viernes, 13 de marzo de 2026

En el Día Internacional de la Mujer: Edna Hibel

 Aunque en Estados Unidos no se festeja el 8 de marzo como Día Internacional de la Mujer, en una buena parte del mundo se ha tomado esa fecha para rendir homenaje al sexo femenino, desde que en 1975 las Naciones Unidas lo adopó con el siguiente mensaje: “Cuando las mujeres de todos los continentes, a menudo separadas por fronteras nacionales y diferencias étnicas, lingüísticas, culturales, económicas y políticas, se unen en este día, pueden contemplar una tradición de no menos de 90 años de lucha en pro de la igualdad, la justicia, la paz y el desarrollo”.

La lista de mujeres cuyo relevante papel les ha hecho merecer un lugar cimero en la historia de la humanidad es inabarcable. Entre ellas están Hipatia de Alejandría, Juana de Arco, Marie Curie, Micaela Bastidas, la Madre Teresa de Calcuta e Indira Ghandi, por mencionar algunas de diferentes épocas y latitudes. Sin embargo, hoy quiero mencionar a una menos conocida, aunque más cercana en tiempo y espacio.  Me refiero a la artista contemporánea Edna Hibel Plotkin, nacida en Brookline, Massachussetts,  el 13 de enero de 1917 y dedicó una larga vida a las artes plásticas, hasta su muerte en Palm Beach Gardens, el 5 de diciembre de 2014.

Edna Hibel (1917-2014)

Una gran parte de su obra se  conserva en Beloit College, Wisconsin. Estuvo expuesta mucho tiempo en el Museo de arte de Hibel (condado de Palm Beach, Florida), hasta ser disuelto en 2018. Si bien no goza de la merecida divulgación, los valores de su obra y su propia historia le otorgan una relevancia que constituye un ejemplo de servicio al arte y la sociedad.

Hibel, hija de emigrantes judíos que llegaron a Estados Unidos desde Polonia a principios del siglo XX, desde niña sintió el llamado del pincel. Se graduó en la  Escuela de Bellas Artes del Museo  Boston el mismo año en que se inició en Europa la Segunda Guerra Mundial, de tan terribles consecuencias para su grupo étnico.

Durante su larga vida dedicada al arte, Hibel recreó mediante retratos el físico y la emoción existencial de hombres y mujeres que, en el lienzo, en cerámicas o en piedras calizas alcanzaron no solo un alto nivel estético, sino también una interpretación muy honda de las relaciones humanas. Enumero algunos ejemplos que dan fe de ello:

-Edna Hibel fue elegida por el Programa Mundial de Alimentos de las Naciones Unidas para crear la pintura Madre Tierra, de la que se hizo una edición limitada en 1983 y se ha utilizado en sellos de la ONU.

-Fue homenajeada en 2007 por la Liga de Mujeres Escritoras Estadounidenses en Washington, D.C., con una exhibición y una proclamación del alcalde de Washington, D.C.

Eddna Hibel, de la serie Madre e hija.

-Tuvo el honor de recibir el Premio Mundial de Artes Leonardo da Vinci del Rector Gispen de la Universidad de ­Utrecht el 21 de noviembre de 2001, otorgado por el Consejo Cultural Mundial, en consideración  a “sus innovaciones en métodos artísticos (especialmente en litografía original en piedra y porcelana) y su contribución a la educación artística”.

-En 2001, recibió un Premio a la Trayectoria de “Mujeres en las Artes Visuales”, por parte de una organización de artistas ubicada en el sur de Florida.

-Recibió medallas de honor de Su Eminencia el papa Juan Pablo II y del difunto rey Balduino de Bélgica, y mereció seis doctorados honoris causa, incluyendo uno del Eureka College, alma máter del presidente Ronald Reagan, y de la Universidad Northwood de Florida, Michigan y Texas. Obtuvo su sexto título honorífico del Simmons College de Boston en mayo de 2005.

- En el año 2000, creó la obra El corazón y la conciencia de América, pintura que  conmemora el 200.º aniversario de la Casa Blanca. La obra se inauguró en el Dirksen Senate Office Building, en Washington, D. C.

-Su obra se ha exhibido en museos y galerías de más de 20 países de cuatro continentes, incluyendo museos nacionales de Brasil, China, Costa Rica, Rusia y Estados Unidos, y bajo el patrocinio real del conde y la condesa Bernado­tte de Alemania, el conde Thor Bonde de Suecia, el príncipe y la difunta princesa Rainiero de Mónaco y Su Majestad la Reina Isabel II de Inglaterra.

Con más de 600 litografías originales en piedra, se le valora como la artista que ha creado más dibujos únicos para ediciones de litografías multipiedra.

Además de su notable producción artística, merece destacarse su prolongada labor recaudando donaciones para organizaciones benéficas infantiles y médicas. A su vez, fue promotora de la paz en el mundo. Sus exposiciones “Puente Dorado” y “Paz a través de la Sabiduría” expresaron su deseo de promover la paz y el entendimiento cultural entre China y Estados Unidos.

Investigando sobre Hibel en los espacios abiertos de Internet, me llama la atención un elemento que apunto como curiosidad: fue la primera artista femenina en pintar en 10 décadas diferentes, pues llegó a vivir 97 años y empezó a dibujar antes de cumplir los siete.

 Con todo, la inspiración para esta nota proviene de dos elementos que se juntaron el mismo día, este 8 de marzo. Primero, leer que, en 1995, la Fundación de Archivos Nacionales encargó a Hibel que pintara una pieza que conmemorara el derecho de las mujeres al voto, lo que se había alcanzado en Estados Unidos cuando ya ella había nacido. El segundo motivo es personal: la adquisición de una preciosa litografía suya que corresponde a la serie Madre  e hija.

Recordar a Enna Hibel en el Día Internacional de la Mujer es rendir homenaje, con ella, a todas las mujeres que embellecen el planeta en que vivimos.

viernes, 27 de febrero de 2026

Y la noche doblaba por tercera, una novela de Fernández Pequeño

 Cuando Pequeño dobló por tercera, supo que no le faltaría una sola palabra para llegar quieto al home. Desde mirar las letras bien alineadas en el campo de su tablero, entendió que todos sus párrafos volarían la cerca editorial hasta caer en el guante abierto de sus lectores.

