Este 28 de enero se cumplen 173 años del nacimiento de José Martí, uno de los grandes hombres de América y cuya vida, interrumpida a los 42 años, sigue siendo un referente en el campo de las letras, el pensamiento, la pedagogía, la política y, esencialmente, un ejemplo de la plena correspondencia entre la palabra y la acción. En Tampa, donde estuvo tantas veces, se le recuerda con devoción y varias imágenes suyas lo eternizan en diferentes puntos de la ciudad. El miércoles, nos reuniremos a las 6 de la tarde en el Círculo Cubano de Ybor City, donde se depositará una ofrenda floral frente a un busto suyo y se pronunciarán algunas palabras de recordación. Asimismo, se presentará el libro Luz al universo, en el que intento mostrar las profundas y complejas relaciones del héroe con su madre, marcadas por la distancia, la pobreza y la promesa reiterada que llega hasta su última carta: “¡Ojalá pueda algún día verlos a todos a mi alrededor, contentos de mí! Y entonces sí que cuidaré yo de Ud., con mimo y con orgullo”.
Aunque en una salida anterior de esta columna incluí unos fragmentos de ese libro, para esta elijo otros que se relacionan con la fecha que conmemoramos: el nacimiento de José Martí el 28 de enero de 1853.
-La Habana, m’ijo, la
del amor con tu papá.
Entonces le contaba
del nerviosismo el día en que lo conoció, cuando lo sorprendió mirándola
fijamente en un salón de baile, creía que en el Escauriza, y por su culpa de no
apartar los ojos a tiempo, él se animó a acercarse y dirigirle la palabra,
escueta, pero tan nítida y segura que logró electrizarla. Ella tenía entonces
veintitrés años y estaba linda, con su vestido blanco apretado en el talle. Él
le llevaba en edad, trece años le adelantaba, supo enseguida, y le pareció
imponente con ese color trigueño, alto, fuerte y fibroso, con un bigote negro y
espeso, y de una pulcritud que hacía creer al instante en su palabra. Por la
compostura intuyó que era militar, y cuando él se lo confirmó, con la noticia
de ser Sargento Primero del Real Cuerpo de Artillería en La Cabaña, ella tuvo
la sospecha de que podía conocerlo su papá, recientemente jubilado de aquella
misma plaza, con la ventaja de que estimaría, a la primera mirada, los
merecimientos del pretendiente valenciano.
No se equivocó. Claro que al hablarse de boda ella sabía más
cosas de él que las contadas de sí misma. Es que era más preguntona, y del
continuo inquirir conocía no solo que era soltero y sin descendencia, sino
también las novias pasajeras de su vida y que había nacido el 31 de octubre de
1815, en Valencia, gracias al enlace legal de Vicente y Manuela Navarro,
quienes tuvieron diez hijos además de él. La confesión del número de hermanos
le advirtió el riesgo de que Mariano resultara tan fértil como su padre, pero
no se amilanó. El hombre contó que había aprendido la manufactura de cordelería
y algo de sastrería siendo apenas un niño, porque debía apoyar a la extensa
familia, pero el llamado a quinta para ingresar en el Ejército de Su Majestad
en servicio obligatorio, lo condujo sin vocación al uniforme militar. Y que se
alegraba mil veces de haber extendido el tiempo de cumplimiento, porque esa
eventualidad le abrió el camino a La Habana, donde había tenido la suerte de
conocer a la más bella de todas las canarias. Con los escalofríos inconfesados
de aquellos halagos, ¿cómo iba a esperar por la mayoría de veinticinco años
para casarse?
Leyendo la carta del 25 de marzo, casi a la ida del sol,
apretaba los ojos para sentirlo de nuevo, como en el alba de aquel 28 de enero,
a los once meses de casada, cuando oyó el llanto de la criatura que nació de
sus entrañas y levantó en vilo ante los ojos felices de Mariano, para
comprobar, primero su condición de varón y, ya satisfecha, reconocerle la piel
blanca, los ojos glaucos, las manos finas y la frente ancha, como de
inteligencia y porvenir. Con ningún otro parto experimentó aquel desgarramiento,
ese rompimiento de volcán; no sabía si atribuirlo a que los otros siete partos
fueron de hembra, o si fue elegida por Dios para alumbrar a un predestinado que
irrumpió de su vientre con fuerza de mundo.
Si es que desde pequeño la asombró. ¿Qué más pedían a la
vida ella y Mariano, humildes y honrados, que el hijo les saliera bueno? Esto
es, cariñoso, obediente, trabajador. Pero tenía unas ensoñaciones frente al
horizonte, sobre todo cuando contemplaba el sol perderse en la bahía, y una
mirada tan fija ante cada detalle de la cotidianidad más exigua, que la
asustaba más lo inquirido por el hijo con la vista perdida en la distancia, que
las preguntas atrevidas para las que ella no tenía una clara contestación.
También eso le ocurría a su pobre papá. Un domingo regresó
de un paseo por el puerto con un comentario que la alteró: el niño se había
contraído de dolor al mirar que golpeaban a un negro. En más de una ocasión,
adelantó un paso infantil para oponerse al atropello de un infeliz. El padre,
aunque era poco comunicativo, tenía en ella su único desahogo:
–No me extrañaría un día verlo defendiendo la libertad de
esta Isla.
–¡Por Dios, Mariano!
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Nota: Luz al universo. José Martí desde Leonor, de 96 páginas, ya está disponible en Amazón.


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