viernes, 13 de febrero de 2026

Conversar con el escritor Fernández Pequeño sobre su última novela

 Próximamente, se presentará en Tampa la novela Y la noche doblaba por tercera, del reconocido escritor José Manuel Fernández Pequeño. Mucho se abusa de este calificativo, pero esta vez tiene un peso tangible: más de 20 libros que gozan del favor de la crítica y, mejor aún, del aplauso de sus lectores. Si bien el prestigio de un escritor no depende de premios, haber merecido el Florida Book Awards (2014) y el International Latino Book Awards (2022), entre otros, distingue al autor de Tantas razones para odiar a Emilia entre los narradores que publican sus libros en nuestro tiempo.

Y la noche doblaba por tercera es una novela apasionante que tiene como protagonista al narrador de béisbol Felo Ramírez,  pero advierte que “en la pelota, como en la vida, hay tiempo para casi todo”. Por ello, hay casi de todo en estas páginas donde se entrelazan la realidad y la ficción. Pero es el mismo Fernández Pequeño quien nos regala unos comentarios acerca de una obra que también tiene mucho de él.

"Lo único que me interesa al hacer literatura es expresar la vida humana
 y sus infinitas contradicciones", confiesa Fernández Pequeño.

¿Qué convocó a un escritor que ha publicado más de 20 libros entre ensayos, cuentos, literatura infantil y novelas, a escribir una obra cuyo protagonista no proviene de la ficción, sino de la vida real y, para más sorpresa, del mundo del béisbol?

Cualquier buen partido de béisbol despliega un discurso narrativo muy obvio. A los viejos narradores de pelota, aquellos campeones de la palabra anteriores al predominio de la imagen televisiva, les resultaba muy regocijante narrar juegos que ocurrían lejos de su mirada y que ellos reinventaban a partir de la narración de un colega o, más tarde, de la información que les llegaba inning por inning a través del cable. Aquellos cronistas deportivos sabían que lo importante al contar un partido no era ser “fiel” a las acciones que ocurrían sobre el terreno, sino todo lo contrario: recrear las jugadas de modo que sonaran creíbles para el universo emocional de los ansiosos radioyentes. Salvando las distancias de medio y propósitos, nada muy lejano a lo que muchas veces hace un narrador literario con eso que llamas “la vida real”. Si lo miras desde esa perspectiva, no hay por qué extrañar que un escritor narre a un cronista deportivo. Hablamos, cuando menos, de un encuentro entre parientes.

Más aún. Considerando la manera en que el béisbol nos expresa en tanto caribeños y latinoamericanos, lo que debería causar extrañeza es por qué nuestros narradores literarios no asaltan con más frecuencia los predios del béisbol. Y la noche doblaba por tercera lo hace con absoluta premeditación: se nutre del contexto semiótico y emocional que propicia la pelota para amplificar lo único que me interesa al hacer literatura: la vida humana y sus infinitas contradicciones. Por ejemplo, el capítulo cuarto de la novela, donde me divierto con aquellas transmisiones “inventadas” que Felo Ramírez amaba tanto, está atravesado por tópicos como la amistad, el amor, la lealtad y la paternidad. ¿Te das cuenta?

¿Cómo se entrelazan en La noche doblaba por tercera historia e invención literaria?

De muchas maneras. Si vamos a los extremos, hay en el texto hechos, personas, aun diálogos tomados de la realidad histórica y que, reubicados en ese nuevo contexto representacional, pasan con facilidad por invenciones del escritor; y al revés, aparecen ficcionalizaciones puras y duras que la mayor parte de los lectores acepta sin una sombra de duda sobre su ­veracidad histórica. ­No ­obstante, lo más frecuente en la novela es que el discurso histórico y la ficción se interpenetren: el hecho ocurrió, es históricamente verificable, pero está narrado desde una perspectiva interior y sensible, algo que solo la invención artística puede hacer; o al revés, el hecho nunca ocurrió, pero se conecta de forma tan coherente con la realidad histórica que bien pudo haber ocurrido…

