viernes, 19 de junio de 2026

Diálogo con el escritor ­dominicano Juan Colón

 Juan Colón  es un poeta, historiador, narrador y ensayista dominicano de mucha relevancia en su país y en otras regiones del mundo. Por ello,  el Círculo de Embajadores Universales de la Paz, con sede en Ginebra, Suiza, lo declaró embajador de la paz en el mundo en representación de su patria y la Academia Norteamericana de Literatura Moderna Internacional lo nombró, en 2020, presidente del capítulo dedicado a República Dominicana.            

Colón es autor de textos pedagógicos oficiales como Geografía Mundial, Historia de las Civilizaciones, Geografía e Historia de América y de los pueblos del Caribe. Entre sus textos literarios  se destacan los poemarios No puedo callarme y Raíces de mi alma, así como el libro de cuentos Giocondo mío.

Ha merecido el “Premio Dominicano de Oro, Gral. Gregorio Luperón” por su trabajo literario y educativo, así como distinciones nacionales e internacionales. En una reciente visita a Tampa, el poeta nos visitó en La Gaceta y después de una agradable conversación le formulamos unas preguntas a modo de entrevista que nos respondió con agrado.

Durante una agradable conversación con el poeta Juan Colón

Prefiero empezar por la poesía, la expresión más antigua y universal del lenguaje humano. ¿Desde cuándo y cómo descubriste al poeta que hoy ha sido reconocido en diferentes lugares del mundo?

Quizás siempre lo supe, o apenas lo intuía: el poeta no apareció un día, como una revelación súbita, sino que ya habitaba dentro de mí, adherido a la sangre, como una memoria anterior a la conciencia. Desde niño buscaba cada tarde un promontorio frente al mar, un lugar donde el horizonte y el agua parecían sostener un diálogo silencioso conmigo. Allí comprendí –sin nombrarlo todavía– que la poesía no nace únicamente de las palabras, sino de una necesidad de comunión con aquello que nos excede: el mar, la soledad, el misterio, el tiempo.

A los trece años escribí una obra teatral y dirigí un grupo de teatro; ya entonces la poesía reclamaba su espacio en mi vida, no solo escrita, sino dicha en voz alta, respirada, compartida como un acto casi ritual. Hoy la poesía suele leerse en silencio, pero para mí siempre tuvo también la dimensión de la voz, del temblor humano que atraviesa el cuerpo y busca otro cuerpo donde resonar.

Con los años entendí que el poeta no se descubre del todo: se escucha. Cada vez que me enfrento al papel en blanco –o a la pantalla– y nace el primer verso, siento que algo esencial vuelve a encontrar refugio. La poesía ha sido eso: una morada para el alma, una manera de reconciliarme con mis preguntas más profundas y con la fragilidad de existir. Tal vez por eso escribir nunca ha sido para mí un oficio ni una aspiración de reconocimiento, sino una forma de permanecer despierto ante el misterio de la vida.

¿Podrías describirme algunas obras y momentos que consideres culminantes en tu creación poética?

Más que señalar obras específicas, prefiero hablar de aquellos autores que, de una u otra forma, fueron encendiendo la llama de mi escritura y acompañaron silenciosamente mi formación espiritual y literaria. Pablo Neruda, con su vastedad humana y telúrica; Juan Bosch, extraordinario cuentista dominicano cuya mirada ética y narrativa dejó una huella profunda; Pedro Mir y Manuel del Cabral, que supieron darle al Caribe una dimensión universal; Franklin Mieses Burgos, con su intensidad metafísica. Y, por supuesto, Octavio Paz, Julio Cortázar, Jorge Luis Borges y los poetas españoles  de la Generación del 27, entre muchos otros que ampliaron mi manera de entender el lenguaje como una forma de revelación.

Si pienso en momentos culminantes de mi trayectoria, podría mencionar tres que marcaron distintos territorios de mi vida creadora. El primero ocurrió en 1993, cuando participé como autor de libros de texto para el sistema educativo dominicano. Con el inicio del Primer Plan Decenal de Educación, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) consideró que dos de mis libros respondían plenamente a las exigencias del nuevo currículo educativo. Aquello representó para mí no solo un reconocimiento intelectual, sino también la certeza de que la escritura podía convertirse en un instrumento de transformación colectiva.

Otro momento profundamente significativo llegó en 2021, cuando la organización Uniendo Raíces, en Valle de Aosta, Italia, me invitó a leer mi poesía en un castillo medieval. Aquella experiencia tuvo algo de símbolo y de destino: sentir mi voz resonando entre piedras antiguas, en otra lengua y otra cultura, me hizo comprender que la poesía pertenece menos al escritor que al misterio que la atraviesa. De esa vivencia nació el libro Il Miracolo della Luce (El Milagro de la Luz).

Un año después, con Le Mani del Silenzio, obtuve el Primer Lugar de Poesía Ciudad de Milán; y en 2023, el Primer Lugar de Poesía Ciudad de Bríndisi, ambos en Italia. Son reconocimientos que agradezco profundamente, porque confirman que la poesía puede cruzar fronteras y encontrar eco en sensibilidades distantes.

Sin embargo, quizás lo más esencial para mí ocurrió recientemente con mi libro de relatos Eviterno. Allí sentí, por primera vez, que había encontrado plenamente la voz –o el estilo– que llevaba toda la vida buscando. Como si después de muchos años de escritura, lecturas, silencios y preguntas, finalmente hubiera llegado a ese lugar interior donde el lenguaje deja de parecerse a los otros y comienza, verdaderamente, a pertenecernos.

¿Cómo se equilibran el historiador y el pedagogo en estas obras?

Creo que conviven de manera natural. Lo científico no reduce la creatividad; por el contrario, muchas veces le ofrece profundidad, estructura y una conciencia más amplia de la realidad humana. En el caso de las ciencias sociales, ese vínculo resulta todavía más evidente, porque mi poesía posee una marcada dimensión humanista y una sensibilidad de conciencia social que nace precisamente de la observación histórica y de la experiencia pedagógica.

El historiador me ayuda a comprender los procesos humanos, las heridas colectivas, las raíces culturales y las contradicciones del tiempo que habitamos; mientras que el pedagogo me recuerda constantemente que toda palabra también implica una responsabilidad ética frente al otro. Ambos dialogan dentro de mi escritura sin imponerse uno sobre el otro.

Para la creación literaria, mientras más holística sea la visión del mundo, más posibilidades tiene la obra de alcanzar profundidad y autenticidad. La literatura no puede vivir aislada del conocimiento, de la memoria ni de la experiencia humana. En mi caso, historia, educación y poesía forman parte de una misma búsqueda: comprender al ser humano en toda su complejidad y tratar de devolver, a través de la palabra, una mirada más sensible y más consciente sobre la existencia.

Mirando hacia los acelerados cambios –y no solo tecnológicos– del mundo de hoy, ¿crees que la enseñanza en República Dominicana prepara a los niños y jóvenes para enfrentarlo?

Creo que necesitamos una verdadera revolución educativa, no solamente en términos tecnológicos, sino también humanos, culturales y éticos. El mundo está cambiando a una velocidad vertiginosa: cambian las formas de producir, de comunicarnos, de aprender e incluso de entender la realidad. Frente a eso, la educación no puede seguir anclada en modelos del pasado.

Es imprescindible una mejor preparación y dignificación del magisterio, porque ningún sistema educativo puede superar la calidad humana e intelectual de sus maestros. El docente debe convertirse nuevamente en un orientador del pensamiento crítico, de la sensibilidad y de la conciencia social, y no únicamente en un transmisor de contenidos.

