Conocemos bien la obra del industrial Vicente Martínez Ybor, más en Tampa que en Cuba, por el legado de su apellido a un hermoso barrio de la ciudad pletórico de historia. Asimismo, más en Cuba que en Tampa, el nombre del mayor general Calixto García Iñíguez remite a todos a aquel bravo mayor general que peleó en las tres guerras de independencia, donde alcanzó los más altos cargos militares.
A pesar de la mayor amplitud que del conocimiento sobre
ellos se tenga en en uno y otro lugar, una buena parte de los habitantes de
ambos espacios geográficos saben quién fue, y veneran con justicia, tanto al
fundador de Ybor City como al alto oficial cubano que, junto a las tropas estadounidenses,
determinó el triunfo cubano sobre el dominio español en Santiago de Cuba, en
1898. El industrial tabacalero murió en Tampa en 1896 y el militar en
Washington, en diciembre de 1898, mientras cumplía una misión relacionada con
el destino del Ejército Libertador una vez terminada la contienda bélica.
A ambos patriotas los enlaza la historia, tanto la de Cuba como la de Tampa, pues aun cuando el cubano no visitara la ciudad floridana, su nombre aparecía con frecuencia en ella, bien al frente de un club revolucionario, bien porque a sus tropas fueron a parar expedicionarios que salían desde nuestra bahía o porque su osadía y victorias militares eran reseñadas en la prensa cubana de la ciudad.
Aunque hay muchas vertientes en que podríamos unir la
memoria de Vicente Martínez Ybor con la de Calixto García Iñíguez, hay una que,
además de sus componentes patrióticos, contiene una dimensión consanguínea que
los enlaza como familia, aun cuando ellos dos no pudieron ser testigos de su
realización. Se consagra en la boda de Carlos Gabriel García Vélez y Amalia
Elena Martínez Ybor (1881-1965), en 1900, cuando los ilustres padres de los
novios ya habían fallecido. Seguramente se enamoraron en La Habana, donde había
regresado la viuda de Ybor, Mercedes de las Revillas, aunque los vínculos de
las dos familias venían desde la niñez de Carlos, cuando su madre y hermanos
recibieron en Cayo Hueso y Nueva York ayuda del matrimonio mientras su padre
estaba en una cárcel de España.
En la realidad, el matrimonio se legaliza el 19 de febrero
de 1900 en la casa de la novia (Consulado nro. 130, La Habana). Entonces Amalia
tenía 20 años y Carlos Gabriel, cumplidos los 32, ocupaba el cargo de Inspector
General de Cárceles, Prisiones y Beneficencia de la Isla, todavía bajo la
ocupación de Estados Unidos. La alta responsabilidad no procedía de ser el hijo
del prestigioso García, sino de que él mismo había ganado el grado de General
de Brigada en la guerra de independencia, a la que se incorporó junto a su
padre.
Al establecerse la República en 1902, Carlos va a ocupar diversas responsabilidades, especialmente en el campo diplomático, lo que le permite viajar junto a su esposa a diferentes países. Era un hombre culto, de una gran sensibilidad por la música, dominaba el inglés desde sus primeros estudios en Estados Unidos y en España se graduó de Estomatología en la Facultad de Medicina de San Carlos, en Madrid. En esa profesión, no fue un estomatólogo más, sino un reconocido especialista en Patología Bucal y fundador de la Revista Estomatológica Española (1894), una de las primeras de esa especialidad publicada en el mundo. Estaba en pleno ascenso profesional cuando comienza la guerra de 1895 en Cuba y él y su padre se trasladan a Francia para seguir a Nueva York y de aquí en una expedición a Cuba, donde llegan en marzo de 1896.
Ya desposado, Carlos García Vélez ocupa diversas responsabilidades
diplomáticas, representando a su país en Washington, Ciudad México, Buenos
Aires y Londres. Dentro de esta ocupación, se recuerda una frase suya: “La
grandeza de los pueblos no se mide por su fortaleza física, sino por los
valores del espíritu”. Con ese espíritu, fue presidente de las delegación
cubana a la IV Conferencia Panamericana,
efectuada en Argentina en 1909 y en 1929 a la de Chile.
La esposa estuvo a su lado, acompañándole en actos
internacionales, como a la Coronación de
Jorge V en Londres 1917, a la que fueron invitados. Asimismo, asistían en La
Habana a tertulias literarias, recitales y teatros. Hay referencias de
invitaciones personales de Dulce María Loynaz a Amalia, como un recital del 3
de febrero de 1950 al que asiste.
Carlos y Amalia tuvieron cinco hijos. Ellos fueron los nietos en que se fundió la sangre de dos
figuras relevantes de la historia compartida entre Tampa y Cuba: Amalia,
Mirtha, Carlos, Calixto y Justo García Martínez Ibor. Asimismo, pudieron
disfrutar de sus nietos. En la vejez, disfrutaron de diversos reconocimientos.
En 1952, la Asociación Nacional de Veteranos de la Independencia de Cuba
declara a Carlos Presidente de Honor y en 1955 presidente de Honor de la
Comisión Cubana Organizadora del Centenario de Tampa. Hay otras distinciones,
incluida una del Consejo Mundial de la Paz, pero la que lo vincula a la ciudad
donde el padre de su esposa eternizó su apellido tiene una especial
significación, como si la memoria quisiera simbolizar en su unión la profunda
relación entre Cuba y Tampa.
Quién sabe si alguno de los tantos descendientes del
matrimonio entre Carlos García Vélez y Amalia Martínez Ybor de las Revillas
vivan en Tampa u otro lugar de Florida o de Estados Unidos. Al pensarlo, me
pregunto: ¿Que ha sido de los descendientes de aquellos héroes que lo
sacrificaron todo para que sus hijos tuvieran patria? ¿Dónde viven muchos de
los descendientes de Carlos Manuel de Cespedes, de Antonio Maceo, de las
hermanas de Martí, de Máximo Gómez, de Néstor Carbonell? ¿Faltaron a la
patria?, ¿o les falta la patria por la que lucharon sus antepasados, aquella
patria del “con todos y para el bien de todos” que les dibujara en Tampa José
Martí?






