En ese sentido, acometer este proyecto fue un disfrute, tanto a lo largo de la investigación, como después, durante los meses de escritura. Nunca hice un diagrama ni planifiqué el argumento o los recursos que empleé, solo dejé salir la novela como si ya estuviera escrita en mi interior, como si yo fuera el médium de esa voz que hablaba en mi cabeza. Observa: Primero escribí el capítulo uno; luego, el cuatro; luego, el dos; luego, el cinco; luego, el tres; y, por último, el seis. Avanzar a ciegas y que todo encajara por sí mismo fue un gozoso disparate, incluso después de que el texto estuvo completo, cuando comprendí que lo había escrito exactamente igual a como Felo Ramírez narraba los juegos de béisbol y las peleas de boxeo: entregándose por entero a la intuición.

¿Hasta dónde la novela agranda el mito y la leyenda de Felo Ramírez?

La verdad, mi intención al comenzar el proyecto apuntaba en sentido contrario: salí en busca del ser humano que nos ocultaba un periodismo solo interesado en exaltar éxitos y genialidades, como si estos fueran atributos divinos y no parte de un complejísimo entramado humano que se desplegó durante más de noventa años y en un contexto social que parte de un pueblo de campo cubano y termina incluyendo a varios países de América. Mello Domínguez, el protagonista de la novela, es alguien intuitivo, dueño de una gran voz y de una inquebrantable fe en el humor, un ser humano que transita hacia la fama intentando mantenerse fiel a sí mismo, es decir, evitando las confrontaciones y viviendo la amistad como lo que es, una inmensa patria. En ese camino, logra grandes triunfos y vive grandes alegrías, pero también sufre grandes dolores: la muerte de aquellos a quienes ama, el exilio, la imposibilidad de tener hijos dentro de un matrimonio casi perfecto, la traición… Como, de diversas maneras, nos pasa a todos, ¿o no?

En fin, no sé si el mito y la leyenda de Felo “se agrandan” en la novela; sí espero que se humanicen hasta ese punto en que cualquier lector pueda sentirlos tan cercanos como lo fue el ciudadano Felo Ramírez en la vida real.

Felo Ramírez (1923-2017), durante un homenaje 
que se le hizo en Miami en 2016.

Entonces, ¿podemos entender tu novela como la narración final de Felo Ramírez y, desde ahí, la que cada quien puede hacer de su propia vida? ¿Lo consideras, en ese sentido, un texto realista?

Tras setenta y tantos años narrando a los demás, Mello Domínguez de pronto siente la urgente pulsión de contarse a sí mismo y reevaluar su larga vida, una tentación más que comprensible en alguien a punto de morir (bien lo podemos entender tú y yo, habitantes de eso que, piadosamente, llaman tercera edad), pero nada fácil de cumplir en su caso, pues un accidente lo ha dejado sin voz. ¿Te imaginas lo doloroso que es algo así para quien hizo de la narración un espacio de vida? Sumido en una inconsciencia alerta, la antesala de la muerte, Mello Domínguez comprende que la fama ya no le sirve de nada y sale a buscarse usando la voz de su sobrino Hiram, con lo cual pone en acción un precepto básico en el espiritismo de cordón: los muertos hablan con la lengua de los vivos. De ese modo, la perspectiva de la narración se mueve todo el tiempo y sin avisos entre una primera persona muy cercana a los hechos contados y una tercera persona que aporta no solo distancia crítica, sino también un importante volumen de información libresca sobre lo que se cuenta. Esta focalización híbrida me permitió saltarme la barda del realismo en una novela en la que, sin embargo, lo que el lector entiende como “real” resulta un telón de fondo tan decisivo.

¿Cómo se siente el Fernández Pequeño bayamés tras haber escrito esta novela sobre su ilustre coterráneo Felo Ramírez?

