Juan Colón es un poeta, historiador, narrador y ensayista dominicano de mucha relevancia en su país y en otras regiones del mundo. Por ello, el Círculo de Embajadores Universales de la Paz, con sede en Ginebra, Suiza, lo declaró embajador de la paz en el mundo en representación de su patria y la Academia Norteamericana de Literatura Moderna Internacional lo nombró, en 2020, presidente del capítulo dedicado a República Dominicana.
Colón es autor de textos pedagógicos oficiales como Geografía Mundial, Historia de las Civilizaciones, Geografía e Historia de América y de los pueblos del Caribe. Entre sus textos literarios se destacan los poemarios No puedo callarme y Raíces de mi alma, así como el libro de cuentos Giocondo mío.
Ha merecido
el “Premio Dominicano de Oro, Gral. Gregorio Luperón” por su trabajo literario
y educativo, así como distinciones nacionales e internacionales. En una
reciente visita a Tampa, el poeta nos visitó en La Gaceta y después de
una agradable conversación le formulamos unas preguntas a modo de entrevista
que nos respondió con agrado.
![]() |
| Durante una agradable conversación con el poeta Juan Colón |
Prefiero
empezar por la poesía, la expresión más antigua y universal del lenguaje
humano. ¿Desde cuándo y cómo descubriste al poeta que hoy ha sido reconocido en
diferentes lugares del mundo?
Quizás
siempre lo supe, o apenas lo intuía: el poeta no apareció un día, como una
revelación súbita, sino que ya habitaba dentro de mí, adherido a la sangre,
como una memoria anterior a la conciencia. Desde niño buscaba cada tarde un
promontorio frente al mar, un lugar donde el horizonte y el agua parecían
sostener un diálogo silencioso conmigo. Allí comprendí –sin nombrarlo todavía–
que la poesía no nace únicamente de las palabras, sino de una necesidad de
comunión con aquello que nos excede: el mar, la soledad, el misterio, el
tiempo.
A los trece
años escribí una obra teatral y dirigí un grupo de teatro; ya entonces la
poesía reclamaba su espacio en mi vida, no solo escrita, sino dicha en voz
alta, respirada, compartida como un acto casi ritual. Hoy la poesía suele
leerse en silencio, pero para mí siempre tuvo también la dimensión de la voz,
del temblor humano que atraviesa el cuerpo y busca otro cuerpo donde resonar.
Con los años
entendí que el poeta no se descubre del todo: se escucha. Cada vez que me
enfrento al papel en blanco –o a la pantalla– y nace el primer verso, siento
que algo esencial vuelve a encontrar refugio. La poesía ha sido eso: una morada
para el alma, una manera de reconciliarme con mis preguntas más profundas y con
la fragilidad de existir. Tal vez por eso escribir nunca ha sido para mí un
oficio ni una aspiración de reconocimiento, sino una forma de permanecer
despierto ante el misterio de la vida.
¿Podrías describirme algunas obras y momentos que consideres culminantes en tu creación
poética?
Más que
señalar obras específicas, prefiero hablar de aquellos autores que, de una u
otra forma, fueron encendiendo la llama de mi escritura y acompañaron
silenciosamente mi formación espiritual y literaria. Pablo Neruda, con su
vastedad humana y telúrica; Juan Bosch, extraordinario cuentista dominicano
cuya mirada ética y narrativa dejó una huella profunda; Pedro Mir y Manuel del
Cabral, que supieron darle al Caribe una dimensión universal; Franklin Mieses
Burgos, con su intensidad metafísica. Y, por supuesto, Octavio Paz, Julio
Cortázar, Jorge Luis Borges y los poetas españoles de la Generación del 27, entre muchos otros
que ampliaron mi manera de entender el lenguaje como una forma de revelación.
Si pienso en
momentos culminantes de mi trayectoria, podría mencionar tres que marcaron
distintos territorios de mi vida creadora. El primero ocurrió en 1993, cuando
participé como autor de libros de texto para el sistema educativo dominicano.
