jueves, 18 de abril de 2019

Prólogo de Iván Schulman para el libro Domingos de tanta luz



Pequeño introito

Los prólogos deben ser cortos para que la obra del creador luzca mejor. Y, con más razón en el caso de las obras líricas –y útiles— como la de Gabriel Cartaya. Martí consideraba la pequeñez una virtud, una fuente de belleza:  la antesala era linda y pequeña  –escribió en el primer capítulo de Lucía Jerez–, como que se tiene que ser pequeño para ser lindo. Y, Gabriel Cartaya en  Domingos de tanta luz crea una obra pequeña y linda al evocar los veinte últimos domingos de la vida del Maestro.
Conversando con Schulman en la Universidad de
Tampa, en el marco de un evento sobre José Martí, 2016
Se trata en este breve volumen de retextualizar en forma sintética, uniendo datos, textos, cartas y voces, los momentos más dramáticos y álgidos de la vida martiana, los momentos en que consagró todas sus fuerzas a la faena de fundar una nación, y con inteligencia y astucia se dedicó a la preparación de la guerra necesaria  para crear la nueva patria. Pero no es esta una simple re–narración de materiales biográficos ya conocidos y relacionados con la invasión de la Isla. En forma reunida el autor orquesta todo lo que sabemos, todo lo que se ha publicado de y sobre los meses finales de la vida martiana. Llenando los espacios vacíos para crear así una  crónica larga de uno de los períodos más atareados y atribulados de su existencia. Y, como consecuencia,  lo que resulta es una biografía, una historia de la creación  de la nación cubana –de la república independiente y moral– pero, vista desde la actividad, las emociones, las preocupaciones, los temores y los pensamientos  –inclusive los más tiernos e íntimos– de Martí.  Pero, debido al hecho de que Cartaya construye un panorama vasto, su libro es más que un simple relato en torno a las peripecias de la vida martiana; abarca vidas convergentes, la de los individuos que lo ayudaban en su labor revolucionaria y los que estaban muy cerca del Apóstol –físicamente– o presentes en su memoria, mientras se dedicaba a la labor de recaudar fondos, hablar a los tabaqueros, a los generales, a los miembros de la emigración, o  a las autoridades norteamericanas en el instante de reorganizar la revolución después del fracaso de Fernandina, en fin, todo,  hasta que la voz martiana se extingue en el campo de Dos Ríos. 

Dijimos al iniciar este proemio que Domingos de tanta luz es una obra lírica. Su lirismo se evidencia en los apartados, organizados semana por semana desde el 6 de enero hasta el 19 de mayo, narraciones todas transidas de emoción poética. Cada entrada de los veinte domingos lleva su título apropiado, acertado, evocador: yo soy la yerba de mi tierra, estamos haciendo obra universal, voy con la justicia, o, el último, en peligro de dar mi vida. Cada pequeño capítulo rebosa esencias, las esencias que Martí buscaba y valoraba en el verso, en la prosa, en las obras plásticas, en la vida.  Y en cada capítulo el autor revela su conocimiento profundo de los textos martianos y de la crítica en torno a Martí. Es un libro emocionante, y además es una obra original porque en un solo volumen recoge y acopia lo que en otras crónicas y narraciones pertenecientes a la bibliografía pasiva habría que buscar en obras separadas. Es, en fin,  una obra útil escrita con amor, dedicación y sensibilidad.
                    Iván A. Schulman

