viernes, 17 de abril de 2026

Pinceladas de una conversación con Ric Prado

 Hace unos días tuve la oportunidad de conocer personalmente a Enrique Prado (Ric),  el cubano que ha alcanzado el grado más alto en la Agencia Central de Inteligencia (CIA), de la que se retiró en 2004 con una jerarquía equivalente a la de un General de dos estrellas.

Su historia apasionante, propia de una novela de espionaje, comenzó cuando a los diez años se vio obligado a separarse de su familia en Cuba durante la Operación llamada Peter Pan, para llegar a un orfanato en Estados Unidos. Se hace hombre en las calles violentas de Miami y se inclina a la dureza militar. Es buzo, paracaidista, paramédico, sirve en las Fuerzas Armadas y cuerpos especiales e ingresa en la inteligencia hasta convertirse en jefe del Centro de Operaciones Antiterroristas de la CIA. Nacido en Manicaragua —que en lengua arahuaca significa “lugar de hombres valientes”—, Prado emerge como un héroe oculto hasta que publicó sus memorias en el libro  Black Ops: The Life of a CIA Shadow Warrior, en 2022. De una larga conversación con él, extraemos los fragmentos que damos a conocer en esta columna de La Gaceta.

Durante una larga conversación con Ric Prado,
en la que nos acompañó Alberto Sicilia y Carlos Solís. Foto: A. Sicilia

Ric, es un placer hablar contigo. Cuando publicaste Black Ops hace unos cuatro años, diste a conocer al mundo tu labor como miembro de la CIA, donde llegaste a ser jefe de operaciones de su  Centro Antiterrorista. En una carrera  que duró casi medio siglo (dentro y fuera de la agencia),  ¿cuál recuerdas como el momento más difícil?

En cuanto a ejecución, los primeros tres años que estuve en la agencia. Me encontraba en la frontera con Nicaragua entrenando y liderando a los “contras” frente al gobierno sandinista. Era una etapa dura; dormía de lunes a viernes en una hamaca en la jungla y solo regresaba a casa los fines de semana. Allí realicé algunas de mis misiones más impactantes.

¿Hubo algún momento de riesgo extremo donde sintieras que tu vida llegaba al final?

He enfrentado tres atentados. Uno en Filipinas, que logramos interrumpir, y otro en Nicaragua. Allí me buscaban cuando estaba operando bajo el nombre de Mayor Alex Méndez, supuestamente un oficial del ejército hondureño, esa era mi cobertura.

Una de las misiones más riesgosas fue volar Puerto Cabezas. Era el centro de la ayuda rusa que venía vía Cuba. Entrené a buzos misquitos, que eran langosteros, durante dos meses. A medianoche, nos acercamos en una panga de madera —invisible al radar— hasta un kilómetro de la playa. Colocamos una bomba de 80 libras de C4 bajo el agua para destruir la infraestructura sin causar víctimas civiles. Fue un golpe táctico y psicológico duro para ellos.


¿Qué circunstancias te llevaron a enrolarte en la CIA?

Creo que Dios tiene un plan para nosotros. Mi preparación comenzó cuando llegó el comunismo a Cuba. Pasé de tener una vida ideal con caballos y bicicletas a salir solo hacia un orfanato en Pueblo, Colorado. Eso me hizo madurar con rapidez. Al graduarme de secundaria, mi padre, muy patriótico, me inculcó que nuestra vida estaba en este país. Me uní a una fuerza especial de la Fuerza Aérea (Pararescue) para ir a Vietnam, aunque no logré hacerlo. La agencia me reclutó a finales de 1980. Sentía una deuda de honor con este país, la libertad no es gratis.

Entonces, ¿la motivación patriótica estuvo por encima de la pasión por la aventura?

Siempre fui aventurero, me gustaban las armas y las artes marciales, pero lo que me enorgullece es haber enfocado esa vocación en servir a este país. Muchos orientan esa pasión hacia lo negativo; yo busqué el bien.

Saliste de Cuba muy pequeño, a través de la llamada Operación Peter Pan. ¿Cómo fue ese proceso?