De alguna manera, en el campo de béisbol también se cumple la metáfora de esa circularidad que se corona al pisar el plato donde se originó el batazo, el libro, la historia, la vida. Contar ese tránsito en que  se mezclan la realidad y la ficción, con la emoción verbal que lo hizo el narrador deportivo Felo Ramírez, lo ha conseguido el escritor José Manuel Fernández Pequeño en la novela Y la noche doblaba por tercera, publicada en Miami por Ediciones Furtivas en 2025.

La evaluación más legítima de la calidad narrativa se aprecia en la recepción, lo que se cumple ejemplarmente en este doble juego. En Felo, el aplauso hasta el último out; sobre Pequeño, ya lo han confesado varios lectores de esta novela: que no pudieron separarse del libro hasta la última palabra. En ambos casos, disfrute y aprendizaje se equilibran en una historia donde sus autores han puesto a prueba una profesión tan apasionadamente elegida.


  Disfrute porque es la primera ilusión con que se asiste a un lance deportivo o se busca una obra literaria que es también desafío. Aprendizaje, pues deviene cátedra la sagacidad con que en medio del inning el narrador incorpora historias, anécdotas, noticias, enriquecidas con la imaginación y  el tono de voz con que lo hizo el narrador bayamés durante más de setenta años. Y, suerte de elegidos, si al final de su vida aparece un escritor, bayamés como él, a contar en una novela el tránsito biográfico, humano y profesional que lo llevó al Salón de la Fama, la narración literaria alcanza la exquisitez de la deportiva, para ambas reunirse en la cúspide de una realización estética y didáctica que las convierte en trascendentes.

Y la noche doblaba por tercera nos permite recorrer la vida de Felo Ramírez  –Mello Domínguez en la novela– desde su niñez en Bayamo hasta su muerte en Miami a los 94 años. Pero, a la vez que el destino de un hombre, cuya voluntad y talento lo elevaron a paradigma, la novela transita por la historia del béisbol aficionado y profesional durante el siglo XX y primeras dos décadas del XXI y, muy especialmente, el mundo de la narración en la radio y televisión desde sus mismos orígenes. La obra literaria es eso y mucho más: es el latido que aflora en los atrevimientos, miedos, pasiones, entregas, glorias y soledades del ser humano, en el amor ocasional y en el amor eterno, en el valor de la amistad, en las dudas profundas ante la certidumbre de la inevitable finitud.

Felo Ramírez 


El hecho de que un vecino suyo estuviera en la cima de la narración del béisbol en Cuba, Venezuela, Puerto Rico y Estados Unidos, conocer a su familia y poder conversar largo tiempo con él en Miami en sus últimos años, debió pintar la novela en la mente atenta del escritor y lo resolvió de una corazonada:  a Felo, que lo narró todo en la pelota, se le había olvidado narrarse.

Pequeño contó con todas las herramientas para ello: oficio de escritor de una larga trayectoria avalada por la crítica –y mejor, aplaudida por los lectores–, conocimiento amplio sobre el protagonista y proverbial imaginación para vertebrar una trama donde lo real y lo ficticio se empalme en un relato creíble sobre lo que fue y lo que pudo ser; o mejor, sobre lo que fue porque pudo ser, en fin, una recreación de la vida destinada a embellecerla.  Lo ha hecho muy bien Fernández Pequeño en este juego en el que, desde doblar por tercera, avizora el emotivo final.

El estilo narrativo, donde los que han conversado con el autor identifican frases, giros, acentos, inmerso en una prosa a cuya calidad hemos asistido en sus libros precedentes, suma esta nueva novela a su ya amplia biobibliografía, a la que ingresa retazos de su propia vida y, en culto a la amistad, hasta de amigos que ha querido le acompañen en su perenne fiesta literaria.

Próximamente, tendremos la ocasión de tener en nuestra ciudad a Fernández Pequeño, donde su novela volverá a doblar por tercera, esta vez rumbo a la gloriosa goma donde lectores tampeños le esperan, tan entusiastas del deporte como de la buena literatura, ambas tan bien servidas en esta ocasión.


domingo, 22 de febrero de 2026

Desde una charla con el músico Carlos Solís Bravo

 El jueves de la semana pasada nos visitó en La Gaceta el músico Carlos Solís Bravo, acompañado del poeta Alberto Sicilia. Desde las palabras de presentación, francamente amigables, la conversación derivó hacia las diversas actividades culturales que en la actualidad se desarrollan en Tampa y el rol que desempeña Tampa Lector en su fortalecimiento.

 Comentamos acerca de la reciente exposición de arte del pintor Vicente Castro y sobre la Feria del Libro cuya segunda edición será el próximo noviembre. Pero más que contarle quisimos saber de él, no solo de su origen cubano, sino de su temprana inserción en la cultura estadounidense, lo que le llevó a fundar su propia banda de música –nombrada Solís Bravo– y con ella recorrer todo el país, componiendo y cantando, contribuyendo no solo a la alegría, sino también a la sanación, la fe y la esperanza.

Carlos Solís Bravo

 Por eso le comento: quienes han escuchado la música que haces, incluidas letra y melodía, coinciden en encontrar en ella emoción y esperanza, de modo que trasciende el disfrute del instante. Lo afirmo y le pregunto, ¿cómo valoras esa percepción hacia tu labor artística? La respuesta es segura y concisa, como si las verdades necesitaran pocas palabras:

-Uno de mis objetivos ha sido conmover a la gente y hacer que sintieran algo positivo al escuchar mi música. Si eso sucedía, cumplía con mi deber como músico.

–Saliste de Cuba, tu país de origen, siendo apenas un niño y te asentaste en Miami por muchos años. Sin embargo, a pesar de que allí la música cubana y el idioma español tienen tanta difusión, te inclinaste hacia el soft rock, la bossa nova y el jazz latino, componiendo esencialmente en inglés –le digo, porque quiero saber: ¿Cómo lo explicas?

