viernes, 2 de octubre de 2026

El patrimonio fotográfico en la historia de un pueblo

 Recientemente visité al historiador y antropólogo José Jiménez Santander, en su apartamento de Madrid. Pepe, como le llaman sus familiares y amigos, fue mi alumno en Niquero, Cuba, cuando cursaba la secundaria básica. Graduado de la universidad trabajó en el Instituto de Antropología de Cuba y lleva ya varios años radicado en España. He seguido en los últimos años un grupo que fundó en Facebook con el nombre Patrimonio Fotográfico de Niquero, de  cuya fuente principal ha publicado dos libros y tiene un tercero en preparación.

Al apreciar la larga investigación que realiza para desentrañar la historia detrás de las imágenes, aprecio el valor que asume su obra como legado historiográfico y como modelo metodológico para quienes, a partir de fotografías de su propio pueblo –lugares, personas–,  entienden que la defensa de la memoria colectiva es imprescindible para la preservación de la identidad y cultura a la que pertenecemos.

Le pedí a Jiménez Santander responder unas preguntas para La Gaceta, de Tampa, pues no es ajeno a ninguna ciudad exponer lo que en cualquiera de ellas se hace a favor del cuidado de su historia.

Con Yeyé, en la casa de Pepe, en Madrid.

Sé que eres un apasionado niquereño y aunque llevas muchos años lejos de tu pueblo, este siempre está en ti. ¿Qué te motivó a coleccionar tantas imágenes de Niquero y juntarlas en una obra que ya tiene dos libros publicados?

Nací allí, un precioso pueblo a orillas del mar Caribe, en le región oriental de Cuba, a 100 km al suroeste de Bayamo,  180 al oeste de Santiago de Cuba, y  esa misma distancia al norte de Montego Bay, en Jamaica.

Variadas fueron las motivaciones, la primera la fuerte incidencia que recibí de mi entorno familiar. Nací del clan de los Morín, cuyo patriarca había fundado en 1917 el primer gran centro cultural del pueblo: el Teatro Morín, que por décadas fungió como el epicentro cultural del pueblo. Era mi única familia, mis dos abuelas, la materna y la paterna eran hermanas e hijas del patriarca y ambas se casaron con españoles, cuyas familias nunca conocí.

Al morir el fundador (1952) (mi abuela paterna recibió como herencia un tercio de las acciones del teatro y le rogó a mi padre que comprara a mis tíos los dos tercios restantes, en una acción que salvara la impronta cultural de la familia, más como una acción de salvamento que por los beneficios económicos,

Seis años después (1958), con mi padre consolidado al frente de la institución cultural, llegué a este mundo y a esa cotidianidad familiar. El cine fue el patio y la extensión de mi casa, mi primera escuela, allí heredé estas pasiones por la patria chica, o la matria como la llaman algunos.

Fotografía tomada del grupo Patrimonio Fotográfico de Niquero

La Patria me llegó por la matriarca, la bayamesa Caridad Frías Figueredo, (la bisabuela), al frente de la crianza de sus 10 hijos, con una mayor incidencia sobre las seis hembras, (todas de armas tomar), donde estaban mis dos abuelas Irene y Emelina. Caridad descendía de dos familias mambisas con muchos de sus miembros asentadas en el pueblo, entre ellos sus hermanos: Francisco y Eugenio Frías Figueredo, emparentada además con Perucho Figueredo, autor del Himno Nacional de Cuba.

En el campo espiritual este amor a Niquero quedó santificado por las alabanzas de nuestro eterno Maestro Espiritual, Juan Bautista Lavie (Francia 1884 – Manzanillo 1945). De él es la bella frase: “Niquero de mis amores”.

La fotografía me llegó por mi madre, que a principios de los años 60 compró una cámara fotográfica 120 (de cajón) con la que se obtenían excelentes resultados, pero ante nuestra atracción la familia adquirió una muy buena cámara alemana que resultó la consagración de mis sueños.

La atracción por la Historia, la memoria y la fotografía abrieron la puerta para que en 1973, con 15 años, comenzara oficialmente a generar una obra para enaltecer aquella memoria de cómo tantos clanes familiares se fusionaron para dar paso a un sello único, Niquero.

Utilizo el término clanes para identificar a las familias, porque en un período de 10 años aproximadamente –entre 1895 y 1905– se generalizó la presencia de empresas norteamericanas en Cuba, cuando la ciudad era aún un pequeño caserío de pescadores. Terminada la guerra en el 1898 y finalizado el colonialismo español, se fabricaron nuevas industrias, muchas de azúcar, con la necesidad de contratar mano de obra especializada y del día a la mañana irrumpieron en el pueblo varias familias, con sus linajes, rangos y que con los años se mezclaron.

Hace unos años todavía, al conocerte te preguntan: ¿de qué familia eres? Entonces debo decir: de los Morín, ¡Ah, de los Morin!, sin tilde, te responden, cada clan tenía su nombre y su apodo. Una vez que el clan de los Morín se fue mezclando y perdiendo actualidad, ahora cuando alguien del pueblo me pregunta ¿de qué familia eres?, debo responder: de los Santander, cuyo patriarca fundador fue Casimiro Santander, de origen cántabro, porque no existe uno de los Jiménez.

Te confesaré además que el apodo de los miembros del clan Santander es “Tres aceites”; otros son Los gatos, los Camellos, los Cangrejo, los Mantequilla, los Mata de coco y otros muchos, incluso algunos peyorativos.

¿A que dificultades te has enfrentado en este propósito?

Muchas dificultades he tenido que enfrentar, algunas demoledoras, pero ninguna que con sumo amor no pudiera ser rebasada. Lo más complejo ha sido enfrentar las verdades y los sesgos defendidos desde trincheras construidas en ambos lados.

Razones pueden sobrar, pero no es el sitio para ello, se ha de proceder con inteligencia; la rabia fomenta el odio, la incomprensión, lo contrario de la memoria que es amor, es de todos y para todos, independientemente de su filiación política o religiosa.

En la iglesia se habla de Dios, en la familia de amor, en la oficina de trabajo, en el partido de política, lo contrario te excluye. Un alto por ciento de los grupos de Facebook entre cubanos colapsó o ha perdido su esencia ante la frenética progresión de insultos entre radicales.

Algunos celos he tenido que enfrentar, atacantes, o “francotiradores” que, ante un pequeño detalle, un apellido, una fecha, un nombre, pretendieron devaluar un amplio tratado.  Los conversé con amor, pero los enfrenté con rigor; no los bloqueé.

Otra dificultad, no menor, que tuve que controlar y resolver fue velar por el respeto irrestricto a las opiniones de todos los miembros sin permitir ofensas ni vejaciones. Prohibí el uso de apodos, muy comunes en el pueblo, pero muchas veces denigrantes, más en Niquero donde familias enteras arrastran un mote.

De 11 mil miembros, me he visto en la obligación de bloquear a menos de diez, ninguno por diferencias políticas o religiosas, en todos los casos por incumplir reiteradamente las normas de la página.

Las redes sociales, especialmente Facebook, han sido de vital importancia en la recuperación del material gráfico que presentas en Remembranzas de mi pueblo. ¿Cómo ha reaccionado la comunidad niquereña ante el conocimiento de una obra que realizas des de Madrid?

Por la riqueza del material que tenía acumulado sabía que el resultado y la aceptación iba a ser muy elevada, pero todas mis expectativas fueron insuficientes, la reacción y la aceptación han sobrepasado por miles cualquier idea que tuviera al inicio.

Me siento realizado y feliz, escribir para mi pueblo, que me sigue, ha sido mi mayor éxito en 40 años de vida profesional como historiador. Otra sorpresa ha sido como se ha comprometido la inmensa mayoría del pueblo en el proyecto del patrimonio fotográfico de Niquero, incluso aportando imágenes que nadie conocía.

En tu libro se destaca tu formación como historiador y antropólogo, al aportar criterios novedosos y análisis al conocimiento de Niquero. ¿Podrías referirte a algunos de ellos?

