A Luis Miguel
Cuando Ernest Hemingway escribió París era una fiesta
utilizó el verbo en pasado, rememorando la década de 1920, cuando en aquella
ciudad fue feliz. Lo escribió más de treinta años después de su encuentro en la
Ciudad de la Luz con escritores como F.
Scott Fitzgerald, Ezra Pound y Gertrude
Stein, la que bautizó como generación perdida la de aquellos artistas que,
impactados por la Primera Guerra Mundial, comenzaban a realizar su obra en recintos
pobres y cafés, en medio de una vida bohemia pletórica de sueños e
incertidumbre.
Allí estaban también Pablo Picasso, Luis Buñuel, Salvador Dalí, James Joyce, André Gide y André Breton, quien en 1924 publica el Manifiesto del Surrealismo. Entre los restaurantes que visitaban se mantiene el Polidor, como se aprecia en el filme de Woody Allen Medianoche en París.
En esos artistas relevantes del siglo XX pensé al entrar en
ese lugar, en medio del barrio Latino de París, sabiendo que en esa sala,
probablemente en la misma mesa, comió y disfrutó una cerveza el autor de París
era una fiesta y muchos de aquellos artistas que fundaron el surrealismo
pidiendo a la imaginación una explicación que no les ofrecía la realidad. Por
ello, allí mismo, el joven Alfred Jarry
había llamado patafísica, frente a la metafísica, a ese desbordamiento
imaginativo que explora la anormalidad.
De ello, y de ellos, hablamos en el Polidor, donde
restauramos las energías después de un día de caminar y admirar las calles de
París. Fue una suerte que nos acompañara el periodista y amigo Luis Miguel
Cabrera, nacido en Manzanillo y actualmente radicado en París, donde dirige un
noticiero en el canal de televisión France 24.
Al caminar frente al Arco del Triunfo nos hundimos en la
historia: su construcción la pidió Napoleón Bonaparte, embriagado con el
triunfo en la batalla de Austerlitz (1806), pero se inaugura treinta años después, cuando
el emperador llevaba 15 años muerto y la monarquía restaurada había
situado en el trono a Luis Felipe I. Pero allí, nos conmueve más la bóveda que
muestra la Tumba del Soldado Desconocido de la Primera Guerra Mundial y la
llama eterna que conmemora a los caídos.
Todo es historia en París, todo es arte. Desde el Arco del Triunfo caminamos por la avenida de los Campos Elíseos, disfrutando del arte arquitectónico apreciable en edificios como el Petit y el Grand Palais, con su enorme cubierta de cristal abovedada, hasta llegar a la Plaza de la Concordia, con esquina hacia el Jardín de las Tullerías, donde el verdor y la riqueza multicolor de la naturaleza se hace insuperable. Una vez allí, la mirada se detiene en los jardines de estilo florentino y el pensamiento en Catalina de Médicis que los mandó a construir en el siglo XVI, una reina de ojos saltones que no gozaba de la belleza del jardín que admiramos y está asociada a la matanza del Día de San Bartolomé, el 24 de agosto de 1572, cuando fueron asesinados miles de cristianos hugonotes.
Imponente El Louvre, al que no pudimos entrar por estar
cerrado ese día, privándonos de ver a La Gioconda, a la Venus de Milo y tantas
obras célebres. Pero nos compensó el Museo Orsay, con una de las colecciones
más importantes del mundo sobre los impresionistas. Allí, hay que hacer un
esfuerzo para separarse del original de Almuerzo sobre la hierba de Édouard
Manet, del Baile en el Moulin de la Galette, de Renoir, de las obras de Claude
Monet, como sus cinco cuadros de la Serie de Catedrales de Rouen.
Y en medio de todo, atravesando París, la eterna magia de
las aguas del río Sena, al que los romanos decían Sequana, nombre de una diosa
celta. Al anochecer montamos en un
velero sobre sus aguas y los ojos desfilan entre El Louvre, la torre Eiffel,
la Catedral de Notre-Dame, sin dilucidar en cuál giro de la mirada la belleza es
mayor.
En un momento, me asalta la imagen de Javert, el policía de
Los Miserables que persigue a Jean Valjean y creo verlo en uno de los puentes.
Les cuento a Luis Miguel, a mi esposa, hijo y sobrina el instante en que el
policía no logra resolver el drama entre el deber y la gratitud y se lanza a
morir en las aguas de este río. Luis Miguel señala uno de los puentes al que la
tradición oral asigna el hecho y hablamos de Víctor Hugo, cuya tumba está
cercana. Y seguimos con el Sena y su presencia en la literatura y el arte,
eternizado en las obras de Marcel Proust y Albert Camus, en las pinturas
impresionistas de Claude Monet y Pierre-Auguste Renoir, en canciones como el
tango de Astor Piazolla titulado con el nombre del río.
Pero es París tan grande y hermoso que requeriría más espacio del que permite esta columna. Casi dejaba fuera insistir en un sitio en que, de obviarlo, no me lo perdonaría mi amigo Leonardo Venta. El edificio de la Ópera de París, Palais u Ópera Garnier, un teatro neobarroco inaugurado en 1875 y considerado uno de los monumentos más entrañables de Francia. Allí, ante tanto esplendor, mencionamos a Alicia Alonso, recordando en voz alta que en 1966, en una de sus salas majestuosas, la cubana bailó Giselle por primera vez, deslumbrando al auditorio y al mundo.
Todavía en el avión rumbo a Barcelona llevaba en los oídos,
en la vista y el corazón las atenciones de Luis Miguel, la belleza de París, la
nostalgia de la bohemia cantada por Charles Aznavour: “...y cuando algún
pintor, hallaba un comprador y un lienzo le vendía, solíamos gritar con él y
pasear alegres por París”. Tarareando la canción que mis amigos me conocen
desde siempre, comprendí que si el verbo en pasado no lo encuentro en París, es porque
París sigue siendo una fiesta.

















