viernes, 20 de julio de 2018

Cuba en el centenario de la ciudad de Tampa


Por Gabriel Cartaya

  En 1955, la ciudad de Tampa celebró su primer centenario, pues fue fundada el 15 de diciembre de 1855, cuando la Asamblea Estatal de Florida aprobó la existencia de su Ayuntamiento, donde a Joseph B. Lancaster le correspondió ser el primer alcalde. Si en el momento fundacional contaba con poco más de mil habitantes, cien años después era una floreciente ciudad, con una rica historia construida, junto a los estadounidenses,  con presencia cubana, española, italiana y de otras procedencias étnico-culturales, representativas de una población cercana a  150 mil personas.
     De aquella población, unas 60 mil tenían raíces cubanas, por lo que las costumbres y tradiciones de ese país se mantuvieron vivas. Ello explica que en la organización de la Feria del Progreso con que Tampa rindió homenaje  a su primer siglo –entre otros actos conmemorativos–, la presencia cubana fuera tan destacada. A aquel evento, que se desarrolló entre el 1.° y el 16 de julio de 1955, destacados artistas cubanos vinieron a enriquecer ese espacio con sus obras.
 Recordar a algunos de ellos, contribuye a dar significado al vínculo histórico entre Cuba y Tampa.  La escultora Lilia Jilma Madera Valiente, considerada entre las expresiones más elegantes del neoclásico cubano, incluyó en su vasto currículo haber expuesto en la Feria del Progreso tampeña. Ella es la autora del famoso Cristo de La Habana –de 24 metros de altura–, del busto a José Martí ubicado en el Pico Turquino y relieves exquisitos sobre Miguel de Cervantes, Willian Shakespeare, Carlos Finlay y otras figuras.
  El destacado escultor Julio Fuentes Pino, mención  de honor en el  XXX Salón de Artes Plásticas del Círculo de Bellas Artes, La Habana, en 1948, fue otro artista cubano que viajó a Tampa  a celebrar su centenario. Asimismo, lo hizo  Raúl Milián Pons, uno de los pintores relacionados con el Grupo Orígenes,  presidido por José Lezama Lima, y quien realizó importantes exposiciones en Venecia, Sao Paulo, el Museo de Arte Moderno de Nueva York y en otros centros culturales.
  Una exposición colectiva que contó con obras de Eberto Escobedo Lazo, Juan Balco López, Julio Fuentes Pino, Juan López Conde, Juan Miguel Rodríguez de la Cruz y otros, se presentó en el salón de Tampa con el nombre “Pintura, escultura y artes aplicadas en Cuba”, durante toda la Feria del Progreso.
  En la revista Bohemia –que se vendía en las calles de Tampa cada viernes, a la misma hora en que llegaba a ciudades cubanas–, un artículo escrito por Herminio Portell Vilá daba a conocer que la presencia cubana en la Feria del Progreso de Tampa, con esta emotivas palabras:
 “Las industrias cubanas van a estar representadas en la Feria del Progreso, de Tampa, gracias a los esfuerzos de la Sociedad Colombista Panamericana y de la Co­misión Cubana Organizadora del Centenario de Tampa. Cuba también enviará colecciones de libros, de cuadros, de esculturas, de mú­sica grabada e impresa, de perió­dicos, de fotografías, de películas descriptivas, de documentos histó­ricos, etc, para llegar al corazón de los tampeños, los más cubanos de todos los norteamericanos, y demostrarles como les quieren y les recuerdan sus hermanos del otro lado del Estrecho de la Flori­da, que hace más de cuatrocientos años, cuando ni siquiera había Jamestown ni Plymouth, ya habían enviado a la bahía de Tampa a Gómez Suárez de Figueroa y a otros cubanos de la primera gene­ración de criollos que hubo en esta Isla”.
 En aquel ambiente preparatorio de las fiestas con que Tampa esperaba la celebración de su centenario, Bohemia también reeditó, el 26 de junio de 1955, un artículo titulado “Tampa”, publicado  en 1897 por Carlos Trelles en la revista Cuba y América, fundada y dirigida por Raymundo Cabrera. Es un testimonio insuperable de la vida cubana en Ybor City y West Tampa a fines del siglo XIX, cuando no había concluido la Guerra de Independencia, acontecimiento que se vivía en estas calles con la misma intensidad que en la Isla de Cuba. 
 Estos artículos de Bohemia y la enorme presencia cubana en la celebración del primer centenario de la constitución oficial de la ciudad de Tampa, especialmente en su Feria del Progreso, muestran la cercanía histórica que nos une y que seguimos cimentando. Seguramente, cuando en 2055 se celebre el 200 aniversario tampeño, el progreso que exhiba la ciudad será también celebración cubana y de todas las culturas que se han juntado en su realización.



