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viernes, 15 de junio de 2018

Ramón Fernández y el primer tabaco tampeño


La memoria conserva un sitio endeleble al embrujo de la primera vez, por mínima que haya sido su presencia en el curso de la vida. Si bien, el primer amor se lleva las palmas en la subjetividad de ese resguardo, también lo alcanza el primer maestro, la primera casa, el primer trabajo. El mito de Prometeo es eterno en la primera vez del fuego, como a  Louis Le Prince le corresponde ese lugar en la historia del cine o a Gagarin en la conquista del espacio.
     Cuando se habla del esplendor que alcanzó Tampa con la producción de tabacos, fomentando una industria que determinó su crecimiento  económico y demográfico en las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX, recordamos a Vicente Martínez Ybor, a cuyo apellido debemos el nombre de uno de los espacios más acogedores de la ciudad. Es menos común hablar sobre Ignacio Haya, uno de los industriales que acompañó a Don Vicente desde las primeras visitas a Tampa y quien, junto a él, compró los primeros terrenos para iniciar la construcción de sus fábricas de tabaco y las casas donde iban a vivir.
  A la hora de construir, Haya optó por el edificio de madera,  mientras Martínez eligió el ladrillo. Ello, entre otras razones,  influyó en que su firma, compartida con Serafín Sánchez, fuera la primera en recibir la documentación legal del estado para empezar a producir. El 13 de abril de 1886 se recibió el primer tabaco salido de las manos de un fabricante radicado en Tampa. A quien le correspondió la dicha de torcerlo fue a Ramón Fernández, a cuya memoria se destinan estas líneas.
  El tabaquero tenía 42 años cuando puso en las manos del dueño el primer producto de una empresa que pronto llegaría a producir  miles de tabacos al día. Había nacido en enero de 1844 en el norte de la península ibérica, en un pueblo de Asturias llamado Avilés. Los pocos apuntes que se conservan sobré él, refieren que llegó a La Habana en 1865, como hacían tantos españoles de su tiempo que veían en el Nuevo Mundo una oportunidad casi encantada de riqueza. En un país donde la producción de tabacos era una de las ramas principales de la economía, adornada con el sello de ser los mejores del mundo, Ramón Fernández encontró inmediata ocupación.
  En 1871, cuando la guerra independentista en Cuba implicaba a todos los estratos de la sociedad, Fernández salió hacia Estados Unidos, ­radicándose en Nueva York. Allí conoció a Serafín Sánchez, quien compartía con Ignacio Haya la propiedad de la fábrica de tabacos “La Flor de Sánchez y Haya”. Al llegar con la experiencia adquirida en Cuba, no le fue difícil ser aceptado en la fábrica neoyorkina de sus paisanos.  En muy poco tiempo, su habilidad en el torcido y seriedad, le hicieron ganar  el respeto de los dueños  y compañeros, estableciéndose como uno de los operarios de confianza de esa firma.
  Cuando Haya visitó Cayo Hueso en 1885  y le oye decir a su amigo Martínez Ybor que está pensando en Tampa para trasladar su fábrica de tabacos, él también estaba considerando una relocalización de la suya en Nueva York. Se ponen de acuerdo y comparten ese proyecto, por lo que entran a Ybor City como sus insignesfundadores.
  Con ellos llega Fernández, uno de sus mejores operarios. Está registrada la fecha del 10 de marzo de 1886, como el día en que el asturiano de Avilés llega a Tampa por primera vez. Al mes siguiente está todo listo en la fábrica levantada en la 7.ª Avenida y la Calle 15 para empezar la producción. Ese día, los primeros torcedores se sientan en sus mesas, cuando ya escogedores y despalilladores han servido las tripas para empezar el torcido. Como ya indicamos, fue Ramón Fernández quien tuvo el privilegiado de entregar el primer ejemplar de La Flor de Sánchez y Haya, como símbolo del triunfo operado aquel martes de Pascua Florida.
  Ramón Fernández vino a Tampa con su esposa, a radicar en Ybor City definitivamente. Trabajó con Sánchez y Haya muchos años y en 1902 decidió ­inaugurar su propia fábrica, mereciendo la ayuda de los empresarios para los que tanto trabajó. A su firma la llamó “La Flor de Ramón Fernández”, tal vez para no despegarse de las dos primeras palabras con que vio brotar el primer tabaco de sus manos en esta ciudad.
  Con su firma, Fernández tuvo gran éxito por casi una década y su Flor entró al mercado con gran aprobación de los más distinguidos fumadores. En 1910, una larga huelga afectó financieramente a su empresa. En 1912 decidió clausurarla y al año siguiente vendió los derechos de su marca a Celestino Vega.
  El torcedor del primer tabaco en Tampa murió el 12 de septiembre de 1912, en su hogar de Ybor City. Es bueno que cuando se mencione la historia del tabaco en Tampa, recordando todo lo que significó en su historia, junto a las grandes figuras que lo potenciaron –Vicente Martínez Ybor, Ignacio Haya, Eduardo Manrara, Gabino Gutiérrez, Serafín Sánchez y tantos– se recuerde también al asturiano Ramón Fernández, no sólo por su protagonismo en “la primera vez” que un tabaco tampeño entró al mundo, sino como emblema de todos los que le acompañaron en una obra imperecedera que hizo florecer nuestra ciudad.