Tomé como estrategia realizar profundas investigaciones en los temas que más han motivado a toda la ciudad. En el primer tomo abordé el origen del nombre de Niquero –que no proviene del vocablo nigüero, como muchos dicen– y los mitos y verdades sobre el apresamiento del general mambí Ramón Leocadio Bonachea en ese lugar. En el segundo tomo, propongo la fecha real del arribo de Cristóbal Colón al Cabo de la Santa Cruz el 14 de mayo de 1494, no el 3 de ese mes como se ha sostenido.  Y en un tercer tomo la definición de los fundadores del pueblo y la fecha de fundación.

¿Que ha significado para ti, desde la distancia de Madrid, el enriquecimiento de tus relaciones con niquereños de varias generaciones a partir de tus libros?

Ha sido la consagración de mis sueños, el éxito final, el premio a 50 años estudiando su historia. Mil gracias, niquereños.

¿Crees que esta obra puede ser un referente para que otros realicen un trabajo similar con su propia ciudad? ¿Qué le dirías a quienes tengan esta aspiración?

Sin dudas que la obra se ha convertido en un referente y ya se repite en varios pueblos de Cuba utilizando o reajustando el proyecto a su realidad. Algunos se han comunicado conmigo, otros han tomado la metodología y mi deseo es que a todos les vaya bien. ¿Qué les digo a los que se comunican conmigo? Primero, que no duden en hacerlo, nuestros pueblos y ciudades necesitan de este tipo de proyectos de enriquecimiento patrimonial. Que se realce la historia local, que no la subestimen, que la antepongan a la historia nacional e internacional, este es su espacio y todo análisis debe partir de hechos locales y después relacionarlos con todo lo acontecido.

No descartar ninguna imagen, todo depende de la calidad de la descripción y de las opiniones que van surgiendo. Nunca convertir a las personas con defectos físicos o enfermedades nerviosas o psiquiátricas como ganchos de popularidad, si se incluyen se comenta incluso con mayor respeto que a los demás.

Es imprescindible, además: referenciar cada criterio, comentario, aporte, rectificación, ese respeto por la autoría de cada opinión es de vital importancia para propiciar la participación. Confeccionar archivos para llevar el más estricto control de propiedad de cada imagen a modo de expediente: “Enviadas por”, “Publicada por” con archivos digitalizados de cada nombre, donde se ha de incorporar un archivo de texto con las explicaciones del propietario.

¿Qué ha significado para ti vivir lejos de tu pueblo natal?

El que nace en un pueblo periférico  –como Niquero– y tiene aspiraciones de salir adelante en cualquier disciplina, necesita acercarse a los altos centros educativos, a las grandes ciudades, convencido de que después podrá  enaltecer, apoyar, hacer visible a aquellos que quedaron. Las personas viven orgullosas de encontrar un ingeniero, un maestro, un médico, un investigador,  quien será de su pueblo viva donde viva. Somos muchos por todo el mundo, somos los embajadores de nuestras raíces. No conozco un solo niquereño que no diga con orgullo: yo soy de Niquero.

Así que nunca he vivido lejos de Niquero. Está en mí, respira, me inspira, viaja conmigo, está en mi mente, en mi corazón. Niquero está en cada uno de los niquereños dispersos por el mundo, es un manantial que fluye y se porta en el pecho. “Patria es humanidad”, es mi preferida frase del Apóstol.

Muchas  gracias, Pepe, y felicidades por tu hermosa obra.

 

Chucho Valdés, en sus 85 años

 El próximo 9 de octubre Chucho Valdés cumple 85 años y los celebra a plenitud con tres conciertos que dan fe de su vitalidad artística: el primero será en Miami el 3 de octubre y los otros dos en la institución Jazz at Lincoln Center, en Nueva York. En ellos le acompañarán prestigiosos músicos de distintas generaciones, entre los que se encuentran Marcus Gilmore, John Patitucci, Joe Lovano, Terence Blanchard y Roberto Jr. Vizcaíno.

Con Pedro Gabriel y Chucho Valdés

Podríamos decir con satisfacción que a esos tres conciertos le antecedió el que pudimos disfrutar en Tampa el sábado pasado, cuando en el Straz Center se reunió un nutrido público que le ovacionó junto a los tres músicos que forman su nombrado Cuarteto Real: Roberto Vizcaíno en las tumbadoras, Armando Gola en el bajo y Horacio Hernández en la batería.

Sin necesidad de una letra que identificara el mensaje, el jazz afrocubano en las teclas del piano de Chucho, enriquecido con los instrumentos de sus acompañantes, creó la magia que brindó a cientos de  espectadores una atmósfera de plena conexión emocional, entendimiento y disfrute de un regalo de jazz al más alto nivel.

Chucho Valdés es un cubano de pura cepa, como decimos para afirmar  la plena correspondencia entre el comportamiento de la personalidad y la cultura a la cual corresponde. Sus expresiones, gestos, apegos, así lo muestran, pero lo es esencialmente en lo más profundo de su expresión musical. Es de las raíces cubanas y de lo hondo africano y español de donde proceden sus primeros ritmos sinfónicos, enriquecidos en el mundo del jazz a escala universal. Su genialidad, como la de los grandes creadores, está en tomar y enriquecer, en absorber y agigantar el patrimonio heredado.

Con Chucho Valdés y la bailarina Ivone Lemos

La grandeza de Chucho Valdés como músico no se mide en Grammys recibidos, con tal de ser el cubano que ostenta una cifra mayor, como no es grande un escritor por tener un Nobel de Literatura, si bien el premio es un reconocimiento. Lezama y Borges no lo recibieron y están en la cúspide de la literatura hispanoamericana. La grandeza de Chucho descansa en el instante en que varias generaciones, donde se reúnen diversas culturas, lenguas, color de piel y profesión, se levantan a fundir el aplauso con una nota musical suya aún viva en el aire. Y desde ese instante, al legado imperecedero de su creación.

En una  grata conversación telefónica con Chucho previa a su última visita a Tampa, le comenté que si, por sus 80 años, había dado a conocer  la Suite Olodumare, dedicada a la influencia africana en Cuba y el Caribe. Entonces le pregunté si tendríamos algún estreno por los 85.

–Bueno, lo que tengo ahora para los 85 es como un retorno a la primera etapa de mi vida, dentro del jazz, sobre los primeros temas que yo aprendí de jazz de la mano de mi papá. Entonces hice una selección para un concierto que voy a repetir tres o cuatro veces con músicos norteamericanos invitados con Joe Lovano, Terence Blanchard, Etienne Charles, John Patitucci y Roy Haynes, que va a estar en la batería. Imagínate, eso sería como volver a tomar, retomar aquello de mis 19 o 20 años.

- Década del 50, La Habana...

- Exactamente.

 ¿En Tropicana, verdad?

-Ahí se reunía todo el mundo.

-Sí, bueno, estaremos esperando, porque saldría un disco de ahí, ¿verdad?

-Salió un disco de piano hace pocos días, también por los 85. Se llama UNCUT. Se grabó todo continuo, sin ediciones, sin repetir temas ni nada, salió así todo fluido, de una sola vez a piano solo. Ya está en todas las plataformas.

Al saludar a Chucho al final de un emotivo concierto donde fue largamente ovacionado, le oí decir con entusiasmo que, en la primera oportunidad que se le presentara, volvería con mucho gusto a  visitar la ciudad de Tampa. 

viernes, 25 de septiembre de 2026

París sigue siendo una fiesta

                  A Luis Miguel

Cuando Ernest Hemingway escribió París era una fiesta utilizó el verbo en pasado, rememorando la década de 1920, cuando en aquella ciudad fue feliz. Lo escribió más de treinta años después de su encuentro en la Ciudad de la  Luz con escritores como F. Scott Fitzgerald,  Ezra Pound y Gertrude Stein, la que bautizó como generación perdida la de aquellos artistas que, impactados por la Primera Guerra Mundial, comenzaban a realizar su obra en recintos pobres y cafés, en medio de una vida bohemia pletórica de sueños e incertidumbre.


