viernes, 14 de agosto de 2026

Notas breves acerca de la experiencia democrática cubana

 La llamada República de Cuba, o etapa republicana como muchos le citan, no llegó siquiera  a los  57 años, pues solo existió entre el 20 de mayo de 1902 y el 1.° de enero de 1959. Si a ello le restamos etapas en que una intervención extranjera o un golpe militar interrumpió el curso democrático habría que descontarle tres momentos:

Tomás Estrada Palma, primer presidente de la
República de Cuba (1902-1906).

-Dos años y medio (29 de septiembre de 1906 a febrero de 1909) con la conocida segunda intervención militar de Estados Unidos.

-Dos años y nueve meses (entre el 12 de agosto de 1933 que cae el gobierno electo de Machado y comienza la breve presidencia de Miguel Mariano Gómez, elegido en las elecciones de enero de 1936)

-Dos años y ocho meses (desde el golpe de estado de Fulgencio Batista el 10 de marzo de 1952 hasta el  1.° de noviembre de 1954, fecha en que se celebraron unas elecciones con el fin de legitimar al jefe militar en el poder).

Son casi 8 años en que el gobierno cubano no devino de unas elecciones. De manera que habría que dejar en 49 años la práctica electoral  democrática del país, sin asomarnos a las sombras caudillistas, de corrupción u otro de los signos que marcaron los comicios con que se cumplió la secuencia presidencial como establecía la Constitución de la República de Cuba. 

La última elección que corresponde al ciclo electoral fijado por la Carta Magna de 1901 y ratificado en la de 1940 –elecciones a cada cuatro años y derecho a una sola reelección– fue la de noviembre de 1958, cuando las tropas gubernamentales estaban a punto de ser derrotadas por la sublevación armada dirigida por Fidel Castro.  

Por ser la última, me detengo más en las elecciones del 3 de noviembre de 1958.  Constitucionalmente, correspondían a inicios de ese año y aunque Batista restableció las garantías constitucionales y bajo presión de Estados Unidos se comprometió a elecciones libres, ya tenía perdido el control del país. Fuerzas políticas importantes como el Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo) se negaron a participar. En las regiones orientales la participación popular fue muy baja, en lo que influyó el boicot decretado por el Ejército Rebelde y la amenaza a quienes participaran en las elecciones.

Andrés Rivero Agüero, electo presidente de Cuba en la elecciones de
noviembre de 1958.  No llegó a ocupar el cargo por el triunfo armado
 de Fidel Castro.

A pesar de la intranquilidad ciudadana, hubo cuatro aspirantes a la presidencia: Andrés Rivero Agüero, de la alianza oficialista Coalición Progresista Nacional; el expresidente Ramón Grau San Martín, por el Partido Auténtico; Carlos Márquez Sterling, del Partido del Pueblo Libre y Alberto Salas Amaro, del Partido Unión Cubana. Aunque triunfó el candidato de Batista –Rivero Agüero– se extendió por todos lados la acusación de fraude, señalamiento que, con pruebas o no, ha sido común en los perdedores de Latinoamérica y amenaza peligrosamente a Estados Unidos en los últimos años. No sé si es suficiente, pero hasta el mismo mayor general Francisco Tabernilla, que entonces era secretario de Batista, confesó en sus Memorias (publicadas en 2009) que, de no haber existido trampas, la presidencia  habría sido para Carlos Márquez Sterling.

De todos modos, Rivero Agüero no pudo sumar ni un solo día a la experiencia democrática cubana.  Batista, que aspiraba a quedarse al frente de las Fuerzas Armadas bajo la presidencia de Rivero Agüero –más o menos desde la posición que había gobernado el país a fines de la década de 1930 mientras Laredo Bru ocupaba la silla presidencial– lo vio todo perdido el amanecer del 1.° de enero de 1959 y prefirió, como Machado, irse de la Isla insurgente en un avión, a salvo de una bala cubana. Ese día, desde el mando rebelde se le prometió al pueblo unas prontas elecciones libres. Más de 67 años después, aún las estamos esperando.

 

 


viernes, 7 de agosto de 2026

Palabras de la doctora Madeline Cámara sobre El secreto de la andaluza

 La doctora Madeline Cámara, profesora en la Universidad del Sur de la Florida por varios años, reconocida como crítica literaria y autora de varios libros, me acaba de enviar unas líneas suyas inspiradas en El secreto de la andaluza. Las comparto con los atentos lectores de “Líneas de la memoria”, muchos de los cuales han leído esta novela,  concebida en el mismo tiempo en que escribimos las breves líneas semanales de La Gaceta.

 

Guardiana del secreto

Por Madeline Cámara

A mi regreso de Málaga, tan cercana a Cádiz, ese aire de familia que tienen todas las ciudades del sur de España me hizo pensar nuevamente en la novela de Gabriel Cartaya, El secreto de la andaluza. Entonces quise añadir estas líneas a los comentarios que ya ha generado la novela.

Quizás sea porque la obra gira en torno a esa figura enorme del imaginario y la Historia de Cuba, José Martí; quizás sea porque el autor ha sabido retomar el misterio que rodea al libro Diario de Campaña y sus páginas arrancadas y todavía perdidas; o quizás, aun, porque la novela incorpora el debate sobre la “forma” posible que pudiera adoptar la democracia en Cuba. Lo cierto es que la obra atrapa al lector, al que se complace en encontrar entre la Historia, la fabulación y la filosofía política un estímulo para seguir pensando los destinos de la Isla.

Para continuar, me permito incluir una digresión que un conocedor de la filósofa española María Zambrano, lectora de Martí, pudiera agradecer. Siento una curiosidad por el uso del sustantivo forma en Diario de Campaña y en el documento más relevante del pensamiento de Martí sobre la guerra: el Manifiesto de Montecristi. Noto que la palabra forma, generosa en su sinonimia de la que el autor toma “molde” y “estructura”, se repite tres veces en lugares claves de las bien pensadas y escasas cuartillas del Manifiesto citado, siempre asociándose, al perseguir esa “forma”, con el nacimiento de la nueva república cubana. Convencido estaba Martí, y lo establece en “Nuestras ideas”, texto de 1892, “que por la guerra se obtendrá un estado de felicidad superior a los esfuerzos que se han de hacer por ella”. El rastreo textual me compele a la pregunta: cuando reflexiona sobre esa forma futura, “viable, propia, natural”, adjetivos con que la califica junto a sinónimos como “molde” y verbos como “ordenar”, ¿estaría tratando de buscar con su política mística “la forma” en que el “Dios consciencia”, como él le llamaba, pudiera participar y ordenar la vida material de la sociedad, ¿en particular esa guerra que él se ha visto en la necesidad moral de organizar? Esa “forma” que anhela y a la vez no puede definir en palabras concretas, ¿sería acaso una fórmula para dar paso a la encarnación del ideal de Patria en la humanidad, o más íntimamente, más entrañablemente, incluso en la Persona? Sé que Cartaya no es ajeno a ese lado místico-filosófico del pensamiento martiano que, oblicuamente, atraviesa las primeras páginas de su novela que rebosan de aliento panteísta. Véanse unas últimas citas martianas y cerramos la digresión: “Las leyes de la política son idénticas a las leyes de la Naturaleza. Igual es el Universo moral al Universo material… El orden general de la Creación está repetido, como en todos los órdenes parciales, en el orden humano”, ideas que podrá encontrar el lector que revise un libro esencial –Martí y su concepción del mundo–, de Roberto Agramonte.

