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miércoles, 30 de diciembre de 2015

La celebración del Año Nuevo

Por Gabriel Cartaya

Si hay una fecha que a todos impresiona, con mayor o menor grado de entusiasmo,  es la llegada de un nuevo año. Se abre un escalón inédito en la corriente de la vida, propicio para mirar al almanaque transitado y establecer las finalidades que deben quedar abiertas a partir del primero de enero. Es común que en las tarjetas de felicitación enviadas y recibidas, en las cartas, en el intercambio oral y en las redes digitales de nuestro tiempo, las felicitaciones se hinchen de múltiples deseos,  entre los que la salud, paz, prosperidad, amor, resultan preponderantes.
Hasta hoy, no existe un patrón universal que unifique la celebración del primero de enero como día de Año Nuevo para todos los pueblos y culturas, aun cuando a los cristianos occidentales nos parezca que al comer las 12 uvas a las 12 de la noche del 31 de diciembre el mundo entero está pendiente de los buenos deseos que anidamos.
Tampoco fue en las culturas occidentals donde comenzó la costumbre, pues 2000 años antes de Cristo ya en Babilonia (hoy Irak) practicaban esta celebración, aunque en una fecha que corresponde al mes de marzo, cuando nace la primavera y se plantan los cultivos para la siguiente cosecha.
En Europa, la celebración del 1.º de enero comienza en el 153 antes de Cristo, por un decreto del Senado Romano. El propósito de la ley no era atemperar el cambio de año a una exigencia agrícola o estacional, sino corregir un calendario que había alejado su sincronía con el sol y, de paso, atender a una exigencia civil: que cada Cónsul asumiera su cargo en esa fecha. El primer mes del año recibió su nombre en honor al primero  de sus dioses (Jano), al que  representaban con doble cara, una mirando al pasado (al año viejo) y otra al futuro (al año nuevo).
Al principio, la Iglesia Católica condenó este festejo, considerándolo pagano, pero pronto se adaptó a la práctica popular, interesada en la conversión de las masas, aunque le encontró una designación atemperada a su prédica al nombrarla “Fiesta de la Circuncisión de Cristo”, asumiendo que en esa fecha hubiera cumplido una semana de nacido.
Gregorio XIII
Pero entonces el calendario oficial era el Juliano, que no ­coincidía exactamente con nuestro primero de enero actual. En realidad, la verdadera celebración del Año Nuevo, exactamente como la celebramos hoy,  comenzó hace solamente 433 años, cuando se instauró el calendario gregoriano, al ser declarado por el papa Gregorio XIII como obligatorio para todos los países católicos. Ese día, se saltaron 10 días del almanaque, pues al 4 de octubre de 1582 le sucedió el día 15 de ese mes.
A partir de entonces, se fue abandonando el recibimiento del nuevo año el  21 de marzo y las naciones europeas incorporaron y llevaron a sus colonias la nueva fecha festiva, tal y como hoy la disfrutamos.
Sin embargo, no todas las culturas iban a asumir la disposición del Papa y continuaron con su propia visión calendaria, acorde a sus propias tradiciones culturales, religiosas e históricas. Por ejemplo, para los chinos el Año Nuevo comienza entre enero y febrero, con la primera luna nueva de acuario; mientras, para los musulmanes el año se inicia con el mes de Muharram, el cual se ajusta a una cronología lunar que puede coincidir con cualquier mes del añalejo gregoriano. Los judíos, por su parte, siguen un calendario hebreo que empieza en el mes de Tisri, con el Rosh Hashaná,  el que se corresponde con  nuestro septiembre u octubre.
También persisten diversas perspectivas para considerar la llegada de un nuevo año. Si nos basamos en el ciclo de las estaciones, la interpretación es astronómica o natural y el año comenzaría hacia el 20 o 21 de marzo,  con el equinoccio en el Norte y el otoño en el Sur, momento en que el sol toca el punto vernal y la rueda de las estaciones reinicia su rotación. Esa fecha, mirada desde la antigüedad, también se corresponde con el año astrológico, porque entre el 20 y el 21 de marzo el sol toca el cero grado de Aries (punto vernal), que es el primer signo del zodíaco y de ahí comienza a  avanzar sobre los signos restantes, determinando el ciclo mensual.
A mí, particularmente, me llama la atención el componente de factura astrológica que propone  considerar Año Nuevo el día del cumpleaños personal. En realidad, es a cada año de estar sobre la tierra que cada uno de nosotros llega a un Año Nuevo. Con ello, se multiplica la fiesta, pues mientras esperamos la celebración del primero de enero con todos los cristianos de este mundo, vamos festejando el cumpleaños de hijos, hermanos, padres, amigos y cuánta gente nos llame a brindar por el maravilloso día en que le fue abierta la luz del universo.

