domingo, 1 de noviembre de 2026

Tres días en Madrid

  Una amplia carretera de Zaragoza a Madrid está señalada con el número 90 y nos  resultó agradable conocerla en un VW manejado por mi hijo José. Al empezar la tarde de ese segundo domingo de septiembre,  un tráfico calmo facilita mover la mirada hacia pequeños poblados, sembradíos, animales, edificaciones, personas de todas las edades, estampas imaginadas que nos devuelven a siglos atrás, imaginando a los ancestros que salieron de aquí a las tierras ultramarinas de las que ahora llegamos sus descendientes.

Todo es hermoso en Madrid

Cada pueblo aparecido en el camino invita a detenernos: Ariza, Arcos de Jalón, tal vez Guadalajara o, todavía mejor, Alcalá de Henares, pero había una hora fijada, porque nos esperaba la plaza de toros madrileña, cuyas entradas habíamos reservado. Quién sabe si en esta inesperada decisión influyó haber leído Muerte en la tarde, donde Ernest Hemingway intenta explicar la violencia taurina con reflexiones filosóficas sobre la vida y la muerte, un tema que aflora en toda su obra.

Cuando salió al ruedo un miura enfurecido, la estampa del torero que se le puso delante me hizo recordar el poema “Llanto por Ignacio Sánchez Mejías”, en el que  Federico García Lorca se duele  por la muerte del toreador amigo, víctima de una cornada en 1934. “¡Ay qué terribles cinco de la tarde! ¡Eran las cinco en todos los relojes! ¡Eran las cinco en sombra de la tarde!”.

 La plaza no estaba llena, pero los aplausos la hacían parecer más concurrida. José y yo bajamos a las primeras filas, cuando la testa del segundo toro alcanzó la pierna derecha del lidiador, en el justo lugar en el que fue alcanzado el amigo de Lorca, como dicen los versos: “y un muslo con una asta desolada, a las cinco de la tarde”. Gracias a las divinidades celtíberas, en medio del crescendo de las palmas no se repitió la escena terrible. Miré hacia mi esposa, nerviosa en la última fila y parecía repetir la exclamación de Federico ante la herida abierta de su amigo: “¡Quién me grita que me asome!, ¡No me digáis que la vea!”. Creo que no volveré a mirar la sangre de un toro aguijoneado, por elegantes que sean su porte y su bravura; ni a los caballos atacados en los que monta el picador, aunque no perezcan en las cantidades que relata Hemingway gracias a los petos que les protegen el vientre de las violentas embestidas; y menos, la sangre probable de un torero con menos suerte que el de hoy.

Después se abrió Madrid, hasta la noche iluminada en la Plaza Mayor. Nos detuvimos en el mercado San Miguel a favor de un tentempié ya necesario (jamón ibérico, quesoba y una cerveza Estrella de Galicia). Desde allí nos admiramos con la amplia plaza, un tesoro del barroco español erigido entre fines del siglo XVI y principios del XVII, en cuyo esplendor de acento rojizo la vista exige más detenimiento, desde los tonos rectangulares del pavimento hasta las cúpulas donde la cruz se eleva al cielo, como resguardando la imagen de Felipe III, eternizado en la hermosa estatua monumental que tenemos enfrente.

La noche avanza, pero es imposible irse a dormir sin llegar a la cercana Puerta del Sol, para que el amplio reloj de la Real Casa de Correos (su edificio más antiguo), nos convenza de que es tiempo de descansar. Como las agujas han doblado por la media noche, me pregunto si un reloj inaugurado por la reina Isabel II en 1866 seguirá en hora. Entonces nos detenemos en el llamado por los españoles kilómetro cero, donde comienzan sus carreteras, pues   estamos en el lugar adecuado para que un taxi inicie la ruta hacia nuestro hospedaje.


Pepe Jiménez me regala su libro sobre Niquero


Visitar a José Jiménez Santander fue uno de los mejores momentos de los tres días de Madrid. Enriquece ver vetustas catedrales, palacios de diversos estilos, monumentos históricos, pero nada es comparable al entusiasmo con que te recibe un amigo y el abrazo que precede a las primeras palabras del reencuentro. Desde que entramos al apartamento del amigo emigrado, dejamos de estar en España para estar en Niquero.  Le prometí a mi esposa que sería una hora y fueron seis, cubiertas con apellidos, lugares, anécdotas, apodos, escuelas, sitios arqueológicos, playas, celebridades y cuánta historia compartida cupiera en la conversación. Vinos y cervezas mantuvieron las voces hidratadas, mientras Ibia –su amable esposa– acompañó su cariño con más comestibles de los que podíamos consumir. Pepe, como le llaman todos los niquereños, es un historiador y antropólogo que fue mi alumno en secundaria básica y se ha hecho querer de sus coterráneos por el profundo amor que profesa a su pueblo natal.

