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viernes, 3 de abril de 2015

Tampa y la polémica entre Martí y Collazo


Por Gabriel Cartaya


A principios de 1892, cuando José Martí está comenzando a organizar a los patriotas cubanos de la emigración y dando los primeros pasos en la creación del Partido Revolucionario Cubano, se produjo un incidente que pudo dañar duramente su imagen como líder político de aquel movimiento. Fue la carta publicada por el Comandante Enrique Collazo en un periódico de La Habana y firmada por otros tres oficiales del Ejército Libertador (José María Aguirre, Francisco Aguirre, Manuel Rodríguez). En dicha misiva se condenaba con epítetos llegados hasta la ofensa al hombre que comenzaba a ganar un alto prestigio como guía principal de la revolución cubana.

La carta de Collazo se escribe como reacción a un fragmento del discurso que Martí pronunciara en Ybor City el 26 de noviembre de 1891, en el que hace alusión a Ramón Roa, un veterano de la Guerra Grande. Roa  había  publicado  el libro A pie y descalzo, donde se exponían con crudeza las penurias que la vieja generación había padecido en los diez años de guerra. Martí consideró que aquella exposición podía crear un clima inapropiado en el momento de estar llamando al reinicio de la epopeya bélica.

El párrafo del discurso que provocó la polémica fue el siguiente:

“¿O nos ha de echar atrás el miedo a las tribulaciones de la guerra, azuzado por gente impura que está a paga del gobierno español, el miedo a andar descalzo, que es un modo de andar ya muy común en Cuba, porque entre los ladrones y los que los ayudan, ya no tienen en Cuba zapatos sino los cómplices y los ladrones? -Pues como yo sé que el mismo que escribe un libro para atizar el miedo a la guerra, dijo en versos, muy buenos por cierto, que la jutía basta a todas las necesidades del campo en Cuba, y sé que Cuba está otra vez llena de jutías, me vuelvo a los que nos quieren asustar con el sacrificio mismo que apetecemos, y les digo:-¡Mienten!”

Tal vez considerar a Roa “gente impura” y condenarlo por cobrar un salario del gobierno español en Cuba, no fue un acto de sensatez política en el momento en que son requeridas todas las fuerzas para la unificación de un movimiento revolucionario que llevaba décadas de dispersión. Más grave, si se tiene en cuenta la amistad del viejo mambí con altos oficiales del mambisado.

La reacción de algunos veteranos que radicaban en La Habana, cercanos a Roa y bajo su influencia, se expresa con toda violencia en la carta que dio a conocer Collazo el 6 de enero de 1892,  donde confiesa haber leído “un discurso de usted pronunciado en Tampa el 26 de noviembre de 1891”, en que  según Collazo,  se ofende a los cubanos al decir que pueden temer a las penalidades de la guerra. 

La carta defiende al autor del libro aludido en el discurso de Tampa. “Pues bien, señor Martí: ofensa tan grave a los cubanos, jamás pensó inferirla el autor de A pie y descalzo, ni ninguno de sus compañeros, que unánimemente aplaudimos la veracidad y oportunidad de un libro cuya moral debe llenar de orgullo a todo corazón cubano”.

A continuación, Collazo ataca a Martí, haciéndose eco de calumnias e intrigas:

“No nos extraña que usted haya comprendido mal la índole de A pie y descalzo: el libro ha debido parecer a usted terrorífico. El que (...) no cumplió con los deberes de cubano cuando Cuba clamaba por el esfuerzo de todos sus hijos; el que prefirió continuar primero sus estudios en Madrid, casarse luego en México, ejercer en La Habana su profesión de abogado, solicitar más tarde, como representante del Partido Liberal, un asiento en el Congreso de los Diputados, (...) el que prefirió servir a la Madre Patria, o alejar su persona del peligro, en vez de empuñar un rifle para vengar ofensas personales aquí recibidas, ése, usted, señor Martí, no es posible que comprenda el espíritu de A pie y descalzo. Aún le dura el miedo de antaño”.

