viernes, 19 de junio de 2015

En el Día de los Padres

Por Gabriel Cartaya

En homenaje al Día de los Padres, tomo de mi libro De ceca en meca un cuento que escribí al día siguiente en que uno de mis grandes amigos, Juan Valentín Gutiérrez, perdió al suyo. Después de compartir durante años con ambos, en la casa niquereña donde siempre se me acogió como a uno más de la familia, sentí la necesidad de desahogar la pena que nos dejaba la ida de Juan Gutiérrez, desde una ilusión que intenta  eternizar el encanto de la niñez con la felicidad del amor paternal.
Cuando unos años más tarde se despidió mi padre de la vida, al borde de cumplir un siglo con toda la lucidez, su mirada profunda de iluminarme la reencontré –la encuentro– en la ternura cándida de esa edad, cuando la imaginación tiene la capacidad inmensa de desconocer  la muerte, para que, como en “El último escondrijo”, nos acompañen siempre los seres que amamos.

Último escondrijo
                                                                                      A Valentín Gutiérrez             

Estaba amaneciendo y yo estaba allí, por primera vez desamparado, sin entender por qué las personas mayores no se iban a dormir en una noche tan larga. En algún momento de la madrugada me aparté de los míos, nunca tan cabizbajos, para jugar otra vez al escondido con mi papá. Con él no tengo suerte en el escondrijo, porque siempre me encuentra por el olor. Aunque a él no le va mejor, pues le descubro en media vuelta la carcajada larga, una risa explayada que le sale del alma desde que yo nací. ¿Y qué ha pasado esta noche, que no se quiere reír? ¿O anda escondido muy lejos?
Primero lo voy buscando por el cuarto, que huele a él y a mi mamá. Todo en la estancia es él, pero nada como la cama, hoyada al medio desde mis vueltas a carnero  –dicen–, pero yo sé que es de ellos estarse  pegaditos cincuenta y cinco años. Abro el escaparate y sospecho que no debe andar lejos, porque toda su ropa está en el mismo lugar. Corro al segundo cuarto y nada. Entonces oigo sus pasos en el patio y me precipito, ¡mírate ahí, papá!, pero la imagen flota detrás de la mata de mangos y se me escapa entre las hojas verdes. Quiero seguirle el rastro cuando las pisadas se hacen etéreas y se me aguan los ojos por una jugarreta que me pierde.
Después, mientras los mayores siguen sin entender, lo voy buscando por la mar cercana, que es un pez nadando. Con la evasión, nos hemos separado demasiado, o quién sabe si estaremos perdidos los dos. Por eso voy chiflando por la orilla, a que salte rapidito a encontrarme. Como no sale a dar conmigo, se me ocurre una bellacada: simulo estar vomitando para asustarlo, como aquella vez del trago de aguardiente, con el que quiso enseñar a los amigos la hombría adelantada de su primogénito. Pero las olas callan, las uva caletas están inmóviles, entre las rocas no hay señales y los acantilados no me cantan su voz.
¿Es que se iría a emborrachar?  Él antes no tomaba y trabajaba, de bigornia a chaveta, para que yo siempre tuviera zapatos nuevos. Un día le dio por jubilarse, porque tenía los años y necesitaba todo el tiempo para los cuentos que nos guardaba. ¿Pero dónde te has metido, papá, que no te encuentro? ¿O dónde me he perdido yo, que no me hayas? ¿Tú no me oyes, viejo? Detrás de los asientos no estás agachado, como antes, para desternillarte de la risa cuando yo grito un ¡te encontré! Tampoco te acierto aparruchado entre la puerta y la pared, aplaudiendo con la felicidad de los ojos mi felicidad de abrazarte.
Entonces paso callado por el arca gris, sin mirar hacia el pequeño rectángulo de cristal, rodeado de flores rojas, donde no debes esconderte. Mejor toco en mi pecho sobresaltado, con la misma ansiedad de golpear en la puerta de casa cuando he llegado tarde. Y apareces, papá, donde siempre vas a estar, sonriente, amoroso, juguetón.

