jueves, 28 de septiembre de 2017

Gonzalo de Quesada y Aróstegui

  Por Gabriel Cartaya

Cuando Gonzalo de Quesada y Aróstegui se desmontó en el andén de Ybor City, el 2 de febrero de 1895, era un joven abogado que apenas había  cumplido 27 años de edad. Sin embargo, traía consigo la más alta responsabilidad con el destino de la independencia de Cuba, pues se le había confiado la misión de trasladar en un bolsillo la Orden de Alzamiento que, firmada en Nueva York por José Martí, debía   hacerse llegar a La Habana en absoluto secreto, para que Juan Gualberto Gómez coordinara en toda la Isla el inicio de la contienda armada contra el colonialismo español.
     ¿Qué méritos tenía aquel joven cubano para merecer tanta confianza y hasta dónde fue fiel al Maestro que le consideró su discípulo predilecto? Trataré de asomarme, en la limitación de unos párrafos, a la vida fecunda de un hombre que sólo vivió 47 años y a quien debemos, entre muchos aportes,   el  haberse consagrado a publicar os primeros quince tomos de las Obras Completas de José Martí.
  Nació en La Habana, el 15 de diciembre de 1868, a sólo  dos meses de iniciarse la Guerra Grande y cuando la capital cubana se estremecía entre los simpatizantes del independentismo –como el aula donde entonces Martí, con 15 años, recibía las enseñanzas de Rafael María de Mendive– y quienes se alineaban con el poder peninsular. En aquel ambiente, los padres de Gonzalo, oriundos de Camagüey,  deciden trasladar la familia a Nueva York, donde crece y se educa quien sería, más que un discípulo, un hijo espiritual del Apóstol cubano.
  Las primeras noticias del acercamiento entre estas dos figuras históricas remiten al 10 de octubre 1889, cuando en el Hardman Hall de Nueva York el joven estudiante de Derecho es llamado a pronunciar unas palabras dedicadas a Cuba, en la misma tribuna donde ese día Martí pronuncia un vibrante discurso patriótico. A partir de ese instante, el vínculo entre el Maestro y el naciente discípulo sería ininterrumpido.
  Considero que la fortaleza de esta relación nace inmersa en el acontecimiento continental que más hondamente preocupó a Martí en aquella fecha: La Primera Conferencia Panamericana de Washington, en la que el agudo político cubano vio la intención de Estados Unidos de extender su dominio sobre la región y el peligro de que en ella se abordara una posible anexión de Cuba. En aquellas circunstancias, cuando Martí accede al acontecimiento a través de la prensa y a partir de esa información escribía su opinión para periódicos como La Nación,  debió serle importante que su nuevo amigo estuviera participando como secretario de Roque Sáenz Peña, el representante plenipotenciario de Argentina en el cónclave.
  Es de esa época la primera carta conocida de Martí a Gonzalo, en la que le pregunta: ¿Pues no se ha venido hablando en el paseo, entre los mismos delegados,  de la posibilidad y conveniencia de anexar a Cuba  a los Estados Unidos? Para todo hay ciegos, y cada empleo tiene en el mundo su hombre. Pero el Sr. Saenz Peña sabe pensar por sí, y es de tierra independiente y decorosa (…) Trabájele bien, que este noviciado le va a ser a Ud, muy provechoso”.
  En la carta siguiente ya hay más confianza, pues en la anterior aún temía ‘violentar su opinión’. “Me es muy valioso lo que me dice y  he de agradecer mucho que me tenga al tanto de cuantas opiniones sobre Cuba lleguen a su noticia, salvo las que por su carácter privado, y de la delegación de Ud., no le pertenezcan”.  Finalmente, le dice: “He leído su carta con júbilo de padre”, lo que nos indica el avance afectivo del vínculo entre ellos.
 Con esa identificación, ya se permitía darle consejos hasta en lo personal: “Piense como piensa, observe mucho, calle más, elija buena compañera, y será a la vez bueno y feliz”.
 Como sabemos, las páginas que escribió Martí sobre el evento continental donde está participando Gonzalo, son las que con más lucidez advirtieron a los países que él llamó Nuestra América sobre el contenido más profundo de las propuestas que se le hacían desde Washington (Véase “La Conferencia de Washington”, en  Obras Completas de José Martí, tomo 6, pág. 33). La identificación del joven abogado con la interpretación del Maestro debió influir poderosamente en la estimación y cariño que desde entonces le prodigó. Muy poco tiempo después, cuando Martí renuncia a todas sus responsabilidades para consagrarse a la creación del Partido Revolucionario Cubano, a partir de su primera visita a Tampa en noviembre de 1891, Gonzalo le va a seguir incondicionalmente. Es significativo que, aunque a los cargos más altos de aquella organización política se accedía mediante elecciones anuales de la membresía, la responsabilidad de Secretario fue designada por Martí y fue puesta en manos de Quesada, que entonces tenía 23 años.
   En la intensa y fructífera labor desarrollada por el Partido Revolucionario Cubano (PRC) entre 1892 y 1895, Gonzalo de Quesada jugó un papel destacadísimo que aún no ha sido suficientemente evaluado. Ello se aprecia en la intensa comunicación entre el Delegado y el Secretario, quien recibió en ese tiempo 88 cartas conocidas firmadas por Martí, si incluimos ocho donde le acompaña como destinatario Benjamín Guerra, entonces Tesorero de ese órgano político que preparó y dirigió el inicio de la guerra por la independencia de Cuba.
       Rastrear la labor de Gonzalo en ese epistolario es un esfuerzo requerido de la investigación para justipreciar los merecimientos de esa figura histórica, cuya atención se ha fijado mayormente en su esfuerzo para reunir la papelería de su Maestro e iniciar la edición de sus Obras Completas. A ese camino van estos apuntes previos, si bien nacen del asomo a la visita que hace Gonzalo a Tampa, no sólo con el documento secreto destinado a La Habana, sino también con misivas importantes para los fieles cubanos que vivían en esta ciudad.
