viernes, 14 de junio de 2019

Breves apuntes sobre la presencia histórica de España en Tampa


No es posible explicar la historia y cultura de la ciudad de Tampa sin mencionar la presencia centenaria de España en esta ciudad. Fue un español, Hernando de Escalante y Fontaneda, quien primero escribe su nombre, al relatar sus peripecias entre los indígenas calusas, después de sobrevivir a un naufragio en estas costas floridanas a mediados del siglo XVI.
Aunque hay diversas versiones, se cree que Fontaneda fue rescatado hacia 1566 por Pedro Menéndez de Avilés, quien fuera el fundador de San Agustín y a quien sirvió de intérprete  ante  los pobladores nativos gracias al tiempo que estuvo viviendo entre ellos.
Al regresar a España, este explorador de origen cartaginés escribió Memoria de las cosas y costa y indios de la Florida (1575), en el que se refiere a varios sitios floridanos: “Primeramente, un lugar que se dice Tampa, pueblo grande...”. Muchos historiadores de aquella época, entre ellos, Antonio Herrera y Tordesillas, otorgaron mucho valor al texto de Fontaneda. 
Hernando de Escalante y Fontaneda (1536-1575)
Como parte de Florida, Tampa fue una posesión española hasta 1821, cuando pasa oficialmente a Estados Unidos. Aunque durante ese tiempo, a diferencia de San Agustín y San Carlos de Pensacola, aquí no se asentó una población española. Vino a tener una gran significación la presencia ibérica en Tampa a fines del siglo XIX, cuando comienza el florecimiento de esta ciudad a partir del desarrollo de la industria del tabaco, que en pocas décadas contó con decenas de fábricas construidas en Ybor City, Wets Tampa y Port Tampa y elevó a millares su nueva población, sumando a los estadounidenses cientos de españoles, cubanos, italianos y de otros diversos orígenes.
 En este proceso, inaugurado en 1886 –cuando apenas llegaba a un millar la población del lugar– muchos hijos de España tuvieron una posición preponderante. Fue el valenciano Vicente Martínez Ybor quien inauguró esta ruta de desarrollo a la ciudad y a quien debemos el nombre de uno de sus más emblemáticos barrios.  También era español el  ingeniero Gabino Gutiérrez, hijo de Cantabria,  quien marcó las primeras calles y casas de Ybor City. Asimismo, el primer industrial a quien Martínez Ybor llamó para que le acompañara en el fomento de la industria del tabaco en Tampa fue a Ignacio Haya, quien llegó junto a su amigo Serafín Sánchez, ambos españoles, e ­inauguraron la fábrica La Flor de Sánchez y Haya, de la que salió el primer tabaco tampeño al mercado, en abril de 1886.
He mencionado a Martínez Ybor, Gabino Gutiérrez, Ignacio Haya y Serafín Sánchez por ser los españoles pioneros en el desarrollo de la industria del tabaco en Tampa, pero podrían anotarse cientos de nombres procedentes de la nación ibérica que, en esta y otras industrias, contribuyeron al crecimiento económico, social y cultural de esta ciudad. Los apellidos Pendás, Bustamante, Nistal, Avellanal, Vega, Cuesta, Riaño, González, Salcines, Vivero, son sólo algunos de los que, hasta hoy, dignifican la prosapia española en la bahía de Tampa.
Cuando se camina por Ybor City y West Tampa, la huella española es persistente y llamativa. Si se entra al restaurante Columbia, pudiera creerse que se está en una ciudad de España, más que por comidas procedentes de ese país, como la paella, por las imágenes en las paredes, especialmente en el salón Don Quijote. Detenerse frente a los edificios que tuvo el Centro Español, tanto en Ybor City como en West Tampa, remeda el papel jugado por estas instituciones durante décadas como entidades de socorro mutuo, actividades recreativas y culturales, conservación identitaria, en las que miles de españoles encontraron crecimiento y apoyo. Asimismo, el Centro Asturiano es un paradigma de la presencia de la nación ibérica en Tampa y al igual que el edificio del Centro Español guarda en el interior de su bella arquitectura fragmentos significativos de la historia española en nuestra ciudad.
La fuerte presencia de la cultura de España está viva en la generación actual y aunque con la evolución de la sociedad se ha prescindido de servicios que hicieron de varias de sus organizaciones un referente de fuerte solidaridad entre sus nacionales, están vivos los aportes de su cultura. Un ejemplo ha sido el Teatro Lírico Español, fundado por René González, en cuyo repertorio la puesta en escena de una “Verbena de la Paloma” hace sentir el maravilloso influjo de su identidad. En restaurantes, funciones teatrales, música, bailes, libros, acentos de conversación, frases  e idiosincrasia en general, tenemos la suerte de encontrarnos en Tampa, cada día, la presencia de España.