viernes, 29 de junio de 2018

El poeta Rafael Alcides pasó a la eternidad


El poeta Rafael Alcides abandonó la vida el pasado 19 de junio. Había llegado a ella 85 años atrás, en el barrio de Barrancas –muy cercano al mío- a un paso de las primeras estribaciones de la Sierra Maestra. Aquel pequeño poblado del oriente cubano, partido al medio por una línea de concreto que hace vía a los viajeros entre Manzanillo y Bayamo, fue la antesala del ataque de Carlos Manuel de Céspedes a su ciudad natal, para convertirla, con el himno a su nombre hecho nacional, en la primera ciudad libre de Cuba.
  En el olor a mangos,  ­guayabas y ciruelas, frutas tan abundantes en Barrancas, combinado con la diversidad de la floresta y las aguas de un río, absorbió Alcides los primeros  motivos de su poesía. A su vera cursó los primeros grados, pero el barrio se le hizo pequeño para sus sueños de estudio y creación literaria y se fue a terminar el bachillerato, iniciado en Holguín, a la capital del país.
  La década de 1950, mientras en Cuba se producen los acontecimientos políticos trascendentes que culminaron en el triunfo insurreccional de 1959, Alcides está completando su formación y visión del mundo. Entre 1955 y 1961 transita por México, Estados Unidos, Argentina, Chile, Uruguay y Venezuela. Entre esos viajes, en Cuba es productor y director de programas de radio, a la vez que escribe poesía y prosa. Sin predilección por el terreno político, asiste a los primeros años de la Revolución con el entusiasmo que caracterizó a la mayor parte de su generación. Colabora en las instituciones culturales, especialmente con las más cercanas a su oficio de escritor. En 1965 obtiene mención en el Concurso Casa de las Américas con su novela Contracastro, aunque no es publicada.
  A fines de la década de 1960, aunque no está implicado en el llamado Caso Padilla, ni en otros del denominado Quinquenio Gris, cuando se llevó al extremo la interpretación del mensaje de Fidel Castro “Dentro de la Revolución todo; contra la Revolución, nada” y los comisarios políticos empezaron a buscar enemigos en cualquier verbo que pecara de ambigüedad ideológica,  el poeta prefirió alejarse de un entorno editorial que entonces no coincidía con la libertad de creación que animaba al artista. Él lo explicó con una frase: “La vida me ha enseñado que de repente el oleaje de los días te cambia el programa”.
  Hasta entonces, había publicado los libros de poesía Himnos de montaña (1961), Gitana (1962) y La pata de palo (1967).  A partir de entonces y hasta 1983, escribió copiosamente, pero dejó de publicar en Cuba, viviendo una especie de insilio, como a él le gustó llamar a esa marginación en la que se sintió flotar y que prefirió al discurso ­institucional complaciente.
 El escritor eligió, como apuntó Ernesto Santana en un artículo que le dedicó al saber su muerte, “un arte de vivir como poética”, pero en su credo íntimo frente al proceso político a cuya evolución asiste desde el prisma de su pensamiento crítico, ve con tristeza  “un país donde el porvenir ya pasó”.
 Con todo, cuando a fines de la década de 1980 baten aires renovadores envueltos en las palabras glásnost  o perestroika, regresa a las editoriales cubanas. Letras Cubanas le publicó en 1983 el libro de poemas Agradecido como un perro y lo reeditó en 1990. En 1989, aparecieron Y se mueren, y vuelven, y se mueren y, también de poesía, Noche en el recuerdo. Fue como un despertar y la nueva generación de poetas cubanos encontraron en él a un maestro, increíblemente dentro de ellos y desconocido.
 Pero el maestro, a pesar de publicaciones y premios, no resultó dócil al reclamo oficialista y siguió libre en sus versos. En un recital de poesía leyó:  “Todos los de acá/ somos exiliados. Todos. / Los que se fueron / y los que se quedaron./ Y no hay, no hay palabras en la lengua/  ni películas en el mundo/ para hacer la acusación: /millones de seres mutilados/ intercambiando besos, recuerdos y suspiros/ por encima del mar”.
 En la difícil década de 1990, Rafael Alcides se volvió a aislar, se volvió a insiliar. Rompió el silencio en 2009,  visitando España, donde publicó un libro, después de años sin entregar nada a editoriales. Regresó a Cuba, aunque su lenguaje, según confesó, “no era amable con el gobierno”.
 Después de aquel viaje a España, donde se admiró su obra, le publicaron otros libros  en aquel país: Libreta de viaje, 1962-2000, El anillo de Ciro, Un cuento de hadas que acaba mal y Memorias del porvenir. También vieron la luz los poemarios Conversaciones con Dios y GMT.
 A pesar de su lenguaje crítico frente a determinadas acciones gubernamentales, especialmente en torno a la llamada libertad de expresión, Alcides nunca quiso vivir en otra tierra que no fuera la suya. Allí escribió su hermosa poesía y su prosa, una obra que vivirá dentro y fuera de Cuba y crecerá, pues por encima de los vaivenes de la política, la legitimidad del arte la defiende.
    Las cenizas de su cuerpo, como quiso el poeta, se esparcen en el Barrancas donde nació, flotando entre el olor a mangos, guayabas y ciruelas, junto al rumor de la lluvia que entre los árboles canta el poema auténtico de su vida, mientras su espíritu se eleva en paz a la eternidad.

lunes, 25 de junio de 2018

Máximo Gómez, dominicano y cubano


  El pasado 17 de junio se cumplió el 113 aniversario de la muerte de Máximo Gómez, el hombre que por más tiempo, resultados y suerte, combatió por la independencia de Cuba y, probablemente, el que menos pidió a cambio de más de 30 años destinados a completar la gesta libertaria americana. Ningún cubano ocupó un cargo tan alto en las guerras que entre 1868 y 1898 se desarrollaron en la Isla para emanciparse de España, como el ocupado por el dominicano a quien se le distinguió y se le recuerda con un grado militar especial que solamente él ha ostentado: Generalísimo.
En los días difíciles que siguieron al alzamiento de La Demajagua, donde Carlos Manuel de Céspedes inició la  larga Guerra de los Diez Años, un campesino dominicano radicado a algunos kilómetros de Bayamo se presentó a las tropas insurgentes para alistarse. Iba a cumplir en esos días 32 años.
  Eran los primeros días de la guerra y una fuerte columna española se dirigía hacia Bayamo. Cuando apenas habían armas para detenerla, el joven dominicano propuso el uso del machete. Con un grupo de hombres se emboscó en Pinos de Baire y cayeron encima de la tropa española gritando “Viva Cuba Libre”, con tal sorpresa y atrevimiento que hicieron retroceder a la columna consternada. Enseguida Gómez fue ascendido a General y, al morir Donato Mármol en 1870, pasó al mando de la División de Oriente.
  Allí, sus discípulos en el arte de la guerra fueron Antonio y José Maceo, Flor Crombet, Guillermón Moncada y toda la legión de leones que protagonizó las hazañas más grandes en los rudos combates de la Guerra Grande. En aquellos años, Gómez estuvo al mando de  todas las tropas cubanas, en Oriente, Camagüey y Las Villas. Ningún líder ocupó una jerarquía más alta en el Ejército Libertador cubano que  aquel hijo de Baní, nacido el 18 de noviembre de 1836.
  Al terminar la guerra con el Pacto del Zanjón (1878), sale al destierro con la familia que fue creando en la guerra, al casarse con Bernarda Toro “Manana”.
El General que había librado las batallas más grandes de la guerra, salió en absoluta pobreza de Cuba. Vivió en Jamaica, Honduras, Costa Rica y, finalmente, se radicó en su país. En la década de 1880, participó en varios planes para reiniciar la guerra por la independencia de Cuba. Pero todos fracasaron, esencialmente por la falta de unidad, que vino a lograrse con la creación del Partido Revolucionario Cubano (PRC), fundado por José Martí en 1892.
  Martí sabía que atraer a los jefes militares a su proyecto político era la tarea más importante y difícil. En septiembre de 1892, decide visitar a Gómez en su propia casa. Viaja a Montecristi y va a saludarlo a su finca de trabajo, cerca de Montecristi. Lo invita a encabezar el ramo militar del PRC y le dice: “No tengo más remuneración que ofrecerle que el placer del sacrificio y la ingratitud probable de los hombres”.

