Mostrando entradas con la etiqueta Mis escritos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Mis escritos. Mostrar todas las entradas

jueves, 30 de junio de 2016

A diez años de la proeza de Galia Moss

Por Gabriel Cartaya

Como en todos los grandes acontecimientos de la humanidad, el nombre de la mujer también aparece en las legendarias hazañas marinas  que registra la historia.  Ya en el siglo V a.n.e., Herodoto se refiere a la corsaria Artemisa I de Halicarnaso, quien para el rey persa Jerjes era uno de sus mejores capitanes en sus campañas contra los griegos.
  En los umbrales de la modernidad, cuando a partir de los llamados  grandes descubrimientos geográficos la piratería se convirtió en la gran aventura de alta mar, se  suman los nombres de mujeres como Jeanne Clisson, cuyos atrevidos abordajes se convirtieron en espanto para muchos corsarios y piratas y  en tormento para el propio rey Felipe VI.
  Pero ha sido a partir de la segunda mitad del siglo XX cuando encontramos a diversas mujeres ante el reto de cruzar grandes distancias marítimas sin acompañantes, en embarcaciones pequeñas. El fenómeno es conocido con el nombre de noseve (navegación solitaria en pequeños veleros), siendo Ann Davison, en 1952,  la primera mujer en atravesar el Atlántico, desde Inglaterra hasta Nueva York.

Galia Moss
 Sin embargo, esta reseña es para llamar la atención hacia la primera latinoamericana en conquistar esa proeza, tanto por el significado del acontecimiento en sí, como por las derivaciones humanitarias con que la autora acompañó su acción legendaria.
  En el mes de junio de 2006, hace justamente diez años, Galia Moss anotó una página heroica al velerismo mundial, cuando llegó a la costa de Quintana Roo, en su México natal, a los 41 días de haber salido del Puerto de Vigo, en España, sin más compañía que la férrea voluntad de atravesar el Atlántico. A la hora de coronar la hazaña, Galia tenía 31 años, de los que había dedicado más de un lustro a prepararse para cumplir el sueño y con él servir a la humanidad.
 Desde muy temprana edad, Galia sintió atracción por el deporte, practicando atletismo, gimnasia, natación, yoga. Cuando empezó a experimentar el velerismo, concibió la idea de atravesar el océano Atlántico, sin contar con nada más que su pasión, voluntad y optimismo, pues  ni siquiera sabía de dónde saldrían los recursos para armar su ­excursión solitaria. 
  En el décimo aniversario de la travesía histórica de Galia Moss, quiero llamar la atención hacia las acciones humanitarias con que esta joven mujer concibió y ejecutó su marca deportiva. Habría sido suficiente la travesía, para probar a todos lo que es capaz de lograr un ser humano cuando se propone alcanzar un sueño. También, en una época donde la mujer reivindica más que nunca su capacidad de ser par del hombre, la epopeya marina de Moss es un símbolo de equidad de género. Y, todavía, regaló a Latinoamérica el orgullo legítimo de  sumar otra página en el registro de las grandes hazañas de la humanidad.
  Pero, por encima del valor simbólico contenido en los elementos señalados, está la acción altruista de convertir la titánica empresa en beneficio social, al concebir que cientos de familias fueran favorecidas con la repercusión de un acontecimiento que atrajo a la prensa, instituciones,  negocios, patricinadores.  El proyecto de realización de la travesía trasatlántica, en coordinación con tres organizaciones sin fines de lucro, programó que por cada 8 millas náuticas vencidas se recibiría una donación para construir una casa a una familia mexicana que viviera en extrema pobreza. Un total de 644 nuevos hogares dieron gracias a Galia por su aventura de mar.
 Después de ver cumplida esta ilusión y convertirse en la primera mujer latinoamericana en atravesar el ­Atlántico timoneando un velero, sin una voz humana alrededor, Galia ha seguido transformando su pasión por el velerismo en beneficio de los más necesitados. En 2011 concluyó una travesía sin acompañantes desde Veracruz hasta las Islas Azores, y las 4250 millas náuticas del viaje, con el compromiiso de que la “Fundación Televisa” y la organización “Un kilo de ayuda” entregaran un paquete nutricional bisemanal a 708 niños durante dos años y medio.
 Galia ha contado su apasionante aventura en su libro Navegando un sueño  y ha apadrinado a cientos de niños de su país. También, ha ofrecido becas educativas y contribuído a la construcción de escuelas, dando múltiples pruebas de que su gran corazón bombea buena sangre al cerebro para emprender obras tan memorables.
    El pasado 8 de junio, Galia Moss escribió en Facebook unas bellas palabras de homenaje al mar: “Hoy, en el Día Mundial de los Océanos le agradezco dejarme pasar sobre sus aguas en cada una de las travesías que he logrado sola y en tripulación. Agradezco su calma, su rudeza, su belleza y sobre todo su enseñanza”.

