viernes, 19 de junio de 2026

Diálogo con el escritor ­dominicano Juan Colón

 Juan Colón  es un poeta, historiador, narrador y ensayista dominicano de mucha relevancia en su país y en otras regiones del mundo. Por ello,  el Círculo de Embajadores Universales de la Paz, con sede en Ginebra, Suiza, lo declaró embajador de la paz en el mundo en representación de su patria y la Academia Norteamericana de Literatura Moderna Internacional lo nombró, en 2020, presidente del capítulo dedicado a República Dominicana.            

Colón es autor de textos pedagógicos oficiales como Geografía Mundial, Historia de las Civilizaciones, Geografía e Historia de América y de los pueblos del Caribe. Entre sus textos literarios  se destacan los poemarios No puedo callarme y Raíces de mi alma, así como el libro de cuentos Giocondo mío.

Ha merecido el “Premio Dominicano de Oro, Gral. Gregorio Luperón” por su trabajo literario y educativo, así como distinciones nacionales e internacionales. En una reciente visita a Tampa, el poeta nos visitó en La Gaceta y después de una agradable conversación le formulamos unas preguntas a modo de entrevista que nos respondió con agrado.

Durante una agradable conversación con el poeta Juan Colón

Prefiero empezar por la poesía, la expresión más antigua y universal del lenguaje humano. ¿Desde cuándo y cómo descubriste al poeta que hoy ha sido reconocido en diferentes lugares del mundo?

Quizás siempre lo supe, o apenas lo intuía: el poeta no apareció un día, como una revelación súbita, sino que ya habitaba dentro de mí, adherido a la sangre, como una memoria anterior a la conciencia. Desde niño buscaba cada tarde un promontorio frente al mar, un lugar donde el horizonte y el agua parecían sostener un diálogo silencioso conmigo. Allí comprendí –sin nombrarlo todavía– que la poesía no nace únicamente de las palabras, sino de una necesidad de comunión con aquello que nos excede: el mar, la soledad, el misterio, el tiempo.

A los trece años escribí una obra teatral y dirigí un grupo de teatro; ya entonces la poesía reclamaba su espacio en mi vida, no solo escrita, sino dicha en voz alta, respirada, compartida como un acto casi ritual. Hoy la poesía suele leerse en silencio, pero para mí siempre tuvo también la dimensión de la voz, del temblor humano que atraviesa el cuerpo y busca otro cuerpo donde resonar.

Con los años entendí que el poeta no se descubre del todo: se escucha. Cada vez que me enfrento al papel en blanco –o a la pantalla– y nace el primer verso, siento que algo esencial vuelve a encontrar refugio. La poesía ha sido eso: una morada para el alma, una manera de reconciliarme con mis preguntas más profundas y con la fragilidad de existir. Tal vez por eso escribir nunca ha sido para mí un oficio ni una aspiración de reconocimiento, sino una forma de permanecer despierto ante el misterio de la vida.

¿Podrías describirme algunas obras y momentos que consideres culminantes en tu creación poética?

Más que señalar obras específicas, prefiero hablar de aquellos autores que, de una u otra forma, fueron encendiendo la llama de mi escritura y acompañaron silenciosamente mi formación espiritual y literaria. Pablo Neruda, con su vastedad humana y telúrica; Juan Bosch, extraordinario cuentista dominicano cuya mirada ética y narrativa dejó una huella profunda; Pedro Mir y Manuel del Cabral, que supieron darle al Caribe una dimensión universal; Franklin Mieses Burgos, con su intensidad metafísica. Y, por supuesto, Octavio Paz, Julio Cortázar, Jorge Luis Borges y los poetas españoles  de la Generación del 27, entre muchos otros que ampliaron mi manera de entender el lenguaje como una forma de revelación.

