jueves, 14 de marzo de 2019

Herman Glogowski, el alcalde que invitó a José Martí a pasear por Tampa


En su libro José Martí. Cronología. 1853-1895, el investigador Ibrahím Hidalgo Paz apunta que el 18 de julio de 1892, “invitados por el alcalde de la ciudad, recorren importantes lugares de Tampa”, refiriéndose al momento en que José Martí, Carlos Roloff, Serafín Sánchez y José Dolores Poyo fueron convidados por la máxima autoridad política de la ciudad a conocer sus sitios más significativos.
  Desde esa referencia, he estado motivado por saber más acerca del político estadounidense que tuvo esa deferencia con tan distinguidos patriotas cubanos.  En aquel momento Carlos Roloff, Serafín Sánchez y José Dolores Poyo acompañaban a Martí, quien estaba regresando de Cayo Hueso y llegaba, por quinta vez, a la bahía tampeña.
El alcalde de marras era Herman Glogowski, cuyos méritos en la historia de la ciudad de Tampa son considerables, a tal punto que, una vez conocidos, se explica más fácilmente el gesto que tuvo hacia el grupo de líderes que entonces encabezaban el proyecto liberador con que debía culminar la independencia de Hispanoamérica.
Glogowski fue miembro del Partido Republicano y ocupó el puesto de Alcalde de Tampa cuatro veces (1886-1887, 1888-1889, 1890-1891 y 1892-1893). Cuando apreciamos los datos más relevantes de su biografía –especialmente la semblanza publicada por el profesor Mark I. Greenberg–, llama la atención la positiva integración de un inmigrante de origen judío en esta ciudad estadounidense.
Glogowski nació el 29 de abril de 1854 en la ciudad alemana de Wilhelmsbruck, en el seno de una familia judía, cultura en que fue educado. A los 15 años, en el marco de una creciente emigración de su etnia a Estados Unidos –se considera que entre 1830 y 1880 unos 200 mil judíos alemanes llegaron a esta nación– Glogowski se instala en Nueva York con parte de su familia.
Herman Glogowski
Desde allí, miles de judíos se desplazaban a ciudades estadounidenses donde pudieran encontrar empleo. A fines de la década de 1870, cuando en Florida se está produciendo una gran expansion económica, gracias a la entrada de los ferrocarriles, Glogowski se instala en Gainesville y encuentra trabajo en las tiendas de mercancías de G.W. Sparkman, llegando a dirigir una de ellas. Después creó su propio negocio, inscrito como Herman & Company. En la prensa de Gainesville de esa época, quedaron registradas opiniones sobre la seriedad y talento empresarial de aquel inmigrante, como un ejemplo del ascenso económico que desde esa época comenzaron a tener los judíos en Estados Unidos, muchos de los cuales se iniciaban como vendedores ambulantes y llegaban a convertirse en grandes comerciantes minoristas y mayoristas.
Glogowski, quien se había integrado a la masonería estadounidense sin dejar de profesar el judaísmo, también comenzó a postularse para cargos públicos en Gainesville. Así, a principios de la década de 1880, apreciamos que este hombre está triunfando en sus propios negocios, se inserta en la vida política de su comunidad. A su vez, construye su propia familia, desde que se casa, en 1882, con Bertha Brown, también judía.
Es el momento en que Henry Plant, cuyo poder financiero en la Companía de Ferrocarriles del Sur de Florida es notable. Plant tiene los ojos puestos en el desarrollo de la ciudad de Tampa, que ya en 1844 inaugura sus primeras líneas férreas. Esta promesa de crecimiento de una ciudad nueva atrajo a Glogowski, quien decide trasladarse con su familia y sumarse al primer impulso económico que se experimenta en la ancha bahía floridana, donde también Plant está abriendo un nuevo puerto.
Con la expansión poblacional que se está operando en Tampa en la década de 1880 y que se dispararía a partir de 1886 con el nacimiento de la industria del tabaco, es lógico que las tiendas minoristas y mayoristas encontraron fácil ubicación. Es la oportunidad que aprovecha el inmigrante judío, tal vez el primer gran comerciante de ropas de esta localidad.
Pero me voy a detener, en la brevedad de estas líneas, a su labor como Alcalde de Tampa, responsabilidad que estrena en 1886, año muy significativo para la ciudad. Es común oir hablar de lo que representó la industria del tabaco para el crecimiento y esplendor de este lugar a fines del siglo XIX y el papel jugado en ello por sus grandes representantes –Martínez Ybor, Haya, y tantos–, pero se menciona menos a los dirigentes políticos de la ciudad que favorecieron aquel triunfo.
