jueves, 7 de mayo de 2015

El Día de las Madres

Por Gabriel Cartaya

La consagración de un día del año a rendir homenaje simbólico a un acontecimiento, deidad, afiliación, personaje u otro motivo, aparece desde los tiempos remotos en que se registra la historia de la humanidad.
Pero tal vez ninguno sea más extendido que el dedicado a expresar la veneración que despierta el ser que nos trajo al mundo. Por eso cada muestra de homenaje a la madre, desde la antigüedad hasta hoy, entraña el motivo de celebración más universal e inclusivo.
Sin embargo, no existe una fecha común para rendir reverencia al emblema materno y a través de los tiempos, en diferentes países o regiones, se ha ido afirmando una fecha propia. Asimismo, han sido diversas las imágenes para la revelación de este tributo. Los antiguos griegos lo expresaban en el culto a Rea, madre de Zeus, Poseidón y Hades, mientras los romanos eligieron a Cibeles, diosa de la madre tierra y símbolo de fertilidad.
Con la aparición del cristianismo y su expansión por occidente, se introdujo el culto a la Virgen María, fijada su celebración el 8 de diciembre, fecha que  algunos países, como Panamá,  han ­destinado al Día de las Madres.
Honrar la presencia de la madre fue también una costumbre enraizada en  las culturas que poblaron la Mesoamérica precolombina. Una de ellas, la azteca, rendía culto a la madre de su dios Huitzilopochtli, la diosa Coyolxauhqui o Maztli, representada por la luna. Los aborígenes rendían especial tributo a esta deidad, a la que consagraban hermosas esculturas en oro y plata, revelando con un esmerado nivel artístico su profunda veneración a la maternidad.
Actualmente sobreviven muchos elementos autóctonos y comunes en la celebración del Día de las Madres en Hispanoamérica, a la que sus diferentes países consagran una fecha específica del calendario anual, sin atender al día de la semana.  México, Guatemala y El Salvador  lo festejan cada 10 de mayo, mientras  Paraguay eligió el 15, Bolivia el 27 y Nicaragua el 30 de este quinto mes del año.
Otros países, sin embargo, no lo hacen en mayo. Para los argentinos el tercer domingo de octubre es su Día de las Madres, mientras los costarricenses decidieron celebrarlo el 5 de agosto.
A los Estados Unidos vino la tradición desde Inglaterra, donde se aprecia, desde el siglo XVII, la costumbre de llamar Día de la Madre al domingo libre concedido a los siervos o empleados, para que cada uno pudiera visitar la suya, en cuya figura se concentra el sentido de la familia.
Seguramente esa raigambre influyó en la iniciativa de la escritora británica Julia Ward Howe, principal impulsora de una manifestación pacífica en Boston, en 1872, para reunir a las madres que sufrían por la ausencia de los hijos que habían sido llamados a servir en el ejército. Aunque las celebraciones bostonianas no se afincaron en la tradición, resultaron un antecedente para que en 1907, en Virginia, naciera la propuesta de establecer un día del año para rendir homenaje a las madres. 

Pablo Picasso. Maternidad, 1905


A Ana Jarvis,  una ama de casa muy conmovida con la muerte de su mamá, le cupo el mérito de hacerse oír al desatar  una campaña nacional, dirigiéndose a maestros, religiosos, políticos, abogados y cuantos quisieran oír, con la propuesta de dedicar un día del año a rendir homenaje a las madres.  Le puso tanto corazón, que su mensaje fue aprehendido en poco tiempo por toda la nación.
La práctica se hizo tan generalizada, que el 8 de mayo de 1914, el presidente Woodrow Wilson firmó la proclamación del Día de las Madres como fiesta nacional, una celebración que a partir de entonces quedó establecida para el segundo domingo del mes de mayo.
Seguramente, el segundo domingo de mayo de 1915 fue la primera celebración aguardada del Día de las Madres, por lo que hoy asistimos al centenario de una de las costumbres más hermosas atesoradas por la humanidad.
La idea cruzó los mares y actualmente unos 40 países festejan el Día de las Madres en esta fecha.
España, por su parte, lo celebra el primer domingo de mayo e Inglaterra tiene su  “Mothering Sunday” el cuarto domingo del tiempo de Cuaresma. Pero si tomamos en cuenta los países que eligieron el segundo domingo de mayo para el Día de las Madres, donde se incluye a la vasta población china, es esta fecha la más universal para expresar a cada madre, física o espiritualmente presente, el eterno amor que merece.
En una frase de la sabiduría hindú encuentro la razón primigenia para tan justa devoción: Dios no podía estar en todas partes: por eso le dio a cada familia una madre


Paulina Pedroso, "muy señora en su alma"