Alexis Pantoja. La andaluza de Dos Ríos.

Volvamos ahora al secreto que guarda la andaluza, que es el pretexto literario de la fabulación de Gabriel Cartaya. Lo afirmo sin espacio para tratar de probarlo, pero es sabido que, a los ojos del crítico, una novela resulta fascinante como un mecanismo donde todo lo que el lector acepta ha sido calculado por el escritor, palabra a palabra, para despertar una emoción estética. Por eso, la pregunta que nos provoca esta lectura es sencilla. ¿Por qué es ella, Emilia Sánchez Collé, una mujer que existió en la vida real de José Martí, la depositaria de las páginas arrancadas al Diario por Martí mismo, según la novela?

Ofrezco respuestas tentativas. Lo más obvio: el personaje de Emilia crea la trama amorosa que garantiza interés romántico a esta narración, lo más importante: el personaje articula la narrativa para dividir la obra en varios planos espacio-temporales. Estos tienen una secuencia cronológica apoyada en la larga vida de esta mujer que abarca su lozana juventud en el Cádiz natal –donde tiene un bello y breve romance con el joven Martí–, se extiende hasta su vida en Cuba –casada para entonces con un mambí cubano, lo cual la hace próxima al contexto de la Guerra del 95  y al regreso de Martí a Cuba–, mientras que en las páginas finales la encontramos, en su lúcida vejez, como punto de vista que aglutina (permite y comenta) las discusiones en la sala de su casa, donde familia y amigos jóvenes debaten sobre el presente: los infortunados desarrollos de los primeros gobiernos republicanos. Estos diálogos van transmitiendo al lector los reparos que provoca en la juventud el doloroso parto de aquella fórmula martiana: “Con todos y para el bien de todos”, que no se hizo –no se ha hecho– realidad. 

Así, disfrutamos primero de una mirada al amor juvenil de Martí con una prosa ligera, vigorosa y esperanzada, aunque insertada en los contextos de su exilio español. Luego sigue un tono más teñido de preocupaciones en la narración de su regreso a Cuba y su labor al frente de la Guerra de Independencia, aunque con pinceladas de ese “amor franciscano a la tierra” que Martí desborda al tocar el suelo patrio. Allí se reencuentra con Emilia en la nueva situación de ambos, y lo que domina el tono, a mi juicio, es la premonición de la muerte de Martí que dejaría incumplido su sueño: alcanzar esa “forma” de democracia para Cuba por la que brindó su preciosa vida.

La novela, escrita en un estilo que alterna lo romántico con el rigor histórico, reserva un momento de tensión final para describir a un Martí atormentado ante el destino que parece dibujársele a su regreso a la Patria. La percibe en peligro por los males del egoísmo humano, raíz profunda de la ambición política que se manifiesta entonces en el autoritarismo de quienes dirigían la contienda militar. En la ficción, Martí arranca las páginas de su Diario, donde se supone expresa sus dudas sobre el desarrollo de la guerra y el triunfo de una república, pero antes de tirarlas al torrente del río decide entregarlas a Emilia, quien, por virtudes de metaficción historiográfica, está presente en ese momento crucial.

Desde entonces, la andaluza guardó el secreto de su breve romance con Martí, quien siendo un veedor profundo de la naturaleza humana, vio en ella a alguien digno de confianza para convertirla en depositaria de su secreto: el momento en que esperanza y angustia se mezclan en el alma del patriota que escribe sus páginas más tristes y realistas, donde acepta y comparte los retos que presenta el sueño de la libertad.

Ella es entonces la Guardiana del futuro, y hasta hoy día se mantiene en el misterio de la desaparición de esas páginas del Diario, porque la realidad de la vida política cubana no se ha atrevido a transformarlas. La andaluza lo hizo por amor, y por amor los hijos de Cuba, todos, han de encontrar una “definición mejor” para la Nación cubana.

viernes, 31 de julio de 2026

Alberto Sicilia presenta el libro Ric Prado, la pasión del guerrero

 El poeta y escritor Alberto Sicilia no necesita presentación en La Gaceta, pues en varias ocasiones su nombre ha aparecido en estas páginas. Alguna vez, por un libro suyo; otra, porque un autor ha publicado en ediciones Classic Subversive, que él fundó y dirige y, también, en relación con la Primera Feria Internacional del Libro de Tampa –este año será la segunda–, cuyo liderazgo también asumió.

Esta vez, la conversación con Sicilia que damos a conocer es motivada por un libro que acaba de publicar y cuya presentación se realizó el pasado viernes en el Museo de la Diáspora Cubana, en Miami.

La obra, titulada Ric Prado, la pasión del guerrero, es un emotivo recorrido  biográfico acerca de un agente de la CIA que llegó a convertirse en  jefe de operaciones antiterroristas de esa agencia y cuyo origen cubano fue el primer entusiasmo del escritor para abordar un tema hasta ahora ajeno a su ejercicio literario. Que sea, entonces, el autor, quien nos hable sobre esta experiencia.

Recientemente publicaste en CS Editions el libro Ric Prado: La Pasión del Guerrero, cuyo contenido biográfico se aparta de todo lo que habías publicado hasta hoy, eminentemente dentro del género de la poesía. ¿Qué te motivó a escribir esta obra?

Poeta al fin, estoy atento a los clamores del espíritu y a las exigencias de mi tiempo. La poesía es traducción de esencias y, en el fondo, la biografía de un hombre no es más que un poema encarnado en la acción. Lo que me motivó a adentrarme en la vida de Enrique “Ric” Prado fue el descubrimiento de una arquitectura moral extraordinaria. Sentí la necesidad imperiosa de desentrañar cómo un niño, arrojado a las aguas del exilio sin más patrimonio que la bendición paterna, logra erigirse en un escudo viviente de las libertades de Occidente. No me movió la fascinación por la peripecia bélica en sí, sino el misterio del carácter: indagar en esa luz interior, en esa fe sin quiebra que transfigura al soldado en un custodio de la condición humana.

¿Ante qué desafíos te enfrentó acometer una obra de esta naturaleza?

El primer gran desafío fue el método y la distancia: cómo pasar del lenguaje sutil y contemplativo del lirismo a la sobriedad, la precisión y la exigencia documental que requiere el género biográfico. Debía evitar dos escollos tentadores: la fría relación historiográfica de sucesos y la hagiografía apasionada. Otro reto mayúsculo fue el contraste con Black Ops, la monumental obra del propio Ric. Mientras aquel es un libro de operaciones escrito desde la primera línea por el puño de un guerrero, el mío debía ser un tratado sobre la formación espiritual del héroe, visto desde la orilla de un hombre de paz. El mayor reto consistió en traducir el silencio del deber y la discreción del mundo de las sombras a una geografía de símbolos comprensible, densa y luminosa para el lector en idioma español.

¿Qué enseñanzas te deja la investigación, escritura y publicación de este libro?