jueves, 11 de abril de 2019

El Céspedes Hall: una página hermosa de West Tampa


Así como los cubanos de Ybor City hicieron del “Liceo Cubano” su principal espacio de reunión a fines del siglo XIX, los radicados en West Tampa tuvieron el “Céspedes Hall”, un hermoso edificio de madera construido en la Avenida Francis (hoy Albany), llegando a Main. Entonces era un sitio muy activo en ese tiempo, pues en sus cercanías se levantaron varias fábricas de tabaco y allí vivían figuras importantes de la comunidad, como Fernando Figueredo, primer alcalde del lugar, y Blas Fernández O’Halloran, dueño de la fábrica ubicada en Howard, actualmente una biblioteca.
   El edificio fue concebido para servir de teatro, sala de reuniones y escuela privada, a la que accederían los niños de West Tampa sin discriminación de raza o clase social, lo que la hacía muy adelantada para su época. Su construcción se inició a fines de 1894, como se desprende de un escrito publicado en el periódico Patria, el 15 de diciembre de ese año. El autor fue Fermín Valdés ­Domínguez, quien recientemente se había instalado en ese lugar. Según su testimonio, asistió al acto de colocación de la primera piedra de su construcción, realizado el 27 de noviembre de ese año en honor a los estudiantes de Medicina fusilados en La Habana en 1871 y de cuyo grupo él mismo era sobreviviente.
   “A las cuatro de la tarde –casi sin previa citación–, se reunieron en uno de los lugares más céntricos de la población cubana más de cien personas, entre las cuales había muchos norteamericanos: se trataba de colocar la primera piedra del Liceo de Céspedes, sociedad patriótica de instrucción y recreo, que será un edificio notable”– escribió Fermín, ofreciendo interesantes detalles acerca de las palabras pronunciadas por Fernando Figueredo, quien “explicó en correcto discurso cómo cubanos y norteamericanos se habían reunido para que los hijos de todos pudieran tener escuela en donde aprendieran a amar la dignidad, leyó una memoria en la que constaban los nombres de los iniciadores de la patriótica empresa y se expresaba en ella que se había elegido ese día para aquel acto a fin de tributar un recuerdo de dolor a mis hermanos”. Después –sigue Valdés Domínguez– “el señor Figueredo me fue entregando los objetos que debían depositarse en la urna que guarda la primera piedra: la bandera cubana y la norteamericana, como símbolo del abrazo de la gran República a los que luchan por levantarla en Cuba; los últimos números de los periódicos Patria, Daily Times, El Yara y Cuba; el primero de El combate, semanario de West Tampa, el acta y un ejemplar de mi libro El 27 de noviembre de 1871”.
  Para esta fecha, ya Martí había realizado su último viaje a Tampa, (octubre,1895), pero los líderes más importantes del Partido Revolucionario Cubano que le sucedieron tuvieron ocasión  de expresarse allí, rodeados de los simpatizantes y actores del independentismo cubano. Así lo hizo Gonzalo de Quesada, Tomás Estrada Palma, Emilio Núñez,  y muchos de los guías –domiciliados en Tampa o visitantes–, que entre 1895 y 1898 dirigieron las acciones  que culminaron con la dominación colonial de España en América.
  La construcción del inmueble comenzó en enero de 1895 y, aún inconclusa, se estrenó como el principal lugar de reuniones de la comunidad, convertida en sala de teatro, fiestas, veladas culturales y actos patrióticos relacionados con el curso de la Guerra de Independencia de Cuba. Justamente, este lugar fue sede de la concentración de cientos de voluntarios que marcharon como soldados a las filas mambisas.
  El Céspedes Hall  fue en su día el edificio más llamativo de West Tampa y señalado como referente de ubicación. Así lo describe Wenceslao Gálvez en su libro Tampa, impresiones de un emigrado: “Desde ­cualquiera de sus extremos se ve el Céspedes Hall, el cinco copas, como le dicen todos, por las torrecillas que lo coronan, El Céspedes hace el efecto de un faro. Todas las direcciones  se dan pensando en aquel edificio: Yo vivo a dos pasos; y a tantas manzanas del Céspedes”.  Según Gálvez,  –agudo escritor que estuvo allí muchas veces–, “todas las fiestas políticas de West Tampa se efectúan en el Céspedes, de mucha mayor amplitud que el Liceo de Ybor”.
  Un hecho significativo del Liceo de Céspedes fue su servicio como escuela, sin diferencias raciales para su ingreso. La historiadora Maura Barrios, en su ensayo “José Martí se topa con Jim Crow: cubanos en el Sur”, se refiere a ello cuando valora que la inclusividad racial establecida por este plantel contradecía las normas entonces extendidas en el estado. Cuando, ante el apremio de aumentar aulas con que responder al rápido crecimiento poblacional de West Tampa, esta escuela privada fue incorporada al sistema escolar público, tuvo que lidiar con el hecho de que en ella se negaba  la segregación racial, lo que sostuvo durante cuatro años. La Dra. Barrios apunta que “finalmente, en 1899, la Junta Escolar compró la Escuela Céspedes, y obligó a los estudiantes cubanos de color a matricularse, en diciembre de 1901, en la ‘Escuela Para Personas de Color No. 2’”.
  Pero entonces ya no era el Céspedes Hall, pues incluso el edificio fue demolido ese mismo año y su espacio dio lugar a uno nuevo, nominado “West Tampa City Hall”. De todos modos, cuando paso por la calle Albany, acercándome a Main –la primera vez lo hice al lado de Emiliano Salcines–, siento brotar la gloria de viejos tiempos, como si la tierra conservara fragmentos de aquellos documentos que un grupo de héroes depositaron en el fondo de su primera piedra, como símbolo de la libertad a que tienen derecho todos los seres humanos.