viernes, 8 de junio de 2018

Yanko Maceda cumple su sueño en Ybor City


En Ybor City vino a cumplirse el sueño americano, o, con más exactitud, el sueño humano de Yanko Maceda. De niño, en un barrio periférico de ciudad de La Habana (El Cotorro), su madre, con la ilusión y romanticismo de los verdaderos artistas –pin-tora al fin– le susurró al oído una frase que guarda en su memoria: Puedes ser lo que sueñes. Entonces empezaron a disparase los sueños de Yanko, alimentados con lecturas al alcance de la mano –el padre era profesor de Español–, con tanta intensidad que alcanzó a imaginar su nombre al frente de descubrimientos tan asombrosos como el de construir un puente que juntara  su barrio habanero con la luna.
    Estos recuerdos afloraron en una amplia ­charla que sostuve con Yanko,  el ­sábado  pasado, en el lugar donde ha venido a cumplir su ilusión: la esquina de 7.ª Avenida y la Calle 16, en Ybor City, distinguida con el nombre Tabanero, donde se tuercen a mano y se fuman los excelentes tabacos en cuyo elegante anillo se lee su apellido, con tanto brillo como el del invento onírico infantil. 
  En la palabra Tabanero es fácil adivinar las raíces de su morfología léxica y el perfil identitario de su autor. Tabaco y habanero se funden en un concepto cultural que identifica a su dueño. Cuando él cuenta que en la niñez lo llevaban a visitar familiares de Pinar del Río y que el olor de las vegas de ­tabaco más famosas del mundo se le impregó en la memoria, se puede entender la pasión con que habla del momento en que descubrió la esquina de la Calle Séptima, donde ha hecho crecer un negocio tan espectacular.

  Me cuenta que a principios de la década de 1990, cuando en Cuba la crisis económica fue más aguda, apenas entrando en la adolescencia, se fue con sus padres a vivir a Miami y radicó allí alrededor de diez años. En 2003 llegó a Tampa, donde tentó a la suerte abriendo un pequeño restaurante, para comprobar enseguida que por bien que se sirvieran las carnes, aquel no era el destino que le estaba esperando. Entonces, intensificó sus paseos por la  avenida más concurrida de Ybor City y el olor a tabaco operó como un profundo llamado. Empezó a  detenerse en cada esquina donde alguien torcía un puro para atraer a los visitantes.
Junto a ello, fue descubriendo la historia de la ciudad, admirando el fulgor de cuando fue la capital del mundo de la fabricación manual de tabacos. Pensó en Martínez Ybor y en la ausencia de un verdadero heredero del Príncipe de Gales, pues el acento de los fabricantes aislados –así me comentó– se concentraba en ofrecer al turista un posible souvenir, más que en la exigencia de un experto fumador.
  La idea de fabricar manualmente un verdadero puro cobró fuerza en Maceda y descubrió que ese era el  aviso de su sueño. Con el propósito claro, la ausencia financiera no lo arredró. Aunque empezó a torcer los primeros tabacos en cuanto lugar le abrió una puerta, se obesionó con la esquina donde ahora reina. Le propuso cien ­veces al dueño alquilar  ese lugar y la respuesta, una y otra vez, fue negativa. Aunque el propietario, ante la insistencia semanal, llegó a pedirle que no lo molestara más, no logró desanimarlo. A los cuatro meses le arrendó el lugar y hoy ambos están satisfechos de aquella decisión.
  Ahora Tabanero contiene la mejor producción manual de tabacos de la ciudad y al entrar al lugar, la primera impresión parece revivir la gloria de Ybor City un siglo atrás. Algunos hombres y mujeres, jóvenes, muestran su habilidad en el torcido de tabacos, cuyo olor, al atraer al visitante, nunca le decepciona. La legitimidad de los puros, expuestos en las vitrinas, donde se identifica la diversidad de tipos (Robusto, Big Dandy, Toro, Churchill), se corresponde con la calidad de las hojas que vienen de Nicaragua, Ecuador y Honduras y con la  perfección del acabado con que salen al consumidor.
En la amena conversación con Maceda siento la amplitud de su obra, que no se limita a fabricar y vender tabacos para hacer su negocio floreciente. El joven empresario, fundador de Tabanero en el 2010, tiene la clara visión del compromiso histórico y cultural que envuelve a su empresa, afincada en las raíces de Ybor City. Desde esa sensibilidad, promueve una especie de escuela donde acariciar, encender, paladear y seguir la espiral del humo se   convierten en una obra de arte. Para disfrutarlo a este nivel estético, Maceda ofrece, in situ, algunas clases en determinados atardeceres del mes, donde el aprendizaje deriva en refinada expansión.
  Al fondo de la sala donde laboran los operarios, hay un espacio cómodo, aunque pequeño, donde los visitantes pueden sentarse a fumar, tomar una copa de vino o una taza de café y conversar. No hay una pantalla de televisión que contamine el embrujo y la música se oye a bajo volumen. Allí he conversado con Yanko, prefiriendo la charla  espontánea a un cuestionario preconcebido de entrevista, para la que, de todos modos, tendremos otras páginas.
  Al final, algunas ideas se incorporaron a la capacidad eterna de soñar. Le comento que el próximo 7 de septiembre se celebra el segundo centenario del natalicio de Vicente Martínez Ybor y que sería excelente contar con una vitola que le rinda homenaje.  Quién sabe si pudiera inaugurarse un Nuevo Príncipe de Gales, o un Príncipe de Ybor, o simplemente un sello con la imagen y el nombre de Martínez Ybor. También recordamos la labor especial del lector de tabaquería y el impacto de su figura en el cuidado de la tradición.
  Finalmente, comento que el lugar sería genial para una cita literaria y de cuánto contribuyen los escritores y los artistas a preservar la memoria de la obra humana. Entonces, con asombrosa sagacidad, Yanko capta la insinuación y brinda el espacio donde podríamos reunirnos el último jueves de cada mes. Allí, donde el aroma del buen tabaco y el café se juntan paradisíacamente, reencontraríamos las palabras de la eterna realización humana, donde se cumple el adagio que la pintora cubana transmitió a su hijo: Puedes ser lo que sueñes.