  Gómez aceptó. Cuando todo estuvo preparado para iniciar la guerra,  Martí sale otra vez hacia la casa de Gómez. Allí está cuando se produce el alzamiento del 24 de febrero y juntos se desesperan buscando una vía para llegar al oriente cubano. El 25 de marzo firman el Manifiesto de Montecristi y el 11 de abril desembarcan en Playitas de Cajobabo, cerca de Guantánamo.
Durante toda la guerra, entre 1895 y 1898, Gómez ocupó, por elección, el cargo de General en Jefe del Ejército Libertador, o Generalísimo, como le llamaron. Ocupando el cargo supremo, en cada batalla era un soldado más y nadie pudo apartarlo de los lugares de máximo peligro. Ese valor y ejemplo permanente,  junto a su capacidad táctica y estratégica de dirigir la guerra y hasta el azar de apartar las balas, lo convirtieron en el más grande de los soldados por la independencia de Cuba.
  Al terminarse la guerra en 1898 y tres años después elaborarse la Constitución con que nacería la República de Cuba –al término de la ocupación de Estados Unidos– a Gómez le propusieron la candidatura a la presidencia del país. Se negó rotundamente y apoyó la candidatura de Tomás Estrada Palma.
  En sus últimos años, Gómez pudo sentir la  admiración de la muchedumbre, que le aclamaba a cada paso.  Vivió en la Quinta de los Molinos y después en una casa de la concurrida calle Galiano. A principios de junio de 1905, hace su último recorrido por la Isla. Fue a Santiago de Cuba con su esposa y las hijas Clemencia y Margarita. En la ciudad oriental les esperaba Maxito, otro de sus hijos. Al lado de Manana, hijos y nietos, en las calles santiagueras recibió constantes muestras de admiración y cariño. Allí se le agudiza un dolor que venía sintiendo en la mano derecha –algunos dicen que de tanto saludar– y  regresa a La Habana.
  Se divulga la noticia de que el General está regresando enfermo de Santiago de Cuba. En las terminales el pueblo se desborda a saludarlo. Algunos oficiales amigos suben al tren para acompañarle, como hizo en Matanzas el general Emilio Núñez, uno de sus más grandes amigos. También lo hizo Domingo Mendes Capote, entonces presidente del Senado. El gobierno alquila una residencia en el Vedado para atenderle, en la esquina de la calle 5.ª y D, pero la fiebre persiste y el médico diagnostica un absceso hepático. Hacia mediados de junio está grave. Sabe que va a morir. “Se va tu amigo”, le dice a Emilio Nuñez.  El 17 de junio, se despide de su esposa y los hijos. Al atardecer llega el Presidente, a quien él, en mejores tiempos, decía Tomasito. Pero ya el Generalísimo está inconsciente. Familiares, generales, ministros y amigos están en silencio, cuando sale el doctor José Pareda y murmura el dolor: Ha muerto el General.  
  En medio del duelo nacional, el cadáver es trasladado al imponente edificio del Palacio de Gobierno, que un día fue de los Capitanes Generales. Allí se le rindieron los honores que recibe un Presidente de la República. Después, las banderas de Santo Domingo y Cuba cubrieron el féretro hasta el Cemenerio de Colón, en el sepelio más multitudinario, espontáneo y conmovedor que se haya visto en la Isla de Cuba.