En realidad se trataba de una calumnia, pues durante la estancia de Martí en Cuba (1878-1879)  le ofrecieron algunos cargos en el Gobierno,  pero no aceptó ninguno. También confesó en múltiples ocasiones que sólo hubiera ocupado un cargo, para desde él pedir la independencia de Cuba.

Collazo es también injusto al acusarlo de estar “adulando a un pueblo incrédulo para arrancarle sus ahorros”, cuando sabía que la prédica martiana se dirigía a incorporar cada centavo recaudado por los trabajadores cubanos emigrados a la preparación de la guerra necesaria.

Finalmente, lo ofende en el plano que más puede doler al hombre que está llamando al levantamiento armado: el valor personal para el combate. “Si de nuevo llegase la hora del sacrificio, tal vez no podríamos estrechar la mano de usted en la manigua de Cuba; seguramente porque entonces continuará usted dando lecciones de patriotismo en la emigración, a la sombra de la bandera americana”.

     La carta en que Enrique Collazo ataca a José Martí se dio a conocer enseguida en Tampa, Cayo Hueso y Nueva York. El agraviado, inmediatamente, hizo pública su respuesta, expresando “la obligación de contestar la infortunada carta que con fecha 6 de enero se sirvió Vd. dirigirme, y me causó más pena que enojo, porque en ella revela Vd. la capacidad de ofender sin razón, y muestra su desconocimiento lamentable de la obra de generosidad y de prudencia” de la emigración.

Acto seguido defiende las ideas expuestas por él en el discurso del 26 de noviembre en Ybor City, contenidas en el párrafo impugnado por el militar desde La Habana. No se retracta de haberlas expresado, porque considera que  en el libro aludido,  Roa ha recreado una atmósfera sombría que puede ser contraproducente en el momento en que se está convocando al reinicio de una guerra necesaria.

Collazo tergiversa la crítica martiana  a quienes sirvieron en la revolución y después usaron “su influencia para aflojar la virtud renaciente”, identificándola injustamente con una supuesta condena de Martí a quienes estuvieron en el campo mambí. Por eso la respuesta es tajante:  “El que peleó en la revolución es santo para mí, señor Collazo”.

Con relación a los ataques a su persona, se defiende con este párrafo que cito íntegro: “¿Qué le diré de mi persona? Si mi vida me defiende, nada puedo alegar que me ampare más que ella. Y si mi vida me acusa, nada podré decir que la abone. Defiéndame mi vida. Sé que ha sido útil y meritoria, y lo puedo afirmar sin arrogancia, porque es deber de todo hombre trabajar porque su vida lo sea: responder a Ud. sería enumerar los que considero yo mis méritos. Jamás, Sr. Collazo, fuí el hombre que Ud. pinta. Jamás preferí mi bienestar a mi obligación. Jamás dejé de cumplir en la primera guerra, niño y pobre y enfermo, todo el deber patriótico que a mi mano estuvo, y fue a veces deber muy activo. Queme Ud. la lengua, Sr. Collazo, a quien le haya dicho que serví yo a la madre patria. Queme Ud. la lengua a quien le haya dicho que serví en algún modo, o pedí puesto alguno, al Partido Liberal”.

En cuanto a “arrancar a los emigrados sus ahorros”, la respuesta la remite a la reacción que tuvo la propia emigración ante la carta infortunada:  “Y en cuanto a lo de arrancar a los emigrados sus ahorros, ¿no han contestado a Ud. en juntas populares de indignación, los emigrados de Tampa y de Cayo Hueso? ?No le han dicho que en Cayo Hueso me regalaron las trabajadoras cubanas una cruz? Creo, Sr. Collazo, que he dado a mi tierra, desde que conocí la dulzura de su amor, cuanto hombre puede dar. Creo que he puesto a sus pies muchas veces fortuna y honores. Creo que no me falta el valor necesario para morir en su defensa”.