La lección fundamental es que la libertad es una conquista diaria del espíritu que exige la disciplina del carácter. Investigar la vida de Ric me confirmó que la familia es la columna vertebral de la sociedad; es en el hogar donde se forjan los principios que ningún totalitarismo puede cambiar ni doblegar. Aprendí también que las almas grandes no buscan el aplauso transitorio del mundo ni se nutren de la aprobación de las masas, sino de la satisfacción serena del deber cumplido. Escribir este libro reafirmó mi fe en que, cuando un hombre es fiel a sí mismo y obedece a las leyes del espíritu, se convierte en una fuerza capaz de restaurar el orden allí donde la mentira ha sembrado el caos.

Aunque solo lleva unas semanas de publicado, el libro ha tenido una amplia recepción. ¿A qué atribuyes ese resultado?

Lo atribuyo a que nuestra comunidad padece una sed profunda de referentes éticos auténticos. En una época marcada por la levedad y la confusión de valores, el público reconoce instintivamente la verdad cuando se le presenta sin artificios. La pasión del guerrero conecta con una fibra muy íntima de nuestro exilio: el dolor de la herida original, pero también la dignidad del renacimiento. Los lectores han encontrado en estas páginas un espejo de sus propias luchas, un canto al decoro y una reafirmación de que la fe y el sacrificio no han sido en vano.

Asimismo, este impacto no habría sido posible sin la alianza estratégica entre CS Editions y el extraordinario equipo de Bravo Zulu ­Publisher, liderado por el Dr. Rafael Marrero. La gran recepción de esta obra es la prueba inequívoca de que, cuando se unen voluntades nobles y trabajo de excelencia, la memoria siempre se impone sobre el olvido.

¿Cómo se inserta un libro de esta esencia –expresada en un subtítulo que destaca la lucha desde Estados Unidos contra el comunismo y el terrorismo– en las preocupaciones actuales en torno a Cuba?

Se inserta como una llamada rotunda a la conciencia y a la unidad. La tragedia de nuestra patria no se resolverá por el azar ni por fórmulas banales. Tendremos que entregarnos a la restauración de la virtud cívica y la cohesión de todos los cubanos. El testimonio de Ric Prado demuestra que la causa de Cuba es parte de un frente universal más amplio en defensa de la civilización democrática frente a las tiranías. Este libro recuerda que el agradecimiento histórico a esta gran nación americana –que nos acogió y nos dio espacio para prosperar– no debe traducirse en acomodo, sino en un compromiso renovado con la libertad. La historia de Ric nos señala que el verdadero guerrero nunca olvida su origen y que la patria es un altar de principios que se lleva con decoro en el centro del pecho.



Fijándonos en la editorial Classic Subversive y en el contenido de las obras publicadas hasta hoy, ¿supone este libro algún cambio en su perfil editorial en términos temáticos?

No supone un giro ni una ruptura, sino una maduración y una expansión natural de nuestro catálogo. CS Editions nació con la vocación de explorar el pensamiento libre, la alta literatura y las expresiones que desafían los dogmas. La poesía, el ensayo histórico y la biografía filosófica son ramas de un mismo tronco: la defensa de la trascendencia humana. Publicar la vida de Ric Prado reafirma el compromiso de la editorial con la memoria, la verdad histórica y las obras que aportan densidad ética a nuestro tiempo. Lejos de alejarnos de nuestro perfil, lo fortalece, mostrando que la acción noble y la creación literaria responden al mismo pulso de libertad.

Para ti, en lo personal, ¿qué significa la publicación de este libro sobre Ric Prado?

En lo personal, significa una experiencia de profunda transformación y un honor ­inolvidable. Asumir el papel de cronista de esta gesta fue un desafío supremo, pero el regalo más valioso que me deja este proceso trasciende lo literario: es el privilegio sagrado de haberme ganado la confianza y la amistad sincera de Ric Prado. No hay mayor satisfacción para un hombre de letras que recibir el alma de un hombre justo, custodiarla con la lealtad que se deben los hermanos de ideas y entregarla limpia, como un faro, a las presentes y futuras generaciones.

Muchas gracias.

viernes, 17 de julio de 2026

Escrito de Alfredo ­Antonio Fernández sobre El secreto de la andaluza

 En el año de 1929, durante su segunda estancia en París, coincidiendo con la crisis mundial del capitalismo, el pintor cubano Víctor Manuel García, colgó en las paredes de una galería –presumiblemente en la barriada bohemia de Montparnasse, frecuentada por poetas y pintores que rendían culto al ajenjo en los cafés al aire libre– una pintura al óleo sobre madera de 46.5 x 38 con el enigmático título Gitana Tropical.

Muy pronto,  la  pintura  se convirtió en referente obligado de la pintura modernista cubana, no solo por la influencia bien asimilada de pintores de la vanguardia europea (Gauguin y Modigliani) sino por la forma en que el pintor supo condensarlos en una figura femenina con rasgos eclécticos de india peruana y mulata cubana en pose que recordaba a la Mona Lisa renacentista de Da Vinci.   

De haber sido el editor de la novela El secreto de la andaluza (Classic Subversive Editions, 2025), del autor cubano Gabriel Cartaya, radicado en la ciudad suroccidental norteamericana de Tampa, no hubiera vacilado en elegir como portada el retrato de Gitana Tropical, o algún otro tipo de diseño o ilustración que, sin reproducir exactamente sus rasgos fisonómicos, aludiera a la expresión enigmática de la protagonista, tanto la que aparece coloreada en azul, blanco y gris en la pintura de Víctor Manuel como la que se adivina en blanco y negro en la descripción literaria de Cartaya.

De la Gitana Tropical se ha dicho que su rostro es, sin lugar a duda, el centro de atracción del cuadro, con sus grandes ojos sesgados y la carnosidad de sus llamativos labios, quien nos obliga a mirarla de frente y a fijarnos detenidamente en ella. Con la Andaluza de Cartaya –a quien me place imaginarla con rasgos similares a la Gitana de Víctor Manuel– sucede algo parecido, pero en sentido inverso.

El personaje de la Andaluza –Emilia Sánchez  en la realidad y en la ficción de la novela– más que verlo, de forma elusiva debemos imaginarlo porque así lo quiere el autor, quien la ha rescatado de la breve mención escrita que de ella hace en su Diario José Martí, la figura más representativa de la historia de Cuba,

Martí, el 12 de mayo de 1895, una semana antes de morir en el primer combate de su vida, describe a la Andaluza con un rápido y seguro trazo en el que abunda la descripción de los colores como escapados del pincel de Víctor Manuel mientras pintaba a la Gitana:  ¨Y allí está en su túnico morado, el pie sin medias en la pantufla de flores, la linda andaluza, subida a un poyo, pilando café…¨.

En ese par de líneas se resume todo lo que sabemos del personaje evocado por Martí, mientras cabalga por la llanura que colinda con la ribera de los ríos Cauto y Contramaestre del Departamento Oriental de Cuba.

A la distancia de un siglo –1929 exhibición de Gitana y 2025 edición de la Andaluza–, ambas presencias femeninas aparecen y desaparecen como en los filmes de misterio de Hitchcock (Vértigo) para cautivarnos con su presencia tanto como en la ausencia. No importa que a la primera la veamos de pie, parados delante de ella en una de las salas del Museo Nacional de Cuba donde actualmente se ubica, y que, a la Andaluza, más que verla la imaginemos, agazapada, de forma oblicua, semioculta como se encuentra en la fronda de más de trescientas páginas de la novela de Cartaya. El resultado es el mismo: fantasía, magia, misterio femenino.

