jueves, 30 de mayo de 2019

Homenaje a José Martí en el Círculo Cubano


El pasado domingo, nos ­reunimos en el Círculo Cubano un grupo de cubanos, tampeños y varios invitados de otras procedencias geográficas, para rendir homenaje a José Martí en el 124 aniversario de su caída en combate, aquel fatídico 19 de mayo de 1895, en la sabana oriental donde se juntan los ríos Cauto y Contramaestre.
A las 11 a.m., cuando un brillante sol alumbraba el busto martiano frente al ya centenario edificio, depositamos una ofrenda floral a su lado, acompañada de unas palabras emotivas pronunciadas por el Honorable Juez,  profesor e historiador  Emiliano Salcines, quien, a mediados del siglo anterior y con 10 años de edad, asistió junto a su padre a la develación de esa efigie y desde entonces siente devoción por la obra del gran americano.
Habla Emiliano Salcines. A su izquierda Madeline Cámara y Alberto Sicilia
También recordamos que a esa misma hora, aquel último día de su vida, el Apóstol estaba junto a Máximo Gómez, Bartolomé Masó y algo más de trescientos soldados mambises,  pronunciando el que sería su discurso postrero. Comentamos, asimismo, que unos minutos después, cuando la tropa enardecida  esperaba el almuerzo, un práctico llegó corriendo con la noticia de que se acercaba una columna enemiga. Ya sabemos que muy pocas horas después el poeta-maestro-soldado se desplomaba de su caballo, con tres balas en su cuerpo de 42 años.
Al entrar al edificio del Círculo Cubano, nos atendió con esmero Rolando Pérez Pedrero, quien  ha sido presidente del mismo, sigue siendo parte de su directiva y conoce muy bien la histórica edificación. Es un precioso edificio construido en 1917, aunque la organización existía desde 1899, como continuidad del Liceo Cubano al que asistió José Martí.
Tampa tiene muchas razones para celebrar la vida del hombre que encontró en ella el primer aliento para la creación del Partido Revolucionario Cubano y ese espíritu prevaleció en las decenas de personas que el domingo pasado asistieron a este lugar, motivadas por conocer un poco más al pensador, poeta, escritor, humanista y político cubano, a través del libro que allí fue presentado –Domingos de tanta luz–, en el que se intenta develar cómo fueron sus últimos meses de vida.
Ya sentados en la amplia sala teatro de la institución, la Dra. Madeline Cámara, de palabra suave y honda, acaparó la atención de todos al expresar las razones del encuentro. En la página 5 de esta edición de La Gaceta,  hemos incluido la totalidad de sus palabras, al igual que las pronunciadas por el poeta Alberto Sicilia, quien a nombre de Ediciones SurcoSur consideró el momento propicio para mencionar los ya seis libros publicados por este reciente espacio editorial en la ciudad de Tampa.
Las palabras centrales del evento homenaje a José Martí, como presentador del libro Domingos de tanta luz, correspondieron a Emiliano Salcines Jr., quien hizo una exquisita disertación  acerca del contenido de este texto, extendiéndose con brillantez en la vida y obra de José Martí. En un momento de su discurso,  Salcines expresó: “Así que la ruta martiana preparada por el autor de este libro nos da conocimientos extraordinarios sobre este ser ilustre, que era un hombre multifacético, que hablaba varios idiomas y tradujo muchos libros.  Sin embargo, era un hombre humilde. Por eso, cuando él dice, me voy a la manigua con ustedes y se mete 20 domingos con un fusil, montando a caballo, subiendo y bajando montañas, durmiendo en hamaca, es asombroso. ¿Cómo podría él sostener esa fuerza física, siendo un intelectual, no un deportista? Máximo Gómez observó en su Diario que los soldados se admiraban de que él nunca se quejaba, que andaba como si conociera bien la manigua y lo que era ser guerrillero”. Con ese lenguaje cuasi dialogal, sencillo y directo, el culto orador se ganó al auditorio, que no sólo lo siguió palabra por palabra, sino que después lo rodeó en el pasillo para hacerle preguntas y mostrarle su simpatía.
Al día siguiente, el atento amigo que es Salcines me comentó por teléfono que le había impresionado la deferencia de tantos jóvenes. También se lo oí decir a la Dra. Cámara, acostumbrada, como profesora, a calibrar esta conducta. Probablemente ese fue el mérito principal de esta reunión de tributo a José Martí en el Círculo Cubano: apreciar los grandes valores de la juventud, cuando aprehende que no es posible afirmar el presente y construir un futuro de mejoramiento humano –para decirlo con palabras de Martí– si nos desprendemos del hilo conductor heredado.
Al final, Rolando Pérez expli-có la historia del Círculo Cubano, guiando un recorrido por el edificio.  Nos dijo emocionado que sintió el influjo positivo del evento, comentando que  hacía muchos años en este lugar no se había realizado un acto patriótico de esta envergadura.
Agradecemos vivamente a todos los que, el pasado domingo, interrumpieron una hora de descanso o renunciaron a otra actividad, para asistir al Círculo Cubano de Ybor City, donde los mejores pensamientos y sentimientos martianos concurrieron.

jueves, 16 de mayo de 2019

Domingos de tanta luz, un homenaje a José Martí


    El próximo domingo, 19 de mayo, a las 11 a.m., rendiremos homenaje a José Martí en el Círculo Cubano de Ybor City,  al cumplirse ese día el 124 aniversario de su caída en combate. Esta vez, vuelve a coincidir con una fecha dominical, lo que ha ocurrido 18 veces desde aquel día en que, cabalgando en un brioso corcel en la sabana de Dos Ríos, se desplomó el cuerpo sin vida del poeta, escritor, pedagogo, periodista, traductor, diplomático y político cubano que organizó y desató la última guerra independentista en Hispanoamérica.