jueves, 23 de abril de 2015

A cincuenta años de la Marcha de Selma

Por Gabriel Cartaya



     El Presidente Barack Obama recordó el sábado pasado el 50 aniversario de la Marcha de Selma, ocurrida en marzo de 1965. Es justo, por todo lo que significó la chispa  encendida en Alabama, para que unos meses después se aprobara en Estados Unidos una ley que otorgó a la raza negra el derecho a votar en las ­elecciones de su país.
Después de abolida la esclavitud (1865), ese derecho tuvo que esperar todavía cien años, porque la constitución  tuvo la paradoja fundacional de crear una nación libre con mano de obra esclava, y después mantener la más violenta persecución y abuso sobre una de las razas que componen el espectro multiétnico estadounidense, y a la vez proclamarse como el epicentro de la libertad.
     La evidente sinceridad con que el Presidente habló sobre la Marcha de Selma en el
mismo lugar donde se produjo, está enriquecida porque a la comprensión intelectual del proceso histórico que ha determinado el crecimiento de la nación, se suma la orgullosa asunción de los orígenes compartidos con una raza cuyo nivel de marginación no está aún totalmente rebasado. 

     Al borde del mismo puente que atravesaron los manifestantes en 1965, el primer Presidente afroamericano de Estados Unidos llamó la atención sobre lo que consideró el “error común de sugerir que el racismo ha desaparecido, que el trabajo realizado por los hombres y mujeres de Selma ha terminado”. La expresión de Obama se corresponde con una realidad que él mismo está luchando por trasformar y que tiene hilos visibles de conexión con las presiones de oposición que experimenta en su ejercicio presidencial, alimentadas por intereses de partido, grupo o persona, puestos por encima de los requerimientos de la nación.
     Recordar los detalles de aquellas tres marchas pacíficas organizadas por Martin Luter King en marzo de 1965, cuando se propusieron salir de Selma, atravesar el puente Edmund Pettus y llegar a Montgomery -capital de Alabama-, para exigir el derecho de la raza negra  a ser partícipe activa de la nación, condenar la represión sanguinaria con que el poder reaccionó a la solicitud pacífica de la población negra y exaltar el valor de King y quienes le acompañaron, es un comportamiento  de  gratitud ciudadana. Pero volver a un acontecimiento –como hizo el Presidente Obama al llegar a Selma- orientando la memoria hacia la comprensión de lo que nos falta cambiar en el mundo de hoy, es pedirle a la historia una herramienta práctica para enfrentar el presente. Es tal vez el sentido con que el congresista John Lewis –participante heroico de aquellos acontecimientos- dijo en el acto del pasado sábado: “Barack Obama es lo que se esperaba al otro lado del puente de Selma”.
     Esas ideas acompañaron a Martin Luter King cuando la tercera marcha logró llegar a la capital del estado,  el 24 de marzo de 1965, al decir para siempre: “El arco del universo moral es largo, pero se inclina del lado de la justicia”. Cinco meses después, el Presidente Lyndon  Jhonson firmó la ley que abría el derecho al voto de los afroamericanos.
A muchos le parecía entonces que el anhelo de un grupo de personas, cruzando un puente para  exigir pacíficamente el fin de la discriminación racial, podría ser inútil. Sin embargo, de allí brotó un caudal indetenible que, a fuerza de sereno valor, no sólo consiguió las metas inmediatas que entonces se propuso dentro de Estados Unidos, sino que con su ejemplo  arrastró a millones de personas en el planeta  a luchar por vivir en un mundo mejor.

