Cuando todos se acuestan, sale al patio otra vez. La luna está en cuarto menguante y un hilo tenue de su luz acaricia una fronda que, hacia el matorral, le recuerda un instante a San Jorge en el bosque, una pintura renacentista del alemán Albrecht Altdorfer. Es que Mercado seguía a su lado, como aquella vez en el Colegio San Idelfonso, donde admiraron juntos una copia y, por decir algo, dijo su amigo:
–Me parecía un Durero.
–Comprendo –le dije–. Es evidente la influencia de Albrecht
Dürer en su compatriota Altdorfer.
La luz, suave, se filtra por el follaje y, caprichosa, le
desconcierta. No alcanza a distinguir si el leve resplandor cae en la frente
del caballo embridado de San Jorge o aclara la frente de Baconao. ¡Es su
caballo! Ahora lo sabe, porque se arrima a la cerca, inquieto, mirando a uno y
otro lugar con la cabeza más alzada de lo común. Mira a su dueño,
reconociéndole, y patea la tierra con impaciencia irreconocible.
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| La andaluza de Dos Ríos, pintura de Alexis Pantoja basada en la novela El secreto de la andaluza |
Seguramente, al ver la caballería siente llegada la hora de incorporarse. Las ramas se mueven en cada uno de los árboles, con música de paz que alivia el sonido violento de las chicharras, mientras un aire húmedo viene del río, donde un fragmento de luna decreciente se transforma en mujer semidesnuda. El cuerpo le hala a descansar, la mente al río. Dos patrias tengo yo, son dos llamadas, ¿o son una las dos? Mira hacia el camino que bordea el Contramaestre, rumbo a la casa que atesora el secreto, enriquecido de curvas entre los árboles que protegen al caminante.
Baconao le vuelve a mirar, cuando él toca la montura cerca
de la hamaca. El galope le acerca a la casa y tira con fuerza las bridas hacia
el pecho cuando pasa entre el dagame y el fustete, culminado el impulso de ver,
por última vez, el sitio donde duerme una mujer. Sorpresivamente, en un soplo
la puerta se abre y emerge el rostro consternado de la muchacha de Cádiz, en
túnico morado. Se desmonta a abrazarla y decirle adiós.
–Siempre has estado loco –dice ella, casi sin voz, como en
El Pópulo–. Pero me alegra, porque me atraganta una pregunta. Sé que mientras
no llegue una república verdaderamente democrática debo guardar las páginas.
Pero, si muero antes, ¿qué pasará con ellas?
Se queda sin palabras, abrazándola en las nubes, por si
encontraba en el ruido de la sangre una nueva contestación. Al apretarla,
siente la punta nerviosa de cada uno de sus senos despiertos en el medio del
pecho y en sus ojos el inquietante presagio de que podría ser la mirada
postrera de una mujer. Cuando salta al caballo, debidamente despedido, le
despierta la voz alarmada de Ramón.
–Martí, Martí, ¿son pesadillas?
–No, Ramón, son dulces sueños.
Ya eran las tres de la mañana y se iban a alistar. Los
caballos se metieron en las aguas turbias del Contramaestre, todavía hinchado
con la creciente de la tarde anterior. Es enorme la curva que da el río en La
Vuelta Grande, donde los pastos reverdecen con la lluvia continua. Allí espera
la caballería de Masó, quien se levanta airoso al oírlos llegar. Ya andan los
vasos de café en las manos, que se extienden calurosas a saludar. Bajo la luz
del sol se aclaran los rostros y las palabras entran en calor.
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| El dibujo representa a José Martí hablando a la tropa mabisa en Dos Ríos, el 19 de mayo de 1895, momentos antes de morir en combate. A su lado, Máximo Gómez y Bartolomé Masó |
Siente confianza, como si entrara al Liceo Cubano de Ybor City. ¡Si estuvieran aquí, al lado de las palmas!, mis Carbonell, Rivero, Ruperto y Paulina, la vieja Carolina, a quienes tanto deben los que ahora me acompañan. El discurso de hoy, al que le llaman cuando terminan de hablar Gómez y Masó, es el mismo del con todos y para el bien de todos. Decir a las palmas que han llegado sus novios, pues son las mismas que añoraron en el largo destierro. Decir que están al lado de ellas, con la patria proclamada, de agonía y deber. Eso dirá, donde la tierra cubana es la tribuna: el tributo a los héroes de esta epopeya, la razón de la guerra inevitable, la necesidad del gobierno eficaz que asegure desde la raíz la representación del pueblo en preparación para la república democrática de mañana; la necesidad de contener asomos de despotismo, distingos raciales, sociales o de pensamiento, la generosidad ante el vencido, la inclusión del español anhelante de libertad y trabajo honrado, la justeza en la administración de la justicia, el no derramamiento inútil de la sangre, el combate de ideas, no de odios.
Levanta más la voz, a que todos la oigan: es preferible
morir en defensa de la libertad que vivir privado de ella. Cuando se desmonta
del púlpito, todos abren los brazos y cabe en ellos al abrir los suyos. Oye,
sin buscarlo, a un joven conmovido, contándole a otro lo que llamó un milagro.
–Acabo de ver a Moisés en el desierto, guiando a los judíos
hacia el país de Canaán, trasmitiéndoles los Diez Mandamientos escuchados en
las teofanías del Sinaí.
El que oye, se alarma.
–Manuel Piedra, ¿qué
dices?
Y este repite la oración. Se sobrecoge. Ha dicho que por Cuba está dispuesto a que le crucifiquen. Arrima con sorprendente agilidad un taburete a la mesa bien servida, donde ya muchos almuerzan. En ese instante, un jinete se acerca a la velocidad de un rayo, reventando el caballo, cuando muchos no llevan el plato ni por la mitad.
–¡Los españoles! Una tropa bien grande –grita antes de
llegar, mientras apunta con la mano derecha hacia el otro lado del
Contramaestre.
Nota: La novela El secreto de la andaluza puede adquirirse
en Amazon.


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