También se necesita un currículo más dinámico y coherente con las nuevas demandas productivas, científicas y culturales del presente. La escuela debe preparar para el trabajo y la tecnología, sí, pero también para la convivencia, la creatividad, la reflexión ética y la comprensión profunda del ser humano. De nada sirve formar técnicos altamente capacitados si carecen de sensibilidad social o de conciencia histórica.

Hay además una contradicción preocupante: vivimos en la era de la información, pero hemos descuidado la formación del hábito de lectura y del pensamiento reflexivo. Desde el año 2019 muchas bibliotecas escolares prácticamente no reciben libros. Eso es grave, porque una sociedad que abandona sus bibliotecas termina debilitando su imaginación, su capacidad crítica y hasta su democracia espiritual.

En La Gaceta, Tampa

Has desarrollado una obra que ha merecido reconocimiento en tu país. Ahora que en plena madurez puedes exponer tu creación y experiencia en diferentes lugares del mundo, ¿qué planes tienes?

En este momento trabajo en la elaboración de textos escolares para la educación dominicana, una labor que asumo no solo desde la pedagogía, sino también desde el compromiso ético y cultural con las nuevas generaciones. Siempre he creído que educar es una de las formas más profundas de sembrar futuro,  y  participar en la construcción de materiales educativos significa también contribuir a la formación de una conciencia más crítica y más humana.

En el ámbito literario, atravieso una etapa particularmente intensa y reveladora. Estoy corrigiendo poemas y relatos que permanecieron guardados durante más de treinta años, textos que, de algún modo, esperaban el tiempo interior adecuado para volver a la luz. Paralelamente continúo escribiendo nuevas obras, porque la creación literaria no admite pausas definitivas. La poesía, suelo decirlo con afecto y verdad, es mi novia; y como toda relación profunda, exige presencia, entrega y trabajo permanente.

También mantengo diversos compromisos internacionales vinculados a recitales y conferencias programadas para este año en distintos escenarios culturales. Cada encuentro con lectores y escritores de otras lenguas y otras geografías reafirma mi convicción de que la literatura es uno de los pocos territorios donde todavía es posible reconocernos esencialmente humanos.

Uno de los proyectos que más ilusión me produce será en el año 2027, cuando presentaré en París un recital de poesía en francés y español. Para mí tendrá un significado especial, no solo por lo que representa culturalmente París en la historia universal de las letras, sino porque simboliza la posibilidad de que la palabra nacida en nuestra isla pueda dialogar, sin fronteras, con otras sensibilidades y otras tradiciones del mundo.

El Círculo de Embajadores Universales de la Paz, con sede en Ginebra, te designó como Embajador de la Paz en representación de la República Dominicana. ¿Cómo ves hoy esa aspiración en el mundo?

Trabajar en favor de la paz es hoy una labor más urgente que nunca. Vivimos en una época marcada por la posmodernidad, donde con frecuencia predominan el individualismo, el egoísmo y una profunda crisis de valores humanos. Paradójicamente, mientras la humanidad alcanza niveles extraordinarios de desarrollo científico y tecnológico, también parece alejarse cada vez más de su dimensión ética y espiritual.

Vivimos tiempos dolorosos en los que, ante los ojos del mundo, se cometen genocidios, desplazamientos masivos y actos de barbarie que muchas veces no solo encuentran indiferencia en los grandes poderes, sino incluso complicidades silenciosas sustentadas por intereses económicos y geopolíticos. Esa realidad revela una fractura moral profunda dentro de la civilización contemporánea.

Resulta igualmente desgarrador pensar que nunca antes la humanidad produjo tantos alimentos, tanta riqueza y tantos avances tecnológicos, y, sin embargo, millones de seres humanos continúan viviendo en la miseria, mientras miles de niños mueren cada día víctimas del hambre y la desnutrición. Esa contradicción demuestra que el problema esencial del mundo no es la escasez, sino la falta de sensibilidad, de justicia y de conciencia humana.

Por eso creo que trabajar por la paz hoy trasciende el discurso diplomático o institucional; se ha convertido en una misión casi sacerdotal. La paz no significa solamente ausencia de guerras: implica dignidad, equidad, educación, respeto por la vida y capacidad de reconocernos en el dolor ajeno. Mientras no aprendamos a mirar al otro como una extensión de nuestra propia humanidad, seguiremos construyendo sociedades tecnológicamente avanzadas, pero espiritualmente vacías.

Asumo esa designación como Embajador de la Paz no como un honor personal, sino como un compromiso ético y humano: el de seguir defendiendo, desde la palabra, la cultura y la educación, la posibilidad de un mundo más sensible, más justo y más consciente.

Acabas de visitar Tampa, donde tuve el placer de conocerte e intercambiar algunas ideas, esencialmente relacionadas con los históricos vínculos entre Santo Domingo y Cuba. Si yo tuviera que vincular los tres espacios geográficos con un solo nombre, mencionaría a Francisco ( Panchito) Gómez Toro, el hijo de Máximo Gómez que vino a Tampa con Martí. ¿Cómo describirías esa imagen, tú que eres poeta, pedagogo e historiador? 

Antes de responder esa hermosa pregunta, quiero agradecerte  profundamente a ti, ­Gabriel Cartaya, a Alberto Sicilia y a Pablo Martínez, por el gentil y fructífero encuentro intelectual que sostuvimos en Tampa. Conversar en su oficina sobre historia, literatura y los vínculos espirituales y culturales entre nuestros pueblos caribeños fue una experiencia enriquecedora y entrañable. Siempre resulta esperanzador encontrar espacios donde la memoria, la cultura y la palabra todavía convocan al diálogo profundo entre seres humanos.

La figura de Francisco “Panchito” Gómez Toro posee para mí una dimensión casi simbólica dentro de la historia del Caribe. En él convergen no solo la herencia heroica de su padre, Máximo Gómez, sino también el ideal martiano de una patria entendida como destino moral y humano. Panchito representa esa juventud capaz de abrazar una causa superior, incluso por encima de su propia vida.

Tampa, Santo Domingo y Cuba dejan entonces de ser únicamente espacios geográficos para convertirse en territorios de una misma memoria histórica y afectiva. Tampa fue fragua de sueños libertarios; Cuba, escenario del sacrificio y de la esperanza; y Santo Domingo, raíz espiritual de uno de los grandes estrategas de la independencia cubana. En esa trilogía histórica, Panchito aparece como una especie de puente humano entre la épica y la ternura.

Panchito Gómez Toro, al centro, junto a Martí y Fermín Valdés Domínguez
 en Cayo Hueso, en mayo de 1894. Durante ese viaje estuvo en Tampa.

Como historiador, veo en él la continuidad de una generación que entendió la libertad como un deber continental y no como un proyecto individual. Como pedagogo, encuentro una figura ejemplar para las nuevas generaciones, porque encarna valores que hoy parecen erosionarse: lealtad, desprendimiento, dignidad y sentido del deber. Y como poeta, quizá lo percibo de un modo todavía más profundo: Panchito me parece uno de esos seres que no pertenecen del todo a la muerte, porque terminan convertidos en símbolos.

Hay imágenes históricas que adquieren una dimensión casi poética. Imagino a aquel joven acompañando a Martí, atravesando los caminos de la guerra y del destino, cargando no solo el peso de un apellido glorioso, sino también el fervor de una generación que soñaba una América más justa y más humana. En él habita la belleza trágica de quienes comprenden que la verdadera grandeza no consiste en vivir mucho, sino en darle sentido moral a la existencia.

Tal vez por eso, cuando pensamos en Panchito Gómez Toro, no evocamos únicamente un personaje histórico: evocamos la persistencia de la dignidad humana frente al olvido y frente al tiempo.

Te comparto este breve poema de mi autoría.