Justamente, Glogowski era uno de los miembros de la Cámara de Comercio de Tampa cuando ésta ofreció sustanciosos incentivos a los primeros industriales del tabaco para que construyeran aquí sus fábricas. Pero la ciudad requería de dirigentes capaces de representar no sólo el crecimiento económico, sino también los intereses de una población que crecía por día. Los electores de agosto de 1886, encontraron esas cualidades en Glogowski y votaron por él, respondiendo a una alerta que publicó El Guardián de la ciudad:  “Lo que Tampa necesita es un conjunto de funcionarios emprendedores, intrépidos y progresistas; deben ser hombres de buen juicio, sin influencia y sin control por cualquier interés, excepto el del bienestar público“.
Desde esa perspectiva, las ordenanzas del nuevo Alcalde favorecieron las mejoras públicas de la ciudad, como los servicios de agua, sistema de alcantarillado, luz eléctrica, el Cuerpo de Bomberos, mejoramiento del sistema de salud pública, entre otros avances que debían corresponderse con el crecimiento económico y demográfico que se estaba operando. 
También fue significativa la actitud del gobierno de la ciudad, presidido por Glogowski,  para la construcción de muchas obras que hoy son parte importante de su patrimonio, como la edificación del hotel de Henry Plant, uno de los más lujosos de su tiempo y hoy perteneciente a la Universidad de Tampa. Las concesiones de impuestos y la construcción de un puente que la ciudad ayudó a costear para facilitar el acceso al flamante edificio, contribuyeron a hacer realidad una obra que atrajo a miles de visitantes. Fue el Alcalde quien, el 26 de julio de 1888, colocó la primera piedra de lo que sería el Hotel Tampa Bay.
Muchos detalles que encontramos sobre la obra de Glogowski se quedan fuera de esta crónica, pero es suficiente saber que fue reelecto cuatro veces, si bien no sucesivas ( él pidió no postularse al terminar un período en el cargo), para calibrar el peso de su labor económica, política y social en esta ciudad. Sus cuatro períodos al frente del gobierno, coinciden con los dos primeros quinquenios del fomento de la producción tabacalera, la modernización de la ciudad, su explosión demográfica y la conformación de una comunidad multiétnica que entraña un modelo de convivencia positiva entre las culturas que le dieron cimiento y la componen.
Cuando ya Herman Glogowski se retira de las altas responsabilidades políticas que contrajo con la ciudad a que dedicó sus mejores fuerzas, se entregó a trabajar en diferentes esferas de la vida económica y cultural de su entorno. Fue contador de algunas companías de tabacos, como la de Ellinger Company en West Tampa. También quedó registrada su actividad como coleccionista de aduanas en el Puerto, pero una de las gestiones sociales sobresalientes en las que se ocupó estuvo relacionada con la comunidad judía en este lugar.
Siendo miembro activo de un Templo Masónico, se ocupó de reunir a los judíos que habitaban en la ciudad y fundar una congregación donde se ­expresara su religión y se defendiera su cultura. Así, fundaron la Congregación Schaarai Zedek (Puerta de los Justos), para la que eligieron a Glogowski  Presidente. Durante su cargo, se construyó la primera sinagoga (1899), el cementerio judío y una escuela religiosa. Desde nuestro tiempo, puede verse a la figura de Herman Glogowski como un modelo de convivencia pacífica y productiva entre los miembros de diferentes comunidades étnicas. Desde su origen semita, se insertó en la sociedad estadounidense y trabajó para su progreso, llegando a ser el líder político de una comunidad multiétnica.
Aquel respetado ciudadano de Tampa murió a los 55 años, en una circunstancia trágica, inesperada y penosa. El 3 de diciembre de 1909 perdió la vida en un accidente automovilístico, mientras viajaba por Ybor City en uno de aquellos primeros carros de ­combustión interna.  La bandera del Ayuntamiento se puso a media asta y todo el pueblo de Tampa, conmovido, le rindió los honores que merecía. En la actualidad, un busto suyo le recuerda permanentemente en Tampa River Walk. 
Ese fue el Alcalde que un día, impresionado al ver la obra libertaria que un grupo de cubanos animaban en la ciudad bajo su gobierno, los invitó a pasear,  para mostrarles un ejemplo de edificación moderna en las calles de Tampa, pensando que podría serle útil en la vecina república que aspiraban a construir.




