sábado, 30 de mayo de 2026

Entrevista al escritor ­cubano Arturo Arango

 Arturo Arango Arias es un reconocido escritor cubano, cuyos cuentos, novelas y guiones de filmes como Lista de espera  y El cuerno de la abundancia (ambos en colaboración con Juan Carlos Tabío) le han situado entre los autores más destacados de su generación.

Entre sus novelas aparecen El libro de la realidad (Tusquets Editores, 2001) y Límites y escombros (Verbum, 2023), cuya reciente lectura me animó a pedirle una entrevista para La Gaceta. Los ensayos de Arango, especialmente los titulados  Reincidencias (1989), Segundas reincidencias (2002)  y Terceras reincidencias (2013) constituyen una  mirada crítica muy aguda sobre la realidad cubana de las últimas décadas.

Arango, quien fue director de la revista Casa de las Américas, subdirector editorial de La Gaceta de Cuba y Jefe titular de la Cátedra de Guion de la  Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños, es miembro de la Academia Cubana de la Lengua, mientras sigue escribiendo y enseñando.

Arturo Arango

En algunos personajes de Límites y escombros se aprecian momentos de incertidumbre por el futuro.  Sin embargo, me llamó la atención la mirada al pasado inmediato –el pasado que ahora no sabemos dónde colocar, dice el narrador–. En la afirmación citada, ¿hay un sentimiento de pérdida del presente soñado a nivel grupal o generacional?

Hay ese sentimiento de pérdida, tanto del pasado inmediato como del futuro que parecía posible. La restauración del capitalismo en Europa del Este y, en especial, la desaparición de la Unión Soviética dejaron a Cuba en un desamparo total. En julio de 1991 mirábamos hacia atrás y nos parecía que nos deparaban décadas de enero de ese mismo año. Curiosamente, se escribieron cuentos excelentes bajo ese estímulo, por ejemplo “Dorado mundo”, de Francisco López Sacha, y “Rumba Palace”, de Miguel Mejides. Publiqué en 1994 un libro de cuentos, titulado La Habana elegante, con tres cuentos que también dan testimonio, por la vía de la exageración y del absurdo, de ese período. El ensayista Jorge Fornet nos llamó “la generación del desencanto”, y creo que es un calificativo acertado.

Esta novela –y posiblemente otras tuyas que no he leído– expone desde la ficción no solo al grupo que se reúne alrededor del gremio de escritores (UNEAC) en La Habana, sino a la Cuba del llamado período especial (década de 1990). ¿Hasta dónde se ha apropiado la literatura cubana de este leitmotiv?

Como te dije en la respuesta anterior, lo hizo sobre todo mediante el cuento, y un poco también el cine; me parece que menos la novela. Desde 1994, tuvimos en La Gaceta de Cuba un concurso de cuentos en el que cada año participaban decenas de autores. Había tópicos de la época, como los balseros, los apagones y las jineteras (las prostitutas) que aparecían una y otra y otra vez. La mayoría de las veces, repitiendo esquemas. Otras, las valiosas, con cuentos extraordinarios, como los que cité antes.

¿Cuánto hay de Arturo Arango en Marcos, además de la bicicleta?

Como siempre ocurre, todo escritor habla una y otra vez de sí mismo, aunque se esconda detrás de sucesivas máscaras. Ese personaje, Marcos, comparte con Arturo Arango ideas, sentimientos, desconciertos experimentados durante esos años, aunque las circunstancias concretas de su vida doméstica y familiar sean muy distintas. Comparten, además, el haber ­trabajado en una revista cultural, El Punto, en la novela, La Gaceta de Cuba en la vida real. La Gaceta se dejó de publicar, por falta de papel, en el 90, pero afortunadamente ya en el 92 había revivido, y yo ingresé en su equipo de redacción en el 94, lo que aparta radicalmente esa realidad de la ficción.

El personaje de Omar, que representa la vigilancia del estado sobre el escritor, se va opacando en la medida que avanza la novela. ¿Podría verse en ello una disminución del ojo de la seguridad del estado sobre los intelectuales?