El libro, que puede adquirirse en ese lugar, recrea en algo más  de  cien  páginas la febril actividad en que estuvo inmerso el Apóstol cubano durante los 20 domingos que pudo vivir ese año y, desde el acercamiento a ese día, todo el torbellino de ocupaciones y preocupaciones que le rodearon –desde Nueva York a Dos Ríos– como dirigente político de una guerra que concebía rápida y eficaz, como último procedimiento para la fundación de una república democrática, moderna y próspera.

    Aunque se han escrito decenas de buenas biografías sobre José Martí y cientos de ensayos que aluden a los acontecimientos que se describen y valoran en esta obra, en ninguna el centro de atención ha sido dirigido a la búsqueda de un equilibrio entre la responsabilidad colectiva del líder político que elabora un manifiesto programático para dirigir una guerra y fundar una república de compromiso universal, con los sentimientos más hondos de su ser individual, donde  la prosa poética es cuidada con la misma intensidad que el contenido de la estrategia político-militar de la que es máximo responsable.
    Asomarse al hombre de escasa salud física que decidió el instante, condiciones y formas en que los grandes generales del independentismo cubano debían someterse a sus instrucciones para el estallido de una guerra con escasos recursos bélicos, frente a una de las mayores potencias militares de su tiempo, es impresionante. Pero ver, en medio de esa tarea ciclópea, la sencillez de ese ser humano atendiendo los detalles más pequeños de las personas que le acompañaban, sus sugerencias escritas a las niñas que quería como a hijas en Nueva York, los gestos de amistad y cariño con quienes se encontraba en el camino; la pobre vestimenta –“remiendos honrosos” vio Gómez en sus pantalones–,  o el detenimiento ante una paloma, un árbol, una puesta de sol en las altas serranías que ascendía a pie, asombrando a los expertos en estos trances, entre pedregales y ríos crecidos, es realmente conmovedor.
     Desde Playitas a Dos Ríos –14 días a pie y 25 a caballo–,  está entre los últimos domingos de José Martí, de los cuales él nos dejó la mayor parte de las referencias que tenemos. Él nos cuenta en un Diario de campaña pletórico de poesía la emoción de ese recorrido; en las cartas a compañeros de revolución y amigos sus proyecciones políticas más hondas, así como en las circulares de guerra las disposiciones tácticas que emanaban de la jerarquía militar que compartía con Máximo Gómez.
   Aunque en esta fecha las honras a José Martí son expresadas en muchos lugares del mundo, Tampa tiene un motivo particular. En Ybor City nacieron los discursos y documentos programáticos iniciales que dieron paso a la creación del Partido Revolucionario Cubano.
   A 124 años de su caída en combate, le sentiremos presente en sus versos musicalizados, en las palabras de Emiliano Salcines, quien hará la presentación del libro Domingos de tanta luz; de la Dra. Madeline Cámara, de la Universidad del Sur de la Florida; del poeta Alberto Sicilia, de Ediciones Surco Sur y de otros invitados.
   Asimismo, los que deseen pueden adquirir el libro y dialogar acerca del texto con el autor.


jueves, 18 de abril de 2019

Prólogo de Iván Schulman para el libro Domingos de tanta luz



Pequeño introito

Los prólogos deben ser cortos para que la obra del creador luzca mejor. Y, con más razón en el caso de las obras líricas –y útiles— como la de Gabriel Cartaya. Martí consideraba la pequeñez una virtud, una fuente de belleza:  la antesala era linda y pequeña  –escribió en el primer capítulo de Lucía Jerez–, como que se tiene que ser pequeño para ser lindo. Y, Gabriel Cartaya en  Domingos de tanta luz crea una obra pequeña y linda al evocar los veinte últimos domingos de la vida del Maestro.
Conversando con Schulman en la Universidad de
Tampa, en el marco de un evento sobre José Martí, 2016
Se trata en este breve volumen de retextualizar en forma sintética, uniendo datos, textos, cartas y voces, los momentos más dramáticos y álgidos de la vida martiana, los momentos en que consagró todas sus fuerzas a la faena de fundar una nación, y con inteligencia y astucia se dedicó a la preparación de la guerra necesaria  para crear la nueva patria. Pero no es esta una simple re–narración de materiales biográficos ya conocidos y relacionados con la invasión de la Isla. En forma reunida el autor orquesta todo lo que sabemos, todo lo que se ha publicado de y sobre los meses finales de la vida martiana. Llenando los espacios vacíos para crear así una  crónica larga de uno de los períodos más atareados y atribulados de su existencia. Y, como consecuencia,  lo que resulta es una biografía, una historia de la creación  de la nación cubana –de la república independiente y moral– pero, vista desde la actividad, las emociones, las preocupaciones, los temores y los pensamientos  –inclusive los más tiernos e íntimos– de Martí.  Pero, debido al hecho de que Cartaya construye un panorama vasto, su libro es más que un simple relato en torno a las peripecias de la vida martiana; abarca vidas convergentes, la de los individuos que lo ayudaban en su labor revolucionaria y los que estaban muy cerca del Apóstol –físicamente– o presentes en su memoria, mientras se dedicaba a la labor de recaudar fondos, hablar a los tabaqueros, a los generales, a los miembros de la emigración, o  a las autoridades norteamericanas en el instante de reorganizar la revolución después del fracaso de Fernandina, en fin, todo,  hasta que la voz martiana se extingue en el campo de Dos Ríos. 

