viernes, 17 de julio de 2026

Escrito de Alfredo ­Antonio Fernández sobre El secreto de la andaluza

 En el año de 1929, durante su segunda estancia en París, coincidiendo con la crisis mundial del capitalismo, el pintor cubano Víctor Manuel García, colgó en las paredes de una galería –presumiblemente en la barriada bohemia de Montparnasse, frecuentada por poetas y pintores que rendían culto al ajenjo en los cafés al aire libre– una pintura al óleo sobre madera de 46.5 x 38 con el enigmático título Gitana Tropical.

Muy pronto,  la  pintura  se convirtió en referente obligado de la pintura modernista cubana, no solo por la influencia bien asimilada de pintores de la vanguardia europea (Gauguin y Modigliani) sino por la forma en que el pintor supo condensarlos en una figura femenina con rasgos eclécticos de india peruana y mulata cubana en pose que recordaba a la Mona Lisa renacentista de Da Vinci.   

De haber sido el editor de la novela El secreto de la andaluza (Classic Subversive Editions, 2025), del autor cubano Gabriel Cartaya, radicado en la ciudad suroccidental norteamericana de Tampa, no hubiera vacilado en elegir como portada el retrato de Gitana Tropical, o algún otro tipo de diseño o ilustración que, sin reproducir exactamente sus rasgos fisonómicos, aludiera a la expresión enigmática de la protagonista, tanto la que aparece coloreada en azul, blanco y gris en la pintura de Víctor Manuel como la que se adivina en blanco y negro en la descripción literaria de Cartaya.

De la Gitana Tropical se ha dicho que su rostro es, sin lugar a duda, el centro de atracción del cuadro, con sus grandes ojos sesgados y la carnosidad de sus llamativos labios, quien nos obliga a mirarla de frente y a fijarnos detenidamente en ella. Con la Andaluza de Cartaya –a quien me place imaginarla con rasgos similares a la Gitana de Víctor Manuel– sucede algo parecido, pero en sentido inverso.

El personaje de la Andaluza –Emilia Sánchez  en la realidad y en la ficción de la novela– más que verlo, de forma elusiva debemos imaginarlo porque así lo quiere el autor, quien la ha rescatado de la breve mención escrita que de ella hace en su Diario José Martí, la figura más representativa de la historia de Cuba,

Martí, el 12 de mayo de 1895, una semana antes de morir en el primer combate de su vida, describe a la Andaluza con un rápido y seguro trazo en el que abunda la descripción de los colores como escapados del pincel de Víctor Manuel mientras pintaba a la Gitana:  ¨Y allí está en su túnico morado, el pie sin medias en la pantufla de flores, la linda andaluza, subida a un poyo, pilando café…¨.

En ese par de líneas se resume todo lo que sabemos del personaje evocado por Martí, mientras cabalga por la llanura que colinda con la ribera de los ríos Cauto y Contramaestre del Departamento Oriental de Cuba.

A la distancia de un siglo –1929 exhibición de Gitana y 2025 edición de la Andaluza–, ambas presencias femeninas aparecen y desaparecen como en los filmes de misterio de Hitchcock (Vértigo) para cautivarnos con su presencia tanto como en la ausencia. No importa que a la primera la veamos de pie, parados delante de ella en una de las salas del Museo Nacional de Cuba donde actualmente se ubica, y que, a la Andaluza, más que verla la imaginemos, agazapada, de forma oblicua, semioculta como se encuentra en la fronda de más de trescientas páginas de la novela de Cartaya. El resultado es el mismo: fantasía, magia, misterio femenino.

La andaluza de Dos Ríos.
 Obra de Alexix Pantoja
.

El misterio abre y cierra como en un laberinto excavado en el tiempo, la conexión de más de un siglo entre ambas mujeres, una en la pintura y la otra en la literatura. Unidas por la magia del arte, sin que importe que una haya sido concebida por el empleo del pincel y la otra de la pluma y no resulta fortuito resaltar el detalle de que hayan sido los gitanos –grupo étnico abundante en Andalucia– los que poblaron los arrabales de Cádiz de donde es oriunda la enigmática Andaluza.   