–Siempre me ha gustado la música suave; escucho a James Taylor, Kenny Rankin y muchos otros. A principios de los 70, conocí a Carlos Oliva y los Sobrinos del Juez, donde recuperé mis raíces latinas. Mi plan era una mezcla de sonidos con un toque latino.

–Con todo, ¿sientes alguna influencia de la música cubana en tu repertorio?

–Sí, siento y amo la música cubana, especialmente la salsa, pero no sé componer en español. Sin embargo, son mis raíces y trato de incorporarlas a la percusión, dándole un toque cubano.

–También hay en ti mucha alma de viajero, lo que se siente en el lema de la banda Solís Bravo que fundaste: Música y viaje a través de América. ¿Cómo has vivido esa experiencia con esa compañía musical?

–Quería viajar por Estados Unidos principalmente por mis padres, que no pudieron hacerlo. Pienso en ellos cada vez que viajamos. Viajar me inspira a componer y luego voy a Miami con la banda a grabar.

–Me dices que en medio de la epidemia del Covid-19 suspendiste la actuación de la banda que dirigiste varios años. Aunque sigues haciendo música, ¿que significó para ti interrumpir el grupo y los continuos viajes?

 –Tocar es muy difícil, especialmente con una banda de diez integrantes; requiere mucho tiempo y coordinación. A medida que envejezco, se vuelve más difícil. Prefiero componer, viajar y grabar.

¿Qué recibes de la música que haces?

 –Creo que el simple hecho de que la gente aprecie la buena música y, con suerte, pueda conmoverlos me llena de gratitud.

–También es conocido el aporte que haces a la comunidad, más allá del reflejo de ese servicio en tus propias ­canciones.

–Creo que siempre debemos retribuir a este maravilloso país, ya que nos dio la oportunidad de ser libres y empezar una nueva vida; por lo tanto, debemos retribuirlo a nuestra comunidad. Prefiero dar que recibir.

–En breves palabras, ¿qué es para ti la música, la familia, la amistad?

–Dios, la música, la familia y los amigos son la clave de la salud y la felicidad. Me resultaría difícil no tener estas cosas conmigo a diario.

En La Gaceta, durante la visita de Solís el pasado 12 de febrero.

En la charla, en la que Sicilia también pregunta y comenta, sabemos que ahora Carlos Solís Bravo vive en Clermont, donde ofrece conciertos gratuitos a la comunidad. Mientras se dirige a Alberto pongo su nombre en Google para saber algo que no ha dicho: Ha recibido muchos reconocimientos, entre ellos del Hospital South Lake, donde sirvió con distinción durante trece años. Hombre de familia, ha sido honrado como Ciudadano del Año en Clermont y con la Gema de las Colinas, distinciones que también ha recibido su esposa, ambos considerados ejemplos de su comunidad. La información señala: “Estos galardones son un testimonio de su generosidad, liderazgo y el profundo impacto que han tenido en la vida de quienes los rodean”.

Al saberlo, le estrecho la mano con simpatía y le agradezco la visita de la que nos despedimos con amistad. Más tarde, oyendo una de sus canciones –Back to You–, percibo que en Carlos Solís la pasión por la música es tan grande como el amor por la vida y los seres humanos.

viernes, 13 de febrero de 2026

Conversar con el escritor Fernández Pequeño sobre su última novela

 Próximamente, se presentará en Tampa la novela Y la noche doblaba por tercera, del reconocido escritor José Manuel Fernández Pequeño. Mucho se abusa de este calificativo, pero esta vez tiene un peso tangible: más de 20 libros que gozan del favor de la crítica y, mejor aún, del aplauso de sus lectores. Si bien el prestigio de un escritor no depende de premios, haber merecido el Florida Book Awards (2014) y el International Latino Book Awards (2022), entre otros, distingue al autor de Tantas razones para odiar a Emilia entre los narradores que publican sus libros en nuestro tiempo.

Y la noche doblaba por tercera es una novela apasionante que tiene como protagonista al narrador de béisbol Felo Ramírez,  pero advierte que “en la pelota, como en la vida, hay tiempo para casi todo”. Por ello, hay casi de todo en estas páginas donde se entrelazan la realidad y la ficción. Pero es el mismo Fernández Pequeño quien nos regala unos comentarios acerca de una obra que también tiene mucho de él.

"Lo único que me interesa al hacer literatura es expresar la vida humana
 y sus infinitas contradicciones", confiesa Fernández Pequeño.

¿Qué convocó a un escritor que ha publicado más de 20 libros entre ensayos, cuentos, literatura infantil y novelas, a escribir una obra cuyo protagonista no proviene de la ficción, sino de la vida real y, para más sorpresa, del mundo del béisbol?

Cualquier buen partido de béisbol despliega un discurso narrativo muy obvio. A los viejos narradores de pelota, aquellos campeones de la palabra anteriores al predominio de la imagen televisiva, les resultaba muy regocijante narrar juegos que ocurrían lejos de su mirada y que ellos reinventaban a partir de la narración de un colega o, más tarde, de la información que les llegaba inning por inning a través del cable. Aquellos cronistas deportivos sabían que lo importante al contar un partido no era ser “fiel” a las acciones que ocurrían sobre el terreno, sino todo lo contrario: recrear las jugadas de modo que sonaran creíbles para el universo emocional de los ansiosos radioyentes. Salvando las distancias de medio y propósitos, nada muy lejano a lo que muchas veces hace un narrador literario con eso que llamas “la vida real”. Si lo miras desde esa perspectiva, no hay por qué extrañar que un escritor narre a un cronista deportivo. Hablamos, cuando menos, de un encuentro entre parientes.

Más aún. Considerando la manera en que el béisbol nos expresa en tanto caribeños y latinoamericanos, lo que debería causar extrañeza es por qué nuestros narradores literarios no asaltan con más frecuencia los predios del béisbol. Y la noche doblaba por tercera lo hace con absoluta premeditación: se nutre del contexto semiótico y emocional que propicia la pelota para amplificar lo único que me interesa al hacer literatura: la vida humana y sus infinitas contradicciones. Por ejemplo, el capítulo cuarto de la novela, donde me divierto con aquellas transmisiones “inventadas” que Felo Ramírez amaba tanto, está atravesado por tópicos como la amistad, el amor, la lealtad y la paternidad. ¿Te das cuenta?

