera, Silva, Casal ( l968), El modernismo hispanoamericano (l969), Martí, Casal y el modernismo (l969), Relecturas martianas: narración y nación (1994), El proyecto inconcluso: la vigencia del modernismo (2002), Vigencias: Martí y el modernismo (2005). Estos y otros textos suyos, han situado a Schulman entre los autores imprescindibles para entender el significado del modernismo en la literatura hispanoamericana.

  ¿Qué significó para usted el profesor Manuel Pedro González, ese gran investigador de la obra de José Martí tan desconocido actualmente en Cuba?

  Después de terminar mis estudios subgraduados en la Universidad Nacional Autónoma de México, seguí mis estudios universitarios en la Universidad de California (Los Ángeles).  Conocí a  Manuel Pedro González durante mi primer semestre, pues escogí un seminario sobre el modernismo hispanoamericano que él enseñó.  Me asignó un trabajo sobre Manuel Gutiérrez Nájera, y parece que le gustó mi trabajo, y me invitó a ser su Research Assistant.  Trabajamos juntos sobre la obra de Martí que luego publicamos en forma de libro: Esquema ideológico de Jose Martí.  Fue mi primer libro y seguimos trabajando juntos y fue él quien dirigió  mi tesis doctoral: Símbolo y color en la obra de José Martí, que la Editorial Gredos de Madrid publicó.
  Manuel Pedro fue primero mi maestro y luego mi colega y amigo.  No nació en Cuba sino en las Islas Canarias. Pero hizo todos sus estudios universitarios en La Habana.  No es una figura desconocida en Cuba.  Perteneció a un grupo distinguido de intelectuales como Juan Marinello, Raúl Roa, y luego Cintio Vitier y Fina García Marruz.
Ivan A. Schulman

 ¿Fue el entusiasmo temprano que le causó la figura de José Martí –a quien dedicó el primero de sus libros, convertido en un clásico para la comprensión de los símbolos en la obra del cubano– quien le llevó a los estudios sobre el modernismo, o los estudios de ese movimiento literario le llevaron a José Martí?

  Con Manuel Pedro empecé mis estudios sobre Martí y el modernismo.  Trabajé con él para rectificar la cronología del modernismo hispanoamericano.  Y junto con Ricardo Gullón y Angel Rama, cambiamos el concepto cronológico sobre la iniciación del modernismo, es decir, que fueron Martí y Gutiérrez Nájera los que iniciaron el modernismo en América y no Rubén Darío, cuya egolatría acostumbrada le llevó a atribuirse la iniciación del modernismo hispánico.

 Probablemente el proyecto intelectual más ambicioso que usted se ha propuesto como investigador literario ha sido el de afrontar una reevaluación del modernismo, en medio del debate entre la llamada crítica tradicional y la progresista, de la que es usted uno de sus mayores representantes. ¿Cómo han influido en la evaluación actual del modernismo los argumentos defendidos por usted?

  De acuerdo. Mis proyectos más importantes fueron, y han sido la rectificación de la iniciación del modernismo, y la definición del concepto literario y cultural del modernismo en América y la importancia de Martí en la evolución de ese proyecto.  Pero, mi concepto del modernismo fluye de la idea de Jürgen Habermas, o sea, que el modernismo es un proyecto inconcluso, evolutivo: título de uno de mis libros: El proyecto inconcluso; la vigencia del modernismo, Universidad Nacional Autónoma de México y Siglo XXI, 2002.
  Pero he escrito y publicado sobre muchos temas hispanoamericanos, desde la Colonia hasta lo contemporáneo, sobre figuras y temas de Cuba, México, Nicaragua, Argentina, Puerto Rico, Chile.

 ¿Qué jerarquía tiene la figura de José Martí dentro de los exponentes del modernismo?

  Martí tiene una jerarquía única entre los modernistas.  Durante una vida muy corta vivió exilado en varios países hispanoamericanos, y luego 15 años en los Estados Unidos.  La última edición de sus obras, que es  la edición crítica del Centro de Estudios Martianos de Cuba, tiene más de 20 volúmenes.  Martí fue poeta, prosista, cronista. Vivió la experiencia de la primera etapa de la modernidad capitalista en los Estados Unidos y escribió para periódicos y revistas de América sobre la vida nueva en comparación con la de los “países azules” como él llamaba a los países de Hispanoamérica, recomendando la necesidad de transformar, de modernizar la vida americana, pero evitando los defectos de la vida política y social de los Estados Unidos, que él entendió mejor que ningún latinoamericano de su época, defectos que vivimos en los Estados Unidos en este momento: terrorismo, corrupción política, racismo, violencia social.  Fue un escritor visionario, mucho más  que ningún otro modernista; un escritor que sabía leer el futuro, como hemos observado con tino Cintio Vitier y yo.

 En Nuevos asedios al Modernismo, usted encuentra en ese movimiento literario “un fenómeno sociocultural multifacético”, ¿Se podría conectar la actitud de algunos modernistas como una respuesta espontánea a  la exclamación martiana de  “no habrá literatura hispanoamericana hasta que no haya Hispanoamérica”?