jueves, 28 de marzo de 2019

Miguel Hernández, un poeta de todos los tiempos


Hace 77 años terminó la vida física del poeta Miguel Hernández, que al apagarse en una cárcel española el 28 de marzo de 1942, sólo había cumplido 31 años de edad. Con los pulmones deshechos se despidió “del sol y de los trigos”, como nos dijo en sus últimos versos, escritos en la pared de una cárcel de Alicante.
   Con tan pocos años, la intensidad de su vida y obra lo insertaron en la cúspide de las letras, aun cuando no se inscribe oficialmente en ninguna de las generaciones de escritores españoles con los que compartió parte de su tiempo. Conoció a los representantes del 1898 que, como Machado, llegaron a apreciar su poesía;  a los del (19)27, con quienes está generacionalmente cerca y llega a coincidir en su momento surrealista. Tal vez, por ello, Dámaso Alonso lo considera como el  “genial epígono” de esa generación;  otros prefieren ubicarlo en la que ha sido acuñada como del 36.
Retrato hecho en la cárcel a Miguel Hernández,
por el escritor y dramaturgo Buero Vallejo
  Pero Miguel desborda las clasificaciones literarias, para convertirse en un poeta de todos los tiempos. Su expresión lírica y natural no nació en un ambiente urbano rodeado de estudiantes universitarios e intelectuales, sino en los campos de Orihuela, Alicante, donde el tiempo de los primeros grados escolares tuvo que compartirlo con el cuidado de cabras, oprimido como el niño yuntero que después nos legó en un precioso poema. Fue el segundo hijo de una mujer enfermiza y un padre que aspiraba a ser Alcalde de Barrio. Cuando, en 1925, éste rechazó una beca propuesta por los Jesuitas para que Miguel siguiera estudios de bachillerato,  parecía que pastorear ovejas sería su único camino.
  Sin embargo, se impuso el autodidacta y el poeta. La asistencia a la biblioteca lo puso en contacto con San Juan de la Cruz, Gabriel Miró, Paul Verlaine, Virgilio, y los miembros del Siglo de Oro (Cervantes, Lope de Vega, Calderón de la Barca, Garcilaso de la Vega, Luis de Góngora) y otros grandes exponentes de la literatura universal. Allí, comenzó a hacer amistad con otros jóvenes de inquietudes literarias, entre los que se destaca José Marín Gutiérrez, a quien conocemos por el seudónimo –Ramón Sijé– y especialmente por la Elegía con que Miguel se dolió de su muerte temprana –1935–,  y que tanto le gustó a Juan Ramón Jiménez.
  Cuentan sus biógrafos que en cuanto Miguel pudo reunir unas pesetas se compró una máquina de escribir portátil y se la echaba a la espalda para teclear versos mientras pastaban las ovejas. De allí salió el poema “Canto a Valencia”, donde sobresalen el paisaje mediterráneo y los habitantes de la costa levantina, con el que obtiene un premio concedido por la Sociedad Artística del Orfeón Ilicitano.
  El reconocimiento, aunque no tuvo acompañamiento monetario como él necesitaba, lo motivó a ir a Madrid, donde llegó por primera vez en diciembre de 1931, con 21 años de edad.  Aunque la estancia fue de corto tiempo, se relacionó con revistas como La Gaceta Literaria y, ­significativamente, con miembros de la Generación del 27. De esta experiencia nació su primer libro, Perito en lunas, que se publicó en 1933 y del que hizo lecturas en la Universidad de Cartagena, el Liceo de Alicante y otras instituciones.
  Cuando llega por segunda vez a Madrid, ya es un poeta conocido. Encuentra trabajo en las Misiones Pegagógicas y como redactor de una enciclopedia que preparaba José María de Cossío, de quien se hizo amigo. Allí conoció a Vicente Aleixandre, Pablo Neruda y  otros reconocidos poetas. Es la época de su relación con la pintora Maruja Mallo, la musa de muchos de sus sonetos incluidos en El rayo que no cesa.
  En este tiempo de su segunda estadía en Madrid, su poesía va tomando un contenido más social, más representativo de los pobres, acercándose al compromiso político que lo llevó a defender la República cuando fue atacada por las fuerzas militares aliadas a las corrientes fascistas que entonces se afirmaban en Alemania e Italia.
  Miguel Hernández comenzaba a insertarse en la vida cultural y poética de España al comenzar la trágica Guerra Civil. Cuando, en julio de 1936, se produce la agresión armada contra la República, él está en Orihuela y se alista inmediatamente entre sus defensores. A los pocos meses es comisario político del 5.° Regimiento y participa en los frentes por la defensa de Teruel, Andalucía y Extremadura.
A su vez, participa en eventos como el II Congreso Internacional de Escritores para la defensa de la Cultura, en 1937, al que asistieron Antonio Machado, Rafael Alberti, Nicolás Guillén, César Vallejo y tantos grandes intelectuales antifascistas.
  En medio de la guerra, viajó a Orihuela, a casarse con Josefina Manresa, con la que tuvo tres hijos, uno de los cuales murió en sus primeros meses. Los poemas a la esposa y los hijos, en medio de las grandes privaciones de la guerra, están entre lo más hermoso de la lírica de todos los tiempos en una circunstancia similar.  Leer “Canción del esposo soldado”, más allá del disfrute por la exquisitez de la rima, conmoverá siempre la sensibilidad.
  También en ese tiempo escribió Viento del pueblo, cuyo poema homónimo dedicó a la 6.ª división del Ejército Popular de la República.
  Pero la guerra la ganaron, en abril de 1939,  los que no estaban con el pueblo. Miguel  regresó a Orihuela, sabiendo del peligro que le acechaba.  Entonces se estaba imprimiendo en Valencia su libro El hombre acecha y ordenaron la destrucción de toda la edición. Sabiendo que estaban detrás de sus pasos por haber combatido en defensa de la República, trató de salir de España hacia Portugal. Pero no escogió un buen lugar y la policía de Salazar –alineada a Franco– lo detuvo, entregándolo a la Guardia Civil española.
  De su estancia en la cárcel, es ese poema intensamente desgarrador llamado “Nanas de la cebolla”, respuesta a una carta de la esposa en que le cuenta del hambre que ella y sus dos hijos padecían. Inesperadamente  y por gestiones de Pablo Neruda y otros intelectuales, lo liberan en septiembre de 1939 y regresa a Orihuela.  Pero muy pronto lo vuelven a apresar, lo juzgan en marzo de 1940 y lo condenan a muerte, pena que le es conmutada por 30 años de cárcel dada la enorme presión de intelectuales a su favor.
  El frío y el horror del presidio minaron sus pulmones. En 1941, lo trasladaron de una prisión de Toledo a un reformatorio en Alicante, donde compartió unos días la celda con Buero Vallejo. Allí la bronquitis se agravó con el tifus y finalmente con tuberculosis. El amanecer del 28 de marzo de 1942 se le paralizó el corazón y aunque sus grandes ojos permanecían abiertos, se supo que había muerto “con la cabeza muy alta” el poeta pastor que cantó “vientos del pueblo me llevan”, los mismos vientos del pueblo que lo dejan, lo perduran, en España y el mundo, donde hoy se le rinden continuos homenajes y –en gran medida gracias a Joan Manuel Serrat– se cantan sus versos de memoria.  