¿Cómo se entrelazan en La noche doblaba por tercera historia e invención literaria?

De muchas maneras. Si vamos a los extremos, hay en el texto hechos, personas, aun diálogos tomados de la realidad histórica y que, reubicados en ese nuevo contexto representacional, pasan con facilidad por invenciones del escritor; y al revés, aparecen ficcionalizaciones puras y duras que la mayor parte de los lectores acepta sin una sombra de duda sobre su ­veracidad histórica. ­No ­obstante, lo más frecuente en la novela es que el discurso histórico y la ficción se interpenetren: el hecho ocurrió, es históricamente verificable, pero está narrado desde una perspectiva interior y sensible, algo que solo la invención artística puede hacer; o al revés, el hecho nunca ocurrió, pero se conecta de forma tan coherente con la realidad histórica que bien pudo haber ocurrido…

En ese sentido, acometer este proyecto fue un disfrute, tanto a lo largo de la investigación, como después, durante los meses de escritura. Nunca hice un diagrama ni planifiqué el argumento o los recursos que empleé, solo dejé salir la novela como si ya estuviera escrita en mi interior, como si yo fuera el médium de esa voz que hablaba en mi cabeza. Observa: Primero escribí el capítulo uno; luego, el cuatro; luego, el dos; luego, el cinco; luego, el tres; y, por último, el seis. Avanzar a ciegas y que todo encajara por sí mismo fue un gozoso disparate, incluso después de que el texto estuvo completo, cuando comprendí que lo había escrito exactamente igual a como Felo Ramírez narraba los juegos de béisbol y las peleas de boxeo: entregándose por entero a la intuición.

¿Hasta dónde la novela agranda el mito y la leyenda de Felo Ramírez?

La verdad, mi intención al comenzar el proyecto apuntaba en sentido contrario: salí en busca del ser humano que nos ocultaba un periodismo solo interesado en exaltar éxitos y genialidades, como si estos fueran atributos divinos y no parte de un complejísimo entramado humano que se desplegó durante más de noventa años y en un contexto social que parte de un pueblo de campo cubano y termina incluyendo a varios países de América. Mello Domínguez, el protagonista de la novela, es alguien intuitivo, dueño de una gran voz y de una inquebrantable fe en el humor, un ser humano que transita hacia la fama intentando mantenerse fiel a sí mismo, es decir, evitando las confrontaciones y viviendo la amistad como lo que es, una inmensa patria. En ese camino, logra grandes triunfos y vive grandes alegrías, pero también sufre grandes dolores: la muerte de aquellos a quienes ama, el exilio, la imposibilidad de tener hijos dentro de un matrimonio casi perfecto, la traición… Como, de diversas maneras, nos pasa a todos, ¿o no?

En fin, no sé si el mito y la leyenda de Felo “se agrandan” en la novela; sí espero que se humanicen hasta ese punto en que cualquier lector pueda sentirlos tan cercanos como lo fue el ciudadano Felo Ramírez en la vida real.

Felo Ramírez (1923-2017), durante un homenaje 
que se le hizo en Miami en 2016.

Entonces, ¿podemos entender tu novela como la narración final de Felo Ramírez y, desde ahí, la que cada quien puede hacer de su propia vida? ¿Lo consideras, en ese sentido, un texto realista?

Tras setenta y tantos años narrando a los demás, Mello Domínguez de pronto siente la urgente pulsión de contarse a sí mismo y reevaluar su larga vida, una tentación más que comprensible en alguien a punto de morir (bien lo podemos entender tú y yo, habitantes de eso que, piadosamente, llaman tercera edad), pero nada fácil de cumplir en su caso, pues un accidente lo ha dejado sin voz. ¿Te imaginas lo doloroso que es algo así para quien hizo de la narración un espacio de vida? Sumido en una inconsciencia alerta, la antesala de la muerte, Mello Domínguez comprende que la fama ya no le sirve de nada y sale a buscarse usando la voz de su sobrino Hiram, con lo cual pone en acción un precepto básico en el espiritismo de cordón: los muertos hablan con la lengua de los vivos. De ese modo, la perspectiva de la narración se mueve todo el tiempo y sin avisos entre una primera persona muy cercana a los hechos contados y una tercera persona que aporta no solo distancia crítica, sino también un importante volumen de información libresca sobre lo que se cuenta. Esta focalización híbrida me permitió saltarme la barda del realismo en una novela en la que, sin embargo, lo que el lector entiende como “real” resulta un telón de fondo tan decisivo.

¿Cómo se siente el Fernández Pequeño bayamés tras haber escrito esta novela sobre su ilustre coterráneo Felo Ramírez?

Nací y crecí a cuadra y media del lugar donde vivió Felo en Bayamo, una casa que visitaba con frecuencia, primero para jugar y luego para estudiar con Hiram Casalí, sobrino del narrador y mi amigo hasta hoy. Al mismo tiempo, fui discípulo de Víctor Montero, inolvidable maestro de Literatura, y de Joe Santoya, sabio profesor de Física, quienes sostuvieron de jóvenes una estrecha amistad con el cronista deportivo, razón por la cual ocupan espacios relevantes en las páginas de la novela. Así que, cuando entrevisté durante más de veinticinco horas a un nonagenario Felo Ramírez en el Miami de 2014, llevaba una vida escuchando hablar sobre él, a pesar de que su voz y sus triunfos habían sido desterrados de Cuba luego de 1961. Y cuando comencé a escribir la novela, lo hice segurísimo de que, entre otras muchas misiones, Fernández Pequeño había venido al mundo para novelar a Felo Ramírez. Digamos que ese mandato estuvo siempre en mis genes existenciales.