viernes, 7 de junio de 2019

Diálogo con Emiliano Salcines en “La Oriental”


El sábado pasado, en la pequeña cafetería “La Oriental”, ubicada en la  calle Columbus, West Tampa, nos reunimos el poeta Alberto Sicilia y yo con Emiliano Salcines y un grupo de sus dilectos amigos jubilados, quienes acostumbran encontrarse en ese cálido sitio en mañanas sabatinas y/o dominicales, para conversar de cuánto viene a la buena memoria de cada quien.
El evento podría ­llamarse “La tertulia de Salcines”, porque él es como el centro de la conversación. La naturaleza concedió a quien fue el primer Juez hispano del condado de Hillsborough la riqueza de la palabra, el  buen humor,  viva
inteligencia y un don de gentes que, en su sencillez natural, lo hacen sobresalir en cuanta reunión tiene el privilegio de contar con su asistencia.
Pero ahora voy a ocupar estas líneas con sólo una parte de la conversación, dedicada de forma imprevista a la biblioteca de West Tampa radicada en la calle Howard,  un bello edificio de estilo neoclásico inaugurado en 1914. La exquisita disertación de Salcines –también historiador y profesor de mérito– se produjo ante una interrogante sobre los libros en español con que cuenta este centro de lecturas.  –Tuvo muchos– dijo Emilano, remontando la explicación al momento en que los lectores de tabaquería tenían sus bibliotecas particulares, de donde extraían las diversas lecturas que llevaban a la sala de los operarios.
En la cafetería "La Oriental", el sábado 1.° de junio, 2019
–Eran lecturas muy bien elegidas– puntualizó Salcines, acaparando la atención de todos y cuyo diálogo interrumpía cada vez que al abrirse la puerta entró alguien, a quien invariablemente saludó con su nombre y una palabra de cariño. Los lectores –continuó– encargaban los libros a Cuba, Nueva York y otros lugares y correspondían a  los mejores autores de su tiempo. Se leía a Cervantes, Víctor Hugo, Dostoievski, Blasco Ibáñez, Alejandro Dumas, Balzac, Tolstoi, en fin, a los grandes escritores. Muchas veces los lectores, que además de cultos tenían un don actoral y declamaban modulando la voz (en ese momento nuestro amigo hizo una imitación variando la voz de un personaje masculino a uno femenino, con lo que mostró que habría sido un excelente lector), se intercambiaban esas obras y El Conde de Montecristo podía empezar en una fábrica cuando había concluido en otra. Bueno, muchos de esos libros fueron donados a esa biblioteca, que desde su inauguración ofreció sus servicios gratuitos en West Tampa, un municipio que tuvo gobierno propio hasta 1925.
A fines de la década de 1920 comienza a decaer, hasta ­desaparecer, el oficio del lector de tabaquería. Entre otras cosas, se les fue acorralando porque muchos incentivaban el sindicalismo, la jornada de trabajo de ocho horas, que la mujer no perdiera el trabajo cuando fuera a parir y esas lecturas chocaban con las políticas de los propietarios. Cientos de esos libros fueron donados a West Tampa Branch Library. Pero unos años después, con la entrada de nuevos libros en idioma inglés, se decidió guardar esa amplia bibliografía hispana en el sótano, un lugar inapropiado en este lugar, porque el agua está cerca de la superficie y hay permanente humedad. 
Es bueno recordar –apunta Emiliano– que el multimillonario Andrew Carnegie financió la construcción  de esa institución. Se eligieron once bibliotecas en Florida para recibir la donación de Carnegie y entre ellas estuvo la de nosotros. Pero, por alguna razón, en los planos aprobados por el benefactor estaba diseñado un sótano. La opción fue clara: “O se le hace sótano, o no hay biblioteca”, según nos cuenta el letrado locuaz. De manera que el recinto contaba con esa catacumba cuando unos años después llegó la indicación de darle espacio a los nuevos libros que se leerían en la lengua de Shakespeare.
En ese momento, El Conde de Montecristo, Ana Karenina y Los hermanos Karamazov se fueron al sótano junto a  La Barraca y Los Miserables. En aquel lugar los fue cubriendo una capa de moho y al cabo de unos años no les quedó otro remedio que ser trasladados a los depósitos de desperdicios.
–Por eso hoy no vas a encontrar muchos libros en español en este lugar– concluyó Salcines, en el instante en que todos se pusieron de pie, siguiéndolo a él, para aplaudir con visible alegría la entrada de un amigo que recién fue dado de alta de un hospital de la ciudad. 
Sé, porque he estado varias veces en esta tertulia sabatina alrededor de Emiliano Salcines, la riqueza humana que rodea a este grupo que hace más de un cuarto de siglo se viene reuniendo en una cafetería de West Tampa, primero en El Gallo de Oro, después en El Arcoiris y La Oriental, donde hablan de todo y de todos, hacen cuentos, recuerdan sus historias, inquieren por la salud del que se ausenta, toman café, meriendan, se alegran con las buenas noticias, se preocupan por los destinos del mundo y les desean a todos buena salud.





