Una amplia carretera de Zaragoza a Madrid está señalada con el número 90 y nos resultó agradable conocerla en un VW manejado por mi hijo José. Al empezar la tarde de ese segundo domingo de septiembre, un tráfico calmo facilita mover la mirada hacia pequeños poblados, sembradíos, animales, edificaciones, personas de todas las edades, estampas imaginadas que nos devuelven a siglos atrás, imaginando a los ancestros que salieron de aquí a las tierras ultramarinas de las que ahora llegamos sus descendientes.
![]() |
| Todo es hermoso en Madrid |
Cada pueblo aparecido en el camino invita a detenernos: Ariza, Arcos de Jalón, tal vez Guadalajara o, todavía mejor, Alcalá de Henares, pero había una hora fijada, porque nos esperaba la plaza de toros madrileña, cuyas entradas habíamos reservado. Quién sabe si en esta inesperada decisión influyó haber leído Muerte en la tarde, donde Ernest Hemingway intenta explicar la violencia taurina con reflexiones filosóficas sobre la vida y la muerte, un tema que aflora en toda su obra.
Cuando
salió al ruedo un miura enfurecido, la estampa del torero que se le puso
delante me hizo recordar el poema “Llanto por Ignacio Sánchez Mejías”, en el
que Federico García Lorca se duele por la muerte del toreador amigo, víctima de una cornada en 1934. “¡Ay qué terribles cinco de la tarde! ¡Eran las
cinco en todos los relojes! ¡Eran las cinco en sombra de la tarde!”.
La plaza no estaba llena, pero los aplausos la
hacían parecer más concurrida. José y yo bajamos a las primeras filas, cuando
la testa del segundo toro alcanzó la pierna derecha del lidiador, en el justo
lugar en el que fue alcanzado el amigo de Lorca, como dicen los versos: “y un
muslo con una asta desolada, a las cinco de la tarde”. Gracias a las
divinidades celtíberas, en medio del crescendo de las palmas no se repitió la
escena terrible. Miré hacia mi esposa, nerviosa en la última fila y parecía
repetir la exclamación de Federico ante la herida abierta de su amigo: “¡Quién
me grita que me asome!, ¡No me digáis que la vea!”. Creo que no volveré a mirar
la sangre de un toro aguijoneado, por elegantes que sean su porte y su bravura;
ni a los caballos atacados en los que monta el picador, aunque no perezcan en
las cantidades que relata Hemingway gracias a los petos que les protegen el
vientre de las violentas embestidas; y menos, la sangre probable de un torero
con menos suerte que el de hoy.
Después se abrió Madrid, hasta la noche iluminada en la Plaza Mayor. Nos detuvimos en el mercado San Miguel a favor de un tentempié ya necesario (jamón ibérico, quesoba y una cerveza Estrella de Galicia). Desde allí nos admiramos con la amplia plaza, un tesoro del barroco español erigido entre fines del siglo XVI y principios del XVII, en cuyo esplendor de acento rojizo la vista exige más detenimiento, desde los tonos rectangulares del pavimento hasta las cúpulas donde la cruz se eleva al cielo, como resguardando la imagen de Felipe III, eternizado en la hermosa estatua monumental que tenemos enfrente.
La noche
avanza, pero es imposible irse a dormir sin llegar a la cercana Puerta del Sol,
para que el amplio reloj de la Real Casa de Correos (su edificio más antiguo),
nos convenza de que es tiempo de descansar. Como las agujas han doblado por la
media noche, me pregunto si un reloj inaugurado por la reina Isabel II en 1866
seguirá en hora. Entonces nos detenemos en el llamado por los españoles
kilómetro cero, donde comienzan sus carreteras, pues estamos en el lugar adecuado para que un
taxi inicie la ruta hacia nuestro hospedaje.
![]() |
| Pepe Jiménez me regala su libro sobre Niquero |
Ese amor no
es abstracto, pues lo hace público en un sitio de Facebook que tituló Niquero, patrimonio fotográfico y en
dos libros publicados –hay un tercero en preparación– con fotografías de
personas y lugares donde se explica el origen, evolución y actualidad de ese
municipio cubano. Cada día, con el incremento constante de seguidores de su
trabajo, se agranda ese patrimonio que él cuida con tanto talento como corazón.
Allí sospeché que el tiempo no sería suficiente para ver el Palacio Real o La
Zarzuela, pero cuando se tiene en los amigos reyes propios, los aposentos
monárquicos pueden esperar.
ooo
Todo el
encanto de Madrid no cabe en tres días, ni puede meterse en tres
cuartillas. La plaza de Alcalá, con su
monumental arco neoclásico; la de Cibeles y su emblemática fuente; el Palacio
Real –más grande y tan hermoso como el de Versalles que le precedió, aun cuando
desde Juan Carlos de Borbón y la reina Sofía los reyes se mudaran al más
pequeño de la Zarzuela. Pero donde es imposible quedarse afuera es en el Museo
del Prado. Antes de entrar, nace la
emoción de saber que detrás de esas puertas te esperan las obras de
Velázquez, Goya, Murillo, El Tiziano, Bosco y de los más relevantes pintores
que durante siglos han representado lo más elevado del arte universal.
![]() |
| Monumento a Goya, frente al Museo del Prado |
Así fue desde que pasamos la primera puerta. Entre sala y sala, entre unas colecciones y otras, mis acompañantes debían insistirme en seguir adelante, temerosos de que, absorto por el espacio, perdiera el sentido del tiempo. Lo fueron logrando en las paredes destinadas a Velázquez –aun cuando es el pintor que prevalece–, con insistencia ante Las Meninas; en las de Murillo, frente a La Anunciación del Greco, en la colección de pintura italiana (Rafel, Tiziano, Tintoretto, Caravaggio), pero en Goya nos demoramos, desde Los fusilamientos hasta sus majas, en la desnuda y en la vestida, tan hermosas las dos.