jueves, 14 de marzo de 2019

Herman Glogowski, el alcalde que invitó a José Martí a pasear por Tampa


En su libro José Martí. Cronología. 1853-1895, el investigador Ibrahím Hidalgo Paz apunta que el 18 de julio de 1892, “invitados por el alcalde de la ciudad, recorren importantes lugares de Tampa”, refiriéndose al momento en que José Martí, Carlos Roloff, Serafín Sánchez y José Dolores Poyo fueron convidados por la máxima autoridad política de la ciudad a conocer sus sitios más significativos.
  Desde esa referencia, he estado motivado por saber más acerca del político estadounidense que tuvo esa deferencia con tan distinguidos patriotas cubanos.  En aquel momento Carlos Roloff, Serafín Sánchez y José Dolores Poyo acompañaban a Martí, quien estaba regresando de Cayo Hueso y llegaba, por quinta vez, a la bahía tampeña.
El alcalde de marras era Herman Glogowski, cuyos méritos en la historia de la ciudad de Tampa son considerables, a tal punto que, una vez conocidos, se explica más fácilmente el gesto que tuvo hacia el grupo de líderes que entonces encabezaban el proyecto liberador con que debía culminar la independencia de Hispanoamérica.
Glogowski fue miembro del Partido Republicano y ocupó el puesto de Alcalde de Tampa cuatro veces (1886-1887, 1888-1889, 1890-1891 y 1892-1893). Cuando apreciamos los datos más relevantes de su biografía –especialmente la semblanza publicada por el profesor Mark I. Greenberg–, llama la atención la positiva integración de un inmigrante de origen judío en esta ciudad estadounidense.
Glogowski nació el 29 de abril de 1854 en la ciudad alemana de Wilhelmsbruck, en el seno de una familia judía, cultura en que fue educado. A los 15 años, en el marco de una creciente emigración de su etnia a Estados Unidos –se considera que entre 1830 y 1880 unos 200 mil judíos alemanes llegaron a esta nación– Glogowski se instala en Nueva York con parte de su familia.
Herman Glogowski
Desde allí, miles de judíos se desplazaban a ciudades estadounidenses donde pudieran encontrar empleo. A fines de la década de 1870, cuando en Florida se está produciendo una gran expansion económica, gracias a la entrada de los ferrocarriles, Glogowski se instala en Gainesville y encuentra trabajo en las tiendas de mercancías de G.W. Sparkman, llegando a dirigir una de ellas. Después creó su propio negocio, inscrito como Herman & Company. En la prensa de Gainesville de esa época, quedaron registradas opiniones sobre la seriedad y talento empresarial de aquel inmigrante, como un ejemplo del ascenso económico que desde esa época comenzaron a tener los judíos en Estados Unidos, muchos de los cuales se iniciaban como vendedores ambulantes y llegaban a convertirse en grandes comerciantes minoristas y mayoristas.
Glogowski, quien se había integrado a la masonería estadounidense sin dejar de profesar el judaísmo, también comenzó a postularse para cargos públicos en Gainesville. Así, a principios de la década de 1880, apreciamos que este hombre está triunfando en sus propios negocios, se inserta en la vida política de su comunidad. A su vez, construye su propia familia, desde que se casa, en 1882, con Bertha Brown, también judía.
Es el momento en que Henry Plant, cuyo poder financiero en la Companía de Ferrocarriles del Sur de Florida es notable. Plant tiene los ojos puestos en el desarrollo de la ciudad de Tampa, que ya en 1844 inaugura sus primeras líneas férreas. Esta promesa de crecimiento de una ciudad nueva atrajo a Glogowski, quien decide trasladarse con su familia y sumarse al primer impulso económico que se experimenta en la ancha bahía floridana, donde también Plant está abriendo un nuevo puerto.
Con la expansión poblacional que se está operando en Tampa en la década de 1880 y que se dispararía a partir de 1886 con el nacimiento de la industria del tabaco, es lógico que las tiendas minoristas y mayoristas encontraron fácil ubicación. Es la oportunidad que aprovecha el inmigrante judío, tal vez el primer gran comerciante de ropas de esta localidad.
Pero me voy a detener, en la brevedad de estas líneas, a su labor como Alcalde de Tampa, responsabilidad que estrena en 1886, año muy significativo para la ciudad. Es común oir hablar de lo que representó la industria del tabaco para el crecimiento y esplendor de este lugar a fines del siglo XIX y el papel jugado en ello por sus grandes representantes –Martínez Ybor, Haya, y tantos–, pero se menciona menos a los dirigentes políticos de la ciudad que favorecieron aquel triunfo.