viernes, 22 de febrero de 2019

Carlos Arturo Camargo Vilardy, un artista colombiano que vive en Tampa


El escultor y pintor Carlos Arturo Camargo Vilardy es un artista colombiano que radica hace varios años en Tampa, ciudad que ha favorecido su creación y, a su vez, se ha beneficiado de una producción en las artes plásticas que hemos podido disfrutar en diversas exhibiciones. He visitado el taller en que trabaja y enseña –en la Universidad de Tampa–, su estudio personal y he asistido a exposiciones suyas, espacios donde las muestras de su realización, a veces en plena fragua, sorprenden tanto por el alto nivel estético como por la profundidad del ideario propuesto.
Pero  es  mejor   preguntarle al artista, para saber de él y de su hacer.
¿Cómo compaginas tu trabajo docente y la creación artística?
Yo amo el ambiente académico y mi vínculo con la facultad de arte está fusionado con mi creación artística. La universidad es mi segunda casa aquí y me permite sentirme en un crecimiento continuo. Es maravilloso estar en un ambiente que produce pensamiento, libros, arte, ciencia, etc.
La función del artista es eminentemente educativa, se educa a través de la exposición de arte, de la galería, de una obra pública o una obra ubicada en un museo, a través de una charla o un taller que desarrolles, hablando con otras personas de temas estéticos. No se hace trabajo docente  solamente desde el aula de clase.
Camargo, en "El Cerrejón" de La Guajira,  en
una obra  de homemaje a la cultura Wayuu
Soy fundamentalmente un artista y paralelamente un pedagogo del arte, porque el artista debe compartir, libre de fórmulas e intelectualismo, lo que sabe, lo que siente y lo que se le ha rebelado como creador de formas e ideas. Mi trabajo educativo se centra en enseñar pensando, estimulando la creación y desarrollando sensibilidad.
Cuando llegas a vivir a Tampa, ya eras un escultor reconocido en Barranquilla, en cuya ciudad existen obras monumentales creadas por ti. Háblame de tu formación como artista, tanto en Colombia como en Estados Unidos.
Mi formación como artista se desarrolló en la facultad de Bellas Artes de la Universidad del Atlántico, en Barranquilla; en el Massachusetts College of Art, Boston y he tomado talleres en la Universidad Nacional de Bogotá y en la Universidad de Tampa.
En toda tu obra es muy significativa la presencia del mar. ¿Cómo lo explicas?
“De las aguas y los cielos” es el título de una de mis series, es un tributo a la vida en el mar. Mi contacto con el mar ha contribuido a desarrollar mi actitud de contemplación, realmente es una relación poética con el colorido de los peces, el vaivén de las olas, el viento impulsando velas y haciendo danzar palmeras, los colores del amanecer o el atardecer viendo salir o llegar a los pescadores en sus botes, los troncos arrojados a la playa con sus caprichosas formas talladas por el salitre, caracoles, algas, cangrejos, conchitas que se ocultan en la espuma de las rocas, costillares de cascos en deterioro, mascarones de proa recuperados, etc.
 Cuando era un joven universitario tuve el privilegio de hacer buceo aficionado con amigos que tenían lanchas y equipos. Cada vez que me sumergía estaba en un estado de fascinación y semejante belleza no cabía en mis ojos ni en mi sentir, hasta que me vi obligado a  recrearlo (volver a crear) en el lienzo, en el bronce, en el metal forjado y en el grabado.
Te has interesado mucho por la región colombiana de La Guajira.  ¿A qué se debe esta atención?
Trabajé por quince años en el colegio bilingüe del Cerrejón. Me fusioné con la magia de los contrastes agrestes e inimaginables del paisaje de La Guajira colombiana. Por ejemplo, el oasis de la Macuira de 25 hectáreas de bosques,  con dunas, nacimientos de agua, y una avifauna exclusiva del lugar con la que te encuentras después de viajar un día entero en carro por el desierto, o encontrar playas de arenas naranjas bañadas por un mar que cambia de colores. Un desierto con un promedio de 50 variedades de cactus, allá vi muchas veces tormentas de arena y el fenómeno del espejismo.
También me integré con la comunidad indígena de los wayuus, con su arte y sabiduría, donde la mujer es el centro del universo. Además, tengo grandes amigos entre los artistas, poetas y escritores de esa región.
El trabajo con el metal está entre tus preferencias como escultor. ¿Cómo nace y crece el proceso mediante el cual un trozo de metal se va convirtiendo en una obra de arte?
La mayoría de mis esculturas son fundidas en bronce por el proceso a la cera perdida y también trabajo en metales forjados al fuego con yunque y martillo, como se hacía la herrería antiguamente, además ensamblo maderas y metales en algunas obras. Todos estos métodos son de trabajo fuerte, duro y de calor, y a mí me encanta, tengo una relación como de alquimista con el fuego. Es el trozo de metal convirtiéndose en símbolo
Háblame de tus exposiciones personales, especialmente de los temas que se expresan en ellas.
Mis exposiciones individuales han estado en diversas galerías a lo largo  de la costa caribe colombiana y he sido invitado a exposiciones colectivas en algunas ciudades del interior del país. Aquí en los Estados Unidos, he expuesto mi trabajo individualmente en la ciudad de Tampa y Saint Petersburg.  Exhibiciones en grupo se han presentado en Miami, Sarasota, Memphis y  New York.
Con respecto a los temas que expresan mis esculturas, siempre he trabajado por series y en los últimos años he venido trabajando en mi serie “De las aguas y los cielos”, la serie “Circo” que es una metáfora del teatro de la vida y sin proponérmelo estas dos últimas series se están conjugando para dar lugar a una nueva expresión que no sé qué rumbo tomará.
En algún momento me has hablado de cómo vas convirtiendo un caos de líneas,   aparentemente sin sentido, en los rostros humanos que cobran vida en tus cuadros. ¿Tienes  una visión   preconcebida de la figura que nace, o te sorprende su aparición?
Toda mi obra nace en el dibujo y empiezo desde un juego de líneas muy elementales entrelazando círculos, óvalos y curvas,  que de manera libre y espontánea van dando nacimiento a mis figuras que siempre son una sorpresa, porque no están preconcebidas. Es como si se formaran solas, yo simplemente sigo su ritmo y armonía para completarlas.
¿Cómo te explicas el acto de la creación artística?
La creación artística es un proceso interior en el que se manifiestan desde un sentido estético y conceptual  la percepción, la sensibilidad y la capacidad de expresión, marcados por el contexto socio-cultural y geográfico en el que se ha desarrollado el artista. Es justamente en la expresión, donde se define como un comprender desde el espíritu el acto creativo que se revela como algo diferente como una verdad nueva.
Vives en Tampa, pero sigues atento a la vida cultural de Barranquilla. ¿Qué significan para ti una y otra ciudad?
Barranquilla tiene el esplendor que me alumbra hasta los huesos. En algún momento te invitaré a tomar agua de coco en un medio día ardiente en la Plaza de San Nicolás.
Mi cordón de plata hace parte de sus cordajes y está atado a sus amarraderos para buques. Barranquilla es mi punto de balance en el que gira todo mi universo, como un anclaje, porque ahí se han  consolidado todos mis temas en medio de su embrujo inspirador y de eso coruscante que sólo tiene la luz del Caribe y su brisa loca.
Tampa es la ciudad que ahora me alberga, donde forjo los metales y fundo mis esculturas, es la ciudad en la que cada día me compenetro más con el quehacer cultural. Lugar al que también pertenecen los afectos.
Barranquilla y Tampa son ciudades hermanas; por lo tanto, como artista y trabajador de la cultura me siento comprometido en promover e intercambiar las riquezas culturales de ambas ciudades y hemos logrado unas exposiciones muy significativas en estos intercambios.
¿Cómo aprecias la presencia de la cultura hispana en la ciudad de Tampa?
La hispanidad como lengua y cultura en la bahía de Tampa despierta mucho interés. Por ejemplo, han empezado a darse festivales de cine latino, invitaciones a escritores y artistas a ofrecer conferencias; aumentan los grupos de lectura en español y publicaciones de libros y más instituciones educativas están incorporando el español como segunda lengua. Por citar un caso, el trabajo de ustedes como periodistas está contribuyendo a promover la obra de diversos artistas: poetas, escritores, músicos y personajes que se destacan en la cultura latina.