jueves, 26 de febrero de 2015

Liceo Cubano de Ybor City: el lugar del discurso


Por Gabriel Cartaya

En los últimos días, varias personas me han preguntado por el lugar donde José Martí pronunció el brillante discurso “Con todos y para el bien de todos”, el 26 de noviembre de 1891, en su primera visita a Tampa.  Generalmente, quienes interrogan  especifican haber recibido una información imprecisa y no siempre coincidente.
    Casi todos los que visitan a Ybor City, especialmente los cubanos, quieren conocer los lugares que se relacionan con la presencia  de José Martí en ella. Al detenerse frente al Círculo Cubano, en la esquina de Palm Avenue y la calle 14 (República de Cuba), algunos, al contemplar el busto del Apóstol,  identifican el sitio como el lugar donde se produjo la impactante disertación.
    La historicidad de la famosa escalinata de hierro procede de la fotografía donde  José Martí aparece rodeado de muchos pobladores de Ybor City. Seguramente, desde este lugar habló varias veces, en sus múltiples visitas a la fábrica de Martínez Ybor, pero lamentablemente no se conservan esos discursos. Si contamos con los textos “Con todos y para el bien de todos” y “Los Pinos Nuevos”, es gracias a la trascripción taquigráfica realizada por Francisco María González, quien vino de Cayo Hueso para ese propósito.
En realidad, los dos discursos fueron  pronunciados en El Liceo Cubano: el 26 de  noviembre, invitado por el Club Ignacio Agramonte, y el 27, en el acto que organizó la Liga Patriótica Cubana por el 20 aniversario del fusilamiento de los estudiantes de Medicina. Es una afirmación conocida y creo que la confusión se produce cuando se  identifica al Liceo con el Círculo Cubano. El vínculo mental entre los dos lugares fue enriquecido con una anécdota: según han contado testigos, estando Martí rodeado de muchos compatriotas en el Liceo Cubano, abrió los brazos y dijo: Esto no es un liceo, esto es un círculo, un círculo de cubanos.
Liceo Cubano de Ybor City
En realidad, desde el nacimiento de Ybor City en 1886, comenzaron a aparecer distintas organizaciones de cubanos, esencialmente de motivación patriótica. En 1890, los dirigentes más visibles en la comunidad, guiados por Ramón Rivero, convocaron a crear un espacio al que pudieran asistir las diversas agrupaciones. Así nació el Liceo Cubano, que quedó constituído en marzo de ese año, bajo la presidencia de Gonzalo Pérez de Guzmán.
    El local que albergó al Liceo Cubano fue el edificio de madera que Martínez Ybor había donado a los trabajadores. Fue la primera edificación que mandó a levantar el industrial y que utilizó para almacenamiento y despalillado del tabaco, mientras inauguraba la fábrica de ladrillos de la calle 14. Al Liceo se integraron varias agrupaciones de cubanos, atraídos por la idea de contribuir a la independencia de Cuba.
Es a este lugar, situado en la 7.ª  Avenida, entre las calles 12 y 13, donde llega José Martí la noche del 26 de noviembre de 1895, a decirle a un público impresionado: “Yo quiero que la ley primera de la república sea el culto de cada cubano a la dignidad plena del hombre”. Por primera vez un líder explicaba para qué era la guerra y la razón de la independencia, nunca un fin en sí mismas, sino un medio para fundar una república democrática, “con todos y para el bien de todos”.