La cita anterior cierra con la seguridad de tener “el valor necesario” para morir por la independencia de su país, de lo que dio muestras con su vida. Pero, por si había alguna sombra de amenaza en la indicación de encontrarse cara a cara más adelante, José Martí le expresa toda su disposición: “… no habrá que esperar a la manigua, Sr. Collazo, para darnos las manos; sino que tendré vivo placer en recibir de Ud. una visita inmediata, en el plazo y país que le parezcan convenientes”.

En carta de esos días a Fernando Figueredo, Martí le dice:   “Ya El Cayo les respondió. Y Tampa”. Y a Eligio Carbonell:  “Y la nobleza y sensatez de Tampa han sido mucho mayores que la astuta malignidad con que se ha querido envenenarnos. No es sólo gratitud lo que siento por haberles inspirado esa fe, ni la alegría de poder ver a un vasto número de hombres con cariño de familia, sino el gozo de ver a un pueblo tan bien preparado ya para la libertad; de ver tanta alma de oro, por el brillo y por la fortaleza”.

El apoyo de la emigración cubana a Martí, ante el pronunciamiento con que Enrique Collazo y otros viejos oficiales del Ejército Libertador intentaron dañar su imagen, resultó decisivo en los días que se iniciaba la organización del Partido Revolucionario Cubano. Y en ese acto de conciencia tuvo la emigración cubana de Tampa una actitud muy avanzada.

Es bueno saber que el incidente quedó zanjado con esta carta. Al mes siguiente, Martí escribe a Figueredo, confesándole  que se lamentaba de tener que “razonar contra un cubano que se expuso mil veces a morir por su país; y se dolía mi corazón profundamente de lo que me mandaba escribir el interés público y la dignidad (... ) Lo que rechacé no fue la ofensa, sino el peligro (...) Y si cerré mi respuesta con un convite inevitable, no fue por alarde odioso (…) sino porque en campaña es indispensable el valor”.

Le aclara a Fernando que ya ha olvidado una agresión “que no me causó más pena que la de que fuera autor de ella un hijo de mi misma madre”.

En 1894 Martí felicita a Collazo por su libro Desde Yara hasta el Zanjón y a fines de enero de 1895 se encuentran en Nueva York, donde firman la orden de alzamiento. Juntos salen de Nueva York hacia Santo Domingo, con la idea compartida de encaminarse a la guerra. Otras razones determinaron que Collazo no pudiera entonces salir para Cuba, pero lo hizo en marzo de 1896, llevando una expedición preparada en Tampa.