Si pienso en momentos culminantes de mi trayectoria, podría mencionar tres que marcaron distintos territorios de mi vida creadora. El primero ocurrió en 1993, cuando participé como autor de libros de texto para el sistema educativo dominicano. Con el inicio del Primer Plan Decenal de Educación, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) consideró que dos de mis libros respondían plenamente a las exigencias del nuevo currículo educativo. Aquello representó para mí no solo un reconocimiento intelectual, sino también la certeza de que la escritura podía convertirse en un instrumento de transformación colectiva.

Otro momento profundamente significativo llegó en 2021, cuando la organización Uniendo Raíces, en Valle de Aosta, Italia, me invitó a leer mi poesía en un castillo medieval. Aquella experiencia tuvo algo de símbolo y de destino: sentir mi voz resonando entre piedras antiguas, en otra lengua y otra cultura, me hizo comprender que la poesía pertenece menos al escritor que al misterio que la atraviesa. De esa vivencia nació el libro Il Miracolo della Luce (El Milagro de la Luz).

Un año después, con Le Mani del Silenzio, obtuve el Primer Lugar de Poesía Ciudad de Milán; y en 2023, el Primer Lugar de Poesía Ciudad de Bríndisi, ambos en Italia. Son reconocimientos que agradezco profundamente, porque confirman que la poesía puede cruzar fronteras y encontrar eco en sensibilidades distantes.

Sin embargo, quizás lo más esencial para mí ocurrió recientemente con mi libro de relatos Eviterno. Allí sentí, por primera vez, que había encontrado plenamente la voz –o el estilo– que llevaba toda la vida buscando. Como si después de muchos años de escritura, lecturas, silencios y preguntas, finalmente hubiera llegado a ese lugar interior donde el lenguaje deja de parecerse a los otros y comienza, verdaderamente, a pertenecernos.

¿Cómo se equilibran el historiador y el pedagogo en estas obras?

Creo que conviven de manera natural. Lo científico no reduce la creatividad; por el contrario, muchas veces le ofrece profundidad, estructura y una conciencia más amplia de la realidad humana. En el caso de las ciencias sociales, ese vínculo resulta todavía más evidente, porque mi poesía posee una marcada dimensión humanista y una sensibilidad de conciencia social que nace precisamente de la observación histórica y de la experiencia pedagógica.

El historiador me ayuda a comprender los procesos humanos, las heridas colectivas, las raíces culturales y las contradicciones del tiempo que habitamos; mientras que el pedagogo me recuerda constantemente que toda palabra también implica una responsabilidad ética frente al otro. Ambos dialogan dentro de mi escritura sin imponerse uno sobre el otro.

Para la creación literaria, mientras más holística sea la visión del mundo, más posibilidades tiene la obra de alcanzar profundidad y autenticidad. La literatura no puede vivir aislada del conocimiento, de la memoria ni de la experiencia humana. En mi caso, historia, educación y poesía forman parte de una misma búsqueda: comprender al ser humano en toda su complejidad y tratar de devolver, a través de la palabra, una mirada más sensible y más consciente sobre la existencia.

Mirando hacia los acelerados cambios –y no solo tecnológicos– del mundo de hoy, ¿crees que la enseñanza en República Dominicana prepara a los niños y jóvenes para enfrentarlo?

Creo que necesitamos una verdadera revolución educativa, no solamente en términos tecnológicos, sino también humanos, culturales y éticos. El mundo está cambiando a una velocidad vertiginosa: cambian las formas de producir, de comunicarnos, de aprender e incluso de entender la realidad. Frente a eso, la educación no puede seguir anclada en modelos del pasado.

Es imprescindible una mejor preparación y dignificación del magisterio, porque ningún sistema educativo puede superar la calidad humana e intelectual de sus maestros. El docente debe convertirse nuevamente en un orientador del pensamiento crítico, de la sensibilidad y de la conciencia social, y no únicamente en un transmisor de contenidos.

También se necesita un currículo más dinámico y coherente con las nuevas demandas productivas, científicas y culturales del presente. La escuela debe preparar para el trabajo y la tecnología, sí, pero también para la convivencia, la creatividad, la reflexión ética y la comprensión profunda del ser humano. De nada sirve formar técnicos altamente capacitados si carecen de sensibilidad social o de conciencia histórica.