viernes, 31 de mayo de 2019

Una visita a Cayo Hueso


Aunque empecé a admirar a Cayo Hueso por los profundos lazos que le unen a la historia de Cuba –especialmente en la segunda mitad del siglo XIX–, no había estado nunca en la porción de tierra más meridional de Estados Unidos. El pasado fin de semana tuve esa oportunidad y la belleza, animación, conservación de su historia y celebridad del lugar sobrepasaron los límites con que lo había imaginado.
Cuando vas atravesando los pequeños islotes –Cayo Largo, Tavernier, Islamorada, Layton, Marathon, Big Pine Key, Cudyoe Key–, hasta llegar a Cayo Hueso, el verdor de la naturaleza tropical y especialmente las palmas, hacen creer al cubano que está llegando a su país, lo que no está lejos de lo real, pues hay más distancia entre Miami y el cayo del sur, que entre éste y la isla más grande de Las Antillas.
Mis acompañantes en el recorrido por  Cayo Hueso

Millones de turistas buscan y encuentran en esos islotes un lugar prodigioso donde descansar y disfrutar de una naturaleza tropical encantadora, absortos frente a  un paisaje en que se unen la tierra, el mar, las estrellas y una imponente puesta de sol que tiene en el muelle de  Mallory Square un sitio privilegiado para despedir cada atardecer al astro mayor con música y poesía. Llegamos allí después de haber caminado por la ancha avenida Duval, entre cientos de personas, admirando en sus dos lados el aporte armonioso de la obra humana y natural en las construcciones de estilo victoriano, edificios de madera con el modelo estadounidense del siglo XIX, rodeados de palmeras, bouganvilias, frambollanes y otras plantas tropicales.
En ese recorrido por la calle Duval, decenas de bares, restaurantes, tiendas, galerías de arte,  van deteniendo a los ávidos visitantes, atraídos por los olores de exquisitas comidas, tabaco, ron y música constante que muchos tararean, otros bailan, elevando la magia con que avanza la tarde. Aunque en cada uno de esos lugares hay decenas de personas momentáneamente detenidas, ninguno vi más concurrido que el amplio y famoso Sloppy Joe’s Bar, donde apenas es posible abrirse paso para llegar a la barra y encontrar a un cantinero desocupado.
A pesar de esas grandes atracciones, dediqué la mayor atención  –hasta donde pudieron resistir mis acompañantes– a los lugares históricos. Desde llegar, imaginé el atardecer de aquel 25 de diciembre de 1891, cuando José Martí se desmontó del Olivetti en el muelle de Cayo Hueso, acompañado de Ramón Rivero, Eligio Carbonell y Juan Arnao. Allí les esperaban los líderes de la emigración cubana, entre ellos el veterano Francisco Lamadriz, quien dijo al Apóstol que abrazaba en él a la nueva generación.
Al caminar por la calle Duval, recordé que por ella realizó José Martí su primer recorrido por esta ciudad, hasta hospedarse en el hotel del mismo nombre. Al entrar al edificio del ­Instituto San Carlos, me detuve a observar los salones, escaleras, paredes, como buscando en la materia inanimada alguna huella de sus  primeros tiempos, cuando, hacia 1871, los patriotas cubanos emigrados fundaron la sociedad el Ateneo, de donde nació el San Carlos. En su primer tiempo fue visitado por Francisco Vicente Aguilera y durante la década de 1880 y 1890 se convirtió en el  principal centro de reunión de los patriotas del Cayo y el sitio de los discursos martianos.
