viernes, 28 de agosto de 2026

Vicente Martínez Ybor y el general Calixto García funden su sangre en la descendencia

 Conocemos bien la obra del industrial Vicente Martínez Ybor, más en Tampa que en Cuba, por el legado de su apellido a un hermoso barrio de la ciudad pletórico de historia. Asimismo, más en Cuba que en Tampa, el nombre del mayor general Calixto García Iñíguez remite a todos a aquel bravo mayor general que peleó en las tres guerras de ­independencia, donde alcanzó los más altos cargos militares.

A pesar de la mayor amplitud que del conocimiento sobre ellos se tenga en en uno y otro lugar, una buena parte de los habitantes de ambos espacios geográficos saben quién fue, y veneran con justicia, tanto al fundador de Ybor City como al alto oficial cubano que, junto a las tropas estadounidenses, determinó el triunfo cubano sobre el dominio español en Santiago de Cuba, en 1898. El industrial tabacalero murió en Tampa en 1896 y el militar en Washington, en diciembre de 1898, mientras cumplía una misión relacionada con el destino del Ejército Libertador una vez terminada la contienda bélica.

Vicente Martínez Ybor
Mayor General Calixto García

A ambos patriotas los enlaza la historia, tanto la de Cuba como la de Tampa, pues aun cuando el cubano no visitara la ciudad floridana, su nombre aparecía con frecuencia en ella, bien al frente de un club revolucionario, bien porque a sus tropas fueron a parar expedicionarios que salían desde nuestra bahía o porque su osadía y victorias militares eran reseñadas en la prensa cubana de la ciudad.

Aunque hay muchas vertientes en que podríamos unir la memoria de Vicente Martínez Ybor con la de Calixto García Iñíguez, hay una que, además de sus componentes patrióticos, contiene una dimensión consanguínea que los enlaza como familia, aun cuando ellos dos no pudieron ser testigos de su realización. Se consagra en la boda de Carlos Gabriel García Vélez y Amalia Elena Martínez Ybor (1881-1965), en 1900, cuando los ilustres padres de los novios ya habían fallecido. Seguramente se enamoraron en La Habana, donde había regresado la viuda de Ybor, Mercedes de las Revillas, aunque los vínculos de las dos familias venían desde la niñez de Carlos, cuando su madre y hermanos recibieron en Cayo Hueso y Nueva York ayuda del matrimonio mientras su padre estaba en una cárcel de España.

En la realidad, el matrimonio se legaliza el 19 de febrero de 1900 en la casa de la novia (Consulado nro. 130, La Habana). Entonces Amalia tenía 20 años y Carlos Gabriel, cumplidos los 32, ocupaba el cargo de Inspector General de Cárceles, Prisiones y Beneficencia de la Isla, todavía bajo la ocupación de Estados Unidos. La alta responsabilidad no procedía de ser el hijo del prestigioso García, sino de que él mismo había ganado el grado de General de Brigada en la guerra de independencia, a la que se incorporó junto a su padre.


Al establecerse la República en 1902, Carlos va a ocupar diversas responsabilidades, especialmente en el campo diplomático, lo que le permite viajar junto a su esposa a diferentes países. Era un hombre culto, de una gran sensibilidad por la música, dominaba el inglés desde sus primeros estudios en Estados Unidos y en España se graduó de Estomatología en la Facultad de Medicina de San Carlos, en Madrid. En esa profesión, no fue un estomatólogo más, sino un reconocido especialista en Patología Bucal y fundador de la Revista Estomatológica Española (1894), una de las primeras de esa especialidad publicada en el mundo. Estaba en pleno ascenso profesional cuando comienza la guerra de 1895 en Cuba y él y su padre se trasladan a Francia para seguir a Nueva York y de aquí en una expedición a Cuba, donde llegan en marzo de 1896.

Ya desposado, Carlos García Vélez  ocupa diversas responsabilidades diplomáticas, representando a su país en Washington, Ciudad México, Buenos Aires y Londres. Dentro de esta ocupación, se recuerda una frase suya: “La grandeza de los pueblos no se mide por su fortaleza física, sino por los valores del espíritu”. Con ese espíritu, fue presidente de las delegación cubana a la IV Conferencia Panamericana,  efectuada en Argentina en 1909 y en 1929 a la de Chile.

La esposa estuvo a su lado, acompañándole en actos internacionales, como  a la Coronación de Jorge V en Londres 1917, a la que fueron invitados. Asimismo, asistían en La Habana a tertulias literarias, recitales y teatros. Hay referencias de invitaciones personales de Dulce María Loynaz a Amalia, como un recital del 3 de febrero de 1950 al que asiste.

Carlos y Amalia tuvieron cinco hijos. Ellos fueron los  nietos en que se fundió la sangre de dos figuras relevantes de la historia compartida entre Tampa y Cuba: Amalia, Mirtha, Carlos, Calixto y Justo García Martínez Ibor. Asimismo, pudieron disfrutar de sus nietos. En la vejez, disfrutaron de diversos reconocimientos. En 1952, la Asociación Nacional de Veteranos de la Independencia de Cuba declara a Carlos Presidente de Honor y en 1955 presidente de Honor de la Comisión Cubana Organizadora del Centenario de Tampa. Hay otras distinciones, incluida una del Consejo Mundial de la Paz, pero la que lo vincula a la ciudad donde el padre de su esposa eternizó su apellido tiene una especial significación, como si la memoria quisiera simbolizar en su unión la profunda relación entre Cuba y Tampa.

Quién sabe si alguno de los tantos descendientes del matrimonio entre Carlos García Vélez y Amalia Martínez Ybor de las Revillas vivan en Tampa u otro lugar de Florida o de Estados Unidos. Al pensarlo, me pregunto: ¿Que ha sido de los descendientes de aquellos héroes que lo sacrificaron todo para que sus hijos tuvieran patria? ¿Dónde viven muchos de los descendientes de Carlos Manuel de Cespedes, de Antonio Maceo, de las hermanas de Martí, de Máximo Gómez, de Néstor Carbonell? ¿Faltaron a la patria?, ¿o les falta la patria por la que lucharon sus antepasados, aquella patria del “con todos y para el bien de todos” que les dibujara en Tampa José Martí?

 

 

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