No había pensado en esa lectura. En la novela, las informaciones que da Marcos no son demasiado útiles para Omar. Sin embargo, me interesaba también insistir en el tema de las amistades y las fidelidades. Hacia el final, cuando el personaje Alejandro entra en crisis, Omar le manda con Marcos señales (que Alejandro no atiende) de lo que debe hacer para salvarse de las acusaciones que se harán en su contra. Omar y Alejandro fueron amigos muchos años atrás, cuando vivieron peripecias que están narradas en otra novela, El libro de la realidad, y ahora Omar es fiel a ese pasado.

Novela publicada por Ediciones Loynaz,
Matanzas, Cuba, 2025
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La lealtad entre los amigos es un mensaje hermoso en Límites y escombros. Por ello fue tan fuerte la respuesta del grupo cuando uno de sus miembros (Alejandro), tiene un comportamiento inesperado. ¿Cuánto tributas a la amistad?

Tengo entre los tesoros más grandes de mi vida esas relaciones de amistad con escritores que nos formamos juntos, que hemos vivido décadas intensas, siempre cuidándonos y queriéndonos. He citado a dos que ya no están (Sacha y Mejides), a los que puedo agregar muchos más. Ellos son parte de mi familia. Senel Paz y yo hemos preparado una antología titulada Reunión de amigos, con varios narradores que nacimos de 1950 a 1955, y es un proyecto que da cuenta de esas relaciones, que se conservan no importan dónde vivamos. En ese libro, cuya publicación esperamos con ansiedad, están Abilio Estévez y Luis Manuel García Méndez, instalados desde hace tiempo en España. Podría también citar un grupo de poetas a los que me une esa amistad incorruptible.

He dicho alguna vez que esas relaciones de amistad, no ya en el campo intelectual, son uno de los tópicos que recorren la obra de Leonardo Padura, otro de los esos imprescindibles entre mis afectos.

Como escritor y miembro de la Academia Cubana de la Lengua, ¿qué opinas de la literatura que hoy se hace en Cuba?

Lamentablemente, te confieso que no estoy siguiendo de cerca la nueva literatura cubana, y eso me duele, pero hay que elegir y el tiempo no alcanza para todo y los años pesan. Porque mientras estuve en La Gaceta de Cuba, leí mucho a mis contemporáneos, tanto lo presentado en ese concurso de cuentos que ya mencioné, como en el de poesía, que todavía existe,  más todas las colaboraciones que recibíamos, de ficción o sobre ella. Eso duró hasta 2019, aproximadamente.

Un tanto superficialmente, creo que la novela está en muy buen momento. Fui jurado del Premio de la Crítica hace unos años, y premiamos más novelas que libros de poesía, lo cual, en Cuba, es rarísimo.

Probablemente los escritores cubanos de la ­llamada diáspora expresen su país desde una memoria fragmentada y con mayor acento en el pasado, pero en lo más profundo desde su cultura original o heredada. ¿Podría entonces hablarse de una literatura cubana que incluya a los cubanos de dentro y fuera de la Isla?

¿Te refieres a obras que traten las dos realidades? Creo que hay algunas, sin dudas. Este alejamiento de lecturas contemporáneas que te expliqué antes me impide mencionar más ejemplos, pero me gusta mucho Como polvo en el viento, de Padura, donde ambos ámbitos están tratados con justeza y respeto, desde esas afinidades electivas que son la base de la amistad.

Creo que se conoce más en el extranjero a los escritores cubanos que viven en la Isla, que en ella a los que viven en el extranjero. Voy a poner un solo ejemplo: se lee más a Leonardo Padura en Miami que a José Kozer en Cuba. Si compartes esta afirmación, ¿a qué lo atribuyes?

No creo que sea equilibrada la comparación. Padura es el escritor vivo más promocionado y leído de la literatura cubana. Kozer es, en lo fundamental, un poeta, que siempre son menos seguidos que los narradores. A él se le conoce en los circuitos intelectuales cubanos, y en La Gaceta de Cuba y también en la Revista Unión se publicaron textos suyos y sobre él.

En La Gaceta dimos a conocer, en la medida de nuestras posibilidades, a escritores cubanos que viven en otros países, en especial a aquellos que se formaron fuera de Cuba y que aquí eran totalmente desconocidos.