 Definitivamente.  En su ensayo sobre la naturaleza de la “Revista Venezolana”, Martí explica la necesidad de una “voz” genuinamente americana.  Se trata de un exorcismo social que tendría el efecto de producir una literatura hispanomericana.  Pero esta búsqueda, sin embargo, no excluye la presencia del pasado, ni de las novedades del presente, incluyendo las técnicas pictóricas que modernistas como Martí y Darío supieron utilizar en su obra para crear una modernidad americana auténtica.
 Aunque se ha abusado mucho de la frase “vigencia de Martí”, con distintos propósitos ideológicos, hay una expresión suya de una particular intensidad: “A diferencia de algunos escritores modernistas de su época, Martí tiene una voz en sus escritos que pertenece a nuestro tiempo”. Desde esa invocada presencia, ¿cómo se equilibra la preocupación estética y el deber ético del ser humano ante la sociedad donde le corresponde vivir?

 Entre otros críticos de Martí y del modernismo, he defendido el concepto de la vigencia martiana.  No hay duda: Martí es un escritor cuyas obras abarcan el pasado, el presente y el futuro.  Es que Martí tenía una visión muy intensa y muy amplia, con una preocupación ética y estética. Limitándonos a sus crónicas de los quince últimos años de su vida, es decir, las crónicas sobre los Estados Unidos que publicó en varios países de Hispanoanérica, se puede comprobar la vigencia de sus escritos: si cambiamos los nombres de los detalles históricos de esas crónicas, se  pueden  leer como crónicas de los acontecimientos de nuestro momento histórico.   Martí escribió para relatar lo que pasaba en los Estados Unidos, pero también con la intención de que los países de su América aprendieran técnicas nuevas, y, al mismo tiempo, que evitaran los defectos de la modernidad capitalista.

 ¿Cómo evalúa el concepto de posmodernidad?

 Nunca he tratado de definir lo que muchos llaman la posmodernidad, sencillamente porque no existe una sola definición del término, como no existe una sola versión de la definición del modernismo.  Lo que sí creo es que hay lo que yo llamaría enlaces, es decir, elementos variados de estilos del pasado y del presente, y la presencia de las técnicas de distintas artes en la expresión literaria.  Martí y Darío, por ejemplo, utilizaron elementos del pasado literario y distintas técnicas expresivas que no son exclusivamente literarias.  Es decir, escribieron, por ejemplo, con técnicas pictóricas. La imposibilidad de definir la posmodernidad termina, entre algunos críticos, en el uso del vago término de la pos-pos-modernidad.

Entre el autor y su obra, cuando hablamos de Ivan A. Schulman, tal vez conocemos más la obra (más de diez libros  e infinidad de artículos y ensayos en diversas publicaciones) que al autor. Por ello me gustaría preguntarle sobre su vida:   
¿Dónde nace y crece?

 Nací en Brooklyn, Nueva York, donde viví y estudié hasta cumplir tres años de estudios universitarios.  Después, en México, California, Missouri, Florida y Puerto Rico.

 ¿Cómo nace la motivación por la lengua y cultura hispana?

 De joven deseaba hacer estudios de medicina.  Pero, como mis padres eran de clase media baja, sin mucho dinero, y como me gustó el estudio de las lenguas extranjeras y la literatura, me decidí por una carrera de profesor universitario. La decisión de estudiar la cultura y la literatura hispana se debió al hecho de que gané una beca para terminar mis estudios subgraduados en la Universidad Nacional Autónoma de México.

¿Qué ha disfrutado más, la investigación o la enseñanza?

La ensenanza y la investigación me han gustado mucho a través de mi profesión como profesor universitario.  Pero siempre me ha gustado más, creo, trabajar con los estudiantes de nivel doctoral y ayudarlos a escribir la tesis doctoral y luego iniciarlos en la profesión de investigadores a nivel universitario.

¿Cuál ha sido el mejor lugar para vivir?

 Mi lugar favorito para vivir fue, y es,  Nueva York, por la actividad cultural de la ciudad.

¿Cuál manifestación del arte es su preferida?

 No tengo preferencia por una manifestación particular del arte. Soy un ecléctico.

De todos los viajes que ha realizado, ¿cuál recuerda con mayor emoción?

De todos mis viajes alrededor del mundo, mis preferencias o favoritos han sido: México, Cuba, Buenos Aires, Italia y Tailandia.

 Es conocida la frase de que los libros son como hijos para el autor. ¿Siente predilección especial por alguno de sus libros? ¿Por qué?

  Si tuviera que escoger dos libros predilectos, diría que Símbolo y color en la obra de José Martí, porque representa el comienzo de mi carrera como investigador y porque la figura de Manuel Pedro Gónzalez está presente siempre cuando pienso en el libro.  El título fue una sugerencia de él, pero me dejó campo libre para elaborar los temas. El otro libro es El Proyecto inconcluso, libro que representa mis ideas maduras sobre el tema del modernismo y lo que significó para la historia literaria y cultural de Hispanoamérica.

 ¿Qué piensa del nuevo camino que están tomando las relaciones entre Cuba y Estados Unidos?

 Me entusiasma el camino que están tomando las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos. Desde mi primer viaje a Cuba, hace 50 años, Cuba ha sido un lugar favorito y ha sido un placer para mí trabajar con investigadores como Cintio Vitier, Fina García Marruz, Ibraím Hidalgo, Pedro Pablo Rodríguez, Ana Collazo, y tantos otros.

 ¿Cómo ve Iván Schulman el futuro próximo de la humanidad?