Justamente, Glogowski era uno de los miembros de la Cámara de Comercio de Tampa cuando ésta ofreció sustanciosos incentivos a los primeros industriales del tabaco para que construyeran aquí sus fábricas. Pero la ciudad requería de dirigentes capaces de representar no sólo el crecimiento económico, sino también los intereses de una población que crecía por día. Los electores de agosto de 1886, encontraron esas cualidades en Glogowski y votaron por él, respondiendo a una alerta que publicó El Guardián de la ciudad:  “Lo que Tampa necesita es un conjunto de funcionarios emprendedores, intrépidos y progresistas; deben ser hombres de buen juicio, sin influencia y sin control por cualquier interés, excepto el del bienestar público“.
Desde esa perspectiva, las ordenanzas del nuevo Alcalde favorecieron las mejoras públicas de la ciudad, como los servicios de agua, sistema de alcantarillado, luz eléctrica, el Cuerpo de Bomberos, mejoramiento del sistema de salud pública, entre otros avances que debían corresponderse con el crecimiento económico y demográfico que se estaba operando. 
También fue significativa la actitud del gobierno de la ciudad, presidido por Glogowski,  para la construcción de muchas obras que hoy son parte importante de su patrimonio, como la edificación del hotel de Henry Plant, uno de los más lujosos de su tiempo y hoy perteneciente a la Universidad de Tampa. Las concesiones de impuestos y la construcción de un puente que la ciudad ayudó a costear para facilitar el acceso al flamante edificio, contribuyeron a hacer realidad una obra que atrajo a miles de visitantes. Fue el Alcalde quien, el 26 de julio de 1888, colocó la primera piedra de lo que sería el Hotel Tampa Bay.
Muchos detalles que encontramos sobre la obra de Glogowski se quedan fuera de esta crónica, pero es suficiente saber que fue reelecto cuatro veces, si bien no sucesivas ( él pidió no postularse al terminar un período en el cargo), para calibrar el peso de su labor económica, política y social en esta ciudad. Sus cuatro períodos al frente del gobierno, coinciden con los dos primeros quinquenios del fomento de la producción tabacalera, la modernización de la ciudad, su explosión demográfica y la conformación de una comunidad multiétnica que entraña un modelo de convivencia positiva entre las culturas que le dieron cimiento y la componen.
Cuando ya Herman Glogowski se retira de las altas responsabilidades políticas que contrajo con la ciudad a que dedicó sus mejores fuerzas, se entregó a trabajar en diferentes esferas de la vida económica y cultural de su entorno. Fue contador de algunas companías de tabacos, como la de Ellinger Company en West Tampa. También quedó registrada su actividad como coleccionista de aduanas en el Puerto, pero una de las gestiones sociales sobresalientes en las que se ocupó estuvo relacionada con la comunidad judía en este lugar.
Siendo miembro activo de un Templo Masónico, se ocupó de reunir a los judíos que habitaban en la ciudad y fundar una congregación donde se ­expresara su religión y se defendiera su cultura. Así, fundaron la Congregación Schaarai Zedek (Puerta de los Justos), para la que eligieron a Glogowski  Presidente. Durante su cargo, se construyó la primera sinagoga (1899), el cementerio judío y una escuela religiosa. Desde nuestro tiempo, puede verse a la figura de Herman Glogowski como un modelo de convivencia pacífica y productiva entre los miembros de diferentes comunidades étnicas. Desde su origen semita, se insertó en la sociedad estadounidense y trabajó para su progreso, llegando a ser el líder político de una comunidad multiétnica.
Aquel respetado ciudadano de Tampa murió a los 55 años, en una circunstancia trágica, inesperada y penosa. El 3 de diciembre de 1909 perdió la vida en un accidente automovilístico, mientras viajaba por Ybor City en uno de aquellos primeros carros de ­combustión interna.  La bandera del Ayuntamiento se puso a media asta y todo el pueblo de Tampa, conmovido, le rindió los honores que merecía. En la actualidad, un busto suyo le recuerda permanentemente en Tampa River Walk. 
Ese fue el Alcalde que un día, impresionado al ver la obra libertaria que un grupo de cubanos animaban en la ciudad bajo su gobierno, los invitó a pasear,  para mostrarles un ejemplo de edificación moderna en las calles de Tampa, pensando que podría serle útil en la vecina república que aspiraban a construir.




