viernes, 24 de abril de 2026

A 128 años de la entrada de EE. UU. a la guerra en Cuba

 Cuando abrimos los noticieros, en cualquier medio disponible, encontramos más espacios dedicados a la guerra que novedades científicas o culturales. En estos días, el escenario del Medio Oriente alcanza la primacía con bombardeos en Irán, el Líbano y otros territorios alcanzados por misiles que salen de Israel, de Teherán, de buques de guerra estadounidenses o de otros puntos, como pueden ser los lanzados por los hutíes desde Yemen. Este conflicto desplazó en los medios informativos el espacio destinado previamente a Gaza, como este sustituyó anteriormente a la defensa armada de Ucrania frente a la invasión rusa. El hecho es que las armas siguen aquí, siempre presentes, desde hace más de tres milenios.

Hace 128 años fue anunciada otra guerra, que vendría a entrar en una ya existente. El 25 de abril de 1898, Estados Unidos le declaró la guerra  a España, cuando esta  enfrentaba a las tropas del Ejército Libertador cubano en aras de su legítima independencia. ¿Buscaba Estados Unidos que la Perla de las Antillas fuera libre o movía sus primeros alfiles hacia una posición estratégica en el Caribe con miras a su sed de expansión? 

Antes de una intervención armada en Cuba, Estados Unidos ejerció presiones a España para que pusiera fin a la guerra. Entre ellas, una de las más significativas fue la propuesta de comprarle la Isla. No era la primera vez, pues ya en 1848   el presidente James Polk le había ofrecido 100 millones de dólares.  En 1897 William McKinley elevó la cifra a 300 millones, pero la respuesta española fue la misma: no vendería jamás a la más preciada joya de su corona.

Sin embargo, ante el avance del Ejercito Libertador por un lado, y por otro las presiones internacionales –señaladamente las de EE. UU.–, España cambió la política hacia Cuba  a fines de 1897. Sustituyó a Valeriano Weyler por Ramón Blanco como capitán general, poniendo fin a la intensa represión desatada por aquel y prometiendo dar paso a un gobierno con carácter autónomo, lo que fue rechazado por los combatientes cubanos.

En ese marco llegó el año 1898 y entra en el escenario bélico Estados Unidos. Antes, naturalmente, la prensa estadounidense se ocupó de presentar la intervención con un discurso humanitario. Todavía no está claro si la explosión del Maine en la bahía de La Habana fue accidental o provocado. Lo cierto es que el 15 de febrero estalló en llamas el buque estadounidense.  El capitán Sigsbee y la mayoría de los oficiales sobrevivieron, pero le costó la vida a más de 250 jóvenes marinos e infantes de su armada. Se explicó que su envío a La Habana respondía a la necesidad de proteger los intereses de estadounidenses en la Isla ante la extensión de la guerra. De hecho, antes de demostrarse quién era el culpable, fue suficiente un informe al Congreso del 28 de marzo con la afirmación de que al Maine lo había volado una mina. Entonces,  el presidente William Mc Kinley tuvo en sus manos un motivo indiscutible para declarar la guerra a España. Claro, respetando la Constitución del país, esperó por la aprobación del Congreso, quien el 25 de abril lo convirtió en un acto legal.

Previamente, ya avanzaba el bloqueo naval hacia la Isla, consciente la administración estadounidense de su superioridad militar sobre las fuerzas españolas destacadas en Cuba, severamente dañadas con el empuje de un Ejercito Libertador que ya había ocupado una buena parte del territorio del país.

Ya en guerra con España, la mirada de EE. UU. se extendió a las colonias que la decadente potencia europea conservaba en  Asia. El 1.° de mayo destruye la escuadra ibérica en Filipinas y el 20 de junio se apodera de la isla Guam. Dos días después, sus tropas desembarcan muy cerca de Santiago de Cuba y el primer día de julio los soldados de Theodore Rooselvet, que habían salido de Tampa, combaten en las lomas de San Juan.  Ese mismo día comienza la batalla naval de Santiago de Cuba y en dos días es aniquilada la flota española al mando del almirante Pascual Cervera. El 17 de julio se rinde Santiago de Cuba, lo que era en realidad la rendición de España ante Estados Unidos.

Las conversaciones de paz fueron rápidas y onerosas para el perdedor. Cuba no fue invitada, fue un acuerdo entre potencias, como siguen siendo hoy las negociaciones geopolíticas. Las condiciones las puso el vencedor: Filipinas, Guam y Puerto Rico serían posesiones estadounidenses. Todo se acordó mediante el Tratado de París, firmado el 10 de diciembre de 1898. Con Cuba había un compromiso establecido desde la Resolución Conjunta: la intervención sería por su independencia, con la que ya había simpatizado el pueblo norteamericano. La solución fue un gobierno de ocupación temporal, con una receta que se sigue utilizando:  se crearían las condiciones, Constitución incluida, para que mediante elecciones  se creara un gobierno democrático. Hubo que esperar más de tres años, para que el 20 de mayo de 1902 naciera la República de Cuba.

Algunos de los Rough Riders de Theodore Roosevelt en el
Tampa Bay Hotel de Henry Plant (actualmente Universidad de Tampa.

Ybor City y West Tampa tuvieron páginas protagónicas en el origen y evolución de este hecho histórico. En sus calles, inició José Martí la preparación del proyecto independentista que reinició la guerra independentista en Cuba  en 1895; hasta 1898 el apoyo que brindó Tampa al campo revolucionario cubano fue inestimable y de su puerto salieron las tropas estadounidenses que contribuyeron a poner fin a la guerra.

Se conservan muchas anécdotas, historias, leyendas de esos días. Una de ellas está plasmada en una placa conmemorativa que vemos frente al restaurante Columbia, indicando que en ese lugar había un abrevadero donde tomaban agua los caballos de los famosos Rough Riders, antes de partir bajo las órdenes de Theodore Roosevelt para la guerra en Cuba. En muchos lugares de la ciudad están las huellas del acontecimiento que puso fin a la dominación ibérica en América.

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