jueves, 7 de mayo de 2015

El Día de las Madres

Por Gabriel Cartaya

La consagración de un día del año a rendir homenaje simbólico a un acontecimiento, deidad, afiliación, personaje u otro motivo, aparece desde los tiempos remotos en que se registra la historia de la humanidad.
Pero tal vez ninguno sea más extendido que el dedicado a expresar la veneración que despierta el ser que nos trajo al mundo. Por eso cada muestra de homenaje a la madre, desde la antigüedad hasta hoy, entraña el motivo de celebración más universal e inclusivo.
Sin embargo, no existe una fecha común para rendir reverencia al emblema materno y a través de los tiempos, en diferentes países o regiones, se ha ido afirmando una fecha propia. Asimismo, han sido diversas las imágenes para la revelación de este tributo. Los antiguos griegos lo expresaban en el culto a Rea, madre de Zeus, Poseidón y Hades, mientras los romanos eligieron a Cibeles, diosa de la madre tierra y símbolo de fertilidad.
Con la aparición del cristianismo y su expansión por occidente, se introdujo el culto a la Virgen María, fijada su celebración el 8 de diciembre, fecha que  algunos países, como Panamá,  han ­destinado al Día de las Madres.
Honrar la presencia de la madre fue también una costumbre enraizada en  las culturas que poblaron la Mesoamérica precolombina. Una de ellas, la azteca, rendía culto a la madre de su dios Huitzilopochtli, la diosa Coyolxauhqui o Maztli, representada por la luna. Los aborígenes rendían especial tributo a esta deidad, a la que consagraban hermosas esculturas en oro y plata, revelando con un esmerado nivel artístico su profunda veneración a la maternidad.
Actualmente sobreviven muchos elementos autóctonos y comunes en la celebración del Día de las Madres en Hispanoamérica, a la que sus diferentes países consagran una fecha específica del calendario anual, sin atender al día de la semana.  México, Guatemala y El Salvador  lo festejan cada 10 de mayo, mientras  Paraguay eligió el 15, Bolivia el 27 y Nicaragua el 30 de este quinto mes del año.
Otros países, sin embargo, no lo hacen en mayo. Para los argentinos el tercer domingo de octubre es su Día de las Madres, mientras los costarricenses decidieron celebrarlo el 5 de agosto.
A los Estados Unidos vino la tradición desde Inglaterra, donde se aprecia, desde el siglo XVII, la costumbre de llamar Día de la Madre al domingo libre concedido a los siervos o empleados, para que cada uno pudiera visitar la suya, en cuya figura se concentra el sentido de la familia.
Seguramente esa raigambre influyó en la iniciativa de la escritora británica Julia Ward Howe, principal impulsora de una manifestación pacífica en Boston, en 1872, para reunir a las madres que sufrían por la ausencia de los hijos que habían sido llamados a servir en el ejército. Aunque las celebraciones bostonianas no se afincaron en la tradición, resultaron un antecedente para que en 1907, en Virginia, naciera la propuesta de establecer un día del año para rendir homenaje a las madres. 

Pablo Picasso. Maternidad, 1905


A Ana Jarvis,  una ama de casa muy conmovida con la muerte de su mamá, le cupo el mérito de hacerse oír al desatar  una campaña nacional, dirigiéndose a maestros, religiosos, políticos, abogados y cuantos quisieran oír, con la propuesta de dedicar un día del año a rendir homenaje a las madres.  Le puso tanto corazón, que su mensaje fue aprehendido en poco tiempo por toda la nación.
La práctica se hizo tan generalizada, que el 8 de mayo de 1914, el presidente Woodrow Wilson firmó la proclamación del Día de las Madres como fiesta nacional, una celebración que a partir de entonces quedó establecida para el segundo domingo del mes de mayo.
Seguramente, el segundo domingo de mayo de 1915 fue la primera celebración aguardada del Día de las Madres, por lo que hoy asistimos al centenario de una de las costumbres más hermosas atesoradas por la humanidad.
La idea cruzó los mares y actualmente unos 40 países festejan el Día de las Madres en esta fecha.
España, por su parte, lo celebra el primer domingo de mayo e Inglaterra tiene su  “Mothering Sunday” el cuarto domingo del tiempo de Cuaresma. Pero si tomamos en cuenta los países que eligieron el segundo domingo de mayo para el Día de las Madres, donde se incluye a la vasta población china, es esta fecha la más universal para expresar a cada madre, física o espiritualmente presente, el eterno amor que merece.
En una frase de la sabiduría hindú encuentro la razón primigenia para tan justa devoción: Dios no podía estar en todas partes: por eso le dio a cada familia una madre


jueves, 23 de abril de 2015

A cincuenta años de la Marcha de Selma

Por Gabriel Cartaya



     El Presidente Barack Obama recordó el sábado pasado el 50 aniversario de la Marcha de Selma, ocurrida en marzo de 1965. Es justo, por todo lo que significó la chispa  encendida en Alabama, para que unos meses después se aprobara en Estados Unidos una ley que otorgó a la raza negra el derecho a votar en las ­elecciones de su país.
Después de abolida la esclavitud (1865), ese derecho tuvo que esperar todavía cien años, porque la constitución  tuvo la paradoja fundacional de crear una nación libre con mano de obra esclava, y después mantener la más violenta persecución y abuso sobre una de las razas que componen el espectro multiétnico estadounidense, y a la vez proclamarse como el epicentro de la libertad.
     La evidente sinceridad con que el Presidente habló sobre la Marcha de Selma en el
mismo lugar donde se produjo, está enriquecida porque a la comprensión intelectual del proceso histórico que ha determinado el crecimiento de la nación, se suma la orgullosa asunción de los orígenes compartidos con una raza cuyo nivel de marginación no está aún totalmente rebasado. 