viernes, 12 de junio de 2015

Esperando en la calle Zapote, la primera novela de Betty Viamontes

Por Gabriel Cartaya

Al dar a conocer la novela Esperando en la calle Zapote, Betty Viamontes irrumpe en el mundo literario con una propuesta que llama la aten­ción favorablemente. Es una obra de casi 300 páginas y a pesar de la extensión para una obra inaugural, la autora ha conseguido dosificar el interés y emoción hacia la historia narrada, para que el lector no sólo llegue hasta el final, sino también quede a la espera de un incógnito después, iden­tificado con los personajes centrales del drama humano que plantea.
     Toda la obra se mantiene dentro en una línea argu­mental (la separación y re­unificación de una familia), aun cuando dentro del hilo narrativo trasciende el entorno político-social cerrado y auto­ritario que crea el ambiente donde se ven arrojados los personajes. La autora apenas requiere de tramas secunda­rias a la primera voz narrativa. Es la madre de tres hijos quien, al quedar en Cuba cuando el esposo sale del país, cuenta en primera persona un drama donde se entretejen esperanza, desilusión, pruebas morales y psíquicas, enfrentadas a una circunstancia que le deja pocos resquicios donde alimentar la ilusion del reencuentro.
     Fue una buena solución de Betty Viamontes construir una segunda voz narrativa dentro del mismo hilo argumental, para que el esposo pudiera contar no sólo peripecias de su vida, primero en España y después en Estados Unidos, sino delinear la segunda per­sonalidad que inserta al lector sentimentalmente a favor de los personajes.
     El título tiene una preci­sión y efecto que no necesita de un subtítulo que actúe como puente a la novela, pues la espera de tantos años se identifica cabalmente con la calle donde viven, y que cobra un simbolismo inusitado al nombrar una fruta en cuya tex­tura, color y pertenencia hay un reflejo de la nación raigal, por encima de la tesitura psi­cológica externa del narrador. Más bien, el subtítulo (Amor y pérdida en la Cuba de Castro), limita la novela al mundo pre establecido del tiempo y espa­cio de la obra, alejándola de la universalidad de un drama –el de la familia fragmentada por la emigración del padre o la madre– que es tan antiguo como la constitución de la fa­milia y hoy afecta a millones de personas en el mundo.
     El subtítulo tampoco con­tribuye desde una perspectiva estética a la portada, como no lo hace la indicación de que es “Una Novela”, ambas con mayúscula para mayor desacierto del diseño. Tampoco se relaciona el poder simbóli­co de los sellos de la portada con el contenido, a pesar de la significación personal que comporten para la autora. Más bien contradicen la obra, pues de los tres sellos que opacan a la bandera, dos están feste­jando acontecimientos ajenos al espíritu de la obra (uno a la Revolución de Octubre y otro a la ilusión de una zafra de diez millones). Tal vez, el sello que expresa la ternura maternal hubiera sido suficiente.


     Pero estos elementos exter­nos a la corporeidad literaria, no quitan fuerza y legitimidad a la novela. Betty Viamontes ha sabido captar una trama que tiene mucho de autobiográfica y a pesar de derramar lágrimas en el proceso de creación, supo moderar la voz de la narra­ción literaria para reconstruir una historia emocionalmente equilibrada, adornando la con­ducta real de sus entrañables personajes, con adaptaciones ficcionales requeridas por la temperatura dramática de la obra. Asimismo, aunque en la interiorización ideológica de la autora pesan los códigos de haber vivido una historia como la que escribe, supo mantener una prudente distancia para no aparecer como juez omnis­ciente de acontecimientos que le fueron contados o pertene­cen a sus propios recuerdos.
     Aunque la novela es escrita en idioma inglés, en el que la autora ha recibido toda su formación –vivió en Cuba sólo hasta los 15 años (edad de Ta­nia al término de la novela)–, la traducción al español por ella misma mantiene un lenguaje claro, sin artificios o excesos metafóricos, lo que facilita una comunicación cómoda con el lector. Es verdad que hay giros y frases del lenguaje que no se corresponden totalmente con determinadas circunstancias donde ocurren, pero en ningún caso perjudican la compren­sión y emoción que se logran con la lectura.
     Un logro de la novela está en la agudeza con que la autora se cuida de una narración lineal, estrictamente cronológica, que hubiera caído en el aburri­miento. Aunque hay distintos momentos donde la retros­pectiva la ayuda a reactivar el interés y entender a los perso­najes, el climax de este recurso lo refleja en el inicio y cierre de la novela. El “podía oler la sal del mar y escuchar las olas rompiendo contra el acero en aquella noche sin luna del mes de abril. Era 1980…”, engarza a la perfección con el desen­lace de Esperando en la calle Zapote, donde se hace realidad la simbiosis literaria de ilusión llevada a un enriquecido feliz final.
     Leer Esperando en la calle Zapote, es adentrarse en el des­tino de una pareja, una familia, seres humanos que defienden los valores y el derecho a amar y estar juntos, venciendo las circunstancias adversas que los empujan a la separación, a la resignación y el olvido. Es un paradigma re-creado con el poder de la palabra, en una obra literaria con la que se aprende disfrutando, o se dis­fruta aprendiendo. Por eso, al terminar la lectura, cerramos el libro con la sensación de un tiempo aprovechado.

jueves, 11 de junio de 2015

El sancocho de la razón (cuento)