Dijimos al iniciar este proemio que Domingos de tanta luz es una obra lírica. Su lirismo se evidencia en los apartados, organizados semana por semana desde el 6 de enero hasta el 19 de mayo, narraciones todas transidas de emoción poética. Cada entrada de los veinte domingos lleva su título apropiado, acertado, evocador: yo soy la yerba de mi tierra, estamos haciendo obra universal, voy con la justicia, o, el último, en peligro de dar mi vida. Cada pequeño capítulo rebosa esencias, las esencias que Martí buscaba y valoraba en el verso, en la prosa, en las obras plásticas, en la vida.  Y en cada capítulo el autor revela su conocimiento profundo de los textos martianos y de la crítica en torno a Martí. Es un libro emocionante, y además es una obra original porque en un solo volumen recoge y acopia lo que en otras crónicas y narraciones pertenecientes a la bibliografía pasiva habría que buscar en obras separadas. Es, en fin,  una obra útil escrita con amor, dedicación y sensibilidad.
                    Iván A. Schulman

jueves, 11 de abril de 2019

El Céspedes Hall: una página hermosa de West Tampa


Así como los cubanos de Ybor City hicieron del “Liceo Cubano” su principal espacio de reunión a fines del siglo XIX, los radicados en West Tampa tuvieron el “Céspedes Hall”, un hermoso edificio de madera construido en la Avenida Francis (hoy Albany), llegando a Main. Entonces era un sitio muy activo en ese tiempo, pues en sus cercanías se levantaron varias fábricas de tabaco y allí vivían figuras importantes de la comunidad, como Fernando Figueredo, primer alcalde del lugar, y Blas Fernández O’Halloran, dueño de la fábrica ubicada en Howard, actualmente una biblioteca.
   El edificio fue concebido para servir de teatro, sala de reuniones y escuela privada, a la que accederían los niños de West Tampa sin discriminación de raza o clase social, lo que la hacía muy adelantada para su época. Su construcción se inició a fines de 1894, como se desprende de un escrito publicado en el periódico Patria, el 15 de diciembre de ese año. El autor fue Fermín Valdés ­Domínguez, quien recientemente se había instalado en ese lugar. Según su testimonio, asistió al acto de colocación de la primera piedra de su construcción, realizado el 27 de noviembre de ese año en honor a los estudiantes de Medicina fusilados en La Habana en 1871 y de cuyo grupo él mismo era sobreviviente.
   “A las cuatro de la tarde –casi sin previa citación–, se reunieron en uno de los lugares más céntricos de la población cubana más de cien personas, entre las cuales había muchos norteamericanos: se trataba de colocar la primera piedra del Liceo de Céspedes, sociedad patriótica de instrucción y recreo, que será un edificio notable”– escribió Fermín, ofreciendo interesantes detalles acerca de las palabras pronunciadas por Fernando Figueredo, quien “explicó en correcto discurso cómo cubanos y norteamericanos se habían reunido para que los hijos de todos pudieran tener escuela en donde aprendieran a amar la dignidad, leyó una memoria en la que constaban los nombres de los iniciadores de la patriótica empresa y se expresaba en ella que se había elegido ese día para aquel acto a fin de tributar un recuerdo de dolor a mis hermanos”. Después –sigue Valdés Domínguez– “el señor Figueredo me fue entregando los objetos que debían depositarse en la urna que guarda la primera piedra: la bandera cubana y la norteamericana, como símbolo del abrazo de la gran República a los que luchan por levantarla en Cuba; los últimos números de los periódicos Patria, Daily Times, El Yara y Cuba; el primero de El combate, semanario de West Tampa, el acta y un ejemplar de mi libro El 27 de noviembre de 1871”.
  Para esta fecha, ya Martí había realizado su último viaje a Tampa, (octubre,1895), pero los líderes más importantes del Partido Revolucionario Cubano que le sucedieron tuvieron ocasión  de expresarse allí, rodeados de los simpatizantes y actores del independentismo cubano. Así lo hizo Gonzalo de Quesada, Tomás Estrada Palma, Emilio Núñez,  y muchos de los guías –domiciliados en Tampa o visitantes–, que entre 1895 y 1898 dirigieron las acciones  que culminaron con la dominación colonial de España en América.
  La construcción del inmueble comenzó en enero de 1895 y, aún inconclusa, se estrenó como el principal lugar de reuniones de la comunidad, convertida en sala de teatro, fiestas, veladas culturales y actos patrióticos relacionados con el curso de la Guerra de Independencia de Cuba. Justamente, este lugar fue sede de la concentración de cientos de voluntarios que marcharon como soldados a las filas mambisas.
  El Céspedes Hall  fue en su día el edificio más llamativo de West Tampa y señalado como referente de ubicación. Así lo describe Wenceslao Gálvez en su libro Tampa, impresiones de un emigrado: “Desde ­cualquiera de sus extremos se ve el Céspedes Hall, el cinco copas, como le dicen todos, por las torrecillas que lo coronan, El Céspedes hace el efecto de un faro. Todas las direcciones  se dan pensando en aquel edificio: Yo vivo a dos pasos; y a tantas manzanas del Céspedes”.  Según Gálvez,  –agudo escritor que estuvo allí muchas veces–, “todas las fiestas políticas de West Tampa se efectúan en el Céspedes, de mucha mayor amplitud que el Liceo de Ybor”.
  Un hecho significativo del Liceo de Céspedes fue su servicio como escuela, sin diferencias raciales para su ingreso. La historiadora Maura Barrios, en su ensayo “José Martí se topa con Jim Crow: cubanos en el Sur”, se refiere a ello cuando valora que la inclusividad racial establecida por este plantel contradecía las normas entonces extendidas en el estado. Cuando, ante el apremio de aumentar aulas con que responder al rápido crecimiento poblacional de West Tampa, esta escuela privada fue incorporada al sistema escolar público, tuvo que lidiar con el hecho de que en ella se negaba  la segregación racial, lo que sostuvo durante cuatro años. La Dra. Barrios apunta que “finalmente, en 1899, la Junta Escolar compró la Escuela Céspedes, y obligó a los estudiantes cubanos de color a matricularse, en diciembre de 1901, en la ‘Escuela Para Personas de Color No. 2’”.
  Pero entonces ya no era el Céspedes Hall, pues incluso el edificio fue demolido ese mismo año y su espacio dio lugar a uno nuevo, nominado “West Tampa City Hall”. De todos modos, cuando paso por la calle Albany, acercándome a Main –la primera vez lo hice al lado de Emiliano Salcines–, siento brotar la gloria de viejos tiempos, como si la tierra conservara fragmentos de aquellos documentos que un grupo de héroes depositaron en el fondo de su primera piedra, como símbolo de la libertad a que tienen derecho todos los seres humanos.