 La primera de esas cartas –he excluido otras 17 correspondientes al período anterior al nacimiento del PRC– pertenece al 16 de enero de 1892 y nos ofrece una muestra de la familiaridad entre ellos. Entonces la novia de Quesada –Angelina Miranda– sale de viaje a La Habana y él se apresura a enviarle, con un regalo, “a la linda viajera, a la viajerita querida y a su buena y tierna madre, un saludo que les aquiete la mar”.   
  Aunque en cartas anteriores se aprecia la cercanía de Gonzalo a la obra fundacional –tanto del PRC como del periódico Patria–  es en la carta del 9 de mayo de 1892 donde Martí le implica en las más altas responsabilidades del cuerpo político acabado de fundar, al proponerle el único cargo de la dirección máxima que no fue sometido a elecciones. En la misiva de esa fecha le dice: “La Secretaría de esta Delegación sólo pudiera recaer en quien como Ud., se consagra con entusiasmo y pureza al trabajo de fundar en la patria dolorosa un pueblo durable”.  Con esa apreciación,   quien ya ha sido electo Delegado le escribe: “Vengo a rogar a Ud.  que me acompañe y ayude, como encargado de la Secretaría, en la tarea de mantener unidas, y de robustecer,  las fuerzas necesarias para completar la obra iniciada por nuestros padres de Yara el 10 de octubre”. 
  Gonzalo no lo defraudó y su colaboración fue constante en aquellos años. Trabajó mucho en el cuidado y eficiencia del periódico Patria, donde uno de sus primeros artículos fue “El delegado y el Tesorero del Partido” (9 de julio de 1892), en el que incluye una fotografía de Martí al lado de Benjamín Guerra.
 Por la imposibilidad de rastrear todas las cartas de Martí a Gonzalo en ese tiempo, voy a detenerme en las que fueron escritas desde Tampa.  La primera de ellas es del 18 de julio de 1892. “Gonzalo: En Tampa, rematando. Enfermo. Nos lleva el Mayor de la ciudad a pasear.  Iré a Ocala (…) Aquí grandezas…”, leemos.  Se refiere a la invitación que le fue hecha –junto a Carlos Roloff, Serafín Sánchez y José Dolores Poyo– por Herman Glogowski, entonces alcalde de la ciudad, para que visitaran juntos los lugares más significativos de este lugar, gesto en el que apreciamos que el impacto del líder cubano desbordaba los límites de la emigración de su país. Esa noche no pudo hablar en la velada político literaria que se desarrolló en el Liceo Cubano, pues la garganta apenas le permitía pronunciar palabra.
  Tres días después, le envía un telegrama desde desde Ybor City, con la noticia de un “mitin espléndido” al aire libre, en el que participaron muchos españoles con “discursos fervientes declarando ayuda independencia”.
 Hay otra carta a Gonzalo, fechada en Tampa el 14 de diciembre de 1893, donde expresa su satisfacción por la comunidad cubana de este lugar: “¡Qué aclamaciones la de estos hombres, al hacer espontáneamente su nuevo sacrificio! Apreté la organización, la dejo ensanchada: extiendo el esfuerzo por toda la ciudad (…) Y desde que llegué, ni un momento de respiro: los clubs, las juntas privada, los talleres, que me parecen templos…”.  Toda esta información nutría a  Gonzalo para los escritos que debían salir en el periódico Patria. Al final de esa carta, le dice: “Aquí, cuánta hermosura”.
  En varias cartas de 1894, tanto desde Tampa, Cayo Hueso u otras direcciones desde donde ese año la labor infatigable de Martí amarraba todos los hilos preparatorios para la independencia de Cuba, se evidencia la confianza de Martí en la labor de su Secretario, especialmente en el desempeño del periódico Patria.
  Cuando en enero de 1895 fracasa el llamado Plan de Fernandina, al ser apresados los barcos en que debían trasladarse a Cuba los líderes de la revolución para dar inicio a la guerra independentista, y Martí tuvo que ocultarse de la persecución del espionaje español, probablemente  fue Gonzalo de Quesada la figura más cercana y útil. Desde que salió de Jacksonville, el 14 de enero –donde tuvo el primer escondite en el Hotel Travellers con nombre falso- hacia Nueva York, donde lo recibe Gonzalo y lo lleva a vivir a casa de sus suegros, el Dr. Ramón Miranda y la Sra. Luciana Govín (349 W. 46th St),  estuvo en plena clandestinidad hasta su salida definitiva de Estados Unidos. En esas dos últimas semanas en Nueva York, desde donde firmó el día 29 de ese mes la Orden de Alzamiento, Gonzalo, que entonces vivía con sus suegros,  estuvo a su lado.
  Martí previó viajar a Tampa y Cayo Hueso para hacer llegar a la Isla el mensaje clandestino que autorizaba el inicio de la guerra. Pero los requerimientos de la labor clandestina lo obligaron a salir de Nueva York a Santo Domingo. Entonces la persona de más confianza que encontró para sustituirlo en el viaje a este estado fue Gonzalo de Quesada, a quien entregó la hoja secreta que debía entrar a Cuba.
       Gonzalo llegó a Tampa el viernes, 1.° de febrero de 1895, mientras Martí estaba arribando a Fortune Island en su viaje hacia el Caribe. Era la primera vez que el Secretario del Partido Revolucionario Cubano (PRC) llegaba a esta ciudad, pero traía en sus bolsillos varias cartas de recomendación del Delegado, para que lo recibieran y lo quisieran como si fuera él.  A Fernando Figueredo: “Gonzalo va en mi lugar (…) Rodéemelo y vea qué bella alma”. A Ramón Rivero: “Gonzalo y ustedes serán enseguida mi solo corazón”. A Paulina y Ruperto Pedroso: “Allá les va otro hermano (…) Sólo horas estará en Tampa, la primera vez, mímenlo (…) El va a un servicio glorioso”.  El servicio glorioso, además de recabar fondos para el levantamiento inminente en Cuba, era buscar el modo de hacer llegar a Juan Gualberto Gómez, a Cuba, la Orden de Alzamiento. A las pocas horas de llegar a Ybor City, Fernando Figueredo caminaba junto a  Quesada por una calle de West Tampa, hacia la fábrica de tabacos de O’Halloran. Allí, en lo profundo de las hojas torcidas, fue envuelto el mensaje.