Por Gabriel Cartaya

La caída de un balde de sancocho cambió el destino del Dr. J. Loumé.  Con 45 años bien cumplidos, se había convertido en uno de los médicos más prominentes de su entorno, alcanzando altos reconocimientos en su país y atención en varias publicaciones especializadas a nivel internacional. Especialista en Ortopedia y con un alto grado científico, se le respetaba tanto en la consulta del hospital, como en el aula de la Facultad de Medicina donde ejercía como profesor.
El atardecer que desvió el cauce por donde avanzaba la vida ordenada del Dr. J. ­Loumé,   fue un rayo de sol vespertino quien, antes de perderse en la belleza del golfo, alumbró el cuadro alucinante desde el que brotó una pregunta que se planteaba por primera vez: ¿Qué hago yo aquí?
Aquí era el lugar donde se le cayó de  la bicicleta el dichoso balde de sancocho, al reventarse la soga de yarey envejecido que le servía de asa. Dos meses atrás, un paciente de La Sierra le había regalado un cerdo que, según dijo, pesaba 120 libras en pie. Eso daría, ­calculó el  ­científico  mentalmente,   unas 90 libras en limpio. Comprar esa cantidad de carne equivalía a unos 1800 pesos, que venían a ser, para él que ganaba un buen salario, tres meses de trabajo.
Aunque su esposa, también médico, imaginó entusiasmada una tanda de bistecs para el día siguiente, el Dr. J. ­Loumé anunció, con el mismo acento de defender una tesis científica: Necesitamos levantarlo hasta las doscientas libras.
Al día siguiente regó la noticia entre sus amigos, algunos médicos como él: Cualquier sancochito que sobre por la casa, me lo guardan. Sabía que estaba pidiendo peras al olmo, porque donde quedaba un poquito de arroz de la comida, un rayo de luz alumbraba el almuerzo del día siguiente. Era el día a día de los años noventa en Cuba, a los que se había llamado, irónicamente, “período especial”.
A pesar de todo, el querido galeno encontró oídos receptivos, sobre todo en amigos que trabajaban en gastronomía. A veces tenía que recorrer varios kilómetros en su bicicleta china, pero había jurado que al cerdo de su casa nunca lo esperaría el anochecer sin un bocado de alimento.
Esa tarde, después de un día  agotador  en el Hospital Clínico Quirúrgico y de haber impartido una conferencia magistral en la Facultad a un grupo de médicos, montó en el biciclo radiante de alegría. El administrador de un restaurante cercano le había llamado, con la noticia de haber recibido una carreta  llena de viandas y que podía recoger, detrás de la cocina, una gran cantidad de pedazos de yuca y boniatos inservibles para el comedor. Sin quitarse la única bata blanca, que le cubría hasta las rodillas y era su lujo, salió a recoger aquella riqueza para su marrano. La suerte estaba de su lado, porque una cocinera le rellenó la vasija, con un poco de sopa agria que el esposo no había llegado a recoger.
Comenzó a pedalear despacio y el aire del atardecer le refrescaba el rostro. Como guiaba de bajada, no tenía que esforzarse con los pedales. Iba verdaderamente contento, recordando los primeros días en que subía al hospital, recién graduado de Medicina. Después pensó en la reciente propuesta para trabajar en el Instituto de Ortopedia, en la capital. Iba tan pletórico de sueños, que apenas se dio cuenta que debía detenerse en la intersección, para ceder el paso a un autobús repleto de gente hasta en los estribos.
Con el frenazo, el asa del balde se reventó y comenzó a rodar hasta detenerse, acostado, a unos tres metros del doctor.  Cuando el cubo chocó contra el pavimento, una parte del sancocho líquido le salpicó el rostro y una gran cantidad cubrió el frente de su bata blanca, pero él no tuvo tiempo de reparar en aquel estrago, concentrando toda su conciencia en la recuperación de tan estimada carga.
Sin pensarlo dos veces y sin mirar hacia un vecindario asomado al deprimente espectáculo, se lanzó al pavimento a recoger la porción sólida del sancocho. Involuntariamente, había asumido una posición cuadrúpeda para agilizar el rescate del botín, desparramado en cinco metros alrededor. Ya iba por la mitad de la vasija cuando, al levantar la vista por primera vez, comprendió el inminente peligro que le venía encima. Un perro oscuro, enseñando los dientes, avanzaba en su dirección. En el primer segundo se puso en guardia para evitar una mordida, pero al instante comprendió que el interés del can estaba en la comida.
El instinto del sabueso, en cambio, no le alcanzó para olfatear que se encontraría con un rival encarnizado, en cuatro patas como él, dispuesto a defender su legítimo derecho sobre cada pulgada de bazofia. Cuando el perro gruñó, el médico gruñó más alto, avanzando hacia él. “El sancocho es mío, perro e’ mierda”, gritó en el instante irracional, atacando al perro injerencista con ímpetu de miliciano, hasta arrancarle de la garganta el mejor trozo de boniato.
Por el gesto humano de cubrirse el rostro con una mano, el Doctor J. Loumé se descubrió con la boca abierta, tan abierta como la boca del perro. Fue exactamente el instante en que, desde lo más profundo de su conciencia reencontrada, le brotó la espontánea expresión que iluminó el cambio de su rumbo. Se puso de pie, temblando al reconocerse, visiblemente transfigurado y le dio una patada al balde de sancocho, con tanta fuerza, que vino a encajarse en el pescuezo del perro. Entonces gritó tres veces seguidas, para que todos le oyeran: ¿Qué hago yo aquí?