    La mujer campesina
       Me dio su mano.
       Dentro de su mano
       Latía una casita doblada,
       Unas yaguas en hilachas
       Sosteniendo la tarde.
       La historia de un silencio
       Le mordía los labios.
       Al despedirse…
       A mis dedos
       Se le llenaron
       Los ojos de agua.
       Muchas gracias, Juan.
 


 

 

sábado, 30 de mayo de 2026

Entrevista al escritor ­cubano Arturo Arango

 Arturo Arango Arias es un reconocido escritor cubano, cuyos cuentos, novelas y guiones de filmes como Lista de espera  y El cuerno de la abundancia (ambos en colaboración con Juan Carlos Tabío) le han situado entre los autores más destacados de su generación.

Entre sus novelas aparecen El libro de la realidad (Tusquets Editores, 2001) y Límites y escombros (Verbum, 2023), cuya reciente lectura me animó a pedirle una entrevista para La Gaceta. Los ensayos de Arango, especialmente los titulados  Reincidencias (1989), Segundas reincidencias (2002)  y Terceras reincidencias (2013) constituyen una  mirada crítica muy aguda sobre la realidad cubana de las últimas décadas.

Arango, quien fue director de la revista Casa de las Américas, subdirector editorial de La Gaceta de Cuba y Jefe titular de la Cátedra de Guion de la  Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños, es miembro de la Academia Cubana de la Lengua, mientras sigue escribiendo y enseñando.

Arturo Arango

En algunos personajes de Límites y escombros se aprecian momentos de incertidumbre por el futuro.  Sin embargo, me llamó la atención la mirada al pasado inmediato –el pasado que ahora no sabemos dónde colocar, dice el narrador–. En la afirmación citada, ¿hay un sentimiento de pérdida del presente soñado a nivel grupal o generacional?

Hay ese sentimiento de pérdida, tanto del pasado inmediato como del futuro que parecía posible. La restauración del capitalismo en Europa del Este y, en especial, la desaparición de la Unión Soviética dejaron a Cuba en un desamparo total. En julio de 1991 mirábamos hacia atrás y nos parecía que nos deparaban décadas de enero de ese mismo año. Curiosamente, se escribieron cuentos excelentes bajo ese estímulo, por ejemplo “Dorado mundo”, de Francisco López Sacha, y “Rumba Palace”, de Miguel Mejides. Publiqué en 1994 un libro de cuentos, titulado La Habana elegante, con tres cuentos que también dan testimonio, por la vía de la exageración y del absurdo, de ese período. El ensayista Jorge Fornet nos llamó “la generación del desencanto”, y creo que es un calificativo acertado.

Esta novela –y posiblemente otras tuyas que no he leído– expone desde la ficción no solo al grupo que se reúne alrededor del gremio de escritores (UNEAC) en La Habana, sino a la Cuba del llamado período especial (década de 1990). ¿Hasta dónde se ha apropiado la literatura cubana de este leitmotiv?

Como te dije en la respuesta anterior, lo hizo sobre todo mediante el cuento, y un poco también el cine; me parece que menos la novela. Desde 1994, tuvimos en La Gaceta de Cuba un concurso de cuentos en el que cada año participaban decenas de autores. Había tópicos de la época, como los balseros, los apagones y las jineteras (las prostitutas) que aparecían una y otra y otra vez. La mayoría de las veces, repitiendo esquemas. Otras, las valiosas, con cuentos extraordinarios, como los que cité antes.

¿Cuánto hay de Arturo Arango en Marcos, además de la bicicleta?

Como siempre ocurre, todo escritor habla una y otra vez de sí mismo, aunque se esconda detrás de sucesivas máscaras. Ese personaje, Marcos, comparte con Arturo Arango ideas, sentimientos, desconciertos experimentados durante esos años, aunque las circunstancias concretas de su vida doméstica y familiar sean muy distintas. Comparten, además, el haber ­trabajado en una revista cultural, El Punto, en la novela, La Gaceta de Cuba en la vida real. La Gaceta se dejó de publicar, por falta de papel, en el 90, pero afortunadamente ya en el 92 había revivido, y yo ingresé en su equipo de redacción en el 94, lo que aparta radicalmente esa realidad de la ficción.

El personaje de Omar, que representa la vigilancia del estado sobre el escritor, se va opacando en la medida que avanza la novela. ¿Podría verse en ello una disminución del ojo de la seguridad del estado sobre los intelectuales?

No había pensado en esa lectura. En la novela, las informaciones que da Marcos no son demasiado útiles para Omar. Sin embargo, me interesaba también insistir en el tema de las amistades y las fidelidades. Hacia el final, cuando el personaje Alejandro entra en crisis, Omar le manda con Marcos señales (que Alejandro no atiende) de lo que debe hacer para salvarse de las acusaciones que se harán en su contra. Omar y Alejandro fueron amigos muchos años atrás, cuando vivieron peripecias que están narradas en otra novela, El libro de la realidad, y ahora Omar es fiel a ese pasado.

Novela publicada por Ediciones Loynaz,
Matanzas, Cuba, 2025
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La lealtad entre los amigos es un mensaje hermoso en Límites y escombros. Por ello fue tan fuerte la respuesta del grupo cuando uno de sus miembros (Alejandro), tiene un comportamiento inesperado. ¿Cuánto tributas a la amistad?

Tengo entre los tesoros más grandes de mi vida esas relaciones de amistad con escritores que nos formamos juntos, que hemos vivido décadas intensas, siempre cuidándonos y queriéndonos. He citado a dos que ya no están (Sacha y Mejides), a los que puedo agregar muchos más. Ellos son parte de mi familia. Senel Paz y yo hemos preparado una antología titulada Reunión de amigos, con varios narradores que nacimos de 1950 a 1955, y es un proyecto que da cuenta de esas relaciones, que se conservan no importan dónde vivamos. En ese libro, cuya publicación esperamos con ansiedad, están Abilio Estévez y Luis Manuel García Méndez, instalados desde hace tiempo en España. Podría también citar un grupo de poetas a los que me une esa amistad incorruptible.

He dicho alguna vez que esas relaciones de amistad, no ya en el campo intelectual, son uno de los tópicos que recorren la obra de Leonardo Padura, otro de los esos imprescindibles entre mis afectos.

Como escritor y miembro de la Academia Cubana de la Lengua, ¿qué opinas de la literatura que hoy se hace en Cuba?

Lamentablemente, te confieso que no estoy siguiendo de cerca la nueva literatura cubana, y eso me duele, pero hay que elegir y el tiempo no alcanza para todo y los años pesan. Porque mientras estuve en La Gaceta de Cuba, leí mucho a mis contemporáneos, tanto lo presentado en ese concurso de cuentos que ya mencioné, como en el de poesía, que todavía existe,  más todas las colaboraciones que recibíamos, de ficción o sobre ella. Eso duró hasta 2019, aproximadamente.

Un tanto superficialmente, creo que la novela está en muy buen momento. Fui jurado del Premio de la Crítica hace unos años, y premiamos más novelas que libros de poesía, lo cual, en Cuba, es rarísimo.

Probablemente los escritores cubanos de la ­llamada diáspora expresen su país desde una memoria fragmentada y con mayor acento en el pasado, pero en lo más profundo desde su cultura original o heredada. ¿Podría entonces hablarse de una literatura cubana que incluya a los cubanos de dentro y fuera de la Isla?

¿Te refieres a obras que traten las dos realidades? Creo que hay algunas, sin dudas. Este alejamiento de lecturas contemporáneas que te expliqué antes me impide mencionar más ejemplos, pero me gusta mucho Como polvo en el viento, de Padura, donde ambos ámbitos están tratados con justeza y respeto, desde esas afinidades electivas que son la base de la amistad.