Al llegar al San Carlos, ya había pronunciado el nombre de importantes héroes de la independencia cubana, pues unos minutos antes habíamos entrado al cementerio histórico de Cayo Hueso, donde hay un espacio en que flota una bandera cubana. Allí, hay tarjas con los nombres de altos oficiales de la Guerra de los Diez Años, aun cuando no fueron enterrados en este lugar,  expresando el respeto de los patriotas emigrados hacia ellos. También hay una tumba donde descansan los huesos de la poetisa cubana Juana Borrero, que aunque murió a  los 18 años ya había ganado celebridad, tanto por su poesía como por la pasión hacia Julián del Casal y, finalmente, su relación amorosa con Carlos Pio de Urbach, quien muere en la Guerra de Independencia, un año después que ella.
Observando un gato de seis uñas, descendiente de los
de Hemingway, en la casa de Cayo Hueso donde vivió el escritor
Ya en el campo de la literatura y hablando de aquella muchacha a la que mató el tifus en 1895, llegamos al número 907 de la calle Whitehead, porque allí vivió y escribió Ernest Heminway,  y tiene mucho de él. El momento fue muy propicio para comentar con mi hijo Pedro Gabriel algunos momentos de la vida del gran escritor, recordando algunos de sus cuentos y novelas, especialmente Tener y no tener, pues fue escrita en este lugar, en una casa que conserva mucho de él. Como en esta obra, el hábil pescador que fue el autor de El Viejo y el mar da muchas claves sobre las corrientes marinas y el arte de capturar y dominar un pez, subreptiticiamente le deslizo a mi hijo el comportamiento que debe observar al salir de pesca conduciendo un barco, cuando unas horas después nos hagamos a la mar entre los cayos.
La experiencia de mar no fue muy larga, pero sí divertida. Nos fuimos a una pequeña isla donde es posible armar una parrillada y allí Haydée Borrero –mi esposa, que se creyó por un instante expedicionaria–, Pedro y Tania (también capitana), Beena, Tifany, Ryan, mi sobrina Ailicet y Orlando, vimos ponerse  el sol y, aunque los peces se negaron a picar, pasamos una tarde fabulosa.
El lunes, al regresar, observamos en uno de los cayos a una gran cantidad de personas reunidas alrededor de una bandera de Estados Unidos, rindiendo homenaje a los caídos en defensa de la nación estadounidense. Es lo justo, porque era Día de Recordación y, así como recordamos en Cayo Hueso a los que murieron por la independencia de Cuba, era un acto de rememoración a los caídos en defensa de esta nación.
Observando un acto que remite a la defensa de la nación,  pensamos que nunca un país tendrá razones para imponer su modelo a otro, para que sus hijos no tengan que morir defendiendo la causa por la que cayeron quienes ellos honran.