Allí estaban también Pablo Picasso, Luis Buñuel, Salvador Dalí, James Joyce, André Gide y André Breton, quien en 1924 publica el Manifiesto del Surrealismo. Entre los restaurantes que visitaban se mantiene el Polidor, como se aprecia en el filme de Woody Allen Medianoche en París.

En esos artistas relevantes del siglo XX pensé al entrar en ese lugar, en medio del barrio Latino de París, sabiendo que en esa sala, probablemente en la misma mesa, comió y disfrutó una cerveza el autor de París era una fiesta y muchos de aquellos artistas que fundaron el surrealismo pidiendo a la imaginación una explicación que no les ofrecía la realidad. Por ello, allí mismo, el joven Alfred   Jarry había llamado patafísica, frente a la metafísica, a ese desbordamiento imaginativo que explora la anormalidad.

De ello, y de ellos, hablamos en el Polidor, donde restauramos las energías después de un día de caminar y admirar las calles de París. Fue una suerte que nos acompañara el periodista y amigo Luis Miguel Cabrera, nacido en Manzanillo y actualmente radicado en París, donde dirige un noticiero en el canal de televisión France 24. 

En cuatro días en París,  el sol brillante justificó el apelativo de la ciudad, extendido a la iluminación interior de las catedrales, museos, los portentosos edificios donde se adivinan tantos estilos arquitectónicos que marcan los siglos, gustos, riqueza y esplendor. En la iglesia Saint‑Germain‑des‑Prés prevalece el románico, en Notre Dame el gótico, en Versalles el barroco, en la Ópera Garnier el neobarroco  y la arquitectura de hierro en la torre Eiffel, que nos hizo recordar el escrito de José Martí para La Edad de Oro, pues fue inaugurada para la Primera Exposición de Paris, en 1889, la que él describió magistralmente a los niños de América.

Al caminar frente al Arco del Triunfo nos hundimos en la historia: su construcción la pidió Napoleón Bonaparte, embriagado con el triunfo en la batalla de Austerlitz (1806), pero se inaugura  treinta años después,  cuando  el emperador llevaba 15 años muerto y la monarquía restaurada había situado en el trono a Luis Felipe I. Pero allí, nos conmueve más la bóveda que muestra la Tumba del Soldado Desconocido de la Primera Guerra Mundial y la llama eterna que conmemora a los caídos.

Todo es historia en París, todo es arte. Desde el Arco del Triunfo caminamos por la avenida de los Campos Elíseos, disfrutando del arte arquitectónico apreciable en edificios como el Petit y el Grand Palais, con su enorme cubierta de cristal abovedada, hasta llegar a la Plaza de la Concordia, con esquina hacia el Jardín de las Tullerías, donde el verdor y la riqueza multicolor de la naturaleza se hace insuperable. Una vez allí, la mirada  se detiene en los jardines de estilo florentino y el pensamiento en Catalina de Médicis que los mandó a construir en el siglo XVI, una reina de ojos saltones que no gozaba de la belleza del jardín que admiramos y está asociada a la matanza del Día de San  Bartolomé, el 24 de agosto de 1572, cuando fueron asesinados miles de cristianos hugonotes.

Imponente El Louvre, al que no pudimos entrar por estar cerrado ese día, privándonos de ver a La Gioconda, a la Venus de Milo y tantas obras célebres. Pero nos compensó el Museo Orsay, con una de las colecciones más importantes del mundo sobre los impresionistas. Allí, hay que hacer un esfuerzo para separarse del original de Almuerzo sobre la hierba de Édouard Manet, del Baile en el Moulin de la Galette, de Renoir, de las obras de Claude Monet, como sus cinco cuadros de la Serie de Catedrales de Rouen.

Y en medio de todo, atravesando París, la eterna magia de las aguas del río Sena, al que los romanos decían Sequana, nombre de una diosa celta.  Al anochecer montamos en un velero sobre sus aguas y los ojos desfilan entre El ­Louvre, la torre Eiffel, la Catedral de Notre-Dame, sin dilucidar en cuál giro de la mirada la belleza es mayor.

En un momento, me asalta la imagen de Javert, el policía de Los Miserables que persigue a Jean Valjean y creo verlo en uno de los puentes. Les cuento a Luis Miguel, a mi esposa, hijo y sobrina el instante en que el policía no logra resolver el drama entre el deber y la gratitud y se lanza a morir en las aguas de este río. Luis Miguel señala uno de los puentes al que la tradición oral asigna el hecho y hablamos de Víctor Hugo, cuya tumba está cercana. Y seguimos con el Sena y su presencia en la literatura y el arte, eternizado en las obras de Marcel Proust y Albert Camus, en las pinturas impresionistas de Claude Monet y Pierre-Auguste Renoir, en canciones como el tango de Astor Piazolla titulado con el nombre del río.

Pero es París tan grande y hermoso que requeriría más espacio del que permite esta columna. Casi dejaba fuera insistir en un  sitio en que, de obviarlo, no me lo perdonaría mi amigo Leonardo Venta. El edificio de la Ópera de París, Palais u Ópera Garnier, un teatro neobarroco inaugurado en 1875 y considerado uno de los monumentos más entrañables de Francia. Allí, ante tanto esplendor, mencionamos a Alicia Alonso, recordando en voz alta que en 1966, en una de sus salas  majestuosas, la cubana bailó Giselle por primera vez, deslumbrando al auditorio y al mundo.

Todavía en el avión rumbo a Barcelona llevaba en los oídos, en la vista y el corazón las atenciones de Luis Miguel, la belleza de París, la nostalgia de la bohemia cantada por Charles Aznavour: “...y cuando algún pintor, hallaba un comprador y un lienzo le vendía, solíamos gritar con él y pasear alegres por París”. Tarareando la canción que mis amigos me conocen desde siempre, comprendí que si el verbo en pasado no lo encuentro en París, es porque París sigue siendo una fiesta.

miércoles, 23 de septiembre de 2026

Chucho Valdés en el Straz Center, un regalo musical para los tampeños

Este 26 de noviembre tendremos en Tampa a Chucho Valdés, uno de los músicos cubanos de mayor relevancia internacional. Pianista virtuoso, compositor y director de orquesta, es reconocido como uno de los más altos exponentes del jazz afrocubano.

Dionisio Jesús Valdés Rodríguez –para todos Chucho Valdés–, hijo del también famoso pianista Bebo Valdes, nació para brillar junto a la poderosa  élite  musical cubana.

Muy joven, durante un festival de jazz en Polonia (1967), se le ubica entre los mejores 5 pianistas, al lado de Bill Evans, Oscar Peterson, Herbie Hancock y Chick Corea.


Chucho es uno de los  fundadores del grupo Irakere, con una impactante mezcla de jazz, rock, clasicismo y música tradicional cubana, un nuevo sonido que revolucionó la música latina. De ese grupo salieron músicos de la estatura de  Paquito D’Rivera, Arturo Sandoval y Gonzalo Rubalcaba.

Ha sido galardonado con trece Premios Grammy, seis Premios Grammy Latinos y el Premio a la Excelencia Musical de la Academia Latina de Artes y Ciencias de la Grabación, además de ser uno de los exaltados al Salón de la Fama de los Compositores Latinos (Latin Songwriters Hall of Fame).

Desde que ingresó a la Orquesta Cubana de Música Moderna hasta nuestros días, es larga la carrera musical de Chucho, uno de los artistas cubanos  más apreciados en todos los continentes, lo que le  ha hecho merecedor de distinciones y honores en todo el planeta.

El maestro Chucho Valdes, también reconocido profesor, distinguido co Honoris Causa por varias universidades, es un orgullo de la música cubana, americana, universal. La suerte de tenerlo en un concierto en Tampa es un lujo para todos los amantes de la música, especialmente del jazz. Ante este privilegio, le pedimos responder a unas  preguntas para La Gaceta, a través de la cual llega su saludo a nuestra ciudad.

Paquito D'Rivera, Chucho Valdés y Arturo Sandoval

En 2024, te reuniste en Miami con Arturo Sandoval y Paquito D’Rivera para celebrar el cincuentenario de la orquesta Irakere. Entre las satisfacciones compartidas, ¿cómo recordaron el primer tiempo de la agrupación y sus momentos culminantes?