La andaluza de Dos Ríos.
 Obra de Alexis Pantoja
.

El misterio abre y cierra como en un laberinto excavado en el tiempo, la conexión de más de un siglo entre ambas mujeres, una en la pintura y la otra en la literatura. Unidas por la magia del arte, sin que importe que una haya sido concebida por el empleo del pincel y la otra de la pluma y no resulta fortuito resaltar el detalle de que hayan sido los gitanos –grupo étnico abundante en Andalucia– los que poblaron los arrabales de Cádiz de donde es oriunda la enigmática Andaluza.   

En la novela de Cartaya, la Andaluza es testigo en tres tiempos diferentes de la presencia de José Marti: (1) de joven, siendo soltera en Cádiz, lo vio con alegría, radiante, colérico, pleno de entusiasmo con la posibilidad de organizar desde el exilio español la lucha por la independencia de Cuba. (2) de mujer, casada, al pie de las estribaciones de la Sierra Maestra, lo ve con tristeza cuando pasa a caballo, asomada a una ventana, apresurado por unirse a la tropa insurrecta cubana que desafía en combate a una columna del ejército español en Dos Rios, en el oriente de Cuba. (3) de anciana, viuda y con nietos, lo evoca con los ojos cerrados en el recuerdo, delante de su familia, tras varias decenas de años transcurridos después de su muerte, en medio de una República de Cuba plagada de violencia, corrupción y politiquería que nada tiene que ver con la república ¨con todos y para el bien de todos¨ por la que luchó y murió Martí.     

Una vez establecido el nexo entre ambas figuras femeninas, enigmáticas en la plástica y en la literatura, corresponde develar el misterio que oculta la Andaluza, de cuya existencia se nos advierte en el mismo título de la novela. Un misterio que el autor, sabiamente, va ofreciendo a pedacitos, para mantener la intriga que rodea a la muerte en combate de Martí, el 19 de mayo de 1895.

Un misterio que se anuncia casi al principio de la narración (página 18) cuando Martí, en monólogo discursivo, empieza a constatar las reacciones ambiguas –una parte entusiasmo y otra parte celos y rivalidades– que su presencia como delegado del Partido Revolucionario Cubano despierta entre los soldados y oficiales cubanos de la insurrección contra España: ¿de quién tengo que defenderme, del desbordamiento del rio Contramaestre, de una bala ibérica o de estas aldeanas jerarquías?¨.

En la novela de Cartaya, el personaje de Emilia Sánchez, la Andaluza, cuando lo vuelve a ver en Dos Rios, se percata rápidamente del dilema en el cual se encuentra envuelto Martí, y resume su propia angustia por la encrucijada política a la que se asoma en un comentario magistral (página 50) sobre el conflicto que se avecina entre el político y los guerreros en torno al orden de prioridades:

La duda sobre qué prevalecerá en Cuba una vez que se inicie la contienda bélica del lado insurrecto cubano, si el campamento militar con toque de diana matutino o la discusión del aparato legislativo en una república utópica, reaparece en otro comentario que la Andaluza dirige a Martí –esta vez alarmada– ante la posibilidad de que ocurra un desenlace negativo.  

En la novela, Cartaya elige el misterio que la ronda como una suerte de aura y nos ofrece como sucedáneo una bella metáfora insertada en la narración, en la cual se describe a la futura república que Marti deseaba fundar como un caballo de trote veloz guiado por dos bridas, la de las armas y la de las leyes, que no se deben desbocar de un solo lado. 

La Andaluza es la única persona a la cual Martí confía su secreto la víspera de su encuentro definitivo con la muerte, para que no se pierda la idea de una república fundada en leyes.  

Hace bien Cartaya en su novela en mantener como final abierto la pesquisa de la verdad anecdótica y teórica que encierran los documentos de Marti. Aún hoy, ciento treinta años después, sigue siendo un reto poner en claro sus últimas acciones en vida y las variaciones en su pensamiento una vez que abandonó el exilio y se introdujo clandestino en Cuba como soldado de la independencia.

Muchas preguntas sin respuestas definitorias flotan tras un siglo de su muerte. ¿Cuál fue el destino final de las páginas que faltan del Diario interrumpido el 19 de mayo de 1895 en Dos Rios? ¿Adónde fueron a dar? ¿Quién las arrancó? ¿Por qué?

Me atrevería a decir que la motivación mayor de Cartaya al escribir El secreto de la andaluza no fue encontrar la verdad –tarea encomiable, pero harto difícil por la ausencia de piezas claves del rompecabezas que fue la vida de Marti en sus últimos momentos– , si no seguir alimentando la fábula que se ha tejido a lo largo del tiempo sobre las horas finales de Marti y el destino de su Diario en el que, al parecer, daba a conocer la intimidad de su pensamiento sobre las personalidades de mayor relieve en el campo insurrecto cubano y las contradicciones que sobre la guerra y la futura república mantenía con ellos.  

Alfredo Antonio Fernández, escritor, historiador y guionista. Es profesor de  Literatura en la Universidad de Prairie View A&M, en Texas.

 

viernes, 3 de julio de 2026

Una página hermosa sobre el apoyo de Cuba a la independencia de Estados Unidos

 Cada 4 de julio se celebra en Estados Unidos la declaración de la independencia, fecha que remite a su mejor significado: el nacimiento y ­desarrollo de una democracia como esencia del sistema político donde el preámbulo a su Constitución estableció la soberanía en una frase impregnada en la conciencia popular: “We, the People (Nosotros, el pueblo)”. Si bien cada año la nación festeja el magno acontecimiento, llegar al 250 aniversario refleja su durabilidad e invita a una reflexión sobre su consistencia actual y venidera.

Sin embargo, no es sobre ello que ahora llamo la atención, pues el hecho es propicio para recordar un momento de la contribución de Cuba a la Guerra de Independencia de Estados Unidos. Casi siempre se menciona a Francia y España entre los países que más colaboraron a la liberación de las Trece Colonias de Norteamérica de la dominación británica. Con relación a Cuba, el nombre del español Juan de Miralles, comerciante asentado en La Habana, es uno de los más mencionados, tal vez por su cercanía a Geroge Washington, en cuya casa murió. Sin embargo, la acción de las llamadas Damas de La Habana es menos usual cuando se aborda este tema, a pesar de que algunos historiadores han relacionado la oportuna donación económica que hicieron con la victoria estadounidense en la famosa batalla de Yorktown.

La imagen recrea una escena donde ungrupo de mujeres de La Habana
está donando sus joyas para ayudar a la Guerra de Independencia de EE. UU.

Realmente, aquella batalla de 1781 fue decisiva en la Guerra de Independencia de Estados Unidos. Allí, las fuerzas estadounidenses comandadas por Washington, junto a las francesas que dirigía Jean-Baptiste Donatien de Vimeur (conde de Rochambeau), cercaron y destruyeron a la tropa inglesa, despejando el camino al reconocimiento de la independencia. Eso se sabe, lo que casi nunca se dice es que aquellos ejércitos muy poco antes de esa batalla estaban muy desabastecidos, no solo carentes de armas y avituallamientos necesarios, sino incluso de la paga para el sostenimiento de su familia y la alimentación necesaria. Las carencias en las filas de George Washington eran preocupantes. Parecía que la guerra era insostenible cuando el almirante francés François de Grasse recurrió a La Habana en busca de fondos para continuar la campaña.