Con el inicio del Primer Plan Decenal de Educación, el Programa de las Naciones
Unidas para el Desarrollo (PNUD) consideró que dos de mis libros respondían
plenamente a las exigencias del nuevo currículo educativo. Aquello representó
para mí no solo un reconocimiento intelectual, sino también la certeza de que
la escritura podía convertirse en un instrumento de transformación colectiva.
Otro momento
profundamente significativo llegó en 2021, cuando la organización Uniendo
Raíces, en Valle de Aosta, Italia, me invitó a leer mi poesía en un castillo
medieval. Aquella experiencia tuvo algo de símbolo y de destino: sentir mi voz
resonando entre piedras antiguas, en otra lengua y otra cultura, me hizo
comprender que la poesía pertenece menos al escritor que al misterio que la
atraviesa. De esa vivencia nació el libro Il Miracolo della Luce (El Milagro
de la Luz).
Un año
después, con Le Mani del Silenzio, obtuve el Primer Lugar de Poesía
Ciudad de Milán; y en 2023, el Primer Lugar de Poesía Ciudad de Bríndisi, ambos
en Italia. Son reconocimientos que agradezco profundamente, porque confirman
que la poesía puede cruzar fronteras y encontrar eco en sensibilidades
distantes.
Sin embargo,
quizás lo más esencial para mí ocurrió recientemente con mi libro de relatos Eviterno.
Allí sentí, por primera vez, que había encontrado plenamente la voz –o el
estilo– que llevaba toda la vida buscando. Como si después de muchos años de
escritura, lecturas, silencios y preguntas, finalmente hubiera llegado a ese
lugar interior donde el lenguaje deja de parecerse a los otros y comienza,
verdaderamente, a pertenecernos.
¿Cómo se
equilibran el historiador y el pedagogo en estas obras?
Creo que
conviven de manera natural. Lo científico no reduce la creatividad; por el
contrario, muchas veces le ofrece profundidad, estructura y una conciencia más
amplia de la realidad humana. En el caso de las ciencias sociales, ese vínculo
resulta todavía más evidente, porque mi poesía posee una marcada dimensión
humanista y una sensibilidad de conciencia social que nace precisamente de la
observación histórica y de la experiencia pedagógica.
El
historiador me ayuda a comprender los procesos humanos, las heridas colectivas,
las raíces culturales y las contradicciones del tiempo que habitamos; mientras
que el pedagogo me recuerda constantemente que toda palabra también implica una
responsabilidad ética frente al otro. Ambos dialogan dentro de mi escritura sin
imponerse uno sobre el otro.
Para la
creación literaria, mientras más holística sea la visión del mundo, más
posibilidades tiene la obra de alcanzar profundidad y autenticidad. La
literatura no puede vivir aislada del conocimiento, de la memoria ni de la
experiencia humana. En mi caso, historia, educación y poesía forman parte de
una misma búsqueda: comprender al ser humano en toda su complejidad y tratar de
devolver, a través de la palabra, una mirada más sensible y más consciente
sobre la existencia.
Mirando
hacia los acelerados cambios –y no solo tecnológicos– del mundo de hoy, ¿crees
que la enseñanza en República Dominicana prepara a los niños y jóvenes para
enfrentarlo?
Creo que
necesitamos una verdadera revolución educativa, no solamente en términos
tecnológicos, sino también humanos, culturales y éticos. El mundo está
cambiando a una velocidad vertiginosa: cambian las formas de producir, de
comunicarnos, de aprender e incluso de entender la realidad. Frente a eso, la
educación no puede seguir anclada en modelos del pasado.
Es
imprescindible una mejor preparación y dignificación del magisterio, porque
ningún sistema educativo puede superar la calidad humana e intelectual de sus
maestros. El docente debe convertirse nuevamente en un orientador del
pensamiento crítico, de la sensibilidad y de la conciencia social, y no
únicamente en un transmisor de contenidos.
También se
necesita un currículo más dinámico y coherente con las nuevas demandas
productivas, científicas y culturales del presente. La escuela debe preparar
para el trabajo y la tecnología, sí, pero también para la convivencia, la
creatividad, la reflexión ética y la comprensión profunda del ser humano. De
nada sirve formar técnicos altamente capacitados si carecen de sensibilidad
social o de conciencia histórica.