Nueve meses más tarde, el Dr. J. Loumé se asomó por la ventanilla del avión que lo llevaba a un Congreso Internacional de Ortopedia, en Estados Unidos. Mientras veía achicarse la difusa silueta de la isla en el horizonte, sólo un instante apartó de su mente la imagen de su esposa, los hijos, la familia y tanta gente querida que dejaba atrás. Fue el segundo fugaz en que el recuerdo del balde de sancocho le provocó una triste sonrisa de despedida

jueves, 7 de mayo de 2015

El Día de las Madres

Por Gabriel Cartaya

La consagración de un día del año a rendir homenaje simbólico a un acontecimiento, deidad, afiliación, personaje u otro motivo, aparece desde los tiempos remotos en que se registra la historia de la humanidad.
Pero tal vez ninguno sea más extendido que el dedicado a expresar la veneración que despierta el ser que nos trajo al mundo. Por eso cada muestra de homenaje a la madre, desde la antigüedad hasta hoy, entraña el motivo de celebración más universal e inclusivo.
Sin embargo, no existe una fecha común para rendir reverencia al emblema materno y a través de los tiempos, en diferentes países o regiones, se ha ido afirmando una fecha propia. Asimismo, han sido diversas las imágenes para la revelación de este tributo. Los antiguos griegos lo expresaban en el culto a Rea, madre de Zeus, Poseidón y Hades, mientras los romanos eligieron a Cibeles, diosa de la madre tierra y símbolo de fertilidad.
Con la aparición del cristianismo y su expansión por occidente, se introdujo el culto a la Virgen María, fijada su celebración el 8 de diciembre, fecha que  algunos países, como Panamá,  han ­destinado al Día de las Madres.
Honrar la presencia de la madre fue también una costumbre enraizada en  las culturas que poblaron la Mesoamérica precolombina. Una de ellas, la azteca, rendía culto a la madre de su dios Huitzilopochtli, la diosa Coyolxauhqui o Maztli, representada por la luna. Los aborígenes rendían especial tributo a esta deidad, a la que consagraban hermosas esculturas en oro y plata, revelando con un esmerado nivel artístico su profunda veneración a la maternidad.
Actualmente sobreviven muchos elementos autóctonos y comunes en la celebración del Día de las Madres en Hispanoamérica, a la que sus diferentes países consagran una fecha específica del calendario anual, sin atender al día de la semana.  México, Guatemala y El Salvador  lo festejan cada 10 de mayo, mientras  Paraguay eligió el 15, Bolivia el 27 y Nicaragua el 30 de este quinto mes del año.
Otros países, sin embargo, no lo hacen en mayo. Para los argentinos el tercer domingo de octubre es su Día de las Madres, mientras los costarricenses decidieron celebrarlo el 5 de agosto.
A los Estados Unidos vino la tradición desde Inglaterra, donde se aprecia, desde el siglo XVII, la costumbre de llamar Día de la Madre al domingo libre concedido a los siervos o empleados, para que cada uno pudiera visitar la suya, en cuya figura se concentra el sentido de la familia.
Seguramente esa raigambre influyó en la iniciativa de la escritora británica Julia Ward Howe, principal impulsora de una manifestación pacífica en Boston, en 1872, para reunir a las madres que sufrían por la ausencia de los hijos que habían sido llamados a servir en el ejército. Aunque las celebraciones bostonianas no se afincaron en la tradición, resultaron un antecedente para que en 1907, en Virginia, naciera la propuesta de establecer un día del año para rendir homenaje a las madres. 

Pablo Picasso. Maternidad, 1905


A Ana Jarvis,  una ama de casa muy conmovida con la muerte de su mamá, le cupo el mérito de hacerse oír al desatar  una campaña nacional, dirigiéndose a maestros, religiosos, políticos, abogados y cuantos quisieran oír, con la propuesta de dedicar un día del año a rendir homenaje a las madres.  Le puso tanto corazón, que su mensaje fue aprehendido en poco tiempo por toda la nación.
La práctica se hizo tan generalizada, que el 8 de mayo de 1914, el presidente Woodrow Wilson firmó la proclamación del Día de las Madres como fiesta nacional, una celebración que a partir de entonces quedó establecida para el segundo domingo del mes de mayo.
Seguramente, el segundo domingo de mayo de 1915 fue la primera celebración aguardada del Día de las Madres, por lo que hoy asistimos al centenario de una de las costumbres más hermosas atesoradas por la humanidad.
La idea cruzó los mares y actualmente unos 40 países festejan el Día de las Madres en esta fecha.
España, por su parte, lo celebra el primer domingo de mayo e Inglaterra tiene su  “Mothering Sunday” el cuarto domingo del tiempo de Cuaresma. Pero si tomamos en cuenta los países que eligieron el segundo domingo de mayo para el Día de las Madres, donde se incluye a la vasta población china, es esta fecha la más universal para expresar a cada madre, física o espiritualmente presente, el eterno amor que merece.
En una frase de la sabiduría hindú encuentro la razón primigenia para tan justa devoción: Dios no podía estar en todas partes: por eso le dio a cada familia una madre


Paulina Pedroso, "muy señora en su alma"