¿Qué pasó después con el Liceo y por qué se identifica con el Círculo Cubano? Realmente este organismo desapareció al terminar la Guerra de Independencia. Después de proclamarse la paz, Tomás Estrada Palma, como Delegado del Partido Revolucionario Cubano, llamó a la disolución de los órganos representantivos del independentismo cubano. “Los Clubs, los Cuerpos de Consejo y las Agencias en el exterior, ya no tienen razón de ser”, dice una parte del comunicado que hizo llegar a todos los lugares.
Curiosamente, es en Tampa donde se hace más resistencia a la orden de disolver esas organizaciones. La Delegación de esta ciudad hace constar en un acta que “mientras no sea constituida la República forjada en la mente del Apóstol José Martí, los que fueron afiliados del Partido no podrían entregarse al descanso”.
Pronto se extrañó a aquellos clubes, a las reuniones públicas, a espacios de recreo social y ayuda mutua, y comenzaron a crearse nuevamente. Pero entonces prevalecieron, penosamente, determinadas normas y leyes que afloraban en la sociedad del entorno, en un espacio impactado por la mentalidad racial del Sur de los Estados Unidos, donde los afroamericanos vivían separados de los blancos y creaban sus  propias asociaciones. La historiadora y profesorea universitaria Maura Barrios, en su ensayo “José Martí se topa con Jim Crow: cubanos en el sur”, ha valorado este fenómeno con mucha agudeza.
En aquellas circunstancias se empiezan a crear asociaciones que de alguna manera copian los modelos raciales que le rodean. Así, el 10 de octubre de 1899 se funda el Club Nacional Cubano, en la calle 14, destinado a miembros de la raza blanca. Allí nombraron a Pepillo Rivero como su primer Presidente. Tres años más tarde, con la presidencia de Eladio Paula, comienza a llamarse Círculo Cubano. Es el lugar donde sigue hoy, aunque el edificio actual fue construido en 1917, para sustituir al que fue destruido por un incendio.
A su vez, comienzan a producirse reuniones entre cubanos de la raza negra, quienes deciden crear en 1900 una asociación, a la que llamaron “Librepensadores de Maceo”.   José Isabel Ramos fue el primer Presidente y Ruperto Pedroso una de las figuras que más influyó en su fundación. Más tarde comenzaron a nombrarla “Librepensadores de Martí y Maceo”, una paradoja evidente porque se juntan bajo la imagen de un hombre que procede de la raza blanca y otro de la raza negra, ambos defensores de la igualdad racial. Más tarde el nombre fue derivando al que ocupa en nuestro tiempo -Sociedad Martí Maceo-, y por suerte, hoy sin miramientos al color de la piel.
Curiosamente, el edificio  original de la 7.ª Avenida, donde estuvo el Liceo Cubano, también despareció por la voracidad de las llamas. Y aunque recordar las palabras luminosas de Martí frente a la escalinata de la Calle 14, o donde estuvo la casa de Paulina Pedroso en la 8.ª Avenida,  es enteramente legítimo, sería bueno que una placa conmemorativa fuera situada en el edificio actual de la 7.ª Avenida, para que los pinos nuevos de todos los tiempos puedan leer, en “Con todos y para el bien de todos”, el ideal de patria que por más de un siglo llevamos dentro.