jueves, 30 de mayo de 2019

Homenaje a José Martí en el Círculo Cubano


El pasado domingo, nos ­reunimos en el Círculo Cubano un grupo de cubanos, tampeños y varios invitados de otras procedencias geográficas, para rendir homenaje a José Martí en el 124 aniversario de su caída en combate, aquel fatídico 19 de mayo de 1895, en la sabana oriental donde se juntan los ríos Cauto y Contramaestre.
A las 11 a.m., cuando un brillante sol alumbraba el busto martiano frente al ya centenario edificio, depositamos una ofrenda floral a su lado, acompañada de unas palabras emotivas pronunciadas por el Honorable Juez,  profesor e historiador  Emiliano Salcines, quien, a mediados del siglo anterior y con 10 años de edad, asistió junto a su padre a la develación de esa efigie y desde entonces siente devoción por la obra del gran americano.
Habla Emiliano Salcines. A su izquierda Madeline Cámara y Alberto Sicilia
También recordamos que a esa misma hora, aquel último día de su vida, el Apóstol estaba junto a Máximo Gómez, Bartolomé Masó y algo más de trescientos soldados mambises,  pronunciando el que sería su discurso postrero. Comentamos, asimismo, que unos minutos después, cuando la tropa enardecida  esperaba el almuerzo, un práctico llegó corriendo con la noticia de que se acercaba una columna enemiga. Ya sabemos que muy pocas horas después el poeta-maestro-soldado se desplomaba de su caballo, con tres balas en su cuerpo de 42 años.
Al entrar al edificio del Círculo Cubano, nos atendió con esmero Rolando Pérez Pedrero, quien  ha sido presidente del mismo, sigue siendo parte de su directiva y conoce muy bien la histórica edificación. Es un precioso edificio construido en 1917, aunque la organización existía desde 1899, como continuidad del Liceo Cubano al que asistió José Martí.
Tampa tiene muchas razones para celebrar la vida del hombre que encontró en ella el primer aliento para la creación del Partido Revolucionario Cubano y ese espíritu prevaleció en las decenas de personas que el domingo pasado asistieron a este lugar, motivadas por conocer un poco más al pensador, poeta, escritor, humanista y político cubano, a través del libro que allí fue presentado –Domingos de tanta luz–, en el que se intenta develar cómo fueron sus últimos meses de vida.
Ya sentados en la amplia sala teatro de la institución, la Dra. Madeline Cámara, de palabra suave y honda, acaparó la atención de todos al expresar las razones del encuentro. En la página 5 de esta edición de La Gaceta,  hemos incluido la totalidad de sus palabras, al igual que las pronunciadas por el poeta Alberto Sicilia, quien a nombre de Ediciones SurcoSur consideró el momento propicio para mencionar los ya seis libros publicados por este reciente espacio editorial en la ciudad de Tampa.
Las palabras centrales del evento homenaje a José Martí, como presentador del libro Domingos de tanta luz, correspondieron a Emiliano Salcines Jr., quien hizo una exquisita disertación  acerca del contenido de este texto, extendiéndose con brillantez en la vida y obra de José Martí. En un momento de su discurso,  Salcines expresó: “Así que la ruta martiana preparada por el autor de este libro nos da conocimientos extraordinarios sobre este ser ilustre, que era un hombre multifacético, que hablaba varios idiomas y tradujo muchos libros.  Sin embargo, era un hombre humilde. Por eso, cuando él dice, me voy a la manigua con ustedes y se mete 20 domingos con un fusil, montando a caballo, subiendo y bajando montañas, durmiendo en hamaca, es asombroso. ¿Cómo podría él sostener esa fuerza física, siendo un intelectual, no un deportista? Máximo Gómez observó en su Diario que los soldados se admiraban de que él nunca se quejaba, que andaba como si conociera bien la manigua y lo que era ser guerrillero”. Con ese lenguaje cuasi dialogal, sencillo y directo, el culto orador se ganó al auditorio, que no sólo lo siguió palabra por palabra, sino que después lo rodeó en el pasillo para hacerle preguntas y mostrarle su simpatía.
Al día siguiente, el atento amigo que es Salcines me comentó por teléfono que le había impresionado la deferencia de tantos jóvenes. También se lo oí decir a la Dra. Cámara, acostumbrada, como profesora, a calibrar esta conducta. Probablemente ese fue el mérito principal de esta reunión de tributo a José Martí en el Círculo Cubano: apreciar los grandes valores de la juventud, cuando aprehende que no es posible afirmar el presente y construir un futuro de mejoramiento humano –para decirlo con palabras de Martí– si nos desprendemos del hilo conductor heredado.
Al final, Rolando Pérez expli-có la historia del Círculo Cubano, guiando un recorrido por el edificio.  Nos dijo emocionado que sintió el influjo positivo del evento, comentando que  hacía muchos años en este lugar no se había realizado un acto patriótico de esta envergadura.
Agradecemos vivamente a todos los que, el pasado domingo, interrumpieron una hora de descanso o renunciaron a otra actividad, para asistir al Círculo Cubano de Ybor City, donde los mejores pensamientos y sentimientos martianos concurrieron.

jueves, 16 de mayo de 2019

Domingos de tanta luz, un homenaje a José Martí


    El próximo domingo, 19 de mayo, a las 11 a.m., rendiremos homenaje a José Martí en el Círculo Cubano de Ybor City,  al cumplirse ese día el 124 aniversario de su caída en combate. Esta vez, vuelve a coincidir con una fecha dominical, lo que ha ocurrido 18 veces desde aquel día en que, cabalgando en un brioso corcel en la sabana de Dos Ríos, se desplomó el cuerpo sin vida del poeta, escritor, pedagogo, periodista, traductor, diplomático y político cubano que organizó y desató la última guerra independentista en Hispanoamérica.