Cuando, al día siguiente, Gonzalo entregó en Cayo Hueso varios tabacos a Duque de Estrada para entregarlos en La Habana a  Juan Gualberto Gómez, le indicó a cuál de ellos no se le podría dar candela en ningún caso.
José Dolores Poyo, uno de los líderes más respetados del Cayo, lee la carta que le envía Martí: “Gonzalo de Quesada es mi carta (…) ¿A qué va Gonzalo?  A que retumbe en Cuba, la nueva declaración de nuestra fe”.   En lenguaje clandestino, nada más claro. Y una presentación del hombre que entrega la misiva:  “Gonzalo (…)  me ha dado siempre, y hoy más que nunca,  en estos días de deber y de honor,  pruebas de las más raras virtudes, modestia, lealtad, entusiasmo,  desinterés, abnegación. Quiéralo sin miedo”.
En uno de los discursos que Gonzalo pronunció en Cayo Hueso,  respondió a un descreído:  “¿Qué dónde están las armas? Las armas están en la conciencia de cada uno de nosotros”. Los aplausos, entonces, emularon a los que en aquella tribuna había recibido su Maestro.
Desde el día en que Martí y Quesada se vieron por última vez –el 30 de enero de 1895, en que ambos salen de Nueva York, uno para Santo Domingo y otro para Florida–  hay varias cartas más entre ellos, casi todas relacionadas con el esfuerzo independentista que les consume. Pero hay una en la que quiero llamar finalmente la atención, pues se trata del testamento literario del gran escritor, periodista, orador, maestro, poeta, político,  confiado  a su discípulo e hijo espiritual. La carta, que  está fechada en Montecristi, el 1.° de abril de 1895,  es “una guía para un poco de mis papeles”.  En la propuesta, sugiere alrededor de seis tomos, pidiéndole que sólo publique “lo durable y esencial”.
Hoy, cuando se está publicando la Edición Crítica de las Obras Completas de José Martí, concebida en más de 40 voluminosos tomos, agradecemos a Gonzalo de Quesada y Aróstegui su  visión de que todo lo escrito por Martí sea “durable y esencial”. Por ello cuidó cada página con tanta devoción. 
Después de la muerte del Apóstol, el discípulo quiso incorporarse a la guerra, pero no se le permitió, pues su papel en la Secretaría del Partido y en el periódico Patria requería su presencia en Nueva York, donde era más útil a la independencia cubana.
Desde la salida de Martí de Nueva York hasta la elección de Tomás Estrada Palma –julio de 1895–, Gonzalo asumió altos cargos en el PRC. En enero de 1897, el Consejo de Gobierno de la República en Armas lo nombró su Encargado de Negocios en Estados Unidos, desde cuya posición contribuyó a que el  legislador Wilkinson Call presentara la primera moción al Congreso estadounidense para el reconocimiento de la lucha independentista cubana.
En 1898, fue nombrado Delegado a la Asamblea de Santa Cruz por el Sexto Cuerpo del Ejército Libertador, labor que apenas pudo cumplir por mantener sus responsabilidades con la República en Armas en el extranjero. Al concluir la guerra regresa a la Isla y se une a los esfuerzos por la creación de la República. En 1900 asiste a la Exposición Universal de París, en representación de Cuba, aun cuando la Perla de las Antillas no tiene un gobierno propio.
Es electo a la Constituyente de 1901, la que redacta la primera Constitución para la nación cubana.  Al nacer la República, el 20 de mayo de 1902, con el gobierno presidido por Estrada Palma, Gonzalo es nombrado embajador en Washington. Desempeña un importante papel en decisivas discusiones sobre la soberanía del territorio nacional, especialmente en relación con la pertenencia de Isla de Pinos a Cuba, lo que se logra tras arduas discusiones frente a la pretensión estadounidense a ese territorio,  hasta lograr la firma del acuerdo que incluye su nombre: Tratado Hay-Quesada.
Gonzalo, que había participado en la Primera Conferencia Panamericana de Washington como miembro de la delegación argentina (1889), asistió a la tercera en representación de la República de Cuba-Río de Janeiro, 1906, y a la cuarta, en Buenos Aires, 1910. Asimismo, asistió a la Conferencia Internacional de la Paz, realizada en La Haya, en 1907.
En medio de las complejas circunstancias en que se debaten las primeras décadas de la república cubana, donde caudillismo, oportunismo, injerencismo, fraude y corrupción socavan el ideario de república con que Martí movilizó las fuerzas mejores de la cubanía en aras de alcanzarla, Gonzalo se dedicó a reunir toda la escritura de su Maestro y al publicarla, con recursos propios, dio a las generaciones venideras las mejores armas para que buscaran el proyecto que no pudo lograrse durante su tiempo.
    En 1910, cuando el gobierno de José Miguel Gómez sucede al segundo período de ocupación de Estados Unidos en Cuba (1906-1909), Quesada es designado embajador de su país en Alemania. Desde allá, además de cumplir con su misión diplomática, siguió juntando cuanta carta, artículo, poesía, discurso, cuanto papel martiano le era enviado desde todos los lugares donde llegó la pluma del más universal de los cubanos. Estaba trabajando en el tomo 15 cuando los pulmones dejaron de acompañarle. Lejos de la patria que ayudó a liberar, seguramente le consoló saber que su hijo –Gonzalo de Quesada Miranda–  continuaría publicando las tantas páginas martianas que él no alcanzó a juntar.  El 9 de enero de 1915, en Berlín, dejó de latir su caluroso corazón, con sólo 47 años de edad