viernes, 8 de febrero de 2019

Stefano Guerrieri, un italiano en la historia de Tampa


En una reciente conversación con el poeta Alberto Sicilia, me preguntó si sabía quién fue Stefano Guerrieri. Al responderle que no, me contó que estaba investigando sobre la vida de este italiano radicado en Ybor City en las primeras décadas del siglo XX, de quien sabía parte de su historia a partir de una rica documentación que llegó a sus manos por una feliz casualidad. De no ser por la sensibilidad hacia la historia y la mirada perspicaz del poeta, se habría perdido para siempre una página hermosa de la historia cultural de la ciudad y del nutriente italiano en la conformación de su identidad.
Seguramente, en una próxima reseña podremos ofrecer apuntes biográficos más amplios sobre Stefano Guerrieri, un siciliano procedente de la provincia de Palermo, que llegó a Ybor City finalizando el siglo XIX y con 14 años se incorporó a trabajar en las fábricas de tabaco de la ciudad. Sin embargo, su fuerte vocación hacia la música, avivada con estudios  realizados, lo convirtieron en un notable compositor. Entre sus obras, llama la atención una ópera escrita en Tampa, cuya presentación en Nueva York, en 1919, despertó la atención de la prensa. Gracias a ello, presentamos las reseñas de algunos periódicos, cuya transcripción fue encontrada por Sicilia entre papeles, partituras y diversas muestras de la obra de Guerrieri.
Una ópera escrita en Tampa cantada en New York
Stefano Guerrieri, un italiano que estuvo empleado en la fábrica de tabacos de García y Hermanos y que es miembro de la orquesta de Charlie Heid, esta rápidamente alcanzando fama en el mundo de la música. Su ópera “Evandro” fue cantada recientemente en el teatro Madison Square Garden de New York, con gran éxito.
Esta ópera fue oída por primera vez en la residencia del Sr. John Turner, en Tampa, y gustó tanto que se hicieron los preparativos para presentarla en el teatro del Casino Español, con el objeto de levantar fondos para auxiliar a su autor a presentarla debidamente en la gran ciudad de New York. En el mes de julio fue Guerrieri a New York y el 23 de noviembre estrenó su ópera allí. Cuenta Guerrieri 24 años de edad, es un magnífico violinista y recibió educación musical en Palermo.
Sus padres y una hermana residen en Tampa y la familia se estableció aquí desde hace quince años. Durante un número de años, Guerrieri trabajó como tabaquero, dedicando sus horas de ocio al estudio de la música. La siguiente es una crónica del New York Tribune expresando una opinión crítica sobre el estreno de la ópera:
“Evandro, una nueva ópera italiana de extremado sabor realista, en un acto y varios cuadros, fue cantada anoche en el Teatro de Madison Square Garden. El libreto, hecho por Pietro Gori, relata la historia de una joven campesina cuyo primer amante encuentra que su pasión por ella se ha renovado en su corazón, precisamente el día después que la joven contrae matrimonio con un simpático y gallardo joven leñador. La dramática escena termina con un hacha ensangrentada en manos del marido, que ha vengado su honor. El joven compositor Stefano Guerrieri posee una fácil y sencilla técnica de la escuela de Mascagni, y lo que es más notable, un verdadero instinto dramático. Su talento natural no está bien cultivado todavía, pero brilla con fulgores esplendorosos. La obra fue cantada muy bien, con mucho fuego, por un grupo de artistas notables, y muy aplaudida por la colonia italiana de la ciudad”.
Sobre la ópera “Evandro, la revista Musical American, hace los siguientes comentarios: “Evandro, una ópera en un acto, producción del maestro Stefano Guerrieri, un joven italiano, fue puesta por primera vez en escena la noche del 23 de noviembre en el teatro Garden ante una gran concurrencia de compatriotas del compositor. El Sr. Guerrieri tiene 24 años y no hace mucho tiempo que llegó a este país. Hasta hace unos meses fue tabaquero en Tampa. Sin embargo, hemos sido informados de que recibió una extensa educación musical en Palermo. Dícese que el joven Guerrieri tiene vastos conocimientos del violín y que en este instrumento encontró los temas para sus abundantes arias, su intermezzo y el conjunto de números que componen la partitura de “Evandro”. El compositor tiene desarrollado el sentimiento melódico que todas las crudezas instrumentales de la orquesta no han podido apagar. El argumento de la obra está basado en un antiguo episodio dramático italiano. El cuadro: El primero de mayo, se desenvuelve en un brillante número de escenas muy naturales y realistas, tomando parte en él las cuatro voces principales y el coro. En síntesis, diremos que Evandro es un joven montañés que adora a Silvia, una joven campesina que ha sido engañada por un Marqués. El noble vuelve a sus pretensiones después del matrimonio de la enamorada pareja. Evandro se entera de esas antiguas relaciones por un amigo que una noche canta una serenata envolviendo en las notas de la canción la burla y la traición de que es objeto. A esto siguen escenas apasionadas de separación y reconciliación entre los esposos; el Marqués intenta otra vez perturbar la felicidad y la armonía del matrimonio, y por fin Evandro termina dramáticamente el incidente dándole muerte con un hacha en un rapto de pasión celosa y para vengar su honor. La ópera causó una excelente impresión en todos los que entendieron la naturaleza de su origen. Indiscutiblemente el Sr. Guerrieri tiene talento para la nueva carrera que ha escogido. Stella Morelli, una simpática y joven soprano, hizo el papel de Silvia; el tenor Ernesto Monteverde el de Evandro; Alan Turner, barítono, el del Marqués; y el tenor Dodovico Olivero el papel de Fosco, el amigo de Evandro. La ópera fue dirigida por el Maestro C. Nicosia.
Nota:  Stefano Guerrieri vivió en Tampa hasta su muerte, ocurrida el 25 de enero de 1963.  Su nombre ha de sumarse al de los italianos ilustres que contribuyeron a la cultura multiétnica que enorgullece a esta ciudad.