No admiten a los visitantes hacer fotografías en el impresionante Museo, pero compré el libro La guía del Prado, con excelentes imágenes de las obras que atesora, comentarios útiles y una semblanza de su historia. A más de doscientos años de su creación (1819), la institución, como se explica en la presentación del libro, es consciente de que su legado “es inseparable de la historia de la cultura europea”, a lo que agrego el adjetivo universal.
Después nos
fuimos al Parque del Retiro, el pulmón verde de Madrid, como muy bien le
llaman. Entre la riqueza natural e histórica que guarda, quienes pasan se
encantan con tanto ofrecimiento humano y natural. Desde los tonos dorados y
rojizos con que se han vestido los arces y castaños para recibir el otoño, a
las figuras arquitectónicas y paisajísticas como el Palacio de Cristal, el
Estanque Grande, la puerta de Felipe IV, o la fuente de la Alcachofa. De los
peces, aves y diversos animales que pululan entre el agua, los árboles y la
yerba, a monumentos como el de piedra blanca que rinde homenaje a Benito Pérez
Galdós, a cuya inauguración asistió el escritor en 1919. Con muchas razones en
2021 este hermoso lugar fue declarado por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad.
ooo
![]() |
| Reunión de amigos en el bar Venencia |
También,
con una amplia sonrisa y un abrazo, entró a la sala Dilcia Pérez (Dilcita),
acompañada de su esposo, el madrileño Juan. No la veía desde hace muchos años,
cuando ella, nacida en La Habana, visitaba Niquero en las vacaciones
estudiantiles. Sobrina de mi amiga Martha Ponce, que es, junto a su esposo
Valentín Gutiérrez, como una hermana. Como llegaron en carro propio, nos fuimos
con ellos hasta el lugar donde nos encontraríamos con los otros amigos, excepto
Campins que debía manejar hasta El Escorial. Pero antes de irse me dedicó un
libro titulado con su nombre, voluminoso texto con una selección de su obra y
donde varios críticos abordan su pintura con rigor. Le regalé Domingos de
tanta luz, recordando una vez en que su padre lo llevó a mi casa para que
revisara un trabajo sobre Martí que él debía entregar en la escuela. Nos reímos
con el recuerdo, como si su padre estuviera entre nosotros y nos abrazamos.
Fue una
suerte conocer a Juan, porque señaló en el camino cada riqueza de Madrid, como
si no hubiera tanto tráfico, ajeno a las
exclamaciones de mi esposa que dudaba de su atención al timón. Cuando encontró parqueo la señalización se
enriqueció y de pronto, al entrar a la calle Cervantes, dijo: aquí está la casa
de Lope de Vega, es el número 11. Nos acercamos, pero ha oscurecido y está
cerrada. Me emociona e imagino al gran exponente del Siglo de Oro español
escribiendo a un amigo: “Mi casilla, mi quietud, mi güertecillo y estudio”.
![]() |
| Frente a la casa de Lope de Vega y muy cerca de donde vivió Cervantes, nombre que hoy tiene esta calle |
A muy pocos pasos nos volvemos a detener, cuando Juan indica la casa donde vivió Cervantes, si bien no es el mismo edificio, aclara. ¡Qué casualidad!, digo, tan cerca uno del otro, que no se llevaban tan bien, aunque fueron rivalidades literarias.
Pero ya
estamos llegando a la taberna La Venencia, en la calle Echegaray. Tiene casi
cien años y las paredes se ven envejecidas, pero el olor al Jerez denota el
culto a esta clase de vinos. Yimit la reverencia y es el primero en pedir un servicio
que va explicando: esta variedad es manzanilla, este amontillado, el otro palo
cortado, este es el fino. Y unas tapas con lascas curadas de esturión, de atún (mojama, le dicen), jamón, aceitunas. Me extraña que no se puedan
tomar fotos, ni se acepten propinas, pero eso es parte de su distinción. Allí
nos despedimos de Yimit y su esposa y también de Pupo, a quien vi alejarse
hacia el metro a pasos rápidos, pero mirando una y otra vez atrás, repitiendo
con las manos la despedida con ese dejo de pena que produce remover la
nostalgia. En la conversación supe mucho de él y se me grabó una anécdota
dolorosa y aleccionadora a la vez. Una tarde, en la ciudad de Victoria de las
Tunas donde vivía, sus dos hijos le contaron que se irían del país en una
lancha. Se le cayó el mundo, todo el mundo que había labrado su amor a la
familia. Se puso de pie, los miró a los ojos y, con una inesperada decisión de
la que él mismo se sorprendió, les rogó: no lo hagan, yo les prometo que los
sacaré de este país en un avión. Lo cumplió hasta el último fragmento del
compromiso, aunque le costó tiempo y sacrificio reunir a su esposa, sus hijos y
nietos en Madrid. Me mostró una fotografía de sus manos que guarda como
testimonio de sus primeros tiempos de emigrado, dañadas con enormes ampollas en
el duro trabajo que llegó a extenderse por más de 20 horas al día. Pero lo dijo
con orgullo, con la misma satisfacción que me mostró las fotos de sus hijos y
sus nietos, cerca de él. Nos faltaron horas de conversar, amigos que recordar,
pero volveremos a vernos.
Huyendo de
las cronologías, el recorrido no se anota en el orden en que
lo hicimos.
Han quedado edificios sin mencionar –El Don Pepe cabe aquí–, plazas, calles,
palacios, museos, pero eso, más que adverso, es compromiso de volver. Nada, que
Madrid, al igual que París, bien vale una misa.