Ese amor no es abstracto, pues lo hace público en un sitio de Facebook que  tituló Niquero, patrimonio fotográfico y en dos libros publicados –hay un tercero en preparación– con fotografías de personas y lugares donde se explica el origen, evolución y actualidad de ese municipio cubano. Cada día, con el incremento constante de seguidores de su trabajo, se agranda ese patrimonio que él cuida con tanto talento como corazón. Allí sospeché que el tiempo no sería suficiente para ver el Palacio Real o La Zarzuela, pero cuando se tiene en los amigos reyes propios, los aposentos monárquicos pueden esperar.

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Todo el encanto de Madrid no cabe en tres días, ni puede meterse en tres cuartillas.  La plaza de Alcalá, con su monumental arco neoclásico; la de Cibeles y su emblemática fuente; el Palacio Real –más grande y tan hermoso como el de Versalles que le precedió, aun cuando desde Juan Carlos de Borbón y la reina Sofía los reyes se mudaran al más pequeño de la Zarzuela. Pero donde es imposible quedarse afuera es en el Museo del Prado.  Antes de entrar, nace la emoción de saber que detrás de esas puertas te esperan las obras de Velázquez, Goya, Murillo, El Tiziano, Bosco y de los más relevantes pintores que durante siglos han representado lo más elevado del arte universal.

Monumento a Goya, frente al Museo del Prado

Así fue desde que pasamos la primera puerta. Entre sala y sala, entre unas colecciones y otras, mis acompañantes debían insistirme en seguir adelante, temerosos de que, absorto por el espacio, perdiera el sentido del tiempo. Lo fueron logrando en las paredes destinadas a Velázquez –aun cuando es el pintor que prevalece–, con insistencia ante Las Meninas; en las de Murillo, frente a La Anunciación del Greco, en la colección de pintura italiana (Rafel, Tiziano, Tintoretto, Caravaggio), pero en Goya nos demoramos, desde Los fusilamientos hasta sus majas, en la desnuda y en la vestida, tan hermosas las dos.

No admiten a los visitantes hacer fotografías en el impresionante Museo, pero compré el libro La guía del Prado, con excelentes imágenes de las obras que atesora, comentarios útiles y una semblanza de su historia. A más de doscientos años de su creación (1819), la institución, como se  explica en la presentación del libro, es consciente de que su  legado “es inseparable de la historia de la cultura europea”, a lo que agrego el adjetivo universal.

Después nos fuimos al Parque del Retiro, el pulmón verde de Madrid, como muy bien le llaman. Entre la riqueza natural e histórica que guarda, quienes pasan se encantan con tanto ofrecimiento humano y natural. Desde los tonos dorados y rojizos con que se han vestido los arces y castaños para recibir el otoño, a las figuras arquitectónicas y paisajísticas como el Palacio de Cristal, el Estanque Grande, la puerta de Felipe IV, o la fuente de la Alcachofa. De los peces, aves y diversos animales que pululan entre el agua, los árboles y la yerba, a monumentos como el de piedra blanca que rinde homenaje a Benito Pérez Galdós, a cuya inauguración asistió el escritor en 1919. Con muchas razones en 2021 este hermoso lugar fue declarado por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad.

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Reunión de amigos en el bar Venencia


Pero hay varios amigos en Madrid y el tiempo no se deja estirar. Por eso les pedí encontrarnos en un solo lugar, aun cuando algunos no se conocían entre sí. Esto, más que un trastorno, lo aprecio como una manera de extender amistades. Nos reunimos al día siguiente, al atardecer, en una galería en Carabanchel donde, a la vez, había una exposición de arte cubano de la diáspora. El lugar lo eligió el cineasta Yimit Ramírez, representado en la exhibición. Es mi primo sanguíneo y nos veríamos allí. Llamé al pintor Alejandro Campins, quien me había invitado a su casa en El Escorial y la hora de distancia no me permitía llegar. Es hoy uno de los pintores cubanos más destacados de su generación, pero mi amistad con él viene desde su niñez manzanillera, por ser hijo de uno de mis grandes amigos, Antonio Campins, lamentablemente ya fallecido. También vino a Carabanchel mi buen amigo René Germán Pupo, a quien no podía dejar de ver en la ciudad donde vive hace varios años, aunque me quedara sin entrar al Museo de la Reina Sofía. Fue larga y agradable la charla con Pupo, extendida a la taberna donde casi todos fuimos a parar. La conversación nos llevó al Pedagógico de Manzanillo, donde primero fue mi alumno y luego compañero de trabajo. Dije delante de todos, sin exagerar, que Pupo había sido uno de mis mejores alumnos en mi larga vida de profesor. En compensación, él dijo que yo había sido su mejor profesor, abusando del singular.