Por Gabriel Cartaya

Es difícil detenerse en el “Parque Amigos de José Martí”, en Ybor City, sin pensar en un matrimonio de emigrados cubanos, de raza negra, que levantaron su casa en este lugar y dieron en ella amoroso hospedaje al Apóstol cubano. Ellos, Ruperto Pedroso y Paulina Hernández (más conocida con el apellido del esposo), legaron sus nombres a la posteridad. La razón es que ambos fueron muy activos en la comunidad cubana asentada en Ibor City a finales del siglo XIX y estuvieron muy vinculados al paso y obra de José Martí en esta ciudad.
      No se por qué elección caprichosa de la historia, Paulina ha absorbido casi toda la atención de los cronistas que se han asomado a este momento de la vida de Martí, disminuyendo la figura del esposo, quien sólo se menciona como complemento de la biografía de ella. Paulina ha merecido diversos artículos y un libro con un título privilegiado –La madre negra de José Martí–, con cuya lógica bien podría ser Ruperto  el padre negro del héroe, si se tiene en cuenta que ambos contribuyeron por igual con las atenciones que en su casa recibió el líder cubano.
      De todos modos, algunos cariños filiales encontró Martí en el camino de su vida, que le aliviaron la distancia de sus padres legítimos. Creo que acercar a Paulina al título de madre viene más del impulso fascinado en mostrar la postura antiracista del Maestro, que con la atención maternal directa que pudo expresarle una mujer que era 14 años mayor que él y lo vio sólo unos días.
      Claro que a la nominación contribuyó ella misma, al confesar que Martí le había obsequiado una fotografía, en cuya dedicatoria estaba escrito: “A mi madre negra”, afirmación que cobró fuerza en el registro de veneración martiana desde prenderse en la portada de un libro.
      Desde mi criterio, tanto Paulina como Ruperto merecen un mismo sitial en la historia y ser recordados cada vez que alguien se acerca al “Parque Amigos de Martí”. La primera razón nos la da el mismo Martí, al dejarnos dicho la confianza y afecto que tomó al matrimonio: “Ni a Paulina ni a Ruperto los recuerdo nunca sin que sienta una sonrisa en el corazón”.
      Hay otras referencias de Martí a Paulina y Ruperto, en notas que les escribe cuando alguien muy cercano a él viaja a Tampa en labores del Partido Revolucionario Cubano. Cuando va Fermín Valdés Domínguez, le pide a ella: “Prepárale la cama y quiérelo mucho. Él te lleva la música. Y dime que quiere a alguien más que a ti. Tu amigo, J. Martí”.
     Pero la más conmovedora es la carta que les hace después del fracaso de Fernandina, cuando la guerra está al comenzar y se requiere recuperar los recursos perdidos. Es una carta enviada con Gonzalo de Quesada, en la que se adivina toda su desesperación: “Yo, Uds. lo saben, estoy levantando la Patria a manos puras (…) Si es preciso, háganlo todo, den la casa. No me pregunten. Un hombre como yo, no habla sin razón este lenguaje”.
Ellos complacieron a Martí e hipotecaron la casa, un ejemplo de sacrificio extremo, sólo posible por la convicción que en ellos despertó la palabra de aquel hombre en quien miraron un Apóstol.
     Gracias a la historiadora cubana Josefina Toledo conocemos muchos datos de la procedencia y obra de Paulina Pedroso, pues dedicó años a la investigación para su libro La madre negra de José Martí. Por ella sabemos que nació de padres esclavos en Consolación del Sur, provincia de Pinar del Río. Hernández es el apellido recibido de los dueños esclavistas. A finales de la década de 1970 emigra a Cayo Hueso, donde se casa con Ruperto, negro como ella y también procedente de Cuba.
Cuando comienza el auge de las fábricas de tabaco en Ybor City, el matrimonio se traslada para Tampa y con ahorros que había hecho Ruperto en un restaurante que montó con mil sacrificios, construyó la casa de madera en la Séptima Avenida, entre las calles 13 y 14, con algunos cuartos para huéspedes.
La casa de los Pedroso en Ybor City
     Tanto Ruperto como Paulina se incorporan a las actividades patrióticas de los cubanos en Ybor City y al conocer al líder cubano, en noviembre de 1891, se entusiasman con su discurso, identificados con el ideal de patria que él promueve.
      Cuando Martí se hospeda en casa de los Pedroso, el 16 de diciembre de 1892, un matancero de la raza negra  llamado Valentín Castro Córdova, acompañado de un hombre blanco, le brinda una copa de vino Mariani. Ante el sabor  extraño y el deseo de vomitar, llamaron al médico Barbarrosa y comprendieron que fue un intento de asesinato por envenenamiento. En aquellas circunstancias, la atención y cuidados prodigados por Paulina y Ruperto a Martí, alcanzaron la magnitud del tratamiento a un hijo.
    En los años preparatorios de la guerra por la independencia de Cuba, Paulina y Ruperto estuvieron entre los más fervientes contribuyentes a esa causa y sufrieron, como tantos cubanos, con la tragedia de Dos Ríos. Se conservan unas palabras escritas por Paulina en el primer aniversario de la muerte de su mejor huésped: “Martí, / Te quise como madre, te reverencio como cubana, / Tú fuiste bueno: a ti deberá Cuba su Independencia”.
     Al terminar la guerra a la que tanto ayudaron, no corrieron a Cuba a pedir algo a cambio de su gran sacrificio. Continuaron su vida en Ybor City con toda humildad y recuperaron su hogar. El nombre de Ruperto aparece en la fundación de la Sociedad Martí-Maceo, cuando afloran posiciones raciales de agrupación que se alejaban de los postulados martianos por los que habían luchado.