Creo que se conoce más en el extranjero a los escritores cubanos que viven en la Isla, que en ella a los que viven en el extranjero. Voy a poner un solo ejemplo: se lee más a Leonardo Padura en Miami que a José Kozer en Cuba. Si compartes esta afirmación, ¿a qué lo atribuyes?

No creo que sea equilibrada la comparación. Padura es el escritor vivo más promocionado y leído de la literatura cubana. Kozer es, en lo fundamental, un poeta, que siempre son menos seguidos que los narradores. A él se le conoce en los circuitos intelectuales cubanos, y en La Gaceta de Cuba y también en la Revista Unión se publicaron textos suyos y sobre él.

En La Gaceta dimos a conocer, en la medida de nuestras posibilidades, a escritores cubanos que viven en otros países, en especial a aquellos que se formaron fuera de Cuba y que aquí eran totalmente desconocidos.

También estoy seguro de que muchos escritores cubanos contemporáneos, que residen aquí, no se conocen en lo absoluto más allá de nuestras costas, porque los libros editados en Cuba jamás han tenido circulación ni difusión internacional, y ahora, para colmo, es muy poco lo que se imprime, y en tiradas mínimas. Por eso creo que, en verdad, el desconocimiento es mutuo.

Extraño mucho la labor de Carlos Espinosa, quien llevó durante años el trabajo de crítica literaria en Cubaencuentro y lo hacía con una eticidad admirable. Se esforzó siempre por reseñar obras de una y otras orillas. Para él, que desde mediados de los 80 residió sobre todo en España y un tiempo en los Estados Unidos, era más fácil obtener libros aparecidos fuera de Cuba, y nos pedía a sus amigos que le enviáramos lo publicado aquí, para sostener ese equilibrio.

¿Qué te produce mayor satisfacción como escritor, ver en el cine una película cuyo guion has escrito, saber que muchos leen el libro que acabas de publicar o el propio instante de la creación?

Siempre coloco la literatura por delante del cine, aunque el segundo tenga mucha más difusión. No he dirigido, ni dirigiré, películas, y tengo muy claro que, cuando me involucro en una, pertenecen al director, aunque la idea original sea mía. Al firmar un contrato de guion, si la idea original me pertenece, me reservo el derecho de llevarla a la literatura. El libro de la realidad lo escribí a partir de un guion que nunca se realizó, al igual que el relato En la hoja de un árbol. Después de estrenada la película El cuerno de la abundancia, de Juan Carlos Tabío, imaginé un falso testimonio, publicado también como una noveleta, donde construyo la investigación para tramar el guion. Y No me preguntes cuándo está concebida a partir de un guion para el director mexicano Álvaro Curiel de Icaza. Yo presenté la novela publicada por Ediciones Matanzas en la Feria del Libro de febrero de 2018, y él estrenó su película, titulada Marioneta, en el Festival de Cine de Guadalajara, un mes después.

Obviamente, me satisface mucho más la publicación de un libro, y muchísimo más cuando una persona que lo ha leído me lo comenta. El proceso de escritura puede oscilar entre la euforia y la angustia. Creo en la duda y en la inseguridad porque no hay nada más traicionero que suponer que todo cuando escribimos es impecable. El instante de dar por terminado un libro también es de celebración, pero transitorio. Una y otra vez regreso al texto, retoco, cambio, sigo imaginando situaciones. El punto final se pone solo cuando el volumen sale de la imprenta.

El parque Masó, de Manzanillo, en el rostro de una
novela  de  Arturo Arango de próxima aparición.

Una pregunta imprescindible: ¿qué magia tiene Manzanillo, tu pueblo natal, para que la literatura haya encontrado allí a tantos y tan buenos escritores y poetas?

No sé si tiene que ver con el mar y también con su historia. En Cuba hay varias ciudades costeras que fueron dejadas de lado cuando se construyó la carretera central, hace cien años, y que dieron a grandes escritores y artistas. Pienso en Gibara y Guillermo Cabrera Infante, o en Sagua la Grande y Wifredo Lam y Jorge Mañach.

Crecí en un Manzanillo donde había una vida cultural importante, sobre todo literaria y musical. En mi familia prevalecía la profesión del magisterio y se hablaba con mucho respeto del Círculo Literario, de la revista Orto, de la imprenta de Horacio P. Téllez, donde se materializaron no pocos de estos sueños. Las personas Luis Felipe Rodríguez, Gastón Sariol, Manuel Navarro Luna, José Manuel Poveda, que vivió en la ciudad, entre muchas otras, eran presencia viva en los cuentos que me hacían mis tías abuelas. Quiero decir con esto que había esa tradición y ese respeto por la vida cultural de esa primera mitad del siglo XX.

Lo curioso es que algunos nos formamos en otros ámbitos. Francisco López Sacha y yo, por caminos distintos, estudiamos en La Habana y en Santiago de Cuba, pero nos supimos siempre parte de ese legado esencial para nuestra vocación.

Y la tradición permanece. Me siento orgulloso de haber gestionado la creación de la Editorial Orto, que ahora es el centro de la vida literaria de nuestro Manzanillo.

 

 

 

 

 

 


viernes, 22 de mayo de 2026

Del primer desentierro de Martí en El secreto de la andaluza

Esa noche me entristeció saber que Él estaba enterrado cerca de mí y que arriba le pusieron a un muerto español. Una ofensa a los dos, no porque fueran enemigos en el combate, en la muerte todos nos emparejamos, es porque no hubo el más mínimo respeto, ni una pizca de consideración para alguien de tanto amor.

Estábamos terminando el desayuno cuando vinieron a buscar a Jaimito.

–Apúrate, Jaime, hay que hacer un sarcófago a la carrera. Lo ha pedido el teniente coronel Michelena en persona.

–¿A quién van a enterrar con tanto aspaviento? –pregunté, aunque estaba segura de la respuesta.

–Se llevan para Santiago el cadáver de José Martí –dijo Ferrán.

El cadáver de José Martí fue enterrado en Remanganaguas
el 20 de mayo de 1895. Tres días después lo trasladaron
 al cementerio Santa Efigenia, en Santiago de Cuba

La tropa ha rodeado el cementerio y han traído un médico para que certifique que el muerto es el muerto. Vamos a hacer la caja, pero nadie sabe las medidas.

Entonces sentí que era mi momento y me puse de pie, a decir sin pensarlo dos veces lo que no había dicho a nadie.

–Pueden coger las medidas conmigo, porque somos del mismo tamaño.

Cuando todos me miraron, me di cuenta que debía explicarlo: que unos días atrás él pasó por mi casa y cuando le serví el café me di cuenta de que no era más grande que yo. Así, simplemente, que me di cuenta, como de casualidad, y que yo mido cinco pies y cinco pulgadas, por si les sirve de algo. La mejor prueba no se la dije, porque esa solo la sabe Dios: que cuando éramos muy jóvenes nos habíamos medido en la cama con la broma de que en el tamaño del cuerpo éramos tal para cual. Entonces Jaimito cogió el centímetro y me marcó de la cabeza a los pies. Yo me estremecí, porque pensé que el sarcófago era para mí.

–Resuelto –dijo Pedro–. Hay un sarcófago de cedro que un muerto no se llevó. Sólo hay que reducirle unas pulgadas y agregarle un cristalito, para que lo vean. Sí, pensé yo para mis adentros, para que tenga luz.

Al despedirme, supe que nada podría impedir que entrara al cementerio, a decirle adiós. Parece que Jaimito se dio cuenta, porque me dijo con una pizca de malicia en los ojos:

–Tía, yo voy a acompañarla hasta las afueras.