José Martí: la fotografía de Tampa

Por Gabriel Cartaya


Miles de veces se ha publicado la fotografía donde aparece José Martí entre un grupo de emigrados cubanos, en Ybor City, Tampa. Cada vez que un artículo, ensayo o libro ha requerido una imagen que ilustre el paso del héroe americano por esta ciudad, o incluso su tiempo en Estados Unidos, se ha acudido a ella. Si el tema se ha concentrado en su simpatía por los obreros, por las fuerzas trabajadoras, se ha incluído este retrato y generalmente al pie se ha indicado que el Apóstol está rodeado de tabaqueros.
Y siempre que se habla de los vínculos históricos entre Tampa y Cuba, la página más emotiva, la dedicada a exhaltar las visitas y los discursos del líder apasionante, está recreada con ese grupo que se detuvo en la escalinata de la fábrica de tabacos de Martínez Ybor, a tomar un daguerrotipo para la historia Hoy la escalinata se ha multiplicado en miles de fotografías, pues más de cinco generaciones, al visitar el lugar, han querido rendir homenaje al instante que la hizo famosa, oprimiendo el obturador de su cámara para dejar constancia de su paso por el lugar. Pero el objetivo de este breve comentario es ofrecer algunas precisiones que puedan ampliar el conocimiento que tenemos sobre la histórica fotografía y a su vez invitar a que, si alguien tiene un nuevo detalle, nos lo haga saber.
¿Y dónde mejor que en Tampa para asomarse a la totalidad de esa imagen? ¿Quién sabe si en ella está presente el ­bisabuelo, o tatarabuelo, de alguien que aún vive  entre nosotros? Lamentablemente, en el momento de la primera impresión, no se consignaron los nombres de todos los presentes y sólo conocemos el que corresponde a figuras muy destacadas.  
Después de Martí, que posa de pie, en el centro, en el último escalón, la figura que más sobresale es la del General espirituano Serafín Sánchez, el tercero a la derecha del Apóstol y cuya elegante personalidad se destaca en el entorno. Al parecer, el que está a la izquierda de Serafín es José Dolores Poyo y entre éste y Martí, un paso hacia atrás, el joven Eligio Carbonell, quienes constituían una especie de Presidencia de la ­reunión, por los cargos que ocupaban en la dirección del recién creado Partido Revolucionario Cubano. También existe referencia documentada sobre la presencia de Esteban Candau en la fotografía, pero no conozco otra imagen suya que ayude a la identificación. Candau era Presidente de la Liga Patriótica Cubana y ocupó diversos cargos en la vertebración del Partido, entro otros el de Presidente del Club “Cubanos Independientes”. Lo que sí me llama la atención es que no esté en la fotografía el General Carlos Roloff, quien estuvo acompañando a Martí en esos días.
La referencia más antigua que conozco sobre esta fotografía corresponde a la revista “Cuba y América”, Volumen IV, núm. 87, La Habana, 1900. Esa publicación  nos ofrece tres detalles importantes: menciona los cuatro nombres citados y nos  informa que el fotógrafo fue el cubano José María Aguirre. Creí que podría tratarse del general del mismo nombre, quien murió en la guerra en 1896, pero todo parece indicar que que estaba en Cuba en ese tiempo. Un tercer dato ofrecido por la publicación de 1900 es la fecha del retrato, ubicándolo en 1893, información que se repite en todas las fuentes consultadas.
Sin embargo, opino que corresponde a 1892, basándome en el siguiente argumento. He mirado detenidamente todas las visitas que hizo Martí a Tampa en 1893, los días que se detuvo en ella, los recorridos en la ciudad y las salidas a Cayo Hueso, Ocala, Jacksonville. En ninguna de ellas le está acompañando Serafín Sánchez, quien vive desde el año anterior en Cayo Hueso, después de abandonar el largo exilio en Dominicana y haber pasado unos días en Nueva York.
Sin embargo, en julio de 1892 sí están juntos en Ybor City los cinco hombres que se identifican en la fotografía: José Martí, Serafín Sánchez, José Dolores Poyo, Eligio Carbonell y Esteban Candau. El 16 de julio llegan al puerto de Tampa, procedentes del Cayo, Martí, Serafín, Roloff y Dolores Poyo. Fueron cinco días de mucho fervor y utilidad.  El 17, por el día, visitan varios clubes y por la noche Martí pronunció un discurso en el Liceo Cubano.  Al día siguiente, el Alcalde Herman Glogowski les invita a recorrer lugares significativos de la ciudad. El 19 y 20 continúan visitando fábricas, clubes revolucionarios, cuerpos de consejo, uniendo voluntades. El 21, a las cinco de la mañana, Martí sigue para Ocala, acompañado por Serafín, Roloff y Poyo. En alguno de esos cinco días, durante una visita a la fábrica de Martínez Ybor, José María Aguirre debió tomar el retrato que se hizo inmortal.
La fotografía que nos ocupa también fue utilizada para un acercamiento a la estatura física de Martí, mediante un estudio comparativo entre los escalones de hierro y su ubicación, concluyendo que medía aproximadamente 167.5 centímetros (5.49 pies, 65.94 pulgadas), con un rango de error estimado entre 5 y 10 milímetros.
Es común que los visitantes al lugar pregunten si esa  escalinata de hierro es la original. Indagando sobre ello y alertado por un comentario que hace un tiempo me hizo Emiliano Salcines, encuentro la siguiente información: Según el documento oficial FL-270, del “Historic American Buildings Survey”, de 1973, la superficie de los escalones fue trasladada a Cuba después de la Guerra de Independencia. Y en el libro A Guide to Historic Tampa, Steve Rajtar afirma que el pequeño techo y las columnas originales también fueron llevadas a la isla. Pero la escalera de hierro es la misma que iluminó la fotografía tampeña del Apóstol.                        A veces nos preguntamos por qué es tan escasa la iconografía martiana, que sólo alcanza a 42 fotografías conocidas. Creo que es una prueba más de su humildad. Una anécdota de la tradición oral así lo refleja. Cuando en Cayo Hueso, en 1894,  Antonio J. Estévez le hizo el retrato donde aparece al lado de su amigo Fermín Valdés Domínguez, le sugirió al líder que no dejara de tomarse fotografías cuando llegara a Cuba. La respuesta de José Martí fue impresionante: “Allá no vamos a retratarnos, sino a morir”.

