viernes, 26 de junio de 2026

Conversación con Leonardo Padura, el escritor cubano más leído en la actualidad

 Leonardo Padura no necesita presentación, pues su obra es universal. Pero el introito a la entrevista nos permite agradecerle, primero, la generosidad con que respondió a nuestras preguntas, una vez le dijimos que La Gaceta, de Tampa, guarda una larga historia cubana.

Si bien Padura logró un gran prestigio internacional con una tetralogía de novelas policiacas –llevadas al cine español con el título Cuatro estaciones en La Habana (2016)–  su obra es representativa de lo mejor de la literatura cubana y se inscribe no solo entre las preferencias de los lectores hispanoamericanos y de otras latitudes, sino, también, en la apreciación de la crítica especializada. Su prestigio literario le ha hecho merecedor del Premio Nacional de Literatura de Cuba (2012), Premio Princesa de Asturias de las Letras (2015), Honoris causa de varias universidades y la traducción de sus obras al inglés, francés, alemán y otros idiomas.

Aunque el creador de Mario Conde ha publicado importantes novelas de contenido histórico,  como la dedicada al poeta cubano José María Heredia (Historia de mi vida (2001), o El hombre que amaba a los perros (2009), sus últimas narraciones contienen una profundidad  antropológica que indaga en la esencia de la sociedad cubana de las últimas décadas. Morir en la arena (2025),  La neblina del ayer (2025),  Ir a La Habana (2024), Personas decentes (2022), Como polvo en el viento (2020), son solo algunos de los títulos donde la nostalgia, ironía, sueños y frustraciones expresan con honestidad el entorno habanero donde se realizan. 

Leonardo Padura. Fotografía de Daniel Mordzinski

Entre  Fiebre de caballos (1988) y Morir en la arena (2025) hay más de 15 novelas y cada aparición es recibida con entusiasmo por un numeroso público y una crítica progresivamente atenta. ¿Cómo percibes estos dos espacios, no siempre coincidentes para todo escritor?

La distancia sideral que existe entre lo que ocurrió en 1988 y lo que sucede en 2026 es para mí motivo de asombro, pero también de mucho orgullo, pues lo conseguido con el público y la crítica ha sido el resultado de un trabajo muy constante, muy duro además, y muy peculiar, para colmo. Como todo el mundo sabe, y como he dicho muchas veces, más que un país lo que he tenido detrás de mí, desde 1996 específicamente, ha sido una editorial.

Mi país, lamentablemente, no solo no me promueve, sino que cada vez  me invisibiliza más. Mientras, la editorial Tusquets hace el máximo y mejor esfuerzo en la promoción de mis libros y en la gestión como agencia para las ediciones en otras lenguas, que ya son 31.

En los últimos tiempos, cada vez que en algún lugar del mundo (que no es ancho ni ajeno, al menos para mí) me presento en una sala llena y luego firmo libros por largo rato, recuerdo lo que me ocurrió en Barcelona en 1997, cuando fui a presentar Máscaras, la primera de mis novelas publicadas por Tusquets. El acto ocurría en una librería y tuve el mejor de los presentadores posibles, nada más y nada menos que Manuel Vázquez Montalbán. Y al acto fueron 15 personas… 12 para ver a Vázquez Montalbán y 3 amigos a verme a mí. Hoy en un teatro lleno, con 200, 300 personas, puedo sentir la satisfacción de que mi trabajo ha logrado esa atracción entre los lectores de muchas partes del mundo.

Mientras, lo que ocurre con la crítica y, sobre todo, con las instituciones, es parte del ­reflejo de ese proceso. Los premios que tengo, por ejemplo, hablan muy claramente de esa situación y hoy mismo, mientras te escribo estas respuestas, estoy ya premiado por tres instituciones que me otorgan sus galardones en los próximos meses. Nada mal, ¿verdad? Y todo con el trabajo, sin rendir pleitesías a nadie, y eso es mi orgullo mayor.

En tus novelas conviven protagonistas históricos  y ficticios (Heredia-Fernando Terry en La novela de mi vida, Trotsky-Iván Cárdenas en El hombre que amaba a los perros, Yarini- Conde en Personas decentes, son algunos ejemplos). ¿El amor a la historia prevalece en ellos sobre el literario o se equilibran en el ejercicio inspiracional y razonado de la creación?

No puedo separar lo histórico de lo ficcional, pues forman parte de una misma sustancia: lo novelesco. Asumo la historia desde esa perspectiva, no desde la del historiador, y todo se integra en el texto. Siempre he dicho que voy a los procesos históricos con la intención de iluminar el presente, o sea, utilizo la Historia, no la escribo, aunque pueda parecerlo.

Lo que sí te puedo garantizar es que respeto la esencia de los procesos históricos, investigo con mucho cuidado y soy exhaustivo, pero luego le aplico el procedimiento literario de dramatizar esos hechos, y ya se sabe que lo real y lo dramático funcionan con esencias diferentes. En fin, hago novela con la historia.

Hablar de Mario Conde se hace imprescindible, no solo por la tetralogía que le dio fama, sino porque nunca le abandonas. Sé que algunos lo identifican como un alter ego del autor, lo que has negado a medias, pero hasta la fecha de nacimiento lo delata. ¿En qué facetas de su personalidad lo acercas más a tu propia vida?

Uf, en muchas… la primera es su origen: cubano, habanero, de un barrio y de mi generación, que son cuatro condiciones esenciales. Luego sus gustos literarios, deportivos, afectivos, gastronómicos. Además, su visión de la realidad cubana, para nada complaciente y mucho menos edulcorada. Su culto por la amistad y su pasión por la belleza femenina como el más perfecto acto de la creación. Su manera de interpretar las realidades más lacerantes con una cierta ironía que funciona como un escudo, no como una lanza. Nada, que nos parecemos bastante, aunque él bebe más ron que yo, fue policía, vendedor de libros viejos… y ahora por fin escribe, igual que yo.

