Cuando abrimos los noticieros, en cualquier medio disponible, encontramos más espacios dedicados a la guerra que novedades científicas o culturales. En estos días, el escenario del Medio Oriente alcanza la primacía con bombardeos en Irán, el Líbano y otros territorios alcanzados por misiles que salen de Israel, de Teherán, de buques de guerra estadounidenses o de otros puntos, como pueden ser los lanzados por los hutíes desde Yemen. Este conflicto desplazó en los medios informativos el espacio destinado previamente a Gaza, como este sustituyó anteriormente a la defensa armada de Ucrania frente a la invasión rusa. El hecho es que las armas siguen aquí, siempre presentes, desde hace más de tres milenios.
Hace 128 años fue anunciada otra guerra, que vendría a entrar en una ya existente. El 25 de abril de 1898, Estados Unidos le declaró la guerra a España, cuando esta enfrentaba a las tropas del Ejército Libertador cubano en aras de su legítima independencia. ¿Buscaba Estados Unidos que la Perla de las Antillas fuera libre o movía sus primeros alfiles hacia una posición estratégica en el Caribe con miras a su sed de expansión?
Antes de una intervención armada en Cuba, Estados Unidos ejerció presiones a España para que pusiera fin a la guerra. Entre ellas, una de las más significativas fue la propuesta de comprarle la Isla. No era la primera vez, pues ya en 1848 el presidente James Polk le había ofrecido 100 millones de dólares. En 1897 William McKinley elevó la cifra a 300 millones, pero la respuesta española fue la misma: no vendería jamás a la más preciada joya de su corona.
Sin embargo, ante el avance del Ejercito Libertador por un
lado, y por otro las presiones internacionales –señaladamente las de EE. UU.–,
España cambió la política hacia Cuba a
fines de 1897. Sustituyó a Valeriano Weyler por Ramón Blanco como capitán
general, poniendo fin a la intensa represión desatada por aquel y prometiendo
dar paso a un gobierno con carácter autónomo, lo que fue rechazado por los
combatientes cubanos.
En ese marco llegó el año 1898 y entra en el escenario
bélico Estados Unidos. Antes, naturalmente, la prensa estadounidense se ocupó
de presentar la intervención con un discurso humanitario. Todavía no está claro
si la explosión del Maine en la bahía de La Habana fue accidental o provocado.
Lo cierto es que el 15 de febrero estalló en llamas el buque
estadounidense. El capitán Sigsbee y la
mayoría de los oficiales sobrevivieron, pero le costó la vida a más de 250 jóvenes
marinos e infantes de su armada. Se explicó que su envío a La Habana respondía
a la necesidad de proteger los intereses de estadounidenses en la Isla ante la
extensión de la guerra. De hecho, antes de demostrarse quién era el culpable,
fue suficiente un informe al Congreso del 28 de marzo con la afirmación de que
al Maine lo había volado una mina. Entonces,
el presidente William Mc Kinley tuvo en sus manos un motivo indiscutible
para declarar la guerra a España. Claro, respetando la Constitución del país,
esperó por la aprobación del Congreso, quien el 25 de abril lo convirtió en un
acto legal.
Previamente, ya avanzaba el bloqueo naval hacia la Isla,
consciente la administración estadounidense de su superioridad militar sobre
las fuerzas españolas destacadas en Cuba, severamente dañadas con el empuje de
un Ejercito Libertador que ya había ocupado una buena parte del territorio del
país.
Ya en guerra con España, la mirada de EE. UU. se extendió a
las colonias que la decadente potencia europea conservaba en Asia. El 1.° de mayo destruye la escuadra
ibérica en Filipinas y el 20 de junio se apodera de la isla Guam. Dos días
después, sus tropas desembarcan muy cerca de Santiago de Cuba y el primer día
de julio los soldados de Theodore Rooselvet, que habían salido de Tampa,
combaten en las lomas de San Juan. Ese
mismo día comienza la batalla naval de Santiago de Cuba y en dos días es
aniquilada la flota española al mando del almirante Pascual Cervera. El 17 de
julio se rinde Santiago de Cuba, lo que era en realidad la rendición de España
ante Estados Unidos.
Las conversaciones de paz fueron rápidas y onerosas para el
perdedor. Cuba no fue invitada, fue un acuerdo entre potencias, como siguen
siendo hoy las negociaciones geopolíticas. Las condiciones las puso el
vencedor: Filipinas, Guam y Puerto Rico serían posesiones estadounidenses. Todo
se acordó mediante el Tratado de París, firmado el 10 de diciembre de 1898. Con
Cuba había un compromiso establecido desde la Resolución Conjunta: la
intervención sería por su independencia, con la que ya había simpatizado el
pueblo norteamericano. La solución fue un gobierno de ocupación temporal, con
una receta que se sigue utilizando: se
crearían las condiciones, Constitución incluida, para que mediante
elecciones se creara un gobierno
democrático. Hubo que esperar más de tres años, para que el 20 de mayo de 1902
naciera la República de Cuba.
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| Algunos de los Rough Riders de Theodore Roosevelt en el Tampa Bay Hotel de Henry Plant (actualmente Universidad de Tampa. |
Ybor City y West Tampa tuvieron páginas protagónicas en el origen y evolución de este hecho histórico. En sus calles, inició José Martí la preparación del proyecto independentista que reinició la guerra independentista en Cuba en 1895; hasta 1898 el apoyo que brindó Tampa al campo revolucionario cubano fue inestimable y de su puerto salieron las tropas estadounidenses que contribuyeron a poner fin a la guerra.
Se conservan muchas anécdotas, historias, leyendas de esos
días. Una de ellas está plasmada en una placa conmemorativa que vemos frente al
restaurante Columbia, indicando que en ese lugar había un abrevadero donde
tomaban agua los caballos de los famosos Rough Riders, antes de partir bajo las
órdenes de Theodore Roosevelt para la guerra en Cuba. En muchos lugares de la
ciudad están las huellas del acontecimiento que puso fin a la dominación
ibérica en América.









