Hace unos días tuve la oportunidad de conocer personalmente a Enrique Prado (Ric), el cubano que ha alcanzado el grado más alto en la Agencia Central de Inteligencia (CIA), de la que se retiró en 2004 con una jerarquía equivalente a la de un General de dos estrellas.
Su historia apasionante, propia de una novela de
espionaje, comenzó cuando a los diez años se vio obligado a separarse de su
familia en Cuba durante la Operación llamada Peter Pan, para llegar a un
orfanato en Estados Unidos. Se hace hombre en las calles violentas de Miami y
se inclina a la dureza militar. Es buzo, paracaidista, paramédico, sirve en las
Fuerzas Armadas y cuerpos especiales e ingresa en la inteligencia hasta
convertirse en jefe del Centro de Operaciones Antiterroristas de la CIA. Nacido
en Manicaragua —que en lengua arahuaca significa “lugar de hombres valientes”—,
Prado emerge como un héroe oculto hasta que publicó sus memorias en el
libro Black Ops: The Life of a CIA
Shadow Warrior, en 2022. De una larga conversación con él, extraemos los
fragmentos que damos a conocer en esta columna de La Gaceta.
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| Durante una larga conversación con Ric Prado, en la que nos acompañó Alberto Sicilia y Carlos Solís. Foto: A. Sicilia |
Ric, es un placer hablar contigo. Cuando publicaste Black Ops hace unos cuatro años, diste a conocer al mundo tu labor como miembro de la CIA, donde llegaste a ser jefe de operaciones de su Centro Antiterrorista. En una carrera que duró casi medio siglo (dentro y fuera de la agencia), ¿cuál recuerdas como el momento más difícil?
En cuanto a ejecución, los primeros tres años que estuve en
la agencia. Me encontraba en la frontera con Nicaragua entrenando y liderando a
los “contras” frente al gobierno sandinista. Era una etapa dura; dormía de
lunes a viernes en una hamaca en la jungla y solo regresaba a casa los fines de
semana. Allí realicé algunas de mis misiones más impactantes.
¿Hubo algún momento de riesgo extremo donde sintieras que tu
vida llegaba al final?
He enfrentado tres atentados. Uno en Filipinas, que logramos
interrumpir, y otro en Nicaragua. Allí me buscaban cuando estaba operando bajo
el nombre de Mayor Alex Méndez, supuestamente un oficial del ejército
hondureño, esa era mi cobertura.
Una de las misiones más riesgosas fue volar Puerto Cabezas.
Era el centro de la ayuda rusa que venía vía Cuba. Entrené a buzos misquitos,
que eran langosteros, durante dos meses. A medianoche, nos acercamos en una
panga de madera —invisible al radar— hasta un kilómetro de la playa. Colocamos
una bomba de 80 libras de C4 bajo el agua para destruir la infraestructura sin
causar víctimas civiles. Fue un golpe táctico y psicológico duro para ellos.
¿Qué circunstancias te llevaron a enrolarte en la CIA?
Creo que Dios tiene un plan para nosotros. Mi preparación
comenzó cuando llegó el comunismo a Cuba. Pasé de tener una vida ideal con
caballos y bicicletas a salir solo hacia un orfanato en Pueblo, Colorado. Eso
me hizo madurar con rapidez. Al graduarme de secundaria, mi padre, muy
patriótico, me inculcó que nuestra vida estaba en este país. Me uní a una
fuerza especial de la Fuerza Aérea (Pararescue) para ir a Vietnam, aunque no
logré hacerlo. La agencia me reclutó a finales de 1980. Sentía una deuda de
honor con este país, la libertad no es gratis.
Entonces, ¿la motivación patriótica estuvo por encima de la
pasión por la aventura?
Siempre fui aventurero, me gustaban las armas y las artes
marciales, pero lo que me enorgullece es haber enfocado esa vocación en servir
a este país. Muchos orientan esa pasión hacia lo negativo; yo busqué el bien.
Saliste de Cuba muy pequeño, a través de la llamada
Operación Peter Pan. ¿Cómo fue ese proceso?