viernes, 15 de junio de 2018

Ramón Fernández y el primer tabaco tampeño


La memoria conserva un sitio endeleble al embrujo de la primera vez, por mínima que haya sido su presencia en el curso de la vida. Si bien, el primer amor se lleva las palmas en la subjetividad de ese resguardo, también lo alcanza el primer maestro, la primera casa, el primer trabajo. El mito de Prometeo es eterno en la primera vez del fuego, como a  Louis Le Prince le corresponde ese lugar en la historia del cine o a Gagarin en la conquista del espacio.
     Cuando se habla del esplendor que alcanzó Tampa con la producción de tabacos, fomentando una industria que determinó su crecimiento  económico y demográfico en las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX, recordamos a Vicente Martínez Ybor, a cuyo apellido debemos el nombre de uno de los espacios más acogedores de la ciudad. Es menos común hablar sobre Ignacio Haya, uno de los industriales que acompañó a Don Vicente desde las primeras visitas a Tampa y quien, junto a él, compró los primeros terrenos para iniciar la construcción de sus fábricas de tabaco y las casas donde iban a vivir.
  A la hora de construir, Haya optó por el edificio de madera,  mientras Martínez eligió el ladrillo. Ello, entre otras razones,  influyó en que su firma, compartida con Serafín Sánchez, fuera la primera en recibir la documentación legal del estado para empezar a producir. El 13 de abril de 1886 se recibió el primer tabaco salido de las manos de un fabricante radicado en Tampa. A quien le correspondió la dicha de torcerlo fue a Ramón Fernández, a cuya memoria se destinan estas líneas.
  El tabaquero tenía 42 años cuando puso en las manos del dueño el primer producto de una empresa que pronto llegaría a producir  miles de tabacos al día. Había nacido en enero de 1844 en el norte de la península ibérica, en un pueblo de Asturias llamado Avilés. Los pocos apuntes que se conservan sobré él, refieren que llegó a La Habana en 1865, como hacían tantos españoles de su tiempo que veían en el Nuevo Mundo una oportunidad casi encantada de riqueza. En un país donde la producción de tabacos era una de las ramas principales de la economía, adornada con el sello de ser los mejores del mundo, Ramón Fernández encontró inmediata ocupación.
  En 1871, cuando la guerra independentista en Cuba implicaba a todos los estratos de la sociedad, Fernández salió hacia Estados Unidos, ­radicándose en Nueva York. Allí conoció a Serafín Sánchez, quien compartía con Ignacio Haya la propiedad de la fábrica de tabacos “La Flor de Sánchez y Haya”. Al llegar con la experiencia adquirida en Cuba, no le fue difícil ser aceptado en la fábrica neoyorkina de sus paisanos.  En muy poco tiempo, su habilidad en el torcido y seriedad, le hicieron ganar  el respeto de los dueños  y compañeros, estableciéndose como uno de los operarios de confianza de esa firma.
  Cuando Haya visitó Cayo Hueso en 1885  y le oye decir a su amigo Martínez Ybor que está pensando en Tampa para trasladar su fábrica de tabacos, él también estaba considerando una relocalización de la suya en Nueva York. Se ponen de acuerdo y comparten ese proyecto, por lo que entran a Ybor City como sus insignesfundadores.
  Con ellos llega Fernández, uno de sus mejores operarios. Está registrada la fecha del 10 de marzo de 1886, como el día en que el asturiano de Avilés llega a Tampa por primera vez. Al mes siguiente está todo listo en la fábrica levantada en la 7.ª Avenida y la Calle 15 para empezar la producción. Ese día, los primeros torcedores se sientan en sus mesas, cuando ya escogedores y despalilladores han servido las tripas para empezar el torcido. Como ya indicamos, fue Ramón Fernández quien tuvo el privilegiado de entregar el primer ejemplar de La Flor de Sánchez y Haya, como símbolo del triunfo operado aquel martes de Pascua Florida.
  Ramón Fernández vino a Tampa con su esposa, a radicar en Ybor City definitivamente. Trabajó con Sánchez y Haya muchos años y en 1902 decidió ­inaugurar su propia fábrica, mereciendo la ayuda de los empresarios para los que tanto trabajó. A su firma la llamó “La Flor de Ramón Fernández”, tal vez para no despegarse de las dos primeras palabras con que vio brotar el primer tabaco de sus manos en esta ciudad.
  Con su firma, Fernández tuvo gran éxito por casi una década y su Flor entró al mercado con gran aprobación de los más distinguidos fumadores. En 1910, una larga huelga afectó financieramente a su empresa. En 1912 decidió clausurarla y al año siguiente vendió los derechos de su marca a Celestino Vega.
  El torcedor del primer tabaco en Tampa murió el 12 de septiembre de 1912, en su hogar de Ybor City. Es bueno que cuando se mencione la historia del tabaco en Tampa, recordando todo lo que significó en su historia, junto a las grandes figuras que lo potenciaron –Vicente Martínez Ybor, Ignacio Haya, Eduardo Manrara, Gabino Gutiérrez, Serafín Sánchez y tantos– se recuerde también al asturiano Ramón Fernández, no sólo por su protagonismo en “la primera vez” que un tabaco tampeño entró al mundo, sino como emblema de todos los que le acompañaron en una obra imperecedera que hizo florecer nuestra ciudad.

viernes, 8 de junio de 2018

Yanko Maceda cumple su sueño en Ybor City


En Ybor City vino a cumplirse el sueño americano, o, con más exactitud, el sueño humano de Yanko Maceda. De niño, en un barrio periférico de ciudad de La Habana (El Cotorro), su madre, con la ilusión y romanticismo de los verdaderos artistas –pin-tora al fin– le susurró al oído una frase que guarda en su memoria: Puedes ser lo que sueñes. Entonces empezaron a disparase los sueños de Yanko, alimentados con lecturas al alcance de la mano –el padre era profesor de Español–, con tanta intensidad que alcanzó a imaginar su nombre al frente de descubrimientos tan asombrosos como el de construir un puente que juntara  su barrio habanero con la luna.
    Estos recuerdos afloraron en una amplia ­charla que sostuve con Yanko,  el ­sábado  pasado, en el lugar donde ha venido a cumplir su ilusión: la esquina de 7.ª Avenida y la Calle 16, en Ybor City, distinguida con el nombre Tabanero, donde se tuercen a mano y se fuman los excelentes tabacos en cuyo elegante anillo se lee su apellido, con tanto brillo como el del invento onírico infantil. 
  En la palabra Tabanero es fácil adivinar las raíces de su morfología léxica y el perfil identitario de su autor. Tabaco y habanero se funden en un concepto cultural que identifica a su dueño. Cuando él cuenta que en la niñez lo llevaban a visitar familiares de Pinar del Río y que el olor de las vegas de ­tabaco más famosas del mundo se le impregó en la memoria, se puede entender la pasión con que habla del momento en que descubrió la esquina de la Calle Séptima, donde ha hecho crecer un negocio tan espectacular.