 Me deprime lo que está pasando ahora en el mundo, sobre todo, el terrorismo y la violencia racial. ¿El futuro?  Tengo, desgraciadamente, una visión pesimista de lo que está pasando en el mundo.  Pero tengo fe en la humanidad.  Mi fe está relacionada con la visión martiana de un mundo de paz y alegría.  Si los seres humanos re-piensan sus experiencias del pasado, sus errores, será posible construir un mundo mejor.  He trabajado recientemente con el pintor y fotógrafo John Rusnak, sobre  un proyecto colaborativo de arte y literatura, “Temor de Nostalgia”, cuya idea es que la humanidad necesita reflejar los errores del presente y del pasado.  El proyecto se exhibió por primera vez en Cuba, y luego en Brasil, Chicago y Los Ángeles.

 Seguramente sus estudiantes están regados por el mundo, muchos de ellos con doctorados que fueron tutoreados por usted. ¿Qué sugiere a los jóvenes que empiezan, a los que sueñan con la investigación, el doctorado y la magia de convertir en libro la hoja en blanco?

  Sí, tengo discípulos regados por todo el mundo, incluyendo a Tampa.  Para ayudarlos con el comienzo de su carrera siempre he recomendado que lo más importante es estudiar con cuidado los textos de un ensayo o de un libro, porque, a fin de cuentas, creo sinceramente que el texto tiene que hablar al investigador, y que se debe evitar la aplicación de las ideas o las teorías que en un momento dado estén de moda. Si no se deja que la materia hable al investigador, el producto intelectual sería defectuoso.  Y la otra cosa que recomiendo es que tengan  en mente que la novedad es un elemento constante.  Y que no se debe repetir lo que los otros ya han descubierto y publicado.

Publicada en La Gaceta, Tampa, 15 y 22 de julio, 2016

miércoles, 13 de julio de 2016

La cercanía de las banderas de Cuba y Puerto Rico




La cercanía de las banderas de Cuba y 
Puerto Rico

Por Gabriel Cartaya
                     A Maribel Sánchez-Pagán y Rafael Pagán

Las banderas de Cuba y Puerto Rico guardan una similitud que se entrelaza con el poema de Lola Rodríguez de Tió: “Cuba y Puerto Rico son/de un pájaro las dos alas”. Ambas fueron concebidas con cinco franjas horizontales, un triángulo equilátero a la izquierda y una estrella de cinco puntas dentro de él. Poseen los mismos colores, variando sólo su distribución.  Las dos franjas blancas interiores se corresponden, diferenciándose las  restantes, que en el emblema cubano son azules y rojas en el puertorriqueño. El triángulo en la bandera de la mayor de las Antillas es rojo, mientras la isla hermana lo prefirió azul, pero la estrella en ambas goza de la misma blanca claridad.

La historia de cada una tiene un camino propio, construido de sueños, esperanzas, quebrantos, rupturas, fracasos y triunfos, y en su especifidad identitaria se acercan, fortaleciendo la solidaridad derivada de la raíz común, en la sangre y en la bandera.

La cubana procedió, en 1850, de un sueño anexionista, cuando Narciso López la desembarcó en Cárdenas con el propósito confeso de arrancar a la Isla de España y sumarla a los estados de la Unión Americana. Sin embargo, 19 años más tarde se hizo independentista, aprobada por la Asamblea de Guáimaro como bandera cubana de los mambises.

La puertorriqueña nació de un esfuerzo independentista antillano, en 1892, dentro del proyecto que reunió a sus mejores hijos y a los cubanos junto a  José Martí en el Partido Revolucionario Cubano (PRC). Pero fue derivando, en la historia compleja y apasionada de una ínsula bien poblada que España entregó a Estados Unidos, hacia las posiciones que concibió Narciso López para la cubana. Por esas paradojas eternas de la historia, la originalmente anexionista se erigió independentista en una larga guerra, para flamear en nombre de una nación independiente en 1902. En tanto, la de brotación independentista se fue replegando y readaptando, una y otra vez, hasta conseguir una legitimidad, en 1952, donde el 50 por ciento del concepto libre se compartió con el de asociado.

Las precisiones sobre el  origen de las dos banderas son diversas. La cubana, como hemos dicho,  que ideó López en Estados Unidos bajo la influencia de los colores y símbolos de esa nación,  fue  diseñada por el poeta  Miguel Teurbe Tolón, quien contó con la mano costurera de su esposa Emilia para verla nacer,  alrededor del entusiasmo del escritor  Cirilo Villaverde,  José Aniceto Iznaga Borrell,  Juan Manuel Macías y otros cubanos desterrados en Nueva York.

Sobre los orígenes de la bandera puertorriqueña han subsistido dudas acerca de su autor y fecha exacta de creación.  Como la cubana,  es en Nueva York donde vino a la luz, cuando José Martí está organizando el PRC, en cuyo primer artículo de sus Bases incluyó la independencia de las dos islas. Hubo una gran cantidad de puertorriqueños en ese proyecto independentista. Muchos de ellos ocuparon cargos cercanos a Martí, como Sotero Figueroa y  Antonio Vélez Alvarado, con quien se ha identificado la creación del estandarte similar al cubano. 
José Martí en Jamaica, en octubre de 1892. Al fondo las banderas de Cuba y Puerto Rico
Es realmente en ese  ambiente que surge la idea de la bandera puertorriqueña. Siempre se menciona a Vélez Alvarado, José de la Matta Terreforte,  Manuel Besosa y al poeta  Francisco Gonzalo (Pachín) Marín, como el grupo creador de la bandera.  Las imprecisiones crecieron cuando, en 1923, Terreforte, ya anciano ( estuvo junto a Betances en el Grito de Lares, en 1868)  declaró que fue Pachín quien le envió una carta, desde Jamaica, con el diseño que tendría el blazón independentista de su patria. Me resulta dudoso, porque el poeta Pachín ya estaba en Nueva York en 1891, trabajando en la imprenta de Vélez, y parece ser en este ambiente, mezclado de cubanos y puertorriqueños apasionadamente independentistas, donde afloró  este símbolo.