También estoy seguro de que muchos escritores cubanos contemporáneos, que residen aquí, no se conocen en lo absoluto más allá de nuestras costas, porque los libros editados en Cuba jamás han tenido circulación ni difusión internacional, y ahora, para colmo, es muy poco lo que se imprime, y en tiradas mínimas. Por eso creo que, en verdad, el desconocimiento es mutuo.

Extraño mucho la labor de Carlos Espinosa, quien llevó durante años el trabajo de crítica literaria en Cubaencuentro y lo hacía con una eticidad admirable. Se esforzó siempre por reseñar obras de una y otras orillas. Para él, que desde mediados de los 80 residió sobre todo en España y un tiempo en los Estados Unidos, era más fácil obtener libros aparecidos fuera de Cuba, y nos pedía a sus amigos que le enviáramos lo publicado aquí, para sostener ese equilibrio.

¿Qué te produce mayor satisfacción como escritor, ver en el cine una película cuyo guion has escrito, saber que muchos leen el libro que acabas de publicar o el propio instante de la creación?

Siempre coloco la literatura por delante del cine, aunque el segundo tenga mucha más difusión. No he dirigido, ni dirigiré, películas, y tengo muy claro que, cuando me involucro en una, pertenecen al director, aunque la idea original sea mía. Al firmar un contrato de guion, si la idea original me pertenece, me reservo el derecho de llevarla a la literatura. El libro de la realidad lo escribí a partir de un guion que nunca se realizó, al igual que el relato En la hoja de un árbol. Después de estrenada la película El cuerno de la abundancia, de Juan Carlos Tabío, imaginé un falso testimonio, publicado también como una noveleta, donde construyo la investigación para tramar el guion. Y No me preguntes cuándo está concebida a partir de un guion para el director mexicano Álvaro Curiel de Icaza. Yo presenté la novela publicada por Ediciones Matanzas en la Feria del Libro de febrero de 2018, y él estrenó su película, titulada Marioneta, en el Festival de Cine de Guadalajara, un mes después.

Obviamente, me satisface mucho más la publicación de un libro, y muchísimo más cuando una persona que lo ha leído me lo comenta. El proceso de escritura puede oscilar entre la euforia y la angustia. Creo en la duda y en la inseguridad porque no hay nada más traicionero que suponer que todo cuando escribimos es impecable. El instante de dar por terminado un libro también es de celebración, pero transitorio. Una y otra vez regreso al texto, retoco, cambio, sigo imaginando situaciones. El punto final se pone solo cuando el volumen sale de la imprenta.

El parque Masó, de Manzanillo, en el rostro de una
novela  de  Arturo Arango de próxima aparición.

Una pregunta imprescindible: ¿qué magia tiene Manzanillo, tu pueblo natal, para que la literatura haya encontrado allí a tantos y tan buenos escritores y poetas?

No sé si tiene que ver con el mar y también con su historia. En Cuba hay varias ciudades costeras que fueron dejadas de lado cuando se construyó la carretera central, hace cien años, y que dieron a grandes escritores y artistas. Pienso en Gibara y Guillermo Cabrera Infante, o en Sagua la Grande y Wifredo Lam y Jorge Mañach.

Crecí en un Manzanillo donde había una vida cultural importante, sobre todo literaria y musical. En mi familia prevalecía la profesión del magisterio y se hablaba con mucho respeto del Círculo Literario, de la revista Orto, de la imprenta de Horacio P. Téllez, donde se materializaron no pocos de estos sueños. Las personas Luis Felipe Rodríguez, Gastón Sariol, Manuel Navarro Luna, José Manuel Poveda, que vivió en la ciudad, entre muchas otras, eran presencia viva en los cuentos que me hacían mis tías abuelas. Quiero decir con esto que había esa tradición y ese respeto por la vida cultural de esa primera mitad del siglo XX.

Lo curioso es que algunos nos formamos en otros ámbitos. Francisco López Sacha y yo, por caminos distintos, estudiamos en La Habana y en Santiago de Cuba, pero nos supimos siempre parte de ese legado esencial para nuestra vocación.

Y la tradición permanece. Me siento orgulloso de haber gestionado la creación de la Editorial Orto, que ahora es el centro de la vida literaria de nuestro Manzanillo.

 

 

 

 

 

 


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