Vivíamos en Manicaragua, donde nací, cerca de Santa Clara. Mi padre perdió su negocio tras la invasión de Bahía de Cochinos. Un tío político, que era del gobierno, avisó a mi madre que mi nombre estaba en una lista para enviarme a estudiar a Rusia. Eso lo precipitó todo. Nos fuimos a La Habana, vivimos un año en el hotel Bristol y, finalmente, el 14 de abril de 1962, salí solo hacia un campamento en Florida y luego al orfanato. Estuve separado de mis padres ocho meses. El sacrificio real fue el de ellos: poner a su único hijo en un avión hacia un lugar desconocido sin saber si volverían a verlo.

¿Cómo fue crecer en el Miami de los años 60?

Había mucha fricción social y violencia, principalmente peleas callejeras entre grupos. Eso me dio lo que llamamos street smarts: el instinto para leer situaciones peligrosas y el coraje para actuar. Fue como martillar el metal para crear una espada japonesa; esa época forjó mi carácter.

¿Es verdad que la CIA busca a personas con infancias traumáticas, más proclives a fingir?

Eso es más de las películas de James Bond. En la realidad, la mayoría de mis colegas eran profesionales de clase media-alta, muchos de ellos abogados que hubieran podido ganar mucho más dinero en el sector privado. Sobre “mentir”, nosotros lo vemos como una herramienta: puedo ocultar mi nombre o a quién represento, pero lo que buscamos son personas con convicciones reales, como el anticomunismo.

Tu ascenso fue meteórico, de teniente a general de dos estrellas. ¿Cómo llegaste a dirigir el Centro Antiterrorista de la CIA?

Trabajé mucho durante la Guerra Fría en Centroamérica y Sudamérica contra guerrillas marxistas. En 1995, me dieron un puesto en el centro de contraterrorismo y en 1996 creamos una estación especial para buscar a Osama Bin Laden. Lo más amargo de mi carrera fue que en 1997 y 1998 tuvimos oportunidades de neutralizarlo, pero la política del gobierno de Clinton no lo permitió. Si lo hubiéramos hecho, quizás el 11 de septiembre nunca habría ocurrido.

¿Dónde estabas el 11 de septiembre de 2001?

 En las oficinas de Washington. Yo era el jefe de operaciones del Centro Antiterrorista. Cuando vimos el segundo avión, supimos que era algo mayor. Envié un cable a todas nuestras estaciones: “Cuídense y averigüen quién hizo esto”. No fui a mi casa por tres días. Sentí una culpabilidad moral al ver morir a mis colegas y compatriotas.

Tu agencia fue la primera en llegar a Afganistán, ¿cierto?

Así es. Las primeras botas americanas en Afganistán no fueron los militares, fue mi gente. Ellos reclutaron a los comandantes de la Alianza del Norte y prepararon el terreno para las fuerzas especiales. El primer americano que murió allí, Mike Spann, era de la agencia.

¿Cómo afectó este trabajo a tu familia?

Es un sacrificio enorme. Mis hijos no supieron lo que hacía hasta que fueron mayores. Mi hija tenía 14 años cuando se lo dije; me agradeció la confianza. Tuve la suerte de tener a mi esposa, Carmen, que es el pilar de mi familia. Ella sabía que trabajaba para la CIA y que estaba contra el terrorismo, pero no conocía los detalles. Leyó el 80 % de mi historia recién cuando se publicó el libro; el otro 20 % no lo sabe nadie.

¿Sientes nostalgia por esa etapa de tanta adrenalina?

Daría cualquier cosa por una máquina del tiempo para vivirlo todo de nuevo, desde el principio, sin cambiar nada. No me vanaglorio de mis éxitos, ni me culpo por los fallos. Siempre actué bajo mis convicciones y nunca traicioné a nadie. Publiqué el libro Blak Ops para que los hijos de los héroes de la agencia, esos que tienen estrellas en nuestra pared, sepan lo que sus padres hicieron por este país.

Muchas gracias.

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