Muchos historiadores de Puerto Rico sostienen que la bandera se izó en Nueva York, por primera vez, el 22 de diciembre de 1895, durante una ­reunión de la Sección de Puerto Rico del Partido Revolucionario Cubano,   que tuvo lugar en el Chimney Corner Hall de esa ciudad.

Parece ser que en la isla de Puerto Rico se estrenó su enseña, por primera vez, en 1897, durante el intento independentista que se produjo en Yauco. Pero existe una prueba inequívoca de que los puertorriqueños emigrados la venían mostrando desde 1892. Es la fotografía de José Martí en Jamaica, en octubre de ese año, donde aparece junto al Cuerpo de Consejo de Kingston, escoltado por las dos banderas.

La foto expresa, a mi ver, el más alto poder simbólico: cubanos y puertorriqueños juntos, al lado del gran antillano, definiendo el propósito de ver libres a las islas que la poetisa miró como dos alas de un ave maravillosa del Caribe.

En Tampa, identifico el origen de muchos hispanos por la bandera que llevan en el auto.  Sin embargo, muchas veces he tenido que acercarme para saber si es cubano o puertorriqueño, pues a primera vista parece el mismo estandarte. Al final, el símbolo también nos define y hermana.


jueves, 30 de junio de 2016

A diez años de la proeza de Galia Moss

Por Gabriel Cartaya

Como en todos los grandes acontecimientos de la humanidad, el nombre de la mujer también aparece en las legendarias hazañas marinas  que registra la historia.  Ya en el siglo V a.n.e., Herodoto se refiere a la corsaria Artemisa I de Halicarnaso, quien para el rey persa Jerjes era uno de sus mejores capitanes en sus campañas contra los griegos.
  En los umbrales de la modernidad, cuando a partir de los llamados  grandes descubrimientos geográficos la piratería se convirtió en la gran aventura de alta mar, se  suman los nombres de mujeres como Jeanne Clisson, cuyos atrevidos abordajes se convirtieron en espanto para muchos corsarios y piratas y  en tormento para el propio rey Felipe VI.
  Pero ha sido a partir de la segunda mitad del siglo XX cuando encontramos a diversas mujeres ante el reto de cruzar grandes distancias marítimas sin acompañantes, en embarcaciones pequeñas. El fenómeno es conocido con el nombre de noseve (navegación solitaria en pequeños veleros), siendo Ann Davison, en 1952,  la primera mujer en atravesar el Atlántico, desde Inglaterra hasta Nueva York.

Galia Moss
 Sin embargo, esta reseña es para llamar la atención hacia la primera latinoamericana en conquistar esa proeza, tanto por el significado del acontecimiento en sí, como por las derivaciones humanitarias con que la autora acompañó su acción legendaria.
  En el mes de junio de 2006, hace justamente diez años, Galia Moss anotó una página heroica al velerismo mundial, cuando llegó a la costa de Quintana Roo, en su México natal, a los 41 días de haber salido del Puerto de Vigo, en España, sin más compañía que la férrea voluntad de atravesar el Atlántico. A la hora de coronar la hazaña, Galia tenía 31 años, de los que había dedicado más de un lustro a prepararse para cumplir el sueño y con él servir a la humanidad.
 Desde muy temprana edad, Galia sintió atracción por el deporte, practicando atletismo, gimnasia, natación, yoga. Cuando empezó a experimentar el velerismo, concibió la idea de atravesar el océano Atlántico, sin contar con nada más que su pasión, voluntad y optimismo, pues  ni siquiera sabía de dónde saldrían los recursos para armar su ­excursión solitaria. 
  En el décimo aniversario de la travesía histórica de Galia Moss, quiero llamar la atención hacia las acciones humanitarias con que esta joven mujer concibió y ejecutó su marca deportiva. Habría sido suficiente la travesía, para probar a todos lo que es capaz de lograr un ser humano cuando se propone alcanzar un sueño. También, en una época donde la mujer reivindica más que nunca su capacidad de ser par del hombre, la epopeya marina de Moss es un símbolo de equidad de género. Y, todavía, regaló a Latinoamérica el orgullo legítimo de  sumar otra página en el registro de las grandes hazañas de la humanidad.
  Pero, por encima del valor simbólico contenido en los elementos señalados, está la acción altruista de convertir la titánica empresa en beneficio social, al concebir que cientos de familias fueran favorecidas con la repercusión de un acontecimiento que atrajo a la prensa, instituciones,  negocios, patricinadores.  El proyecto de realización de la travesía trasatlántica, en coordinación con tres organizaciones sin fines de lucro, programó que por cada 8 millas náuticas vencidas se recibiría una donación para construir una casa a una familia mexicana que viviera en extrema pobreza. Un total de 644 nuevos hogares dieron gracias a Galia por su aventura de mar.
 Después de ver cumplida esta ilusión y convertirse en la primera mujer latinoamericana en atravesar el ­Atlántico timoneando un velero, sin una voz humana alrededor, Galia ha seguido transformando su pasión por el velerismo en beneficio de los más necesitados. En 2011 concluyó una travesía sin acompañantes desde Veracruz hasta las Islas Azores, y las 4250 millas náuticas del viaje, con el compromiiso de que la “Fundación Televisa” y la organización “Un kilo de ayuda” entregaran un paquete nutricional bisemanal a 708 niños durante dos años y medio.
 Galia ha contado su apasionante aventura en su libro Navegando un sueño  y ha apadrinado a cientos de niños de su país. También, ha ofrecido becas educativas y contribuído a la construcción de escuelas, dando múltiples pruebas de que su gran corazón bombea buena sangre al cerebro para emprender obras tan memorables.
    El pasado 8 de junio, Galia Moss escribió en Facebook unas bellas palabras de homenaje al mar: “Hoy, en el Día Mundial de los Océanos le agradezco dejarme pasar sobre sus aguas en cada una de las travesías que he logrado sola y en tripulación. Agradezco su calma, su rudeza, su belleza y sobre todo su enseñanza”.