viernes, 1 de septiembre de 2017

La educación como arma contra el terrorismo

Por Gabriel Cartaya

  Cuando se acerca el 11 de septiembre, a 16 años del atentado terrorista más grande de la historia contemporánea –alrededor de 3 mil muertos y 6 mil heridos– , vale la pena pensar en las múltiples y complejas causas que determinaron un crimen de esa magnitud y, esencialmente, razonar alrededor de las vías más seguras para evitar a la humanidad el dolor provocado por la irracionalidad del comportamiento homicida.
  Se han escrito –y se seguirán escribiendo– miles de páginas para explicar los sucesos de las Torres Gemelas y cada año el universo mira con espanto las escenas del impacto de los aviones que –llenos de hombres, mujeres, niños–  fueron lanzados contra los edificios donde miles de personas inofensivas se encontraban. En un instante, pasajeros y ocupantes de los emblemáticos pabellones fueron envueltos en el fuego, el humo, el hierro y el concreto, a consecuencia del acto bárbaro de sólo un puñado de jóvenes seducidos por la red yihadista Al-Qaeda.
    Suman cientos las investigaciones que intentan explicar la génesis, constitución y filosofía de grupos de islamistas radicales, los motivos religiosos del enfrentamiento entre civilizaciones, el  pretendido ajuste de cuentas con la cristiandad por la barbarie de la Santa Inquisición en la Edad Media,  la ambición de sectores extremistas que se dicen musulmanes y sueñan con la reconquista del califato andaluz. Otros estudiosos consideran las causas económicas que han determinado la presencia militar estadounidense en el Medio Oriente, especialmente a partir de la Guerra del Golfo (1990-1991). Algunos, incluso, han destacado el apoyo de Estados Unidos a la aparición de grupos –como el propio Al-Qaeda de Bin Laden– que después se convirtieron en sus enemigos.
  En realidad, hay toda una madeja de teorías para intentar explicar el acto del 11 de septiembre –repetido en menor escala con una frecuencia dramática en Europa y otros lugares del mundo hasta el día de hoy– , pero son muy escasos los que buscan en los sistemas de educación –incluso religiosa– las causas profundas de aquel evento salvaje y las propuestas para la formación de una persona cuya sensibilidad no sólo lo aparte de un arma agresiva, sino que se conmueva ante el dolor que sufra un ser humano en cualquier esquina de un mundo que ahora, al acortarse las distancias con la tecnología, muchos llaman aldea global.
  Al mirar los rostros de los jóvenes implicados en actos terroristas, incluidos los de quienes han sido abatidos cuando aparece la noticia, la primera reacción es de satisfacción y casi tranquilidad ante la muerte de quienes fueron autores de una masacre humana. Es una lógica respuesta, a pesar de entender que la muerte del asesino no aminora el dolor de quienes por él perdieron a un ser querido.
  La venganza, desde siempre, aumenta el dolor, en tanto se extiende a familias que no dejan de ser inocentes cuando uno de sus miembros perturbados comete un crimen. No propongo impasibilidad frente al culpable que debe ser castigado, sino ir a las raíces que provocaron el daño. Y en esa raíz, en gran medida, está la pedagogía, tanto la que corresponde a la escuela, a la familia, como a todas las esferas sociales.
  Sin más remedios, al terrorista armado de hoy hay que aniquilarlo con las armas, porque ya constituye, física y mentalmente, un peligro inminente. Pero en evitar el posible terrorista de mañana, a los padres, maestros y sociedad corresponde el rol de formar los valores  que impidan a un joven ser seducido a una conducta antihumana. Sólo a través de la educación y desde los instrumentos que posee para influir en el perfil de la  personalidad, se puede fortalecer en el ser humano la vocación natural  a desear una larga vida feliz.
  Cuando en los medios –que deberían contener más espacios educativos que mercantilistas–  haya mas imágenes de amor que de violencia; cuando en las pantallas de televisión, cine, teléfonos, tabletas, veamos más imágenes de confraternidad humana que de guerras, sangre y muerte;  cuando en los video juegos de niños y adolescentes aparezcan más abrazos y solidaridad entre los personajes ficticios que gritos, amenazas y disparos,  habrá menos jóvenes dispuestos a ingresar en un grupo terrorista que los conmina a matar a mansalva a quienes no son sus enemigos; habrá menos adolescentes con perturbaciones mentales, predispuestos a reproducir en la vida real los crímenes practicados en sus video-juegos.
  He meditado en estas cosas al leer la carta de una maestra del pueblo de Ripoll, cerca de Barcelona,  apenada con los sucesos terroristas de hace solo unos días en esa ciudad española. Ella conocía a los jovencitos que cometieron los crímenes, habían pasado por su escuela, los había visto crecer, reír, enamorarse, soñar con el futuro y, de repente, aparecieron como terroristas. La maestra no pensó en que eran seres demoníacos maldecibles, con lo que hubiera salvado su responsabilidad como educadora, sino, con enorme tristeza, en que algo debió faltar en su labor.
  Me permito citar, in extenso,  unos fragmentos aislados de la carta de la maestra, que se identificó sólo como Raquel:
  “Estos niños eran como todos los niños. Como mis hijos, eran niños de Ripoll. ¿Qué estamos haciendo mal? Hay que detener esto. Tenemos que hacer algo. Y yo que creía que lo estaba haciendo bien, que había contribuido con mi granito de arena.
  Me duele que hayan sido ellos (...) no he dejado de llorar desde el primer día y sé que nunca podré dejar de hacerlo.  Sé que estos días la balanza y el apoyo se decanta hacia las víctimas, hacia los hijos perdidos, las familias destrozadas, la ciudad de duelo. Pero permitidme contaros y enseñaros la otra cara de la moneda, la que no sale en los periódicos, la que no llora en público, la que en silencio contiene las lágrimas porque parece que esté mal visto llorar por ellos.
  Permitidme deciros cómo eran ellos, o al menos los niños que yo conocí”. 
  En la carta, la maestra cuenta que aquellos muchachos en la escuela eran normales y piensa que pudieron ser pilotos, maestros, médicos o colaboradores de una ONG y se pregunta:
  “¿Qué les ha pasado? ¿En qué momento...? ¿Qué estamos haciendo para que pasen estas cosas? Erais tan jóvenes, tan llenos de vida, teníais toda una vida por delante ... y mil sueños por cumplir”.
  La maestra se niega, en lo más profundo de su ser,  a aceptar una realidad terrible para todos los fallecidos y sus familiares, víctimas y victimarios. Y termina sugiriendo que este hecho no sea “una historia más”.  Para ello, su propuesta es clara: “Educando en la no violencia, transmitiendo el no odio, la igualdad. Educando en las escuelas, en los espacios abiertos, en las familias, a nuestros hijos...”.
  Al mencionar el nombre de los culpables, víctimas también, –Moha, Moussa, Youssef, Omar, Younes,  Houssa–, no se percibe odio sino dolor, aún al juzgarlos: “Los actos que habéis cometido no tienen explicación y no son lícitos. La guerra, la ira, el odio no llevan a ninguna parte. Nunca, en nombre de nadie. Ni por nadie. Ni dioses, ni banderas, ni religión”.
  Jóvenes eran también los terroristas del 11 de septiembre y casi todos los que siguen siendo captados por el islamismo radical –que no es la esencia musulmana– para cometer actos criminales en cualquier lugar del mundo. ¿Cómo entender la irracionalidad de que alguien, con todo el futuro por delante, con el sueño de una profesión, matrimonio, hijos, amigos, pueda renunciar a la vida, acabando con la de otros, en nombre de una ideología enfermiza contraria al derecho de vivir y ser feliz? 
  Con la fuerza que juntan el amor y la enseñanza, encontrar el instante confuso en que el cerebro de nuestro hijo, alumno, o adolescente cercano pudiera ser susceptible de ser captado por una idea fanática, supersticiosa o extremista, y  atraerle a una conducta positiva, sería el arma más poderosa –tal vez la única–  de acabar con el terrorismo sobre la tierra.
                                                                                        Publicado en La Gaceta, 1.º de septiembre, 2017.