     Al borde del mismo puente que atravesaron los manifestantes en 1965, el primer Presidente afroamericano de Estados Unidos llamó la atención sobre lo que consideró el “error común de sugerir que el racismo ha desaparecido, que el trabajo realizado por los hombres y mujeres de Selma ha terminado”. La expresión de Obama se corresponde con una realidad que él mismo está luchando por trasformar y que tiene hilos visibles de conexión con las presiones de oposición que experimenta en su ejercicio presidencial, alimentadas por intereses de partido, grupo o persona, puestos por encima de los requerimientos de la nación.
     Recordar los detalles de aquellas tres marchas pacíficas organizadas por Martin Luter King en marzo de 1965, cuando se propusieron salir de Selma, atravesar el puente Edmund Pettus y llegar a Montgomery -capital de Alabama-, para exigir el derecho de la raza negra  a ser partícipe activa de la nación, condenar la represión sanguinaria con que el poder reaccionó a la solicitud pacífica de la población negra y exaltar el valor de King y quienes le acompañaron, es un comportamiento  de  gratitud ciudadana. Pero volver a un acontecimiento –como hizo el Presidente Obama al llegar a Selma- orientando la memoria hacia la comprensión de lo que nos falta cambiar en el mundo de hoy, es pedirle a la historia una herramienta práctica para enfrentar el presente. Es tal vez el sentido con que el congresista John Lewis –participante heroico de aquellos acontecimientos- dijo en el acto del pasado sábado: “Barack Obama es lo que se esperaba al otro lado del puente de Selma”.
     Esas ideas acompañaron a Martin Luter King cuando la tercera marcha logró llegar a la capital del estado,  el 24 de marzo de 1965, al decir para siempre: “El arco del universo moral es largo, pero se inclina del lado de la justicia”. Cinco meses después, el Presidente Lyndon  Jhonson firmó la ley que abría el derecho al voto de los afroamericanos.
A muchos le parecía entonces que el anhelo de un grupo de personas, cruzando un puente para  exigir pacíficamente el fin de la discriminación racial, podría ser inútil. Sin embargo, de allí brotó un caudal indetenible que, a fuerza de sereno valor, no sólo consiguió las metas inmediatas que entonces se propuso dentro de Estados Unidos, sino que con su ejemplo  arrastró a millones de personas en el planeta  a luchar por vivir en un mundo mejor.