     Después hay pocos datos sobre ellos. No se conoce con exactitud la fecha en que regresaron a su país raigal. He encontrado en las Actas de la Cámara de Representantes de Cuba, correspondientes a febrero de 1905, una referencia a Paulina Pedroso. Es una “Proposición de Ley para auxiliar a la amiga del gran José Martí, a la Señora Paulina Pedroso”.  En la discusión que se produce alrededor de la propuesta, un delegado pide “socorrer a esa infeliz señora” que está viviendo en la pobreza. Se decide pedir un informe al Cónsul de Cuba en Tampa para verificar su estado. En una sesión siguiente se da lectura al “Dictamen de la Comisión de Presupuesto al Proyecto de Ley, concediendo un crédito de 3.000 para la señora Paulina Pedroso”.  Es curioso que en esa sesión se negó una solicitud hecha a favor de la viuda del general Flor Crombet y otra hacia familiares de Martí.
     Después de esa fecha, las referencias que aparecen de Paulina son las de su muerte. Tal vez regresó a Cuba con su esposo antes de terminarse la primera década del siglo XX. Seguramente los enfrentamientos raciales de 1912, donde tal vez el propio Ruperto fue una víctima, debieron dañarle profundamente.
     La mujer que hipotecó su casa en Ybor City a favor de una patria “con todos y para el bien de todos”, vivió sus últimos días en la pobreza, casi ciega y enferma, en un pequeño apartamento de la calle Corrales, en La Habana. Cerró los ojos a los 74 años, el 21 de mayo de 1913, a dos días del aniversario de la muerte de Martí. El diario La Discusión dio la noticia, informando que se depositaba en la tumba con una banderita  cubana y el retrato de Martí,  regalados a ella en Tampa por el querido  Maestro.
     A más de un siglo de distancia, cuando nos acercamos al sitial histórico donde estuvo su casa, la sentimos flotar envuelta en la bandera cubana, “negra de color y muy señora en su alma”.

jueves, 23 de abril de 2015

A cincuenta años de la Marcha de Selma

Por Gabriel Cartaya



     El Presidente Barack Obama recordó el sábado pasado el 50 aniversario de la Marcha de Selma, ocurrida en marzo de 1965. Es justo, por todo lo que significó la chispa  encendida en Alabama, para que unos meses después se aprobara en Estados Unidos una ley que otorgó a la raza negra el derecho a votar en las ­elecciones de su país.
Después de abolida la esclavitud (1865), ese derecho tuvo que esperar todavía cien años, porque la constitución  tuvo la paradoja fundacional de crear una nación libre con mano de obra esclava, y después mantener la más violenta persecución y abuso sobre una de las razas que componen el espectro multiétnico estadounidense, y a la vez proclamarse como el epicentro de la libertad.
     La evidente sinceridad con que el Presidente habló sobre la Marcha de Selma en el
mismo lugar donde se produjo, está enriquecida porque a la comprensión intelectual del proceso histórico que ha determinado el crecimiento de la nación, se suma la orgullosa asunción de los orígenes compartidos con una raza cuyo nivel de marginación no está aún totalmente rebasado. 

     Al borde del mismo puente que atravesaron los manifestantes en 1965, el primer Presidente afroamericano de Estados Unidos llamó la atención sobre lo que consideró el “error común de sugerir que el racismo ha desaparecido, que el trabajo realizado por los hombres y mujeres de Selma ha terminado”. La expresión de Obama se corresponde con una realidad que él mismo está luchando por trasformar y que tiene hilos visibles de conexión con las presiones de oposición que experimenta en su ejercicio presidencial, alimentadas por intereses de partido, grupo o persona, puestos por encima de los requerimientos de la nación.
     Recordar los detalles de aquellas tres marchas pacíficas organizadas por Martin Luter King en marzo de 1965, cuando se propusieron salir de Selma, atravesar el puente Edmund Pettus y llegar a Montgomery -capital de Alabama-, para exigir el derecho de la raza negra  a ser partícipe activa de la nación, condenar la represión sanguinaria con que el poder reaccionó a la solicitud pacífica de la población negra y exaltar el valor de King y quienes le acompañaron, es un comportamiento  de  gratitud ciudadana. Pero volver a un acontecimiento –como hizo el Presidente Obama al llegar a Selma- orientando la memoria hacia la comprensión de lo que nos falta cambiar en el mundo de hoy, es pedirle a la historia una herramienta práctica para enfrentar el presente. Es tal vez el sentido con que el congresista John Lewis –participante heroico de aquellos acontecimientos- dijo en el acto del pasado sábado: “Barack Obama es lo que se esperaba al otro lado del puente de Selma”.
     Esas ideas acompañaron a Martin Luter King cuando la tercera marcha logró llegar a la capital del estado,  el 24 de marzo de 1965, al decir para siempre: “El arco del universo moral es largo, pero se inclina del lado de la justicia”. Cinco meses después, el Presidente Lyndon  Jhonson firmó la ley que abría el derecho al voto de los afroamericanos.
A muchos le parecía entonces que el anhelo de un grupo de personas, cruzando un puente para  exigir pacíficamente el fin de la discriminación racial, podría ser inútil. Sin embargo, de allí brotó un caudal indetenible que, a fuerza de sereno valor, no sólo consiguió las metas inmediatas que entonces se propuso dentro de Estados Unidos, sino que con su ejemplo  arrastró a millones de personas en el planeta  a luchar por vivir en un mundo mejor.