jueves, 24 de agosto de 2017

Un poema de Wifredo Lam

       En la conversación que sostuve con Juan Castillo, el sobrino nieto de Wifredo Lam que atesora una parte de su obra –como vimos en la entrevista publicada en los dos últimos números de La Gaceta–, me habló del único poema conocido del pintor. Ante mi interés en leerlo, tuvo la gentileza de enviármelo.
      Ahora lo comparto con los lectores de esta columna, pues contribuye a conocer más al extraordinario artista cubano y universal.
Nuevo mundo
Luz
al grito que lanzara
el vigía a la una de la madrugada,
una noche de octubre de 1492
responde la voz de Cristóbal Colon:
“Es tierra”
La tierra es maravillosa,
Perpetua viajadora dentro
de un espacio sin límites.
Brotado de los cuatro puntos cardinales,
el hombre se vuelca
hacia el Nuevo Mundo,
cuando Cuba se transforma
en la encrucijada
donde se reúnen todos los bergantes,
amos, proveedores
de esclavas y esclavos.
Mientras se va despoblando
el continente africano,
la España castellana
envía a sus segundones,
sus judíos y sus árabes
–Isabel la Católica expulsa a todos
los convertidos y vacía las prisiones–
para poblar el Nuevo Mundo.
Para que así conquisten su libertad:
libertad de domesticar a los salvajes
y explotarlos hasta la muerte.
Sed de oro, voluntad de potencia
y de independencia.
Más tarde llegaron los demás:
Catalanes, Gallegos… y,
finalmente los Chinos.
Estos son los antepasados
que reclama Wifredo Lam y,
más que nadie,
representa él la herencia
de la convulsión del hombre y de la tierra.
El Nuevo Mundo.
La tierra de Cuba,
durante tanto tiempo aislada
en medio del mar de Caribes,