Nací y crecí a cuadra y media del lugar donde vivió Felo en Bayamo, una casa que visitaba con frecuencia, primero para jugar y luego para estudiar con Hiram Casalí, sobrino del narrador y mi amigo hasta hoy. Al mismo tiempo, fui discípulo de Víctor Montero, inolvidable maestro de Literatura, y de Joe Santoya, sabio profesor de Física, quienes sostuvieron de jóvenes una estrecha amistad con el cronista deportivo, razón por la cual ocupan espacios relevantes en las páginas de la novela. Así que, cuando entrevisté durante más de veinticinco horas a un nonagenario Felo Ramírez en el Miami de 2014, llevaba una vida escuchando hablar sobre él, a pesar de que su voz y sus triunfos habían sido desterrados de Cuba luego de 1961. Y cuando comencé a escribir la novela, lo hice segurísimo de que, entre otras muchas misiones, Fernández Pequeño había venido al mundo para novelar a Felo Ramírez. Digamos que ese mandato estuvo siempre en mis genes existenciales.

Y la noche doblaba por tercera no es un homenaje (¡Dios me libre!), es un intento de entender por la vía sensible un montón de cosas acerca de cierta época y del arte de vivir en cualquier tiempo y lugar. Por si esto fuera poco, también representó mi regreso a Bayamo, aunque solo fuera literariamente. Tras más de veinte libros publicados, este es mi primer texto narrativo en el que la ciudad donde nací resulta fundamental. No vayas a preguntarme por qué demoró tanto en ocurrir; no lo sé, y solo podría justificarme diciendo alguna tontería, como que los grandes amores suelen ser muy contradictorios. Ahora bien, sí puedo informarte que mi siguiente novela, ya terminada, se desarrolla casi por completo en Bayamo, con lo cual comienzo a preguntarme si no estoy volviendo definitivamente al sitio de donde salí o, para decirlo mejor, si no he empezado a ejecutar la tarea de contarme antes de morir, igual que Mello Domínguez en la novela... ¿o eso le pasó a Felo Ramírez?

¿Qué significa para ti la posibilidad de presentar en Tampa Y la noche doblaba por tercera?

Cualquier acción que acerque un libro a sus posibles lectores llena de sentido los años de investigación, escritura y revisión que empeñó el autor en el proyecto, mucho más si, como ocurre en este, el texto y su personaje protagónico poseen ciertas peculiaridades que hacen del habla y la comunicación interpersonal un hábitat idóneo. La presentación en Miami transcurrió en medio de una fuerte corriente emocional que disfruté mucho.

Tampa será como ir un paso más lejos: la muy antigua presencia de una migración cubana, así como los múltiples signos, tanto materiales como espirituales, que en la ciudad testimonian la raigambre cultural de esa presencia pueden arropar a la novela con un sentido especial, sobre todo en este momento, cuando la figura del migrante latino sufre las distorsiones, los prejuicios y las persecuciones que todos sabemos. Felo Ramírez fue un migrante en el sentido más profundo del término,  cuyo talento y voluntad le permitieron labrarse un espacio en la narración del béisbol de América, incluidos en primerísimo lugar los Estados Unidos.

En su concepción y en su escritura, Y la noche doblaba por tercera está atravesada por la filosofía y el pensamiento cultural propio del espiritismo de cordón cubano que, como  sabes, surgió en el llano Bayamo-Manzanillo durante el período de las guerras independentistas cubanas del siglo XIX, aquellas guerras fundacionales cuya huella es tan poderosa en Tampa. En el primer capítulo de la novela, un Mello Domínguez de veintiún años observa la estatua de José Martí en el habanero Parque Central y, mientras más mira la mano del héroe que señala hacia el horizonte, más se convence de que sí, de que hay en el futuro un espacio real para cumplir su sueño de convertirse en narrador deportivo profesional. Será digno de ver cómo el destino novelado de aquel guajirito oriental dialoga con las voces de la memoria que nos hablan al oído en Ybor City.

Muchas gracias, Pequeño. 

Publicado en La Gaceta, Tampa, el 13 de febrero de 2026.

 

 

 

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