jueves, 19 de marzo de 2015

Entrevista a Emiliano Salcines

Por Gabriel Cartaya 

Aunque Salcines, en Tampa, no necesita presentación, pues es conocido y querido por todos, me permito cumplir la formalidad de un breve proemio: Emiliano Salcines es jurista, historiador, profesor. Fue Fiscal Federal y Estatal durante muchos años. Ha sido distinguido con diversos premios por universidades, colegios de abogados y por la Ciudad de Tampa. Fue nombrado Caballero por el Rey Juan Carlos, de España, y ha sido invitado más de una vez a la Casa Blanca por el Presidente de Estados Unidos. Es un extraordinario conocedor, divulgador y defensor de la Historia de Tampa. Por estas y otras muchas razones, quise saber sobre su ­aleccionadora historia y él, con su amabilidad característica,  respondió a estas preguntas.
Salcines, su niñez y juventud se desarrollaron en esta ciudad de Tampa que tanto usted ama. ¿Cómo recuerda esa etapa de su vida?
Nací en Tampa, hijo de inmigrantes españoles.  Mis padres vinieron de España, vía Cuba, y se conocieron en esta ciudad. Tampa era una ciudad bilingüe, donde el español era muy dominante. Yo nací en el Hospital del Centro Asturiano y me crié en West Tampa que era, como Ybor, una ciudad tabacalera. Es el lugar donde  transcurre mi niñez y donde vivo todavía.
¿Qué peso tenía la cultura hispana en ese entorno?
La cultura hispana era muy importante aquí desde antes de iniciarse el siglo XX. Había periódicos en español y también teatro, música, funciones, zarzuelas, orquestas, así que la cultura hispana tiene unas raíces muy largas en Tampa.
    Creo que la primera función que se presentó fue en el año 1887, en un lugar que los cubanos conocen bien, porque fue el sitio donde José Martí dio sus discursos famosos. Y en ese pequeño teatro se empezaron a presentar funciones, hasta bufos cubanos, antes de que empezara el siglo XX.
Hábleme de los recuerdos escolares.
Bueno, recuerdo mi niñez, particularmente a las monjas salesianas. Yo estudié en un colegio católico, el San José, de West Tampa. De ahí pasé a un colegio público y más tarde a una academia militar llamada Riverside, en Gainesville, Georgia, donde hice el Bachillerato. Después seguí a la universidad; me matriculé en la Facultad de Derecho. 
¿Que le  hizo optar por la carrera de Abogado?
Esa decisión la hice cuando todavía era muy joven. Yo me ganaba unas pesetas los sábados, como limpiabotas. Un día, un señor que se está limpiando los zapatos me dice:  “Salcines,  tú debes estudiar para abogado”. Y me fui interesando. Hasta visité un tribunal siendo muy pequeño, porque ya me hacía ideas de que no iba a quedarme con la tienda de ropas de mi padre. Yo quería ser abogado y  desde una edad muy temprana me estaba enfocando en esa carrera.
¿Los mejores recuerdos de la universidad?
Muy buenos recuerdos y muy buenos profesores. Me hice mejor estudiante en la universidad. Ya entonces los libros me fascinaban; leía mucho y tenía un padre que también leía bastante. Teníamos unas conversaciones  profundas acerca de distintos temas. A mi padre le gustaba mucho la historia y la geografía. Tengo una memoria muy especial de la época de la Segunda Guerra Mundial. Realizaban ejercicios por la noche, por si acaso los japoneses o los alemanes nos tiraban algunas bombas. Había  unos simulacros y teníamos que apagar todas las luces en la ciudad. Entonces mi padre nos acostaba, a mí y a mi hermano, que era más pequeño, y nos entretenía durante esas horas de oscuridad, preguntándonos cuál era la capital de España, de México, de Cuba y así...de varios países.
A pesar de recibir toda la educación en inglés,  no ha perdido el acento español, por cierto, muy distinguido en usted. ¿A  qué lo atribuye?
Bueno, es gracias a mis padres que insistían en que, aunque en la escuela hablara  inglés, en la casa había que hablar el español. Ellos insistían en que debía hablar bien el español. Si yo decía zapatos,  con ese, mi padre me decía: No,  hijo,  se dice zapatos (pronunciando bien la zeta).  A veces yo le decía: Papá, los muchachos se van a reir de mí. Y él respondía: Aprenda usted a hablar bien el español, que algún día, con esos dos idiomas,  a usted se le van a abrir muchas puertas. Y tenía toda la razón y todos los días le doy gracias a mis padres por la enseñanza de su cultura y de su lengua.
En la práctica como jurista, usted ascendió hasta el cargo de Fiscal del Estado de Florida,   ¿Cómo valora esa etapa de su vida?
Le diré que estoy muy agradecido del pueblo de Tampa. No solamente de la colonia latina, sino de toda la comunidad, pues me dio el privilegio de reelegirme en muchas ocasiones. Fui elegido el Fiscal del Estado en cuatro períodos distintos, es decir, 16 años como el Fiscal electo en este distrito de Hillsborough. Cuando me nombran para ser Magistrado del Tribunal de Apelaciones, mi nombre aparecía también en las elecciones. Y el público votó siempre a mi favor. Estoy muy agradecido del privilegio  de que a un hijo de inmigrantes se le abrieran esas puertas.
¿Cuáles fueron los momentos más dificiles en su labor como jurista?
Bueno,  yo he tenido decisiones muy difíciles, incluso cuando hay que pedir la pena de muerte a un individuo que ha cometido un homicidio espantoso. Esos son casos difíciles y he tenido varios de ellos.
También cuando he tenido que enfrentarme a la discriminación, porque en un tiempo aquí la segregación racial dominaba. Yo tomé la decisión de nombrar al primer Juez Auxiliar de la Fiscalía, de procedencia afroamericana. Eso no fue bien recibido, particularmente dentro del Colegio de Abogados. Yo le abro la puerta y le doy la oportunidad a ese joven destacado. Por cierto, hoy la Corte del Condado lleva su nombre: George  Edgecomb Hillsborough County.
También, más tarde, nombré a la primera mujer que fue Fiscal en el condado de Hillsborough. Ella no sólo hizo una labor extraordinaria, sino que con los años se convirtió en Presidenta de todos los abogados y jueces del Estado de Florida. Me refiero a  Gwenn Young.
En otra ocasión ayudé a un abogado que era impedido físico y realizaba su labor en silla de ruedas. En esa época no existían facilidades en las aceras y en los baños para personas de ese tipo de condiciones físicas. Fueron momentos difíciles para tomar esas decisiones, para que otros comenzaran a mirar que todos los seres humanos  merecen las mismas oportunidades.
Salcines, en 1979, usted fue nombrado Caballero por el Rey Juan Carlos, de España. Hábleme sobre esa experiencia tan excepcional en su vida.

Emiliano Salcines saluda al Presidente Bill Clinton en la Casa Blanca. Al fondo, los Reyes de España 