Por Gabriel Cartaya

Es difícil detenerse en el “Parque Amigos de José Martí”, en Ybor City, sin pensar en un matrimonio de emigrados cubanos, de raza negra, que levantaron su casa en este lugar y dieron en ella amoroso hospedaje al Apóstol cubano. Ellos, Ruperto Pedroso y Paulina Hernández (más conocida con el apellido del esposo), legaron sus nombres a la posteridad. La razón es que ambos fueron muy activos en la comunidad cubana asentada en Ibor City a finales del siglo XIX y estuvieron muy vinculados al paso y obra de José Martí en esta ciudad.
      No se por qué elección caprichosa de la historia, Paulina ha absorbido casi toda la atención de los cronistas que se han asomado a este momento de la vida de Martí, disminuyendo la figura del esposo, quien sólo se menciona como complemento de la biografía de ella. Paulina ha merecido diversos artículos y un libro con un título privilegiado –La madre negra de José Martí–, con cuya lógica bien podría ser Ruperto  el padre negro del héroe, si se tiene en cuenta que ambos contribuyeron por igual con las atenciones que en su casa recibió el líder cubano.
      De todos modos, algunos cariños filiales encontró Martí en el camino de su vida, que le aliviaron la distancia de sus padres legítimos. Creo que acercar a Paulina al título de madre viene más del impulso fascinado en mostrar la postura antiracista del Maestro, que con la atención maternal directa que pudo expresarle una mujer que era 14 años mayor que él y lo vio sólo unos días.
      Claro que a la nominación contribuyó ella misma, al confesar que Martí le había obsequiado una fotografía, en cuya dedicatoria estaba escrito: “A mi madre negra”, afirmación que cobró fuerza en el registro de veneración martiana desde prenderse en la portada de un libro.
      Desde mi criterio, tanto Paulina como Ruperto merecen un mismo sitial en la historia y ser recordados cada vez que alguien se acerca al “Parque Amigos de Martí”. La primera razón nos la da el mismo Martí, al dejarnos dicho la confianza y afecto que tomó al matrimonio: “Ni a Paulina ni a Ruperto los recuerdo nunca sin que sienta una sonrisa en el corazón”.
      Hay otras referencias de Martí a Paulina y Ruperto, en notas que les escribe cuando alguien muy cercano a él viaja a Tampa en labores del Partido Revolucionario Cubano. Cuando va Fermín Valdés Domínguez, le pide a ella: “Prepárale la cama y quiérelo mucho. Él te lleva la música. Y dime que quiere a alguien más que a ti. Tu amigo, J. Martí”.
     Pero la más conmovedora es la carta que les hace después del fracaso de Fernandina, cuando la guerra está al comenzar y se requiere recuperar los recursos perdidos. Es una carta enviada con Gonzalo de Quesada, en la que se adivina toda su desesperación: “Yo, Uds. lo saben, estoy levantando la Patria a manos puras (…) Si es preciso, háganlo todo, den la casa. No me pregunten. Un hombre como yo, no habla sin razón este lenguaje”.
Ellos complacieron a Martí e hipotecaron la casa, un ejemplo de sacrificio extremo, sólo posible por la convicción que en ellos despertó la palabra de aquel hombre en quien miraron un Apóstol.
     Gracias a la historiadora cubana Josefina Toledo conocemos muchos datos de la procedencia y obra de Paulina Pedroso, pues dedicó años a la investigación para su libro La madre negra de José Martí. Por ella sabemos que nació de padres esclavos en Consolación del Sur, provincia de Pinar del Río. Hernández es el apellido recibido de los dueños esclavistas. A finales de la década de 1970 emigra a Cayo Hueso, donde se casa con Ruperto, negro como ella y también procedente de Cuba.
Cuando comienza el auge de las fábricas de tabaco en Ybor City, el matrimonio se traslada para Tampa y con ahorros que había hecho Ruperto en un restaurante que montó con mil sacrificios, construyó la casa de madera en la Séptima Avenida, entre las calles 13 y 14, con algunos cuartos para huéspedes.
La casa de los Pedroso en Ybor City
     Tanto Ruperto como Paulina se incorporan a las actividades patrióticas de los cubanos en Ybor City y al conocer al líder cubano, en noviembre de 1891, se entusiasman con su discurso, identificados con el ideal de patria que él promueve.
      Cuando Martí se hospeda en casa de los Pedroso, el 16 de diciembre de 1892, un matancero de la raza negra  llamado Valentín Castro Córdova, acompañado de un hombre blanco, le brinda una copa de vino Mariani. Ante el sabor  extraño y el deseo de vomitar, llamaron al médico Barbarrosa y comprendieron que fue un intento de asesinato por envenenamiento. En aquellas circunstancias, la atención y cuidados prodigados por Paulina y Ruperto a Martí, alcanzaron la magnitud del tratamiento a un hijo.
    En los años preparatorios de la guerra por la independencia de Cuba, Paulina y Ruperto estuvieron entre los más fervientes contribuyentes a esa causa y sufrieron, como tantos cubanos, con la tragedia de Dos Ríos. Se conservan unas palabras escritas por Paulina en el primer aniversario de la muerte de su mejor huésped: “Martí, / Te quise como madre, te reverencio como cubana, / Tú fuiste bueno: a ti deberá Cuba su Independencia”.
     Al terminar la guerra a la que tanto ayudaron, no corrieron a Cuba a pedir algo a cambio de su gran sacrificio. Continuaron su vida en Ybor City con toda humildad y recuperaron su hogar. El nombre de Ruperto aparece en la fundación de la Sociedad Martí-Maceo, cuando afloran posiciones raciales de agrupación que se alejaban de los postulados martianos por los que habían luchado.
     Después hay pocos datos sobre ellos. No se conoce con exactitud la fecha en que regresaron a su país raigal. He encontrado en las Actas de la Cámara de Representantes de Cuba, correspondientes a febrero de 1905, una referencia a Paulina Pedroso. Es una “Proposición de Ley para auxiliar a la amiga del gran José Martí, a la Señora Paulina Pedroso”.  En la discusión que se produce alrededor de la propuesta, un delegado pide “socorrer a esa infeliz señora” que está viviendo en la pobreza. Se decide pedir un informe al Cónsul de Cuba en Tampa para verificar su estado. En una sesión siguiente se da lectura al “Dictamen de la Comisión de Presupuesto al Proyecto de Ley, concediendo un crédito de 3.000 para la señora Paulina Pedroso”.  Es curioso que en esa sesión se negó una solicitud hecha a favor de la viuda del general Flor Crombet y otra hacia familiares de Martí.
     Después de esa fecha, las referencias que aparecen de Paulina son las de su muerte. Tal vez regresó a Cuba con su esposo antes de terminarse la primera década del siglo XX. Seguramente los enfrentamientos raciales de 1912, donde tal vez el propio Ruperto fue una víctima, debieron dañarle profundamente.
     La mujer que hipotecó su casa en Ybor City a favor de una patria “con todos y para el bien de todos”, vivió sus últimos días en la pobreza, casi ciega y enferma, en un pequeño apartamento de la calle Corrales, en La Habana. Cerró los ojos a los 74 años, el 21 de mayo de 1913, a dos días del aniversario de la muerte de Martí. El diario La Discusión dio la noticia, informando que se depositaba en la tumba con una banderita  cubana y el retrato de Martí,  regalados a ella en Tampa por el querido  Maestro.
     A más de un siglo de distancia, cuando nos acercamos al sitial histórico donde estuvo su casa, la sentimos flotar envuelta en la bandera cubana, “negra de color y muy señora en su alma”.

