Mientas descubrimos si las noticias sobre la guerra de Ucrania pertenecen a la verdad o la posverdad, muchos seres humanos siguen muriendo bajo los fusiles, bombas y misiles en ese país. Entre los soldados que mueren hay invasores e invadidos, únicas categorías posibles para enmarcar cualquier guerra que se desarrolle entre dos países, según quien haya atravesado la frontera para combatir. Los soldados lo saben y, en el momento de disparar, unos lo hacen defendiendo su tierra, familia, herencia, cultura; y en el lado opuesto, algunos no entienden por qué combaten, o no se lo preguntan y, en el peor de los casos, no les importa.
La
verdad es la guerra, pero ahora ha nacido el concepto de la posverdad,
defendiendo que la realidad de un hecho se mide por la opinión y emoción que
se suscita alrededor de él. Para la Real Academia Española, que ya ha evaluado
el término, la posverdad o mentira emotiva es un neologismo que implica la
distorsión deliberada de una realidad en la que priman las emociones y las
creencias personales frente a los hechos objetivos, con el fin de crear y
modelar la opinión pública e influir en las actitudes sociales. Desde esta
perspectiva, la información que ofrecen las jerarquías contendientes en el
campo de batalla se enfoca en lo que quieren hacer creer, más que en lo que
ocurre. Si, de un lado, uno reclama el derecho a agredir sobre la base de estar
defendiendo la soberanía nacional, justifica la barbarie de la guerra con la
narrativa patriótica de salvaguardar el futuro de su nación. No dudo de que ese
discurso que cada día están oyendo millones rusos, les compulse a defender la
política emitida por su dirigente político y militar.
Donde el emisor de esa posverdad tiene el control de los medios de comunicación y, a su vez, puede encarcelar a quien le enfrente con un discurso diferente, es natural que haga repetir una y otra vez su versión de los hechos hasta convertirlos en verdad para la inmensa mayoría de los receptores.
Hospital de maternidad en Mariúpol, la verdad de un ataque. |
Esa
falta de justificación se cubre con la posverdad que acompaña la presentación
de los hechos, ocultando la verdad que vemos en tantas imágenes de edificios
civiles destruidos, de miles de personas huyendo bajo el fuego, de muertos
civiles entre los que hay niños, mujeres, ancianos, así como hospitales y
escuelas bombardeadas. Mientras, se divulga que el Presidente ucranio es nazi,
se le acusa de genocidio en las regiones separatistas que ahora el Presidente
ruso reconoce independientes, se niega que la población respalde su gobierno y
esté haciendo una abnegada resistencia al invasor, se sobredimensiona el
peligro enemigo sobre el país y en ningún caso se relaciona la campaña militar
con la posible sed de reconquista del antiguo poder del imperio ruso.
En lo que dilucidamos cuanto hay de posverdad en los argumentos con que el país agresor justifica su acción bélica, o las declaraciones con que las potencias mundiales se posicionan ante el drama ucranio desde sus propios intereses geopolíticos y económicos, la inobjetable verdad de la guerra está en el sufrimiento de seres humanos que no son una amenaza para nadie y, en unos minutos pierden el hogar, la escuela, el centro de trabajo, el hospital, la vida.
Y si
esa verdad que vemos con horror en un país como Ucrania, hoy con ciudades
injustamente arrasadas, y el tono de amenaza nuclear que se ha permitido el
líder ruso dejara de ser una “distorsión deliberada de la realidad”, entonces
la humanidad, con todo el encanto material y espiritual que ha logrado en miles
de años podría, al desaparecer, ser la última verdad.
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