  Me cuenta que a principios de la década de 1990, cuando en Cuba la crisis económica fue más aguda, apenas entrando en la adolescencia, se fue con sus padres a vivir a Miami y radicó allí alrededor de diez años. En 2003 llegó a Tampa, donde tentó a la suerte abriendo un pequeño restaurante, para comprobar enseguida que por bien que se sirvieran las carnes, aquel no era el destino que le estaba esperando. Entonces, intensificó sus paseos por la  avenida más concurrida de Ybor City y el olor a tabaco operó como un profundo llamado. Empezó a  detenerse en cada esquina donde alguien torcía un puro para atraer a los visitantes.
Junto a ello, fue descubriendo la historia de la ciudad, admirando el fulgor de cuando fue la capital del mundo de la fabricación manual de tabacos. Pensó en Martínez Ybor y en la ausencia de un verdadero heredero del Príncipe de Gales, pues el acento de los fabricantes aislados –así me comentó– se concentraba en ofrecer al turista un posible souvenir, más que en la exigencia de un experto fumador.
  La idea de fabricar manualmente un verdadero puro cobró fuerza en Maceda y descubrió que ese era el  aviso de su sueño. Con el propósito claro, la ausencia financiera no lo arredró. Aunque empezó a torcer los primeros tabacos en cuanto lugar le abrió una puerta, se obesionó con la esquina donde ahora reina. Le propuso cien ­veces al dueño alquilar  ese lugar y la respuesta, una y otra vez, fue negativa. Aunque el propietario, ante la insistencia semanal, llegó a pedirle que no lo molestara más, no logró desanimarlo. A los cuatro meses le arrendó el lugar y hoy ambos están satisfechos de aquella decisión.
  Ahora Tabanero contiene la mejor producción manual de tabacos de la ciudad y al entrar al lugar, la primera impresión parece revivir la gloria de Ybor City un siglo atrás. Algunos hombres y mujeres, jóvenes, muestran su habilidad en el torcido de tabacos, cuyo olor, al atraer al visitante, nunca le decepciona. La legitimidad de los puros, expuestos en las vitrinas, donde se identifica la diversidad de tipos (Robusto, Big Dandy, Toro, Churchill), se corresponde con la calidad de las hojas que vienen de Nicaragua, Ecuador y Honduras y con la  perfección del acabado con que salen al consumidor.
En la amena conversación con Maceda siento la amplitud de su obra, que no se limita a fabricar y vender tabacos para hacer su negocio floreciente. El joven empresario, fundador de Tabanero en el 2010, tiene la clara visión del compromiso histórico y cultural que envuelve a su empresa, afincada en las raíces de Ybor City. Desde esa sensibilidad, promueve una especie de escuela donde acariciar, encender, paladear y seguir la espiral del humo se   convierten en una obra de arte. Para disfrutarlo a este nivel estético, Maceda ofrece, in situ, algunas clases en determinados atardeceres del mes, donde el aprendizaje deriva en refinada expansión.
  Al fondo de la sala donde laboran los operarios, hay un espacio cómodo, aunque pequeño, donde los visitantes pueden sentarse a fumar, tomar una copa de vino o una taza de café y conversar. No hay una pantalla de televisión que contamine el embrujo y la música se oye a bajo volumen. Allí he conversado con Yanko, prefiriendo la charla  espontánea a un cuestionario preconcebido de entrevista, para la que, de todos modos, tendremos otras páginas.
  Al final, algunas ideas se incorporaron a la capacidad eterna de soñar. Le comento que el próximo 7 de septiembre se celebra el segundo centenario del natalicio de Vicente Martínez Ybor y que sería excelente contar con una vitola que le rinda homenaje.  Quién sabe si pudiera inaugurarse un Nuevo Príncipe de Gales, o un Príncipe de Ybor, o simplemente un sello con la imagen y el nombre de Martínez Ybor. También recordamos la labor especial del lector de tabaquería y el impacto de su figura en el cuidado de la tradición.
  Finalmente, comento que el lugar sería genial para una cita literaria y de cuánto contribuyen los escritores y los artistas a preservar la memoria de la obra humana. Entonces, con asombrosa sagacidad, Yanko capta la insinuación y brinda el espacio donde podríamos reunirnos el último jueves de cada mes. Allí, donde el aroma del buen tabaco y el café se juntan paradisíacamente, reencontraríamos las palabras de la eterna realización humana, donde se cumple el adagio que la pintora cubana transmitió a su hijo: Puedes ser lo que sueñes.