lunes, 4 de febrero de 2019

El parque “Amigos de José Martí”, este 28 de enero


       El pasado lunes, 28 de enero, se cumplieron 166 años del natalicio de José Martí. Tradicionalmente, en Ybor City se ha recordado la fecha visitando el parque que lleva su nombre, en la 8.ª Avenida, entre las calles 13 y 14. En años anteriores, al llegar a este significativo lugar, he encontrado un ramo de flores frescas dedicadas al más universal de los cubanos. Con ello, se expresa la admiración no sólo al organizador de la Guerra de Independencia, sino también al pensador, maestro, escritor, poeta, humanista y guía de un proyecto de república con un elevado sentido de justicia y libertad.
    Esta vez, Brailyn García, periodista del canal de televisión Telemundo, me llamó hacia las diez de la mañana, invitándome a que grabáramos para su programa algunas palabras sobre la significación del lugar donde sobresale la estatua del Apóstol cubano. Llegué unos segundos antes que él y, aunque el parque estaba abierto, no había en él una sola persona ni huellas de alguna reciente flor. Sabía que el parque está muy abandonado, pero me sorprendió el alto nivel de su deterioro, incrementado en los últimos años. Cuando llegó el joven periodista, motivado por la rica historia del lugar, hubo que mover el trípode más de una vez para encontrar un banco que, a si no limpio, al menos estuviera sano.
Primero conversamos sobre los hechos que determinaron que este lugar sea considerado histórico, recordando que exactamente aquí estuvo la casa en que vivió el matrimonio de Ruperto Pedroso y Paulina Rodríguez, afrocubanos que además de su trabajo en las fábricas de tabaco citadinas, habían fundado una pequeña fonda en la casa, en la que un cuarto servía de hospedaje eventual. Así es como aquella pareja descendiente de esclavos se ganaba la vida, como miles de emigrados que esperaban el tiempo en que su patria natal fuera libre para regresar a ella.
El parque "Amigos de José Martí, en Ybor City, Tampa
   Cuando, al anochecer del 26 de noviembre de 1891 asistieron al Liceo Cubano, casi al lado de su casa, y oyeron el discurso que pronunció el orador invitado de Nueva York, identificaron en las palabras “con todos y para el bien de todos” la patria que querían y se dispusieron a colaborar en lo que hiciera falta para conquistarla. A partir de ese instante empezaron a ver en aquel hombre de piel blanca a un hermano. Cuando un año después, en diciembre de 1892, dos desalmados comprados por el espionaje español le brindaron una copa de vino envenenada a quien habían elegido como Delegado del Partido Revolucionario Cubano, fue a la casa de Pedroso donde, al instante, acudió  a atenderle el doctor Miguel Barbarrosa. Salvado el trance con vomitivos y enjuagatorios inmediatos, Paulina le preparó un cuarto para que este fuera su hospedaje seguro, tanto para los días que entonces estuvo en Tampa, como para cada vez que lo necesitara en las visitas siguientes.
Después hablamos sobre la carta que, el 30 de enero de 1895, Martí le envía a Paulina con Gonzalo de Quesada, cuando se han perdido en el puerto de Fernandina los recursos suficientes para iniciar la guerra. El día en que sale Quesada para Tampa, Martí embarca hacia Santo Domingo a reunirse con Máximo Gómez, para de allí buscar la vía de desembarcar en Cuba. Cuando hace falta un esfuerzo sin límites, a Paulina y Ruperto Martí les pide el máximo sacrificio, el de empeñar la casa si fuera ­necesario. “Si es preciso, háganlo todo, den la casa. No me pregunten. Un hombre como yo, no habla sin razón este lenguaje”.
Ellos cumplieron con Martí, cumplieron con Cuba y, aunque no perdieron la casa, sirvieron a la independencia de Cuba hasta el triunfo de la guerra, a la que Martí sacrificó su vida. Ellos regresaron a su país en la primera década de una república que no se correspondía con la que el Mártir de Dos Ríos quiso hacer. La propiedad  tuvo otros dueños y en la década de 1950 fue adquirida por el coronel retirado Manuel Quevedo, dueño de una aerolínea que se sensibilizó con la historia oída al historiador Tony Pizzo sobre la vieja casa de madera donde más de una vez durmió José Martí.
En 1956, Quevedo y su esposa Mercedes donaron la propiedad al gobierno cubano, entonces presidido por Fulgencio Batista, quien prometió 25 mil dólares para su restauración. La casa estaba en muy malas condiciones y no sobrevivió a un incendio cuando estaba llena de termitas.
A fines de la década de 1950, cuando en Cuba se producían los acontecimientos que dieron lugar a la entronización del régimen comandado por Fidel Castro, en Tampa la comunidad cubana fue reuniendo los fondos para convertir en un parque –al principio se pensó en un museo–  el sitio en que estuvo la casa del matrimonio Pedroso, inaugurado en 1960 con el nombre “Amigos de José Martí”.  Muchos se preguntan si es una propiedad de Cuba.  Seguramente, existen los papeles de la donación al gobierno cubano, que no era el gobierno actual. Otros dicen que al ser confiscadas propiedades estadounidenses  por el gobierno cubano, se perdieron propiedades de éste en Estados Unidos. 
No creo que lo importante ahora sea dilucidar de quién es la propiedad –ojalá de todos y símbolo de hermandad–, sino los sentimientos que nos acompañan hacia la historia que guarda. El dueño de la historia subjetiva es el dueño del título objetivo, porque la tinta del corazón es intransferible. Si para campañas políticas, de uno u otro bando,  se toma un lugar sagrado que es de todos –no sólo de los cubanos– pierde sentido el legado de “patria es humanidad” con que Martí, desde este lugar, puso los cimientos en defensa de un concepto de libertad que está más allá de las clases, razas, religiones, ideologías y el modo propio de pensar a que tiene derecho todo ser humano. Cuando unos  estaban incitando a  los blancos contra los negros, y viceversa, Martí puso su brazo blanco sobre el hombro negro de Paulina y se paseó por Ybor City, mostrando que los sentimientos humanos no tienen raza. 
Pero como es necesario que alguien represente, renueve, atienda y haga útil el espacio público, ojalá y el parque “Amigos de José Martí” esté en manos de quien tenga los recursos, talento y sensibilidad para restaurarle toda su dignidad. Falta hace que alguien, con la urgencia que requiere el lamentable estado en que se encuentra, emprenda su restauración, sustituya una estatua deformada por el tiempo y maltrato, enriquezca sus espacios –necesariamente con una sala de atención al público– y embellezca su entorno; alguien que lo haga renacer como el lugar sagrado de la independencia y libertad americana que es.