jueves, 2 de junio de 2016

Miguel ­Barbarrosa, el médico de José ­Martí en Tampa

Por Gabriel Cartaya

No se sabe mucho sobre el Dr. Miguel Barbarrosa y Márquez, médico cubano que vivió en Ybor City a finales del siglo XIX, durante los años gloriosos en que, en medio del propio crecimiento de este barrio y el de West Tampa, se estuvieron realizando los más grandes esfuerzos por la independencia de Cuba. Decenas de nombres afloran al pensar en aquella época heroica. Cuando se mira en el tiempo hacia este espacio poblado de cubanos, españoles, italianos, estadounidenses,  entregados al completamiento de la independencia americana, el respeto se vuelve admiración.
Y si en alguna conversación ocasional emerge el nombre de José Martí y se recuerdan sus pasos fecundos por las calles de Tampa, inevitablemente se menciona a Carbonell, a Rivero, a Figueredo, a Ruperto y Paulina Pedroso. Muchas veces, el diálogo se enriquece con anécdotas que pasaron de generación en generación y hoy están cuidadas en la escritura. Una de las más repetidas relata el momento en que alguien atentó contra la vida de Martí. Entonces, casi siempre se habla de Paulina, por el desvelo con que ella y su esposo Ruperto  Pedroso le cuidaron en su casa, donde le dieron hospedaje seguro. En medio de esta anécdota, a veces aparece el nombre del médico que le atendió. Así es cuando asiste Emiliano Salcines a la conversación, o alguien que, como él, se apasiona con las huellas de la historia. Allí se recuerda a Barbarrosa, el galeno que atendió a Martí en Ybor City cuando le brindaron una copa de vino que contenía veneno.  
Su nombre era Miguel y, al igual que Martí, nació en La Habana, hacia 1849. En su ciudad natal se graduó de Bachiller en el Instituto de Segunda Enseñanza, donde debió coincidir con alguno de los estudiantes de medicina asesinados en 1871. Al terminar este nivel de estudios se trasladó a Estados Unidos, donde se graduó de doctor en Medicina y Cirugía. Después se mudó a Francia, residiendo un tiempo en París, lugar en que ejerció su profesión.
De París regresó a La Habana, pero volvió a tomar el camino de la emigración, eligiendo a Tampa como destino. Debió ser hacia 1890 que el Dr. Barbarrosa se instala en Ybor City, donde viven algunos miles de cubanos y ya hay decenas de profesionales prestando sus servicios en una comunidad que crece con rapidez. 
Es por la pluma atenta de Martí que conocemos algunos detalles sobre Barbarrosa, por quien llegó a sentir una sincera amistad.
 Considero que Barbarrosa debió conocer a Martí desde la primera visita de éste a la ciudad, en noviembre de 1891. Unos días antes de sufrir el intento de envenenamiento –incidente ocurrido el 16 de diciembre de 1892– le ha escrito desde Cayo Hueso. La carta está fechada el 12 de noviembre de 1892 y le expresa:
“Acaso mi amigo Barbarrosa, y el alma exquisita y ferviente de su compañera, hayan sido injustos, por falta de cartas de agradecimiento, con el viajero cuyas ansias y soledades ha alegrado más de una vez, y muchas veces,  el recuerdo del entusiasmo, de la ternura, de la lealtad, y del amor que he visto en su casa. Se habrán engañado, y allá voy a decírselo, con el cuerpo a medio deshacer, pero con más patria, con un beso en la frente pa. el niño y en la frente pa. la compañera, y con el corazón agradecido y hermano de,  su J. Martí”.
Hay cuatro cartas de Martí a Barbarrosa, que no aparecieron en las diversas ediciones de sus Obras Completas, pero fueron incluidas en el Epistolario que durante años de paciente búsqueda y estudio preparó Luis  García Pascual  y la Editorial de Ciencias Sociales publicó en La Habana, en 1993.  En esas cartas conocemos el hogar de Barbarrosa, a su esposa y pequeño hijo –René–, así como el cariño con que recibían al sensible amigo cuando llegaba de Nueva York o  regresaba de Cayo Hueso.
La segunda carta a Barbarrosa Martí la envía desde Nueva York. Su médico en la gran urbe es el Dr. Miranda, a quien le dio a conocer lo ocurrido en Tampa y le mostró el tratamiento médico prescripto. En esta carta le cuenta con orgullo a Barbarrosa que Miranda “aprobó absolutamente y con gran elogio, toda la medicación de Ud., que continúa él aquí; por cierto que no quiso irse sin su dirección”.
Con suma delicadeza, le cuenta que, aunque sigue convaleciente, ha mejorado. “Yo, ya al trabajo, entre el sofá y la silla: la mente se me ha vuelto a enflorar, de toda la virtud que he visto por ese mar azul, y en lo que toca a Ud. parte mayor: estoy,  por lo que hace a mente, echando chispas, pero le prometo no salir al frío hasta que tenga cuerpo”.
Delicadeza de amigo y de paciente, porque en la virtud encontrada por “ese mar azul”, Barbarrosa tiene “parte mayor”, y debió aconsejarle con mucha fuerza el cuidado de sus pulmones maltrechos, para despertarle la promesa de no salir al frío.
Casa de Ruperto y Paulina Pedroso -Ybor City, Tampa-,
donde el Dr. Barbarrosa atendió a José Martí
La tercera carta es del 18 de febrero de 1893 y la escribe desde Fernandina, de donde seguirá hacia Tampa. “Yo me callaba la sorpresa, pero quiero darme el gusto de saber que los he hecho pensar en mí desde hoy, antes de que me vean, camino del Cayo…”. Se queja porque no lleva consigo un carrito de juego a René,  una siempreviva a la madre y un libro al amigo, y con fino humor se disculpa: “Recíbame mal, si lo merezco, y crea que no tiene amigo más tierno, ni cliente más inútil, que su,                                                                                                                                José Martí”.
La última carta conocida de Martí a Barbarrosa la escribe en Nueva York, el 9 de mayo de 1894, en medio de su incesante ajetreo. En ella le confiesa que lo considera parte de su “íntima familia, de aquella en que sólo entran las almas de absoluta limpieza y desinterés”.
Es una lástima que el epistolario martiano no se haya completado con las cartas que él recibía. Cuánto nos servirían esas epístolas que le fueron escritas para entender la estimación que le rodeó. Las de Barbarrosa deberían estar entre ellas, porque mucho debieron significar a Martí para que le confesara: “De sus cartas sí le he de decir que me fueron un premio muy dulce, en días en que,   con todo el poder de mi humildad y mi moderación echaba acaso las bases de esa cara república de Cuba”.
Si sólo supiéramos del Dr. Miguel Barbarrosa por haber sido destinatario de unas cartas sinceras y hermosas del Apóstol, sería  suficiente para recordarle. Pero cuando apreciamos que contribuyó a su cuidado físico y espiritual y mereció ser visto por Martí como de su familia, comprendemos que esas cualidades debieron corresponderse con una atencióm exquisita, como médico y ciudadano, a la comunidad de Ybor City a fines del siglo XIX. Entonces, en la lista de médicos distinguidos que pasaron por esta ciudad, debe inscribirse también el del Dr. Miguel Barbarrosa. 