viernes, 3 de abril de 2015

Tampa y la polémica entre Martí y Collazo


Por Gabriel Cartaya


A principios de 1892, cuando José Martí está comenzando a organizar a los patriotas cubanos de la emigración y dando los primeros pasos en la creación del Partido Revolucionario Cubano, se produjo un incidente que pudo dañar duramente su imagen como líder político de aquel movimiento. Fue la carta publicada por el Comandante Enrique Collazo en un periódico de La Habana y firmada por otros tres oficiales del Ejército Libertador (José María Aguirre, Francisco Aguirre, Manuel Rodríguez). En dicha misiva se condenaba con epítetos llegados hasta la ofensa al hombre que comenzaba a ganar un alto prestigio como guía principal de la revolución cubana.

La carta de Collazo se escribe como reacción a un fragmento del discurso que Martí pronunciara en Ybor City el 26 de noviembre de 1891, en el que hace alusión a Ramón Roa, un veterano de la Guerra Grande. Roa  había  publicado  el libro A pie y descalzo, donde se exponían con crudeza las penurias que la vieja generación había padecido en los diez años de guerra. Martí consideró que aquella exposición podía crear un clima inapropiado en el momento de estar llamando al reinicio de la epopeya bélica.

El párrafo del discurso que provocó la polémica fue el siguiente:

“¿O nos ha de echar atrás el miedo a las tribulaciones de la guerra, azuzado por gente impura que está a paga del gobierno español, el miedo a andar descalzo, que es un modo de andar ya muy común en Cuba, porque entre los ladrones y los que los ayudan, ya no tienen en Cuba zapatos sino los cómplices y los ladrones? -Pues como yo sé que el mismo que escribe un libro para atizar el miedo a la guerra, dijo en versos, muy buenos por cierto, que la jutía basta a todas las necesidades del campo en Cuba, y sé que Cuba está otra vez llena de jutías, me vuelvo a los que nos quieren asustar con el sacrificio mismo que apetecemos, y les digo:-¡Mienten!”

Tal vez considerar a Roa “gente impura” y condenarlo por cobrar un salario del gobierno español en Cuba, no fue un acto de sensatez política en el momento en que son requeridas todas las fuerzas para la unificación de un movimiento revolucionario que llevaba décadas de dispersión. Más grave, si se tiene en cuenta la amistad del viejo mambí con altos oficiales del mambisado.

La reacción de algunos veteranos que radicaban en La Habana, cercanos a Roa y bajo su influencia, se expresa con toda violencia en la carta que dio a conocer Collazo el 6 de enero de 1892,  donde confiesa haber leído “un discurso de usted pronunciado en Tampa el 26 de noviembre de 1891”, en que  según Collazo,  se ofende a los cubanos al decir que pueden temer a las penalidades de la guerra. 

La carta defiende al autor del libro aludido en el discurso de Tampa. “Pues bien, señor Martí: ofensa tan grave a los cubanos, jamás pensó inferirla el autor de A pie y descalzo, ni ninguno de sus compañeros, que unánimemente aplaudimos la veracidad y oportunidad de un libro cuya moral debe llenar de orgullo a todo corazón cubano”.

A continuación, Collazo ataca a Martí, haciéndose eco de calumnias e intrigas:

“No nos extraña que usted haya comprendido mal la índole de A pie y descalzo: el libro ha debido parecer a usted terrorífico. El que (...) no cumplió con los deberes de cubano cuando Cuba clamaba por el esfuerzo de todos sus hijos; el que prefirió continuar primero sus estudios en Madrid, casarse luego en México, ejercer en La Habana su profesión de abogado, solicitar más tarde, como representante del Partido Liberal, un asiento en el Congreso de los Diputados, (...) el que prefirió servir a la Madre Patria, o alejar su persona del peligro, en vez de empuñar un rifle para vengar ofensas personales aquí recibidas, ése, usted, señor Martí, no es posible que comprenda el espíritu de A pie y descalzo. Aún le dura el miedo de antaño”.

En realidad se trataba de una calumnia, pues durante la estancia de Martí en Cuba (1878-1879)  le ofrecieron algunos cargos en el Gobierno,  pero no aceptó ninguno. También confesó en múltiples ocasiones que sólo hubiera ocupado un cargo, para desde él pedir la independencia de Cuba.

Collazo es también injusto al acusarlo de estar “adulando a un pueblo incrédulo para arrancarle sus ahorros”, cuando sabía que la prédica martiana se dirigía a incorporar cada centavo recaudado por los trabajadores cubanos emigrados a la preparación de la guerra necesaria.

Finalmente, lo ofende en el plano que más puede doler al hombre que está llamando al levantamiento armado: el valor personal para el combate. “Si de nuevo llegase la hora del sacrificio, tal vez no podríamos estrechar la mano de usted en la manigua de Cuba; seguramente porque entonces continuará usted dando lecciones de patriotismo en la emigración, a la sombra de la bandera americana”.

     La carta en que Enrique Collazo ataca a José Martí se dio a conocer enseguida en Tampa, Cayo Hueso y Nueva York. El agraviado, inmediatamente, hizo pública su respuesta, expresando “la obligación de contestar la infortunada carta que con fecha 6 de enero se sirvió Vd. dirigirme, y me causó más pena que enojo, porque en ella revela Vd. la capacidad de ofender sin razón, y muestra su desconocimiento lamentable de la obra de generosidad y de prudencia” de la emigración.

Acto seguido defiende las ideas expuestas por él en el discurso del 26 de noviembre en Ybor City, contenidas en el párrafo impugnado por el militar desde La Habana. No se retracta de haberlas expresado, porque considera que  en el libro aludido,  Roa ha recreado una atmósfera sombría que puede ser contraproducente en el momento en que se está convocando al reinicio de una guerra necesaria.

Collazo tergiversa la crítica martiana  a quienes sirvieron en la revolución y después usaron “su influencia para aflojar la virtud renaciente”, identificándola injustamente con una supuesta condena de Martí a quienes estuvieron en el campo mambí. Por eso la respuesta es tajante:  “El que peleó en la revolución es santo para mí, señor Collazo”.

Con relación a los ataques a su persona, se defiende con este párrafo que cito íntegro: “¿Qué le diré de mi persona? Si mi vida me defiende, nada puedo alegar que me ampare más que ella. Y si mi vida me acusa, nada podré decir que la abone. Defiéndame mi vida. Sé que ha sido útil y meritoria, y lo puedo afirmar sin arrogancia, porque es deber de todo hombre trabajar porque su vida lo sea: responder a Ud. sería enumerar los que considero yo mis méritos. Jamás, Sr. Collazo, fuí el hombre que Ud. pinta. Jamás preferí mi bienestar a mi obligación. Jamás dejé de cumplir en la primera guerra, niño y pobre y enfermo, todo el deber patriótico que a mi mano estuvo, y fue a veces deber muy activo. Queme Ud. la lengua, Sr. Collazo, a quien le haya dicho que serví yo a la madre patria. Queme Ud. la lengua a quien le haya dicho que serví en algún modo, o pedí puesto alguno, al Partido Liberal”.