Yo me supongo que su Majestad tuvo en cuenta que yo era un político que sobresalía por  recordar las raíces hispanas. Lo hacía con discursos lo mismo en español que en inglés. Todavía a muchos les sorprendía oir que no eran los ingleses los primeros en llegar  a lo que es hoy Estados Unidos. Entonces yo les explicaba: los españoles  fueron los primeros en llegar a este territorio, ellos hicieron las primeras leyes, los primeros colegios,  los primeros hospitales. A la sazón, yo había sido electo Presidente de todos los Fiscales en el Estado de la Florida y había llegado a ser Vicepresidente de todos los fiscales de Estados Unidos. Todas esas cosas, creo yo, en algún momento se le presentaron a Su Majestad y me escogió para otorgarme la Condecoración de la Cruz de Isabel la Católica.
    Fue todo muy hermoso, vino el Embajador de España, con el Pergamino y la Medalla, muy bonita. Se presentó aquí en Tampa, en el edificio del Centro Asturiano. Posteriormente tuve el gran privilegio de estar invitado a España, a La Zarzuela. Y cada vez que él ha venido a Florida siempre recibo una invitación de Su Majestad, para ir a Pensacola,  o San Agustín, o Miami. Donde quiera que él esté me extiende una invitación para acompañarle, por ser miembro de la Orden de Isabel la Católica.
Se que Emiliano Salcines ha frecuentado la Casa Blanca y ha compartido la mesa con el Presidente de  Estados Unidos. ¿Qué han significado esos momentos para usted? 
Lo considero como algo muy especial en mi vida, que distintos presidentes de mi país me invitaran a la Casa Blanca. Pero la más especial de todas fue cuando el Presidente Clinton y su esposa  nos invitaron a mi esposa y a mí para una comida de gala, la cena de Estado que se le daba al Rey Juan Carlos y a su esposa la Reina Sofía. Fue una cosa extraordinaria estar compartiendo con su Majestad, el Presidente de  Estados Unidos y otros altos funcionarios.  La cena se sirvió en un salón donde, desde muchacho, yo había visto al Presidente hablar a la nación, donde está la hermosa pintura de Abrahan Lincoln. Durante esa cena, pensé: un muchacho de West Tampa está aquí sentado con el Presidente de los Estados Unidos y con el Rey de España. Dios ha sido muy bueno conmigo.
Emiliano Salcines ha sido profesor y varias universidades le han distinguido con premios por su labor. Creo que sus conferencias y publicaciones dirigidas a la docencia han contribuido a los estudios jurídicos de este país. Podría hablarme sobre esta importante labor.
Bueno, eso ocurrió cuando yo estaba despuntando con mi actividad en la Asociación Nacional de Fiscales de Distrito. Un día, un catedrático muy famoso de la Facultad de Derecho en la Universidad de Northwestern, en Chicago, me dijo: Yo quisiera que usted impartiera clases en los cursos que anualmente ofrecemos en Chicago para los fiscales. Le dije que sí y me pasé 35 veranos viajando por una semana a ese estado, preparando a los profesionales que hoy son los fiscales electos, jueces, magistrados o senadores. Entonces, la Facultad de Derecho en Stetson –que actualmente tiene una sede aquí en Tampa–  me pidió que fuera  Profesor Adjunto y he tenido el privilegio de representar a Stetson en conferencias que he dado en España, Argentina, Colombia y México.
Usted es autor de un Manual para estudiantes de Derecho, ¿no es así?
Sí, es un libro que escribí para ayudar a que el abogado, el letrado que entra a una Sala Judicial, se oriente en cómo presentar las pruebas, tanto de los testigos normales como de los científicos forenses. A su vez, que pueda presentar bien  las pruebas que existen, de forma que cuando los Tribunales de Apelación lo requieran no se presenten problemas con esas pruebas.  Ese libro se sigue usando en muchos estados de la Unión, muchos fiscales aún entran en la sala con ese libro, para guiarse en la presentación de huellas digitales, ejemplares de sangre, de balística, o cualquier prueba forense.
Usted siempre ha estado vinculado al trabajo con la comunidad hispana de Tampa. En 1993 fue nombrado  el Hombre Hispano del Año. ¿Como aprecia esta labor?
Yo nunca me he separado de la comunidad latina de Tampa. Aquí usamos más el término latino que el de hispano, porque tenemos una mezcla de españoles, italianos e hispanoamericanos. Muchos italianos se casaron con mujeres hispanas y viceversa, lo que ha fusionado a las dos procedencias étnicas. Entonces, para no excluir, en Tampa preferimos decir latinos y no hispanos, aunque en los últimos 25 o 30 años la palabra hispano se ha comenzado a utilizar más.
Pero, en fin, yo siempre he estado muy vinculado a la comunidad nuestra. He estado activo en las comunidades regionales, en el teatro hispano,  en musicales, recitales, en todo lo que tenga que ver con la cultura hispana, que siempre me ha fascinado. En la Universidad del Sur de la Florida, y en otras instituciones, he dado muchas conferencias acerca de la presencia hispana en los Estados Unidos.
Es dentro de esa ­integración con la comunidad que se inserta una especie de tertulia sabatina que usted comparte con un grupo de amigos, ­reuniéndose en un restaurante a desayunar y conversar...