 







jueves, 12 de mayo de 2016

Hugo Suárez, Maestro de su pueblo

Por Gabriel Cartaya

 El pasado 4 de mayo, en un pequeño pueblo situado en el oriente cubano, se apagó la vida física de un verdadero Maestro. Con más de noventa años, Hugo Suárez se mantenía erguido, sonriente, con un libro en la mano, tan atento a la última noticia editorial como a la voz solícita de cada hijo de Niquero.
 Saludarle al verlo asomar en la puerta de su casa, ha sido común en todo niquereño. Adiós, Maestro; Maestro, ¿cómo está?  brotaron como voces del pueblo, en labios de profesores, pescadores, bodegueros, poetas, camioneros, amas de casa, oficinistas, zapateros. A diario, muchos se detenían un momento, a preguntar la opinión suya sobre la última noticia, o para aclarar un dato, una fecha, una curiosidad de la historia, una anécdota, un nombre olvidado, el origen de un apellido, muchas veces para dirimir una polémica con un vecino, al que se podía regresar con la carta de triunfo: lo ha confirmado Hugo Suárez.
   Otras veces, la visita se extendía a horas de rica conversación, al amparo de su vasta cultura, ya sentados en la pequeña sala, ya de pie al lado de los libreros repletos, hasta salir a la acera a retardar la despedida. Porque a la casa de Hugo Suárez ha llegado  cuanto escritor, historiador, maestro, investigador y, esencialmente, cuanto apasionado lector ha tenido Niquero,  aun de visita, en las últimas cuatro generaciones.
  En este cálido núcleo urbano, ningún preceptor ha tenido un reconocimiento popular tan legítimo como Hugo Suárez. Sin embargo, por esas paradojas que se pierden en el zoon politikón aristotélico, el maestro fue apartado del aula. Ocurrió en la década de 1960, cuando a la dirigencia política municipal  llegaron las primeras ventiscas de una tormenta que azotaría  a las prácticas religiosas de la isla. Suárez ejercía entonces como profesor de Matemáticas en la Secundaria Básica “Arturo Pacheco”, la única del pueblo. Era, y fue siempre, miembro de la Logia Masónica, como lo fueron en su tiempo Carlos Manuel de Céspedes, Antonio Maceo y José Martí, de quienes tanto heredó.
  En aquellos días, cuando ocultarse a rezar fue para muchos creyentes una artimaña protectora del empleo, Suárez no escondió a su Dios. Lo despidieron de la docencia.  Después encontró trabajo en el central azucarero, en el departamento de transporte. Anotar los números de las placas de los camiones que entraban y salían, con pesos y volúmenes de carga, vino a sustituir a los logaritmos, raíces cuadradas y geometrías que el profesor enseñaba, enriquecidas sus lecciones con la reflexión, ética y cultura general que los jóvenes requerían para su formación.
Hoy nadie recuerda el nombre de quienes firmaron aquel despido injusto y dañino, hace ya cinco décadas. Quién sabe el número de firmas similares, repetidas en decenas de municipios del país, que apartaron de las aulas a maestros ejemplares, porque el horario dominical de la iglesia no lo dedicaron al trabajo voluntario, ni desmontaron la imagen de Jesús en las paredes de su hogar. Pero no es necesario hurgar en los archivos, ni prestaría algún servicio saber a quién correspondió informarle al profesor Hugo Suárez que no podía seguir ejerciendo la profesión que tanto amaba.
 Lo que importa saber, lo que sabemos, es que Hugo Suárez siguió siendo Maestro, ahora con mayúscula. Los que entonces fueron sus discípulos –muchos ya jubilados- han contado una y otra vez  a los amigos, a los hijos, a los ­nietos, el orgullo de haber sido discípulos suyos. Los que no asistieron a sus clases, porque crecieron después o llegaron a Niquero cuando ya él no estaba en el aula, fueron en búsqueda de lecciones a su hogar, de donde era común salir con un libro prestado. En esa lista me encuentro, porque llegué a Niquero en 1971, nombrado, con 20 años, profesor de la Secundaria Básica donde Hugo había ya dejado de educar.