En cuanto a “arrancar a los emigrados sus ahorros”, la respuesta la remite a la reacción que tuvo la propia emigración ante la carta infortunada:  “Y en cuanto a lo de arrancar a los emigrados sus ahorros, ¿no han contestado a Ud. en juntas populares de indignación, los emigrados de Tampa y de Cayo Hueso? ?No le han dicho que en Cayo Hueso me regalaron las trabajadoras cubanas una cruz? Creo, Sr. Collazo, que he dado a mi tierra, desde que conocí la dulzura de su amor, cuanto hombre puede dar. Creo que he puesto a sus pies muchas veces fortuna y honores. Creo que no me falta el valor necesario para morir en su defensa”.

La cita anterior cierra con la seguridad de tener “el valor necesario” para morir por la independencia de su país, de lo que dio muestras con su vida. Pero, por si había alguna sombra de amenaza en la indicación de encontrarse cara a cara más adelante, José Martí le expresa toda su disposición: “… no habrá que esperar a la manigua, Sr. Collazo, para darnos las manos; sino que tendré vivo placer en recibir de Ud. una visita inmediata, en el plazo y país que le parezcan convenientes”.

En carta de esos días a Fernando Figueredo, Martí le dice:   “Ya El Cayo les respondió. Y Tampa”. Y a Eligio Carbonell:  “Y la nobleza y sensatez de Tampa han sido mucho mayores que la astuta malignidad con que se ha querido envenenarnos. No es sólo gratitud lo que siento por haberles inspirado esa fe, ni la alegría de poder ver a un vasto número de hombres con cariño de familia, sino el gozo de ver a un pueblo tan bien preparado ya para la libertad; de ver tanta alma de oro, por el brillo y por la fortaleza”.

El apoyo de la emigración cubana a Martí, ante el pronunciamiento con que Enrique Collazo y otros viejos oficiales del Ejército Libertador intentaron dañar su imagen, resultó decisivo en los días que se iniciaba la organización del Partido Revolucionario Cubano. Y en ese acto de conciencia tuvo la emigración cubana de Tampa una actitud muy avanzada.

Es bueno saber que el incidente quedó zanjado con esta carta. Al mes siguiente, Martí escribe a Figueredo, confesándole  que se lamentaba de tener que “razonar contra un cubano que se expuso mil veces a morir por su país; y se dolía mi corazón profundamente de lo que me mandaba escribir el interés público y la dignidad (... ) Lo que rechacé no fue la ofensa, sino el peligro (...) Y si cerré mi respuesta con un convite inevitable, no fue por alarde odioso (…) sino porque en campaña es indispensable el valor”.

Le aclara a Fernando que ya ha olvidado una agresión “que no me causó más pena que la de que fuera autor de ella un hijo de mi misma madre”.

En 1894 Martí felicita a Collazo por su libro Desde Yara hasta el Zanjón y a fines de enero de 1895 se encuentran en Nueva York, donde firman la orden de alzamiento. Juntos salen de Nueva York hacia Santo Domingo, con la idea compartida de encaminarse a la guerra. Otras razones determinaron que Collazo no pudiera entonces salir para Cuba, pero lo hizo en marzo de 1896, llevando una expedición preparada en Tampa.

jueves, 19 de marzo de 2015

Entrevista a Emiliano Salcines

Por Gabriel Cartaya 

Aunque Salcines, en Tampa, no necesita presentación, pues es conocido y querido por todos, me permito cumplir la formalidad de un breve proemio: Emiliano Salcines es jurista, historiador, profesor. Fue Fiscal Federal y Estatal durante muchos años. Ha sido distinguido con diversos premios por universidades, colegios de abogados y por la Ciudad de Tampa. Fue nombrado Caballero por el Rey Juan Carlos, de España, y ha sido invitado más de una vez a la Casa Blanca por el Presidente de Estados Unidos. Es un extraordinario conocedor, divulgador y defensor de la Historia de Tampa. Por estas y otras muchas razones, quise saber sobre su ­aleccionadora historia y él, con su amabilidad característica,  respondió a estas preguntas.
Salcines, su niñez y juventud se desarrollaron en esta ciudad de Tampa que tanto usted ama. ¿Cómo recuerda esa etapa de su vida?
Nací en Tampa, hijo de inmigrantes españoles.  Mis padres vinieron de España, vía Cuba, y se conocieron en esta ciudad. Tampa era una ciudad bilingüe, donde el español era muy dominante. Yo nací en el Hospital del Centro Asturiano y me crié en West Tampa que era, como Ybor, una ciudad tabacalera. Es el lugar donde  transcurre mi niñez y donde vivo todavía.
¿Qué peso tenía la cultura hispana en ese entorno?
La cultura hispana era muy importante aquí desde antes de iniciarse el siglo XX. Había periódicos en español y también teatro, música, funciones, zarzuelas, orquestas, así que la cultura hispana tiene unas raíces muy largas en Tampa.
    Creo que la primera función que se presentó fue en el año 1887, en un lugar que los cubanos conocen bien, porque fue el sitio donde José Martí dio sus discursos famosos. Y en ese pequeño teatro se empezaron a presentar funciones, hasta bufos cubanos, antes de que empezara el siglo XX.
Hábleme de los recuerdos escolares.
Bueno, recuerdo mi niñez, particularmente a las monjas salesianas. Yo estudié en un colegio católico, el San José, de West Tampa. De ahí pasé a un colegio público y más tarde a una academia militar llamada Riverside, en Gainesville, Georgia, donde hice el Bachillerato. Después seguí a la universidad; me matriculé en la Facultad de Derecho. 
¿Que le  hizo optar por la carrera de Abogado?
Esa decisión la hice cuando todavía era muy joven. Yo me ganaba unas pesetas los sábados, como limpiabotas. Un día, un señor que se está limpiando los zapatos me dice:  “Salcines,  tú debes estudiar para abogado”. Y me fui interesando. Hasta visité un tribunal siendo muy pequeño, porque ya me hacía ideas de que no iba a quedarme con la tienda de ropas de mi padre. Yo quería ser abogado y  desde una edad muy temprana me estaba enfocando en esa carrera.
¿Los mejores recuerdos de la universidad?
Muy buenos recuerdos y muy buenos profesores. Me hice mejor estudiante en la universidad. Ya entonces los libros me fascinaban; leía mucho y tenía un padre que también leía bastante. Teníamos unas conversaciones  profundas acerca de distintos temas. A mi padre le gustaba mucho la historia y la geografía. Tengo una memoria muy especial de la época de la Segunda Guerra Mundial. Realizaban ejercicios por la noche, por si acaso los japoneses o los alemanes nos tiraban algunas bombas. Había  unos simulacros y teníamos que apagar todas las luces en la ciudad. Entonces mi padre nos acostaba, a mí y a mi hermano, que era más pequeño, y nos entretenía durante esas horas de oscuridad, preguntándonos cuál era la capital de España, de México, de Cuba y así...de varios países.
A pesar de recibir toda la educación en inglés,  no ha perdido el acento español, por cierto, muy distinguido en usted. ¿A  qué lo atribuye?
Bueno, es gracias a mis padres que insistían en que, aunque en la escuela hablara  inglés, en la casa había que hablar el español. Ellos insistían en que debía hablar bien el español. Si yo decía zapatos,  con ese, mi padre me decía: No,  hijo,  se dice zapatos (pronunciando bien la zeta).  A veces yo le decía: Papá, los muchachos se van a reir de mí. Y él respondía: Aprenda usted a hablar bien el español, que algún día, con esos dos idiomas,  a usted se le van a abrir muchas puertas. Y tenía toda la razón y todos los días le doy gracias a mis padres por la enseñanza de su cultura y de su lengua.
En la práctica como jurista, usted ascendió hasta el cargo de Fiscal del Estado de Florida,   ¿Cómo valora esa etapa de su vida?
Le diré que estoy muy agradecido del pueblo de Tampa. No solamente de la colonia latina, sino de toda la comunidad, pues me dio el privilegio de reelegirme en muchas ocasiones. Fui elegido el Fiscal del Estado en cuatro períodos distintos, es decir, 16 años como el Fiscal electo en este distrito de Hillsborough. Cuando me nombran para ser Magistrado del Tribunal de Apelaciones, mi nombre aparecía también en las elecciones. Y el público votó siempre a mi favor. Estoy muy agradecido del privilegio  de que a un hijo de inmigrantes se le abrieran esas puertas.
¿Cuáles fueron los momentos más dificiles en su labor como jurista?
Bueno,  yo he tenido decisiones muy difíciles, incluso cuando hay que pedir la pena de muerte a un individuo que ha cometido un homicidio espantoso. Esos son casos difíciles y he tenido varios de ellos.
También cuando he tenido que enfrentarme a la discriminación, porque en un tiempo aquí la segregación racial dominaba. Yo tomé la decisión de nombrar al primer Juez Auxiliar de la Fiscalía, de procedencia afroamericana. Eso no fue bien recibido, particularmente dentro del Colegio de Abogados. Yo le abro la puerta y le doy la oportunidad a ese joven destacado. Por cierto, hoy la Corte del Condado lleva su nombre: George  Edgecomb Hillsborough County.
También, más tarde, nombré a la primera mujer que fue Fiscal en el condado de Hillsborough. Ella no sólo hizo una labor extraordinaria, sino que con los años se convirtió en Presidenta de todos los abogados y jueces del Estado de Florida. Me refiero a  Gwenn Young.
En otra ocasión ayudé a un abogado que era impedido físico y realizaba su labor en silla de ruedas. En esa época no existían facilidades en las aceras y en los baños para personas de ese tipo de condiciones físicas. Fueron momentos difíciles para tomar esas decisiones, para que otros comenzaran a mirar que todos los seres humanos  merecen las mismas oportunidades.
Salcines, en 1979, usted fue nombrado Caballero por el Rey Juan Carlos, de España. Hábleme sobre esa experiencia tan excepcional en su vida.