También, con una amplia sonrisa y un abrazo, entró a la sala Dilcia Pérez (Dilcita), acompañada de su esposo, el madrileño Juan. No la veía desde hace muchos años, cuando ella, nacida en La Habana, visitaba Niquero en las vacaciones estudiantiles. Sobrina de mi amiga Martha Ponce, que es, junto a su esposo Valentín Gutiérrez, como una hermana. Como llegaron en carro propio, nos fuimos con ellos hasta el lugar donde nos encontraríamos con los otros amigos, excepto Campins que debía manejar hasta El Escorial. Pero antes de irse me dedicó un libro titulado con su nombre, voluminoso texto con una selección de su obra y donde varios críticos abordan su pintura con rigor. Le regalé Domingos de tanta luz, recordando una vez en que su padre lo llevó a mi casa para que revisara un trabajo sobre Martí que él debía entregar en la escuela. Nos reímos con el recuerdo, como si su padre estuviera entre nosotros y nos abrazamos.

Fue una suerte conocer a Juan, porque señaló en el camino cada riqueza de Madrid, como si no hubiera tanto tráfico,  ajeno a las exclamaciones de mi esposa que dudaba de su atención al timón.  Cuando encontró parqueo la señalización se enriqueció y de pronto, al entrar a la calle Cervantes, dijo: aquí está la casa de Lope de Vega, es el número 11. Nos acercamos, pero ha oscurecido y está cerrada. Me emociona e imagino al gran exponente del Siglo de Oro español escribiendo a un amigo: “Mi casilla, mi quietud, mi güertecillo y estudio”.

Frente a la casa de Lope de Vega y muy cerca de donde
vivió Cervantes, nombre que hoy tiene esta calle

A muy pocos pasos nos volvemos a detener, cuando Juan indica la casa donde vivió Cervantes, si bien no es el mismo edificio, aclara. ¡Qué casualidad!, digo, tan cerca uno del otro, que no se llevaban tan bien, aunque fueron rivalidades literarias.

Pero ya estamos llegando a la taberna La Venencia, en la calle Echegaray. Tiene casi cien años y las paredes se ven envejecidas, pero el olor al Jerez denota el culto a esta clase de vinos. Yimit la reverencia y es el primero en pedir un servicio que va explicando: esta variedad es manzanilla, este amontillado, el otro palo cortado, este es el fino.  Y unas tapas con lascas curadas de esturión, de atún (mojama, le dicen), jamón, aceitunas. Me extraña que no se puedan tomar fotos, ni se acepten propinas, pero eso es parte de su distinción. Allí nos despedimos de Yimit y su esposa y también de Pupo, a quien vi alejarse hacia el metro a pasos rápidos, pero mirando una y otra vez atrás, repitiendo con las manos la despedida con ese dejo de pena que produce remover la nostalgia. En la conversación supe mucho de él y se me grabó una anécdota dolorosa y aleccionadora a la vez. Una tarde, en la ciudad de Victoria de las Tunas donde vivía, sus dos hijos le contaron que se irían del país en una lancha. Se le cayó el mundo, todo el mundo que había labrado su amor a la familia. Se puso de pie, los miró a los ojos y, con una inesperada decisión de la que él mismo se sorprendió, les rogó: no lo hagan, yo les prometo que los sacaré de este país en un avión. Lo cumplió hasta el último fragmento del compromiso, aunque le costó tiempo y sacrificio reunir a su esposa, sus hijos y nietos en Madrid. Me mostró una fotografía de sus manos que guarda como testimonio de sus primeros tiempos de emigrado, dañadas con enormes ampollas en el duro trabajo que llegó a extenderse por más de 20 horas al día. Pero lo dijo con orgullo, con la misma satisfacción que me mostró las fotos de sus hijos y sus nietos, cerca de él. Nos faltaron horas de conversar, amigos que recordar, pero volveremos a vernos.

Huyendo de las cronologías, el recorrido no se anota en el orden en que lo hicimos. Han quedado edificios sin mencionar –El Don Pepe cabe aquí–, plazas, calles, palacios, museos, pero eso, más que adverso, es compromiso de volver. Nada, que Madrid, al igual que París, bien vale una misa.