El libro, que puede adquirirse en ese lugar, recrea en algo más  de  cien  páginas la febril actividad en que estuvo inmerso el Apóstol cubano durante los 20 domingos que pudo vivir ese año y, desde el acercamiento a ese día, todo el torbellino de ocupaciones y preocupaciones que le rodearon –desde Nueva York a Dos Ríos– como dirigente político de una guerra que concebía rápida y eficaz, como último procedimiento para la fundación de una república democrática, moderna y próspera.

    Aunque se han escrito decenas de buenas biografías sobre José Martí y cientos de ensayos que aluden a los acontecimientos que se describen y valoran en esta obra, en ninguna el centro de atención ha sido dirigido a la búsqueda de un equilibrio entre la responsabilidad colectiva del líder político que elabora un manifiesto programático para dirigir una guerra y fundar una república de compromiso universal, con los sentimientos más hondos de su ser individual, donde  la prosa poética es cuidada con la misma intensidad que el contenido de la estrategia político-militar de la que es máximo responsable.
    Asomarse al hombre de escasa salud física que decidió el instante, condiciones y formas en que los grandes generales del independentismo cubano debían someterse a sus instrucciones para el estallido de una guerra con escasos recursos bélicos, frente a una de las mayores potencias militares de su tiempo, es impresionante. Pero ver, en medio de esa tarea ciclópea, la sencillez de ese ser humano atendiendo los detalles más pequeños de las personas que le acompañaban, sus sugerencias escritas a las niñas que quería como a hijas en Nueva York, los gestos de amistad y cariño con quienes se encontraba en el camino; la pobre vestimenta –“remiendos honrosos” vio Gómez en sus pantalones–,  o el detenimiento ante una paloma, un árbol, una puesta de sol en las altas serranías que ascendía a pie, asombrando a los expertos en estos trances, entre pedregales y ríos crecidos, es realmente conmovedor.
     Desde Playitas a Dos Ríos –14 días a pie y 25 a caballo–,  está entre los últimos domingos de José Martí, de los cuales él nos dejó la mayor parte de las referencias que tenemos. Él nos cuenta en un Diario de campaña pletórico de poesía la emoción de ese recorrido; en las cartas a compañeros de revolución y amigos sus proyecciones políticas más hondas, así como en las circulares de guerra las disposiciones tácticas que emanaban de la jerarquía militar que compartía con Máximo Gómez.
   Aunque en esta fecha las honras a José Martí son expresadas en muchos lugares del mundo, Tampa tiene un motivo particular. En Ybor City nacieron los discursos y documentos programáticos iniciales que dieron paso a la creación del Partido Revolucionario Cubano.
   A 124 años de su caída en combate, le sentiremos presente en sus versos musicalizados, en las palabras de Emiliano Salcines, quien hará la presentación del libro Domingos de tanta luz; de la Dra. Madeline Cámara, de la Universidad del Sur de la Florida; del poeta Alberto Sicilia, de Ediciones Surco Sur y de otros invitados.
   Asimismo, los que deseen pueden adquirir el libro y dialogar acerca del texto con el autor.