viernes, 1 de junio de 2018

El Ballet Nacional de Cuba en Tampa

Por Gabriel Cartaya


  El miércoles de la semana pasada, 23 de mayo, tuvimos la maravillosa oportunidad de disfrutar, en el Straz Center de Tampa, de una exquisita presentación del Ballet Nacional de Cuba, esa compañía emblemática que Alicia Alonso ha hecho internacionalmente famosa y, con ella, ha dado luz a la Perla de las Antillas.
Estas breves palabras no proponen un juicio crítico alrededor de la puesta en escena de “Giselle” –oficio en el que contamos con la agudeza, amplio conocimiento y sensibilidad de Leonardo Venta–, es únicamente la opinión de uno más de los cientos de espectadores que aplaudimos con el corazón a las muchachas y muchachos que ejecutaron a la perfección esa genial obra romántica, cuyo contenido procede de la mitología germánica y que, desde 1841 (interpretada por la italiana Carlotta Grisi), viene conmoviendo a los espectadores de todo el mundo.
  Cuando Sadaise Arencibia iluminó el escenario en el primer acto, interpretando a la figura enamorada de Giselle, un superlativo me dictó la primera opinión: bellísima. Al adjetivo impresionista se fueron sumando, en cada aparición suya, los calificativos maravillosa, espectacular, genial, espléndida, angelical, etérea, y  otros de similar naturaleza. Asimismo, los atributos de Sadaise se ­extendieron a sus compañeras de actuación, que en cada movimiento dieron muestras de excelencia.
Sadaise Arencibia junto a su partenaire Raúl Abreu
  Tuve la suerte de tener cerca a Leonardo Venta, quien me ayudó a identificar a los personajes: Albrecht, el duque de Silesia, fielmente interpretado por Raúl Abreu, cuya pasión por Giselle (una campesina) choca con los celos del cazador Hilarión (Ernesto Díaz). Todo el galanteo de la bella Giselle con Lois (personaje tras el que se esconde el Duque) desata el drama que avanza por todo el primer acto, entre los magníficos bailes del grupo que representan a los amigos de la protagonista, hasta la terminación del primer acto, cuando cae muerta la joven enamorada.
  El segundo acto es verdaderamente mágico. Toda la coreografía de las willis (fantasmas que proceden de doncellas que murieron sin casarse y vagan por los bosques alumbradas por la luna) apoya la aparición de Giselle que sale de la tumba, mientras sus dos enamorados coinciden en el lugar y asisten a las apariciones del espectro idolatrado. Hilarión, que pedía venganza, huye de las willis, mientras Albrecht, que aclama perdón por el daño ocasionado, es atraído por los espectros, que le hacen bailar hasta morir.  Pero el amor de Giselle es tan inmenso que lo salva, queriendo que llegue hasta el amanecer, pues a la salida de la luz del sol, los fantasman desaparecen. El quiere retenerla, pero el destino se cierra y ella vuelve a la tumba.
  Al final, las cortinas se abren y cierran unas cinco veces. El público aplaude estremecedoramente, consciente de que ha asistido a una extraordinaria obra de arte, magistralmente interpretada por una de las compañías de ballet más famosas del mundo, para orgullo de Alicia y de Cuba.
Al inicio de la presentación de “Giselle” se agradeció a quienes hicieron posible que en la ciudad de Tampa pudiéramos disfrutar de esta obra. En primer lugar, al dueño del teatro, David A. Straz Jr., quien en un viaje a la Isla conoció personalmente a Alicia e invitó a la compañía a visitarnos; a Albert A. Fox, el que durante años ha sido un persistente defensor de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos; a la agrupación danzaria cubana por su visita y a todos los asistentes.
Junto a Viengsay Valdés y Leonardo Venta
  Al terminarse la emotiva función, un grupo de asistentes al teatro fuimos invitados a compartir un delicioso buffet y bar abierto con los visitantes de lujo. En un espacio agradable, tenuemente iluminado, pude saludar a Al Fox, David Straz, Ariel Quintela, Vicente Amor, Diana Arufe y otros conocidos. En todos ellos oí la misma impresión: “Ha sido una presentación fabulosa”. Por suerte, pude conocer y conversar brevemente con Giselle, mejor dicho, Sadaise, a quien expresé el impacto que nos causó a todos. También con Viengsay Valdés, hoy considerada una de las mejores bailarinas del mundo, quien interpretó a Giselle y la Kitri de “Don Quijote” recientemente en Chicago y lo hará en Washington en los próximos días. Una noche de mucha suerte, sin dudas.
  Al día siguiente, el urbanista Ariel Quintela –quien encabeza el más imponente esfuerzo de renovación de Ybor City en la actualidad– invitó a los artistas cubanos a un almuerzo en el restaurante Tropicana. Estoy entre los amigos de Ariel que fueron convocados a asistir, lo que me permitió ser testigo del ambiente de cubanía que se respiró en las dos horas que estuvimos allí. Antes de mover los cubiertos, Diana Arufe hizo una emotiva presentación del convite, agradeciendo la presencia de los bailarines.
  Después habló Quintela, conmovido al sentir, así lo dijo, el ambiente de unidad que se respira con estos encuentros, donde el arte, la cultura, como la misma restauración arquitectónica que él representa, nos hacen más fuertes para edificar el presente y dejarle un futuro mejor a nuestros hijos. Al decir la palabra final, miró hacia su pequeña hija, de unos nueve años. Ella, con una sonrisa, pareció decirle: “Gracias, papá”.
  Gracias, decimos todos,  a quienes hicieron posible la felicidad que vivimos en torno a los magníficos artistas del Ballet Nacional de Cuba. Y gracias, desde Tampa, a la genial Alicia Alonso, gloria cubana y universal.

viernes, 13 de abril de 2018

Entrevista al Dr. Carlos Cano, profesor de la Universidad del Sur de la Florida (USF)


Por Gabriel Cartaya

     Al conocer que recientemente el Dr. Carlos Cano alcanzó su merecido retiro, después de desempañarse durante casi medio siglo como Profesor en la Universidad del Sur de la Florida, le comuniqué el deseo de hacerle una entrevista, a la que accedió con su acostumbrada afabilidad.
Profesor Cano, aunque usted nació en Cuba, casi toda la vida ha radicado en Estados Unidos. ¿Qué recuerdos le quedan de la Isla y cómo la percibe desde un ángulo cultural?
     En mis memorias más tempranas veo trozos mezclados de China, Cuba, España y Estados Unidos. Así era mi comunidad en el barrio habanero de Puentes Grandes. Allí coexistían cubanos de todos los colores, culturas y lenguas, incluyendo mis compinches en múltiples aventuras mataperreras, tales como Eduardo (familia cubana), Pupy (familia cubano-española), José (familia china-gallega) y Félix (familia de origen jamaiquino). En la relación diaria con Félix, me di cuenta de que esa lengua que él se guardaba de usar solamente dentro del seno de su familia tenía vigencia en nuestra vida diaria; por ejemplo, cuando pasé por la transición de “mirar” tiras cómicas a leerlas, me sorprendí que no podía entender algunas porque estaban escritas en inglés; o cuando descubrí la diferencia lingüística entre el billete de un peso de color azul (Cuba) y el de color verde (EE.UU). De aquella época también tengo vago recuerdo de las amigas cubano-tampeñas de mi hermana, con las que Elsa siguió carteándose y después culminó en su migración a Tampa (y eventualmente la de toda nuestra familia). Andando el tiempo, tuve buenos maestros en la escuela primaria y la superior (entiéndase por ésta middle school) que me orientaron positivamente sobre la luchas por la independencia de España y de EE.UU., y me pusieron en camino hacia el desarrollo de una identidad multicultural y multinacional. 