Emiliano Salcines saluda al Presidente Bill Clinton en la Casa Blanca. Al fondo, los Reyes de España 

Yo me supongo que su Majestad tuvo en cuenta que yo era un político que sobresalía por  recordar las raíces hispanas. Lo hacía con discursos lo mismo en español que en inglés. Todavía a muchos les sorprendía oir que no eran los ingleses los primeros en llegar  a lo que es hoy Estados Unidos. Entonces yo les explicaba: los españoles  fueron los primeros en llegar a este territorio, ellos hicieron las primeras leyes, los primeros colegios,  los primeros hospitales. A la sazón, yo había sido electo Presidente de todos los Fiscales en el Estado de la Florida y había llegado a ser Vicepresidente de todos los fiscales de Estados Unidos. Todas esas cosas, creo yo, en algún momento se le presentaron a Su Majestad y me escogió para otorgarme la Condecoración de la Cruz de Isabel la Católica.
    Fue todo muy hermoso, vino el Embajador de España, con el Pergamino y la Medalla, muy bonita. Se presentó aquí en Tampa, en el edificio del Centro Asturiano. Posteriormente tuve el gran privilegio de estar invitado a España, a La Zarzuela. Y cada vez que él ha venido a Florida siempre recibo una invitación de Su Majestad, para ir a Pensacola,  o San Agustín, o Miami. Donde quiera que él esté me extiende una invitación para acompañarle, por ser miembro de la Orden de Isabel la Católica.
Se que Emiliano Salcines ha frecuentado la Casa Blanca y ha compartido la mesa con el Presidente de  Estados Unidos. ¿Qué han significado esos momentos para usted? 
Lo considero como algo muy especial en mi vida, que distintos presidentes de mi país me invitaran a la Casa Blanca. Pero la más especial de todas fue cuando el Presidente Clinton y su esposa  nos invitaron a mi esposa y a mí para una comida de gala, la cena de Estado que se le daba al Rey Juan Carlos y a su esposa la Reina Sofía. Fue una cosa extraordinaria estar compartiendo con su Majestad, el Presidente de  Estados Unidos y otros altos funcionarios.  La cena se sirvió en un salón donde, desde muchacho, yo había visto al Presidente hablar a la nación, donde está la hermosa pintura de Abrahan Lincoln. Durante esa cena, pensé: un muchacho de West Tampa está aquí sentado con el Presidente de los Estados Unidos y con el Rey de España. Dios ha sido muy bueno conmigo.
Emiliano Salcines ha sido profesor y varias universidades le han distinguido con premios por su labor. Creo que sus conferencias y publicaciones dirigidas a la docencia han contribuido a los estudios jurídicos de este país. Podría hablarme sobre esta importante labor.
Bueno, eso ocurrió cuando yo estaba despuntando con mi actividad en la Asociación Nacional de Fiscales de Distrito. Un día, un catedrático muy famoso de la Facultad de Derecho en la Universidad de Northwestern, en Chicago, me dijo: Yo quisiera que usted impartiera clases en los cursos que anualmente ofrecemos en Chicago para los fiscales. Le dije que sí y me pasé 35 veranos viajando por una semana a ese estado, preparando a los profesionales que hoy son los fiscales electos, jueces, magistrados o senadores. Entonces, la Facultad de Derecho en Stetson –que actualmente tiene una sede aquí en Tampa–  me pidió que fuera  Profesor Adjunto y he tenido el privilegio de representar a Stetson en conferencias que he dado en España, Argentina, Colombia y México.
Usted es autor de un Manual para estudiantes de Derecho, ¿no es así?
Sí, es un libro que escribí para ayudar a que el abogado, el letrado que entra a una Sala Judicial, se oriente en cómo presentar las pruebas, tanto de los testigos normales como de los científicos forenses. A su vez, que pueda presentar bien  las pruebas que existen, de forma que cuando los Tribunales de Apelación lo requieran no se presenten problemas con esas pruebas.  Ese libro se sigue usando en muchos estados de la Unión, muchos fiscales aún entran en la sala con ese libro, para guiarse en la presentación de huellas digitales, ejemplares de sangre, de balística, o cualquier prueba forense.
Usted siempre ha estado vinculado al trabajo con la comunidad hispana de Tampa. En 1993 fue nombrado  el Hombre Hispano del Año. ¿Como aprecia esta labor?
Yo nunca me he separado de la comunidad latina de Tampa. Aquí usamos más el término latino que el de hispano, porque tenemos una mezcla de españoles, italianos e hispanoamericanos. Muchos italianos se casaron con mujeres hispanas y viceversa, lo que ha fusionado a las dos procedencias étnicas. Entonces, para no excluir, en Tampa preferimos decir latinos y no hispanos, aunque en los últimos 25 o 30 años la palabra hispano se ha comenzado a utilizar más.
Pero, en fin, yo siempre he estado muy vinculado a la comunidad nuestra. He estado activo en las comunidades regionales, en el teatro hispano,  en musicales, recitales, en todo lo que tenga que ver con la cultura hispana, que siempre me ha fascinado. En la Universidad del Sur de la Florida, y en otras instituciones, he dado muchas conferencias acerca de la presencia hispana en los Estados Unidos.
Es dentro de esa ­integración con la comunidad que se inserta una especie de tertulia sabatina que usted comparte con un grupo de amigos, ­reuniéndose en un restaurante a desayunar y conversar...
En realidad eso empezó con 4 o 5 amigos: “Oye, vamos a tomarnos un café”. Y nos íbamos al 4 de julio, a Arena Plaza, o  al Gallo de Oro. Más de 20 años estuvimos reuniéndonos en El Gallo de Oro y ahora nos hemos trasladado a El Arco Iris, en la calle Habana. Los temas de esa tertulia no tienen una agenda prefijada; lo mismo uno habla de lo que se está leyendo en el periódico del día, que de un acontecimiento que acaba de ocurrir en la Conchinchina. Se habla de literatura, geografía, de cualquier tema. Eso te estimula la mente y siempre aprendes algo nuevo. Yo siempre salgo enriquecido de esas tertulias. Y ahora también nos reunimos los domingos por la mañana; es el grupito que nos vemos en La Oriental, en la calle Columbus. A unos les gusta la historia antigua, a otros la contemporánea, a otros la poesía, pero siempre es muy interesante.
Es evidente su pasión por la historia. ¿No tiene previsto escribir un libro sobre la historia de la ciudad?
Bueno, a mi me lo han propuesto en muchas ocasiones. Y siempre digo:  Lo voy a hacer. Pero no he comenzado a recopilar los muchos estudios que tengo, con temas variados sobre lo que es la rica historia latina de Tampa. Algunos amigos  han escrito libros muy bien documentados sobre la historia de esta población. Y si Dios quiere, y me da la luz,  algún día podré escribir un libro sobre esta fenomenal ciudad que ha sido acogedora de tantos latinos durante más de 150 años.
¿Sobre la familia?
Soy hijo de españoles y me he casado con una chica de apellido Fernández. Ella nació en Tampa, hija de cubano y tampeña y nieta de españoles. De ese matrimonio, que ha cumplido 55 años, tenemos dos hijas: una es Doctora en Química y vive en Tampa; la otra es Licenciada en Óptica y vive en San Antonio, Texas. Tengo dos nietos universitarios: el mayor de ellos está en su primer año de Medicina en Philadephia y la nieta está cursando el segundo año en la Universidad de ­Oregón.
¿Cuáles son sus  distracciones preferidas?
Me gusta muchísimo la música. Ella ha sido parte de mi vida, desde el momento en que yo podía oír los cantares que me hacían mis padres en la cuna; así que la música ha sido para mí muy importante.  Me apasiona mucho el teatro. Y me gusta, como usted ha dicho, la historia; es lo que más me fascina.  Y gracias a Dios que me dio buena retentiva y puedo recordar cosas que tal vez a otros se le olvidan. Así es con la música: yo recuerdo las canciones que escuché de muchacho. También me ha gustado mucho el cine, desde pequeño yo veía películas y conocía a todos los artistas famosos de la cinematografía mexicana, argentina, cubana, española. Recuerdo a los artistas famosos de los años 40, 50 y principios de los 60, porque veía sus películas, repetía frases que decían y poesías que recitaban.
Entonces, visitaba mucho a La Habana con mis padres, a quienes les gustaba mucho la zarzuela y la cabalgata española. Por eso llegué a aprenderme las canciones que disfrutaba en un teatro famoso de La Habana, el Teatro Martí. Muchos artistas venían desde La Habana a Tampa y traían sus espectáculos, que se presentaban en el Círculo Cubano, en el Centro Asturiano o en el Centro Español de West Tampa.  Siempre había cultura, incluso en el círculo de los afrocubanos, en el Club Martí-Maceo. Siempre había cultura, música, teatro... Es lo que me ha fascinado siempre y me ha ayudado mucho.
¿Hay costumbres, manías, hábitos, de los que usted no se ha querido (o podido) desprender?
Le diré que, como soy graduado de una academia militar, aprendí a limpiar y tener bien preparado el fusil. Lo sigo haciendo para ir de cacería con los amigos. Una vez al año nos damos una escapada al monte, a la caza mayor.
Tengo la costumbre de estar siempre involucrado con la comunidad. La manía de ayudar... porque lo que he llegado a ser, es porque otros me ayudaron. Porque mientras tú estas subiendo los escalones, hay que tomar un momento y mirar atrás, para darle la mano al que viene subiendo después de ti, para ayudarlo a que suba también. Es como se hace comunidad, para dejarla mejor de lo que la encontramos.
¿Algún deseo por cumplir?
Ah, muchos deseos... y pido a  Dios una larga vida para hacer todo lo que me falta por hacer. Me gusta mucho viajar y tengo todavía una lista de países donde quisiera ir. Aprendo mucho, pues comienzo a estudiar el lugar antes de visitarlo.
¿Es Emiliano Salcines un  hombre optimista?
Yo he nacido optimista. He sido siempre del Club Optimista de West Tampa. Veo el futuro con optimismo. Me crece esa inspiración cuando voy a distintas universidades a dar charlas. Cuando percibo el ánimo de los estudiantes, veo que el futuro de este país está en buenas manos.
¿Algún mensaje?
La educación es lo más importante que un padre puede legar a sus hijos. El dinero lo puedes perder, el banco puede irse a bancarrota, pero lo que tú tienes en la mente, lo que tú has aprendido, eso nadie te lo va a quitar.
Tener fe en que Tampa, los Estados Unidos y la humanidad, van a vivir en un futuro mejor.
Gracias, Salcines, por el privilegio de poder transmitir en “La Gaceta” el mensaje que viene de una vida ejemplar. Y rogamos a Dios que  sea una vida centenaria.