Lo miré con infinito cariño. Ya era un jovencito de catorce años, tan espigado como el torero Frascuelo, vivaracho, con ojos inteligentes, un españolito cubanizado por donde quiera que lo miraras: conversador, dicharachero y con un dejo de saber algo más de lo que saben los demás.

–Por aquí, tía –me dijo, cuando vimos a un grupo de soldados afanados en espantar a unos poblanos que intentaban entrar al lugar.

Había un entra y sale de soldados que tenía al barrio virado al revés, en medio de una conmoción callada que sobrepasaba los límites de la razón. Mientras, un grupo de oficiales rodeaban al teniente coronel Manuel Michelena, como aclaró Jaimito. En el centro había un joven muy elegante en su bata blanca, del que ya mi sobrino también se sabía el nombre:

–Dr. Pablo de Valencia y Forns –aseguró, alargando la ese con el orgullo de estar enterado hasta de la pronunciación.

Pablo de Valencia y Forns
Nos ocultamos detrás de un árbol a mirar, pero no pude contenerme y, desatendiendo a Jaimito, me abrí paso entre los soldados, con la mentira llorosa de ser doliente del soldado español enterrado allí, el sargento Joaquín Ortiz, les dije, que para eso lo averigüé. Sentí que no les interesaba, pero me abrieron paso y ya alrededor de la exhumación todos estaban tan atentos al muerto, que ni se fijaron en mí. Por eso pude verlo y oír al doctor.

Cuando sacaron al primer muerto, lo lanzaron a un lado como si fuera la piltrafa de un cerdo, y eso que era de los suyos. En cambio, con el cuerpo del enemigo quedaron embelesados. Me pareció que todos comenzaban a adorarlo. Una señora que estaba cerca exclamó ¡es ver a Cristo!, como si estuviera leyéndome el pensamiento. Cuando el forense le abrió el pecho percibí la frialdad del cuchillo en mi piel. Pero, al verle en sus manos el corazón, un latido enigmático me hizo creer que me aclamaba y eso no lo pude soportar. Jaimito corrió al verme caer y no supe cómo pudo sacarme de allí. El médico desatendió un instante su misión para frotarme en la frente un algodón empapado de alcohol. No pude darle las gracias hasta muchos años después, cuando, inexplicablemente, llegó a mi casa envuelto en una historia de amor.

La novela El secreto de la andaluza puede adquirirse en Amazon.

viernes, 15 de mayo de 2026

Fragmento de El secreto de la andaluza en el año 131 de la muerte de Martí

 Cuando todos se acuestan, sale al patio otra vez. La luna está en cuarto menguante y un hilo tenue de su luz acaricia una fronda que, hacia el matorral, le recuerda un instante a San Jorge en el bosque, una pintura renacentista del alemán Albrecht Altdorfer. Es que Mercado seguía a su lado, como aquella vez en el Colegio San Idelfonso, donde admiraron juntos una copia y, por decir algo, dijo su amigo:

–Me parecía un Durero.

–Comprendo –le dije–. Es evidente la influencia de Albrecht Dürer en su compatriota Altdorfer.

La luz, suave, se filtra por el follaje y, caprichosa, le desconcierta. No alcanza a distinguir si el leve resplandor cae en la frente del caballo embridado de San Jorge o aclara la frente de Baconao. ¡Es su caballo! Ahora lo sabe, porque se arrima a la cerca, inquieto, mirando a uno y otro lugar con la cabeza más alzada de lo común. Mira a su dueño, reconociéndole, y patea la tierra con impaciencia irreconocible.

La andaluza de Dos Ríos, pintura de
Alexis Pantoja basada en la novela El secreto de la andaluza

Seguramente, al ver la caballería siente llegada la hora de incorporarse. Las ramas se mueven en cada uno de los árboles, con música de paz que alivia el sonido violento de las chicharras, mientras un aire húmedo viene del río, donde un fragmento de luna decreciente se transforma en mujer semidesnuda. El cuerpo le hala a descansar, la mente al río. Dos patrias tengo yo, son dos llamadas, ¿o son una las dos? Mira hacia el camino que bordea el Contramaestre, rumbo a la casa que atesora el secreto, enriquecido de curvas entre los árboles que protegen al caminante.

Baconao le vuelve a mirar, cuando él toca la montura cerca de la hamaca. El galope le acerca a la casa y tira con fuerza las bridas hacia el pecho cuando pasa entre el dagame y el fustete, culminado el impulso de ver, por última vez, el sitio donde duerme una mujer. Sorpresivamente, en un soplo la puerta se abre y emerge el rostro consternado de la muchacha de Cádiz, en túnico morado. Se desmonta a abrazarla y decirle adiós.

–Siempre has estado loco –dice ella, casi sin voz, como en El Pópulo–. Pero me alegra, porque me atraganta una pregunta. Sé que mientras no llegue una república verdaderamente democrática debo guardar las páginas. Pero, si muero antes, ¿qué pasará con ellas?

Se queda sin palabras, abrazándola en las nubes, por si encontraba en el ruido de la sangre una nueva contestación. Al apretarla, siente la punta nerviosa de cada uno de sus senos despiertos en el medio del pecho y en sus ojos el inquietante presagio de que podría ser la mirada postrera de una mujer. Cuando salta al caballo, debidamente despedido, le despierta la voz alarmada de Ramón.

–Martí, Martí, ¿son pesadillas?

–No, Ramón, son dulces sueños.

Ya eran las tres de la mañana y se iban a alistar. Los caballos se metieron en las aguas turbias del Contramaestre, todavía hinchado con la creciente de la tarde anterior. Es enorme la curva que da el río en La Vuelta Grande, donde los pastos reverdecen con la lluvia continua. Allí espera la caballería de Masó, quien se levanta airoso al oírlos llegar. Ya andan los vasos de café en las manos, que se extienden calurosas a saludar. Bajo la luz del sol se aclaran los rostros y las palabras entran en calor.

El dibujo representa a José Martí hablando a la tropa mabisa
en Dos Ríos, el 19 de mayo de 1895, momentos antes de morir
en combate. A su lado, Máximo Gómez  y Bartolomé Masó

Siente confianza, como si entrara al Liceo Cubano de Ybor City. ¡Si estuvieran aquí, al lado de las palmas!, mis Carbonell, Rivero, Ruperto y Paulina, la vieja Carolina, a quienes tanto deben los que ahora me acompañan. El discurso de hoy, al que le llaman cuando terminan de hablar Gómez y Masó, es el mismo del con todos y para el bien de todos. Decir a las palmas que han llegado sus novios, pues son las mismas que añoraron en el largo destierro. Decir que están al lado de ellas, con la patria proclamada, de agonía y deber. Eso dirá, donde la tierra cubana es la tribuna: el tributo a los héroes de esta epopeya, la razón de la guerra inevitable, la necesidad del gobierno eficaz que asegure desde la raíz la representación del pueblo en preparación para la república democrática de mañana; la necesidad de contener asomos de despotismo, distingos raciales, sociales o de  pensamiento, la generosidad ante el vencido, la inclusión del español anhelante de libertad y trabajo honrado, la justeza en la administración de la justicia, el no derramamiento inútil de la sangre, el combate de ideas, no de odios.

Levanta más la voz, a que todos la oigan: es preferible morir en defensa de la libertad que vivir privado de ella. Cuando se desmonta del púlpito, todos abren los brazos y cabe en ellos al abrir los suyos. Oye, sin buscarlo, a un joven conmovido, contándole a otro lo que llamó un milagro.

–Acabo de ver a Moisés en el desierto, guiando a los judíos hacia el país de Canaán, trasmitiéndoles los Diez Mandamientos escuchados en las teofanías del Sinaí.