viernes, 19 de diciembre de 2014

Eduardo Manrara, “el titán financiero de Tampa”

           
Por Gabriel Cartaya

Al caminar por las calles de Ybor City, esencialmente por la calle Séptima, se percibe el fulgor de una ciudad centenaria cuya historia nos llama a su recuerdo en cada esquina. Tanto lugareños como turistas mencionan, a su paso, el nombre cuyo apellido se fundió para siempre con este lugar.  A su vez, otros nombres van resultando obligatorios en el recorrido por sus calles, entre ellos el de José Martí.  Pero pocas veces se logra oir el nombre de Eduardo Manrara, a no ser cuando se entra al museo y se distingue su imagen al lado de Martínez Ybor y otros tres fundadores. Sin embargo, Manrara fue un hombre decisivo en el nacimiento de este hermoso pueblo y de gran influencia en el desarrollo de la ciudad de Tampa.

Probablemente, el silencio injusto alrededor de su figura, tenga relación con el hecho de no haber sido una figura visible en el proyecto revolucionario cubano o en el rumbo de la política de la ciudad.

Eduardo Manrara procede de Camagüey, Cuba, donde realizó sus primeros estudios. Sus dotes para las matemáticas lo inclinaron al trabajo bancario, donde demostró grandes habilidades para las finanzas. Por esta orientación, llegó a ser el principal aliado de Vicente Martínez Ybor, español que se convirtió en los inicios de la segunda mitad del siglo XIX en uno de los grandes propietarios de fábricas de tabaco en La Habana.

Eduardo Manrara
Hacia 1872 y con 30 años de edad – en medio de la Guerra Grande –,  Manrara se encontraba trabajando en un banco en La Habana, cuando entró Martínez Ybor a realizar una operación bancaria.  Según una anécdota que me ha contado Wallace Reyes, Manrara pasó la vista por la enorme cantidad de números alineados en los papeles del cliente y le dijo: Las cuentas están mal y los errores van en contra suya. En la inmediata verificación, la razón estaba de parte del empleado del banco.