jueves, 28 de marzo de 2019

Miguel Hernández, un poeta de todos los tiempos


Hace 77 años terminó la vida física del poeta Miguel Hernández, que al apagarse en una cárcel española el 28 de marzo de 1942, sólo había cumplido 31 años de edad. Con los pulmones deshechos se despidió “del sol y de los trigos”, como nos dijo en sus últimos versos, escritos en la pared de una cárcel de Alicante.
   Con tan pocos años, la intensidad de su vida y obra lo insertaron en la cúspide de las letras, aun cuando no se inscribe oficialmente en ninguna de las generaciones de escritores españoles con los que compartió parte de su tiempo. Conoció a los representantes del 1898 que, como Machado, llegaron a apreciar su poesía;  a los del (19)27, con quienes está generacionalmente cerca y llega a coincidir en su momento surrealista. Tal vez, por ello, Dámaso Alonso lo considera como el  “genial epígono” de esa generación;  otros prefieren ubicarlo en la que ha sido acuñada como del 36.
Retrato hecho en la cárcel a Miguel Hernández,
por el escritor y dramaturgo Buero Vallejo
  Pero Miguel desborda las clasificaciones literarias, para convertirse en un poeta de todos los tiempos. Su expresión lírica y natural no nació en un ambiente urbano rodeado de estudiantes universitarios e intelectuales, sino en los campos de Orihuela, Alicante, donde el tiempo de los primeros grados escolares tuvo que compartirlo con el cuidado de cabras, oprimido como el niño yuntero que después nos legó en un precioso poema. Fue el segundo hijo de una mujer enfermiza y un padre que aspiraba a ser Alcalde de Barrio. Cuando, en 1925, éste rechazó una beca propuesta por los Jesuitas para que Miguel siguiera estudios de bachillerato,  parecía que pastorear ovejas sería su único camino.
  Sin embargo, se impuso el autodidacta y el poeta. La asistencia a la biblioteca lo puso en contacto con San Juan de la Cruz, Gabriel Miró, Paul Verlaine, Virgilio, y los miembros del Siglo de Oro (Cervantes, Lope de Vega, Calderón de la Barca, Garcilaso de la Vega, Luis de Góngora) y otros grandes exponentes de la literatura universal. Allí, comenzó a hacer amistad con otros jóvenes de inquietudes literarias, entre los que se destaca José Marín Gutiérrez, a quien conocemos por el seudónimo –Ramón Sijé– y especialmente por la Elegía con que Miguel se dolió de su muerte temprana –1935–,  y que tanto le gustó a Juan Ramón Jiménez.
  Cuentan sus biógrafos que en cuanto Miguel pudo reunir unas pesetas se compró una máquina de escribir portátil y se la echaba a la espalda para teclear versos mientras pastaban las ovejas. De allí salió el poema “Canto a Valencia”, donde sobresalen el paisaje mediterráneo y los habitantes de la costa levantina, con el que obtiene un premio concedido por la Sociedad Artística del Orfeón Ilicitano.
  El reconocimiento, aunque no tuvo acompañamiento monetario como él necesitaba, lo motivó a ir a Madrid, donde llegó por primera vez en diciembre de 1931, con 21 años de edad.  Aunque la estancia fue de corto tiempo, se relacionó con revistas como La Gaceta Literaria y, ­significativamente, con miembros de la Generación del 27. De esta experiencia nació su primer libro, Perito en lunas, que se publicó en 1933 y del que hizo lecturas en la Universidad de Cartagena, el Liceo de Alicante y otras instituciones.
  Cuando llega por segunda vez a Madrid, ya es un poeta conocido. Encuentra trabajo en las Misiones Pegagógicas y como redactor de una enciclopedia que preparaba José María de Cossío, de quien se hizo amigo. Allí conoció a Vicente Aleixandre, Pablo Neruda y  otros reconocidos poetas. Es la época de su relación con la pintora Maruja Mallo, la musa de muchos de sus sonetos incluidos en El rayo que no cesa.
  En este tiempo de su segunda estadía en Madrid, su poesía va tomando un contenido más social, más representativo de los pobres, acercándose al compromiso político que lo llevó a defender la República cuando fue atacada por las fuerzas militares aliadas a las corrientes fascistas que entonces se afirmaban en Alemania e Italia.
  Miguel Hernández comenzaba a insertarse en la vida cultural y poética de España al comenzar la trágica Guerra Civil. Cuando, en julio de 1936, se produce la agresión armada contra la República, él está en Orihuela y se alista inmediatamente entre sus defensores. A los pocos meses es comisario político del 5.° Regimiento y participa en los frentes por la defensa de Teruel, Andalucía y Extremadura.
A su vez, participa en eventos como el II Congreso Internacional de Escritores para la defensa de la Cultura, en 1937, al que asistieron Antonio Machado, Rafael Alberti, Nicolás Guillén, César Vallejo y tantos grandes intelectuales antifascistas.
  En medio de la guerra, viajó a Orihuela, a casarse con Josefina Manresa, con la que tuvo tres hijos, uno de los cuales murió en sus primeros meses. Los poemas a la esposa y los hijos, en medio de las grandes privaciones de la guerra, están entre lo más hermoso de la lírica de todos los tiempos en una circunstancia similar.  Leer “Canción del esposo soldado”, más allá del disfrute por la exquisitez de la rima, conmoverá siempre la sensibilidad.
  También en ese tiempo escribió Viento del pueblo, cuyo poema homónimo dedicó a la 6.ª división del Ejército Popular de la República.
  Pero la guerra la ganaron, en abril de 1939,  los que no estaban con el pueblo. Miguel  regresó a Orihuela, sabiendo del peligro que le acechaba.  Entonces se estaba imprimiendo en Valencia su libro El hombre acecha y ordenaron la destrucción de toda la edición. Sabiendo que estaban detrás de sus pasos por haber combatido en defensa de la República, trató de salir de España hacia Portugal. Pero no escogió un buen lugar y la policía de Salazar –alineada a Franco– lo detuvo, entregándolo a la Guardia Civil española.
  De su estancia en la cárcel, es ese poema intensamente desgarrador llamado “Nanas de la cebolla”, respuesta a una carta de la esposa en que le cuenta del hambre que ella y sus dos hijos padecían. Inesperadamente  y por gestiones de Pablo Neruda y otros intelectuales, lo liberan en septiembre de 1939 y regresa a Orihuela.  Pero muy pronto lo vuelven a apresar, lo juzgan en marzo de 1940 y lo condenan a muerte, pena que le es conmutada por 30 años de cárcel dada la enorme presión de intelectuales a su favor.
  El frío y el horror del presidio minaron sus pulmones. En 1941, lo trasladaron de una prisión de Toledo a un reformatorio en Alicante, donde compartió unos días la celda con Buero Vallejo. Allí la bronquitis se agravó con el tifus y finalmente con tuberculosis. El amanecer del 28 de marzo de 1942 se le paralizó el corazón y aunque sus grandes ojos permanecían abiertos, se supo que había muerto “con la cabeza muy alta” el poeta pastor que cantó “vientos del pueblo me llevan”, los mismos vientos del pueblo que lo dejan, lo perduran, en España y el mundo, donde hoy se le rinden continuos homenajes y –en gran medida gracias a Joan Manuel Serrat– se cantan sus versos de memoria.  