jueves, 23 de abril de 2015

A cincuenta años de la Marcha de Selma

Por Gabriel Cartaya



     El Presidente Barack Obama recordó el sábado pasado el 50 aniversario de la Marcha de Selma, ocurrida en marzo de 1965. Es justo, por todo lo que significó la chispa  encendida en Alabama, para que unos meses después se aprobara en Estados Unidos una ley que otorgó a la raza negra el derecho a votar en las ­elecciones de su país.
Después de abolida la esclavitud (1865), ese derecho tuvo que esperar todavía cien años, porque la constitución  tuvo la paradoja fundacional de crear una nación libre con mano de obra esclava, y después mantener la más violenta persecución y abuso sobre una de las razas que componen el espectro multiétnico estadounidense, y a la vez proclamarse como el epicentro de la libertad.
     La evidente sinceridad con que el Presidente habló sobre la Marcha de Selma en el
mismo lugar donde se produjo, está enriquecida porque a la comprensión intelectual del proceso histórico que ha determinado el crecimiento de la nación, se suma la orgullosa asunción de los orígenes compartidos con una raza cuyo nivel de marginación no está aún totalmente rebasado. 

     Al borde del mismo puente que atravesaron los manifestantes en 1965, el primer Presidente afroamericano de Estados Unidos llamó la atención sobre lo que consideró el “error común de sugerir que el racismo ha desaparecido, que el trabajo realizado por los hombres y mujeres de Selma ha terminado”. La expresión de Obama se corresponde con una realidad que él mismo está luchando por trasformar y que tiene hilos visibles de conexión con las presiones de oposición que experimenta en su ejercicio presidencial, alimentadas por intereses de partido, grupo o persona, puestos por encima de los requerimientos de la nación.
     Recordar los detalles de aquellas tres marchas pacíficas organizadas por Martin Luter King en marzo de 1965, cuando se propusieron salir de Selma, atravesar el puente Edmund Pettus y llegar a Montgomery -capital de Alabama-, para exigir el derecho de la raza negra  a ser partícipe activa de la nación, condenar la represión sanguinaria con que el poder reaccionó a la solicitud pacífica de la población negra y exaltar el valor de King y quienes le acompañaron, es un comportamiento  de  gratitud ciudadana. Pero volver a un acontecimiento –como hizo el Presidente Obama al llegar a Selma- orientando la memoria hacia la comprensión de lo que nos falta cambiar en el mundo de hoy, es pedirle a la historia una herramienta práctica para enfrentar el presente. Es tal vez el sentido con que el congresista John Lewis –participante heroico de aquellos acontecimientos- dijo en el acto del pasado sábado: “Barack Obama es lo que se esperaba al otro lado del puente de Selma”.
     Esas ideas acompañaron a Martin Luter King cuando la tercera marcha logró llegar a la capital del estado,  el 24 de marzo de 1965, al decir para siempre: “El arco del universo moral es largo, pero se inclina del lado de la justicia”. Cinco meses después, el Presidente Lyndon  Jhonson firmó la ley que abría el derecho al voto de los afroamericanos.
A muchos le parecía entonces que el anhelo de un grupo de personas, cruzando un puente para  exigir pacíficamente el fin de la discriminación racial, podría ser inútil. Sin embargo, de allí brotó un caudal indetenible que, a fuerza de sereno valor, no sólo consiguió las metas inmediatas que entonces se propuso dentro de Estados Unidos, sino que con su ejemplo  arrastró a millones de personas en el planeta  a luchar por vivir en un mundo mejor.