A la semana siguiente, Ybor lo citó a su oficina y fue al grano: Le ofrezco cien veces lo que le paga el banco, para que trabaje conmigo. Más nunca se separaron y cuando en 1896 el viejo español estaba al borde de la muerte, le enseñó al amigo sus últimos números, correspondientes a su testamento. Manrara miró impávido la cifra: el 75 por ciento de la fortuna amasada en la producción de tabacos, se destinaba a su nombre. Quiso protestar y el moribundo explicó la razón: Esto se ha hecho gracias a ti y sólo en tus manos se conservará lo que nos ha costado toda una vida.

La historia que los unía era larga. Cuando a Martínez Ybor le estaban vigilando por simpatías hacia la causa cubana,  fue Manrara quien le sugirió el camino de Cayo Hueso y quien lo acompañó al irse de Cuba. En todo el proceso de adquisición de inmbuebles y montaje de las fábricas en el Cayo, en la ­selección de los trabajadores, en la organización de la producción y comercialización, y esencialmente en todo el control financiero, la presencia del cubano fue decisiva.

Cuando el negocio de Martínez Ybor se extendió a Nueva York, Manrara se ocupó de su control, por lo que tenía que hacer constantes viajes a ella. Por esa razón, se desmontó varias veces en el puerto de Tampa, para tomar el barco a una ciudad o el tren a la otra. De manera que, antes que Ybor, conocía el encanto alrededor de esta bahía y su opinión fue importante en la decisión de trasladar la fabricación de tabacos a ella.
Naturalmente, estuvo al lado de Ybor en el primer viaje a Tampa y juntos negociaron los terrenos, levantaron los almacenes, la fábrica “El Príncipe de Gales”, las casas de los trabajadores y toda la obra realizada para la existencia de una comunidad de tabaqueros que se convirtió en una floreciente ciudad.

Manrara también contribuyó grandemente a la modernizacion de la ciudad. A él correspondió la incorporación del primer medio de transporte sin tracción animal, al encargar a Nueva York un automóvil de vapor. Cuenta Emilio del Río en su libro Yo fuí uno de los fundadores de Ybor City, que resultó difícil arrancar aquel carro, pues nadie conocía su funcionamiento: “Entonces Alfredo Fernández se puso a trabajar en él, logró ponerlo en movimiento y lo manejó”. Era bien complicado porque se requería encender un mechero y calendar el agua hasta que saliera el vapor. Dice Del Río que Manrara “sudaba la gota gorda cada vez que lo sacaba a la calle”, pero inauguró el camino del automóvil en Tampa.

Valdría la pena investigar todo el aporte que hizo aquel enérgico industrial cubano, no sólo por el peso que tuvo en toda la obra presidida por Vicente Martínez Ybor, sino también en el acelerado crecimiento económico, arquitectónico y cultural de la ciudad de Tampa. Al morir, en 1896, el gran amigo, a cuyo negocio consagró su vida, continuó  incrementando la fortuna heredada y a principios del siglo XX se dice que era el hispano más acaudalado en Estados Unidos, contabilizando unos 40 millones de dólares.

El 2 de mayo de 1912, con 70 años de edad, dejó de existir físicamente el cubano-tampeño Eduardo Manrara. La muerte lo alcanzó en Gotham, Nueva York, acompañado de una familia creada con amor: la esposa, una hija y cuatro hijos. Al desaparecer “el titán financiero de Tampa”, como alguien le había nombrado con justicia, comenzaría a declinar la empresa que aquel hombre había hecho florecer. Pero quedaba, para la historia, todo el símbolo que encierra cada ladrillo rojo, moldeando la imagen de los grandes fundadores que edificaron la urbanización donde vivimos y amamos. Con esos sentimientos, deberíamos fundar en la ciudad que tanto le debe, un parque, una biblioteca, algún lugar con el nombre de Eduardo Manrara. Para que al explicar  a alguien cómo un hombre logró con su trabajo honrado llegar a ser quien fue, eduquemos con un buen ejemplo.