Vivíamos en Manicaragua, donde nací, cerca de Santa Clara.
Mi padre perdió su negocio tras la invasión de Bahía de Cochinos. Un tío
político, que era del gobierno, avisó a mi madre que mi nombre estaba en una
lista para enviarme a estudiar a Rusia. Eso lo precipitó todo. Nos fuimos a La
Habana, vivimos un año en el hotel Bristol y, finalmente, el 14 de abril de
1962, salí solo hacia un campamento en Florida y luego al orfanato. Estuve
separado de mis padres ocho meses. El sacrificio real fue el de ellos: poner a
su único hijo en un avión hacia un lugar desconocido sin saber si volverían a
verlo.
¿Cómo fue crecer en el Miami de los años 60?
Había mucha fricción social y violencia, principalmente
peleas callejeras entre grupos. Eso me dio lo que llamamos street smarts:
el instinto para leer situaciones peligrosas y el coraje para actuar. Fue como
martillar el metal para crear una espada japonesa; esa época forjó mi carácter.
¿Es verdad que la CIA busca a personas con infancias
traumáticas, más proclives a fingir?
Eso es más de las películas de James Bond. En la realidad,
la mayoría de mis colegas eran profesionales de clase media-alta, muchos de
ellos abogados que hubieran podido ganar mucho más dinero en el sector privado.
Sobre “mentir”, nosotros lo vemos como una herramienta: puedo ocultar mi nombre
o a quién represento, pero lo que buscamos son personas con convicciones
reales, como el anticomunismo.
Tu ascenso fue meteórico, de teniente a general de dos estrellas. ¿Cómo llegaste a dirigir el Centro Antiterrorista de la CIA?
Trabajé mucho durante la Guerra Fría en Centroamérica y
Sudamérica contra guerrillas marxistas. En 1995, me dieron un puesto en el
centro de contraterrorismo y en 1996 creamos una estación especial para buscar
a Osama Bin Laden. Lo más amargo de mi carrera fue que en 1997 y 1998 tuvimos
oportunidades de neutralizarlo, pero la política del gobierno de Clinton no lo
permitió. Si lo hubiéramos hecho, quizás el 11 de septiembre nunca habría
ocurrido.
¿Dónde estabas el 11 de septiembre de 2001?
En las oficinas de
Washington. Yo era el jefe de operaciones del Centro Antiterrorista. Cuando
vimos el segundo avión, supimos que era algo mayor. Envié un cable a todas
nuestras estaciones: “Cuídense y averigüen quién hizo esto”. No fui a mi casa
por tres días. Sentí una culpabilidad moral al ver morir a mis colegas y
compatriotas.
Tu agencia fue la primera en llegar a Afganistán, ¿cierto?
Así es. Las primeras botas americanas en Afganistán no
fueron los militares, fue mi gente. Ellos reclutaron a los comandantes de la
Alianza del Norte y prepararon el terreno para las fuerzas especiales. El
primer americano que murió allí, Mike Spann, era de la agencia.
¿Cómo afectó este trabajo a tu familia?
Es un sacrificio enorme. Mis hijos no supieron lo que hacía
hasta que fueron mayores. Mi hija tenía 14 años cuando se lo dije; me agradeció
la confianza. Tuve la suerte de tener a mi esposa, Carmen, que es el pilar de
mi familia. Ella sabía que trabajaba para la CIA y que estaba contra el
terrorismo, pero no conocía los detalles. Leyó el 80 % de mi historia recién
cuando se publicó el libro; el otro 20 % no lo sabe nadie.
¿Sientes nostalgia por esa etapa de tanta adrenalina?
Daría cualquier cosa por una máquina del tiempo para vivirlo
todo de nuevo, desde el principio, sin cambiar nada. No me vanaglorio de mis
éxitos, ni me culpo por los fallos. Siempre actué bajo mis convicciones y nunca
traicioné a nadie. Publiqué el libro Blak Ops para que los hijos de los
héroes de la agencia, esos que tienen estrellas en nuestra pared, sepan lo que
sus padres hicieron por este país.
Muchas gracias.