viernes, 3 de abril de 2015

Tampa y la polémica entre Martí y Collazo


Por Gabriel Cartaya


A principios de 1892, cuando José Martí está comenzando a organizar a los patriotas cubanos de la emigración y dando los primeros pasos en la creación del Partido Revolucionario Cubano, se produjo un incidente que pudo dañar duramente su imagen como líder político de aquel movimiento. Fue la carta publicada por el Comandante Enrique Collazo en un periódico de La Habana y firmada por otros tres oficiales del Ejército Libertador (José María Aguirre, Francisco Aguirre, Manuel Rodríguez). En dicha misiva se condenaba con epítetos llegados hasta la ofensa al hombre que comenzaba a ganar un alto prestigio como guía principal de la revolución cubana.

La carta de Collazo se escribe como reacción a un fragmento del discurso que Martí pronunciara en Ybor City el 26 de noviembre de 1891, en el que hace alusión a Ramón Roa, un veterano de la Guerra Grande. Roa  había  publicado  el libro A pie y descalzo, donde se exponían con crudeza las penurias que la vieja generación había padecido en los diez años de guerra. Martí consideró que aquella exposición podía crear un clima inapropiado en el momento de estar llamando al reinicio de la epopeya bélica.

El párrafo del discurso que provocó la polémica fue el siguiente:

“¿O nos ha de echar atrás el miedo a las tribulaciones de la guerra, azuzado por gente impura que está a paga del gobierno español, el miedo a andar descalzo, que es un modo de andar ya muy común en Cuba, porque entre los ladrones y los que los ayudan, ya no tienen en Cuba zapatos sino los cómplices y los ladrones? -Pues como yo sé que el mismo que escribe un libro para atizar el miedo a la guerra, dijo en versos, muy buenos por cierto, que la jutía basta a todas las necesidades del campo en Cuba, y sé que Cuba está otra vez llena de jutías, me vuelvo a los que nos quieren asustar con el sacrificio mismo que apetecemos, y les digo:-¡Mienten!”

Tal vez considerar a Roa “gente impura” y condenarlo por cobrar un salario del gobierno español en Cuba, no fue un acto de sensatez política en el momento en que son requeridas todas las fuerzas para la unificación de un movimiento revolucionario que llevaba décadas de dispersión. Más grave, si se tiene en cuenta la amistad del viejo mambí con altos oficiales del mambisado.

La reacción de algunos veteranos que radicaban en La Habana, cercanos a Roa y bajo su influencia, se expresa con toda violencia en la carta que dio a conocer Collazo el 6 de enero de 1892,  donde confiesa haber leído “un discurso de usted pronunciado en Tampa el 26 de noviembre de 1891”, en que  según Collazo,  se ofende a los cubanos al decir que pueden temer a las penalidades de la guerra. 

La carta defiende al autor del libro aludido en el discurso de Tampa. “Pues bien, señor Martí: ofensa tan grave a los cubanos, jamás pensó inferirla el autor de A pie y descalzo, ni ninguno de sus compañeros, que unánimemente aplaudimos la veracidad y oportunidad de un libro cuya moral debe llenar de orgullo a todo corazón cubano”.

A continuación, Collazo ataca a Martí, haciéndose eco de calumnias e intrigas:

“No nos extraña que usted haya comprendido mal la índole de A pie y descalzo: el libro ha debido parecer a usted terrorífico. El que (...) no cumplió con los deberes de cubano cuando Cuba clamaba por el esfuerzo de todos sus hijos; el que prefirió continuar primero sus estudios en Madrid, casarse luego en México, ejercer en La Habana su profesión de abogado, solicitar más tarde, como representante del Partido Liberal, un asiento en el Congreso de los Diputados, (...) el que prefirió servir a la Madre Patria, o alejar su persona del peligro, en vez de empuñar un rifle para vengar ofensas personales aquí recibidas, ése, usted, señor Martí, no es posible que comprenda el espíritu de A pie y descalzo. Aún le dura el miedo de antaño”.

En realidad se trataba de una calumnia, pues durante la estancia de Martí en Cuba (1878-1879)  le ofrecieron algunos cargos en el Gobierno,  pero no aceptó ninguno. También confesó en múltiples ocasiones que sólo hubiera ocupado un cargo, para desde él pedir la independencia de Cuba.

Collazo es también injusto al acusarlo de estar “adulando a un pueblo incrédulo para arrancarle sus ahorros”, cuando sabía que la prédica martiana se dirigía a incorporar cada centavo recaudado por los trabajadores cubanos emigrados a la preparación de la guerra necesaria.

Finalmente, lo ofende en el plano que más puede doler al hombre que está llamando al levantamiento armado: el valor personal para el combate. “Si de nuevo llegase la hora del sacrificio, tal vez no podríamos estrechar la mano de usted en la manigua de Cuba; seguramente porque entonces continuará usted dando lecciones de patriotismo en la emigración, a la sombra de la bandera americana”.