viernes, 22 de febrero de 2019

Carlos Arturo Camargo Vilardy, un artista colombiano que vive en Tampa


El escultor y pintor Carlos Arturo Camargo Vilardy es un artista colombiano que radica hace varios años en Tampa, ciudad que ha favorecido su creación y, a su vez, se ha beneficiado de una producción en las artes plásticas que hemos podido disfrutar en diversas exhibiciones. He visitado el taller en que trabaja y enseña –en la Universidad de Tampa–, su estudio personal y he asistido a exposiciones suyas, espacios donde las muestras de su realización, a veces en plena fragua, sorprenden tanto por el alto nivel estético como por la profundidad del ideario propuesto.
Pero  es  mejor   preguntarle al artista, para saber de él y de su hacer.
¿Cómo compaginas tu trabajo docente y la creación artística?
Yo amo el ambiente académico y mi vínculo con la facultad de arte está fusionado con mi creación artística. La universidad es mi segunda casa aquí y me permite sentirme en un crecimiento continuo. Es maravilloso estar en un ambiente que produce pensamiento, libros, arte, ciencia, etc.
La función del artista es eminentemente educativa, se educa a través de la exposición de arte, de la galería, de una obra pública o una obra ubicada en un museo, a través de una charla o un taller que desarrolles, hablando con otras personas de temas estéticos. No se hace trabajo docente  solamente desde el aula de clase.
Camargo, en "El Cerrejón" de La Guajira,  en
una obra  de homemaje a la cultura Wayuu
Soy fundamentalmente un artista y paralelamente un pedagogo del arte, porque el artista debe compartir, libre de fórmulas e intelectualismo, lo que sabe, lo que siente y lo que se le ha rebelado como creador de formas e ideas. Mi trabajo educativo se centra en enseñar pensando, estimulando la creación y desarrollando sensibilidad.
Cuando llegas a vivir a Tampa, ya eras un escultor reconocido en Barranquilla, en cuya ciudad existen obras monumentales creadas por ti. Háblame de tu formación como artista, tanto en Colombia como en Estados Unidos.
Mi formación como artista se desarrolló en la facultad de Bellas Artes de la Universidad del Atlántico, en Barranquilla; en el Massachusetts College of Art, Boston y he tomado talleres en la Universidad Nacional de Bogotá y en la Universidad de Tampa.
En toda tu obra es muy significativa la presencia del mar. ¿Cómo lo explicas?
“De las aguas y los cielos” es el título de una de mis series, es un tributo a la vida en el mar. Mi contacto con el mar ha contribuido a desarrollar mi actitud de contemplación, realmente es una relación poética con el colorido de los peces, el vaivén de las olas, el viento impulsando velas y haciendo danzar palmeras, los colores del amanecer o el atardecer viendo salir o llegar a los pescadores en sus botes, los troncos arrojados a la playa con sus caprichosas formas talladas por el salitre, caracoles, algas, cangrejos, conchitas que se ocultan en la espuma de las rocas, costillares de cascos en deterioro, mascarones de proa recuperados, etc.
 Cuando era un joven universitario tuve el privilegio de hacer buceo aficionado con amigos que tenían lanchas y equipos. Cada vez que me sumergía estaba en un estado de fascinación y semejante belleza no cabía en mis ojos ni en mi sentir, hasta que me vi obligado a  recrearlo (volver a crear) en el lienzo, en el bronce, en el metal forjado y en el grabado.
Te has interesado mucho por la región colombiana de La Guajira.  ¿A qué se debe esta atención?
Trabajé por quince años en el colegio bilingüe del Cerrejón. Me fusioné con la magia de los contrastes agrestes e inimaginables del paisaje de La Guajira colombiana. Por ejemplo, el oasis de la Macuira de 25 hectáreas de bosques,  con dunas, nacimientos de agua, y una avifauna exclusiva del lugar con la que te encuentras después de viajar un día entero en carro por el desierto, o encontrar playas de arenas naranjas bañadas por un mar que cambia de colores. Un desierto con un promedio de 50 variedades de cactus, allá vi muchas veces tormentas de arena y el fenómeno del espejismo.
También me integré con la comunidad indígena de los wayuus, con su arte y sabiduría, donde la mujer es el centro del universo. Además, tengo grandes amigos entre los artistas, poetas y escritores de esa región.
El trabajo con el metal está entre tus preferencias como escultor. ¿Cómo nace y crece el proceso mediante el cual un trozo de metal se va convirtiendo en una obra de arte?
La mayoría de mis esculturas son fundidas en bronce por el proceso a la cera perdida y también trabajo en metales forjados al fuego con yunque y martillo, como se hacía la herrería antiguamente, además ensamblo maderas y metales en algunas obras. Todos estos métodos son de trabajo fuerte, duro y de calor, y a mí me encanta, tengo una relación como de alquimista con el fuego. Es el trozo de metal convirtiéndose en símbolo
Háblame de tus exposiciones personales, especialmente de los temas que se expresan en ellas.
Mis exposiciones individuales han estado en diversas galerías a lo largo  de la costa caribe colombiana y he sido invitado a exposiciones colectivas en algunas ciudades del interior del país. Aquí en los Estados Unidos, he expuesto mi trabajo individualmente en la ciudad de Tampa y Saint Petersburg.  Exhibiciones en grupo se han presentado en Miami, Sarasota, Memphis y  New York.
Con respecto a los temas que expresan mis esculturas, siempre he trabajado por series y en los últimos años he venido trabajando en mi serie “De las aguas y los cielos”, la serie “Circo” que es una metáfora del teatro de la vida y sin proponérmelo estas dos últimas series se están conjugando para dar lugar a una nueva expresión que no sé qué rumbo tomará.
En algún momento me has hablado de cómo vas convirtiendo un caos de líneas,   aparentemente sin sentido, en los rostros humanos que cobran vida en tus cuadros. ¿Tienes  una visión   preconcebida de la figura que nace, o te sorprende su aparición?
Toda mi obra nace en el dibujo y empiezo desde un juego de líneas muy elementales entrelazando círculos, óvalos y curvas,  que de manera libre y espontánea van dando nacimiento a mis figuras que siempre son una sorpresa, porque no están preconcebidas. Es como si se formaran solas, yo simplemente sigo su ritmo y armonía para completarlas.
¿Cómo te explicas el acto de la creación artística?
La creación artística es un proceso interior en el que se manifiestan desde un sentido estético y conceptual  la percepción, la sensibilidad y la capacidad de expresión, marcados por el contexto socio-cultural y geográfico en el que se ha desarrollado el artista. Es justamente en la expresión, donde se define como un comprender desde el espíritu el acto creativo que se revela como algo diferente como una verdad nueva.
Vives en Tampa, pero sigues atento a la vida cultural de Barranquilla. ¿Qué significan para ti una y otra ciudad?
Barranquilla tiene el esplendor que me alumbra hasta los huesos. En algún momento te invitaré a tomar agua de coco en un medio día ardiente en la Plaza de San Nicolás.
Mi cordón de plata hace parte de sus cordajes y está atado a sus amarraderos para buques. Barranquilla es mi punto de balance en el que gira todo mi universo, como un anclaje, porque ahí se han  consolidado todos mis temas en medio de su embrujo inspirador y de eso coruscante que sólo tiene la luz del Caribe y su brisa loca.
Tampa es la ciudad que ahora me alberga, donde forjo los metales y fundo mis esculturas, es la ciudad en la que cada día me compenetro más con el quehacer cultural. Lugar al que también pertenecen los afectos.
Barranquilla y Tampa son ciudades hermanas; por lo tanto, como artista y trabajador de la cultura me siento comprometido en promover e intercambiar las riquezas culturales de ambas ciudades y hemos logrado unas exposiciones muy significativas en estos intercambios.
¿Cómo aprecias la presencia de la cultura hispana en la ciudad de Tampa?
La hispanidad como lengua y cultura en la bahía de Tampa despierta mucho interés. Por ejemplo, han empezado a darse festivales de cine latino, invitaciones a escritores y artistas a ofrecer conferencias; aumentan los grupos de lectura en español y publicaciones de libros y más instituciones educativas están incorporando el español como segunda lengua. Por citar un caso, el trabajo de ustedes como periodistas está contribuyendo a promover la obra de diversos artistas: poetas, escritores, músicos y personajes que se destacan en la cultura latina.