jueves, 14 de marzo de 2019

Herman Glogowski, el alcalde que invitó a José Martí a pasear por Tampa


En su libro José Martí. Cronología. 1853-1895, el investigador Ibrahím Hidalgo Paz apunta que el 18 de julio de 1892, “invitados por el alcalde de la ciudad, recorren importantes lugares de Tampa”, refiriéndose al momento en que José Martí, Carlos Roloff, Serafín Sánchez y José Dolores Poyo fueron convidados por la máxima autoridad política de la ciudad a conocer sus sitios más significativos.
  Desde esa referencia, he estado motivado por saber más acerca del político estadounidense que tuvo esa deferencia con tan distinguidos patriotas cubanos.  En aquel momento Carlos Roloff, Serafín Sánchez y José Dolores Poyo acompañaban a Martí, quien estaba regresando de Cayo Hueso y llegaba, por quinta vez, a la bahía tampeña.
El alcalde de marras era Herman Glogowski, cuyos méritos en la historia de la ciudad de Tampa son considerables, a tal punto que, una vez conocidos, se explica más fácilmente el gesto que tuvo hacia el grupo de líderes que entonces encabezaban el proyecto liberador con que debía culminar la independencia de Hispanoamérica.
Glogowski fue miembro del Partido Republicano y ocupó el puesto de Alcalde de Tampa cuatro veces (1886-1887, 1888-1889, 1890-1891 y 1892-1893). Cuando apreciamos los datos más relevantes de su biografía –especialmente la semblanza publicada por el profesor Mark I. Greenberg–, llama la atención la positiva integración de un inmigrante de origen judío en esta ciudad estadounidense.
Glogowski nació el 29 de abril de 1854 en la ciudad alemana de Wilhelmsbruck, en el seno de una familia judía, cultura en que fue educado. A los 15 años, en el marco de una creciente emigración de su etnia a Estados Unidos –se considera que entre 1830 y 1880 unos 200 mil judíos alemanes llegaron a esta nación– Glogowski se instala en Nueva York con parte de su familia.
Herman Glogowski
Desde allí, miles de judíos se desplazaban a ciudades estadounidenses donde pudieran encontrar empleo. A fines de la década de 1870, cuando en Florida se está produciendo una gran expansion económica, gracias a la entrada de los ferrocarriles, Glogowski se instala en Gainesville y encuentra trabajo en las tiendas de mercancías de G.W. Sparkman, llegando a dirigir una de ellas. Después creó su propio negocio, inscrito como Herman & Company. En la prensa de Gainesville de esa época, quedaron registradas opiniones sobre la seriedad y talento empresarial de aquel inmigrante, como un ejemplo del ascenso económico que desde esa época comenzaron a tener los judíos en Estados Unidos, muchos de los cuales se iniciaban como vendedores ambulantes y llegaban a convertirse en grandes comerciantes minoristas y mayoristas.
Glogowski, quien se había integrado a la masonería estadounidense sin dejar de profesar el judaísmo, también comenzó a postularse para cargos públicos en Gainesville. Así, a principios de la década de 1880, apreciamos que este hombre está triunfando en sus propios negocios, se inserta en la vida política de su comunidad. A su vez, construye su propia familia, desde que se casa, en 1882, con Bertha Brown, también judía.
Es el momento en que Henry Plant, cuyo poder financiero en la Companía de Ferrocarriles del Sur de Florida es notable. Plant tiene los ojos puestos en el desarrollo de la ciudad de Tampa, que ya en 1844 inaugura sus primeras líneas férreas. Esta promesa de crecimiento de una ciudad nueva atrajo a Glogowski, quien decide trasladarse con su familia y sumarse al primer impulso económico que se experimenta en la ancha bahía floridana, donde también Plant está abriendo un nuevo puerto.
Con la expansión poblacional que se está operando en Tampa en la década de 1880 y que se dispararía a partir de 1886 con el nacimiento de la industria del tabaco, es lógico que las tiendas minoristas y mayoristas encontraron fácil ubicación. Es la oportunidad que aprovecha el inmigrante judío, tal vez el primer gran comerciante de ropas de esta localidad.
Pero me voy a detener, en la brevedad de estas líneas, a su labor como Alcalde de Tampa, responsabilidad que estrena en 1886, año muy significativo para la ciudad. Es común oir hablar de lo que representó la industria del tabaco para el crecimiento y esplendor de este lugar a fines del siglo XIX y el papel jugado en ello por sus grandes representantes –Martínez Ybor, Haya, y tantos–, pero se menciona menos a los dirigentes políticos de la ciudad que favorecieron aquel triunfo.