 Vinieron nuevamente muchos recuerdos de aquellos tiempos, anécdotas de los ensayos, como fueron naciendo los éxitos y realmente fue como volver a vivir aquella época.

Hoy tu nombre aparece donde quiera que se habla de piano y jazz y trece premios Grammy, seis Grammy Latino y estar en el Salón de la Fama de los Compositores Latinos lo justifica sobradamente. ¿Cuánto debe ese triunfo a la sangre y la tierra de la que provienes?

 Yo creo que eso se debe al ADN musical que viene de mi padre, quien fue mi maestro y mi guía no solo en la música sino en la vida y, por supuesto, la herencia musical afrocubana y una entrega total a la música.

Padre e hijo: Bebo y Chucho Valdés.

La popular canción "Bacalao con pan", que popularizó Irakere, ha sido identificada con Oscar Valdés, con tu hermano Raúl y contigo.  Cuéntame sobre esa pieza que se hizo en Cuba tan popular.

Esa pieza es 100 % mía, el que escuche el estilo de orquestación, la armonía y el tumbao del piano sabe identificar que es Chucho Valdés. Oscar Valdés lo cantaba y mi hermano Raúl aparecía como compositor porque en ese momento los compositores no podían inscribir más de 3 piezas al año. Ese tema arrazó en la radio, en los programas musicales y hoy es un himno donde comienza la historia de la timba. Eso todos lo saben.

El jazz, que se inicia en Nueva Orleans a fines del siglo XIX,  se extendería en el XX hacia diferentes subgéneros: el swing, bebop, cool jazz, jazz modal, jazz latino  y muchos más. ¿Desde cuándo se puede hablar de un jazz afrocubano, en el que eres figura fundamental?

Yo diría que no se puede hablar de este género sin nombrar a 3 figuras fundamentales: Mario Bauzá, Dizzy Gillespi y Chano Pozo. Todo comienza a partir de ellos. Ellos lo bautizaron como Afro-Cuban Jazz, ahí comienza la historia.

¿Se puede hablar con satisfacción de una nueva generación del jazz cubano?

 Absolutamente, hay una nueva generación que ha hecho un aporte muy importante al género.

En la historia de la música cubana relacionada con Tampa, siempre se recuerda que aquí vivió Ernesto Lecuona y cantaron Benny Moré, Ñico Saquito, Celia Cruz, entre otros tantos. Y claro, no puede faltarnos tu nombre.  Creo que has estado varias veces en esta ciudad, ¿cómo acogiste la propuesta de actuar en el Straz Center?

 Para mí siempre visitar Tampa es maravilloso, he estado muchas veces visitando a mi tía que vivía allí y tengo mucho cariño por esa ciudad. Cuando me hablaron de ir a tocar con mi cuarteto al Straz Center no lo dudé ni un minuto, es muy especial para mí regresar.

De los tantos escenarios donde has actuado, ¿dónde has sentido más identificación del público con la música que haces?

 En Estados Unidos, sitios como el JALC, SFJazz, ­Arsht Center, Carnegie Hall solo por mencionar algunos, luego en Europa muchos teatros y festivales donde mi trabajo es bien aceptado.

 Creo que en la actualidad vives en Broward, aquí en Florida. Entonces, ¿te tendremos con más frecuencia en Tampa?

Correcto, cada vez que me llamen, allí estaré con mi música y todo mi cariño.

Muchas gracias, Maestro.

viernes, 28 de agosto de 2026

Vicente Martínez Ybor y el general Calixto García funden su sangre en la descendencia

 Conocemos bien la obra del industrial Vicente Martínez Ybor, más en Tampa que en Cuba, por el legado de su apellido a un hermoso barrio de la ciudad pletórico de historia. Asimismo, más en Cuba que en Tampa, el nombre del mayor general Calixto García Iñíguez remite a todos a aquel bravo mayor general que peleó en las tres guerras de ­independencia, donde alcanzó los más altos cargos militares.

A pesar de la mayor amplitud que del conocimiento sobre ellos se tenga en en uno y otro lugar, una buena parte de los habitantes de ambos espacios geográficos saben quién fue, y veneran con justicia, tanto al fundador de Ybor City como al alto oficial cubano que, junto a las tropas estadounidenses, determinó el triunfo cubano sobre el dominio español en Santiago de Cuba, en 1898. El industrial tabacalero murió en Tampa en 1896 y el militar en Washington, en diciembre de 1898, mientras cumplía una misión relacionada con el destino del Ejército Libertador una vez terminada la contienda bélica.

Vicente Martínez Ybor
Mayor General Calixto García

A ambos patriotas los enlaza la historia, tanto la de Cuba como la de Tampa, pues aun cuando el cubano no visitara la ciudad floridana, su nombre aparecía con frecuencia en ella, bien al frente de un club revolucionario, bien porque a sus tropas fueron a parar expedicionarios que salían desde nuestra bahía o porque su osadía y victorias militares eran reseñadas en la prensa cubana de la ciudad.

Aunque hay muchas vertientes en que podríamos unir la memoria de Vicente Martínez Ybor con la de Calixto García Iñíguez, hay una que, además de sus componentes patrióticos, contiene una dimensión consanguínea que los enlaza como familia, aun cuando ellos dos no pudieron ser testigos de su realización. Se consagra en la boda de Carlos Gabriel García Vélez y Amalia Elena Martínez Ybor (1881-1965), en 1900, cuando los ilustres padres de los novios ya habían fallecido. Seguramente se enamoraron en La Habana, donde había regresado la viuda de Ybor, Mercedes de las Revillas, aunque los vínculos de las dos familias venían desde la niñez de Carlos, cuando su madre y hermanos recibieron en Cayo Hueso y Nueva York ayuda del matrimonio mientras su padre estaba en una cárcel de España.

En la realidad, el matrimonio se legaliza el 19 de febrero de 1900 en la casa de la novia (Consulado nro. 130, La Habana). Entonces Amalia tenía 20 años y Carlos Gabriel, cumplidos los 32, ocupaba el cargo de Inspector General de Cárceles, Prisiones y Beneficencia de la Isla, todavía bajo la ocupación de Estados Unidos. La alta responsabilidad no procedía de ser el hijo del prestigioso García, sino de que él mismo había ganado el grado de General de Brigada en la guerra de independencia, a la que se incorporó junto a su padre.


Al establecerse la República en 1902, Carlos va a ocupar diversas responsabilidades, especialmente en el campo diplomático, lo que le permite viajar junto a su esposa a diferentes países. Era un hombre culto, de una gran sensibilidad por la música, dominaba el inglés desde sus primeros estudios en Estados Unidos y en España se graduó de Estomatología en la Facultad de Medicina de San Carlos, en Madrid. En esa profesión, no fue un estomatólogo más, sino un reconocido especialista en Patología Bucal y fundador de la Revista Estomatológica Española (1894), una de las primeras de esa especialidad publicada en el mundo. Estaba en pleno ascenso profesional cuando comienza la guerra de 1895 en Cuba y él y su padre se trasladan a Francia para seguir a Nueva York y de aquí en una expedición a Cuba, donde llegan en marzo de 1896.

Ya desposado, Carlos García Vélez  ocupa diversas responsabilidades diplomáticas, representando a su país en Washington, Ciudad México, Buenos Aires y Londres. Dentro de esta ocupación, se recuerda una frase suya: “La grandeza de los pueblos no se mide por su fortaleza física, sino por los valores del espíritu”. Con ese espíritu, fue presidente de las delegación cubana a la IV Conferencia Panamericana,  efectuada en Argentina en 1909 y en 1929 a la de Chile.

La esposa estuvo a su lado, acompañándole en actos internacionales, como  a la Coronación de Jorge V en Londres 1917, a la que fueron invitados. Asimismo, asistían en La Habana a tertulias literarias, recitales y teatros. Hay referencias de invitaciones personales de Dulce María Loynaz a Amalia, como un recital del 3 de febrero de 1950 al que asiste.