En realidad eso empezó con 4 o 5 amigos: “Oye, vamos a tomarnos un café”. Y nos íbamos al 4 de julio, a Arena Plaza, o  al Gallo de Oro. Más de 20 años estuvimos reuniéndonos en El Gallo de Oro y ahora nos hemos trasladado a El Arco Iris, en la calle Habana. Los temas de esa tertulia no tienen una agenda prefijada; lo mismo uno habla de lo que se está leyendo en el periódico del día, que de un acontecimiento que acaba de ocurrir en la Conchinchina. Se habla de literatura, geografía, de cualquier tema. Eso te estimula la mente y siempre aprendes algo nuevo. Yo siempre salgo enriquecido de esas tertulias. Y ahora también nos reunimos los domingos por la mañana; es el grupito que nos vemos en La Oriental, en la calle Columbus. A unos les gusta la historia antigua, a otros la contemporánea, a otros la poesía, pero siempre es muy interesante.
Es evidente su pasión por la historia. ¿No tiene previsto escribir un libro sobre la historia de la ciudad?
Bueno, a mi me lo han propuesto en muchas ocasiones. Y siempre digo:  Lo voy a hacer. Pero no he comenzado a recopilar los muchos estudios que tengo, con temas variados sobre lo que es la rica historia latina de Tampa. Algunos amigos  han escrito libros muy bien documentados sobre la historia de esta población. Y si Dios quiere, y me da la luz,  algún día podré escribir un libro sobre esta fenomenal ciudad que ha sido acogedora de tantos latinos durante más de 150 años.
¿Sobre la familia?
Soy hijo de españoles y me he casado con una chica de apellido Fernández. Ella nació en Tampa, hija de cubano y tampeña y nieta de españoles. De ese matrimonio, que ha cumplido 55 años, tenemos dos hijas: una es Doctora en Química y vive en Tampa; la otra es Licenciada en Óptica y vive en San Antonio, Texas. Tengo dos nietos universitarios: el mayor de ellos está en su primer año de Medicina en Philadephia y la nieta está cursando el segundo año en la Universidad de ­Oregón.
¿Cuáles son sus  distracciones preferidas?
Me gusta muchísimo la música. Ella ha sido parte de mi vida, desde el momento en que yo podía oír los cantares que me hacían mis padres en la cuna; así que la música ha sido para mí muy importante.  Me apasiona mucho el teatro. Y me gusta, como usted ha dicho, la historia; es lo que más me fascina.  Y gracias a Dios que me dio buena retentiva y puedo recordar cosas que tal vez a otros se le olvidan. Así es con la música: yo recuerdo las canciones que escuché de muchacho. También me ha gustado mucho el cine, desde pequeño yo veía películas y conocía a todos los artistas famosos de la cinematografía mexicana, argentina, cubana, española. Recuerdo a los artistas famosos de los años 40, 50 y principios de los 60, porque veía sus películas, repetía frases que decían y poesías que recitaban.
Entonces, visitaba mucho a La Habana con mis padres, a quienes les gustaba mucho la zarzuela y la cabalgata española. Por eso llegué a aprenderme las canciones que disfrutaba en un teatro famoso de La Habana, el Teatro Martí. Muchos artistas venían desde La Habana a Tampa y traían sus espectáculos, que se presentaban en el Círculo Cubano, en el Centro Asturiano o en el Centro Español de West Tampa.  Siempre había cultura, incluso en el círculo de los afrocubanos, en el Club Martí-Maceo. Siempre había cultura, música, teatro... Es lo que me ha fascinado siempre y me ha ayudado mucho.
¿Hay costumbres, manías, hábitos, de los que usted no se ha querido (o podido) desprender?
Le diré que, como soy graduado de una academia militar, aprendí a limpiar y tener bien preparado el fusil. Lo sigo haciendo para ir de cacería con los amigos. Una vez al año nos damos una escapada al monte, a la caza mayor.
Tengo la costumbre de estar siempre involucrado con la comunidad. La manía de ayudar... porque lo que he llegado a ser, es porque otros me ayudaron. Porque mientras tú estas subiendo los escalones, hay que tomar un momento y mirar atrás, para darle la mano al que viene subiendo después de ti, para ayudarlo a que suba también. Es como se hace comunidad, para dejarla mejor de lo que la encontramos.
¿Algún deseo por cumplir?
Ah, muchos deseos... y pido a  Dios una larga vida para hacer todo lo que me falta por hacer. Me gusta mucho viajar y tengo todavía una lista de países donde quisiera ir. Aprendo mucho, pues comienzo a estudiar el lugar antes de visitarlo.
¿Es Emiliano Salcines un  hombre optimista?
Yo he nacido optimista. He sido siempre del Club Optimista de West Tampa. Veo el futuro con optimismo. Me crece esa inspiración cuando voy a distintas universidades a dar charlas. Cuando percibo el ánimo de los estudiantes, veo que el futuro de este país está en buenas manos.
¿Algún mensaje?
La educación es lo más importante que un padre puede legar a sus hijos. El dinero lo puedes perder, el banco puede irse a bancarrota, pero lo que tú tienes en la mente, lo que tú has aprendido, eso nadie te lo va a quitar.
Tener fe en que Tampa, los Estados Unidos y la humanidad, van a vivir en un futuro mejor.
Gracias, Salcines, por el privilegio de poder transmitir en “La Gaceta” el mensaje que viene de una vida ejemplar. Y rogamos a Dios que  sea una vida centenaria.