Justamente, Glogowski era uno de los miembros de la Cámara de Comercio de Tampa cuando ésta ofreció sustanciosos incentivos a los primeros industriales del tabaco para que construyeran aquí sus fábricas. Pero la ciudad requería de dirigentes capaces de representar no sólo el crecimiento económico, sino también los intereses de una población que crecía por día. Los electores de agosto de 1886, encontraron esas cualidades en Glogowski y votaron por él, respondiendo a una alerta que publicó El Guardián de la ciudad:  “Lo que Tampa necesita es un conjunto de funcionarios emprendedores, intrépidos y progresistas; deben ser hombres de buen juicio, sin influencia y sin control por cualquier interés, excepto el del bienestar público“.
Desde esa perspectiva, las ordenanzas del nuevo Alcalde favorecieron las mejoras públicas de la ciudad, como los servicios de agua, sistema de alcantarillado, luz eléctrica, el Cuerpo de Bomberos, mejoramiento del sistema de salud pública, entre otros avances que debían corresponderse con el crecimiento económico y demográfico que se estaba operando. 
También fue significativa la actitud del gobierno de la ciudad, presidido por Glogowski,  para la construcción de muchas obras que hoy son parte importante de su patrimonio, como la edificación del hotel de Henry Plant, uno de los más lujosos de su tiempo y hoy perteneciente a la Universidad de Tampa. Las concesiones de impuestos y la construcción de un puente que la ciudad ayudó a costear para facilitar el acceso al flamante edificio, contribuyeron a hacer realidad una obra que atrajo a miles de visitantes. Fue el Alcalde quien, el 26 de julio de 1888, colocó la primera piedra de lo que sería el Hotel Tampa Bay.
Muchos detalles que encontramos sobre la obra de Glogowski se quedan fuera de esta crónica, pero es suficiente saber que fue reelecto cuatro veces, si bien no sucesivas ( él pidió no postularse al terminar un período en el cargo), para calibrar el peso de su labor económica, política y social en esta ciudad. Sus cuatro períodos al frente del gobierno, coinciden con los dos primeros quinquenios del fomento de la producción tabacalera, la modernización de la ciudad, su explosión demográfica y la conformación de una comunidad multiétnica que entraña un modelo de convivencia positiva entre las culturas que le dieron cimiento y la componen.
Cuando ya Herman Glogowski se retira de las altas responsabilidades políticas que contrajo con la ciudad a que dedicó sus mejores fuerzas, se entregó a trabajar en diferentes esferas de la vida económica y cultural de su entorno. Fue contador de algunas companías de tabacos, como la de Ellinger Company en West Tampa. También quedó registrada su actividad como coleccionista de aduanas en el Puerto, pero una de las gestiones sociales sobresalientes en las que se ocupó estuvo relacionada con la comunidad judía en este lugar.
Siendo miembro activo de un Templo Masónico, se ocupó de reunir a los judíos que habitaban en la ciudad y fundar una congregación donde se ­expresara su religión y se defendiera su cultura. Así, fundaron la Congregación Schaarai Zedek (Puerta de los Justos), para la que eligieron a Glogowski  Presidente. Durante su cargo, se construyó la primera sinagoga (1899), el cementerio judío y una escuela religiosa. Desde nuestro tiempo, puede verse a la figura de Herman Glogowski como un modelo de convivencia pacífica y productiva entre los miembros de diferentes comunidades étnicas. Desde su origen semita, se insertó en la sociedad estadounidense y trabajó para su progreso, llegando a ser el líder político de una comunidad multiétnica.
Aquel respetado ciudadano de Tampa murió a los 55 años, en una circunstancia trágica, inesperada y penosa. El 3 de diciembre de 1909 perdió la vida en un accidente automovilístico, mientras viajaba por Ybor City en uno de aquellos primeros carros de ­combustión interna.  La bandera del Ayuntamiento se puso a media asta y todo el pueblo de Tampa, conmovido, le rindió los honores que merecía. En la actualidad, un busto suyo le recuerda permanentemente en Tampa River Walk. 
Ese fue el Alcalde que un día, impresionado al ver la obra libertaria que un grupo de cubanos animaban en la ciudad bajo su gobierno, los invitó a pasear,  para mostrarles un ejemplo de edificación moderna en las calles de Tampa, pensando que podría serle útil en la vecina república que aspiraban a construir.