Carlos y Amalia tuvieron cinco hijos. Ellos fueron los  nietos en que se fundió la sangre de dos figuras relevantes de la historia compartida entre Tampa y Cuba: Amalia, Mirtha, Carlos, Calixto y Justo García Martínez Ibor. Asimismo, pudieron disfrutar de sus nietos. En la vejez, disfrutaron de diversos reconocimientos. En 1952, la Asociación Nacional de Veteranos de la Independencia de Cuba declara a Carlos Presidente de Honor y en 1955 presidente de Honor de la Comisión Cubana Organizadora del Centenario de Tampa. Hay otras distinciones, incluida una del Consejo Mundial de la Paz, pero la que lo vincula a la ciudad donde el padre de su esposa eternizó su apellido tiene una especial significación, como si la memoria quisiera simbolizar en su unión la profunda relación entre Cuba y Tampa.

Quién sabe si alguno de los tantos descendientes del matrimonio entre Carlos García Vélez y Amalia Martínez Ybor de las Revillas vivan en Tampa u otro lugar de Florida o de Estados Unidos. Al pensarlo, me pregunto: ¿Que ha sido de los descendientes de aquellos héroes que lo sacrificaron todo para que sus hijos tuvieran patria? ¿Dónde viven muchos de los descendientes de Carlos Manuel de Cespedes, de Antonio Maceo, de las hermanas de Martí, de Máximo Gómez, de Néstor Carbonell? ¿Faltaron a la patria?, ¿o les falta la patria por la que lucharon sus antepasados, aquella patria del “con todos y para el bien de todos” que les dibujara en Tampa José Martí?

 

 

viernes, 14 de agosto de 2026

Notas breves acerca de la experiencia democrática cubana

 La llamada República de Cuba, o etapa republicana como muchos le citan, no llegó siquiera  a los  57 años, pues solo existió entre el 20 de mayo de 1902 y el 1.° de enero de 1959. Si a ello le restamos etapas en que una intervención extranjera o un golpe militar interrumpió el curso democrático habría que descontarle tres momentos:

Tomás Estrada Palma, primer presidente de la
República de Cuba (1902-1906).

-Dos años y medio (29 de septiembre de 1906 a febrero de 1909) con la conocida segunda intervención militar de Estados Unidos.

-Dos años y nueve meses (entre el 12 de agosto de 1933 que cae el gobierno electo de Machado y comienza la breve presidencia de Miguel Mariano Gómez, elegido en las elecciones de enero de 1936)

-Dos años y ocho meses (desde el golpe de estado de Fulgencio Batista el 10 de marzo de 1952 hasta el  1.° de noviembre de 1954, fecha en que se celebraron unas elecciones con el fin de legitimar al jefe militar en el poder).

Son casi 8 años en que el gobierno cubano no devino de unas elecciones. De manera que habría que dejar en 49 años la práctica electoral  democrática del país, sin asomarnos a las sombras caudillistas, de corrupción u otro de los signos que marcaron los comicios con que se cumplió la secuencia presidencial como establecía la Constitución de la República de Cuba. 

La última elección que corresponde al ciclo electoral fijado por la Carta Magna de 1901 y ratificado en la de 1940 –elecciones a cada cuatro años y derecho a una sola reelección– fue la de noviembre de 1958, cuando las tropas gubernamentales estaban a punto de ser derrotadas por la sublevación armada dirigida por Fidel Castro.  

Por ser la última, me detengo más en las elecciones del 3 de noviembre de 1958.  Constitucionalmente, correspondían a inicios de ese año y aunque Batista restableció las garantías constitucionales y bajo presión de Estados Unidos se comprometió a elecciones libres, ya tenía perdido el control del país. Fuerzas políticas importantes como el Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo) se negaron a participar. En las regiones orientales la participación popular fue muy baja, en lo que influyó el boicot decretado por el Ejército Rebelde y la amenaza a quienes participaran en las elecciones.

Andrés Rivero Agüero, electo presidente de Cuba en la elecciones de
noviembre de 1958.  No llegó a ocupar el cargo por el triunfo armado
 de Fidel Castro.

A pesar de la intranquilidad ciudadana, hubo cuatro aspirantes a la presidencia: Andrés Rivero Agüero, de la alianza oficialista Coalición Progresista Nacional; el expresidente Ramón Grau San Martín, por el Partido Auténtico; Carlos Márquez Sterling, del Partido del Pueblo Libre y Alberto Salas Amaro, del Partido Unión Cubana. Aunque triunfó el candidato de Batista –Rivero Agüero– se extendió por todos lados la acusación de fraude, señalamiento que, con pruebas o no, ha sido común en los perdedores de Latinoamérica y amenaza peligrosamente a Estados Unidos en los últimos años. No sé si es suficiente, pero hasta el mismo mayor general Francisco Tabernilla, que entonces era secretario de Batista, confesó en sus Memorias (publicadas en 2009) que, de no haber existido trampas, la presidencia  habría sido para Carlos Márquez Sterling.

De todos modos, Rivero Agüero no pudo sumar ni un solo día a la experiencia democrática cubana.  Batista, que aspiraba a quedarse al frente de las Fuerzas Armadas bajo la presidencia de Rivero Agüero –más o menos desde la posición que había gobernado el país a fines de la década de 1930 mientras Laredo Bru ocupaba la silla presidencial– lo vio todo perdido el amanecer del 1.° de enero de 1959 y prefirió, como Machado, irse de la Isla insurgente en un avión, a salvo de una bala cubana. Ese día, desde el mando rebelde se le prometió al pueblo unas prontas elecciones libres. Más de 67 años después, aún las estamos esperando.

 

 


viernes, 7 de agosto de 2026

Palabras de la doctora Madeline Cámara sobre El secreto de la andaluza

 La doctora Madeline Cámara, profesora en la Universidad del Sur de la Florida por varios años, reconocida como crítica literaria y autora de varios libros, me acaba de enviar unas líneas suyas inspiradas en El secreto de la andaluza. Las comparto con los atentos lectores de “Líneas de la memoria”, muchos de los cuales han leído esta novela,  concebida en el mismo tiempo en que escribimos las breves líneas semanales de La Gaceta.

 


Por Madeline Cámara

                                               Guardiana del secreto

A mi regreso de Málaga, tan cercana a Cádiz, ese aire de familia que tienen todas las ciudades del sur de España me hizo pensar nuevamente en la novela de Gabriel Cartaya, El secreto de la andaluza. Entonces quise añadir estas líneas a los comentarios que ya ha generado la novela.

Quizás sea porque la obra gira en torno a esa figura enorme del imaginario y la Historia de Cuba, José Martí; quizás sea porque el autor ha sabido retomar el misterio que rodea al libro Diario de Campaña y sus páginas arrancadas y todavía perdidas; o quizás, aun, porque la novela incorpora el debate sobre la “forma” posible que pudiera adoptar la democracia en Cuba. Lo cierto es que la obra atrapa al lector, al que se complace en encontrar entre la Historia, la fabulación y la filosofía política un estímulo para seguir pensando los destinos de la Isla.

Para continuar, me permito incluir una digresión que un conocedor de la filósofa española María Zambrano, lectora de Martí, pudiera agradecer. Siento una curiosidad por el uso del sustantivo forma en Diario de Campaña y en el documento más relevante del pensamiento de Martí sobre la guerra: el Manifiesto de Montecristi. Noto que la palabra forma, generosa en su sinonimia de la que el autor toma “molde” y “estructura”, se repite tres veces en lugares claves de las bien pensadas y escasas cuartillas del Manifiesto citado, siempre asociándose, al perseguir esa “forma”, con el nacimiento de la nueva república cubana. Convencido estaba Martí, y lo establece en “Nuestras ideas”, texto de 1892, “que por la guerra se obtendrá un estado de felicidad superior a los esfuerzos que se han de hacer por ella”. El rastreo textual me compele a la pregunta: cuando reflexiona sobre esa forma futura, “viable, propia, natural”, adjetivos con que la califica junto a sinónimos como “molde” y verbos como “ordenar”, ¿estaría tratando de buscar con su política mística “la forma” en que el “Dios consciencia”, como él le llamaba, pudiera participar y ordenar la vida material de la sociedad, ¿en particular esa guerra que él se ha visto en la necesidad moral de organizar? Esa “forma” que anhela y a la vez no puede definir en palabras concretas, ¿sería acaso una fórmula para dar paso a la encarnación del ideal de Patria en la humanidad, o más íntimamente, más entrañablemente, incluso en la Persona? Sé que Cartaya no es ajeno a ese lado místico-filosófico del pensamiento martiano que, oblicuamente, atraviesa las primeras páginas de su novela que rebosan de aliento panteísta. Véanse unas últimas citas martianas y cerramos la digresión: “Las leyes de la política son idénticas a las leyes de la Naturaleza. Igual es el Universo moral al Universo material… El orden general de la Creación está repetido, como en todos los órdenes parciales, en el orden humano”, ideas que podrá encontrar el lector que revise un libro esencial –Martí y su concepción del mundo–, de Roberto Agramonte.