Hay además
una contradicción preocupante: vivimos en la era de la información, pero hemos
descuidado la formación del hábito de lectura y del pensamiento reflexivo.
Desde el año 2019 muchas bibliotecas escolares prácticamente no reciben libros.
Eso es grave, porque una sociedad que abandona sus bibliotecas termina
debilitando su imaginación, su capacidad crítica y hasta su democracia
espiritual.
![]() |
| En La Gaceta, Tampa |
Has desarrollado una obra que ha merecido reconocimiento en tu país. Ahora que en plena madurez puedes exponer tu creación y experiencia en diferentes lugares del mundo, ¿qué planes tienes?
En este
momento trabajo en la elaboración de textos escolares para la educación
dominicana, una labor que asumo no solo desde la pedagogía, sino también desde
el compromiso ético y cultural con las nuevas generaciones. Siempre he creído
que educar es una de las formas más profundas de sembrar futuro, y
participar en la construcción de materiales educativos significa también
contribuir a la formación de una conciencia más crítica y más humana.
En el ámbito
literario, atravieso una etapa particularmente intensa y reveladora. Estoy
corrigiendo poemas y relatos que permanecieron guardados durante más de treinta
años, textos que, de algún modo, esperaban el tiempo interior adecuado para
volver a la luz. Paralelamente continúo escribiendo nuevas obras, porque la
creación literaria no admite pausas definitivas. La poesía, suelo decirlo con
afecto y verdad, es mi novia; y como toda relación profunda, exige presencia,
entrega y trabajo permanente.
También
mantengo diversos compromisos internacionales vinculados a recitales y
conferencias programadas para este año en distintos escenarios culturales. Cada
encuentro con lectores y escritores de otras lenguas y otras geografías
reafirma mi convicción de que la literatura es uno de los pocos territorios
donde todavía es posible reconocernos esencialmente humanos.
Uno de los
proyectos que más ilusión me produce será en el año 2027, cuando presentaré en
París un recital de poesía en francés y español. Para mí tendrá un significado
especial, no solo por lo que representa culturalmente París en la historia
universal de las letras, sino porque simboliza la posibilidad de que la palabra
nacida en nuestra isla pueda dialogar, sin fronteras, con otras sensibilidades
y otras tradiciones del mundo.
El Círculo
de Embajadores Universales de la Paz, con sede en Ginebra, te designó como
Embajador de la Paz en representación de la República Dominicana. ¿Cómo ves hoy
esa aspiración en el mundo?
Trabajar en
favor de la paz es hoy una labor más urgente que nunca. Vivimos en una época
marcada por la posmodernidad, donde con frecuencia predominan el
individualismo, el egoísmo y una profunda crisis de valores humanos.
Paradójicamente, mientras la humanidad alcanza niveles extraordinarios de
desarrollo científico y tecnológico, también parece alejarse cada vez más de su
dimensión ética y espiritual.
Vivimos
tiempos dolorosos en los que, ante los ojos del mundo, se cometen genocidios,
desplazamientos masivos y actos de barbarie que muchas veces no solo encuentran
indiferencia en los grandes poderes, sino incluso complicidades silenciosas
sustentadas por intereses económicos y geopolíticos. Esa realidad revela una
fractura moral profunda dentro de la civilización contemporánea.
Resulta
igualmente desgarrador pensar que nunca antes la humanidad produjo tantos
alimentos, tanta riqueza y tantos avances tecnológicos, y, sin embargo,
millones de seres humanos continúan viviendo en la miseria, mientras miles de
niños mueren cada día víctimas del hambre y la desnutrición. Esa contradicción
demuestra que el problema esencial del mundo no es la escasez, sino la falta de
sensibilidad, de justicia y de conciencia humana.
Por eso creo
que trabajar por la paz hoy trasciende el discurso diplomático o institucional;
se ha convertido en una misión casi sacerdotal. La paz no significa solamente
ausencia de guerras: implica dignidad, equidad, educación, respeto por la vida
y capacidad de reconocernos en el dolor ajeno. Mientras no aprendamos a mirar
al otro como una extensión de nuestra propia humanidad, seguiremos construyendo
sociedades tecnológicamente avanzadas, pero espiritualmente vacías.