sábado, 28 de febrero de 2015

Fernando Figueredo: el primer alcalde de West Tampa

Por Gabriel Cartaya

     Para los hispanos que vi­vieron en West Tampa a fi­nales del siglo XIX, debió ser común oír hablar, ver en una esquina, o conversar con un hombre hispano de unos 50 años, cuya aureola resplan­decía a su alrededor cuando en las calles se detenía a cada momento, para escuchar el latido que guardaba cada ha­bitante de la naciente plaza urbana. No era solo por la ga­llardía de su estampa criolla, la sapiencia del verbo o el ca­lor de su mano, sino también por el destello legendario que traía consigo. Era Fernan­do Figueredo Socarrás, cuyo nombre, a más de un siglo de distancia, viene cómodo a la memoria, cuando se piensa en los días fundacionales de unas calles adoquinadas que guardan tanta historia.
    West Tampa, conocida pri­mero como Pino City, fue una extensión inmediata hacia el oeste de Ybot City, al otro lado del puente, como efecto del vigor tabacalero alcanzado en los últimos años de la década de 1880. Ahí están todavía los edificios de ladrillos de fuego, orientados de este a oeste, que son vivos testigos del ardor y esperanzas con que nuestros abuelos construyeron la ciu­dad donde vivimos.
    En cuatro o cinco años se levantaron las casas de vi­vir, las fábricas, comercios, escuelas, iglesias, y West Tampa fue tomando el rostro propio que aún la distingue, con calles amplias, portales, aceras. Precozmente crecida, mereció gobierno propio y en junio de1895 tuvo elecciones para su primer Alcalde. En votación libre, sus habitantes decidieron que el cargo co­rrespondiera al bayamés Fer­nando Figueredo Socarrás. Quiso negarse con la explica­ción de que no armonizaba su labor por la independencia de Cuba, con un cargo político en un país que tenía relaciones diplomáticas con España. El Gobernador de la Florida, el demócrata Henry L. Mitchel, le respondió que su labor por la patria natal daba honra al Alcalde de West Tampa.
    ¿Quién era este cubano que recién llegado a West Tampa se convierte en su primer Alcalde? Es larga su historia y el más exigente es­fuerzo de síntesis no podría condensarla en un par de cuartillas. Nació en Cama­güey en 1846, pero por origen y primera formación es baya­més. Completa sus estudios preuniversitarios en La Ha­bana y matricula en la Es­cuela de Ingeniería de Troy, en una Universidad de Nueva York. Entre sus amigos de allí aparece curiosamente Teddy Roosevelt, quien lo llamaba “Figue”, en la confianza grata de la amistad. Está casi al gra­duarse en 1868, con 22 años, cuando el padre le escribe desde Bayamo diciéndole que Carlos Manuel de Céspedes se ha levantado en armas con­tra España. Ha comenzado la Guerra de Independencia de su país y no tiene que pensar­lo. Llega a Bayamo y se incor­pora a la lucha armada.
Debió ser grande el im­pacto que causó en los líderes de aquella epopeya, porque muy pron­to se convirtió en el Ayudante y Secreta­rio de Céspedes, pri­mer Presidente de la República en Armas. Desde entonces, es­tuvo en las princi­pales acciones de la Guerra de los Diez Años y termina como Secretario del Gene­ral Antonio Maceo. Su nombre aparece al lado del de Maceo en la honrosa Protes­ta de Baraguá, donde los cubanos se ne­garon a una paz sin independencia. Con la Paz del Zanjón, el Teniente Coronel Fernando Figueredo tuvo que salir a vivir en el exilio, prime­ro en Santo Domin­go, después en Cayo Hueso y finalmente en Tampa.
    Cuando Figueredo llega a Tampa, ya es ciudadano ame­ricano y ha participado en Cayo Hueso en la vida política de este país. En 1885 fue ele­gido a la Cámara de Represen­tantes por la Florida, siendo el primer cubano en alcanzar ese cargo electoral. También fue superintendente de escuelas por el condado de Monroe, al que correspondían los cayos del sur de la península.
     La fecha en que Fernando Fi­gueredo comienza a radicar en Tampa, corresponde al mes de abril de 1894. Para entonces Fer­nández O´Halloran, que radicaba en Cayo Hueso, ha adquirido la fábrica de tabacos que dos años antes había inaugurado del Pino en esta parte de la ciudad, siendo la primera de varias que en esa década propiciaban el nacimiento y primer esplendor de un nuevo pueblo tampeño.
Para impulsar en West Tampa la producción de puros con mano de obra segura, O´Halloran es seguido por decenas de familias cubanas, entre ellas la de Figue­redo, contratado como tenedor de libros para la firma del distingui­do industrial.
    Emiliano Salcines, que es ca­paz de oír en el tiempo el soplo trascendente del paso del hombre por la vida, me ha acompañado el pasado domingo a mirar en West Tampa la conservación de aquellos edificios, mostrándome con el índice y un caudal de pa­labras la presencia de tanta histo­ria viva. Miramos donde estuvo la casa de Fernando Figueredo, en su tiempo marcada como 404 Main Street y hoy, penosamente, un solar yermo con la yerba cre­cida; nos detuvimos a admirar el edificio construido hace algo más de ciento diez años, hoy biblioteca pública (en 2312 W Union St.), de cuyo interior salió el tabaco clan­destino destinado a Juan Gualber­to Gómez, que ocultaba la orden de alzamiento, en febrero de 1895, para que estallara la guerra por la independencia de Cuba.
    La casa de Fernando, en Cayo Hueso, había sido de visita obligatoria para José Martí, desde su primera lle­gada en diciembre de 1891. La felicidad de aquel hogar debió causar una honda im­presión en el Apóstol, quien le dice en una de sus prime­ras cartas: “El amor lo premió a usted y le da ese aire de rey con que publica sin querer la hermosura de su hogar”. Ya en Tampa Figueredo, Martí viene dos veces más a la ciu­dad y seguramente pudo visi­tarle, en la carrera de atar los últimos cabos para desatar la guerra. Su hijo Bernardo, to­davía mozalbete, le acompa­ñó mucho en esos días, entre Cayo Hueso y Tampa, e inclu­so hasta Nueva York. Lo que no podía entonces presentir el hombre iluminado es que, cuatro años después y a tres de su muerte en combate, su pobre madre, anciana y en­ferma, sería recibida en esta casita tampeña por su amigo Figueredo.
    El patricio bayamés sólo vivió alrededor de 4 años y medio en este pueblo y de ellos uno (1895-1896), como su primer alcalde, pero dejó una huella perdurable, como ocurre con los hombres pri­vilegiados de la historia. Cuando comienza la guerra en Cuba, el 24 de febrero de 1895, Fernando pide su lugar para tomar las armas, pero no es complacido, porque es en ese momento uno de los dirigentes más necesarios en el exterior.
    En septiembre de 1895 fue creado el Gobierno de la Re­pública en Armas y se nom­bró a Tomás Estrada Palma como su Delegado en el Exte­rior. Éste designó a Figueredo como su representan­te en Tampa. Es impresionante la labor que realizó entre 1895 y 1898. Se ha considera­do que asciende a 750 mil dólares la suma recaudada por sus manos en apoyo a la guerra.
Terminada la guerra en Cuba, en 1898, Figue­redo regresó a su patria, como mi­les de cubanos. Ocupó altos car­gos en Cuba desde llegar: en 1902 se crea la república y lo nombran Director Gene­ral de Comunicaciones y en 1912 asumió la presidencia de la Academia de Historia de Cuba.
Su libro, La Revolución de Yara, es hasta hoy una de las fuentes principales para el es­tudio de la guerra del 68. Mar­tí llegó a leer páginas inéditas de esta obra y quiso publicar­lo, según consta en su carta del 25 de febrero de 1894: “Me prometo publicarlo en dos tomos y hacer una edición dedicada a la revolución que programamos”. Finalmente, el libro fue publicado en 1902 y hasta hoy ha tenido varias ediciones.
    Murió a los 83 años, en La Habana, en 1929, rodeado de su familia, de hermanos masones y de muchos com­pañeros de hacer y escribir la historia. Tal vez más nunca volvió a caminar por las calles de West Tampa, pero debió llegarle, hasta el último día, el rumor de su crecimiento y seguramente una brisa cálida de gratitud, porque la segun­da generación tampeña escu­chaba de labios de sus mayo­res su propia historia: la de los fundadores de su ciudad.
Muchas generaciones han pasado, pero si el latido de aquellos hombres nos acom­paña en la obra actual, po­dremos contar con su aliento para hoy y para mañana.
    Si caminas por la acera iz­quierda de la calle Main, de Howard hacia Armenia, de­tente un instante frente a la hierba fresca de ese solar va­cío, donde tal vez escuches, en el ruido del tiempo, como una voz de padre. Es la sen­sación indescifrable de haber identificado la energía etérea que brota de los sitios sagra­dos: esta vez el lugar donde vivió Fernando Figueredo, el primer Alcalde.
Citas: José Martí. Epistolario en V tomos, preparado por Salvador García Pascual. Editorial de Cien­cias Sociales. La Habana, 1993.