Alexis Pantoja. La andaluza de Dos Ríos.

Volvamos ahora al secreto que guarda la andaluza, que es el pretexto literario de la fabulación de Gabriel Cartaya. Lo afirmo sin espacio para tratar de probarlo, pero es sabido que, a los ojos del crítico, una novela resulta fascinante como un mecanismo donde todo lo que el lector acepta ha sido calculado por el escritor, palabra a palabra, para despertar una emoción estética. Por eso, la pregunta que nos provoca esta lectura es sencilla. ¿Por qué es ella, Emilia Sánchez Collé, una mujer que existió en la vida real de José Martí, la depositaria de las páginas arrancadas al Diario por Martí mismo, según la novela?

Ofrezco respuestas tentativas. Lo más obvio: el personaje de Emilia crea la trama amorosa que garantiza interés romántico a esta narración, lo más importante: el personaje articula la narrativa para dividir la obra en varios planos espacio-temporales. Estos tienen una secuencia cronológica apoyada en la larga vida de esta mujer que abarca su lozana juventud en el Cádiz natal –donde tiene un bello y breve romance con el joven Martí–, se extiende hasta su vida en Cuba –casada para entonces con un mambí cubano, lo cual la hace próxima al contexto de la Guerra del 95  y al regreso de Martí a Cuba–, mientras que en las páginas finales la encontramos, en su lúcida vejez, como punto de vista que aglutina (permite y comenta) las discusiones en la sala de su casa, donde familia y amigos jóvenes debaten sobre el presente: los infortunados desarrollos de los primeros gobiernos republicanos. Estos diálogos van transmitiendo al lector los reparos que provoca en la juventud el doloroso parto de aquella fórmula martiana: “Con todos y para el bien de todos”, que no se hizo –no se ha hecho– realidad. 

Así, disfrutamos primero de una mirada al amor juvenil de Martí con una prosa ligera, vigorosa y esperanzada, aunque insertada en los contextos de su exilio español. Luego sigue un tono más teñido de preocupaciones en la narración de su regreso a Cuba y su labor al frente de la Guerra de Independencia, aunque con pinceladas de ese “amor franciscano a la tierra” que Martí desborda al tocar el suelo patrio. Allí se reencuentra con Emilia en la nueva situación de ambos, y lo que domina el tono, a mi juicio, es la premonición de la muerte de Martí que dejaría incumplido su sueño: alcanzar esa “forma” de democracia para Cuba por la que brindó su preciosa vida.

La novela, escrita en un estilo que alterna lo romántico con el rigor histórico, reserva un momento de tensión final para describir a un Martí atormentado ante el destino que parece dibujársele a su regreso a la Patria. La percibe en peligro por los males del egoísmo humano, raíz profunda de la ambición política que se manifiesta entonces en el autoritarismo de quienes dirigían la contienda militar. En la ficción, Martí arranca las páginas de su Diario, donde se supone expresa sus dudas sobre el desarrollo de la guerra y el triunfo de una república, pero antes de tirarlas al torrente del río decide entregarlas a Emilia, quien, por virtudes de metaficción historiográfica, está presente en ese momento crucial.

Desde entonces, la andaluza guardó el secreto de su breve romance con Martí, quien siendo un veedor profundo de la naturaleza humana, vio en ella a alguien digno de confianza para convertirla en depositaria de su secreto: el momento en que esperanza y angustia se mezclan en el alma del patriota que escribe sus páginas más tristes y realistas, donde acepta y comparte los retos que presenta el sueño de la libertad.

Ella es entonces la Guardiana del futuro, y hasta hoy día se mantiene en el misterio de la desaparición de esas páginas del Diario, porque la realidad de la vida política cubana no se ha atrevido a transformarlas. La andaluza lo hizo por amor, y por amor los hijos de Cuba, todos, han de encontrar una “definición mejor” para la Nación cubana.

viernes, 31 de julio de 2026

Alberto Sicilia presenta el libro Ric Prado, la pasión del guerrero

 El poeta y escritor Alberto Sicilia no necesita presentación en La Gaceta, pues en varias ocasiones su nombre ha aparecido en estas páginas. Alguna vez, por un libro suyo; otra, porque un autor ha publicado en ediciones Classic Subversive, que él fundó y dirige y, también, en relación con la Primera Feria Internacional del Libro de Tampa –este año será la segunda–, cuyo liderazgo también asumió.

Esta vez, la conversación con Sicilia que damos a conocer es motivada por un libro que acaba de publicar y cuya presentación se realizó el pasado viernes en el Museo de la Diáspora Cubana, en Miami.

La obra, titulada Ric Prado, la pasión del guerrero, es un emotivo recorrido  biográfico acerca de un agente de la CIA que llegó a convertirse en  jefe de operaciones antiterroristas de esa agencia y cuyo origen cubano fue el primer entusiasmo del escritor para abordar un tema hasta ahora ajeno a su ejercicio literario. Que sea, entonces, el autor, quien nos hable sobre esta experiencia.

Recientemente publicaste en CS Editions el libro Ric Prado: La Pasión del Guerrero, cuyo contenido biográfico se aparta de todo lo que habías publicado hasta hoy, eminentemente dentro del género de la poesía. ¿Qué te motivó a escribir esta obra?

Poeta al fin, estoy atento a los clamores del espíritu y a las exigencias de mi tiempo. La poesía es traducción de esencias y, en el fondo, la biografía de un hombre no es más que un poema encarnado en la acción. Lo que me motivó a adentrarme en la vida de Enrique “Ric” Prado fue el descubrimiento de una arquitectura moral extraordinaria. Sentí la necesidad imperiosa de desentrañar cómo un niño, arrojado a las aguas del exilio sin más patrimonio que la bendición paterna, logra erigirse en un escudo viviente de las libertades de Occidente. No me movió la fascinación por la peripecia bélica en sí, sino el misterio del carácter: indagar en esa luz interior, en esa fe sin quiebra que transfigura al soldado en un custodio de la condición humana.

¿Ante qué desafíos te enfrentó acometer una obra de esta naturaleza?

El primer gran desafío fue el método y la distancia: cómo pasar del lenguaje sutil y contemplativo del lirismo a la sobriedad, la precisión y la exigencia documental que requiere el género biográfico. Debía evitar dos escollos tentadores: la fría relación historiográfica de sucesos y la hagiografía apasionada. Otro reto mayúsculo fue el contraste con Black Ops, la monumental obra del propio Ric. Mientras aquel es un libro de operaciones escrito desde la primera línea por el puño de un guerrero, el mío debía ser un tratado sobre la formación espiritual del héroe, visto desde la orilla de un hombre de paz. El mayor reto consistió en traducir el silencio del deber y la discreción del mundo de las sombras a una geografía de símbolos comprensible, densa y luminosa para el lector en idioma español.

¿Qué enseñanzas te deja la investigación, escritura y publicación de este libro?

La lección fundamental es que la libertad es una conquista diaria del espíritu que exige la disciplina del carácter. Investigar la vida de Ric me confirmó que la familia es la columna vertebral de la sociedad; es en el hogar donde se forjan los principios que ningún totalitarismo puede cambiar ni doblegar. Aprendí también que las almas grandes no buscan el aplauso transitorio del mundo ni se nutren de la aprobación de las masas, sino de la satisfacción serena del deber cumplido. Escribir este libro reafirmó mi fe en que, cuando un hombre es fiel a sí mismo y obedece a las leyes del espíritu, se convierte en una fuerza capaz de restaurar el orden allí donde la mentira ha sembrado el caos.