sábado, 28 de febrero de 2015

Fernando Figueredo: el primer alcalde de West Tampa

Por Gabriel Cartaya

     Para los hispanos que vi­vieron en West Tampa a fi­nales del siglo XIX, debió ser común oír hablar, ver en una esquina, o conversar con un hombre hispano de unos 50 años, cuya aureola resplan­decía a su alrededor cuando en las calles se detenía a cada momento, para escuchar el latido que guardaba cada ha­bitante de la naciente plaza urbana. No era solo por la ga­llardía de su estampa criolla, la sapiencia del verbo o el ca­lor de su mano, sino también por el destello legendario que traía consigo. Era Fernan­do Figueredo Socarrás, cuyo nombre, a más de un siglo de distancia, viene cómodo a la memoria, cuando se piensa en los días fundacionales de unas calles adoquinadas que guardan tanta historia.
    West Tampa, conocida pri­mero como Pino City, fue una extensión inmediata hacia el oeste de Ybot City, al otro lado del puente, como efecto del vigor tabacalero alcanzado en los últimos años de la década de 1880. Ahí están todavía los edificios de ladrillos de fuego, orientados de este a oeste, que son vivos testigos del ardor y esperanzas con que nuestros abuelos construyeron la ciu­dad donde vivimos.
    En cuatro o cinco años se levantaron las casas de vi­vir, las fábricas, comercios, escuelas, iglesias, y West Tampa fue tomando el rostro propio que aún la distingue, con calles amplias, portales, aceras. Precozmente crecida, mereció gobierno propio y en junio de1895 tuvo elecciones para su primer Alcalde. En votación libre, sus habitantes decidieron que el cargo co­rrespondiera al bayamés Fer­nando Figueredo Socarrás. Quiso negarse con la explica­ción de que no armonizaba su labor por la independencia de Cuba, con un cargo político en un país que tenía relaciones diplomáticas con España. El Gobernador de la Florida, el demócrata Henry L. Mitchel, le respondió que su labor por la patria natal daba honra al Alcalde de West Tampa.
    ¿Quién era este cubano que recién llegado a West Tampa se convierte en su primer Alcalde? Es larga su historia y el más exigente es­fuerzo de síntesis no podría condensarla en un par de cuartillas. Nació en Cama­güey en 1846, pero por origen y primera formación es baya­més. Completa sus estudios preuniversitarios en La Ha­bana y matricula en la Es­cuela de Ingeniería de Troy, en una Universidad de Nueva York. Entre sus amigos de allí aparece curiosamente Teddy Roosevelt, quien lo llamaba “Figue”, en la confianza grata de la amistad. Está casi al gra­duarse en 1868, con 22 años, cuando el padre le escribe desde Bayamo diciéndole que Carlos Manuel de Céspedes se ha levantado en armas con­tra España. Ha comenzado la Guerra de Independencia de su país y no tiene que pensar­lo. Llega a Bayamo y se incor­pora a la lucha armada.
Debió ser grande el im­pacto que causó en los líderes de aquella epopeya, porque muy pron­to se convirtió en el Ayudante y Secreta­rio de Céspedes, pri­mer Presidente de la República en Armas. Desde entonces, es­tuvo en las princi­pales acciones de la Guerra de los Diez Años y termina como Secretario del Gene­ral Antonio Maceo. Su nombre aparece al lado del de Maceo en la honrosa Protes­ta de Baraguá, donde los cubanos se ne­garon a una paz sin independencia. Con la Paz del Zanjón, el Teniente Coronel Fernando Figueredo tuvo que salir a vivir en el exilio, prime­ro en Santo Domin­go, después en Cayo Hueso y finalmente en Tampa.
    Cuando Figueredo llega a Tampa, ya es ciudadano ame­ricano y ha participado en Cayo Hueso en la vida política de este país. En 1885 fue ele­gido a la Cámara de Represen­tantes por la Florida, siendo el primer cubano en alcanzar ese cargo electoral. También fue superintendente de escuelas por el condado de Monroe, al que correspondían los cayos del sur de la península.
     La fecha en que Fernando Fi­gueredo comienza a radicar en Tampa, corresponde al mes de abril de 1894. Para entonces Fer­nández O´Halloran, que radicaba en Cayo Hueso, ha adquirido la fábrica de tabacos que dos años antes había inaugurado del Pino en esta parte de la ciudad, siendo la primera de varias que en esa década propiciaban el nacimiento y primer esplendor de un nuevo pueblo tampeño.
Para impulsar en West Tampa la producción de puros con mano de obra segura, O´Halloran es seguido por decenas de familias cubanas, entre ellas la de Figue­redo, contratado como tenedor de libros para la firma del distingui­do industrial.