Y la noche doblaba por tercera no es un homenaje (¡Dios me libre!), es un intento de entender por la vía sensible un montón de cosas acerca de cierta época y del arte de vivir en cualquier tiempo y lugar. Por si esto fuera poco, también representó mi regreso a Bayamo, aunque solo fuera literariamente. Tras más de veinte libros publicados, este es mi primer texto narrativo en el que la ciudad donde nací resulta fundamental. No vayas a preguntarme por qué demoró tanto en ocurrir; no lo sé, y solo podría justificarme diciendo alguna tontería, como que los grandes amores suelen ser muy contradictorios. Ahora bien, sí puedo informarte que mi siguiente novela, ya terminada, se desarrolla casi por completo en Bayamo, con lo cual comienzo a preguntarme si no estoy volviendo definitivamente al sitio de donde salí o, para decirlo mejor, si no he empezado a ejecutar la tarea de contarme antes de morir, igual que Mello Domínguez en la novela... ¿o eso le pasó a Felo Ramírez?

¿Qué significa para ti la posibilidad de presentar en Tampa Y la noche doblaba por tercera?

Cualquier acción que acerque un libro a sus posibles lectores llena de sentido los años de investigación, escritura y revisión que empeñó el autor en el proyecto, mucho más si, como ocurre en este, el texto y su personaje protagónico poseen ciertas peculiaridades que hacen del habla y la comunicación interpersonal un hábitat idóneo. La presentación en Miami transcurrió en medio de una fuerte corriente emocional que disfruté mucho.

Tampa será como ir un paso más lejos: la muy antigua presencia de una migración cubana, así como los múltiples signos, tanto materiales como espirituales, que en la ciudad testimonian la raigambre cultural de esa presencia pueden arropar a la novela con un sentido especial, sobre todo en este momento, cuando la figura del migrante latino sufre las distorsiones, los prejuicios y las persecuciones que todos sabemos. Felo Ramírez fue un migrante en el sentido más profundo del término,  cuyo talento y voluntad le permitieron labrarse un espacio en la narración del béisbol de América, incluidos en primerísimo lugar los Estados Unidos.

En su concepción y en su escritura, Y la noche doblaba por tercera está atravesada por la filosofía y el pensamiento cultural propio del espiritismo de cordón cubano que, como  sabes, surgió en el llano Bayamo-Manzanillo durante el período de las guerras independentistas cubanas del siglo XIX, aquellas guerras fundacionales cuya huella es tan poderosa en Tampa. En el primer capítulo de la novela, un Mello Domínguez de veintiún años observa la estatua de José Martí en el habanero Parque Central y, mientras más mira la mano del héroe que señala hacia el horizonte, más se convence de que sí, de que hay en el futuro un espacio real para cumplir su sueño de convertirse en narrador deportivo profesional. Será digno de ver cómo el destino novelado de aquel guajirito oriental dialoga con las voces de la memoria que nos hablan al oído en Ybor City.

Muchas gracias, Pequeño. 

Publicado en La Gaceta, Tampa, el 13 de febrero de 2026.

 

 

 

viernes, 6 de febrero de 2026

Charla con la galerista Susan Steinhause

 Susan Steinhausen, graduada de la Escuela Superior de Bellas Artes de Cartagena de Indias,  es una de las colombianas que enriquece con su quehacer la cultura hispana en la bahía de Tampa. En las artes plásticas, donde sobresalen  muchos paisanos suyos –Carlos Camargo, Leo Saldán, Raquel Núñez, son solo algunos–, Susan es conocida por el ferviente apoyo a su florecimiento. Como fundadora de Steinhausen Gallery, da vida a presentaciones, clases, exposiciones, talleres y participa en múltiples actividades culturales.

Susan Steihause

Como gestora cultural y curadora de arte, ahora ha asumido la selección, organización y montaje de la exposición El volumen y el lienzo: diálogos de la forma, del pintor Vicente Castro Morales, la que se ­inaugura  este 6 de febrero en 2234 E y  7.ª Ave. Ybor City. Con ese motivo, le hemos pedido una breve entrevista para La Gaceta, la que ahora damos a conocer.

Susan, sé que eres la curadora de la exposición Volumen y color: diálogos de la forma, del pintor Vicente Castro, pero antes de abordar este importante evento cultural en Ybor City, háblame brevemente acerca de tu formación artística.

Claro. Mi formación artística se inicia con mis estudios en Bellas Artes en Cartagena, Colombia, complementados con estudios en Administración de Empresas. Desde entonces, he dedicado más de 20 años al mundo del arte, trabajando en el ámbito galerístico, la representación de artistas, la gestión cultural y, en los últimos años, la curaduría. A lo largo de mi trayectoria he tenido la oportunidad de trabajar con artistas locales e internacionales, desarrollar exposiciones dentro y fuera de Estados Unidos y mantener siempre una visión abierta hacia nuevas formas de expresión artística. Para mí, el arte es una herramienta de conexión, evolución cultural y transformación social.

¿Qué te motivó a sumarte a The Art Haven y fundar Steinhausen Gallery en un lugar como Riverview, relativamente alejado del tránsito de visitantes en la ciudad de Tampa?

Me motiva la convicción de que el arte no debe limitarse únicamente a los grandes centros culturales o a las zonas de alto tránsito. Siempre he creído que el arte debe acercarse a las comunidades, generar nuevos públicos y crear espacios donde las personas puedan conectarse con la cultura de manera cercana y accesible. The Art Haven es un proyecto del artista León Saldán, quien me invitó a ser parte de ese espacio junto con mi entidad –Steinhausen Gallery–, que cuenta con una trayectoria de más de 20 años. Este proyecto, ubicado en Seffner, representa una oportunidad para seguir impulsando el arte desde espacios auténticos, enfocados en la experiencia artística y en el encuentro directo con la comunidad. Desde su creación, Steinhausen Gallery también ha desarrollado formación artística, dictando clases en diferentes técnicas. Esta es una línea que también proyectamos fortalecer dentro de The Art Haven, junto con la realización de exposiciones de distintos artistas en ese espacio. De igual manera, trabajo con otros espacios en diferentes ciudades de Estados Unidos, donde continúo desarrollando exposiciones con los artistas que represento, ampliando así las oportunidades de visibilidad y circulación del arte. Para mí, más que la ubicación, lo importante es crear espacios con propósito: lugares donde el arte sea encuentro, diálogo e inspiración, y donde tanto artistas locales como internacionales puedan compartir su trabajo con el público.