un mar infestado de tiburones
piratas, esclavos, y rebeldes de toda clase.
En la familia,
se cuenta (por supuesto del lado africano)
que sus antepasados
eran de los más granados:
brujos y reyes. Pero él
primero que afirmó su personalidad,
según memoria de hombre,
fue José Castilla,
denominado Mano Cortada.
Nacido en Las Villas,
en el pueblo de los Remedios,
este mulato, terrateniente
defendió severamente
la dignidad de su vida;
católico por elección
le engañó un europeo,
un español, naturalmente,
que lo llevó ante la justicia
y le hizo perder la causa ante
el tribunal civil, cuando esta había
sido ganada ante el tribunal de la Inquisición.
Furioso por no habérsele hecho justicia,
golpeó a su enemigo con un puñetazo
tan violento que le mató.
El mismo tribunal de la Inquisición
que le había absuelto la primera vez
le condenó entonces,
pero por el último crimen. Se le embargó
la hacienda, la cual sirvió
para crear una plaza y edificar
una iglesia en Los Remedios,
que debía denominarse
la Iglesia de Cristo.
La mayor crueldad del tribunal
consistió en mandar que se le
cortara la mano derecha
por lo que se apodó José Mano Cortada
pero sublevado, huyó tras lo cual,
convertido en cimarrón,
nadie pudo decir que fue del mismo.
Su mestizaje, por el lado español,
databa de la casa llamada
Cabeza de Vaca, de Castilla.
Emigrado de la tierra donde nació
Lam Yam llegará, tras largo viaje,
A San Francisco, California, a México,
y tras México, a Cuba.
Ocurría ello durante
La segunda mitad del siglo XIX.
Con él traía
la memoria de toda clase de paisajes
–siberianos, mongoles, tártaros–:
el drama de Asia y del mar de China.
En sus ojos, salía el sol
de una isla convulsa
que luchaba por la libertad.
Estos fueron sus antepasados quienes,
en complejas circunstancias históricas
se mezclaron para elevar
el grado animal a la temperatura
del drama social universal.
En la mirada eterna del sol,
el flujo y el reflujo de las migraciones
bajo el trópico de Cáncer.
Una mañana de verano,
pletórica de calor y de ruidos
Wifredo
se despierta más tarde que de costumbre
aunque se queda en la cama,
fija la mirada;
De la cocina viene el rumor de palabras
indistintas:
es la familia que está tomando el desayuno.
Del techo
le cae sobre el rostro la negrísima
silueta de un ave con
la cabeza colgando:
un murciélago que está durmiendo
su sueño diario
Para mí, dice, esa figura tenía dos cabezas
En el campo, en la calle, en el jardín,
en el cielo, reina tirano el sol.
No le resiste ningún obstáculo:
no le detiene ni la ventana echada
ni la puerta cerrada de la casa de madera
y se proyectan los rayos de luz,
trocando la habitación
en una linterna mágica,
invirtiendo todas las imágenes que surgen
y desaparecen con la misma
rapidez en la pared y el techo de la alcoba de mi madre.
















Todas esas sombras chinescas
que se devoran unas a otras:
un caballo que pasa, hombres,
una carreta y su rueda forman
un círculo móvil.
De la calle llega el ruido
de todo lo que pasa,
invertido, a la habitación;
un ruido infernal.
Por vez primera,
siento el vértigo de la soledad,
la distancia entre los objetos,
y mi medida.
En este pequeño espacio,
experimento por primera
vez la zozobra de no ser sino
una cosa entre las cosas,
una presencia muda frente
a objetos sin nombre.
Ocurre esto en 1907.
Aquel día fue para mí
el comienzo
del sentimiento del paso de los días,
de una vinculación en la memoria
y de un tiempo que no se detiene.
En aquella habitación
cuyo armario abierto deja ver,
como un hombre decapitado,
los trajes de mi padre,
en su luna se reflejaba
la magia de
las imágenes móviles,
mi propia imagen
y la del murciélago despierto
al vuelo oscilante,
en busca de su sombra.
De esa mañana de 1907,
de la presencia de aquella ave
asustada,
data el primer momento
de mi conciencia de estar aquí.

Publicado en La Gaceta, 8 de agosto, 2017.