    Emiliano Salcines, que es ca­paz de oír en el tiempo el soplo trascendente del paso del hombre por la vida, me ha acompañado el pasado domingo a mirar en West Tampa la conservación de aquellos edificios, mostrándome con el índice y un caudal de pa­labras la presencia de tanta histo­ria viva. Miramos donde estuvo la casa de Fernando Figueredo, en su tiempo marcada como 404 Main Street y hoy, penosamente, un solar yermo con la yerba cre­cida; nos detuvimos a admirar el edificio construido hace algo más de ciento diez años, hoy biblioteca pública (en 2312 W Union St.), de cuyo interior salió el tabaco clan­destino destinado a Juan Gualber­to Gómez, que ocultaba la orden de alzamiento, en febrero de 1895, para que estallara la guerra por la independencia de Cuba.
    La casa de Fernando, en Cayo Hueso, había sido de visita obligatoria para José Martí, desde su primera lle­gada en diciembre de 1891. La felicidad de aquel hogar debió causar una honda im­presión en el Apóstol, quien le dice en una de sus prime­ras cartas: “El amor lo premió a usted y le da ese aire de rey con que publica sin querer la hermosura de su hogar”. Ya en Tampa Figueredo, Martí viene dos veces más a la ciu­dad y seguramente pudo visi­tarle, en la carrera de atar los últimos cabos para desatar la guerra. Su hijo Bernardo, to­davía mozalbete, le acompa­ñó mucho en esos días, entre Cayo Hueso y Tampa, e inclu­so hasta Nueva York. Lo que no podía entonces presentir el hombre iluminado es que, cuatro años después y a tres de su muerte en combate, su pobre madre, anciana y en­ferma, sería recibida en esta casita tampeña por su amigo Figueredo.
    El patricio bayamés sólo vivió alrededor de 4 años y medio en este pueblo y de ellos uno (1895-1896), como su primer alcalde, pero dejó una huella perdurable, como ocurre con los hombres pri­vilegiados de la historia. Cuando comienza la guerra en Cuba, el 24 de febrero de 1895, Fernando pide su lugar para tomar las armas, pero no es complacido, porque es en ese momento uno de los dirigentes más necesarios en el exterior.
    En septiembre de 1895 fue creado el Gobierno de la Re­pública en Armas y se nom­bró a Tomás Estrada Palma como su Delegado en el Exte­rior. Éste designó a Figueredo como su representan­te en Tampa. Es impresionante la labor que realizó entre 1895 y 1898. Se ha considera­do que asciende a 750 mil dólares la suma recaudada por sus manos en apoyo a la guerra.
Terminada la guerra en Cuba, en 1898, Figue­redo regresó a su patria, como mi­les de cubanos. Ocupó altos car­gos en Cuba desde llegar: en 1902 se crea la república y lo nombran Director Gene­ral de Comunicaciones y en 1912 asumió la presidencia de la Academia de Historia de Cuba.
Su libro, La Revolución de Yara, es hasta hoy una de las fuentes principales para el es­tudio de la guerra del 68. Mar­tí llegó a leer páginas inéditas de esta obra y quiso publicar­lo, según consta en su carta del 25 de febrero de 1894: “Me prometo publicarlo en dos tomos y hacer una edición dedicada a la revolución que programamos”. Finalmente, el libro fue publicado en 1902 y hasta hoy ha tenido varias ediciones.
    Murió a los 83 años, en La Habana, en 1929, rodeado de su familia, de hermanos masones y de muchos com­pañeros de hacer y escribir la historia. Tal vez más nunca volvió a caminar por las calles de West Tampa, pero debió llegarle, hasta el último día, el rumor de su crecimiento y seguramente una brisa cálida de gratitud, porque la segun­da generación tampeña escu­chaba de labios de sus mayo­res su propia historia: la de los fundadores de su ciudad.
Muchas generaciones han pasado, pero si el latido de aquellos hombres nos acom­paña en la obra actual, po­dremos contar con su aliento para hoy y para mañana.
    Si caminas por la acera iz­quierda de la calle Main, de Howard hacia Armenia, de­tente un instante frente a la hierba fresca de ese solar va­cío, donde tal vez escuches, en el ruido del tiempo, como una voz de padre. Es la sen­sación indescifrable de haber identificado la energía etérea que brota de los sitios sagra­dos: esta vez el lugar donde vivió Fernando Figueredo, el primer Alcalde.
Citas: José Martí. Epistolario en V tomos, preparado por Salvador García Pascual. Editorial de Cien­cias Sociales. La Habana, 1993.