 La primera alusión que tuve de Suárez –como cientos de referencias después–  se relaciona con los libros. Todo niquereño al que le recomendaban leer un libro, si no lo encontraba en ninguna parte, se dirigía a la casa del Maestro, como todos le empezaron a llamar. Mi primera tentativa fue con La Tournée de Dios. Mi amigo Valentín Gutiérrez me contó que era para partirse de la risa el finísimo humor con que Enrique Jardiel Poncela  había novelado la llegada final de Dios a la tierra. -¿Pero dónde encuentro ese libro?, le pregunté. Entonces me habló de Hugo, quien había sido su profesor, y me acompañó hasta su casa. Hablamos de Jardiel Poncela, de quien tenía –y me prestó–  La Tournée...,  pero también Amor se escribe sin hache, Espérame en Siberia, vida mía y otros, que después fui buscando y devolviendo, hasta quién sabe cuántas decenas de visitas, libros y autores.
   Más fecundo que entrar a una biblioteca, fue siempre  llegar a casa de Hugo a buscar, devolver un libro, o simplemente a conversar. Porque, en todos los casos, la visita se enriquecía con su comentario agudo sobre el último libro llegado a sus manos, con la vivacidad de su mirada inquisidora y con la sonrisa ampliada de compartir –como verdadero Maestro– el conocimiento sobre los más disímiles campos de la historia, la literatura, la filosofía, la ciencia, y los temas eternos de la indagación humana.
Seguramente en todos los lugares sobresale un educador, cuya certificación y trascendencia desborda los diplomas y nombramientos, al superar los cánones temporales de la norma impuesta.  En Niquero se distingue a Hugo Suárez como Maestro y ganar esa consideración en el lugar donde al hombre le toca vivir –por pequeño que sea– alcanza significado universal.
Que descanse en paz, y llegue a su alma pura el sentimiento de todos los hijos del pueblo que le llamó Maestro.

lunes, 9 de mayo de 2016

Converso con la autora de Esperando en la calle Zapote

Betty Viamontes se dio a conocer en el espacio editorial a través de la novela Esperando en la calle Zapote, que tiene mucho de autobiográfica. Sin embargo, la lectura de la obra no es suficiente para descubrir que la autora constituye un vivo ejemplo de los enormes valores con que una persona de procedencia hispana es capaz de insertarse en la sociedad estadounidense, crecer en ella y retribuir con creces los beneficios recibidos.

En Viamontes hay una multiplicidad de comportamientos enaltecedores de la mujer y, en esencia, de la condición humana. Pero en esta entrevista quiero deneterme en algunos que, complementádose, trazan  rasgos sobresalientes que afloran en su obra literaria y extraliteraria. Entre ellos, la fortaleza de los lazos familiares, la tenacidad en el crecimiento profesional, el ingenio en desentrañar la realidad circundante y la sensibilidad en la reinvención literaria de su propia experiencia, motivan las interrogantes que le propongo.

Llegaste a Estados Unidos siendo niña, recuperando entonces la unidad de una familia quehabía sido fragmentada con el exilio. ¿Cómo influyó en tu formación esa experiencia?

Mi madre llegó a este gran país llena de sueños, pero cuando una pareja está separada por tantos años es difícil recomenzar. Quería mucho a mi padre. Él era una persona feliz, de buen corazón, pero afectado por el vicio, y esa es una fuerza destructiva. Me fui de mi casa a los 18 y comencé mi vida con mi esposo.  Meses después nació nuestro hijo. El pasar trabajo, primero cuando mi padre se fue de Cuba, el crecer sin padre, el ser testigo de la vida de sacrificio de mi madre, y después el ser arrancada de todo lo que conocí a los quince años para empezar una nueva vida en un lugar extraño y sin saber el idioma, fueron eventos que me dieron una gran fuerza para luchar. Yo venía de la nada. Mi madre siempre me enseñó sobre las recompensas del esfuerzo y el sacrificio. Esos principios me empujaron a alcanzar nuevas alturas, a nunca dejar que los problemas me definieran. 
Betty con sus padres y hermanos, antes de salir de Cuba
 
          
Procedes de una familia que llegó a Estados Unidos sin recursos económicos, como la mayoría de los inmigrantes. Sin embargo,  alcanzaste una formación universitaria y eres hoy Administradora de Finanzas en el Hospital General de Tampa. ¿Cómo valoras ese ascenso profesional?