La solicitud de apoyo a la guerra estadounidense fue atendida en la capital cubana con prontitud y entusiasmo. Es verdad que las autoridades coloniales participaron en la colecta y muchos comerciantes, artesanos y familias adineradas abrieron sus caudales, pero el significado de las mujeres habaneras entregando sus joyas para reunir el dinero necesario es un símbolo eterno de solidaridad humana y de fortaleza femenina en la lucha por la libertad. Se habla de 500 mil pesos fuertes (entonces unas 12 toneladas de plata) lo que se entregó a Grasse en La Habana, quien navegó hacia la costa norteamericana con aquel tesoro. Con ese apoyo, se armó la logística para las operaciones militares que culminaron con la rendición del general británico Charles Cornwallis en Yorktown.

Jean-Baptiste Donatien de Vimeur (conde de Rochambeau)

Cuando a las puertas de la batalla se abrió la bolsa con el dinero enviado desde Cuba para sostener a la tropa libertadora, se encontró la nota con que las mujeres de La Habana acompañaban su aporte monetario: “Enviamos este dinero para que los hijos de madres norteamericanas no nazcan esclavos”.

Esta columna no es solo para contar esa historia que tiene tantos ingredientes, pero podría motivar a quienes deseen investigarla, a fijarla en la memoria, a levantarla como un puñal cuando la vanidad de alguien, o la incultura, le haga insinuar que los nacidos en la considerada mejor democracia del mundo valen más que los nacidos detrás de sus fronteras. O, mejor, a quienes desconozcan que el mundo es mejor porque a su progresión han contribuido todos los seres humanos del mundo. Y donde la obra es común, la felicidad es posible.

 

 

 

 

 

 

 

 

viernes, 26 de junio de 2026

Conversación con Leonardo Padura, el escritor cubano más leído en la actualidad

 Leonardo Padura no necesita presentación, pues su obra es universal. Pero el introito a la entrevista nos permite agradecerle, primero, la generosidad con que respondió a nuestras preguntas, una vez le dijimos que La Gaceta, de Tampa, guarda una larga historia cubana.

Si bien Padura logró un gran prestigio internacional con una tetralogía de novelas policiacas –llevadas al cine español con el título Cuatro estaciones en La Habana (2016)–  su obra es representativa de lo mejor de la literatura cubana y se inscribe no solo entre las preferencias de los lectores hispanoamericanos y de otras latitudes, sino, también, en la apreciación de la crítica especializada. Su prestigio literario le ha hecho merecedor del Premio Nacional de Literatura de Cuba (2012), Premio Princesa de Asturias de las Letras (2015), Honoris causa de varias universidades y la traducción de sus obras al inglés, francés, alemán y otros idiomas.

Aunque el creador de Mario Conde ha publicado importantes novelas de contenido histórico,  como la dedicada al poeta cubano José María Heredia (Historia de mi vida (2001), o El hombre que amaba a los perros (2009), sus últimas narraciones contienen una profundidad  antropológica que indaga en la esencia de la sociedad cubana de las últimas décadas. Morir en la arena (2025),  La neblina del ayer (2025),  Ir a La Habana (2024), Personas decentes (2022), Como polvo en el viento (2020), son solo algunos de los títulos donde la nostalgia, ironía, sueños y frustraciones expresan con honestidad el entorno habanero donde se realizan. 

Leonardo Padura. Fotografía de Daniel Mordzinski

Entre  Fiebre de caballos (1988) y Morir en la arena (2025) hay más de 15 novelas y cada aparición es recibida con entusiasmo por un numeroso público y una crítica progresivamente atenta. ¿Cómo percibes estos dos espacios, no siempre coincidentes para todo escritor?

La distancia sideral que existe entre lo que ocurrió en 1988 y lo que sucede en 2026 es para mí motivo de asombro, pero también de mucho orgullo, pues lo conseguido con el público y la crítica ha sido el resultado de un trabajo muy constante, muy duro además, y muy peculiar, para colmo. Como todo el mundo sabe, y como he dicho muchas veces, más que un país lo que he tenido detrás de mí, desde 1996 específicamente, ha sido una editorial.

Mi país, lamentablemente, no solo no me promueve, sino que cada vez  me invisibiliza más. Mientras, la editorial Tusquets hace el máximo y mejor esfuerzo en la promoción de mis libros y en la gestión como agencia para las ediciones en otras lenguas, que ya son 31.

En los últimos tiempos, cada vez que en algún lugar del mundo (que no es ancho ni ajeno, al menos para mí) me presento en una sala llena y luego firmo libros por largo rato, recuerdo lo que me ocurrió en Barcelona en 1997, cuando fui a presentar Máscaras, la primera de mis novelas publicadas por Tusquets. El acto ocurría en una librería y tuve el mejor de los presentadores posibles, nada más y nada menos que Manuel Vázquez Montalbán. Y al acto fueron 15 personas… 12 para ver a Vázquez Montalbán y 3 amigos a verme a mí. Hoy en un teatro lleno, con 200, 300 personas, puedo sentir la satisfacción de que mi trabajo ha logrado esa atracción entre los lectores de muchas partes del mundo.

Mientras, lo que ocurre con la crítica y, sobre todo, con las instituciones, es parte del ­reflejo de ese proceso. Los premios que tengo, por ejemplo, hablan muy claramente de esa situación y hoy mismo, mientras te escribo estas respuestas, estoy ya premiado por tres instituciones que me otorgan sus galardones en los próximos meses. Nada mal, ¿verdad? Y todo con el trabajo, sin rendir pleitesías a nadie, y eso es mi orgullo mayor.

En tus novelas conviven protagonistas históricos  y ficticios (Heredia-Fernando Terry en La novela de mi vida, Trotsky-Iván Cárdenas en El hombre que amaba a los perros, Yarini- Conde en Personas decentes, son algunos ejemplos). ¿El amor a la historia prevalece en ellos sobre el literario o se equilibran en el ejercicio inspiracional y razonado de la creación?

No puedo separar lo histórico de lo ficcional, pues forman parte de una misma sustancia: lo novelesco. Asumo la historia desde esa perspectiva, no desde la del historiador, y todo se integra en el texto. Siempre he dicho que voy a los procesos históricos con la intención de iluminar el presente, o sea, utilizo la Historia, no la escribo, aunque pueda parecerlo.

Lo que sí te puedo garantizar es que respeto la esencia de los procesos históricos, investigo con mucho cuidado y soy exhaustivo, pero luego le aplico el procedimiento literario de dramatizar esos hechos, y ya se sabe que lo real y lo dramático funcionan con esencias diferentes. En fin, hago novela con la historia.

Hablar de Mario Conde se hace imprescindible, no solo por la tetralogía que le dio fama, sino porque nunca le abandonas. Sé que algunos lo identifican como un alter ego del autor, lo que has negado a medias, pero hasta la fecha de nacimiento lo delata. ¿En qué facetas de su personalidad lo acercas más a tu propia vida?