viernes, 8 de febrero de 2019

Stefano Guerrieri, un italiano en la historia de Tampa


En una reciente conversación con el poeta Alberto Sicilia, me preguntó si sabía quién fue Stefano Guerrieri. Al responderle que no, me contó que estaba investigando sobre la vida de este italiano radicado en Ybor City en las primeras décadas del siglo XX, de quien sabía parte de su historia a partir de una rica documentación que llegó a sus manos por una feliz casualidad. De no ser por la sensibilidad hacia la historia y la mirada perspicaz del poeta, se habría perdido para siempre una página hermosa de la historia cultural de la ciudad y del nutriente italiano en la conformación de su identidad.
Seguramente, en una próxima reseña podremos ofrecer apuntes biográficos más amplios sobre Stefano Guerrieri, un siciliano procedente de la provincia de Palermo, que llegó a Ybor City finalizando el siglo XIX y con 14 años se incorporó a trabajar en las fábricas de tabaco de la ciudad. Sin embargo, su fuerte vocación hacia la música, avivada con estudios  realizados, lo convirtieron en un notable compositor. Entre sus obras, llama la atención una ópera escrita en Tampa, cuya presentación en Nueva York, en 1919, despertó la atención de la prensa. Gracias a ello, presentamos las reseñas de algunos periódicos, cuya transcripción fue encontrada por Sicilia entre papeles, partituras y diversas muestras de la obra de Guerrieri.
Una ópera escrita en Tampa cantada en New York
Stefano Guerrieri, un italiano que estuvo empleado en la fábrica de tabacos de García y Hermanos y que es miembro de la orquesta de Charlie Heid, esta rápidamente alcanzando fama en el mundo de la música. Su ópera “Evandro” fue cantada recientemente en el teatro Madison Square Garden de New York, con gran éxito.
Esta ópera fue oída por primera vez en la residencia del Sr. John Turner, en Tampa, y gustó tanto que se hicieron los preparativos para presentarla en el teatro del Casino Español, con el objeto de levantar fondos para auxiliar a su autor a presentarla debidamente en la gran ciudad de New York. En el mes de julio fue Guerrieri a New York y el 23 de noviembre estrenó su ópera allí. Cuenta Guerrieri 24 años de edad, es un magnífico violinista y recibió educación musical en Palermo.
Sus padres y una hermana residen en Tampa y la familia se estableció aquí desde hace quince años. Durante un número de años, Guerrieri trabajó como tabaquero, dedicando sus horas de ocio al estudio de la música. La siguiente es una crónica del New York Tribune expresando una opinión crítica sobre el estreno de la ópera:
“Evandro, una nueva ópera italiana de extremado sabor realista, en un acto y varios cuadros, fue cantada anoche en el Teatro de Madison Square Garden. El libreto, hecho por Pietro Gori, relata la historia de una joven campesina cuyo primer amante encuentra que su pasión por ella se ha renovado en su corazón, precisamente el día después que la joven contrae matrimonio con un simpático y gallardo joven leñador. La dramática escena termina con un hacha ensangrentada en manos del marido, que ha vengado su honor. El joven compositor Stefano Guerrieri posee una fácil y sencilla técnica de la escuela de Mascagni, y lo que es más notable, un verdadero instinto dramático. Su talento natural no está bien cultivado todavía, pero brilla con fulgores esplendorosos. La obra fue cantada muy bien, con mucho fuego, por un grupo de artistas notables, y muy aplaudida por la colonia italiana de la ciudad”.
Sobre la ópera “Evandro, la revista Musical American, hace los siguientes comentarios: “Evandro, una ópera en un acto, producción del maestro Stefano Guerrieri, un joven italiano, fue puesta por primera vez en escena la noche del 23 de noviembre en el teatro Garden ante una gran concurrencia de compatriotas del compositor. El Sr. Guerrieri tiene 24 años y no hace mucho tiempo que llegó a este país. Hasta hace unos meses fue tabaquero en Tampa. Sin embargo, hemos sido informados de que recibió una extensa educación musical en Palermo. Dícese que el joven Guerrieri tiene vastos conocimientos del violín y que en este instrumento encontró los temas para sus abundantes arias, su intermezzo y el conjunto de números que componen la partitura de “Evandro”. El compositor tiene desarrollado el sentimiento melódico que todas las crudezas instrumentales de la orquesta no han podido apagar. El argumento de la obra está basado en un antiguo episodio dramático italiano. El cuadro: El primero de mayo, se desenvuelve en un brillante número de escenas muy naturales y realistas, tomando parte en él las cuatro voces principales y el coro. En síntesis, diremos que Evandro es un joven montañés que adora a Silvia, una joven campesina que ha sido engañada por un Marqués. El noble vuelve a sus pretensiones después del matrimonio de la enamorada pareja. Evandro se entera de esas antiguas relaciones por un amigo que una noche canta una serenata envolviendo en las notas de la canción la burla y la traición de que es objeto. A esto siguen escenas apasionadas de separación y reconciliación entre los esposos; el Marqués intenta otra vez perturbar la felicidad y la armonía del matrimonio, y por fin Evandro termina dramáticamente el incidente dándole muerte con un hacha en un rapto de pasión celosa y para vengar su honor. La ópera causó una excelente impresión en todos los que entendieron la naturaleza de su origen. Indiscutiblemente el Sr. Guerrieri tiene talento para la nueva carrera que ha escogido. Stella Morelli, una simpática y joven soprano, hizo el papel de Silvia; el tenor Ernesto Monteverde el de Evandro; Alan Turner, barítono, el del Marqués; y el tenor Dodovico Olivero el papel de Fosco, el amigo de Evandro. La ópera fue dirigida por el Maestro C. Nicosia.
Nota:  Stefano Guerrieri vivió en Tampa hasta su muerte, ocurrida el 25 de enero de 1963.  Su nombre ha de sumarse al de los italianos ilustres que contribuyeron a la cultura multiétnica que enorgullece a esta ciudad.