Este ascenso fue el resultado de años de sacrificio y perseverancia, trabajando de día, estudiando de noche, durmiendo pocas horas. Quería sacar a mi hijo adelante y ayudar a mis padres. Esas fuerzas me empujaban y también el recuerdo de lo que es no tener nada. También quería viajar por el mundo. Cuando vivía en Cuba sentía que vivía en una cárcel donde no nos dejaban salir. El viajar me da alas y me hace sentir inmensamente libre. He documentado muchos de mis viajes en cuadernos. Mi escritura es parte de todo lo que hago. 
   
 ¿En qué momento tuviste conciencia de que serías la cronista literaria de la historia familiar?

Desde que llegué a los Estados Unidos mi madre me dijo que un día yo escribiría su historia. Siempre lo supo. Ella era una persona muy espiritual, como muchos cubanos. Me dijo que cuando yo nací una santera la había dicho que yo sería una escritora famosa. Me daba gracia cuando me lo decía. No creo que alcance a ser famosa como escritora, existen escritores con mucho más talento y entrenamiento que yo. Pero, a veces, las expectativas de nuestros padres influyen en nuestros pasos en la vida. 
    
¿Qué novelas habías leído? ¿Influyó alguna en decidirte por este género?

Gabriel García Marquéz es uno de mis escritores favoritos. Me gustó mucho Cien Años de Soledad. Sin embargo, nada de lo que he leído  influyó especialmente en lo que escribo. Tengo mi propio estilo, y mis letras brotan de muy adentro,  en una lucha constante entre la persona soñadora y la realista que existen dentro de mí.
    
Parecen tener poca relación la escritura de una novela y tu trabajo relacionado con las finanzas. ¿Cómo logras la conexión y desconexión entre esos dos mundos tan distantes?

Mi madre siempre me decía que desde pequeña me destacaba en los números y las letras. Me fascina el proceso creativo. Originalmente quería ser médico, pero soy realista, y cuando salí embarazada a la edad de 18 años me di cuenta de que tendría que estudiar algo que me permitiera trabajar y ocuparme de mi familia. Escogí la contaduría y administración de empresas. Mi espíritu creativo me ayuda a automatizar procesos donde trabajo y a identificar soluciones a problemas complejos. La escritura me conecta a mí misma. Ha sido una constante a través de mi vida. 
   
Recientemente, el gobernador del Estado de la Florida, Rick Scott, te propuso ser miembro de la directiva de Hillsborough Community College,  lo que fue aprobado por el Senado de la Florida.  ¿Cómo esperas ayudar a la comunidad desde esta esfera?

Con el respaldo del Dr. Atwater, presidente de HCC, y sus empleados hemos ayudado a educar a los legisladores sobre las necesidades principales de HCC y el cuerpo estudiantil, lo que nos ha permitido lograr objetivos que conllevarán a continuar la expansión de programas que le permitan a los graduados obtener trabajo. He visitado también algunos de los campus para observar el trabajo y dedicación de los estudiantes y profesores, y actualizarme en los programas principales de cada uno, lo que me ayudará más efectivamente a respaldar al Presidente para que se logren las metas trazadas. A la vez, me he reunido con la jefatura de la fundación de HCC para ofrecer mi ayuda en lo que pueda. En mayo estaré presente en las graduaciones de este año, para así felicitar personalmente a todos los estudiantes que con gran sacrificio y dedicación han logrado completar sus estudios.

¿Cómo ha sido recibida tu novela y qué satisfacciones te ha producido?

Mi novela ha sido recibida muy bien, sobre todo entre los lectores de habla inglesa. Las dos versiones, la de inglés y español tienen 4.7 o más estrellas de un máximo de 5 en Amazon. Se ha vendido en cinco países y fue seleccionada por un club de libros de las Naciones Unidas para su lectura de febrero. He recibido muchas cartas y notas de personas alrededor del mundo que han sido impactadas de manera positiva por esta historia. Algunos que la han leído han comprado otras copias para hijos adultos, con el propósito de que conozcan un fragmento de la historia por la que han pasado los cubanos. 

Imagino que desde salir a la luz Esperando en la calle Zapote, un nuevo proyecto literario andará rondando en tu fértil imaginación. ¿Me equivoco?

La escritura creativa ha sido mi refugio desde los seis años, luego de sufrir una experiencia traumática: llegué de mi escuela justamente a tiempo para detener el intento de suicidio de mi madre. Fue el punto más bajo de su vida, pero luego de tratamiento médico, ella se convirtió en la persona más fuerte y determinada que he visto en mi vida, y la más humana, siempre preocupada por otros, valores que le enseñó a sus hijos.
Su decisión fue la culminación de la frustración, bochorno y maltrato que sufrió luego de muchos viajes a inmigración cuando los oficiales que trabajaban allí le aseguraron que ni ella ni sus hijos pequeños podrían salir de la Isla. Cuando al fin logramos irnos, doce años después que mi padre saliera de Cuba, no me permitieron sacar nada de lo que había escrito, aunque, a mis quince años, aquellas letras no tuvieran valor literario. Comencé a escribir de nuevo al llegar a Estados Unidos. Me gustaba escribir poemas e historias cortas. He seleccionado varias historias y poemas que escribí a través de los años y los estoy revisando con la idea de publicarlos.