¿Cómo se vincula The Art Haven y Steinhausen Gallery con otras instituciones culturales de la ciudad?

 The Art Haven y Steinhausen Gallery se vinculan con otras instituciones culturales de la ciudad a través de colaboraciones, exposiciones conjuntas y programas educativos. Buscamos crear redes de trabajo que conecten artistas, organizaciones y públicos, fortaleciendo el ecosistema cultural de Tampa y sus alrededores. Además, promovemos alianzas con museos, galerías, centros culturales y organizaciones sin ánimo de lucro, para que el arte trascienda espacios individuales y llegue a diferentes comunidades. La idea es que estos vínculos permitan tanto la circulación de obras como la participación activa de los artistas y del público, generando un intercambio enriquecedor y sostenible dentro del ámbito cultural

Cuéntame sobre la exposición prevista para el 6 de febrero.

Susan y el  pintor Vicente Castro 

La exposición prevista para el 6 de febrero celebra la obra del maestro Vicente Castro bajo el título Volumen y Color: diálogos de la forma. Es un proyecto que busca mostrar la fuerza del arte figurativo contemporáneo, lleno de color y de expresividad, donde cada obra genera un diálogo entre la forma, la figura humana y la emoción. Como curadora, ­agradezco la oportunidad de participar en este evento, seleccionando y organizando las piezas para que el público pueda apreciar tanto la técnica como la visión poética y contemporánea del artista. La exposición también es un espacio para acercar el arte a la comunidad, fomentando la interacción y el diálogo entre espectadores, artistas y creadores, para mostrar la riqueza de la creación artística contemporánea.
Obra de Vicente Castro

Qué impacto crees puede tener una propuesta como la de una expo-venta de arte que, a su vez, ofrece una subasta con obras del pintor que expone?

La obra del pintor Vicente Castro Morales es para mí una expresión de vitalidad y sensibilidad contemporánea. Su arte figurativo combina color, forma y emoción de manera única, creando composiciones que llaman la atención y generan un diálogo profundo con quien las observa. Lo que más valoro de su trabajo es la manera en que logra transmitir crudeza, poesía y fuerza en cada figura humana, al mismo tiempo que explora la geometría, el ritmo visual y la atmósfera de sus composiciones. Su obra no solo es visualmente impactante, sino que también invita a reflexionar sobre la experiencia humana y la sensibilidad contemporánea, manteniendo siempre un lenguaje propio y muy reconocible dentro del arte figurativo contemporáneo.

Una propuesta como la de una expo-venta con subasta incluida tiene un impacto muy positivo en varios niveles. Por un lado, permite acercar el arte al público de manera más interactiva, haciendo que los visitantes no solo lo contemplen, sino que puedan participar activamente en la experiencia de adquisición y apreciación de la obra.

Por otro lado, la subasta genera un interés adicional, ­incentiva la participación y contribuye a visibilizar el valor artístico y cultural del trabajo del pintor. Este tipo de iniciativas también fortalece el ecosistema artístico local, apoyando tanto al artista como a los coleccionistas y a la comunidad en general y demuestra que el arte puede ser accesible, atractivo y, al mismo tiempo, una inversión cultural significativa.

 

viernes, 30 de enero de 2026

Dominó de dictadores, una novela histórica de Alfredo Antonio Fernández

 Cuando se habla de novelas sobre dictadores en América Latina, se cita, en el orden de aparición: Tirano Banderas (1926), en la que Ramón del Valle-Inclán expone a un dictador excéntrico en Hispanoamérica, el general Santos Banderas, ubicado en una república ficticia de América del Sur;  El Señor presidente (1946) de Miguel Ángel Asturias, donde se alude al régimen dictatorial  de Manuel Estrada Cabrera en Guatemala; El recurso del método (1974) de Alejo Carpentier, inspirada esencialmente en el gobierno cubano de Gerardo Machado; en Yo, el Supremo (1974) Augusto Roa Bastos narra la etapa en que el gobierno de Paraguay estuvo bajo el poder del Supremo y Perpetuo José Gaspar Rodríguez de Francia; El otoño del patriarca (1975), de Gabriel García Márquez, satiriza el poder absoluto de autócratas caribeños  y, en  La fiesta del Chivo (2000) Mario Vargas Llosa refleja el comportamiento tiránico de Trujillo en República Dominicana.

Si bien, obras como La novela de Perón (1985), de Tomás Eloy Martínez; Tiempos recios (2019), de Vargas Llosa y La sombra del caudillo (1929), de Martín Luis Guzmán, también reflejan el aire dictatorial hispanoamericano –esta vez en Argentina, Guatemala y México–, también develan los engranajes, públicos y ocultos, de las dictaduras en el continente. De los autores, tres obtuvieron el Premio Nobel de Literatura y uno (Carpentier), el Premio Miguel de Cervantes, lo que indica el peso que ha tenido este tema en nuestros grandes escritores.

Estas novelas abordaron el tema de las dictaduras desde protagonistas reales o imaginarios, de lugares concretos o ficticios, pero siempre desde referentes históricos hispanoamericanos. Por eso llama la atención la novela Dominó de dictadores, del escritor de origen cubano Alfredo Antonio Fernández. La obra, de más de 400 páginas, fue publicada por Ilíada Ediciones, Berlín, en 2019, con una advertencia en contraportada que afirma ser “una novela histórica que incorpora la técnica del thriller cinematográfico de forma singular en la narrativa”, lo que  se explica al saber que el autor es también guionista y ha publicado importantes libros sobre el llamado séptimo arte, como  A través del espejo: EL cine hispanoamericano contemporáneo (2013).