¿Cómo ha sido su paso por  la escuela estadounidense, desde estudiante a Profesor universitario?
Llegué a Tampa de 14 años y gracias a tener algún conocimiento del inglés, no perdí el año académico. Obtuve mi título de high school (Jefferson H. S.) y fui muy afortunado porque la Universidad del Sur de la Florida recién abría sus puertas y aceptaron mi solicitud de ingreso. Me recibí con un Bachelor en lenguas con concentración en español en diciembre de 1964; no era exactamente el mejor momento para continuar mis estudios sin tener que esperar hasta el otoño siguiente, pero de nuevo la suerte me sonrió e ingresé en febrero en el programa de posgrado de  Indiana University. Allí me hicieron docente, con lo que tuve para sostenerme hasta que me ofrecieron la prestigiosa beca National Defense Scholarship. En Indiana me recibí con un Máster (1966) y un Doctorado (1973) en la lengua de Cervantes, con subespecialidades en Literatura Comparada y en Estudios Latinoamericanos. Desde 1970 desempeñé diferentes cargos administrativos y docentes en mi antigua alma mater, la University of South Florida, de la cual me jubilé en agosto de 2017. Los muchos años en USF me facilitaron participar en innumerables conferencias y congresos académicos dentro y fuera de EE.UU., llevar a más de  mil estudiantes a Andorra, Costa Rica, Francia, Gibraltar, México, Portugal, Reino Unido y muy especialmente a España. Sin embargo, lo más atractivo para mí siempre ha sido entrar en el salón de clase y entablar el diálogo académico con estudiantes ansiosos a cuestionarlo todo; o sea, seguir el camino indicado por Sócrates hacia el verdadero aprendizaje.
En la elección de estudios, profesión y desempeño docente e investigativo, el idioma español ha tenido una preponderancia visible. ¿Cuánto ha influido en ello la procedencia hispana?
Llevar por dentro el sentido de una cultura y su lengua es una ventaja que me ha servido mucho en el campo docente, pero eso no quiere decir que aquellos que no hayan nacido dentro de una familia hispana no podrían alcanzar, disfrutar de los mismo logros que yo; al contrario, no sólo conozco a muchos exalumnos que son excelentes profesores de español y de la cultura y literaturas hispanas, sino que pueden ser vistos con mayor legitimidad como modelo que aquel que aprendió en la niñez.
 Además de profesor durante muchos años en la Universidad del Sur de la Florida, usted ha enseñado en la Universidad de Indiana, en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y ha tenido un fuerte lazo académico con instituciones universitarias españolas. ¿Podría resumirme los momentos y alcances fundamentales de esta obra?
En los seis años que pasé en Bloomington, Indiana, adquirí gran respeto por ese estado de la Unión Americana. Respondiendo a factores económicos propios del estado crearon dos sistemas universitarios paralelos: Purdue University, con su sistema de recintos técnicos para apoyar los sectores industriales y agrícolas, e Indiana University con sus recintos para el apoyo de ciencias sociales, medicina, derecho, filosofía, bellas artes y humanidades. Nunca se me olvidará la recepción anual televisada a causa de la visita del Canciller de Indiana University a la legislatura del estado. José Martí decía que “honrar, honra” y el honor con que se recibía al Dr. Welles decía mucho de la importancia que el estado de Indiana daba a la enseñanza universitaria.
Por otra parte, como ya dije, la apertura de la University of South Florida me sirvió a mí y a muchos en la comunidad de la bahía de Tampa con la gran oportunidad de cursar una carrera universitaria que antes resultaba muy limitada. Tiempo después, como maestro en este plantel académico, presencié el positivo impacto que ha tenido a lo largo de más de medio siglo en la comunidad latina. Mi relación con USF también me abrió la puerta a colaborar con otras instituciones universitarias tanto a nivel nacional como internacional, incluyendo un puesto de profesor visitante en la Universidad Nacional Autónoma de México, justo en esa gran metrópolis que es la ciudad de México. El tiempo pasado en una universidad y una ciudad que bien podrían ser las más grandes del mundo, me ha dado una perspectiva global que me ha servido mucho en mi labor docente.
Entre las diversas responsabilidades que usted ha desempeñado en la enseñanza universitaria, ¿hay algunas en que se ha sentido más a gusto?
Esta pregunta es fácil de contestar. Desde 1988, cuando comencé a dirigir el programa de estudios de verano en España, hasta mi jubilación en el 2017, no ha habido nada tan deleitoso para mí como llevar estudiantes a estudiar en Málaga y, principalmente, en Madrid. No hay nada más agradable que el ver a jóvenes, que recién dan sus primeros pasos por la vida adulta, cómo reaccionan ante condiciones de vida y normas culturales que son diferentes a lo que están acostumbrados. No es ninguna exageración decir que, para estos jóvenes, viajar es la mejor forma de aprender. Es más, muchos de ellos terminan regresando o encontrando empleo en España o en algún país latinoamericano. Este es uno de los más transcendentales impactos de la educación universitaria y me alegro mucho de haber tenido un papel significativo en esta labor.
Como estudioso de la literatura hispanoamericana, ¿qué autores han llamado más su atención? ¿Cómo evalúa, en síntesis, la obra del escritor cubano Alejo Carpentier, a quien usted ha dedicado una fructífera atención?
De niño siempre me atrajo Bernal Díaz del Castillo por su narrativa sobre la campaña de Cortés en México. De adulto me interesé por una de las pocas novelas latinoamericanas decimonónicas de calidad, la Cecilia Valdés de Cirilo Villaverde. Es una novela que capta la sociedad esclavista cubana con todos sus errores económicos y sus correspondientes horrores sociales; es decir, un drama donde unos familiares esclavizan a otros familiares. Si Latinoamérica careció por mucho tiempo de una tradición novelística autóctona, fue porque la Inquisición había  prohibido todo lo que fuera narrativa de ficción. Lo sorprendente es que hacia mediados del siglo XX surgiera una vasta producción novelística en Latinoamérica, la que el crítico uruguayo Emir Rodríguez Monegal denominó el Boom.