jueves, 18 de abril de 2019

Prólogo de Iván Schulman para el libro Domingos de tanta luz



Pequeño introito

Los prólogos deben ser cortos para que la obra del creador luzca mejor. Y, con más razón en el caso de las obras líricas –y útiles— como la de Gabriel Cartaya. Martí consideraba la pequeñez una virtud, una fuente de belleza:  la antesala era linda y pequeña  –escribió en el primer capítulo de Lucía Jerez–, como que se tiene que ser pequeño para ser lindo. Y, Gabriel Cartaya en  Domingos de tanta luz crea una obra pequeña y linda al evocar los veinte últimos domingos de la vida del Maestro.
Conversando con Schulman en la Universidad de
Tampa, en el marco de un evento sobre José Martí, 2016
Se trata en este breve volumen de retextualizar en forma sintética, uniendo datos, textos, cartas y voces, los momentos más dramáticos y álgidos de la vida martiana, los momentos en que consagró todas sus fuerzas a la faena de fundar una nación, y con inteligencia y astucia se dedicó a la preparación de la guerra necesaria  para crear la nueva patria. Pero no es esta una simple re–narración de materiales biográficos ya conocidos y relacionados con la invasión de la Isla. En forma reunida el autor orquesta todo lo que sabemos, todo lo que se ha publicado de y sobre los meses finales de la vida martiana. Llenando los espacios vacíos para crear así una  crónica larga de uno de los períodos más atareados y atribulados de su existencia. Y, como consecuencia,  lo que resulta es una biografía, una historia de la creación  de la nación cubana –de la república independiente y moral– pero, vista desde la actividad, las emociones, las preocupaciones, los temores y los pensamientos  –inclusive los más tiernos e íntimos– de Martí.  Pero, debido al hecho de que Cartaya construye un panorama vasto, su libro es más que un simple relato en torno a las peripecias de la vida martiana; abarca vidas convergentes, la de los individuos que lo ayudaban en su labor revolucionaria y los que estaban muy cerca del Apóstol –físicamente– o presentes en su memoria, mientras se dedicaba a la labor de recaudar fondos, hablar a los tabaqueros, a los generales, a los miembros de la emigración, o  a las autoridades norteamericanas en el instante de reorganizar la revolución después del fracaso de Fernandina, en fin, todo,  hasta que la voz martiana se extingue en el campo de Dos Ríos. 

Dijimos al iniciar este proemio que Domingos de tanta luz es una obra lírica. Su lirismo se evidencia en los apartados, organizados semana por semana desde el 6 de enero hasta el 19 de mayo, narraciones todas transidas de emoción poética. Cada entrada de los veinte domingos lleva su título apropiado, acertado, evocador: yo soy la yerba de mi tierra, estamos haciendo obra universal, voy con la justicia, o, el último, en peligro de dar mi vida. Cada pequeño capítulo rebosa esencias, las esencias que Martí buscaba y valoraba en el verso, en la prosa, en las obras plásticas, en la vida.  Y en cada capítulo el autor revela su conocimiento profundo de los textos martianos y de la crítica en torno a Martí. Es un libro emocionante, y además es una obra original porque en un solo volumen recoge y acopia lo que en otras crónicas y narraciones pertenecientes a la bibliografía pasiva habría que buscar en obras separadas. Es, en fin,  una obra útil escrita con amor, dedicación y sensibilidad.
                    Iván A. Schulman