jueves, 26 de febrero de 2015

Liceo Cubano de Ybor City: el lugar del discurso


Por Gabriel Cartaya

En los últimos días, varias personas me han preguntado por el lugar donde José Martí pronunció el brillante discurso “Con todos y para el bien de todos”, el 26 de noviembre de 1891, en su primera visita a Tampa.  Generalmente, quienes interrogan  especifican haber recibido una información imprecisa y no siempre coincidente.
    Casi todos los que visitan a Ybor City, especialmente los cubanos, quieren conocer los lugares que se relacionan con la presencia  de José Martí en ella. Al detenerse frente al Círculo Cubano, en la esquina de Palm Avenue y la calle 14 (República de Cuba), algunos, al contemplar el busto del Apóstol,  identifican el sitio como el lugar donde se produjo la impactante disertación.
    La historicidad de la famosa escalinata de hierro procede de la fotografía donde  José Martí aparece rodeado de muchos pobladores de Ybor City. Seguramente, desde este lugar habló varias veces, en sus múltiples visitas a la fábrica de Martínez Ybor, pero lamentablemente no se conservan esos discursos. Si contamos con los textos “Con todos y para el bien de todos” y “Los Pinos Nuevos”, es gracias a la trascripción taquigráfica realizada por Francisco María González, quien vino de Cayo Hueso para ese propósito.
En realidad, los dos discursos fueron  pronunciados en El Liceo Cubano: el 26 de  noviembre, invitado por el Club Ignacio Agramonte, y el 27, en el acto que organizó la Liga Patriótica Cubana por el 20 aniversario del fusilamiento de los estudiantes de Medicina. Es una afirmación conocida y creo que la confusión se produce cuando se  identifica al Liceo con el Círculo Cubano. El vínculo mental entre los dos lugares fue enriquecido con una anécdota: según han contado testigos, estando Martí rodeado de muchos compatriotas en el Liceo Cubano, abrió los brazos y dijo: Esto no es un liceo, esto es un círculo, un círculo de cubanos.
Liceo Cubano de Ybor City
En realidad, desde el nacimiento de Ybor City en 1886, comenzaron a aparecer distintas organizaciones de cubanos, esencialmente de motivación patriótica. En 1890, los dirigentes más visibles en la comunidad, guiados por Ramón Rivero, convocaron a crear un espacio al que pudieran asistir las diversas agrupaciones. Así nació el Liceo Cubano, que quedó constituído en marzo de ese año, bajo la presidencia de Gonzalo Pérez de Guzmán.
    El local que albergó al Liceo Cubano fue el edificio de madera que Martínez Ybor había donado a los trabajadores. Fue la primera edificación que mandó a levantar el industrial y que utilizó para almacenamiento y despalillado del tabaco, mientras inauguraba la fábrica de ladrillos de la calle 14. Al Liceo se integraron varias agrupaciones de cubanos, atraídos por la idea de contribuir a la independencia de Cuba.
Es a este lugar, situado en la 7.ª  Avenida, entre las calles 12 y 13, donde llega José Martí la noche del 26 de noviembre de 1895, a decirle a un público impresionado: “Yo quiero que la ley primera de la república sea el culto de cada cubano a la dignidad plena del hombre”. Por primera vez un líder explicaba para qué era la guerra y la razón de la independencia, nunca un fin en sí mismas, sino un medio para fundar una república democrática, “con todos y para el bien de todos”.
¿Qué pasó después con el Liceo y por qué se identifica con el Círculo Cubano? Realmente este organismo desapareció al terminar la Guerra de Independencia. Después de proclamarse la paz, Tomás Estrada Palma, como Delegado del Partido Revolucionario Cubano, llamó a la disolución de los órganos representantivos del independentismo cubano. “Los Clubs, los Cuerpos de Consejo y las Agencias en el exterior, ya no tienen razón de ser”, dice una parte del comunicado que hizo llegar a todos los lugares.
Curiosamente, es en Tampa donde se hace más resistencia a la orden de disolver esas organizaciones. La Delegación de esta ciudad hace constar en un acta que “mientras no sea constituida la República forjada en la mente del Apóstol José Martí, los que fueron afiliados del Partido no podrían entregarse al descanso”.
Pronto se extrañó a aquellos clubes, a las reuniones públicas, a espacios de recreo social y ayuda mutua, y comenzaron a crearse nuevamente. Pero entonces prevalecieron, penosamente, determinadas normas y leyes que afloraban en la sociedad del entorno, en un espacio impactado por la mentalidad racial del Sur de los Estados Unidos, donde los afroamericanos vivían separados de los blancos y creaban sus  propias asociaciones. La historiadora y profesorea universitaria Maura Barrios, en su ensayo “José Martí se topa con Jim Crow: cubanos en el sur”, ha valorado este fenómeno con mucha agudeza.
En aquellas circunstancias se empiezan a crear asociaciones que de alguna manera copian los modelos raciales que le rodean. Así, el 10 de octubre de 1899 se funda el Club Nacional Cubano, en la calle 14, destinado a miembros de la raza blanca. Allí nombraron a Pepillo Rivero como su primer Presidente. Tres años más tarde, con la presidencia de Eladio Paula, comienza a llamarse Círculo Cubano. Es el lugar donde sigue hoy, aunque el edificio actual fue construido en 1917, para sustituir al que fue destruido por un incendio.
A su vez, comienzan a producirse reuniones entre cubanos de la raza negra, quienes deciden crear en 1900 una asociación, a la que llamaron “Librepensadores de Maceo”.   José Isabel Ramos fue el primer Presidente y Ruperto Pedroso una de las figuras que más influyó en su fundación. Más tarde comenzaron a nombrarla “Librepensadores de Martí y Maceo”, una paradoja evidente porque se juntan bajo la imagen de un hombre que procede de la raza blanca y otro de la raza negra, ambos defensores de la igualdad racial. Más tarde el nombre fue derivando al que ocupa en nuestro tiempo -Sociedad Martí Maceo-, y por suerte, hoy sin miramientos al color de la piel.
Curiosamente, el edificio  original de la 7.ª Avenida, donde estuvo el Liceo Cubano, también despareció por la voracidad de las llamas. Y aunque recordar las palabras luminosas de Martí frente a la escalinata de la Calle 14, o donde estuvo la casa de Paulina Pedroso en la 8.ª Avenida,  es enteramente legítimo, sería bueno que una placa conmemorativa fuera situada en el edificio actual de la 7.ª Avenida, para que los pinos nuevos de todos los tiempos puedan leer, en “Con todos y para el bien de todos”, el ideal de patria que por más de un siglo llevamos dentro.

viernes, 19 de diciembre de 2014

Eduardo Manrara, “el titán financiero de Tampa”

           
Por Gabriel Cartaya

Al caminar por las calles de Ybor City, esencialmente por la calle Séptima, se percibe el fulgor de una ciudad centenaria cuya historia nos llama a su recuerdo en cada esquina. Tanto lugareños como turistas mencionan, a su paso, el nombre cuyo apellido se fundió para siempre con este lugar.  A su vez, otros nombres van resultando obligatorios en el recorrido por sus calles, entre ellos el de José Martí.  Pero pocas veces se logra oir el nombre de Eduardo Manrara, a no ser cuando se entra al museo y se distingue su imagen al lado de Martínez Ybor y otros tres fundadores. Sin embargo, Manrara fue un hombre decisivo en el nacimiento de este hermoso pueblo y de gran influencia en el desarrollo de la ciudad de Tampa.