viernes, 25 de enero de 2019

Horatio Rubens, un neoyorquino amigo de José Martí


Por Gabriel Cartaya

En Líneas de la memoria queremos recordar a un estadounidense que hizo mucho por la independencia de Cuba y por las buenas relaciones entre los dos países. Cuando, en nuestro tiempo, apreciamos la labor de hijos de este país que pugnan por eliminar los conflictos que alejan a dos naciones tan cercanas en la geografía, la historia y la cultura, pensamos en aquel antecesor que se llamó Horatio Seymour Rubens.
A 77 años de su muerte,  para muchos puede ser un nombre desconocido, aunque quienes se han detenido en el  proceso  de  preparación de  la Guerra de Independencia de Cuba, y a su curso entre 1895 y 1898, seguramente se han encontrado con este nombre en algunas de sus páginas.
Leer ese nombre en la misma línea en que aparece José Martí, ha sido probablemente la primera referencia sobre el  neoyorquino que fue amigo de Cuba. Al menos, es donde yo lo encontré muy temprano, cuando en las cartas del Apóstol  a sus más cercanos colaboradores en el Partido Revolucionario Cubano (PRC), menciona al abogado estadounidense en más de una ocasión, especialmente durante los días difíciles del fracaso de las expediciones en Fernandina,  la segunda semana de enero de 1895.

En el instante en que todo parece perdido, cuando son apresados los tres barcos que debían llevar a Cuba  a los hombres –sus más grades líderes incluidos– con los recursos necesarios para dar inicio a la Guerra de Independencia, José Martí, desde un hotel en Jacksonville donde está de incógnito, envía un cablegrama a Nueva York para que vengan enseguida Gonzalo de Quesada y Horatio Rubens, quien como abogado se encargaría de pelear en las cortes la devolución de las propiedades incautadas.
¿Cómo Rubens había ganado tan absoluta confianza  en quien presidía el Partido Revolucionario Cubano?  En realidad, desde 1893, cuando Quesada se lo presentó,  venía siendo el asesor legal de la organización independentista y había acompañado a su líder a Tampa y Cayo Hueso en los días en que fue necesario defender la causa de tabaqueros cubanos. Fue muy meritoria su labor en enero de 1894, al producirse en Cayo Hueso una crisis de consecuencias incalculables, a partir de una componenda entre dueños de fábricas de tabacos (estadounidenses y españoles) con el gobierno español en Cuba, para sustituir a los obreros que habían participado en una cadena de huelgas pidiendo mejoras salariales.
En el fondo, el gobierno español pretendía quitarse de encima la efervescencia independentista que prevalecía en los tabaqueros cubanos, mientras muchos dueños de fábricas podrían poner fin a las huelgas sin atender las demandas de los trabajadores.
En el marco de aquella tensión, Martí vino hasta Tampa con Rubens, a quien envió al Cayo a defender a varios cubanos que habían sido apresados o expulsados de su trabajo. El abogado no sólo se enfocó en defender  a los detenidos,  sino también en probar la ilegalidad de una contratación de obreros que dejaba sin empleo a los ya establecidos allí. Su actuación se destaca en un escrito del periódico Patria, el 20 de enero de 1894: “El Departamento del Tesoro espera que las pruebas ya recogidas se completen por las declaraciones que han de prestar los señores Rubens y Marino, quienes se han nombrado como Comisión por los residentes cubanos en Cayo Hueso para venir a Washington y protestar contra la entrada de obreros españoles en los Estados Unidos”.
Entonces, el abogado Rubens, quien fue compañero de estudios de Gonzalo de Quesada en la Universidad de Columbia, era un joven de 25 años, pues  nació en Nueva York el 6 de junio de 1869.
Sobre la cercanía, amistad y apoyo que tuvo Martí de parte de Rubens hay múltiples referencias. Sin embargo, se ha hecho menos énfasis en su obra durante el curso de la  guerra que se extendió hasta 1898, cuando era Abogado Consultor General de la Junta Revolucionaria Cubana. Estuvo muy cercano a la labor del PRC y de la representación en el exterior del gobierno de la Republica en Armas,  ambos bajo la dirección de Tomas Estrada Palma. El abogado jugó un rol muy meritorio en la defensa de patriotas detenidos por organizar expediciones hacia Cuba, entre ellos Carlos Roloff y los hermanos Carrillo.
El mismo Rubens, en un libro que dio a conocer en 1932 con el título Liberty: The History of Cuba, recordó: “Mucho se ha hablado de la benevolencia de las autoridades americanas respecto a las expediciones filibusteras, como se las llamaba. Nada más lejos de la verdad (…) La cantidad de arrestos y juicios, y el número fenomenal de reclamaciones contra barcos y armamentos prueban la gran diligencia de las autoridades americanas”.
Por sus servicios a la independencia,  la Junta Revolucionaria Cubana le otorgó de manera honorífica el cargo de Coronel del Ejército Libertador.
Durante la intervención militar norteamericana, Rubens se desempeñó como comisionado de revisión de Código y Leyes, de Finanzas y de Elecciones. Trabajó activamente a favor de la candidatura de Estrada Palma para la presidencia de la República y, a partir de su creación, en 1902, se quedó a vivir en la Isla, aunque no se vinculó a la política directamente, sino a intereses económicos propios y de compañías estadounidenses, señaladamente en la naciente empresa Cuba Railroad Company, de la que llegó a ser presidente.
Ya siendo un hombre de negocios, se construyó una mansión en el Mariel, cerca de La Habana, que se conserva como parte del patrimonio de esa localidad.  Aquella obra ecléctica, con arcos y columnas donde los motivos moriscos y de palacios medievales llamaron la atención, fue la residencia durante muchos años del abogado amigo de José Martí, quien era atendido en las ciudades de Cuba que visitaba como un Veterano de la Guerra de Independencia. Después de la caída de Gerardo Machado, donó la propiedad del Mariel al gobierno, quien la convirtió en sede de la Academia Naval en el Mariel. En su último viaje a Cuba, en 1938 (tres años antes de morir en Nueva York), se hospedó en el lujoso Hotel Nacional, lugar aun predilecto de los estadounidenses que visitan La Habana,  donde tal vez encuentran en el espíritu de aquel antecesor, para bien,  una luz hacia las positivas relaciones entre dos pueblos que requieren, más que sus gobiernos, la amistad que enriquece.