El que oye, se alarma.

 –Manuel Piedra, ¿qué dices?

Y este repite la oración. Se sobrecoge. Ha dicho que por Cuba está dispuesto a que le crucifiquen. Arrima con sorprendente agilidad un taburete a la mesa bien servida, donde ya muchos almuerzan. En ese instante, un jinete se acerca a la velocidad de un rayo, reventando el caballo, cuando muchos no llevan el plato ni por la mitad.

–¡Los españoles! Una tropa bien grande –grita antes de llegar, mientras apunta con la mano derecha hacia el otro lado del Contramaestre.

Nota: La novela El secreto de la andaluza puede adquirirse en Amazon.

 

 

martes, 12 de mayo de 2026

La honestidad del ­tesorero, un libro de Ibrahim ­Hidalgo sobre Benjamín Guerra

 El destacado historiador e investigador Ibrahim Hidalgo Paz acaba de publicar una nueva obra relacionada con el Apóstol de Cuba. Se trata del libro La honestidad del tesorero, con el subtítulo Benjamín Guerra en la confianza de José Martí. Es un ensayo biográfico que viene a llenar un vacío en la historiografía cubana, pues al  ilustre camagüeyano que ostentó el segundo cargo electo en la dirección del Partido revolucionario Cubano (PRC) aún no se le había dedicado un estudio de esta dimensión.

Benjamín Guerra no fue un desconocido en Tampa. Es parte de su historia no solo porque los cubanos de la ciudad votaron por él en las elecciones para que ocupara  el cargo de tesorero del PRC, sino también por su vínculo con la manufactura de tabacos, como podrá apreciarse en este artículo. A continuación,  el preámbulo que escribí para el libro, publicado por Classic Subversive Ediciones y en el que tuve la responsabilidad de edición.

Benjamín Guerra (1865-1900)

Hay una anécdota que premia a Ibrahim Hidalgo Paz: una tarde habanera llegó al Centro de Estudios Martianos un profesor con un grupo de niños, seguramente para hablarles del Apóstol. Al ver sentado frente a su mesa de trabajo a uno de los investigadores más prestigiosos de esa institución, lo señaló con el índice y dijo a sus alumnos: Ese hombre es el de la cronología. El especialista oyó y sonrió, porque ningún título o premio había llegado tan hondo a su corazón, aunque tenía publicados muchos libros y merecido altos lauros como historiador.

El profesor resaltaba al autor de José Martí. Cronología. 1853-1895, publicado por primera vez en 1992 y reeditado varias veces, al que acuden los estudiosos de la vida y obra del cubano ejemplar en todo el mundo y cuyo nombre aparece en la bibliografía utilizada por prestigiosos investigadores. Sin embargo, para este preámbulo prefiero fijarme en tres obras importantes de Hidalgo: Cuba 1895-1898 contradicciones y disoluciones (1999 y 2004), Partido Revolucionario Cubano: independencia y democracia, con ediciones de 2010 y 2011 y La Tesorería del Partido Revolucionario Cubano (1892-1895), de 2017. En ellos hay un antecedente del valioso título que ahora nos ofrece: La honestidad del tesorero. Benjamín Guerra en la confianza de José Martí, en el que se cumple una deuda de gratitud con uno de los patriotas cubanos de más alta responsabilidad y cumplimiento en el Partido Revolucionario Cubano, la organización política que mejor ha representado hasta nuestro tiempo el ansia de libertad de los cubanos, sintetizada en una frase que estuvo en su raíz: con todos y para el bien de todos.

Para impedir que el triunfo independentista desembocara en una república dictatorial  –como ocurrió en tantos países hispanoamericanos– Martí propuso que los cargos para la organización revolucionaria fueran sometidos a la votación de todos sus integrantes. En ese ejercicio de educación democrática, el 10 de abril de 1892 se dieron a conocer los primeros resultados: José Martí, delegado; Benjamín Guerra, tesorero. Fueron los dos cargos supremos de la organización hasta su disolución al terminarse la Guerra de Independencia.

Se han escrito legítimas biografías sobre diversos héroes de las gestas independentistas cubanas, tanto sobre altos oficiales del Ejército Libertador como de figuras que desde el campo civil contribuyeron a culminar la última gesta hispanoamericana por liberarse del yugo colonial ibérico. Sin embargo, nadie había elegido al ilustre camagüeyano para realizar una profunda investigación que reflejara su vida y entrega al ideal patrio.

Hidalgo lo entendió no solo desde su agudeza como investigador y responsable historiador, sino desde la sensibilidad hacia aquellos que consagraron su tiempo a la causa universal de la libertad y la justicia. Por ello, mientras investigaba la labor del PRC, comprendió que la figura de Guerra merecía una obra dedicada a él. Entonces concibió el libro Benjamín J. Guerra. Documentos (textos de y acerca del Tesorero del Partido Revolucionario Cubano), concluido en 2017, pero, inexplicablemente, permanece inédito.

Sin embargo, más que conformarse con esa compilación de cartas y otros documentos de Benjamín y sin rendirse por la falta de apertura editorial, Hidalgo sintió la necesidad de dedicarle una biografía que explorara su vida, hiciera justicia histórica a su labor y esclareciera los aspectos polémicos en torno a su ejecutoria. Nadie estaba mejor preparado para enfrentar un desafío en el que los mayores obstáculos procedían de la falta de apuntes biográficos y documentación ordenada en torno a su figura, porque todas sus investigaciones acerca del PRC lo llevaban a la honradez con que el tesorero cuidó hasta el último centavo recaudado para la liberación de Cuba.

Fue un trabajo de años, sumados aquellos en que revisó la papelería del PRC en el Archivo Nacional de Cuba, el procesamiento de  información, epistolarios, talonarios de  recibos y pagos, referencias de quienes conocieron, hablaron o escribieron sobre el Tesorero (mayúscula nominativa), para que al fin naciera este libro que da luz no solo sobre el biografiado, sino alrededor de todo el complejo proceso que cubre la historia de Cuba entre 1892 y 1899, específicamente la relacionada con la preparación y desarrollo de la Guerra de Independencia. En ello, tienen una especial significación los aportes de Hidalgo a desentrañar el papel de Estrada Palma y otros líderes del movimiento revolucionario cubano a fines del siglo XIX, más que otros aquellos donde las contradicciones entre ellos explican la naturaleza de la república cubana nacida en 1902.

Ante una obra con la meticulosidad y hondura a que Hidalgo acostumbra, una mirada crítica no haría más que confirmar sus reconocimientos y títulos merecidos –doctor en Ciencias Históricas, investigador del Centro de Estudios Martianos de Cuba por más de cuarenta años y abundante currículo bibliográfico son algunas señales–. Así, no nos asombra el rigor metodológico, el adecuado procesamiento de las fuentes documentales, el enfoque y solución académica en la argumentación y la ética en las conclusiones que presenta en este nuevo título.

Por ello, más que intentar una nota preambular de naturaleza crítica, prefiero fijarme en el Benjamín Guerra que Hidalgo nos da a conocer, más allá de su compromiso con la tesorería del PRC; admirar, con el autor, al niño camagüeyano que se conmovió con la caballería insurrecta en los albores de la Guerra Grande. Nos da a conocer su desencanto juvenil con el fracaso de aquella gesta, la salida a la emigración con 26 años, su acercamiento a José Martí en Nueva York, a su esposa ­Ubaldina y el negocio tabacalero que también lo trajo a Tampa, donde su cuñado Manuel Barranco tenía una fábrica de la que fue copropietario, el celo con los fondos revolucionarios, la ayuda a sus compatriotas a regresar a la Isla al término de la guerra en 1898, la tristeza de su muerte misteriosa en la habitación solitaria de un hotel en Filadelfia, cuando aún no había cumplido 45 años.