Uno de los más conocidos miembros de la generación del Boom, Carlos Fuentes, escribió una novela corta, Aura (1962), que se ha mantenido a través de todos estos años como una de mis lecturas favoritas. Aura relata la vida de Consuelo, anciana centenaria que no se consuela de estar abandonada en su casona colonial cerca del Zócalo del D.F. capitalino. Obsesionada entre recuerdos juveniles, horrorizada por su deterioro físico, ella lucha por medios naturales y sobrenaturales por rescatar su belleza y a su difunto esposo. Para Fuentes, Consuelo tiene muchos significados, pero lo más trascendental es el poder de su imaginación, con lo que ella recobra su belleza y revive a su esposo, aunque estos logros sólo perduren unos días. Con este personaje, Fuentes evidencia uno de los principios teóricos del Boom, el realismo mágico.
Carlos Fuentes acredita a una generación formada por los escritores Alejo Carpentier (Cuba), Agustín Yáñez  (México), Jorge Luis Borges y Julio Cortázar (ambos de Argentina) como la generación progenitora del Boom. Entre ellos, Carpentier me ha gustado mucho debido al esfuerzo por dotar su narrativa de un detallado trasfondo histórico, al mismo tiempo que mezcla novedosas técnicas narrativas con un lenguaje barroco de pura cepa. O sea, le  pone corsé histórico a la fantasía y se manifiesta como moderno en la técnica y antiguo en el lenguaje. También, en sus textos de crítica literaria, Tientos y diferencias y el prólogo de El reino de este mundo, se atreve a hacerle crítica al realismo mágico, como “producto derivado de la pintura expresionista” e insuficiente para captar las manifestaciones de la fe triunfante de los primitivos grupos marginados de América Latina sobre la realidad brutal en que estos viven. Carpentier propone otra denominación: “lo real maravilloso”. Nota para el lector que desee ejemplos: los sucesos relacionados con la ejecución de Mackandal en El reino de este mundo y el tiempo corriendo al revés en Viaje a la semilla son ejemplos del  valor de la fe y la experimentación técnica, respectivamente.
También se respeta al Dr. Carlos Cano como profesor de cine, autor de series para la televisión y estudios sobre grandes cineastas, entre ellos Tomás Gutiérrez Alea. ¿Pudiéramos incluir al  director cubano entre los grandes del llamado séptimo arte?. ¿Por qué?
Creo firmemente que para que la lectura produzca retención de información valiosa, necesita ser una lectura reflexiva y no simplemente pasiva. Las palabras escritas en la página de un libro a veces requieren más de una lectura para comprender a fondo su significado. Por otra parte, las palabras en pantalla se resisten a la segunda lectura y no hablo simplemente de las palabras que aparecen en los subtítulos de una película doblada, sino incluso en una presentación de PowerPoint nos sentimos apremiados por seguir adelante. La palabra en pantalla pertenece a ese tipo de experiencia que llamamos performance, sin tiempo para reflexionar sobre su sentido profundo. Ahora bien, estoy consciente que vivimos en una cultura global basada en la imagen en pantalla y desde hace buen rato el cine y la televisión se usan como nuevos medios para la enseñanza desde la primaria hasta la universidad. Cuando comencé a dar clases en USF, me propusieron ofrecer clases de español por el canal de la universidad, WUSF-16. El programa se llamaba TeleEspañol Uno. Se transmitió por varios años e incluso se distribuyó nacionalmente. Lo extraordinario, en vista de mis palabras anteriores, es que llevamos a cabo un estudio para determinar la eficacia de este medio para aprender español fuera del salón de clase, comparando resultados con clases tradicionales sin apoyo televisivo. Los resultados fueron decididamente en favor de la clase por televisión. El ser humano es adaptable y es posible que las ideas que he expuesto sobre el valor de reflexión en la palabra escrita no sean nada más que la opinión de un dinosaurio.
Hablar sobre la obra de Tomás Gutiérrez Alea va a presentarnos un gran problema en esta entrevista. Para hacerle justicia, tendríamos que mirar trozos de sus películas para poder hablar del lenguaje fílmico, que no es el lenguaje en el que aparecen estas palabras. Ejemplo: en Guantanamera observamos a dos personajes, Mariano y Adolfo. El primero se nos presenta –por su puesto de camionero y según las palabras de otros– como un machista empedernido, mientras que el segundo –por su puesto burocrático y la forma tan dulce con que trata a su esposa– no parece serlo. Sin embargo, a través del transcurso del filme, el espectador comienza a dudar de ambas clasificaciones y al final termina rechazándolas porque los dos personajes son lo contrario de lo que parecían al principio. Resulta que Gutiérrez Alea veía el cine como método para explorar temas de importancia social/política en Cuba y como estos temas conllevaban fuertes críticas a la retórica oficial del gobierno, tenía que usar una técnica desfamiliarizante para hacer sacar al espectador de la interpretación fácil, hacerle pensar que había un mensaje oculto detrás de la primera capa de información. Y aquí volvemos al principio de esta pregunta. Gutiérrez Alea parece tener una estrategia para hacer reflexionar a sus espectadores.
¿Cómo se ha vinculado su labor como profesor universitario con la comunidad?
Aunque hace algún tiempo no he podido realizar muchos esfuerzos en la comunidad, me siento satisfecho de aquellos que pude desempeñar en el pasado; entre ellos, voy a listar los más importantes: 1. Participé en el programa radial “Impresiones”, transmitido en WSOL en colaboración con el destacado periodista Mario Quevedo y el influyente líder comunitario Raimundo Leal. Este programa ofrecía comentarios sobre actualidad política a nivel local y estatal para beneficio de la comunidad hispana de Tampa.
2. Contribuí, junto al desaparecido colega, Dr. Cleon Capsas, en la redacción de ensayos sobre historia y cultura española para el periódico La Voz Hispana con el título genérico de “Crónica Ibérica”. 3. Participé, durante la crisis del Éxodo del Mariel, en diversas labores comunitarias para ayudar con la integración de los refugiados recién llegados a la bahía de Tampa. 4. Serví, como Presidente del Hillsborough Hispanic Caucus, organización que apoyó a políticos locales y estatales con el fin de mejorar las condiciones económicas y culturales de la comunidad hispana local.
Al retirarse de la docencia permanente, ¿qué sentimientos le asaltan al profesor que ha estado durante tantos años frente al aula?
¿Cómo me las arreglo para continuar en esta labor tan digna como es la de orientar a los jóvenes hacia el logro de nuevas metas académicas y personales?
Creo que después de un breve descanso, volveré a integrarme en algún aspecto docente o relacionado con la enseñanza. Después de ser maestro por tanto tiempo, es prácticamente imposible dejar de serlo… ¡está en la sangre!