Sin embargo, el hecho de ser historiador (graduado en la Universidad de La Habana), le da a Alfredo las herramientas para la acuciosa labor de investigación que debió realizar para cumplir fielmente con el segundo aviso de la contracubierta: “La trama sigue de forma paralela cuatro hechos históricos que conmovieron al mundo entre 1930 y 1961: el ascenso de Hitler en Alemania, las dictaduras de Batista y Trujillo en el Caribe y el desarrollo episódico de la revolución cubana”. En el  caso cubano,  la figura del dictador puede verse en la continuidad Machado-Batista-Castro.  Cómo unir en una trama común, con vínculos trasatlánticos que se urden a  la vista pública o en la sombra,  las ambiciones, actitudes, traumas y enfermizas egolatrías que se mueven en el ejercicio político ostentado por los líderes que dominaron dictatorialmente su país y, en el caso de Hitler, aspiraron a dominar el mundo.

El historiador Alfredo Fernández, conocedor de cientos de libros, ensayos y artículos sobre las dictaduras en América Latina, procesa las diversas interpretaciones teóricas y conceptuales alrededor de este tema y aprehende, como escritor, que solo las herramientas de la  literatura le permitirán develar la profundidad de los rasgos antropológicos, psicológicos, el telos, la subjetividad, la historia profunda; en fin,  el complejo mundo que se oculta detrás de su brutal dominación.

Y aunque Alfredo es también profesor, no pretende educar a través de Dominó… Él lo ha dicho en una entrevista: “Como autor no quiero demostrar nada (preceptiva), solo quiero mostrar (descriptiva)”. A pesar de esa declaración,  es mucho lo que enseña en esta novela, no solo por la exposición de acontecimientos reales y ficticios que se amalgaman al exponerse en una trama donde se juntan la mentalidad del tirano y todo el ambiente de falsedad, corrupción, ambición y egocentrismo desenfrenado que les hace pariguales aunque se autoproclamen  Führer, Egregio, Benefactor de la Patria, Hombre Fuerte o El Comandante, identificados con el fascismo alemán, machadato, trujillismo y finalmente,  revolución cubana, develados desde una propuesta donde la narración y el lenguaje  alcanzan tan altos quilates como la apasionante historia que se entrecruza entre los personajes, imaginarios o históricos.

Fernández  ha confesado el origen de esta novela: “En la investigación, se me hizo evidente que el marco de tiempo de la novela (1930-1961), hacía necesario vincular a las dictaduras imperfectas del Caribe con las dictaduras ejemplares del fascismo europeo: Hitler (Alemania) y Franco (España). Por medio de una veintena de personajes (reales y ficticios) y una férrea estructura narrativa dividida en dos libros (1930-1945-1961), deseché el proyecto investigativo inicial (Dios y Trujillo) y se impuso, primero como impulso inconsciente y luego con conocimiento de causa, la escritura de una novela no sobre una sino sobre cuatro revoluciones y dictaduras en América y Europa (Dominó de dictadores)”.

La agudeza narrativa con que el novelista intercala las historias de amor en el marco de acontecimientos históricos relevantes examina la naturaleza de los personajes principales, bien en la legitimidad del sentimiento, la hipocresía del comportamiento, los imperativos sexuales, las ambiciones políticas o, en muchos casos, en la contradicción entre exposición pública y la intimidad. Que en los entresijos de las pasiones discurran planes macabros de espionaje, componendas en que se deciden acciones de repercusión mundial, planes de vida y muerte sobre oponentes políticos y hasta el clímax del sexo entre el estruendo de ametralladoras,  hacen de la novela una película donde la tensión del acto acompaña a la de los protagonistas que desfilan en  las páginas.

La novela está estructurada en dos partes y aunque el libro Primero, como el Segundo, indican el mismo tiempo (1930-1945-1961) y ambos empiezan y terminan en El Caribe (Cuba, Santo Domingo), hay una diferencia temática entre ellos, pues el primero, aunque parte de Bahia de Cochinos en medio de la bárbara balacera tras la invasión de Playa Girón, inscribe desde el tercer capítulo a la figura de Hitler y los hombres que le rodeaban en camino al poder. En retrospectivas continuas, desfilan acontecimientos trascendentales de la historia de Cuba, de Europa y de Santo Domingo en una variedad de protagonistas, masculinos y femeninos, que se engarzan en la historia que explica el arribo dictatorial en cada uno de esos escenarios.

En este comentario, que no aspira a ser de naturaleza crítica sino la impresión de un  lector, no daré señales de los hilos dramáticos que la hacen apasionante, a partir de figuras históricas o ficticias que calzan la historia, pero me permito algunas opiniones. La primera es en torno a la clasificación (todas son inexactas): considerar novela histórica o historia novelada la que tengo delante. Si, como sugieren muchos, en las primeras prevalece la ficción y en la segunda la historia, entonces Dominó… pertenece a esta última. Sin embargo, no es historia, aunque ella esté viva en la novela. Si Fernández hubiera querido escribir historia sobre estas figuras y acontecimientos, lo hubiera hecho, pues tiene todas las herramientas del historiador. Prefirió la ficción para escribir la historia. Y lo hizo bien. Creo yo, que también soy historiador, que se aprende más con esta novela que con muchos textos de historia sobre estos temas. Y no solo porque estas páginas ayudan a conocer –y condenar– desde la exposición de los hechos, sino porque también contribuyen a juzgar desde la movilización de los sentimientos. Ya sé que no fue el propósito del autor, pero, quiéralo o no, la calidad de los diálogos, la elección y descripción de los escenarios, el tono y el ritmo que mantiene a través de toda la narración, la dramatización de cada uno de los diversos conflictos –o del conflicto general con el poder que acompaña al dictador consigo mismo–, el ambiente de verosimilitud que alcanza la novela en cada uno de sus capítulos, hacen de Dominó de dictadores una novela ejemplar. Milán Kundera sugería que la novela debía examinar la existencia, no la realidad, pero Alfredo Fernández nos ha ofrecido en esta obra una prueba de que el examen de la realidad nos permite entender la existencia en toda su maravillosa complejidad.