Uf, en muchas… la primera es su origen: cubano, habanero, de un barrio y de mi generación, que son cuatro condiciones esenciales. Luego sus gustos literarios, deportivos, afectivos, gastronómicos. Además, su visión de la realidad cubana, para nada complaciente y mucho menos edulcorada. Su culto por la amistad y su pasión por la belleza femenina como el más perfecto acto de la creación. Su manera de interpretar las realidades más lacerantes con una cierta ironía que funciona como un escudo, no como una lanza. Nada, que nos parecemos bastante, aunque él bebe más ron que yo, fue policía, vendedor de libros viejos… y ahora por fin escribe, igual que yo.

Como polvo en el viento es la novela más relacionada con la emigración cubana, un tema también presente en el jubilado Conde (la examante Tamara es abuela de un italiano, sus amigos Andrés y el Conejo han emigrado). Aprovecho el tema para preguntarte: ¿cómo aprecias la actualidad de la literatura cubana en lo que han llamado las dos orillas?

Creo que la ubicación geográfica de un escritor no invalida su pertenencia cultural. Estés donde estés, si eres realmente un escritor cubano, lo sigues siendo, aunque estés lejos o aunque estés en el mismo meollo nacional. Por eso no pienso que se pueda valorar, esencialmente, como dos producciones distintas, aunque sus resultados en ocasiones lo sean.

En Cuba las cosas ­funcionan con códigos que la mayoría debe respetar si quiere ser publicado. Fuera los escritores se liberan de esa condición extraliteraria y en ocasiones se van al extremo de politizar sus textos, como si respondieran a otras exigencias sociales o de mercado, en fin, otra forma de política cultural. Pero en cualquier caso creo que cada cual debe escribir lo que quiere y, sobre todo, como puede, y eso no está relacionado con lo político, sino con la capacidad artística. Si a algunos dentro de la loza de esa política cultural los aplasta fuera, el desarraigo puede lastrarlos. Es un drama nacional que tiene muchas facetas y en la creación literaria se transparenta una de las más complejas.

Detrás de Quevedo, en Máscaras, los intelectuales cubanos pueden descubrir a Luis Pavón, como a Antón Arrufat detrás de Alberto Marqués, ¿qué significó para la literatura cubana ese período al que Ambrosio Fornet denominó quinquenio gris?

Significó un trauma del cual no ha podido desprenderse. Significó la entronización del miedo, la necesidad de aplicar la castración de la autocensura para no sufrir la agresión de la censura, y en esos años setenta el ascenso vertiginoso de la mediocridad, el oportunismo, aquello que se le llamó el “sinflictivismo”… y la condena histórica y literaria de muchos autores. ¿Quién recuerda hoy al best-seller de aquellos años, el realista socialista Manuel Cofiño, editado y reeditado por miles de ejemplares? Y, ¿hasta qué punto autores que no voy a mencionar lograron recuperarse de aquellas condenas al silencio y la marginación? Esos años persiguen aún a la literatura cubana y tendrán que cambiar muchas cosas para que su efecto sea superado.

Yo he tenido la fortuna de que he podido hacer casi todo mi trabajo como escritor al margen de las instituciones oficiales que sostienen esa política (con los años han cambiado sus métodos, mas no su esencia) y por eso me he podido liberar de muchos de sus efectos, y cada vez más. Por eso siempre digo que mi vinculación desde 1996 hasta hoy con Tusquets Editores ha sido para mí una ventana de libertad, pues mis novelas salen de mi computadora a la de mis editores en Barcelona, sin pasar por ningún filtro oficial cubano.

Creo que eres también el escritor cubano más entrevistado en el mundo. En esos encuentros, se te ha preguntado varias veces por qué sigues viviendo en Cuba, con la intención velada o descubierta de identificar una filiación política. De hecho, he leído tus respuestas y en ellas tu amor a la casa natal, la madre que gracias a Dios sigue viva, el barrio, hasta el cementerio de tus perros en el patio de siempre. Con todo, me gustaría que nuestros lectores lo oyeran de tu propia voz con nuevos ingredientes que desees agregar.

Poco tengo que agregar. Mi decisión de seguir viviendo y escribiendo en Cuba no es política, sino cultural, existencial, familiar, y porque quiero hacerlo, sin más. Tengo no solo una relación de pertenencia a Cuba, su identidad, su visión de la vida, su uso de la lengua, sino que practico esa pertenencia desde la permanencia libremente elegida. Yo he estado viajando por el mundo desde 1988. En 1992, en pleno período especial fui por primera vez a Estados Unidos, en 1994 salí a México y mi mujer fue conmigo desde esa vez y casi para siempre… y regreso porque quiero.

Leonardo Padura. Fotografía de Héctor Garrido

Hoy pudiera vivir en cualquier sitio, tengo incluso un pasaporte español desde 2010, una ciudadanía que me fue concedida por mi trabajo como escritor, no por ser nieto de españoles, mi trabajo se realiza fundamentalmente fuera de la isla, donde ya ni siquiera soy publicado (mis últimos seis títulos no tienen edición cubana), pero como digo al final de Ir a La Habana, seguiré ahí, en mi país y en mi casa hasta que me expulsen o hasta que no pueda más. Y ojalá que ninguna de esas dos condiciones se cumplan. Porque yo necesito a Cuba para escribir, y no por geografía o clima… si no, porque todavía en Cuba vive la mayoría (cada vez más menguada, la verdad) de los cubanos, y de ellos es de quienes quiero escribir, de sus frustraciones y alegrías, de sus vidas y sus muertes.

A Tampa, una ciudad que guarda tanto de Martí, nos trajiste a vivir  en  tu novela  Morir en la arena a Violeta,  un personaje ficticio. ¿Cuándo y con qué ilusiones llegará el autor a visitarnos?

Pues cuando pueda… porque ahora mismo ni visa estadounidense tengo… Hace año y medio me tienen en “proceso administrativo”, ellos sabrán por qué.

Muchas gracias.




viernes, 19 de junio de 2026

Diálogo con el escritor ­dominicano Juan Colón

 Juan Colón  es un poeta, historiador, narrador y ensayista dominicano de mucha relevancia en su país y en otras regiones del mundo. Por ello,  el Círculo de Embajadores Universales de la Paz, con sede en Ginebra, Suiza, lo declaró embajador de la paz en el mundo en representación de su patria y la Academia Norteamericana de Literatura Moderna Internacional lo nombró, en 2020, presidente del capítulo dedicado a República Dominicana.            

Colón es autor de textos pedagógicos oficiales como Geografía Mundial, Historia de las Civilizaciones, Geografía e Historia de América y de los pueblos del Caribe. Entre sus textos literarios  se destacan los poemarios No puedo callarme y Raíces de mi alma, así como el libro de cuentos Giocondo mío.

Ha merecido el “Premio Dominicano de Oro, Gral. Gregorio Luperón” por su trabajo literario y educativo, así como distinciones nacionales e internacionales. En una reciente visita a Tampa, el poeta nos visitó en La Gaceta y después de una agradable conversación le formulamos unas preguntas a modo de entrevista que nos respondió con agrado.