viernes, 27 de febrero de 2015

La madre de José Martí vivió en West Tampa


  Por Gabriel Cartaya

  Es tan grande el influjo que ejercen los personajes privilegia­dos por la historia, que su expan­sión magnética margina el ámbito familiar que les corresponde, a pe­sar de su impronta en los orígenes, proyección y trascendencia de la figura elevada al rango icónico de lo glorioso.
Pienso en la madre de Martí, a cuya relación con su retoño ilumi­nado le dediqué hace unos años un pequeño libro –Luz al universo, Editorial Gente Nueva, La Haba­na, 2006—de cuyas páginas extrai­go un fragmento sobre la llegada a Tampa de Leonor Pérez, unos días antes del tercer aniversario de la muerte de Martí. Era 1898 y Leonor vivía en la pobreza, con 70 años de edad, cuando le escribe a Nueva York a Carmen Miyares, la amiga más probada de su hijo.
    Digo en mi libro: “Le contó su drama: la vista estaba tan nubla­da que apenas podía ver, había la esperanza de mejorar con una operación, pero no tenía recursos para hacerlo ‘pues mis hijas viven hoy muy reducidas y yo no puedo disponer de una habitación ni pue­do pagarla´. Tanta era la pena que no pudo contener el lamento: ‘no sé para qué Dios no me llevó a mí primero que a él’, y el pesar por­que los compañeros de su hijo no  se habían ocupado de darle ni ‘un triste pésame’. Fue una carta dicta­da con el corazón muy oprimido, como ella misma dice. De inme­diato Carmita le escribió a Tomás Estrada Palma – Delegado del Par­tido Revolucionario Cubano desde la muerte de Martí— y le anexó la carta recibida desde La Habana”.
    Estrada Palma, quien había sido designado como Agen­te General de la República de Cuba en Armas en el Exterior, atendió al llamado de Carmen y dispuso que fueran enviados 50 pesos oro a Doña Leonor, para que pagara el pasaje en la ruta La Habana-Cayo Hueso- Tampa. Por esas coincidencias indescifrables del destino, el dinero para el pasaje llegó a manos de Leonor el 25 de mar­zo de 1898, exactamente a los tres años de aquella conmovi­da despedida del hijo, cuando iba para la guerra, donde le preguntaba: “¿Y por qué nací yo de usted con un alma que ama el sacrificio?” La respues­ta la llevaba por dentro, cuan­do dos semanas después, el 9 de abril, sale del puerto de La Habana hacia el destino incierto del emigrante. Para jugar más con esas sincronías invisibles que teje la vida, ella desembarca en el puerto de Tampa un 11 de abril, cuando se cumplía el tercer aniversa­rio de la entrada de su hijo a la guerra.
    El viaje lo hizo en el Olivette, acompañada de su hija Leo­nor y del nieto Alfredo García Martí. Se le debe al historia­dor cubano Enrique Moreno Pla haber encontrado en la sección “Movimiento maríti­mo, del Diario de la Marina, los nombres de Leonor y sus dos acompañantes, en la lis­ta de pasajeros de aquel día. Describe Pla en un artículo dado a conocer por el Anuario Martiano No. 1, de 1969, que casi a la misma hora de salir el barco donde iba en silencio la familia de Martí, zarpó el Fern, donde viajaba Mr. Springer, vicecónsul de Estados Unidos en la capital cubana.
    Como esta embarcación sólo llegaba hasta Cayo Hueso, el diplomático siguió a Tampa en el Olivette. Esta circunstan­cia fortuita determinó que en el muelle de Tampa estuvieran Fernando Figueredo y otros cubanos, como parte de la de­legación tampeña que saluda­ría al político norteamericano. Alguien se acercó a Fernando con la nueva de que la madre de Martí estaba desembarcan­do. Al saludarla y saber que iba a procurar por conocidos en Ybor City, le brindó su casa de West Tampa y la llevó consigo. Bernardo, el hijo de Figueredo, contó después que a él y su hermano los mandaron a dor­mir en el desván, junto al so­brino de Martí, porque su habi­tación fue concedida a Leonor con su hija.
    A los pocos días, Figuere­do decidió alquilar una pe­queña casa cerca de la suya y asignarle una pensión de diez pesos semanales, para que pudiera cubrir sus gastos mí­nimos. Aquella casita estaba situada en la calle Chesnut, no. 380 en su tiempo. Allí vivió tres meses la madre de uno de los grandes americanos, de allí salieron dos de sus nietos para la guerra y fue tal vez el lugar donde mejor sintió la gratitud por haber traído al mundo al hijo que nos dio. Por ese lugar pasaron decenas de oficiales del Ejército Libertador Cubano, dirigentes del exterior, cubanos y cubanas que habían vibra­do de pasión patriótica con los discursos conmovedores de su hijo, a darle la mano, un abra­zo, o sólo verla de cerca, mur­murando gracias y bendiciones henchidas de verdad. Algunos, como el comandante Alfredo Lima, o el capitán Frank Agra­monte, fueron a regalarle un retrato dedicado, antes de salir a la manigua cubana dispues­tos a morir por su ideal.
Gualterio García, uno de los líderes del independentismo cubano en Tampa, le escribió a Gonzalo de Quesada: “Sabrás que tenemos en ésta a la ma­dre de nuestro querido Martí. Vive en West Tampa cerca de Fernando. La pobre está ciega, pero está rodeada del cariño que como madre de él se me­rece”.
    El tiempo que vivió la madre de Martí en West Tampa, co­rresponde a los meses finales de la Guerra de Independencia en Cuba, a la intervención de las tropas norteamericanas en el proceso que concluyó con el Protocolo de Paz firmado en agosto de 1898 y a la termina­ción de la dominación española en Cuba. Ese mismo mes, el día 28, se embarca hacia Cayo Hueso, donde estará hasta el 29 de octubre, día en que re­gresó, en el Mascotte, al puerto de La Habana.
Según los libros de contabi­lidad de la Agencia de Tampa, conservados en el Archivo Na­cional de Cuba, los gastos re­lacionados con la presencia de la madre de Martí en Tampa, ascienden únicamente a 273 pesos, distribuidos entre alqui­ler, algunos muebles y los diez semanales para mantenerse. El pasaje de regreso a Cuba, pa­rece ser que lo pagó ella de sus pequeños ahorros, pues no hay constancia de que alguien haya cubierto ese gasto.
    Cuánto sufrimiento y noble­za, en aquella madre. Cuando su único hijo varón era peque­ño, quiso apartarlo del ideal li­bertario que le costó la vida. La noche en que las calles de La Habana se llenaron de fuego, salió en la oscuridad a buscar­lo debajo de las balas, a sus 16 años. Unos meses despué lo hi­cieron prisionero y fue a recla­marle al Capitán General, por la injusticia que se cometía con apenas un niño. Después se re­signó, lo vio irse al exilio, una y otra vez. Perdió al esposo y casi todas las hijas murieron antes que ella. Fue a verlo a Nueva York en el año 1887 y lo acom­pañó unos meses. No lo vio más. Al llegar a sus manos la última carta del hijo, ya él es­taba dentro de la guerra, pero le alivió su ternura: “...conmi­go va siempre, en mi creciente y necesaria agonía, el recuerdo de mi madre”. Al mes siguien­te murió en combate. Ella calló su dolor y murió pobre, el 19 de junio de 1907, en La Habana.