viernes, 18 de enero de 2019

La fiesta de género, una nueva celebración


     Desde el fondo de los tiempos matrimoniales, el embarazo de la mujer ha provocado distintos momentos de celebración. Ya en la época védica de la antigua India, la familia celebraba una fiesta a la que llamaban seemantha, hacia el octavo mes de la gestación de la mujer, en la que acercaban música al vientre de la madre, pues sabían que ya los oídos del feto estaban preparados para oírla.
Felices jóvenes madre y abuela
Con el avance científico técnico de nuestro tiempo, asistimos a la aparición de nuevas ceremonias, que en la medida en que se repiten y extienden, van convirtiéndose en  costumbre. Si la repetición de los actos, individuales o colectivos, van definiendo el conjunto de las tradiciones que caracterizan a una familia, un barrio, una nación, una cultura –hasta que su arraigo lo hace ser un componente de su definición–, asistir al nacimiento de los mismos ofrece la particular satisfacción de sentirse inmerso en el ambiente de su creación.
 Eso sentí al participar, por primera vez, en una fiesta que en mi infancia era imposible imaginar. Se le ha dado por nombre, en inglés, gender party, que en su traducción literal significa “fiesta de género”. Aunque parece ser hermana gemela, preámbulo o alternacia del conocido baby shower (alusión a un baño de regalos), nacido en Estados Unidos y ya extendido a varios países, éste es posible por el conocimiento de la ecografía, que emplea el ultrasonido para crear imágenes bidimensionales o tridimensionales. Esta técnica, sin el riesgo de los rayos X, al permitir a los médicos fotografiar los más mínimos detalles del feto, ofrece, casi con exactitud, la evidencia  de que la madre tendrá hembra o varón.
 Si al divertido baby shower no le es imprescindible ese detalle –aunque útil para adecuar los regalos al género de la criatura por venir–, al gender party es quien le justifica. La idea de su celebración no se relaciona con los regalos que se dedicarán al recién nacido,  sino con la noticia a la familia y amistades cercanas de que quien va a nacer será niño o niña.
 Sin lugar a dudas, en una u otra festividad, el componente de la mercadotecnia es fuertemente influyente, pues con su filosofía de identificar los requerimientos del consumo, construye también nuevas necesidades que lo compulsen a satisfacerlas.
 En los tiempos en que llegamos al mundo los que hoy sobrepasamos el medio siglo, cuando todavía las cigüeñas eran convocadas para encargar al bebé, la magia de nueve meses se rompía con el alumbramiento, instante en que se levantaba al recién nacido de frente, con las piernas abiertas, para que el mundo supiera  si su nuevo integrante sería hombre o mujer. Desde hace algunas décadas el ultrasonido ha determinado la buena nueva –también al baby shower–, pero sólo en los últimos años viene acompañada de una fiesta de anunciación que se empieza a incorporar a las costumbres posmodernas de una aldea global que tiene en este país un innegable faro.
 En estas cosas estuve pensando cuando fui invitado, junto a mi esposa, a un gender party dedicado a Érica Marina, la hija mayor de un matrimonio de viejos y queridos amigos: Eric de la Cruz y Gretel Sánchez. Fue en el atardecer del viernes pasado y al entrar a la sala de su casa, adornada con globos azules y color de rosa, sentí en la contagiosa alegría con que familiares y amigos rodeaban a la joven embarazada, una hermosa justificación para la festividad. Apenas ­traspasamos el umbral de la casa, su primera dama nos preguntó a  qué apostábamos: –Hembra, respondió mi esposa; varón, dije yo–, por lo que fuimos marcados con un adorno de diferente color en las solapas.
Entonces, yo creía que los únicos en no saber el género de la criatura guardada en el interior de Érica Marina éramos los amigos, pero al intentar seducir a quien se estrenará de abuela con una información adelantada, mi vanidad periodística tropezó con una inesperada confesión: –Ni la madre lo sabe. 
 Acto seguido me explicó que el médico, quien ocultó a los padres el resultado del pesquisaje, había entregado un sobre sellado que ocultaba el diagnóstico. En toda la familia hubo una sola excepción, a quien le encargaron  la preparación de un globo cuyo color negro impedía mirar a su interior, donde se ocultaron cientos de partículas cuyo color, al reventarse, revelaría cual de los dos bandos sería el ganador.
 Mientras esperamos por el instante de la verdad, que cada quien creía tener, hubo comida, brindis y charlas perfumadas con atisbos de adivinación. Cuando se advirtió que el globo iba a ser perforado, todos rodeamos a la joven pareja, y entre risas y augurios  era difícil descifrar en quiénes la emoción era mayor, si en los que se estrenarían de abuelos o de padres. Al fin, Julio –joven progenitor que suma el ala puertorriqueña de su origen a la cubana de Érica Marina–, con un golpe bien medido quebró el globo y se expandió a toda la sala una lluvia azul de múltiples fragmentos y una voz repetida: varón, varón, varón. 
 Al final, vencida la presunción con que los ganadores miramos a las víctimas rosadas que se sumaron a la felicitación, todos ganamos con una fiesta de amistad y sumamos un nombre a las costumbres que va imponiendo nuestro tiempo.
                   



