viernes, 22 de mayo de 2026

Del primer desentierro de Martí en El secreto de la andaluza

Esa noche me entristeció saber que Él estaba enterrado cerca de mí y que arriba le pusieron a un muerto español. Una ofensa a los dos, no porque fueran enemigos en el combate, en la muerte todos nos emparejamos, es porque no hubo el más mínimo respeto, ni una pizca de consideración para alguien de tanto amor.

Estábamos terminando el desayuno cuando vinieron a buscar a Jaimito.

–Apúrate, Jaime, hay que hacer un sarcófago a la carrera. Lo ha pedido el teniente coronel Michelena en persona.

–¿A quién van a enterrar con tanto aspaviento? –pregunté, aunque estaba segura de la respuesta.

–Se llevan para Santiago el cadáver de José Martí –dijo Ferrán.

El cadáver de José Martí fue enterrado en Remanganaguas
el 20 de mayo de 1895. Tres días después lo trasladaron
 al cementerio Santa Efigenia, en Santiago de Cuba

La tropa ha rodeado el cementerio y han traído un médico para que certifique que el muerto es el muerto. Vamos a hacer la caja, pero nadie sabe las medidas.

Entonces sentí que era mi momento y me puse de pie, a decir sin pensarlo dos veces lo que no había dicho a nadie.

–Pueden coger las medidas conmigo, porque somos del mismo tamaño.

Cuando todos me miraron, me di cuenta que debía explicarlo: que unos días atrás él pasó por mi casa y cuando le serví el café me di cuenta de que no era más grande que yo. Así, simplemente, que me di cuenta, como de casualidad, y que yo mido cinco pies y cinco pulgadas, por si les sirve de algo. La mejor prueba no se la dije, porque esa solo la sabe Dios: que cuando éramos muy jóvenes nos habíamos medido en la cama con la broma de que en el tamaño del cuerpo éramos tal para cual. Entonces Jaimito cogió el centímetro y me marcó de la cabeza a los pies. Yo me estremecí, porque pensé que el sarcófago era para mí.

–Resuelto –dijo Pedro–. Hay un sarcófago de cedro que un muerto no se llevó. Sólo hay que reducirle unas pulgadas y agregarle un cristalito, para que lo vean. Sí, pensé yo para mis adentros, para que tenga luz.

Al despedirme, supe que nada podría impedir que entrara al cementerio, a decirle adiós. Parece que Jaimito se dio cuenta, porque me dijo con una pizca de malicia en los ojos:

–Tía, yo voy a acompañarla hasta las afueras.

Lo miré con infinito cariño. Ya era un jovencito de catorce años, tan espigado como el torero Frascuelo, vivaracho, con ojos inteligentes, un españolito cubanizado por donde quiera que lo miraras: conversador, dicharachero y con un dejo de saber algo más de lo que saben los demás.

–Por aquí, tía –me dijo, cuando vimos a un grupo de soldados afanados en espantar a unos poblanos que intentaban entrar al lugar.

Había un entra y sale de soldados que tenía al barrio virado al revés, en medio de una conmoción callada que sobrepasaba los límites de la razón. Mientras, un grupo de oficiales rodeaban al teniente coronel Manuel Michelena, como aclaró Jaimito. En el centro había un joven muy elegante en su bata blanca, del que ya mi sobrino también se sabía el nombre:

–Dr. Pablo de Valencia y Forns –aseguró, alargando la ese con el orgullo de estar enterado hasta de la pronunciación.

Pablo de Valencia y Forns
Nos ocultamos detrás de un árbol a mirar, pero no pude contenerme y, desatendiendo a Jaimito, me abrí paso entre los soldados, con la mentira llorosa de ser doliente del soldado español enterrado allí, el sargento Joaquín Ortiz, les dije, que para eso lo averigüé. Sentí que no les interesaba, pero me abrieron paso y ya alrededor de la exhumación todos estaban tan atentos al muerto, que ni se fijaron en mí. Por eso pude verlo y oír al doctor.

Cuando sacaron al primer muerto, lo lanzaron a un lado como si fuera la piltrafa de un cerdo, y eso que era de los suyos. En cambio, con el cuerpo del enemigo quedaron embelesados. Me pareció que todos comenzaban a adorarlo. Una señora que estaba cerca exclamó ¡es ver a Cristo!, como si estuviera leyéndome el pensamiento. Cuando el forense le abrió el pecho percibí la frialdad del cuchillo en mi piel. Pero, al verle en sus manos el corazón, un latido enigmático me hizo creer que me aclamaba y eso no lo pude soportar. Jaimito corrió al verme caer y no supe cómo pudo sacarme de allí. El médico desatendió un instante su misión para frotarme en la frente un algodón empapado de alcohol. No pude darle las gracias hasta muchos años después, cuando, inexplicablemente, llegó a mi casa envuelto en una historia de amor.

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