Leonardo Padura no necesita presentación, pues su obra es universal. Pero el introito a la entrevista nos permite agradecerle, primero, la generosidad con que respondió a nuestras preguntas, una vez le dijimos que La Gaceta, de Tampa, guarda una larga historia cubana.
Si bien Padura logró un gran prestigio internacional con una
tetralogía de novelas policiacas –llevadas al cine español con el título Cuatro
estaciones en La Habana (2016)– su obra
es representativa de lo mejor de la literatura cubana y se inscribe no solo
entre las preferencias de los lectores hispanoamericanos y de otras latitudes,
sino, también, en la apreciación de la crítica especializada. Su prestigio
literario le ha hecho merecedor del Premio Nacional de Literatura de Cuba
(2012), Premio Princesa de Asturias de las Letras (2015), Honoris causa de
varias universidades y la traducción de sus obras al inglés, francés, alemán y
otros idiomas.
Aunque el creador de Mario Conde ha publicado importantes
novelas de contenido histórico, como la
dedicada al poeta cubano José María Heredia (Historia de mi vida (2001), o El
hombre que amaba a los perros (2009), sus últimas narraciones contienen una
profundidad antropológica que indaga en
la esencia de la sociedad cubana de las últimas décadas. Morir en la arena
(2025), La neblina del ayer (2025), Ir a La Habana (2024), Personas decentes
(2022), Como polvo en el viento (2020), son solo algunos de los títulos donde
la nostalgia, ironía, sueños y frustraciones expresan con honestidad el entorno
habanero donde se realizan.
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| Leonardo Padura. Fotografía de Daniel Mordzinski |
Entre Fiebre de caballos (1988) y Morir en la arena (2025) hay más de 15 novelas y cada aparición es recibida con entusiasmo por un numeroso público y una crítica progresivamente atenta. ¿Cómo percibes estos dos espacios, no siempre coincidentes para todo escritor?
La distancia sideral que existe entre lo que ocurrió en 1988
y lo que sucede en 2026 es para mí motivo de asombro, pero también de mucho
orgullo, pues lo conseguido con el público y la crítica ha sido el resultado de
un trabajo muy constante, muy duro además, y muy peculiar, para colmo. Como
todo el mundo sabe, y como he dicho muchas veces, más que un país lo que he
tenido detrás de mí, desde 1996 específicamente, ha sido una editorial.
Mi país, lamentablemente, no solo no me promueve, sino que cada
vez me invisibiliza más. Mientras, la editorial Tusquets hace el máximo y mejor
esfuerzo en la promoción de mis libros y en la gestión como agencia para las
ediciones en otras lenguas, que ya son 31.
Mientras, lo que ocurre con la crítica y, sobre todo, con
las instituciones, es parte del reflejo de ese proceso. Los premios que tengo,
por ejemplo, hablan muy claramente de esa situación y hoy mismo, mientras te
escribo estas respuestas, estoy ya premiado por tres instituciones que me
otorgan sus galardones en los próximos meses. Nada mal, ¿verdad? Y todo con el
trabajo, sin rendir pleitesías a nadie, y eso es mi orgullo mayor.
En tus novelas conviven protagonistas históricos y ficticios (Heredia-Fernando Terry en La
novela de mi vida, Trotsky-Iván Cárdenas en El hombre que amaba a los perros,
Yarini- Conde en Personas decentes, son algunos ejemplos). ¿El amor a la
historia prevalece en ellos sobre el literario o se equilibran en el ejercicio
inspiracional y razonado de la creación?
No puedo separar lo histórico de lo ficcional, pues forman
parte de una misma sustancia: lo novelesco. Asumo la historia desde esa
perspectiva, no desde la del historiador, y todo se integra en el texto. Siempre
he dicho que voy a los procesos históricos con la intención de iluminar el
presente, o sea, utilizo la Historia, no la escribo, aunque pueda parecerlo.
Lo que sí te puedo garantizar es que respeto la esencia de
los procesos históricos, investigo con mucho cuidado y soy exhaustivo, pero
luego le aplico el procedimiento literario de dramatizar esos hechos, y ya se
sabe que lo real y lo dramático funcionan con esencias diferentes. En fin, hago
novela con la historia.
Hablar de Mario Conde se hace imprescindible, no solo por la
tetralogía que le dio fama, sino porque nunca le abandonas. Sé que algunos lo
identifican como un alter ego del autor, lo que has negado a medias, pero hasta
la fecha de nacimiento lo delata. ¿En qué facetas de su personalidad lo acercas
más a tu propia vida?
Uf, en muchas… la primera es su origen: cubano, habanero, de
un barrio y de mi generación, que son cuatro condiciones esenciales. Luego sus
gustos literarios, deportivos, afectivos, gastronómicos. Además, su visión de
la realidad cubana, para nada complaciente y mucho menos edulcorada. Su culto
por la amistad y su pasión por la belleza femenina como el más perfecto acto de
la creación. Su manera de interpretar las realidades más lacerantes con una
cierta ironía que funciona como un escudo, no como una lanza. Nada, que nos
parecemos bastante, aunque él bebe más ron que yo, fue policía, vendedor de
libros viejos… y ahora por fin escribe, igual que yo.
Como polvo en el viento es la novela más relacionada con la
emigración cubana, un tema también presente en el jubilado Conde (la examante
Tamara es abuela de un italiano, sus amigos Andrés y el Conejo han emigrado).