La visita a Tampa de Juan Gualberto Gómez



    Cuando supe que el nombre de Juan Gualberto Gómez había sido uno de los elegidos por el urbanista Ariel Quintela para bautizar a uno de los ocho edificios que él, junto a otros inversionistas, están remozando en Ybor City, me pregunté por los vínculos que el conocido patriota cubano pudo tener con esta ciudad, más allá de sus méritos como político, intelectual y cercano colaborador de José Martí, para esa preferencia.  Sobre los nombres seleccionados para otros edificios –José Martí, Fernando Figueredo, Pedroso, Socarrás–, es bien conocida su presencia en  Tampa. Al conocer los nombramientos,  me  pregunté por qué no se pensó en Carbonell, por el peso que tuvieron padre e hijo (Néstor Leonello y Eligio), no sólo en la primera visita de Martí a Tampa, sino en toda la obra realizada desde Ybor City por el desarrollo de este pueblo y por la independencia de Cuba. Pero seguramente nuevos lugares recibirán este nombre, como sería justo también que el de Carolina Rodríguez “La Patriota”, Ramón Rivero  y el de otros guías luminosos de su tiempo, sean grabados en un sitio que perpetúe su ejemplo.
Juan Gualberto Gómez
Ahora, quiero exponer algunos elementos que justifican plenamente el haber pensado en Juan Gualberto Gómez para que, con su nombre en uno de los edificios que darán vigor a la urbanización renovada de Ybor City, se rinda homenaje permanente a su memoria. Sabemos que en él José Martí depositó toda su confianza y lo designó  máximo representante del Partido Revolucionario Cubano (PRC) dentro de la Isla, y le dirigió la Orden de Alzamiento cuando se consideró llegado el momento del levantamiento simultáneo en varios lugares de Cuba, el 24 de febrero de 1895.
El que Juan Gualberto recibiera en el fondo de las capas de un tabaco la orden de iniciar la guerra con el olor a Tampa en su envoltura, es ya, por sí misma, una razón para que el nombre de aquel matancero, que nació del vientre de una esclava, luzca en el portón de uno de los hermosos edificios que ahora están renaciendo en la histórica ciudad floridana.
Pero es bueno saber que Juan Gualberto también anduvo por las calles de Tampa, durante una visita que realizó en 1898. Ese año llegó a Nueva York, acabado de salir de la cárcel de Ceuta, en España, donde estuvo desde que lo aprisionaron al alzarse en armas el 24 de febrero de 1895.
Desde su llegada a Estados Unidos se mantuvo alrededor de Tomás Estrada Palma, quien fungía como Delegado del PRC desde la muerte de Martí, siendo, a la vez, el máximo representante de la República en Armas en el exterior. En el mes de julio de 1898, cuando se produce la derrota de España en la batalla naval de Santiago de Cuba y es inminente el fin de la guerra,  Estrada Palma envía a Juan Gualberto a Tampa, con el interés de conocer detalles sobre la comunidad cubana en esta ciudad, cuando muy pronto se va a producir el regreso de una parte de sus integrantes  a la Isla y cuyo ordenamiento es preocupación de la máxima dirección revolucionaria en la emigración. El periódico Patria, en su edición del 9 de julio de ese año, da a conocer que Juan Gualberto está en Tampa “desde hace ya varios días”.
En el número siguiente –29  de julio– Patria informa: “Juan Gualberto Gómez está  a punto de terminar satisfactoriamente los trabajos que le encomendara la Delegación cerca de los cubanos residentes en Tampa”.
Cuando se produjo la visita de Juan Gualberto Gómez a Tampa, aunque sólo tenía 44 años, ya acumulaba un largo historial de lucha por la independencia de Cuba. Nació libre en Sabanilla del Encomendador, en la provincia de  Matanzas, porque su madre logró ahorrar dinero para, al salir embarazada, impedir que su hijo naciera esclavo.
Además de libre, Juan Gualberto nació con una inteligencia prodigiosa, lo que le  abrió el camino a estudios en La Habana. El talento le hizo ganar el apoyo de maestros y personas con recursos económicos, y en 1868, ya iniciada la guerra de los Diez Años, pudo ir a Francia, donde ingresó en una escuela preparatoria de ingenieros. En París se produjo su primer vínculo con los líderes independistas cubanos, sirviendo de traductor a Francisco Vicente Aguilera en su labor de recaudación de fondos para la guerra.
En 1875, Juan Gualberto abandona Francia y se radica en México. En 1878, regresa a La Habana, casi en el mismo tiempo en que lo hace José Martí desde Guatemala. Se conocen ese mismo año y comienzan una amistad que duró hasta siempre. Juntos comienzan a conspirar por el reinicio de las hostilidades. Cuando el 17 de septiembre de 1879 detienen a Martí, lo hacen en la casa de su amigo Juan Gualberto, quien ya está publicando el periódico La Fraternidad. Después lo  encarcelan y deportan también a él.
Tenía mucha historia a favor de la libertad el afrocubano ejemplar cuando Martí funda el Partido Revolucionario Cubano. Había vivido un largo tiempo en Europa, regresando por segunda vez a Cuba en 1890, preparado para la alta responsabilidad que le asignó su amigo. Ambos coincidían en la necesidad de una contienda bélica rápida y eficaz que abriera el camino  a una república moderna y justa.
Martí no pudo llegar a su fundación, pero su amigo fue uno de los más fieles defensores de su  ideario en el intento de ordenarla. Su labor como miembro de la Asamblea Constituyente de 1900, su papel en la Cámara de Representantes (1914-1917) y en el Senado (1917-1925), pero especialmente en sus notables  escritos,  son prueba de ello, aun cuando no pudiera contener los rumbos que se apartaban de la verdadera república martiana. Pero fue su defensor, hasta los 78 años con que murió, el 5 de marzo de 1933.
Aquel fiel defensor de la igualdad racial, de la libertad de pensamiento y la fraternidad humana, un día caminó por las calles de Ybor City y West Tampa. Debió ser honda su emoción al mirar la fábrica de tabacos de O’Halloran, donde el buen Fernando Figueredo debió contarle los detalles secretos del día en que cubrieron en las  capas profundas de un tabaco  el edicto enviado a él, para que avisara la hora del alzamiento. Su nombre, que lo lleva hoy el pueblo donde nació,  también lo veremos al frente de un hermoso edificio de Ybor City.