Probablemente, el silencio injusto alrededor de su figura, tenga relación con el hecho de no haber sido una figura visible en el proyecto revolucionario cubano o en el rumbo de la política de la ciudad.

Eduardo Manrara procede de Camagüey, Cuba, donde realizó sus primeros estudios. Sus dotes para las matemáticas lo inclinaron al trabajo bancario, donde demostró grandes habilidades para las finanzas. Por esta orientación, llegó a ser el principal aliado de Vicente Martínez Ybor, español que se convirtió en los inicios de la segunda mitad del siglo XIX en uno de los grandes propietarios de fábricas de tabaco en La Habana.

Eduardo Manrara
Hacia 1872 y con 30 años de edad – en medio de la Guerra Grande –,  Manrara se encontraba trabajando en un banco en La Habana, cuando entró Martínez Ybor a realizar una operación bancaria.  Según una anécdota que me ha contado Wallace Reyes, Manrara pasó la vista por la enorme cantidad de números alineados en los papeles del cliente y le dijo: Las cuentas están mal y los errores van en contra suya. En la inmediata verificación, la razón estaba de parte del empleado del banco.

A la semana siguiente, Ybor lo citó a su oficina y fue al grano: Le ofrezco cien veces lo que le paga el banco, para que trabaje conmigo. Más nunca se separaron y cuando en 1896 el viejo español estaba al borde de la muerte, le enseñó al amigo sus últimos números, correspondientes a su testamento. Manrara miró impávido la cifra: el 75 por ciento de la fortuna amasada en la producción de tabacos, se destinaba a su nombre. Quiso protestar y el moribundo explicó la razón: Esto se ha hecho gracias a ti y sólo en tus manos se conservará lo que nos ha costado toda una vida.

La historia que los unía era larga. Cuando a Martínez Ybor le estaban vigilando por simpatías hacia la causa cubana,  fue Manrara quien le sugirió el camino de Cayo Hueso y quien lo acompañó al irse de Cuba. En todo el proceso de adquisición de inmbuebles y montaje de las fábricas en el Cayo, en la ­selección de los trabajadores, en la organización de la producción y comercialización, y esencialmente en todo el control financiero, la presencia del cubano fue decisiva.

Cuando el negocio de Martínez Ybor se extendió a Nueva York, Manrara se ocupó de su control, por lo que tenía que hacer constantes viajes a ella. Por esa razón, se desmontó varias veces en el puerto de Tampa, para tomar el barco a una ciudad o el tren a la otra. De manera que, antes que Ybor, conocía el encanto alrededor de esta bahía y su opinión fue importante en la decisión de trasladar la fabricación de tabacos a ella.
Naturalmente, estuvo al lado de Ybor en el primer viaje a Tampa y juntos negociaron los terrenos, levantaron los almacenes, la fábrica “El Príncipe de Gales”, las casas de los trabajadores y toda la obra realizada para la existencia de una comunidad de tabaqueros que se convirtió en una floreciente ciudad.

Manrara también contribuyó grandemente a la modernizacion de la ciudad. A él correspondió la incorporación del primer medio de transporte sin tracción animal, al encargar a Nueva York un automóvil de vapor. Cuenta Emilio del Río en su libro Yo fuí uno de los fundadores de Ybor City, que resultó difícil arrancar aquel carro, pues nadie conocía su funcionamiento: “Entonces Alfredo Fernández se puso a trabajar en él, logró ponerlo en movimiento y lo manejó”. Era bien complicado porque se requería encender un mechero y calendar el agua hasta que saliera el vapor. Dice Del Río que Manrara “sudaba la gota gorda cada vez que lo sacaba a la calle”, pero inauguró el camino del automóvil en Tampa.

Valdría la pena investigar todo el aporte que hizo aquel enérgico industrial cubano, no sólo por el peso que tuvo en toda la obra presidida por Vicente Martínez Ybor, sino también en el acelerado crecimiento económico, arquitectónico y cultural de la ciudad de Tampa. Al morir, en 1896, el gran amigo, a cuyo negocio consagró su vida, continuó  incrementando la fortuna heredada y a principios del siglo XX se dice que era el hispano más acaudalado en Estados Unidos, contabilizando unos 40 millones de dólares.

El 2 de mayo de 1912, con 70 años de edad, dejó de existir físicamente el cubano-tampeño Eduardo Manrara. La muerte lo alcanzó en Gotham, Nueva York, acompañado de una familia creada con amor: la esposa, una hija y cuatro hijos. Al desaparecer “el titán financiero de Tampa”, como alguien le había nombrado con justicia, comenzaría a declinar la empresa que aquel hombre había hecho florecer. Pero quedaba, para la historia, todo el símbolo que encierra cada ladrillo rojo, moldeando la imagen de los grandes fundadores que edificaron la urbanización donde vivimos y amamos. Con esos sentimientos, deberíamos fundar en la ciudad que tanto le debe, un parque, una biblioteca, algún lugar con el nombre de Eduardo Manrara. Para que al explicar  a alguien cómo un hombre logró con su trabajo honrado llegar a ser quien fue, eduquemos con un buen ejemplo.