martes, 22 de agosto de 2017

Entrevista a Juan Castillo, sobrino nieto de Wilfredo Lam

Por Gabriel Cartaya

Hace unos días recibí un correo electrónico de Juan Castillo, en el que me anunciaba sobre su próxima visita a Estados Unidos, para inaugurar una exposición con obras del más universal de los pintores cubanos: Wifredo Lam.
Sabía que Castillo es sobrino nieto del autor de “La Jungla”, pues la última vez que nos vimos, a mediados de la década de 1990, fui a saludarlo al Centro Cultural que lleva el nombre del distinguido artista, en La Habana Vieja y, claro, hablamos sobre este tema. Pero no conocía que era dueño de una importante colección de dibujos de su famoso ­ascendiente, la que se ha presentado en diversos países y que ahora, por primera vez, va a ser exhibida en Estados Unidos.
Aprecié en la noticia una ­buena razón  para invitarle a  que me respondiera un cuestionario, no sólo para asomarnos a uno de los más destacados pintores hispanoamericanos de todos los tiempos, sino también como un oportuno homenaje al artista cuya desaparición física se produjo un 15 de septiembre, hace casi 35 años. A su vez, pudiera ser el anuncio de la disposición de Castillo a presentar en Tampa esa rica colección   de Wifredo Lam, a la que no hemos accedido.
El próximo 30 de agosto vas a presentar un grupo de dibujos del pintor Wifredo Lam en LUAG Main Gallery, Zoellner Arts Center,  Pensilvania. ¿Qué significa para ti ser el propietario de una colección de obras de arte de esa magnitud?
Para mí, ha sido siempre un gran honor y una enorme responsabilidad liderar esta colección de obras de Wifredo Lam. Viene de esas circunstancias que surgen en la vida de manera inesperada, ante las cuales uno debe asumir posiciones de principios. En consecuencia con ello, durante más de veinte años hemos promovido la vida y obra del pintor cubano Wifredo Lam, especialmente exponiendo estas obras.
¿Qué lazos te unen a Wifredo Lam?
Wifredo fue mi tío abuelo,  hermano de mi abuela Eloisa. Ella fue quien lo crió, pues era de sus hermanas mayores, entre ocho hermanos de los que Wifredo era el menor. El hijo único de Eloisa, Juan, nació seis años después que Wifredo, en la misma casa de Sagua la Grande, en la provincia de Santa Clara. Siendo esos dos niños los únicos varones,  crecieron como hermanos, durante muchos años bajo el mismo techo. Juan era mi padre, Juan Castillo.  Con el  decursar de los años, no obstante haber transcurrido la vida de Lam fundamentalmente fuera de Cuba, siempre mantuvo estrecha comunicación con su familia cubana y en particular con mi padre.
¿Tienes recuerdos personales de Lam?
Muchos. Mi infancia y adolescencia las viví en el interior del país. Visitaba La Habana durante las vacaciones de verano y mi mayor agrado era visitar la casa estudio de Wifredo, situada en aquel entonces frente a la pista de aviación del campamento militar  “Columbia”,  enclavado en el municipio de Marianao. Ver despegar y aterrizar los aviones desde la azotea de esa casa era, de niño, mi más agradable atracción. Mi tía abuela Agustina, hermana de Wifredo,  a la que yo acompañaba en cada ocasión durante las vacaciones de verano, era la encargada de preparar y llevar cada dos días la comida a los perros y gatos de Wifredo y Helena, que se encontraban generalmente fuera del país.
Para llegar a la azotea, debía atravesar toda la casa,  cuyas paredes estaban llenas de grandes lienzos. Allí había obras importantes, como “Belial, emperador de las moscas”. Había diversas esculturas de máscaras, cabezas reducidas y hachas de piedras africanas, que impregnaban un olor muy peculiar y un ambiente de fantasía embrujada a aquel lugar. Al recorrer su  interior me erizaba de pies a cabeza y me impresionaba mucho cada vez que lo hacía. Estos recuerdos me han acompañado a lo largo de mi vida, así como los pocos encuentros familiares que de niño presencié entre Wifredo y mis padres.
Wifredo Lam felicita a Alicia Alonso, en París, por la presentación de Giselle.
Al centro, aparece Juan Castillo. Fotografía de Osvaldo Salas, 1966.
Ya siendo adulto conversé con él en varias ocasiones, una de ellas en París. En 1966, en ocasión del Salón de Mayo en La Habana, cuando ya él estaba convaleciente de su hemiplejía, tuvimos la última reunión ­familiar en casa de mis padres, en 1981. Desde siempre fue el paradigma de la familia.
¿Hay referencias familiares en los dibujos de la colección que atesoras?
Los dibujos de la colección que poseo eran parte de los fondos del propio archivo de Wifredo. A principios de 1958, cuando decide no continuar manteniendo su casa estudio, dejó estas obras a la familia. Era un excelente retratista. De las décadas de 1920 y 1930 hay varios autoretratos y un dibujo de su padre, Lam Yam. En los años cuarenta, son famosos sus retratos de H.H., inspirados en su  segunda esposa, Helena Holzer. Fuera de las obras mencionadas, no conozco otra de su vasta creación que se refiera a algún familiar.
Tu ascendencia, que es la de Lam, es una mezcla de sangre china,  africana, española y tal vez amerindia. ¿Considera la crítica que el reflejo de esa mezcla es la influencia más poderosa en la obra de Lam?
¡Absolutamente, sí!, Mi ascendencia, que es la de Lam, como dices, es un sello inconfundible del mestizaje, como lo es la cubanía. En la obra de Lam, a través de su propia iconografía, de finales de los años 30 y a partir de los 40, se refleja su visión del hombre y la naturaleza, en medio de los conflictos históricos, políticos y sociales de la época. En todo ese proceso, a mi juicio,  influyó también su interacción con Picasso. Me atrevo a decir que como ningún otro artista reflejó, de una manera muy original, la imagen  de esa mezcla. La obra cumbre de Lam, “La Jungla”, que se exhibe en el Museo de Arte Metropolitano de New York (MOMA), es la expresión más fehaciente de esta afirmación. Sobre ella, expresó el afamado escritor y crítico de arte francés Alain Jouffroy: “Fue el primer manifiesto plástico del tercer ­mundo”.