Aprovecho el tema para preguntarte: ¿cómo aprecias la actualidad de la
literatura cubana en lo que han llamado las dos orillas?
Creo que la ubicación geográfica de un escritor no invalida
su pertenencia cultural. Estés donde estés, si eres realmente un escritor
cubano, lo sigues siendo, aunque estés lejos o aunque estés en el mismo meollo
nacional. Por eso no pienso que se pueda valorar, esencialmente, como dos
producciones distintas, aunque sus resultados en ocasiones lo sean.
En Cuba las cosas funcionan con códigos que la mayoría debe
respetar si quiere ser publicado. Fuera los escritores se liberan de esa
condición extraliteraria y en ocasiones se van al extremo de politizar sus
textos, como si respondieran a otras exigencias sociales o de mercado, en fin,
otra forma de política cultural. Pero en cualquier caso creo que cada cual debe
escribir lo que quiere y, sobre todo, como puede, y eso no está relacionado con
lo político, sino con la capacidad artística. Si a algunos dentro de la loza de
esa política cultural los aplasta fuera, el desarraigo puede lastrarlos. Es un
drama nacional que tiene muchas facetas y en la creación literaria se
transparenta una de las más complejas.
Detrás de Quevedo, en Máscaras, los intelectuales cubanos
pueden descubrir a Luis Pavón, como a Antón Arrufat detrás de Alberto Marqués,
¿qué significó para la literatura cubana ese período al que Ambrosio Fornet
denominó quinquenio gris?
Significó un trauma del cual no ha podido desprenderse.
Significó la entronización del miedo, la necesidad de aplicar la castración de
la autocensura para no sufrir la agresión de la censura, y en esos años setenta
el ascenso vertiginoso de la mediocridad, el oportunismo, aquello que se le
llamó el “sinflictivismo”… y la condena histórica y literaria de muchos
autores. ¿Quién recuerda hoy al best-seller de aquellos años, el realista
socialista Manuel Cofiño, editado y reeditado por miles de ejemplares? Y, ¿hasta
qué punto autores que no voy a mencionar lograron recuperarse de aquellas
condenas al silencio y la marginación? Esos años persiguen aún a la literatura
cubana y tendrán que cambiar muchas cosas para que su efecto sea superado.
Yo he tenido la fortuna de que he podido hacer casi todo mi
trabajo como escritor al margen de las instituciones oficiales que sostienen
esa política (con los años han cambiado sus métodos, mas no su esencia) y por
eso me he podido liberar de muchos de sus efectos, y cada vez más. Por eso
siempre digo que mi vinculación desde 1996 hasta hoy con Tusquets Editores ha
sido para mí una ventana de libertad, pues mis novelas salen de mi computadora
a la de mis editores en Barcelona, sin pasar por ningún filtro oficial cubano.
Creo que eres también el escritor cubano más entrevistado en el mundo. En esos encuentros, se te ha preguntado varias veces por qué sigues viviendo en Cuba, con la intención velada o descubierta de identificar una filiación política. De hecho, he leído tus respuestas y en ellas tu amor a la casa natal, la madre que gracias a Dios sigue viva, el barrio, hasta el cementerio de tus perros en el patio de siempre. Con todo, me gustaría que nuestros lectores lo oyeran de tu propia voz con nuevos ingredientes que desees agregar.
Poco tengo que agregar. Mi decisión de seguir viviendo y
escribiendo en Cuba no es política, sino cultural, existencial, familiar, y
porque quiero hacerlo, sin más. Tengo no solo una relación de pertenencia a
Cuba, su identidad, su visión de la vida, su uso de la lengua, sino que
practico esa pertenencia desde la permanencia libremente elegida. Yo he estado
viajando por el mundo desde 1988. En 1992, en pleno período especial fui por
primera vez a Estados Unidos, en 1994 salí a México y mi mujer fue conmigo desde
esa vez y casi para siempre… y regreso porque quiero.
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| Leonardo Padura. Fotografía de Héctor Garrido |
Hoy pudiera vivir en cualquier sitio, tengo incluso un
pasaporte español desde 2010, una ciudadanía que me fue concedida por mi
trabajo como escritor, no por ser nieto de españoles, mi trabajo se realiza
fundamentalmente fuera de la isla, donde ya ni siquiera soy publicado (mis
últimos seis títulos no tienen edición cubana), pero como digo al final de Ir a
La Habana, seguiré ahí, en mi país y en mi casa hasta que me expulsen o hasta
que no pueda más. Y ojalá que ninguna de esas dos condiciones se cumplan. Porque
yo necesito a Cuba para escribir, y no por geografía o clima… si no, porque
todavía en Cuba vive la mayoría (cada vez más menguada, la verdad) de los
cubanos, y de ellos es de quienes quiero escribir, de sus frustraciones y
alegrías, de sus vidas y sus muertes.
A Tampa, una ciudad que guarda tanto de Martí, nos trajiste
a vivir en tu novela
Morir en la arena a Violeta, un
personaje ficticio. ¿Cuándo y con qué ilusiones llegará el autor a visitarnos?
Pues cuando pueda… porque ahora mismo ni visa estadounidense
tengo… Hace año y medio me tienen en “proceso administrativo”, ellos
sabrán por qué.
Muchas gracias.







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