jueves, 2 de abril de 2026

Alcanzar la gallina (cuento)

 A Pedro

Cuando nuestra madre apuntó a la gallina elegida para la comida, mi hermano y yo salimos como gavilanes detrás de ella, más arisca que nunca, como si una brisa agorera le estuviera avisando del inmenso peligro que en ese instante había caído sobre ella. En el primer intento de acorralarla detrás de la algarroba del patio, me sorprendió que pasara con tanta confianza entre las piernas de mi hermano, mientras saltaba despavorida, cacareando y batiendo las alas, cuando era yo quien me le aproximaba.

Cuando él la tenía a dos pasos, el ave se permitía dar descanso a sus alas, sacudir la tierra de las uñas, acomodar las plumas del pescuezo y afinar los ojos hacia donde yo aparecía. Ante la tardanza, se mezclaba en el aire la voz tan dulce de mamá:

–Muchachos, la gallina es para hoy.

Para mí era suficiente. Intensificaba la carrera, casi volaba por encima de los matojos alrededor de la cañada, por donde ahora se deslizaba la infortunada entre aletazos despavoridos. A mi lado, mi hermano se esforzaba en sobrepasarme para llegar primero a la presa, lo que conseguía en cada una de las embestidas. Y cuando yo creía que estábamos a un palmo de la victoria, veía hasta la última pluma escurrirse entre las manos inútiles del rastreador adelantado, quien aparentaba un tropezón para caer derrotado sobre la yerba seca de la tarde.

–Se me fue –dijo, como si necesitara explicar que su resbalón no había sido intencional.

–Apúrate, Pedro, –exclamé, al ver como la sentenciada se escabullía entre las breñas del palmar. Corrimos duro y cuando la perdimos de vista, vi una inexplicable alegría escaparse por el rabo del ojo de mi hermano. Iba a increparle cuando sentí un ruido arrastrarse entre el bosque de helechos.

–Es un majá –dijo, con mirada de susto.

–Que majá, ni majá. ¡Es la gallina!

Salté despavorido, haciendo crujir con los pies las hebras de cada helecho y con las manos cuanto bejuco impertinente me separaba de la fugitiva. Al fin, la vimos agazapada entre las raíces de una ayúa caída y un montículo de tierra abandonado por un ejército de bibijaguas. Aunque mi hermano intentó detener el salto felino con que caí sobre la infeliz, ya no había fuerza capaz de sacarle las patas del garfio de mi mano derecha, mientras con la otra le atenazaba el tronco de un ala.

–La llevo yo –pidió Pedro, con más lástima que autoridad de primogénito.

Era el mayor y le obedecí. Ya estábamos llegando a la casa cuando se le escapó de las manos. Entonces entendí por qué era tan difícil agarrar una gallina entre los dos.  Cuando parecía que iba a acorralarla con el sombrero, eran sombrerazos al aire para que huyera; cuando ya la tenía entre los pies, la empujaba con la puntera de un zapato para que el salto cayera más lejos y si ya le tenía en el hueco de las manos, una palmada oculta la hacía volar a más distancia de lo común. Todo para que no la mataran.

Pero aquella vez el ave no tuvo suerte. Con el azoro confundió el camino y lo emprendió al revés, metiéndose sin querer por la puerta de la cocina. Dos horas después, ya caída la noche, los seis de la casa nos chupamos los dedos con el último residuo del fricasé que hizo mamá, la mejor cocinera del mundo. Yo, que tanto corrí, obtuve un ala y medio pescuezo, dividido siempre con mi papá. La pechuga, a pesar de su negligencia en la captura, era de Pedro; de los muslos, uno iba al plato floreado de mi hermana Sara Elena y otro al buen Marcos, el benjamín de la casa. A mi papá siempre le gustó el encuentro, que nunca he sabido por qué le dicen así. A mamá, claro, le encantaba la segunda alita y aunque las dos fueran del mismo tamaño, parece que la de ella se achicaba en la olla. Siempre mamá la comía muy despacio, mirándonos entre bocado y bocado, atenta a si alguno de nosotros quería “un poquito más”. Al final, cuando yo miraba a mi hermano acariciar el tejido exánime de la carne con inexplicable seriedad, pensaba en que él hubiera renunciado a su exquisitez por tal de ver a la gallina corriendo feliz por el patio de la casa.