Aunque solo lleva unas semanas de publicado, el libro ha tenido una amplia recepción. ¿A qué atribuyes ese resultado?

Lo atribuyo a que nuestra comunidad padece una sed profunda de referentes éticos auténticos. En una época marcada por la levedad y la confusión de valores, el público reconoce instintivamente la verdad cuando se le presenta sin artificios. La pasión del guerrero conecta con una fibra muy íntima de nuestro exilio: el dolor de la herida original, pero también la dignidad del renacimiento. Los lectores han encontrado en estas páginas un espejo de sus propias luchas, un canto al decoro y una reafirmación de que la fe y el sacrificio no han sido en vano.

Asimismo, este impacto no habría sido posible sin la alianza estratégica entre CS Editions y el extraordinario equipo de Bravo Zulu ­Publisher, liderado por el Dr. Rafael Marrero. La gran recepción de esta obra es la prueba inequívoca de que, cuando se unen voluntades nobles y trabajo de excelencia, la memoria siempre se impone sobre el olvido.

¿Cómo se inserta un libro de esta esencia –expresada en un subtítulo que destaca la lucha desde Estados Unidos contra el comunismo y el terrorismo– en las preocupaciones actuales en torno a Cuba?

Se inserta como una llamada rotunda a la conciencia y a la unidad. La tragedia de nuestra patria no se resolverá por el azar ni por fórmulas banales. Tendremos que entregarnos a la restauración de la virtud cívica y la cohesión de todos los cubanos. El testimonio de Ric Prado demuestra que la causa de Cuba es parte de un frente universal más amplio en defensa de la civilización democrática frente a las tiranías. Este libro recuerda que el agradecimiento histórico a esta gran nación americana –que nos acogió y nos dio espacio para prosperar– no debe traducirse en acomodo, sino en un compromiso renovado con la libertad. La historia de Ric nos señala que el verdadero guerrero nunca olvida su origen y que la patria es un altar de principios que se lleva con decoro en el centro del pecho.



Fijándonos en la editorial Classic Subversive y en el contenido de las obras publicadas hasta hoy, ¿supone este libro algún cambio en su perfil editorial en términos temáticos?

No supone un giro ni una ruptura, sino una maduración y una expansión natural de nuestro catálogo. CS Editions nació con la vocación de explorar el pensamiento libre, la alta literatura y las expresiones que desafían los dogmas. La poesía, el ensayo histórico y la biografía filosófica son ramas de un mismo tronco: la defensa de la trascendencia humana. Publicar la vida de Ric Prado reafirma el compromiso de la editorial con la memoria, la verdad histórica y las obras que aportan densidad ética a nuestro tiempo. Lejos de alejarnos de nuestro perfil, lo fortalece, mostrando que la acción noble y la creación literaria responden al mismo pulso de libertad.

Para ti, en lo personal, ¿qué significa la publicación de este libro sobre Ric Prado?

En lo personal, significa una experiencia de profunda transformación y un honor ­inolvidable. Asumir el papel de cronista de esta gesta fue un desafío supremo, pero el regalo más valioso que me deja este proceso trasciende lo literario: es el privilegio sagrado de haberme ganado la confianza y la amistad sincera de Ric Prado. No hay mayor satisfacción para un hombre de letras que recibir el alma de un hombre justo, custodiarla con la lealtad que se deben los hermanos de ideas y entregarla limpia, como un faro, a las presentes y futuras generaciones.

Muchas gracias.

viernes, 17 de julio de 2026

Escrito de Alfredo ­Antonio Fernández sobre El secreto de la andaluza

 En el año de 1929, durante su segunda estancia en París, coincidiendo con la crisis mundial del capitalismo, el pintor cubano Víctor Manuel García, colgó en las paredes de una galería –presumiblemente en la barriada bohemia de Montparnasse, frecuentada por poetas y pintores que rendían culto al ajenjo en los cafés al aire libre– una pintura al óleo sobre madera de 46.5 x 38 con el enigmático título Gitana Tropical.

Muy pronto,  la  pintura  se convirtió en referente obligado de la pintura modernista cubana, no solo por la influencia bien asimilada de pintores de la vanguardia europea (Gauguin y Modigliani) sino por la forma en que el pintor supo condensarlos en una figura femenina con rasgos eclécticos de india peruana y mulata cubana en pose que recordaba a la Mona Lisa renacentista de Da Vinci.   

De haber sido el editor de la novela El secreto de la andaluza (Classic Subversive Editions, 2025), del autor cubano Gabriel Cartaya, radicado en la ciudad suroccidental norteamericana de Tampa, no hubiera vacilado en elegir como portada el retrato de Gitana Tropical, o algún otro tipo de diseño o ilustración que, sin reproducir exactamente sus rasgos fisonómicos, aludiera a la expresión enigmática de la protagonista, tanto la que aparece coloreada en azul, blanco y gris en la pintura de Víctor Manuel como la que se adivina en blanco y negro en la descripción literaria de Cartaya.

De la Gitana Tropical se ha dicho que su rostro es, sin lugar a duda, el centro de atracción del cuadro, con sus grandes ojos sesgados y la carnosidad de sus llamativos labios, quien nos obliga a mirarla de frente y a fijarnos detenidamente en ella. Con la Andaluza de Cartaya –a quien me place imaginarla con rasgos similares a la Gitana de Víctor Manuel– sucede algo parecido, pero en sentido inverso.

El personaje de la Andaluza –Emilia Sánchez  en la realidad y en la ficción de la novela– más que verlo, de forma elusiva debemos imaginarlo porque así lo quiere el autor, quien la ha rescatado de la breve mención escrita que de ella hace en su Diario José Martí, la figura más representativa de la historia de Cuba,

Martí, el 12 de mayo de 1895, una semana antes de morir en el primer combate de su vida, describe a la Andaluza con un rápido y seguro trazo en el que abunda la descripción de los colores como escapados del pincel de Víctor Manuel mientras pintaba a la Gitana:  ¨Y allí está en su túnico morado, el pie sin medias en la pantufla de flores, la linda andaluza, subida a un poyo, pilando café…¨.

En ese par de líneas se resume todo lo que sabemos del personaje evocado por Martí, mientras cabalga por la llanura que colinda con la ribera de los ríos Cauto y Contramaestre del Departamento Oriental de Cuba.

A la distancia de un siglo –1929 exhibición de Gitana y 2025 edición de la Andaluza–, ambas presencias femeninas aparecen y desaparecen como en los filmes de misterio de Hitchcock (Vértigo) para cautivarnos con su presencia tanto como en la ausencia. No importa que a la primera la veamos de pie, parados delante de ella en una de las salas del Museo Nacional de Cuba donde actualmente se ubica, y que, a la Andaluza, más que verla la imaginemos, agazapada, de forma oblicua, semioculta como se encuentra en la fronda de más de trescientas páginas de la novela de Cartaya. El resultado es el mismo: fantasía, magia, misterio femenino.

La andaluza de Dos Ríos.
 Obra de Alexis Pantoja
.

El misterio abre y cierra como en un laberinto excavado en el tiempo, la conexión de más de un siglo entre ambas mujeres, una en la pintura y la otra en la literatura. Unidas por la magia del arte, sin que importe que una haya sido concebida por el empleo del pincel y la otra de la pluma y no resulta fortuito resaltar el detalle de que hayan sido los gitanos –grupo étnico abundante en Andalucia– los que poblaron los arrabales de Cádiz de donde es oriunda la enigmática Andaluza.   