La colección de dibujos que vas a presentar en Pensilvania corresponde a una etapa en que Wifredo Lam vivió en Cuba, entre 1940 y 1955, un período de intensa creación para el pintor,  al que corresponde  “La Jungla”  (1943),  la serie “Canaima” (1945-1947) y “Umbral”, (1950), por solo citar algunas. ¿Hasta dónde influyó temáticamente la cultura cubana en la realización de los dibujos que presentas en esta exhibición?
Hay que decir que la explosión creativa de Wifredo se produce a su regreso a Cuba en 1941. Es a lo largo de los años 40 que realiza sus más importantes obras. Me contaron mis hermanas y mi prima Ana, que vivieron junto a él en  la casa de Panorama #42 y después en la avenida 8va.,  que trabajaba infatigablemente, dibujando y pintando primero sobre papel y cartulina,  y después cuando pudo contar con lienzo, utilizando ese soporte. Las obras de esta muestra de pequeño formato que se exhibirán en LUAG, son fundamentalmente creaciones, en las que presenta dibujos usando tinta china y colores para darle forma a sus extraordinarias plasmaciones.  Muchas de estas obras muestran una iconografía que sirvió de base a Lam a modo de bocetos para proyectar las figuras que aparecen en las obras mayores que realiza en esa etapa. Entre estas, a diferencia de las mencionadas, debo distinguir por su singularidad la denominada “Animal de cuatro Patas”, pues es la única obra con un amplio texto de Wifredo, relacionada con la situación política de Cuba en el momento que la realiza y la figura central no se repite en obras posteriores.
       La edición en español del libro de poemas Cuaderno de un retorno al país natal, de Aimé Césaire (1943), presentado en Cuba por Lydia Cabrera, incluye dibujos realizados por Wifredo Lam, ¿hay alguno de ellos en tu colección?
       No, aunque la colección sí tiene varias obras que sirvieron para ilustrar publicaciones de la época de otros artistas amigos. Sin embargo, hay algunas piezas de nuestra colección que reflejan en su iconografía gran similitud con las que sirvieron para ilustrar el poemario de Aimé Cesaire. A propósito, en el año 2002 celebramos el Centenario del nacimiento de Wifredo Lam, y tuvimos el privilegio de llevar a Martinica nuestra colección con 70 piezas, estando aún con vida Aimé Cesaire, quien nos visitó y disfrutó de la exposi­ción, contándonos anécdotas personales de su primer en­cuentro con Helena y Wifredo, cuando arribaron a esa isla en 1941.
      ¿Qué divulgación internacio­nal ha tenido la colección de dibujos que vas a presentar?
      Esta muestra de dibujos forma parte de nuestra Co­lección, que cuenta con 70 piezas. En su totalidad fue expuesta en la Sede del Con­sejo Regional de Martinica, en 2002, con motivo del Centena­rio de Wifredo Lam. Se presen­tó con el título “Wifredo Lam, testimonios de intimidad”. Además, ha tenido la siguien­te itinerancia internacional:
En España: Wifredo Lam. Cartografía íntima, Madrid, Círculo de Bellas Artes / La Coruña, Ayto. de A Coruña, Kiosko Alfonso / Tenerife, Cír­culo de Bellas Artes / Cuenca, Fundación Antonio Pérez / Santillana del Mar, Sede de Exposiciones del Palacio Caja Cantabria, 2003 / Salaman­ca, Fundación Salamanca, Ciudad de Cultura, Sede de Exposiciones Santo Domingo, 2004 / Alcalá de Henares, Sede Instituto Cervantes Al­calá de Henares.
También hemos presentado esta exposición en Berlín, Bruselas, Génova, Estocolmo, Bucarest y junto con obras del Museo de Bellas Artes de Cuba en el Museo Arte Mo­derno de Monterrey, México, en el 2008. Y ahora la presen­taremos, por primera vez, en Estados Unidos.
       Sabemos que la obra de Lam incursiona en diferentes cam­pos de la plástica –pintura, dibujo, grabado, escultura, litografía, mural–. Pero no co­nozco de su poesía. Por eso me llamó la atención saber que en la apertura de la exposición vas a leer un poema suyo. ¿Es inédito? Me gustaría publicar ese poema en La Gaceta.
    Que yo conozca sólo existe un poema de Lam, al que te refieres. Te lo enviaré próxi­mamente.
     Hace poco tiempo, se incau­taron en España varias obras atribuidas a Wifredo Lam que eran falsas. Se dijo que los cua­dros falsificados, localizados en colecciones privadas, procedían de Cuba. En el esclarecimiento de la verdad participó Eskil Lam, hijo del artista. ¿Hubo contactos de las autoridades española con el centro Cultural Wilfredo Lam, de Cuba, a favor de la investigación?
     No tengo conocimiento, no creo haya sido necesario. Tengo relaciones frecuentes con los hijos de Lam, en par­ticular con Eskil Lam que es el encargado de la SDO de W.Lam (Sociedad de Defensa de la Obra de Wifredo Lam) y dirige y ad­ministra todo lo relacionado con el derecho de autor (co­pyright) de su obra.
     Los falsifi­adores que hay en diver­sos países , generalmente toman como base las obras que reflejan una iconogra­fía y fecha en su firma que las enmarcan como supues­tamente he ­chas en Cuba, algunas pue­den haber sido c o n f e c c i o n a ­das aquí. Son por tanto de la época mejor valorada de su creación. Las autoridades del Registro de Bienes Culturales del MIN­CULT y aduanales cubanas han ocupado decenas de pie­zas falsas atribuidas a Lam y a otros artistas.
       Espero que en Tampa, donde hay tanta cercanía con Cuba, se exhiba en algún momento la colección de dibujos de Wifre­do Lam, ¿te parece bien?
      Para la familia cubana de Wifredo Lam y para mí, en particular, sería un gran honor mostrar nuestras obras en Tampa. Espero y deseo pueda concretarse.

Publicado en La Gaceta, 11 y 18 de agosto, 2017