No se sabe la cantidad de papeles, notas de prensa, cartas, testimonios, palabras, que Ibrahim fue acopiando afanosamente para elaborar un ensayo biográfico de Benjamín José Guerra y Escobar, de quien ahora, al saber más, más le agradecemos su firme fidelidad a José Martí, a la Cuba que amó y quiso libre y próspera, a la eterna esperanza de un mundo mejor. Gracias, Benjamín, por toda tu historia. Gracias a Ibrahim, por esta obra que se suma a su amplia bibliografía martiana.

Considero que la primera edición de este libro debió hacerse en Cuba, donde se ha publicado casi toda la obra de Hidalgo. Sin embargo, no ha sido así y es penosa la explicación. El autor, sobrepasados los 80 años de edad, decidió acercarse a su hijo, quien vive en Estados Unidos. Además del sentimiento paterno, requería atenciones de salud que se le dificultaban en su país. Creyó que seguiría colaborando con el centro de estudios al que dedicó casi toda su vida profesional. Le negaron ese derecho, le cerraron unas puertas que nunca habría cerrado José Martí. Pero la ingratitud no le ha maltratado su alma. Por ello escribe este libro en el que predomina la gratitud, la sensibilidad y el patriotismo útil.

Nota: El libro está disponible en Amazón.

viernes, 24 de abril de 2026

A 128 años de la entrada de EE. UU. a la guerra en Cuba

 Cuando abrimos los noticieros, en cualquier medio disponible, encontramos más espacios dedicados a la guerra que novedades científicas o culturales. En estos días, el escenario del Medio Oriente alcanza la primacía con bombardeos en Irán, el Líbano y otros territorios alcanzados por misiles que salen de Israel, de Teherán, de buques de guerra estadounidenses o de otros puntos, como pueden ser los lanzados por los hutíes desde Yemen. Este conflicto desplazó en los medios informativos el espacio destinado previamente a Gaza, como este sustituyó anteriormente a la defensa armada de Ucrania frente a la invasión rusa. El hecho es que las armas siguen aquí, siempre presentes, desde hace más de tres milenios.

Hace 128 años fue anunciada otra guerra, que vendría a entrar en una ya existente. El 25 de abril de 1898, Estados Unidos le declaró la guerra  a España, cuando esta  enfrentaba a las tropas del Ejército Libertador cubano en aras de su legítima independencia. ¿Buscaba Estados Unidos que la Perla de las Antillas fuera libre o movía sus primeros alfiles hacia una posición estratégica en el Caribe con miras a su sed de expansión? 

Antes de una intervención armada en Cuba, Estados Unidos ejerció presiones a España para que pusiera fin a la guerra. Entre ellas, una de las más significativas fue la propuesta de comprarle la Isla. No era la primera vez, pues ya en 1848   el presidente James Polk le había ofrecido 100 millones de dólares.  En 1897 William McKinley elevó la cifra a 300 millones, pero la respuesta española fue la misma: no vendería jamás a la más preciada joya de su corona.

Sin embargo, ante el avance del Ejercito Libertador por un lado, y por otro las presiones internacionales –señaladamente las de EE. UU.–, España cambió la política hacia Cuba  a fines de 1897. Sustituyó a Valeriano Weyler por Ramón Blanco como capitán general, poniendo fin a la intensa represión desatada por aquel y prometiendo dar paso a un gobierno con carácter autónomo, lo que fue rechazado por los combatientes cubanos.

En ese marco llegó el año 1898 y entra en el escenario bélico Estados Unidos. Antes, naturalmente, la prensa estadounidense se ocupó de presentar la intervención con un discurso humanitario. Todavía no está claro si la explosión del Maine en la bahía de La Habana fue accidental o provocado. Lo cierto es que el 15 de febrero estalló en llamas el buque estadounidense.  El capitán Sigsbee y la mayoría de los oficiales sobrevivieron, pero le costó la vida a más de 250 jóvenes marinos e infantes de su armada. Se explicó que su envío a La Habana respondía a la necesidad de proteger los intereses de estadounidenses en la Isla ante la extensión de la guerra. De hecho, antes de demostrarse quién era el culpable, fue suficiente un informe al Congreso del 28 de marzo con la afirmación de que al Maine lo había volado una mina. Entonces,  el presidente William Mc Kinley tuvo en sus manos un motivo indiscutible para declarar la guerra a España. Claro, respetando la Constitución del país, esperó por la aprobación del Congreso, quien el 25 de abril lo convirtió en un acto legal.

Previamente, ya avanzaba el bloqueo naval hacia la Isla, consciente la administración estadounidense de su superioridad militar sobre las fuerzas españolas destacadas en Cuba, severamente dañadas con el empuje de un Ejercito Libertador que ya había ocupado una buena parte del territorio del país.

Ya en guerra con España, la mirada de EE. UU. se extendió a las colonias que la decadente potencia europea conservaba en  Asia. El 1.° de mayo destruye la escuadra ibérica en Filipinas y el 20 de junio se apodera de la isla Guam. Dos días después, sus tropas desembarcan muy cerca de Santiago de Cuba y el primer día de julio los soldados de Theodore Rooselvet, que habían salido de Tampa, combaten en las lomas de San Juan.  Ese mismo día comienza la batalla naval de Santiago de Cuba y en dos días es aniquilada la flota española al mando del almirante Pascual Cervera. El 17 de julio se rinde Santiago de Cuba, lo que era en realidad la rendición de España ante Estados Unidos.

Las conversaciones de paz fueron rápidas y onerosas para el perdedor. Cuba no fue invitada, fue un acuerdo entre potencias, como siguen siendo hoy las negociaciones geopolíticas. Las condiciones las puso el vencedor: Filipinas, Guam y Puerto Rico serían posesiones estadounidenses. Todo se acordó mediante el Tratado de París, firmado el 10 de diciembre de 1898. Con Cuba había un compromiso establecido desde la Resolución Conjunta: la intervención sería por su independencia, con la que ya había simpatizado el pueblo norteamericano. La solución fue un gobierno de ocupación temporal, con una receta que se sigue utilizando:  se crearían las condiciones, Constitución incluida, para que mediante elecciones  se creara un gobierno democrático. Hubo que esperar más de tres años, para que el 20 de mayo de 1902 naciera la República de Cuba.

Algunos de los Rough Riders de Theodore Roosevelt en el
Tampa Bay Hotel de Henry Plant (actualmente Universidad de Tampa.

Ybor City y West Tampa tuvieron páginas protagónicas en el origen y evolución de este hecho histórico. En sus calles, inició José Martí la preparación del proyecto independentista que reinició la guerra independentista en Cuba  en 1895; hasta 1898 el apoyo que brindó Tampa al campo revolucionario cubano fue inestimable y de su puerto salieron las tropas estadounidenses que contribuyeron a poner fin a la guerra.

Se conservan muchas anécdotas, historias, leyendas de esos días. Una de ellas está plasmada en una placa conmemorativa que vemos frente al restaurante Columbia, indicando que en ese lugar había un abrevadero donde tomaban agua los caballos de los famosos Rough Riders, antes de partir bajo las órdenes de Theodore Roosevelt para la guerra en Cuba. En muchos lugares de la ciudad están las huellas del acontecimiento que puso fin a la dominación ibérica en América.

viernes, 17 de abril de 2026

Pinceladas de una conversación con Ric Prado

 Hace unos días tuve la oportunidad de conocer personalmente a Enrique Prado (Ric),  el cubano que ha alcanzado el grado más alto en la Agencia Central de Inteligencia (CIA), de la que se retiró en 2004 con una jerarquía equivalente a la de un General de dos estrellas.