Asumo esa
designación como Embajador de la Paz no como un honor personal, sino como un
compromiso ético y humano: el de seguir defendiendo, desde la palabra, la
cultura y la educación, la posibilidad de un mundo más sensible, más justo y
más consciente.
Acabas de
visitar Tampa, donde tuve el placer de conocerte e intercambiar algunas ideas,
esencialmente relacionadas con los históricos vínculos entre Santo Domingo y
Cuba. Si yo tuviera que vincular los tres espacios geográficos con un solo
nombre, mencionaría a Francisco ( Panchito) Gómez Toro, el hijo de Máximo Gómez
que vino a Tampa con Martí. ¿Cómo describirías esa imagen, tú que eres poeta,
pedagogo e historiador?
Antes de
responder esa hermosa pregunta, quiero agradecerte profundamente a ti, Gabriel Cartaya, a
Alberto Sicilia y a Pablo Martínez, por el gentil y fructífero encuentro
intelectual que sostuvimos en Tampa. Conversar en su oficina sobre historia,
literatura y los vínculos espirituales y culturales entre nuestros pueblos
caribeños fue una experiencia enriquecedora y entrañable. Siempre resulta
esperanzador encontrar espacios donde la memoria, la cultura y la palabra
todavía convocan al diálogo profundo entre seres humanos.
La figura de
Francisco “Panchito” Gómez Toro posee para mí una dimensión casi simbólica
dentro de la historia del Caribe. En él convergen no solo la herencia heroica
de su padre, Máximo Gómez, sino también el ideal martiano de una patria
entendida como destino moral y humano. Panchito representa esa juventud capaz
de abrazar una causa superior, incluso por encima de su propia vida.
Tampa, Santo
Domingo y Cuba dejan entonces de ser únicamente espacios geográficos para
convertirse en territorios de una misma memoria histórica y afectiva. Tampa fue
fragua de sueños libertarios; Cuba, escenario del sacrificio y de la esperanza;
y Santo Domingo, raíz espiritual de uno de los grandes estrategas de la
independencia cubana. En esa trilogía histórica, Panchito aparece como una
especie de puente humano entre la épica y la ternura.
![]() |
| Panchito Gómez Toro, al centro, junto a Martí y Fermín Valdés Domínguez en Cayo Hueso, en mayo de 1894. Durante ese viaje estuvo en Tampa. |
Como
historiador, veo en él la continuidad de una generación que entendió la
libertad como un deber continental y no como un proyecto individual. Como
pedagogo, encuentro una figura ejemplar para las nuevas generaciones, porque
encarna valores que hoy parecen erosionarse: lealtad, desprendimiento, dignidad
y sentido del deber. Y como poeta, quizá lo percibo de un modo todavía más
profundo: Panchito me parece uno de esos seres que no pertenecen del todo a la
muerte, porque terminan convertidos en símbolos.
Hay imágenes
históricas que adquieren una dimensión casi poética. Imagino a aquel joven
acompañando a Martí, atravesando los caminos de la guerra y del destino,
cargando no solo el peso de un apellido glorioso, sino también el fervor de una
generación que soñaba una América más justa y más humana. En él habita la
belleza trágica de quienes comprenden que la verdadera grandeza no consiste en
vivir mucho, sino en darle sentido moral a la existencia.
Tal vez por
eso, cuando pensamos en Panchito Gómez Toro, no evocamos únicamente un
personaje histórico: evocamos la persistencia de la dignidad humana frente al
olvido y frente al tiempo.
Te comparto
este breve poema de mi autoría.
Me dio su mano.
Dentro de su mano
Latía una casita doblada,
Unas yaguas en hilachas
Sosteniendo la tarde.
La historia de un silencio
Le mordía los labios.
Al despedirse…
A mis dedos
Se le llenaron
Los ojos de agua.
Muchas gracias, Juan.







.jpg)