Hay además una contradicción preocupante: vivimos en la era de la información, pero hemos descuidado la formación del hábito de lectura y del pensamiento reflexivo. Desde el año 2019 muchas bibliotecas escolares prácticamente no reciben libros. Eso es grave, porque una sociedad que abandona sus bibliotecas termina debilitando su imaginación, su capacidad crítica y hasta su democracia espiritual.

En La Gaceta, Tampa

Has desarrollado una obra que ha merecido reconocimiento en tu país. Ahora que en plena madurez puedes exponer tu creación y experiencia en diferentes lugares del mundo, ¿qué planes tienes?

En este momento trabajo en la elaboración de textos escolares para la educación dominicana, una labor que asumo no solo desde la pedagogía, sino también desde el compromiso ético y cultural con las nuevas generaciones. Siempre he creído que educar es una de las formas más profundas de sembrar futuro,  y  participar en la construcción de materiales educativos significa también contribuir a la formación de una conciencia más crítica y más humana.

En el ámbito literario, atravieso una etapa particularmente intensa y reveladora. Estoy corrigiendo poemas y relatos que permanecieron guardados durante más de treinta años, textos que, de algún modo, esperaban el tiempo interior adecuado para volver a la luz. Paralelamente continúo escribiendo nuevas obras, porque la creación literaria no admite pausas definitivas. La poesía, suelo decirlo con afecto y verdad, es mi novia; y como toda relación profunda, exige presencia, entrega y trabajo permanente.

También mantengo diversos compromisos internacionales vinculados a recitales y conferencias programadas para este año en distintos escenarios culturales. Cada encuentro con lectores y escritores de otras lenguas y otras geografías reafirma mi convicción de que la literatura es uno de los pocos territorios donde todavía es posible reconocernos esencialmente humanos.

Uno de los proyectos que más ilusión me produce será en el año 2027, cuando presentaré en París un recital de poesía en francés y español. Para mí tendrá un significado especial, no solo por lo que representa culturalmente París en la historia universal de las letras, sino porque simboliza la posibilidad de que la palabra nacida en nuestra isla pueda dialogar, sin fronteras, con otras sensibilidades y otras tradiciones del mundo.

El Círculo de Embajadores Universales de la Paz, con sede en Ginebra, te designó como Embajador de la Paz en representación de la República Dominicana. ¿Cómo ves hoy esa aspiración en el mundo?

Trabajar en favor de la paz es hoy una labor más urgente que nunca. Vivimos en una época marcada por la posmodernidad, donde con frecuencia predominan el individualismo, el egoísmo y una profunda crisis de valores humanos. Paradójicamente, mientras la humanidad alcanza niveles extraordinarios de desarrollo científico y tecnológico, también parece alejarse cada vez más de su dimensión ética y espiritual.

Vivimos tiempos dolorosos en los que, ante los ojos del mundo, se cometen genocidios, desplazamientos masivos y actos de barbarie que muchas veces no solo encuentran indiferencia en los grandes poderes, sino incluso complicidades silenciosas sustentadas por intereses económicos y geopolíticos. Esa realidad revela una fractura moral profunda dentro de la civilización contemporánea.

Resulta igualmente desgarrador pensar que nunca antes la humanidad produjo tantos alimentos, tanta riqueza y tantos avances tecnológicos, y, sin embargo, millones de seres humanos continúan viviendo en la miseria, mientras miles de niños mueren cada día víctimas del hambre y la desnutrición. Esa contradicción demuestra que el problema esencial del mundo no es la escasez, sino la falta de sensibilidad, de justicia y de conciencia humana.

Por eso creo que trabajar por la paz hoy trasciende el discurso diplomático o institucional; se ha convertido en una misión casi sacerdotal. La paz no significa solamente ausencia de guerras: implica dignidad, equidad, educación, respeto por la vida y capacidad de reconocernos en el dolor ajeno. Mientras no aprendamos a mirar al otro como una extensión de nuestra propia humanidad, seguiremos construyendo sociedades tecnológicamente avanzadas, pero espiritualmente vacías.