lunes, 4 de febrero de 2019

El parque “Amigos de José Martí”, este 28 de enero


       El pasado lunes, 28 de enero, se cumplieron 166 años del natalicio de José Martí. Tradicionalmente, en Ybor City se ha recordado la fecha visitando el parque que lleva su nombre, en la 8.ª Avenida, entre las calles 13 y 14. En años anteriores, al llegar a este significativo lugar, he encontrado un ramo de flores frescas dedicadas al más universal de los cubanos. Con ello, se expresa la admiración no sólo al organizador de la Guerra de Independencia, sino también al pensador, maestro, escritor, poeta, humanista y guía de un proyecto de república con un elevado sentido de justicia y libertad.
    Esta vez, Brailyn García, periodista del canal de televisión Telemundo, me llamó hacia las diez de la mañana, invitándome a que grabáramos para su programa algunas palabras sobre la significación del lugar donde sobresale la estatua del Apóstol cubano. Llegué unos segundos antes que él y, aunque el parque estaba abierto, no había en él una sola persona ni huellas de alguna reciente flor. Sabía que el parque está muy abandonado, pero me sorprendió el alto nivel de su deterioro, incrementado en los últimos años. Cuando llegó el joven periodista, motivado por la rica historia del lugar, hubo que mover el trípode más de una vez para encontrar un banco que, a si no limpio, al menos estuviera sano.
Primero conversamos sobre los hechos que determinaron que este lugar sea considerado histórico, recordando que exactamente aquí estuvo la casa en que vivió el matrimonio de Ruperto Pedroso y Paulina Rodríguez, afrocubanos que además de su trabajo en las fábricas de tabaco citadinas, habían fundado una pequeña fonda en la casa, en la que un cuarto servía de hospedaje eventual. Así es como aquella pareja descendiente de esclavos se ganaba la vida, como miles de emigrados que esperaban el tiempo en que su patria natal fuera libre para regresar a ella.
El parque "Amigos de José Martí, en Ybor City, Tampa
   Cuando, al anochecer del 26 de noviembre de 1891 asistieron al Liceo Cubano, casi al lado de su casa, y oyeron el discurso que pronunció el orador invitado de Nueva York, identificaron en las palabras “con todos y para el bien de todos” la patria que querían y se dispusieron a colaborar en lo que hiciera falta para conquistarla. A partir de ese instante empezaron a ver en aquel hombre de piel blanca a un hermano. Cuando un año después, en diciembre de 1892, dos desalmados comprados por el espionaje español le brindaron una copa de vino envenenada a quien habían elegido como Delegado del Partido Revolucionario Cubano, fue a la casa de Pedroso donde, al instante, acudió  a atenderle el doctor Miguel Barbarrosa. Salvado el trance con vomitivos y enjuagatorios inmediatos, Paulina le preparó un cuarto para que este fuera su hospedaje seguro, tanto para los días que entonces estuvo en Tampa, como para cada vez que lo necesitara en las visitas siguientes.
Después hablamos sobre la carta que, el 30 de enero de 1895, Martí le envía a Paulina con Gonzalo de Quesada, cuando se han perdido en el puerto de Fernandina los recursos suficientes para iniciar la guerra. El día en que sale Quesada para Tampa, Martí embarca hacia Santo Domingo a reunirse con Máximo Gómez, para de allí buscar la vía de desembarcar en Cuba. Cuando hace falta un esfuerzo sin límites, a Paulina y Ruperto Martí les pide el máximo sacrificio, el de empeñar la casa si fuera ­necesario. “Si es preciso, háganlo todo, den la casa. No me pregunten. Un hombre como yo, no habla sin razón este lenguaje”.
Ellos cumplieron con Martí, cumplieron con Cuba y, aunque no perdieron la casa, sirvieron a la independencia de Cuba hasta el triunfo de la guerra, a la que Martí sacrificó su vida. Ellos regresaron a su país en la primera década de una república que no se correspondía con la que el Mártir de Dos Ríos quiso hacer. La propiedad  tuvo otros dueños y en la década de 1950 fue adquirida por el coronel retirado Manuel Quevedo, dueño de una aerolínea que se sensibilizó con la historia oída al historiador Tony Pizzo sobre la vieja casa de madera donde más de una vez durmió José Martí.
En 1956, Quevedo y su esposa Mercedes donaron la propiedad al gobierno cubano, entonces presidido por Fulgencio Batista, quien prometió 25 mil dólares para su restauración. La casa estaba en muy malas condiciones y no sobrevivió a un incendio cuando estaba llena de termitas.
A fines de la década de 1950, cuando en Cuba se producían los acontecimientos que dieron lugar a la entronización del régimen comandado por Fidel Castro, en Tampa la comunidad cubana fue reuniendo los fondos para convertir en un parque –al principio se pensó en un museo–  el sitio en que estuvo la casa del matrimonio Pedroso, inaugurado en 1960 con el nombre “Amigos de José Martí”.  Muchos se preguntan si es una propiedad de Cuba.  Seguramente, existen los papeles de la donación al gobierno cubano, que no era el gobierno actual. Otros dicen que al ser confiscadas propiedades estadounidenses  por el gobierno cubano, se perdieron propiedades de éste en Estados Unidos. 
No creo que lo importante ahora sea dilucidar de quién es la propiedad –ojalá de todos y símbolo de hermandad–, sino los sentimientos que nos acompañan hacia la historia que guarda. El dueño de la historia subjetiva es el dueño del título objetivo, porque la tinta del corazón es intransferible. Si para campañas políticas, de uno u otro bando,  se toma un lugar sagrado que es de todos –no sólo de los cubanos– pierde sentido el legado de “patria es humanidad” con que Martí, desde este lugar, puso los cimientos en defensa de un concepto de libertad que está más allá de las clases, razas, religiones, ideologías y el modo propio de pensar a que tiene derecho todo ser humano. Cuando unos  estaban incitando a  los blancos contra los negros, y viceversa, Martí puso su brazo blanco sobre el hombro negro de Paulina y se paseó por Ybor City, mostrando que los sentimientos humanos no tienen raza. 
Pero como es necesario que alguien represente, renueve, atienda y haga útil el espacio público, ojalá y el parque “Amigos de José Martí” esté en manos de quien tenga los recursos, talento y sensibilidad para restaurarle toda su dignidad. Falta hace que alguien, con la urgencia que requiere el lamentable estado en que se encuentra, emprenda su restauración, sustituya una estatua deformada por el tiempo y maltrato, enriquezca sus espacios –necesariamente con una sala de atención al público– y embellezca su entorno; alguien que lo haga renacer como el lugar sagrado de la independencia y libertad americana que es.