En la novela de Cartaya, la Andaluza es testigo en tres tiempos diferentes de la presencia de José Marti: (1) de joven, siendo soltera en Cádiz, lo vio con alegría, radiante, colérico, pleno de entusiasmo con la posibilidad de organizar desde el exilio español la lucha por la independencia de Cuba. (2) de mujer, casada, al pie de las estribaciones de la Sierra Maestra, lo ve con tristeza cuando pasa a caballo, asomada a una ventana, apresurado por unirse a la tropa insurrecta cubana que desafía en combate a una columna del ejército español en Dos Rios, en el oriente de Cuba. (3) de anciana, viuda y con nietos, lo evoca con los ojos cerrados en el recuerdo, delante de su familia, tras varias decenas de años transcurridos después de su muerte, en medio de una República de Cuba plagada de violencia, corrupción y politiquería que nada tiene que ver con la república ¨con todos y para el bien de todos¨ por la que luchó y murió Martí.     

Una vez establecido el nexo entre ambas figuras femeninas, enigmáticas en la plástica y en la literatura, corresponde develar el misterio que oculta la Andaluza, de cuya existencia se nos advierte en el mismo título de la novela. Un misterio que el autor, sabiamente, va ofreciendo a pedacitos, para mantener la intriga que rodea a la muerte en combate de Martí, el 19 de mayo de 1895.

Un misterio que se anuncia casi al principio de la narración (página 18) cuando Martí, en monólogo discursivo, empieza a constatar las reacciones ambiguas –una parte entusiasmo y otra parte celos y rivalidades– que su presencia como delegado del Partido Revolucionario Cubano despierta entre los soldados y oficiales cubanos de la insurrección contra España: ¿de quién tengo que defenderme, del desbordamiento del rio Contramaestre, de una bala ibérica o de estas aldeanas jerarquías?¨.

En la novela de Cartaya, el personaje de Emilia Sánchez, la Andaluza, cuando lo vuelve a ver en Dos Rios, se percata rápidamente del dilema en el cual se encuentra envuelto Martí, y resume su propia angustia por la encrucijada política a la que se asoma en un comentario magistral (página 50) sobre el conflicto que se avecina entre el político y los guerreros en torno al orden de prioridades:

La duda sobre qué prevalecerá en Cuba una vez que se inicie la contienda bélica del lado insurrecto cubano, si el campamento militar con toque de diana matutino o la discusión del aparato legislativo en una república utópica, reaparece en otro comentario que la Andaluza dirige a Martí –esta vez alarmada– ante la posibilidad de que ocurra un desenlace negativo.  

En la novela, Cartaya elige el misterio que la ronda como una suerte de aura y nos ofrece como sucedáneo una bella metáfora insertada en la narración, en la cual se describe a la futura república que Marti deseaba fundar como un caballo de trote veloz guiado por dos bridas, la de las armas y la de las leyes, que no se deben desbocar de un solo lado. 

La Andaluza es la única persona a la cual Martí confía su secreto la víspera de su encuentro definitivo con la muerte, para que no se pierda la idea de una república fundada en leyes.  

Hace bien Cartaya en su novela en mantener como final abierto la pesquisa de la verdad anecdótica y teórica que encierran los documentos de Marti. Aún hoy, ciento treinta años después, sigue siendo un reto poner en claro sus últimas acciones en vida y las variaciones en su pensamiento una vez que abandonó el exilio y se introdujo clandestino en Cuba como soldado de la independencia.

Muchas preguntas sin respuestas definitorias flotan tras un siglo de su muerte. ¿Cuál fue el destino final de las páginas que faltan del Diario interrumpido el 19 de mayo de 1895 en Dos Rios? ¿Adónde fueron a dar? ¿Quién las arrancó? ¿Por qué?

Me atrevería a decir que la motivación mayor de Cartaya al escribir El secreto de la andaluza no fue encontrar la verdad –tarea encomiable, pero harto difícil por la ausencia de piezas claves del rompecabezas que fue la vida de Marti en sus últimos momentos– , si no seguir alimentando la fábula que se ha tejido a lo largo del tiempo sobre las horas finales de Marti y el destino de su Diario en el que, al parecer, daba a conocer la intimidad de su pensamiento sobre las personalidades de mayor relieve en el campo insurrecto cubano y las contradicciones que sobre la guerra y la futura república mantenía con ellos.  

Alfredo Antonio Fernández, escritor, historiador y guionista. Es profesor de  Literatura en la Universidad de Prairie View A&M, en Texas.

 

viernes, 3 de julio de 2026

Una página hermosa sobre el apoyo de Cuba a la independencia de Estados Unidos

 Cada 4 de julio se celebra en Estados Unidos la declaración de la independencia, fecha que remite a su mejor significado: el nacimiento y ­desarrollo de una democracia como esencia del sistema político donde el preámbulo a su Constitución estableció la soberanía en una frase impregnada en la conciencia popular: “We, the People (Nosotros, el pueblo)”. Si bien cada año la nación festeja el magno acontecimiento, llegar al 250 aniversario refleja su durabilidad e invita a una reflexión sobre su consistencia actual y venidera.

Sin embargo, no es sobre ello que ahora llamo la atención, pues el hecho es propicio para recordar un momento de la contribución de Cuba a la Guerra de Independencia de Estados Unidos. Casi siempre se menciona a Francia y España entre los países que más colaboraron a la liberación de las Trece Colonias de Norteamérica de la dominación británica. Con relación a Cuba, el nombre del español Juan de Miralles, comerciante asentado en La Habana, es uno de los más mencionados, tal vez por su cercanía a Geroge Washington, en cuya casa murió. Sin embargo, la acción de las llamadas Damas de La Habana es menos usual cuando se aborda este tema, a pesar de que algunos historiadores han relacionado la oportuna donación económica que hicieron con la victoria estadounidense en la famosa batalla de Yorktown.

La imagen recrea una escena donde ungrupo de mujeres de La Habana
está donando sus joyas para ayudar a la Guerra de Independencia de EE. UU.

Realmente, aquella batalla de 1781 fue decisiva en la Guerra de Independencia de Estados Unidos. Allí, las fuerzas estadounidenses comandadas por Washington, junto a las francesas que dirigía Jean-Baptiste Donatien de Vimeur (conde de Rochambeau), cercaron y destruyeron a la tropa inglesa, despejando el camino al reconocimiento de la independencia. Eso se sabe, lo que casi nunca se dice es que aquellos ejércitos muy poco antes de esa batalla estaban muy desabastecidos, no solo carentes de armas y avituallamientos necesarios, sino incluso de la paga para el sostenimiento de su familia y la alimentación necesaria. Las carencias en las filas de George Washington eran preocupantes. Parecía que la guerra era insostenible cuando el almirante francés François de Grasse recurrió a La Habana en busca de fondos para continuar la campaña.

La solicitud de apoyo a la guerra estadounidense fue atendida en la capital cubana con prontitud y entusiasmo. Es verdad que las autoridades coloniales participaron en la colecta y muchos comerciantes, artesanos y familias adineradas abrieron sus caudales, pero el significado de las mujeres habaneras entregando sus joyas para reunir el dinero necesario es un símbolo eterno de solidaridad humana y de fortaleza femenina en la lucha por la libertad. Se habla de 500 mil pesos fuertes (entonces unas 12 toneladas de plata) lo que se entregó a Grasse en La Habana, quien navegó hacia la costa norteamericana con aquel tesoro. Con ese apoyo, se armó la logística para las operaciones militares que culminaron con la rendición del general británico Charles Cornwallis en Yorktown.

Jean-Baptiste Donatien de Vimeur (conde de Rochambeau)

Cuando a las puertas de la batalla se abrió la bolsa con el dinero enviado desde Cuba para sostener a la tropa libertadora, se encontró la nota con que las mujeres de La Habana acompañaban su aporte monetario: “Enviamos este dinero para que los hijos de madres norteamericanas no nazcan esclavos”.

Esta columna no es solo para contar esa historia que tiene tantos ingredientes, pero podría motivar a quienes deseen investigarla, a fijarla en la memoria, a levantarla como un puñal cuando la vanidad de alguien, o la incultura, le haga insinuar que los nacidos en la considerada mejor democracia del mundo valen más que los nacidos detrás de sus fronteras. O, mejor, a quienes desconozcan que el mundo es mejor porque a su progresión han contribuido todos los seres humanos del mundo. Y donde la obra es común, la felicidad es posible.