Durante una agradable conversación con el poeta Juan Colón

Prefiero empezar por la poesía, la expresión más antigua y universal del lenguaje humano. ¿Desde cuándo y cómo descubriste al poeta que hoy ha sido reconocido en diferentes lugares del mundo?

Quizás siempre lo supe, o apenas lo intuía: el poeta no apareció un día, como una revelación súbita, sino que ya habitaba dentro de mí, adherido a la sangre, como una memoria anterior a la conciencia. Desde niño buscaba cada tarde un promontorio frente al mar, un lugar donde el horizonte y el agua parecían sostener un diálogo silencioso conmigo. Allí comprendí –sin nombrarlo todavía– que la poesía no nace únicamente de las palabras, sino de una necesidad de comunión con aquello que nos excede: el mar, la soledad, el misterio, el tiempo.

A los trece años escribí una obra teatral y dirigí un grupo de teatro; ya entonces la poesía reclamaba su espacio en mi vida, no solo escrita, sino dicha en voz alta, respirada, compartida como un acto casi ritual. Hoy la poesía suele leerse en silencio, pero para mí siempre tuvo también la dimensión de la voz, del temblor humano que atraviesa el cuerpo y busca otro cuerpo donde resonar.

Con los años entendí que el poeta no se descubre del todo: se escucha. Cada vez que me enfrento al papel en blanco –o a la pantalla– y nace el primer verso, siento que algo esencial vuelve a encontrar refugio. La poesía ha sido eso: una morada para el alma, una manera de reconciliarme con mis preguntas más profundas y con la fragilidad de existir. Tal vez por eso escribir nunca ha sido para mí un oficio ni una aspiración de reconocimiento, sino una forma de permanecer despierto ante el misterio de la vida.

¿Podrías describirme algunas obras y momentos que consideres culminantes en tu creación poética?

Más que señalar obras específicas, prefiero hablar de aquellos autores que, de una u otra forma, fueron encendiendo la llama de mi escritura y acompañaron silenciosamente mi formación espiritual y literaria. Pablo Neruda, con su vastedad humana y telúrica; Juan Bosch, extraordinario cuentista dominicano cuya mirada ética y narrativa dejó una huella profunda; Pedro Mir y Manuel del Cabral, que supieron darle al Caribe una dimensión universal; Franklin Mieses Burgos, con su intensidad metafísica. Y, por supuesto, Octavio Paz, Julio Cortázar, Jorge Luis Borges y los poetas españoles  de la Generación del 27, entre muchos otros que ampliaron mi manera de entender el lenguaje como una forma de revelación.

Si pienso en momentos culminantes de mi trayectoria, podría mencionar tres que marcaron distintos territorios de mi vida creadora. El primero ocurrió en 1993, cuando participé como autor de libros de texto para el sistema educativo dominicano. Con el inicio del Primer Plan Decenal de Educación, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) consideró que dos de mis libros respondían plenamente a las exigencias del nuevo currículo educativo. Aquello representó para mí no solo un reconocimiento intelectual, sino también la certeza de que la escritura podía convertirse en un instrumento de transformación colectiva.

Otro momento profundamente significativo llegó en 2021, cuando la organización Uniendo Raíces, en Valle de Aosta, Italia, me invitó a leer mi poesía en un castillo medieval. Aquella experiencia tuvo algo de símbolo y de destino: sentir mi voz resonando entre piedras antiguas, en otra lengua y otra cultura, me hizo comprender que la poesía pertenece menos al escritor que al misterio que la atraviesa. De esa vivencia nació el libro Il Miracolo della Luce (El Milagro de la Luz).

Un año después, con Le Mani del Silenzio, obtuve el Primer Lugar de Poesía Ciudad de Milán; y en 2023, el Primer Lugar de Poesía Ciudad de Bríndisi, ambos en Italia. Son reconocimientos que agradezco profundamente, porque confirman que la poesía puede cruzar fronteras y encontrar eco en sensibilidades distantes.

Sin embargo, quizás lo más esencial para mí ocurrió recientemente con mi libro de relatos Eviterno. Allí sentí, por primera vez, que había encontrado plenamente la voz –o el estilo– que llevaba toda la vida buscando. Como si después de muchos años de escritura, lecturas, silencios y preguntas, finalmente hubiera llegado a ese lugar interior donde el lenguaje deja de parecerse a los otros y comienza, verdaderamente, a pertenecernos.

¿Cómo se equilibran el historiador y el pedagogo en estas obras?

Creo que conviven de manera natural. Lo científico no reduce la creatividad; por el contrario, muchas veces le ofrece profundidad, estructura y una conciencia más amplia de la realidad humana. En el caso de las ciencias sociales, ese vínculo resulta todavía más evidente, porque mi poesía posee una marcada dimensión humanista y una sensibilidad de conciencia social que nace precisamente de la observación histórica y de la experiencia pedagógica.

El historiador me ayuda a comprender los procesos humanos, las heridas colectivas, las raíces culturales y las contradicciones del tiempo que habitamos; mientras que el pedagogo me recuerda constantemente que toda palabra también implica una responsabilidad ética frente al otro. Ambos dialogan dentro de mi escritura sin imponerse uno sobre el otro.

Para la creación literaria, mientras más holística sea la visión del mundo, más posibilidades tiene la obra de alcanzar profundidad y autenticidad. La literatura no puede vivir aislada del conocimiento, de la memoria ni de la experiencia humana. En mi caso, historia, educación y poesía forman parte de una misma búsqueda: comprender al ser humano en toda su complejidad y tratar de devolver, a través de la palabra, una mirada más sensible y más consciente sobre la existencia.

Mirando hacia los acelerados cambios –y no solo tecnológicos– del mundo de hoy, ¿crees que la enseñanza en República Dominicana prepara a los niños y jóvenes para enfrentarlo?

Creo que necesitamos una verdadera revolución educativa, no solamente en términos tecnológicos, sino también humanos, culturales y éticos. El mundo está cambiando a una velocidad vertiginosa: cambian las formas de producir, de comunicarnos, de aprender e incluso de entender la realidad. Frente a eso, la educación no puede seguir anclada en modelos del pasado.

Es imprescindible una mejor preparación y dignificación del magisterio, porque ningún sistema educativo puede superar la calidad humana e intelectual de sus maestros. El docente debe convertirse nuevamente en un orientador del pensamiento crítico, de la sensibilidad y de la conciencia social, y no únicamente en un transmisor de contenidos.

También se necesita un currículo más dinámico y coherente con las nuevas demandas productivas, científicas y culturales del presente. La escuela debe preparar para el trabajo y la tecnología, sí, pero también para la convivencia, la creatividad, la reflexión ética y la comprensión profunda del ser humano. De nada sirve formar técnicos altamente capacitados si carecen de sensibilidad social o de conciencia histórica.

Hay además una contradicción preocupante: vivimos en la era de la información, pero hemos descuidado la formación del hábito de lectura y del pensamiento reflexivo. Desde el año 2019 muchas bibliotecas escolares prácticamente no reciben libros. Eso es grave, porque una sociedad que abandona sus bibliotecas termina debilitando su imaginación, su capacidad crítica y hasta su democracia espiritual.

En La Gaceta, Tampa

Has desarrollado una obra que ha merecido reconocimiento en tu país. Ahora que en plena madurez puedes exponer tu creación y experiencia en diferentes lugares del mundo, ¿qué planes tienes?