jueves, 11 de abril de 2019

El Céspedes Hall: una página hermosa de West Tampa


Así como los cubanos de Ybor City hicieron del “Liceo Cubano” su principal espacio de reunión a fines del siglo XIX, los radicados en West Tampa tuvieron el “Céspedes Hall”, un hermoso edificio de madera construido en la Avenida Francis (hoy Albany), llegando a Main. Entonces era un sitio muy activo en ese tiempo, pues en sus cercanías se levantaron varias fábricas de tabaco y allí vivían figuras importantes de la comunidad, como Fernando Figueredo, primer alcalde del lugar, y Blas Fernández O’Halloran, dueño de la fábrica ubicada en Howard, actualmente una biblioteca.
   El edificio fue concebido para servir de teatro, sala de reuniones y escuela privada, a la que accederían los niños de West Tampa sin discriminación de raza o clase social, lo que la hacía muy adelantada para su época. Su construcción se inició a fines de 1894, como se desprende de un escrito publicado en el periódico Patria, el 15 de diciembre de ese año. El autor fue Fermín Valdés ­Domínguez, quien recientemente se había instalado en ese lugar. Según su testimonio, asistió al acto de colocación de la primera piedra de su construcción, realizado el 27 de noviembre de ese año en honor a los estudiantes de Medicina fusilados en La Habana en 1871 y de cuyo grupo él mismo era sobreviviente.
   “A las cuatro de la tarde –casi sin previa citación–, se reunieron en uno de los lugares más céntricos de la población cubana más de cien personas, entre las cuales había muchos norteamericanos: se trataba de colocar la primera piedra del Liceo de Céspedes, sociedad patriótica de instrucción y recreo, que será un edificio notable”– escribió Fermín, ofreciendo interesantes detalles acerca de las palabras pronunciadas por Fernando Figueredo, quien “explicó en correcto discurso cómo cubanos y norteamericanos se habían reunido para que los hijos de todos pudieran tener escuela en donde aprendieran a amar la dignidad, leyó una memoria en la que constaban los nombres de los iniciadores de la patriótica empresa y se expresaba en ella que se había elegido ese día para aquel acto a fin de tributar un recuerdo de dolor a mis hermanos”. Después –sigue Valdés Domínguez– “el señor Figueredo me fue entregando los objetos que debían depositarse en la urna que guarda la primera piedra: la bandera cubana y la norteamericana, como símbolo del abrazo de la gran República a los que luchan por levantarla en Cuba; los últimos números de los periódicos Patria, Daily Times, El Yara y Cuba; el primero de El combate, semanario de West Tampa, el acta y un ejemplar de mi libro El 27 de noviembre de 1871”.
  Para esta fecha, ya Martí había realizado su último viaje a Tampa, (octubre,1895), pero los líderes más importantes del Partido Revolucionario Cubano que le sucedieron tuvieron ocasión  de expresarse allí, rodeados de los simpatizantes y actores del independentismo cubano. Así lo hizo Gonzalo de Quesada, Tomás Estrada Palma, Emilio Núñez,  y muchos de los guías –domiciliados en Tampa o visitantes–, que entre 1895 y 1898 dirigieron las acciones  que culminaron con la dominación colonial de España en América.
  La construcción del inmueble comenzó en enero de 1895 y, aún inconclusa, se estrenó como el principal lugar de reuniones de la comunidad, convertida en sala de teatro, fiestas, veladas culturales y actos patrióticos relacionados con el curso de la Guerra de Independencia de Cuba. Justamente, este lugar fue sede de la concentración de cientos de voluntarios que marcharon como soldados a las filas mambisas.
  El Céspedes Hall  fue en su día el edificio más llamativo de West Tampa y señalado como referente de ubicación. Así lo describe Wenceslao Gálvez en su libro Tampa, impresiones de un emigrado: “Desde ­cualquiera de sus extremos se ve el Céspedes Hall, el cinco copas, como le dicen todos, por las torrecillas que lo coronan, El Céspedes hace el efecto de un faro. Todas las direcciones  se dan pensando en aquel edificio: Yo vivo a dos pasos; y a tantas manzanas del Céspedes”.  Según Gálvez,  –agudo escritor que estuvo allí muchas veces–, “todas las fiestas políticas de West Tampa se efectúan en el Céspedes, de mucha mayor amplitud que el Liceo de Ybor”.
  Un hecho significativo del Liceo de Céspedes fue su servicio como escuela, sin diferencias raciales para su ingreso. La historiadora Maura Barrios, en su ensayo “José Martí se topa con Jim Crow: cubanos en el Sur”, se refiere a ello cuando valora que la inclusividad racial establecida por este plantel contradecía las normas entonces extendidas en el estado. Cuando, ante el apremio de aumentar aulas con que responder al rápido crecimiento poblacional de West Tampa, esta escuela privada fue incorporada al sistema escolar público, tuvo que lidiar con el hecho de que en ella se negaba  la segregación racial, lo que sostuvo durante cuatro años. La Dra. Barrios apunta que “finalmente, en 1899, la Junta Escolar compró la Escuela Céspedes, y obligó a los estudiantes cubanos de color a matricularse, en diciembre de 1901, en la ‘Escuela Para Personas de Color No. 2’”.
  Pero entonces ya no era el Céspedes Hall, pues incluso el edificio fue demolido ese mismo año y su espacio dio lugar a uno nuevo, nominado “West Tampa City Hall”. De todos modos, cuando paso por la calle Albany, acercándome a Main –la primera vez lo hice al lado de Emiliano Salcines–, siento brotar la gloria de viejos tiempos, como si la tierra conservara fragmentos de aquellos documentos que un grupo de héroes depositaron en el fondo de su primera piedra, como símbolo de la libertad a que tienen derecho todos los seres humanos.