Asumo esa designación como Embajador de la Paz no como un honor personal, sino como un compromiso ético y humano: el de seguir defendiendo, desde la palabra, la cultura y la educación, la posibilidad de un mundo más sensible, más justo y más consciente.

Acabas de visitar Tampa, donde tuve el placer de conocerte e intercambiar algunas ideas, esencialmente relacionadas con los históricos vínculos entre Santo Domingo y Cuba. Si yo tuviera que vincular los tres espacios geográficos con un solo nombre, mencionaría a Francisco ( Panchito) Gómez Toro, el hijo de Máximo Gómez que vino a Tampa con Martí. ¿Cómo describirías esa imagen, tú que eres poeta, pedagogo e historiador? 

Antes de responder esa hermosa pregunta, quiero agradecerte  profundamente a ti, ­Gabriel Cartaya, a Alberto Sicilia y a Pablo Martínez, por el gentil y fructífero encuentro intelectual que sostuvimos en Tampa. Conversar en su oficina sobre historia, literatura y los vínculos espirituales y culturales entre nuestros pueblos caribeños fue una experiencia enriquecedora y entrañable. Siempre resulta esperanzador encontrar espacios donde la memoria, la cultura y la palabra todavía convocan al diálogo profundo entre seres humanos.

La figura de Francisco “Panchito” Gómez Toro posee para mí una dimensión casi simbólica dentro de la historia del Caribe. En él convergen no solo la herencia heroica de su padre, Máximo Gómez, sino también el ideal martiano de una patria entendida como destino moral y humano. Panchito representa esa juventud capaz de abrazar una causa superior, incluso por encima de su propia vida.

Tampa, Santo Domingo y Cuba dejan entonces de ser únicamente espacios geográficos para convertirse en territorios de una misma memoria histórica y afectiva. Tampa fue fragua de sueños libertarios; Cuba, escenario del sacrificio y de la esperanza; y Santo Domingo, raíz espiritual de uno de los grandes estrategas de la independencia cubana. En esa trilogía histórica, Panchito aparece como una especie de puente humano entre la épica y la ternura.

Panchito Gómez Toro, al centro, junto a Martí y Fermín Valdés Domínguez
 en Cayo Hueso, en mayo de 1894. Durante ese viaje estuvo en Tampa.

Como historiador, veo en él la continuidad de una generación que entendió la libertad como un deber continental y no como un proyecto individual. Como pedagogo, encuentro una figura ejemplar para las nuevas generaciones, porque encarna valores que hoy parecen erosionarse: lealtad, desprendimiento, dignidad y sentido del deber. Y como poeta, quizá lo percibo de un modo todavía más profundo: Panchito me parece uno de esos seres que no pertenecen del todo a la muerte, porque terminan convertidos en símbolos.

Hay imágenes históricas que adquieren una dimensión casi poética. Imagino a aquel joven acompañando a Martí, atravesando los caminos de la guerra y del destino, cargando no solo el peso de un apellido glorioso, sino también el fervor de una generación que soñaba una América más justa y más humana. En él habita la belleza trágica de quienes comprenden que la verdadera grandeza no consiste en vivir mucho, sino en darle sentido moral a la existencia.

Tal vez por eso, cuando pensamos en Panchito Gómez Toro, no evocamos únicamente un personaje histórico: evocamos la persistencia de la dignidad humana frente al olvido y frente al tiempo.

Te comparto este breve poema de mi autoría.

    La mujer campesina
       Me dio su mano.
       Dentro de su mano
       Latía una casita doblada,
       Unas yaguas en hilachas
       Sosteniendo la tarde.
       La historia de un silencio
       Le mordía los labios.
       Al despedirse…
       A mis dedos
       Se le llenaron
       Los ojos de agua.
       Muchas gracias, Juan.
 


 

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario