A Pedro
Cuando nuestra madre apuntó a la gallina elegida para la
comida, mi hermano y yo salimos como gavilanes detrás de ella, más arisca que
nunca, como si una brisa agorera le estuviera avisando del inmenso peligro que
en ese instante había caído sobre ella. En el primer intento de acorralarla
detrás de la algarroba del patio, me sorprendió que pasara con tanta confianza
entre las piernas de mi hermano, mientras saltaba despavorida, cacareando y
batiendo las alas, cuando era yo quien me le aproximaba.
Cuando él la tenía a dos pasos, el ave se permitía dar
descanso a sus alas, sacudir la tierra de las uñas, acomodar las plumas del
pescuezo y afinar los ojos hacia donde yo aparecía. Ante la tardanza, se
mezclaba en el aire la voz tan dulce de mamá:
–Muchachos, la gallina es para hoy.
–Se me fue –dijo, como si necesitara explicar que su
resbalón no había sido intencional.
–Apúrate, Pedro, –exclamé, al ver como la sentenciada se
escabullía entre las breñas del palmar. Corrimos duro y cuando la perdimos de
vista, vi una inexplicable alegría escaparse por el rabo del ojo de mi hermano.
Iba a increparle cuando sentí un ruido arrastrarse entre el bosque de helechos.
–Es un majá –dijo, con mirada de susto.
–Que majá, ni majá. ¡Es la gallina!
Salté despavorido, haciendo crujir con los pies las hebras
de cada helecho y con las manos cuanto bejuco impertinente me separaba de la
fugitiva. Al fin, la vimos agazapada entre las raíces de una ayúa caída y un
montículo de tierra abandonado por un ejército de bibijaguas. Aunque mi hermano
intentó detener el salto felino con que caí sobre la infeliz, ya no había
fuerza capaz de sacarle las patas del garfio de mi mano derecha, mientras con
la otra le atenazaba el tronco de un ala.
–La llevo yo –pidió Pedro, con más lástima que autoridad de
primogénito.
Era el mayor y le obedecí. Ya estábamos llegando a la casa
cuando se le escapó de las manos. Entonces entendí por qué era tan difícil
agarrar una gallina entre los dos.
Cuando parecía que iba a acorralarla con el sombrero, eran sombrerazos
al aire para que huyera; cuando ya la tenía entre los pies, la empujaba con la
puntera de un zapato para que el salto cayera más lejos y si ya le tenía en el
hueco de las manos, una palmada oculta la hacía volar a más distancia de lo
común. Todo para que no la mataran.
Pero aquella vez el ave no tuvo suerte. Con el azoro
confundió el camino y lo emprendió al revés, metiéndose sin querer por la
puerta de la cocina. Dos horas después, ya caída la noche, los seis de la casa
nos chupamos los dedos con el último residuo del fricasé que hizo mamá, la
mejor cocinera del mundo. Yo, que tanto corrí, obtuve un ala y medio pescuezo,
dividido siempre con mi papá. La pechuga, a pesar de su negligencia en la
captura, era de Pedro; de los muslos, uno iba al plato floreado de mi hermana Sara
Elena y otro al buen Marcos, el benjamín de la casa. A mi papá siempre le gustó
el encuentro, que nunca he sabido por qué le dicen así. A mamá, claro, le
encantaba la segunda alita y aunque las dos fueran del mismo tamaño, parece que
la de ella se achicaba en la olla. Siempre mamá la comía muy despacio,
mirándonos entre bocado y bocado, atenta a si alguno de nosotros quería “un
poquito más”. Al final, cuando yo miraba a mi hermano acariciar el tejido
exánime de la carne con inexplicable seriedad, pensaba en que él hubiera
renunciado a su exquisitez por tal de ver a la gallina corriendo feliz por el
patio de la casa.

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