 

viernes, 23 de enero de 2026

Homenaje a José Martí en el 173 aniversario de su natalicio

 Este 28 de enero se cumplen 173 años del nacimiento de José Martí, uno de los grandes hombres de América y cuya vida, interrumpida a los 42 años, sigue siendo un referente en el campo de las letras, el pensamiento, la pedagogía, la política y, esencialmente, un ejemplo de la plena correspondencia entre la palabra y la acción. En Tampa, donde estuvo tantas veces, se le recuerda con devoción y varias imágenes suyas lo eternizan en diferentes puntos de la ciudad. El miércoles, nos reuniremos a las 6 de la tarde en el Círculo Cubano de Ybor City, donde se depositará una ofrenda floral frente a un busto suyo y se pronunciarán algunas palabras de recordación. Asimismo, se presentará el libro Luz al universo, en el que intento mostrar las profundas y complejas relaciones del héroe con su madre, marcadas por la distancia, la pobreza y la promesa reiterada que llega hasta su última carta: “¡Ojalá pueda algún día verlos a todos a mi alrededor, contentos de mí! Y entonces sí que cuidaré yo de Ud., con mimo y con orgullo”.

Aunque en una salida anterior de esta columna incluí unos fragmentos de ese libro, para esta elijo otros que se relacionan con la fecha que conmemoramos: el nacimiento de José Martí el 28 de enero de 1853.



 -La Habana, m’ijo, la del amor con tu papá.

 Entonces le contaba del nerviosismo el día en que lo conoció, cuando lo sorprendió mirándola fijamente en un salón de baile, creía que en el Escauriza, y por su culpa de no apartar los ojos a tiempo, él se animó a acercarse y dirigirle la palabra, escueta, pero tan nítida y segura que logró electrizarla. Ella tenía entonces veintitrés años y estaba linda, con su vestido blanco apretado en el talle. Él le llevaba en edad, trece años le adelantaba, supo enseguida, y le pareció imponente con ese color trigueño, alto, fuerte y fibroso, con un bigote negro y espeso, y de una pulcritud que hacía creer al instante en su palabra. Por la compostura intuyó que era militar, y cuando él se lo confirmó, con la noticia de ser Sargento Primero del Real Cuerpo de Artillería en La Cabaña, ella tuvo la sospecha de que podía conocerlo su papá, recientemente jubilado de aquella misma plaza, con la ventaja de que estimaría, a la primera mirada, los merecimientos del pretendiente valenciano.

No se equivocó. Claro que al hablarse de boda ella sabía más cosas de él que las contadas de sí misma. Es que era más preguntona, y del continuo inquirir conocía no solo que era soltero y sin descendencia, sino también las novias pasajeras de su vida y que había nacido el 31 de octubre de 1815, en Valencia, gracias al enlace legal de Vicente y Manuela Navarro, quienes tuvieron diez hijos además de él. La confesión del número de hermanos le advirtió el riesgo de que Mariano resultara tan fértil como su padre, pero no se amilanó. El hombre contó que había aprendido la manufactura de cordelería y algo de sastrería siendo apenas un niño, porque debía apoyar a la extensa familia, pero el llamado a quinta para ingresar en el Ejército de Su Majestad en servicio obligatorio, lo condujo sin vocación al uniforme militar. Y que se alegraba mil veces de haber extendido el tiempo de cumplimiento, porque esa eventualidad le abrió el camino a La Habana, donde había tenido la suerte de conocer a la más bella de todas las canarias. Con los escalofríos inconfesados de aquellos halagos, ¿cómo iba a esperar por la mayoría de veinticinco años para casarse?

Los padres de la novia otorgaron la licencia para el matrimonio, y entonces empezó la carrera de los trámites y los preparativos. A Mariano lo representaron sus superiores, una vez apuntada la formalidad de que la prometida era tan limpia de sangre, vida y costumbres, como cumplidora de los deberes cristianos. Entonces le pidieron depositar la suma de quinientos pesos para la dote y, cumplidas todas las diligencias, decidieron que el día 7 de febrero de 1852, conforme a las leyes de los hombres y a las de Dios, tendrían a bien bendecir desnudos su primera noche de amor. Que fue pleno, cuando al fin, después de rezar, comulgar y consentir, dejaron atrás la iglesia de Monserrate, a los presbíteros don Francisco de Paula Gispert y don Tomás de Sala que oficiaron la ceremonia; a los padrinos don José María Vázquez y doña Marcelina Gutiérrez; a los testigos don Esteban Aguado y don Pedro Nolasco; a los amigos y a la familia, para encerrarse, por fin, en la casa número 41 de la calle de Paula, en La Habana intramuros, donde empezaron a vivir.

Leyendo la carta del 25 de marzo, casi a la ida del sol, apretaba los ojos para sentirlo de nuevo, como en el alba de aquel 28 de enero, a los once meses de casada, cuando oyó el llanto de la criatura que nació de sus entrañas y levantó en vilo ante los ojos felices de Mariano, para comprobar, primero su condición de varón y, ya satisfecha, reconocerle la piel blanca, los ojos glaucos, las manos finas y la frente ancha, como de inteligencia y porvenir. Con ningún otro parto experimentó aquel desgarramiento, ese rompimiento de volcán; no sabía si atribuirlo a que los otros siete partos fueron de hembra, o si fue elegida por Dios para alumbrar a un predestinado que irrumpió de su vientre con fuerza de mundo.

Si es que desde pequeño la asombró. ¿Qué más pedían a la vida ella y Mariano, humildes y honrados, que el hijo les saliera bueno? Esto es, cariñoso, obediente, trabajador. Pero tenía unas ensoñaciones frente al horizonte, sobre todo cuando contemplaba el sol perderse en la bahía, y una mirada tan fija ante cada detalle de la cotidianidad más exigua, que la asustaba más lo inquirido por el hijo con la vista perdida en la distancia, que las preguntas atrevidas para las que ella no tenía una clara contestación.

También eso le ocurría a su pobre papá. Un domingo regresó de un paseo por el puerto con un comentario que la alteró: el niño se había contraído de dolor al mirar que golpeaban a un negro. En más de una ocasión, adelantó un paso infantil para oponerse al atropello de un infeliz. El padre, aunque era poco comunicativo, tenía en ella su único desahogo:

–No me extrañaría un día verlo defendiendo la libertad de esta Isla.

–¡Por Dios, Mariano!

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Nota: Luz al universo. José Martí desde Leonor,  de 96 páginas, ya está disponible en Amazón.