     La carta en que Enrique Collazo ataca a José Martí se dio a conocer enseguida en Tampa, Cayo Hueso y Nueva York. El agraviado, inmediatamente, hizo pública su respuesta, expresando “la obligación de contestar la infortunada carta que con fecha 6 de enero se sirvió Vd. dirigirme, y me causó más pena que enojo, porque en ella revela Vd. la capacidad de ofender sin razón, y muestra su desconocimiento lamentable de la obra de generosidad y de prudencia” de la emigración.

Acto seguido defiende las ideas expuestas por él en el discurso del 26 de noviembre en Ybor City, contenidas en el párrafo impugnado por el militar desde La Habana. No se retracta de haberlas expresado, porque considera que  en el libro aludido,  Roa ha recreado una atmósfera sombría que puede ser contraproducente en el momento en que se está convocando al reinicio de una guerra necesaria.

Collazo tergiversa la crítica martiana  a quienes sirvieron en la revolución y después usaron “su influencia para aflojar la virtud renaciente”, identificándola injustamente con una supuesta condena de Martí a quienes estuvieron en el campo mambí. Por eso la respuesta es tajante:  “El que peleó en la revolución es santo para mí, señor Collazo”.

Con relación a los ataques a su persona, se defiende con este párrafo que cito íntegro: “¿Qué le diré de mi persona? Si mi vida me defiende, nada puedo alegar que me ampare más que ella. Y si mi vida me acusa, nada podré decir que la abone. Defiéndame mi vida. Sé que ha sido útil y meritoria, y lo puedo afirmar sin arrogancia, porque es deber de todo hombre trabajar porque su vida lo sea: responder a Ud. sería enumerar los que considero yo mis méritos. Jamás, Sr. Collazo, fuí el hombre que Ud. pinta. Jamás preferí mi bienestar a mi obligación. Jamás dejé de cumplir en la primera guerra, niño y pobre y enfermo, todo el deber patriótico que a mi mano estuvo, y fue a veces deber muy activo. Queme Ud. la lengua, Sr. Collazo, a quien le haya dicho que serví yo a la madre patria. Queme Ud. la lengua a quien le haya dicho que serví en algún modo, o pedí puesto alguno, al Partido Liberal”.

En cuanto a “arrancar a los emigrados sus ahorros”, la respuesta la remite a la reacción que tuvo la propia emigración ante la carta infortunada:  “Y en cuanto a lo de arrancar a los emigrados sus ahorros, ¿no han contestado a Ud. en juntas populares de indignación, los emigrados de Tampa y de Cayo Hueso? ?No le han dicho que en Cayo Hueso me regalaron las trabajadoras cubanas una cruz? Creo, Sr. Collazo, que he dado a mi tierra, desde que conocí la dulzura de su amor, cuanto hombre puede dar. Creo que he puesto a sus pies muchas veces fortuna y honores. Creo que no me falta el valor necesario para morir en su defensa”.

La cita anterior cierra con la seguridad de tener “el valor necesario” para morir por la independencia de su país, de lo que dio muestras con su vida. Pero, por si había alguna sombra de amenaza en la indicación de encontrarse cara a cara más adelante, José Martí le expresa toda su disposición: “… no habrá que esperar a la manigua, Sr. Collazo, para darnos las manos; sino que tendré vivo placer en recibir de Ud. una visita inmediata, en el plazo y país que le parezcan convenientes”.

En carta de esos días a Fernando Figueredo, Martí le dice:   “Ya El Cayo les respondió. Y Tampa”. Y a Eligio Carbonell:  “Y la nobleza y sensatez de Tampa han sido mucho mayores que la astuta malignidad con que se ha querido envenenarnos. No es sólo gratitud lo que siento por haberles inspirado esa fe, ni la alegría de poder ver a un vasto número de hombres con cariño de familia, sino el gozo de ver a un pueblo tan bien preparado ya para la libertad; de ver tanta alma de oro, por el brillo y por la fortaleza”.

El apoyo de la emigración cubana a Martí, ante el pronunciamiento con que Enrique Collazo y otros viejos oficiales del Ejército Libertador intentaron dañar su imagen, resultó decisivo en los días que se iniciaba la organización del Partido Revolucionario Cubano. Y en ese acto de conciencia tuvo la emigración cubana de Tampa una actitud muy avanzada.

Es bueno saber que el incidente quedó zanjado con esta carta. Al mes siguiente, Martí escribe a Figueredo, confesándole  que se lamentaba de tener que “razonar contra un cubano que se expuso mil veces a morir por su país; y se dolía mi corazón profundamente de lo que me mandaba escribir el interés público y la dignidad (... ) Lo que rechacé no fue la ofensa, sino el peligro (...) Y si cerré mi respuesta con un convite inevitable, no fue por alarde odioso (…) sino porque en campaña es indispensable el valor”.

Le aclara a Fernando que ya ha olvidado una agresión “que no me causó más pena que la de que fuera autor de ella un hijo de mi misma madre”.

En 1894 Martí felicita a Collazo por su libro Desde Yara hasta el Zanjón y a fines de enero de 1895 se encuentran en Nueva York, donde firman la orden de alzamiento. Juntos salen de Nueva York hacia Santo Domingo, con la idea compartida de encaminarse a la guerra. Otras razones determinaron que Collazo no pudiera entonces salir para Cuba, pero lo hizo en marzo de 1896, llevando una expedición preparada en Tampa.