En la novela de Cartaya, la Andaluza es testigo en tres tiempos diferentes de la presencia de José Marti: (1) de joven, siendo soltera en Cádiz, lo vio con alegría, radiante, colérico, pleno de entusiasmo con la posibilidad de organizar desde el exilio español la lucha por la independencia de Cuba. (2) de mujer, casada, al pie de las estribaciones de la Sierra Maestra, lo ve con tristeza cuando pasa a caballo, asomada a una ventana, apresurado por unirse a la tropa insurrecta cubana que desafía en combate a una columna del ejército español en Dos Rios, en el oriente de Cuba. (3) de anciana, viuda y con nietos, lo evoca con los ojos cerrados en el recuerdo, delante de su familia, tras varias decenas de años transcurridos después de su muerte, en medio de una República de Cuba plagada de violencia, corrupción y politiquería que nada tiene que ver con la república ¨con todos y para el bien de todos¨ por la que luchó y murió Martí.     

Una vez establecido el nexo entre ambas figuras femeninas, enigmáticas en la plástica y en la literatura, corresponde develar el misterio que oculta la Andaluza, de cuya existencia se nos advierte en el mismo título de la novela. Un misterio que el autor, sabiamente, va ofreciendo a pedacitos, para mantener la intriga que rodea a la muerte en combate de Martí, el 19 de mayo de 1895.

Un misterio que se anuncia casi al principio de la narración (página 18) cuando Martí, en monólogo discursivo, empieza a constatar las reacciones ambiguas –una parte entusiasmo y otra parte celos y rivalidades– que su presencia como delegado del Partido Revolucionario Cubano despierta entre los soldados y oficiales cubanos de la insurrección contra España: ¿de quién tengo que defenderme, del desbordamiento del rio Contramaestre, de una bala ibérica o de estas aldeanas jerarquías?¨.

En la novela de Cartaya, el personaje de Emilia Sánchez, la Andaluza, cuando lo vuelve a ver en Dos Rios, se percata rápidamente del dilema en el cual se encuentra envuelto Martí, y resume su propia angustia por la encrucijada política a la que se asoma en un comentario magistral (página 50) sobre el conflicto que se avecina entre el político y los guerreros en torno al orden de prioridades:

La duda sobre qué prevalecerá en Cuba una vez que se inicie la contienda bélica del lado insurrecto cubano, si el campamento militar con toque de diana matutino o la discusión del aparato legislativo en una república utópica, reaparece en otro comentario que la Andaluza dirige a Martí –esta vez alarmada– ante la posibilidad de que ocurra un desenlace negativo.  

En la novela, Cartaya elige el misterio que la ronda como una suerte de aura y nos ofrece como sucedáneo una bella metáfora insertada en la narración, en la cual se describe a la futura república que Marti deseaba fundar como un caballo de trote veloz guiado por dos bridas, la de las armas y la de las leyes, que no se deben desbocar de un solo lado. 

La Andaluza es la única persona a la cual Martí confía su secreto la víspera de su encuentro definitivo con la muerte, para que no se pierda la idea de una república fundada en leyes.  

Hace bien Cartaya en su novela en mantener como final abierto la pesquisa de la verdad anecdótica y teórica que encierran los documentos de Marti. Aún hoy, ciento treinta años después, sigue siendo un reto poner en claro sus últimas acciones en vida y las variaciones en su pensamiento una vez que abandonó el exilio y se introdujo clandestino en Cuba como soldado de la independencia.

Muchas preguntas sin respuestas definitorias flotan tras un siglo de su muerte. ¿Cuál fue el destino final de las páginas que faltan del Diario interrumpido el 19 de mayo de 1895 en Dos Rios? ¿Adónde fueron a dar? ¿Quién las arrancó? ¿Por qué?

Me atrevería a decir que la motivación mayor de Cartaya al escribir El secreto de la andaluza no fue encontrar la verdad –tarea encomiable, pero harto difícil por la ausencia de piezas claves del rompecabezas que fue la vida de Marti en sus últimos momentos– , si no seguir alimentando la fábula que se ha tejido a lo largo del tiempo sobre las horas finales de Marti y el destino de su Diario en el que, al parecer, daba a conocer la intimidad de su pensamiento sobre las personalidades de mayor relieve en el campo insurrecto cubano y las contradicciones que sobre la guerra y la futura república mantenía con ellos.  

Alfredo Antonio Fernández, escritor, historiador y guionista. Es profesor de  Literatura en la Universidad de Prairie View A&M, en Texas.

 

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