En este momento trabajo en la elaboración de textos escolares para la educación dominicana, una labor que asumo no solo desde la pedagogía, sino también desde el compromiso ético y cultural con las nuevas generaciones. Siempre he creído que educar es una de las formas más profundas de sembrar futuro,  y  participar en la construcción de materiales educativos significa también contribuir a la formación de una conciencia más crítica y más humana.

En el ámbito literario, atravieso una etapa particularmente intensa y reveladora. Estoy corrigiendo poemas y relatos que permanecieron guardados durante más de treinta años, textos que, de algún modo, esperaban el tiempo interior adecuado para volver a la luz. Paralelamente continúo escribiendo nuevas obras, porque la creación literaria no admite pausas definitivas. La poesía, suelo decirlo con afecto y verdad, es mi novia; y como toda relación profunda, exige presencia, entrega y trabajo permanente.

También mantengo diversos compromisos internacionales vinculados a recitales y conferencias programadas para este año en distintos escenarios culturales. Cada encuentro con lectores y escritores de otras lenguas y otras geografías reafirma mi convicción de que la literatura es uno de los pocos territorios donde todavía es posible reconocernos esencialmente humanos.

Uno de los proyectos que más ilusión me produce será en el año 2027, cuando presentaré en París un recital de poesía en francés y español. Para mí tendrá un significado especial, no solo por lo que representa culturalmente París en la historia universal de las letras, sino porque simboliza la posibilidad de que la palabra nacida en nuestra isla pueda dialogar, sin fronteras, con otras sensibilidades y otras tradiciones del mundo.

El Círculo de Embajadores Universales de la Paz, con sede en Ginebra, te designó como Embajador de la Paz en representación de la República Dominicana. ¿Cómo ves hoy esa aspiración en el mundo?

Trabajar en favor de la paz es hoy una labor más urgente que nunca. Vivimos en una época marcada por la posmodernidad, donde con frecuencia predominan el individualismo, el egoísmo y una profunda crisis de valores humanos. Paradójicamente, mientras la humanidad alcanza niveles extraordinarios de desarrollo científico y tecnológico, también parece alejarse cada vez más de su dimensión ética y espiritual.

Vivimos tiempos dolorosos en los que, ante los ojos del mundo, se cometen genocidios, desplazamientos masivos y actos de barbarie que muchas veces no solo encuentran indiferencia en los grandes poderes, sino incluso complicidades silenciosas sustentadas por intereses económicos y geopolíticos. Esa realidad revela una fractura moral profunda dentro de la civilización contemporánea.

Resulta igualmente desgarrador pensar que nunca antes la humanidad produjo tantos alimentos, tanta riqueza y tantos avances tecnológicos, y, sin embargo, millones de seres humanos continúan viviendo en la miseria, mientras miles de niños mueren cada día víctimas del hambre y la desnutrición. Esa contradicción demuestra que el problema esencial del mundo no es la escasez, sino la falta de sensibilidad, de justicia y de conciencia humana.

Por eso creo que trabajar por la paz hoy trasciende el discurso diplomático o institucional; se ha convertido en una misión casi sacerdotal. La paz no significa solamente ausencia de guerras: implica dignidad, equidad, educación, respeto por la vida y capacidad de reconocernos en el dolor ajeno. Mientras no aprendamos a mirar al otro como una extensión de nuestra propia humanidad, seguiremos construyendo sociedades tecnológicamente avanzadas, pero espiritualmente vacías.

Asumo esa designación como Embajador de la Paz no como un honor personal, sino como un compromiso ético y humano: el de seguir defendiendo, desde la palabra, la cultura y la educación, la posibilidad de un mundo más sensible, más justo y más consciente.

Acabas de visitar Tampa, donde tuve el placer de conocerte e intercambiar algunas ideas, esencialmente relacionadas con los históricos vínculos entre Santo Domingo y Cuba. Si yo tuviera que vincular los tres espacios geográficos con un solo nombre, mencionaría a Francisco ( Panchito) Gómez Toro, el hijo de Máximo Gómez que vino a Tampa con Martí. ¿Cómo describirías esa imagen, tú que eres poeta, pedagogo e historiador? 

Antes de responder esa hermosa pregunta, quiero agradecerte  profundamente a ti, ­Gabriel Cartaya, a Alberto Sicilia y a Pablo Martínez, por el gentil y fructífero encuentro intelectual que sostuvimos en Tampa. Conversar en su oficina sobre historia, literatura y los vínculos espirituales y culturales entre nuestros pueblos caribeños fue una experiencia enriquecedora y entrañable. Siempre resulta esperanzador encontrar espacios donde la memoria, la cultura y la palabra todavía convocan al diálogo profundo entre seres humanos.

La figura de Francisco “Panchito” Gómez Toro posee para mí una dimensión casi simbólica dentro de la historia del Caribe. En él convergen no solo la herencia heroica de su padre, Máximo Gómez, sino también el ideal martiano de una patria entendida como destino moral y humano. Panchito representa esa juventud capaz de abrazar una causa superior, incluso por encima de su propia vida.

Tampa, Santo Domingo y Cuba dejan entonces de ser únicamente espacios geográficos para convertirse en territorios de una misma memoria histórica y afectiva. Tampa fue fragua de sueños libertarios; Cuba, escenario del sacrificio y de la esperanza; y Santo Domingo, raíz espiritual de uno de los grandes estrategas de la independencia cubana. En esa trilogía histórica, Panchito aparece como una especie de puente humano entre la épica y la ternura.

Panchito Gómez Toro, al centro, junto a Martí y Fermín Valdés Domínguez
 en Cayo Hueso, en mayo de 1894. Durante ese viaje estuvo en Tampa.

Como historiador, veo en él la continuidad de una generación que entendió la libertad como un deber continental y no como un proyecto individual. Como pedagogo, encuentro una figura ejemplar para las nuevas generaciones, porque encarna valores que hoy parecen erosionarse: lealtad, desprendimiento, dignidad y sentido del deber. Y como poeta, quizá lo percibo de un modo todavía más profundo: Panchito me parece uno de esos seres que no pertenecen del todo a la muerte, porque terminan convertidos en símbolos.

Hay imágenes históricas que adquieren una dimensión casi poética. Imagino a aquel joven acompañando a Martí, atravesando los caminos de la guerra y del destino, cargando no solo el peso de un apellido glorioso, sino también el fervor de una generación que soñaba una América más justa y más humana. En él habita la belleza trágica de quienes comprenden que la verdadera grandeza no consiste en vivir mucho, sino en darle sentido moral a la existencia.

Tal vez por eso, cuando pensamos en Panchito Gómez Toro, no evocamos únicamente un personaje histórico: evocamos la persistencia de la dignidad humana frente al olvido y frente al tiempo.

Te comparto este breve poema de mi autoría.

    La mujer campesina
       Me dio su mano.
       Dentro de su mano
       Latía una casita doblada,
       Unas yaguas en hilachas
       Sosteniendo la tarde.
       La historia de un silencio
       Le mordía los labios.
       Al despedirse…
       A mis dedos
       Se le llenaron
       Los ojos de agua.
       Muchas gracias, Juan.