viernes, 22 de febrero de 2019

Carlos Arturo Camargo Vilardy, un artista colombiano que vive en Tampa


El escultor y pintor Carlos Arturo Camargo Vilardy es un artista colombiano que radica hace varios años en Tampa, ciudad que ha favorecido su creación y, a su vez, se ha beneficiado de una producción en las artes plásticas que hemos podido disfrutar en diversas exhibiciones. He visitado el taller en que trabaja y enseña –en la Universidad de Tampa–, su estudio personal y he asistido a exposiciones suyas, espacios donde las muestras de su realización, a veces en plena fragua, sorprenden tanto por el alto nivel estético como por la profundidad del ideario propuesto.
Pero  es  mejor   preguntarle al artista, para saber de él y de su hacer.
¿Cómo compaginas tu trabajo docente y la creación artística?
Yo amo el ambiente académico y mi vínculo con la facultad de arte está fusionado con mi creación artística. La universidad es mi segunda casa aquí y me permite sentirme en un crecimiento continuo. Es maravilloso estar en un ambiente que produce pensamiento, libros, arte, ciencia, etc.
La función del artista es eminentemente educativa, se educa a través de la exposición de arte, de la galería, de una obra pública o una obra ubicada en un museo, a través de una charla o un taller que desarrolles, hablando con otras personas de temas estéticos. No se hace trabajo docente  solamente desde el aula de clase.
Camargo, en "El Cerrejón" de La Guajira,  en
una obra  de homemaje a la cultura Wayuu
Soy fundamentalmente un artista y paralelamente un pedagogo del arte, porque el artista debe compartir, libre de fórmulas e intelectualismo, lo que sabe, lo que siente y lo que se le ha rebelado como creador de formas e ideas. Mi trabajo educativo se centra en enseñar pensando, estimulando la creación y desarrollando sensibilidad.
Cuando llegas a vivir a Tampa, ya eras un escultor reconocido en Barranquilla, en cuya ciudad existen obras monumentales creadas por ti. Háblame de tu formación como artista, tanto en Colombia como en Estados Unidos.
Mi formación como artista se desarrolló en la facultad de Bellas Artes de la Universidad del Atlántico, en Barranquilla; en el Massachusetts College of Art, Boston y he tomado talleres en la Universidad Nacional de Bogotá y en la Universidad de Tampa.
En toda tu obra es muy significativa la presencia del mar. ¿Cómo lo explicas?
“De las aguas y los cielos” es el título de una de mis series, es un tributo a la vida en el mar. Mi contacto con el mar ha contribuido a desarrollar mi actitud de contemplación, realmente es una relación poética con el colorido de los peces, el vaivén de las olas, el viento impulsando velas y haciendo danzar palmeras, los colores del amanecer o el atardecer viendo salir o llegar a los pescadores en sus botes, los troncos arrojados a la playa con sus caprichosas formas talladas por el salitre, caracoles, algas, cangrejos, conchitas que se ocultan en la espuma de las rocas, costillares de cascos en deterioro, mascarones de proa recuperados, etc.
 Cuando era un joven universitario tuve el privilegio de hacer buceo aficionado con amigos que tenían lanchas y equipos. Cada vez que me sumergía estaba en un estado de fascinación y semejante belleza no cabía en mis ojos ni en mi sentir, hasta que me vi obligado a  recrearlo (volver a crear) en el lienzo, en el bronce, en el metal forjado y en el grabado.
Te has interesado mucho por la región colombiana de La Guajira.  ¿A qué se debe esta atención?
Trabajé por quince años en el colegio bilingüe del Cerrejón. Me fusioné con la magia de los contrastes agrestes e inimaginables del paisaje de La Guajira colombiana. Por ejemplo, el oasis de la Macuira de 25 hectáreas de bosques,  con dunas, nacimientos de agua, y una avifauna exclusiva del lugar con la que te encuentras después de viajar un día entero en carro por el desierto, o encontrar playas de arenas naranjas bañadas por un mar que cambia de colores. Un desierto con un promedio de 50 variedades de cactus, allá vi muchas veces tormentas de arena y el fenómeno del espejismo.
También me integré con la comunidad indígena de los wayuus, con su arte y sabiduría, donde la mujer es el centro del universo. Además, tengo grandes amigos entre los artistas, poetas y escritores de esa región.