Como polvo en el viento es la novela más relacionada con la emigración cubana, un tema también presente en el jubilado Conde (la examante Tamara es abuela de un italiano, sus amigos Andrés y el Conejo han emigrado). Aprovecho el tema para preguntarte: ¿cómo aprecias la actualidad de la literatura cubana en lo que han llamado las dos orillas?

Creo que la ubicación geográfica de un escritor no invalida su pertenencia cultural. Estés donde estés, si eres realmente un escritor cubano, lo sigues siendo, aunque estés lejos o aunque estés en el mismo meollo nacional. Por eso no pienso que se pueda valorar, esencialmente, como dos producciones distintas, aunque sus resultados en ocasiones lo sean.

En Cuba las cosas ­funcionan con códigos que la mayoría debe respetar si quiere ser publicado. Fuera los escritores se liberan de esa condición extraliteraria y en ocasiones se van al extremo de politizar sus textos, como si respondieran a otras exigencias sociales o de mercado, en fin, otra forma de política cultural. Pero en cualquier caso creo que cada cual debe escribir lo que quiere y, sobre todo, como puede, y eso no está relacionado con lo político, sino con la capacidad artística. Si a algunos dentro de la loza de esa política cultural los aplasta fuera, el desarraigo puede lastrarlos. Es un drama nacional que tiene muchas facetas y en la creación literaria se transparenta una de las más complejas.

Detrás de Quevedo, en Máscaras, los intelectuales cubanos pueden descubrir a Luis Pavón, como a Antón Arrufat detrás de Alberto Marqués, ¿qué significó para la literatura cubana ese período al que Ambrosio Fornet denominó quinquenio gris?

Significó un trauma del cual no ha podido desprenderse. Significó la entronización del miedo, la necesidad de aplicar la castración de la autocensura para no sufrir la agresión de la censura, y en esos años setenta el ascenso vertiginoso de la mediocridad, el oportunismo, aquello que se le llamó el “sinflictivismo”… y la condena histórica y literaria de muchos autores. ¿Quién recuerda hoy al best-seller de aquellos años, el realista socialista Manuel Cofiño, editado y reeditado por miles de ejemplares? Y, ¿hasta qué punto autores que no voy a mencionar lograron recuperarse de aquellas condenas al silencio y la marginación? Esos años persiguen aún a la literatura cubana y tendrán que cambiar muchas cosas para que su efecto sea superado.

Yo he tenido la fortuna de que he podido hacer casi todo mi trabajo como escritor al margen de las instituciones oficiales que sostienen esa política (con los años han cambiado sus métodos, mas no su esencia) y por eso me he podido liberar de muchos de sus efectos, y cada vez más. Por eso siempre digo que mi vinculación desde 1996 hasta hoy con Tusquets Editores ha sido para mí una ventana de libertad, pues mis novelas salen de mi computadora a la de mis editores en Barcelona, sin pasar por ningún filtro oficial cubano.

Creo que eres también el escritor cubano más entrevistado en el mundo. En esos encuentros, se te ha preguntado varias veces por qué sigues viviendo en Cuba, con la intención velada o descubierta de identificar una filiación política. De hecho, he leído tus respuestas y en ellas tu amor a la casa natal, la madre que gracias a Dios sigue viva, el barrio, hasta el cementerio de tus perros en el patio de siempre. Con todo, me gustaría que nuestros lectores lo oyeran de tu propia voz con nuevos ingredientes que desees agregar.

Poco tengo que agregar. Mi decisión de seguir viviendo y escribiendo en Cuba no es política, sino cultural, existencial, familiar, y porque quiero hacerlo, sin más. Tengo no solo una relación de pertenencia a Cuba, su identidad, su visión de la vida, su uso de la lengua, sino que practico esa pertenencia desde la permanencia libremente elegida. Yo he estado viajando por el mundo desde 1988. En 1992, en pleno período especial fui por primera vez a Estados Unidos, en 1994 salí a México y mi mujer fue conmigo desde esa vez y casi para siempre… y regreso porque quiero.

Leonardo Padura. Fotografía de Héctor Garrido

Hoy pudiera vivir en cualquier sitio, tengo incluso un pasaporte español desde 2010, una ciudadanía que me fue concedida por mi trabajo como escritor, no por ser nieto de españoles, mi trabajo se realiza fundamentalmente fuera de la isla, donde ya ni siquiera soy publicado (mis últimos seis títulos no tienen edición cubana), pero como digo al final de Ir a La Habana, seguiré ahí, en mi país y en mi casa hasta que me expulsen o hasta que no pueda más. Y ojalá que ninguna de esas dos condiciones se cumplan. Porque yo necesito a Cuba para escribir, y no por geografía o clima… si no, porque todavía en Cuba vive la mayoría (cada vez más menguada, la verdad) de los cubanos, y de ellos es de quienes quiero escribir, de sus frustraciones y alegrías, de sus vidas y sus muertes.

A Tampa, una ciudad que guarda tanto de Martí, nos trajiste a vivir  en  tu novela  Morir en la arena a Violeta,  un personaje ficticio. ¿Cuándo y con qué ilusiones llegará el autor a visitarnos?

Pues cuando pueda… porque ahora mismo ni visa estadounidense tengo… Hace año y medio me tienen en “proceso administrativo”, ellos sabrán por qué.

Muchas gracias.




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