Su historia apasionante, propia de una novela de espionaje, comenzó cuando a los diez años se vio obligado a separarse de su familia en Cuba durante la Operación llamada Peter Pan, para llegar a un orfanato en Estados Unidos. Se hace hombre en las calles violentas de Miami y se inclina a la dureza militar. Es buzo, paracaidista, paramédico, sirve en las Fuerzas Armadas y cuerpos especiales e ingresa en la inteligencia hasta convertirse en jefe del Centro de Operaciones Antiterroristas de la CIA. Nacido en Manicaragua —que en lengua arahuaca significa “lugar de hombres valientes”—, Prado emerge como un héroe oculto hasta que publicó sus memorias en el libro  Black Ops: The Life of a CIA Shadow Warrior, en 2022. De una larga conversación con él, extraemos los fragmentos que damos a conocer en esta columna de La Gaceta.

Durante una larga conversación con Ric Prado,
en la que nos acompañó Alberto Sicilia y Carlos Solís. Foto: A. Sicilia

Ric, es un placer hablar contigo. Cuando publicaste Black Ops hace unos cuatro años, diste a conocer al mundo tu labor como miembro de la CIA, donde llegaste a ser jefe de operaciones de su  Centro Antiterrorista. En una carrera  que duró casi medio siglo (dentro y fuera de la agencia),  ¿cuál recuerdas como el momento más difícil?

En cuanto a ejecución, los primeros tres años que estuve en la agencia. Me encontraba en la frontera con Nicaragua entrenando y liderando a los “contras” frente al gobierno sandinista. Era una etapa dura; dormía de lunes a viernes en una hamaca en la jungla y solo regresaba a casa los fines de semana. Allí realicé algunas de mis misiones más impactantes.

¿Hubo algún momento de riesgo extremo donde sintieras que tu vida llegaba al final?

He enfrentado tres atentados. Uno en Filipinas, que logramos interrumpir, y otro en Nicaragua. Allí me buscaban cuando estaba operando bajo el nombre de Mayor Alex Méndez, supuestamente un oficial del ejército hondureño, esa era mi cobertura.

Una de las misiones más riesgosas fue volar Puerto Cabezas. Era el centro de la ayuda rusa que venía vía Cuba. Entrené a buzos misquitos, que eran langosteros, durante dos meses. A medianoche, nos acercamos en una panga de madera —invisible al radar— hasta un kilómetro de la playa. Colocamos una bomba de 80 libras de C4 bajo el agua para destruir la infraestructura sin causar víctimas civiles. Fue un golpe táctico y psicológico duro para ellos.


¿Qué circunstancias te llevaron a enrolarte en la CIA?

Creo que Dios tiene un plan para nosotros. Mi preparación comenzó cuando llegó el comunismo a Cuba. Pasé de tener una vida ideal con caballos y bicicletas a salir solo hacia un orfanato en Pueblo, Colorado. Eso me hizo madurar con rapidez. Al graduarme de secundaria, mi padre, muy patriótico, me inculcó que nuestra vida estaba en este país. Me uní a una fuerza especial de la Fuerza Aérea (Pararescue) para ir a Vietnam, aunque no logré hacerlo. La agencia me reclutó a finales de 1980. Sentía una deuda de honor con este país, la libertad no es gratis.

Entonces, ¿la motivación patriótica estuvo por encima de la pasión por la aventura?

Siempre fui aventurero, me gustaban las armas y las artes marciales, pero lo que me enorgullece es haber enfocado esa vocación en servir a este país. Muchos orientan esa pasión hacia lo negativo; yo busqué el bien.

Saliste de Cuba muy pequeño, a través de la llamada Operación Peter Pan. ¿Cómo fue ese proceso?

Vivíamos en Manicaragua, donde nací, cerca de Santa Clara. Mi padre perdió su negocio tras la invasión de Bahía de Cochinos. Un tío político, que era del gobierno, avisó a mi madre que mi nombre estaba en una lista para enviarme a estudiar a Rusia. Eso lo precipitó todo. Nos fuimos a La Habana, vivimos un año en el hotel Bristol y, finalmente, el 14 de abril de 1962, salí solo hacia un campamento en Florida y luego al orfanato. Estuve separado de mis padres ocho meses. El sacrificio real fue el de ellos: poner a su único hijo en un avión hacia un lugar desconocido sin saber si volverían a verlo.

¿Cómo fue crecer en el Miami de los años 60?

Había mucha fricción social y violencia, principalmente peleas callejeras entre grupos. Eso me dio lo que llamamos street smarts: el instinto para leer situaciones peligrosas y el coraje para actuar. Fue como martillar el metal para crear una espada japonesa; esa época forjó mi carácter.

¿Es verdad que la CIA busca a personas con infancias traumáticas, más proclives a fingir?

Eso es más de las películas de James Bond. En la realidad, la mayoría de mis colegas eran profesionales de clase media-alta, muchos de ellos abogados que hubieran podido ganar mucho más dinero en el sector privado. Sobre “mentir”, nosotros lo vemos como una herramienta: puedo ocultar mi nombre o a quién represento, pero lo que buscamos son personas con convicciones reales, como el anticomunismo.

Tu ascenso fue meteórico, de teniente a general de dos estrellas. ¿Cómo llegaste a dirigir el Centro Antiterrorista de la CIA?

Trabajé mucho durante la Guerra Fría en Centroamérica y Sudamérica contra guerrillas marxistas. En 1995, me dieron un puesto en el centro de contraterrorismo y en 1996 creamos una estación especial para buscar a Osama Bin Laden. Lo más amargo de mi carrera fue que en 1997 y 1998 tuvimos oportunidades de neutralizarlo, pero la política del gobierno de Clinton no lo permitió. Si lo hubiéramos hecho, quizás el 11 de septiembre nunca habría ocurrido.

¿Dónde estabas el 11 de septiembre de 2001?

 En las oficinas de Washington. Yo era el jefe de operaciones del Centro Antiterrorista. Cuando vimos el segundo avión, supimos que era algo mayor. Envié un cable a todas nuestras estaciones: “Cuídense y averigüen quién hizo esto”. No fui a mi casa por tres días. Sentí una culpabilidad moral al ver morir a mis colegas y compatriotas.

Tu agencia fue la primera en llegar a Afganistán, ¿cierto?

Así es. Las primeras botas americanas en Afganistán no fueron los militares, fue mi gente. Ellos reclutaron a los comandantes de la Alianza del Norte y prepararon el terreno para las fuerzas especiales. El primer americano que murió allí, Mike Spann, era de la agencia.

¿Cómo afectó este trabajo a tu familia?

Es un sacrificio enorme. Mis hijos no supieron lo que hacía hasta que fueron mayores. Mi hija tenía 14 años cuando se lo dije; me agradeció la confianza. Tuve la suerte de tener a mi esposa, Carmen, que es el pilar de mi familia. Ella sabía que trabajaba para la CIA y que estaba contra el terrorismo, pero no conocía los detalles. Leyó el 80 % de mi historia recién cuando se publicó el libro; el otro 20 % no lo sabe nadie.

¿Sientes nostalgia por esa etapa de tanta adrenalina?

Daría cualquier cosa por una máquina del tiempo para vivirlo todo de nuevo, desde el principio, sin cambiar nada. No me vanaglorio de mis éxitos, ni me culpo por los fallos. Siempre actué bajo mis convicciones y nunca traicioné a nadie. Publiqué el libro Blak Ops para que los hijos de los héroes de la agencia, esos que tienen estrellas en nuestra pared, sepan lo que sus padres hicieron por este país.

Muchas gracias.