El trabajo con el metal está entre tus preferencias como escultor. ¿Cómo nace y crece el proceso mediante el cual un trozo de metal se va convirtiendo en una obra de arte?
La mayoría de mis esculturas son fundidas en bronce por el proceso a la cera perdida y también trabajo en metales forjados al fuego con yunque y martillo, como se hacía la herrería antiguamente, además ensamblo maderas y metales en algunas obras. Todos estos métodos son de trabajo fuerte, duro y de calor, y a mí me encanta, tengo una relación como de alquimista con el fuego. Es el trozo de metal convirtiéndose en símbolo
Háblame de tus exposiciones personales, especialmente de los temas que se expresan en ellas.
Mis exposiciones individuales han estado en diversas galerías a lo largo  de la costa caribe colombiana y he sido invitado a exposiciones colectivas en algunas ciudades del interior del país. Aquí en los Estados Unidos, he expuesto mi trabajo individualmente en la ciudad de Tampa y Saint Petersburg.  Exhibiciones en grupo se han presentado en Miami, Sarasota, Memphis y  New York.
Con respecto a los temas que expresan mis esculturas, siempre he trabajado por series y en los últimos años he venido trabajando en mi serie “De las aguas y los cielos”, la serie “Circo” que es una metáfora del teatro de la vida y sin proponérmelo estas dos últimas series se están conjugando para dar lugar a una nueva expresión que no sé qué rumbo tomará.
En algún momento me has hablado de cómo vas convirtiendo un caos de líneas,   aparentemente sin sentido, en los rostros humanos que cobran vida en tus cuadros. ¿Tienes  una visión   preconcebida de la figura que nace, o te sorprende su aparición?
Toda mi obra nace en el dibujo y empiezo desde un juego de líneas muy elementales entrelazando círculos, óvalos y curvas,  que de manera libre y espontánea van dando nacimiento a mis figuras que siempre son una sorpresa, porque no están preconcebidas. Es como si se formaran solas, yo simplemente sigo su ritmo y armonía para completarlas.
¿Cómo te explicas el acto de la creación artística?
La creación artística es un proceso interior en el que se manifiestan desde un sentido estético y conceptual  la percepción, la sensibilidad y la capacidad de expresión, marcados por el contexto socio-cultural y geográfico en el que se ha desarrollado el artista. Es justamente en la expresión, donde se define como un comprender desde el espíritu el acto creativo que se revela como algo diferente como una verdad nueva.
Vives en Tampa, pero sigues atento a la vida cultural de Barranquilla. ¿Qué significan para ti una y otra ciudad?
Barranquilla tiene el esplendor que me alumbra hasta los huesos. En algún momento te invitaré a tomar agua de coco en un medio día ardiente en la Plaza de San Nicolás.
Mi cordón de plata hace parte de sus cordajes y está atado a sus amarraderos para buques. Barranquilla es mi punto de balance en el que gira todo mi universo, como un anclaje, porque ahí se han  consolidado todos mis temas en medio de su embrujo inspirador y de eso coruscante que sólo tiene la luz del Caribe y su brisa loca.
Tampa es la ciudad que ahora me alberga, donde forjo los metales y fundo mis esculturas, es la ciudad en la que cada día me compenetro más con el quehacer cultural. Lugar al que también pertenecen los afectos.
Barranquilla y Tampa son ciudades hermanas; por lo tanto, como artista y trabajador de la cultura me siento comprometido en promover e intercambiar las riquezas culturales de ambas ciudades y hemos logrado unas exposiciones muy significativas en estos intercambios.
¿Cómo aprecias la presencia de la cultura hispana en la ciudad de Tampa?
La hispanidad como lengua y cultura en la bahía de Tampa despierta mucho interés. Por ejemplo, han empezado a darse festivales de cine latino, invitaciones a escritores y artistas a ofrecer conferencias; aumentan los grupos de lectura en español y publicaciones de libros y más instituciones educativas están incorporando el español como segunda lengua. Por citar un caso, el trabajo de ustedes como periodistas está contribuyendo a promover la obra de diversos artistas: poetas, escritores, músicos y personajes que se destacan en la cultura latina.